Capítulo 1
Demelza no tenía muchas perspectivas en su vida. Como la hija mayor de los siete hijos de Tom Carne su vida estaba establecida desde el momento en que nació, como todas las vidas en Illogan. Su madre había muerto cuando ella tenía diez años y había dejado atrás seis pequeños niños para que ella cuidara y, a los dieciséis años, sabía que su destino no sería muy distinto al de su madre. Pobreza, miseria y una casa de una sola habitación llena de niños harapientos y hambrientos. Su padre trabajaba en una mina y apenas conseguía poner comida en la mesa para que se alimentaran. La mayor parte de su dinero, cuando había algo, lo despilfarraba en la taberna y en el juego y cuando recobraba la conciencia ya no les quedaba mucho para comer. La mayor parte del día la pasaba entre niños gritando o gritos de su padre que solía llegar borracho por la noche, especialmente cuando era día de pago y había gastado más de lo que ganaba. Demelza sabía entonces que en los días siguientes recibirían visitas. Siempre era lo mismo. Hombres buscándolo, tratando de cobrar el dinero que les debía. Y todo terminaría en una pelea y con los niños llorando y gritando aún más y su padre ebrio tirado en el piso de la cocina, cubierto de sangre y magulladuras. Y luego se despertaría al día siguiente gritándole como si todo fuera culpa suya y pateando todo y a todos los que se interpusieran en su camino. Después de eso, las cosas se calmarían hasta la próxima quincena cuando la escena volvería a repetirse.
Pero no todo era miseria. Demelza tenía un pequeño rayo de luz en su vida. Hacía unos años había empezado a trabajar en una pequeña estancia que estaba en las afueras del pueblo. La cabaña era humilde y la granja también, pero tenían animales y Demelza pasaba tiempo con ellos. Aunque no eran las únicas criaturas que vivían bajo el techo de esa cabaña que Demelza había llegado a amar. También había hecho un amigo. Un muy buen amigo, de hecho. Su nombre era Hugh, era el único hijo de la pareja de ancianos dueños de la granja, el Sr. y la Sra. Armitage. El joven tenía la misma edad que ella y en los últimos tres años habían desarrollado una fuerte amistad. Hugh era educado, sus padres lo habían enviado a la escuela cuando tenía once años. Cuando no estaba en el colegio solía ayudar a Demelza con el trabajo en la granja y también se había encariñado con ella. Hugh conocía todos los problemas de su vida y, oculto de sus padres, la ayudaba a terminar sus tareas más rápido para que pudieran pasar tiempo juntos. Hugh le enseñó a leer y trató de repetirle todo lo que recordaba que había aprendido en la escuela. Le escribía cartas y ella intentaba responderle. Demelza atesoraba esos momentos porque eran solo para ella, y aprender a leer y a escribir era algo tan maravilloso y al que sabía que la mayoría de los otros niños de la aldea no tenían privilegio. Había llegado a amar a Hugh, por supuesto. Y Hugh también la amaba. Ambos eran sólo niños inocentes e ingenuos. En todo ese tiempo en que se habían conocido, solo se habían tomado de la mano una vez, cuando falleció la madre de Hugh. Pareció hacerