Un cordial saludo a todos:

Si le están dando una oportunidad a este movimiento kamikaze, se los agradezco y les doy la bienvenida. Se trata, al fin y al cabo, del videojuego con los personajes más carismáticos que he visto en más de veinte años, casi los mismos que llevo escribiendo y qué demonios, la historia surgió por sí sola. Si debo serles franco, llevo mucho tiempo haciéndola sólo para mí. En parte por inseguridad. En parte por miedo. Y sigo sin estar seguro, pero pensé que no puedo estar eternamente encerrado en mi propia idea sin intentar compartirla con ustedes y ver qué pasa. Desde luego, todo comentario será bien recibido. Me gustaría saber si vale la pena seguir adelante.

Y sí, como todos sabemos LOL, sea videojuego, universo, expansiones y un amplio abanico, es propiedad de Riot Games (en esta historia, Riot Studio Entertainment).

Y sin nada más que agregar, los invito a pasar un buen rato. Bienvenidos.


A qué estás dispuesto con tal de tener la plata.

Ésa. Ésa es la pregunta clave.

Puede que cargada de retórica. De morbo. Y de curiosidad. Hasta dónde estás dispuesto a llegar con tal de responder. Y si es tan importante responder. De, en última instancia, forzar el límite que puede encerrar el último cuestionamiento que te harías con verdadera necesidad.

Porque ahí está el detalle. Si acaso has tenido el placer… ¿Es la palabra? Si acaso la has conocido. La necesidad, quiero decir.

Mi abuelo solía decir que estaba mal afirmar que te gustaba más un plato que otro si sabías que hay gente que pasa hambre.

De niño la palabra hambre tenía un peso desconocido. Puede que evocara catástrofes. Y puede que me diera a entender las obvias cosas malas que desconocía. Y nunca aprendí a sentirme agradecido. Me sentía afortunado a veces. Pero de cara a la verdad, no es lo mismo.

Y puede que la gratitud no hiciera la diferencia llegado el momento, pero en última instancia, puedes sentirte tranquilo. O sufrir un poco menos.

No sé si el abuelo pasó hambre, pero no dudo que tuvo un pasado difícil. Parte del rigor llegó a nuestra generación. Algo diluido, pero llegó.

Porque no es algo que nos puedan heredar. Eso es algo que aprendes. Y sabes que estás a punto de aprender cuando te planteas seriamente responder a preguntas que jamás pensaste que te formularías.

Asumo que todos se han hecho el mismo cuestionamiento con diferentes connotaciones.

Ahora mismo comprendo hasta donde he estado dispuesto a llegar. Qué limites he debido forzar y cuánto hay que tranzar.

Y me tendrán que disculpar, pero no soy un buen negociante. Lo mío nunca ha sido el negocio, más bien las reglas. Y que existan reglas para los negocios es otro cuento. Ellos se encargarán de los números, yo con algo de suerte termine viendo que los números se ajustan a cualquier marco reglamentario.

Pero eso es otra historia, ¿verdad? Ninguno está aquí por eso. ¿Qué tal si vamos al grano?


Sabe qué le dirían de verlo. Casi podría replicar la entonación. Pero no ayudará. No demasiado. O no lo que hace falta.

Existía la posibilidad. Remota según el sargento, pero no se lo creyó. Ni por un segundo. Si se lo decía, era porque ya se trataba de un hecho, así que no hizo tal de esperar lo contrario. A diferencia de sus compañeros, él había abrazado la resignación con cierta antelación.

Tampoco se trata del encargo más complejo al que someter a relativos novatos. Sí se puede considerar una acción temeraria o la prueba idónea. Pero vamos, ¿qué podría salir mal? Incluso relajados, sabe que no es el único lo bastante entrenado como para saltarle a la garganta al primer tarado que crea oportuno importunar a la invitada de honor.

Al menos no hace un día precioso. La frescura que promete una lluvia torrencial le permite hallar cierto relajo tras la estoica capa que se espera de él y los suyos, los mismos que no tienen permitido denotar la emoción que supone este momento.

Aquí Torre Blanca; Mariachi, la gran entrega se encuentra a cien metros de tu posición.

Ni falta hace que se lo diga. La camioneta blindada se vislumbra al momento de llevar los dedos al auricular.

Recibido Torre Blanca, confirmo posición de la entrega, Mariachi fuera.

Ni bien corta la comunicación cuando el vehículo ya se aproxima a menor velocidad. Calcula. Apenas si debe dar un paso al detenerse para abrir la puerta tras contar los cinco segundos de rigor. Del interior del recinto ya se desprende el eco de la creciente euforia.

Extiende la mano sin apenas mirar y para su mayúscula sorpresa, unos dedos finos asen los suyos propios casi en un acto simbólico al apearse. De hecho, no lo suelta hasta que tiene los dos pies en el suelo y el resto del equipo de seguridad se cierne sobre ellos.

No puede decir que tenga demasiado espacio o tiempo para mirarla. No es la primera vastaya que ve, el regimiento está lleno de ellos. Está bastante seguro que sus compañeros piensan lo mismo y sin embargo, todos están de acuerdo en realizar un esfuerzo supremo por no resultar tan evidentes.

Pero qué carajos, en verdad es impresionante. ¿Será la gigantesca nube que la sigue? No, son sus colas… sus colas y el trajecito que intenta evocar una idea militar, eso o la boina… ve tú a saber. Pero de lo que sí está seguro es del efecto que surte la mirada dorada de la recién llegada, la que sostiene sus dedos y enfoca esos ojos suyos en él, el mismo que se domina, sabe que notará la saliva tragada con escándalo.

Señorita –se obliga a articular Mariachi, preguntándose si puede o debe zafarse de ese suave agarre–. Sea bienvenida.

Gracias soldado –responde a su vez, dedicándole una discreta sonrisa que envía todas sus intenciones de tragar en silencio a lo profundo de los infiernos–. ¿Serás mi guía?

Por… por aquí, por favor.

No le costaría nada soltarlo en lo que caminan a paso rápido hacia el interior, seguidos por los designados escoltas. Ni siquiera se detiene a pensar en las consecuencias que tendrá esto en el futuro. No puede decir que le agarre el brazo con familiaridad, pero bien podría dejarlo libre para proceder. Así y todo, mantiene cerrada la boca y camina. Sólo camina, mirando de refilón el cabello rubio o las puntiagudas orejas que se mueven de tanto en tanto.

La euforia termina de estallar alrededor. La joven se sabe querida y responde saludando con la mano antes de llegar al extremo del escenario, donde Mariachi, como hiciera junto al vehículo, le ayuda a subir. Se entiende. Esta rampa lisa y esos zapatos altos en particular…

Deja transcurrir un minuto acaso, cargado de gritos, ya con el micrófono en mano mientras los soldados se deshacen de la férrea disciplina del día a día a través de un exagerado entusiasmo. Desde su firme posición, junto a la bajada del escenario, Mariachi se pregunta cuántos de ellos conocerán realmente la música de la invitada.

Soldados –no necesita hablar más fuerte. Basta esa suavidad tan suya–. Cuéntenme un secreto.

Reconoce las caras que gritan. Prácticamente todo el maldito regimiento. Dios, si la teniente viera al sargento así…

Bueno, piensa Mariachi, permitiéndose sonreír con los primeros compases de la canción. Conozcan o no su música, Ahri sí sabe domar a una multitud.


Hazme un favor. No te tomará mucho, lo prometo.

Imagina la peor resaca de tu vida. Asumiendo que te has emborrachado a ese nivel alguna vez en tu vida. Asumiendo que alguna vez hayas bebido así o que tan siquiera te gusta beber.

Si no es el caso, deja te ayude. Imagina tu peor despertar. O mejor aún, recuérdalo. Porque todos hemos tenido uno de esos y el que te diga lo contrario, miente y no tiene ninguna necesidad de ello.

¿Lo tienes? Si es así, imagina que entra el sol, te da en los ojos y no sólo lamentas un nuevo día. Lamentas haber salido vivo del vientre de tu madre. Qué no darías por volver ahí.

Y es normal, cualquier día empieza así y el pensamiento se diluye. Porque tal vez es un buen día. Porque tal vez, sólo tal vez, estás lo bastante ocupado para pensar en nada más.

Bueno, toma eso y trasládalo al horario nocturno.

Cambia los rayos amarillentos del sol por algo más sicodélico. Más colorido. Más artificial. ¿Qué tal una mezcla de rojos y amarillos? Añade pirotecnia, el maldito estadio más grande de la ciudad y un ejército de fanáticos coreando canciones a gritos, gritando nombres o simplemente gritando, que es más fácil.

Y listo. Ya tienes el cuadro completo.

Perdona, me falta el escenario. El equipo de bailarines, la música a todo bombo y el número principal. Una cosa poca.

Porque has venido por eso, lo sé, no te lo voy a negar ni yo mismo voy a creer lo contrario. Como miles en este segundo. Los miles que agotaron las entradas dos horas después de puestas a la venta.

A estas alturas, como imaginarás, he dejado de preguntarme cómo es posible.

Apuesto que muchas de esas personas habrían dado un brazo por estar en mi lugar. O los dos de haber tenido la garantía de seguir siendo útiles tras cumplir ese sueño.

Y no voy a ser tan hipócrita para negarlo. En principio lo supe. En principio no lo creí. Y bien que estuve dispuesto a dar un brazo o una pierna si hacía falta para confirmar lo que se me venía encima.

Porque entonces parecía lo más cercano a tocar el cielo.

Imagina que estás desesperado y de pronto, si suplicaste, tus plegarias son respondidas.

Así se sintió cuando me dieron este empleo.

Ahora me empiezo a preguntar si no le recé al dios equivocado.

En realidad, llevo un tiempo preguntándomelo.

Pero con qué cara podría quejarme si mis propios padres, de haber podido y afrontado mejores circunstancias, me habrían arrancado las extremidades que bien que estuve dispuesto a entregar en ofrenda. Eso si yo antes no estrellaba la cabeza contra la pared más próxima.

Mira que dejar la seguridad de mi territorio para abrazar algo así…

Pero con lo de papá y mamá no os alcanzaría. Algunas cosas pueden esperar.

Pero con mi formación estaba resignado a no esperar demasiado.

Eso hasta que la agencia se dignó a echarle una mirada a mi currículum y citarme a una entrevista.

Y sí. En mi situación, la sola entrevista equivalía a besar la mano del dios de turno que oyera la plegaria.

Y sí. Tampoco me atreví a albergar demasiadas esperanzas. La sola entrevista parecía demasiado. Ser el único candidato presente no tenía por qué significar algo con una agenda copada. Que la recepcionista me indicara el piso y la oficina, confirmando que no se trataba de un error…

Y que después de la entrevista, por si eso fuera poco, la agencia sí cumpliera con la promesa de llamarme para darme a conocer el resultado…

En cualquier momento temía despertar sin piernas.

Quiero decir… no necesitas hablar del trabajo de tus sueños para reconocer uno como la puta oportunidad del siglo. Del milenio tratándose de alguien con esa clase de formación.

Y una vez te describen las responsabilidades y si la niebla del aturdimiento no lo ha llenado todo, la pregunta lógica te asalta:

¿Por qué la agencia que parece llevar la batuta, junto con tantas otras, en el escenario actual, se permitiría confiar tamaño cargo al neófito con nula experiencia y estudios a duras penas avanzados en un plano donde todos se arrancarían las orejas con los dientes unos a otros con tal de escalar?

De hecho, ni siquiera esperaba ser llamado a ese nivel. Si entregué el currículum en esa agencia se debía única y exclusivamente a que, con mis exiguos pergaminos, más realista parecía pedir cualquier cargo menor o menos dentro de administración o asuntos legales, vete tú saber.

Si aunque me hubieran contratado, entregándome un mono y un trapeador me habría sentido el rey del mundo hasta nuevo aviso.

En cambio estoy aquí. Está lejos de ser mi primer día, pero aquí estoy. Y de momento, aún me pregunto cómo es tan posible siquiera eso.

Mientras tanto, las chicas vuelve a cantar y a bailar, por enésima vez en la semana, el tema que las lanzó a la fama y las llevó a la cima de todas las montañas disponibles, metafóricas y literales.

Cualquiera diría que les cansaría repetirlo hasta la saciedad. Ellas, sin embargo, no abandonan la postura de reinas en tanto vuelven a transitar el mismo camino.

Y te diría que tiene su gracia. Algo dice la canción sobre una corona que sólo ellas pueden usar.

En principio la canción también me gustaba. Ahora que he presenciado tantos ensayos y escuchado los discos tantas veces, estoy yo mismo tentado de encontrar la ventana más alta y poner los pies sobre el marco.

Muy en el fondo, sin embargo, no puedo evitar experimentar una pizca de orgullo al recordar que he formado parte del equipo logístico que ha dado forma a esta locura.

Es decir, nadie nace sabiendo. La mayoría de las cosas las aprendes haciendo. Pero al final del día, ¿quién abarca con la sola imaginación la labor del mánager?

Una cosa son las entrevistas. Otras, los encuentros con los fans. Otras, la seguridad. Otras, la ruta. Otras, los ensayos, las clases. Otras, la gestión de los días libres. Otras, la gente. Y la mayoría de las veces, cuando deseas no ser tú mismo.

Ahora, sin embargo, la operación es sencilla. Efectiva. Y la canción que me tiene hasta donde no sé dónde es la señal.

Los equipos de seguridad están preparados. No habrá bis. Asumiendo que la canción no sea el bis. Será cuestión de segundos. Termina la canción. Entre el cierre y la despedida, cinco minutos siendo optimistas. Entre bajar del escenario y que los gorilas tomen posiciones, no puede tomarnos más de un minuto. Porque en el peor de los casos, muchas medidas se vendrán abajo y la ola se vendrá encima. Los más enfebrecidos querrán tocarlas y todo será una carrera sin control.

Así que si el calzado se los permite, tendrán que correr algunos metros. Y no habrá tiempo de descansar en los camarines. Será correr. Seguir corriendo. Será confiar en los reflejos de las musculosas masas que las escoltan a toda velocidad…

Y escuchar la puerta deslizarse al tiempo que se rompe la quietud de la van cuyos motores llevo calentando desde que diera inicio la última canción. Primera marcha y más me vale hacer el cambio rápido. Lo hago y salimos disparados de los estacionamientos. Los paparazzi no tendrán ocasión del primer flash para cuando ya estemos lejos.

Y acelero. Y sigo acelerando. Y rezo por tener un par de semáforos a favor. No es muy alta la velocidad y si no hago esto ahora, el walkie talkie perderá el alcance…

–Penny, aquí Mariachi, cambio de guardia exitoso, estamos de camino a Buckingham.

–Recibido Mariachi, favor comunicar cuando el trono haya sido ocupado y la sucesión confirmada.

–¿Los franceses aún piden queso?

–De a poco comprenden que todas las vacas están muertas.

–Comprendido, te informo tras entronizar.

–Recibido, fuera.

Corto la comunicación y lanzo el walkie al asiento del copiloto vacío. No me gusta el silencio a mi espalda y hago lo posible por no mirar el retrovisor. Concentrarme en el camino. En mala hora han decidido que es interesante escuchar una conversación de ese tipo…

–¿Qué clase de claves fueron esas? –Soltó casi gritando la menor del grupo, sin el cubre bocas, el cabello sujeto en lo alto de la nuca gracias a la gorra, evocando la forma a una palmera y en tonalidad al vino tinto, sin esforzarse por ocultar la mueca burlona.

–¿Mariachi? ¿En serio te llaman Mariachi? –A la diva del cuarteto parece causarle demasiada gracia, sus palabras se mezclan con las carcajadas. No parece importarle que su aspecto no evoque mejores días ni mucho menos nota que, con el juego de luces, aún soy incapaz de decidir si su cabello está más próximo a otro tono púrpura o rosa más oscuro.

–Ya quisiera yo vivir en un lugar la mitad de grande que ese palacio –la bailarina principal, por supuesto, aún ceñida en esos impresionantes pantalones que, si no son de cuero, se les parece mucho, en tanto del impecable peinado que sostenía su morado cabello apenas si queda el recuerdo, divertida con la sola posibilidad de pisar un lugar así.

–¿En serio no te gusta el queso? –Intentando sonar conciliadora, a la rubia líder se le escapa una brizna de sorna en la voz. Incluso de no oírla, algo tiene que decirme el movimiento de sus puntiagudas orejas o el sutil meneo de una de esas colas. Supongo que eso decide que ya tenga suficiente.

–A los franceses les fascina, señorita, es lo que importa –mascullo, deteniéndome al fin en una luz roja y rezando porque nuestra discreta van negra no resulte llamativa en medio del tráfico. Más para desviar la atención que otra cosa, busco algo que decir–. Si me lo permiten… la presentación de hoy fue formidable.

–Como siempre, cariño, ¿qué esperabas?

Nada, Evelynn, imagino que a estas alturas…

–Nos sigue haciendo falta practicar…

–Ay por favor, Kai'Sa, ¿llegará un día en que te sientas conforme con una coreografía?

–No creo que tenga algo de malo aspirar a la perfección, Akali.

–Por ti fuera, la perfección no la alcanzaríamos nunca.

–Por favor chicas, el concierto ya terminó, ¿podemos dejar de pensar en lo que vendrá después y disfrutar el momento?

Dios te bendiga, Ahri.

Me permito una velocidad moderada. Acorde a la imperiosa necesidad de llegar pronto y en una pieza. Todos los presentes a ser posible. Y me permito también sorprender ante la energía que aún parecen derrochar las cuatro, que no paran de hablar de lo bueno y lo malo de una presentación sobre la cual, muchos estarán de acuerdo, de malo no habrá tenido casi nada.

A veces me pregunto si hablan de otras cosas que no sea la música, los bailes, los discos, las presentaciones o las redes sociales. Por supuesto que no tardo en asumir que sí. Y antes de preguntarme en torno a qué giran sus temas, más allá de un trabajo que pueda desgastarlas y maravillarlas a partes iguales, asumo que estoy demasiado cansado con lo poco que sé, no necesito más.

Al fin y al cabo, todo el mundo conoce a K/DA. Incluso antes de caer aquí o tan siquiera imaginar que llegaría a este punto, ya sabía de ellas y me permití pensar que se trataría de una moda pasajera.

Algún tiempo después, aquí me tienen, gestionando esta carrera y asumiendo que o dejaron de ser moda o son la moda más larga de la que tengo recuerdo. Tampoco creo que haya pasado tanto tiempo entre que escuché el nombre por primera vez hasta ahora. Será culpa mía, que nunca me mostré especialmente interesado en el tema hasta que tuve que forzar el límite de mi propia capacidad.

Con todo, las chicas aún viven juntas y eso lo facilita todo. Nunca he entrado en ese apartamento, pero me hago una idea de sus personalidades lo bastante acabada como para asumir que posicionar a cuatro en una habitación o en última instancia, solamente a dos, está en esa lista de buenas ideas en un lugar muy próximo a competir en una carrera de caballos montando una vaca y apostarle al pato en una pelea de gallos.

Pero el edificio residencial no invita a pensar en otra cosa. Cuesta creer que esas brutales proporciones pasen desapercibidas en esta ciudad. A menos que sepas seguir las coordenadas. Entonces seguirás cualquier trayecto y esperarás encontrarla. Asumirás que es imposible que nadie sepa de algo así. Que nadie, absolutamente nadie, podría esconder algo así.

Es al llegar que, tras verlas descender (el protocolo) que al fin puedo vislumbrar el cansancio. Y casi me daría pena de no ser porque aún encuentran espacio para seguir hablando, como si temieran al silencio…

–Que alguien me diga por favor que mañana es nuestro día libre –articula la menor de todas. Si a estas alturas no recuerdo que se llama Akali, no sé dónde tendré puesta la cabeza. No será sobre los hombros.

–¿Y si así fuera, cariño? ¿Tienes algo en mente? –A veces me pregunto si Evelynn siempre es así y más importante, si siempre causará el mismo impacto en hombres y mujeres (lo normal) o sólo Akali es tan susceptible a su influencia, al punto de obligarse a sí misma con una respetable cuota de voluntad a mantener en el tipo en lo que siempre se perfila como un duelo de proporciones.

–No… ¿No podríamos simplemente descansar? –Murmura la misma chica que, minutos atrás, se ha burlado de las claves del procedimiento con el descaro propio que su personaje sobre el escenario presume al rapear.

–¿Descansar? ¿Estás bromeando? ¡He esperado mucho por este día! ¡Hay mucho que hacer y no lo dejaré pasar!

Asumo que a cualquiera descolocaría el repentino entusiasmo de Ahri, de modo que eso explicaría que Kai'Sa, en el trayecto al ascensor, a través del agotamiento, me dedique algo que puede interpretarse como un gesto de disculpa. Tampoco es como que haga falta. Al fin y al cabo, en la teoría mañana también es mi día libre.

O recuerdo eso o en última instancia, el cansancio me impide procesar el alcance de sus palabras.

Piso cincuenta. Con algo de suerte, nadie llamará al ascensor entre pisos. El trayecto debiera de ser veloz. El primer edificio residencial que he conocido con tantos, tantísimos pisos y tantísima altura. Una primera referencia a cómo serán los apartamentos en sí, porque los pasillos no invitan a la imaginación a hacer su trabajo.

Se podría decir que las muchachas salen atropelladamente del cubículo ni bien se abren las puertas y prácticamente corren hacia la suya. Me llegan retazos de la conversación y es hasta gracioso. El concierto. Lo inmejorable. Lo que queda por mejorar. El cariño recibido. Lo que queda por hacer.

Pero afirmar que corrieron tal vez haya sido exagerar. Porque no importa lo cansada que esté, Evelyn es un ejemplo de compostura. O en última instancia, del deseo de mantener una imagen incluso en ausencia de espectadores (asumiendo que no haya considerado cámaras o mi presencia). En realidad, cualquier velocidad invita a la desorientación y lo más probable es que ninguna hiciera nada más allá de caminar rápido y seguir hablando.

Una de ellas tiene la tarjeta. En realidad, llega un punto en que sólo me llegan las palabras, las risas, las pequeñas peleas y de pronto, todo se abre. Esa puerta a su mundo privado se abre y ellas sólo entran. Entran y cierran. Cierran dando un portazo. Y hasta entonces me vengo a dar cuenta del brillo que parecen darle a todo cuando se encuentran presentes.

Ahora que me encuentro solo en este enorme pasillo con algunas puertas por compañía, me siento inmerso en un vacío ajeno a la forma y al sonido.

Y está bien. De hecho, permanezco frente a la puerta más tiempo del necesario. No creo que cinco minutos haga la diferencia, pero es una especie de ritual. Es mi forma de terminar de creer que sí, ya terminó el día y sí, el siguiente lo tengo libre. Y sí, no queda nada más que hacer salvo sacar el móvil barato del bolsillo, marcar el único número que sé de memoria y declarar:

–Larga vida a Su Majestad.

–Excelente –un segundo de pausa y luego, la voz más relajada–. Feliz primer mes, jefe.

–No me digas así, pero… gracias.

–Sé que mañana es libre, ¿por qué no vienes con nosotros? Con los muchachos planeamos ponernos morados.

Casi me conmueve. Sin quererlo, es lo que llevaba buscando desde el comienzo. Una de tantas cosas y ahora la tengo. Lo último que quiero es que se me note en la voz. Me obligo a carraspear y casi sonreír, como temiendo que pudieran verme del otro lado de la línea y el cuadro supusiera un agradable y futuro tema de conversación.

Y a sobreponerme a toda velocidad a la incomodidad que me genera el que un superior me hable así, con tanta…

–Me encantaría, pero… aún es temprano y me esperan en casa.

–Habrá otros días, jefe, considera reservar uno para nosotros.

–Lo pensaré cuando dejes de llamarme así –de fondo se escuchan algunas risas–. Bébanse mi parte, a la siguiente los invito yo.

–¡En tu honor, jefe! –Y de fondo, gritos afirmativos secundan esa declaración antes de cortarse la comunicación.

De pronto el abismo no parece tan profundo. El pasillo es menos silencioso y el vacío casi resulta cómodo. Espero lo creyeran. No he mentido. Aún e s temprano dentro del parámetro y sé que podrían estar esperándome, aunque no haya prometido nada.

De pronto, me sorprendo pensando una vez más en lo que acabo de escuchar. Treinta días. La madre que me…

Casi me tambaleo ante la certeza. En verdad he durado más de lo que yo mismo consideré en un comienzo. En verdad ameritaba dejarse caer si el plan era ponerse morado. Casi lamento haber rechazado la invitación, pero lo último que quiero es llegar y que lamenten mi calamitoso estado. Porque no importa la hora o el día que sea, sé que tengo que llegar y tendré que escuchar, una vez más, las razones por las que este trabajo es de todo menos saludable.

Y hablando de salud…

¿Cuánto puede tardar un taxi desde aquí hasta…? Asumiendo que pueda encontrar un taxi. Asumiendo que sí sea temprano, como afirmé con tantísima confianza. Caminando llegaré mañana. ¿Qué tan lejos puede estar la estación del metro más cercana?

Aún no me repongo del número treinta cuando me encuentro caminando de regreso al ascensor y presionando el botón, pero parece que alguien ha tenido la urgencia desde más abajo y aquí me tienen, esperando hasta que decida que las escaleras no parecen una mala alternativa…

Treinta, vuelvo a repetir para mí, estúpidamente. Treinta. Cuando empecé, creí que todo era una broma, que me lo confirmarían al día siguiente.

Ahora llevo treinta, sigo creyendo lo mismo y a la vez, intento convencerme de que he llegado más lejos de lo que jamás creí.

Un piso cincuenta es una meta impensada si piensas que…

–¡Y tú!

Suele pasar. No sabes que estás tan callado hasta que alguien te habla y la dignidad que puedas albergar te impide sobresaltarte. Quizá por eso me dolió tanto el pecho cuando escuché la voz a mi espalda, preguntándome cómo pude pasar por alto el sonido de la puerta al abrirse. Como compensando mi falta de reacción exterior.

La voz, por otro lado, me sorprendió no tanto por lo conocida.

Ahri no ha tenido tiempo para ponerse más cómoda. Supongo que le bastará, por ahora, con soltarse el cabello, quitarse los tacos y ponerse algo más ligero sobre los hombros. Algo que no parezca una chaqueta de cuero. Un chándal más propio de su compañera más pequeña, pero ahora se entiende la idea.

Creo haberla visto vistiendo algo así una vez. En un ensayo debió ser, pero han sido tantos en tan poco tiempo que podría estar hablando de cualquiera de ellos. Y ahora, como entonces, sí que se ve cansada. Pero eso no quita que camine hacia mí desde la puerta ofreciéndome una sonrisa que, por definir de la mejor forma, diría que resulta hasta cálida. Puede que el juego de luces tenga mucho que ver.

–No pensabas que te irías sin celebrar, ¿o sí?

–La verdad es que sí –ella deja escapar una risita, tomando por broma lo que acabo de decir muy en serio.

–Pues ahora mismo nos acompañas a cenar.

–En verdad se lo agradezco, señorita, pero…

–¿Vas a seguir con eso? ¡Basta de formalidad!

No sé por qué sonreír me produce dolor en la cara. Es lo que hago y lo comprendo cuando duele. Lo hace parecer muy fácil, pero… está complicado si aún no te despegas de la lejanía que su sola imagen parece traer… y el hecho de llevar tan poco en esto… aún sin poder creerlo del todo…

–Se lo agradezco, señorita, pero debo irme, me esperan en casa.

Su semblante de liderazgo parece temblar bajo las luces. Algo en el fondo, muy en el fondo, me dice que no está del todo acostumbrada a recibir una respuesta negativa. Lo descarto pronto. Cualquiera te pondría esa cara o peor si rechazas una invitación a cenar comida casera (o instantánea) y con las palabras que sean. Es un costo necesario en este segundo.

Por mucho que esas palabras se parezcan a las que oyera del otro lado de la línea…

–Pero… acabamos de llegar…

–Lo siento, en verdad… en verdad es un compromiso importante.

–¿Qué puede ser más importante que este momento?

–Señorita… –trato de mantener la sonrisa. En verdad esto se está tornando incómodo.

–No puede ser algo que una llamada no pueda arreglar…

–En este caso… no es una llamada que me pueda permitir.

No está convencida. Eso me dice su mirada. Sus ojos entrecerrados y mira tú, el movimiento casi hipnótico de una de sus colas, la única visible. Fíjate en más. El sutil temblor de sus orejas. Juraría que me dirá cualquier cosa. Que no lo esperaré. Que lo lamentaré…

Pero el ascensor viene en mi rescate, abriendo sus puertas a mi espalda y permitiéndome el paso…

–Me estás mintiendo –casi susurra ella, como si supiera que con ese tono basta para enviar un estremecimiento a través de mi espina dorsal.

Y lo consigue, ¿no te jode?

–No me creerá tan loco, ¿verdad? –replico, sin saber de dónde han salido esas palabras ni el gesto casi divertido que podría firmar el epitafio en mi lápida.

–Pues esto no te ayuda a mejorar la impresión –es todo lo que dice antes de soltar las puertas del ascensor (mira tú) y dejarme descender hasta el piso primero sin interrupciones.

La seguridad está en su sitio, los chicos me dedican un saludo antes de abrir las puertas y ser recibido por la ciudad de noche. Volteo a mirar el edificio residencial. Intento calcular el número cincuenta sin que me duela el cuello e imaginar encendida las luces de esas ventanas.

Ahora me siento cansado. Es ahora que proceso todo lo que he vivido a lo largo del día. Y me alegra que haya terminado. Me alegra la perspectiva de un día libre. Me deleita, en cierta forma, imaginar que se trata de una perspectiva compartida. Casi me alegra tener que caminar una cantidad endemoniada si quiero encontrar un taxi o el metro.

Como también casi me alegra poder sacar mi propio teléfono y enviar un mensaje:

Voy en camino, mamá, pero no me esperen despiertos.

Aún recuerdo la cara de mis padres cuando supieron que había sido aceptado para este trabajo.

No fue sencillo. Tuve que explicarles quiénes eran K/DA. Y tampoco he sido muy fan que digamos.

Y entenderlo tampoco terminó de tranquilizarlos.

Ahora, si llegan a ver el concierto en los noticiarios, espero que puedan sentirse más tranquilos. No espero que los llene de orgullo, sólo que, por mi parte, puedan volver a respirar.

Porque respirar es lo que todos necesitamos.

Y en última instancia, se puede decir que las chicas son agradables. Asumiendo que todas estuvieran de acuerdo con invitarme a cenar ahora.

E incluso de no ser así… bueno, concluyo tras empezar a caminar con algo parecido a la tranquilidad sobre los hombros.

Todas son agradables dentro de sus límites. Y como estrellas del pop, no creo que se deba pedir más. No quiero imaginar lo cansadas que están.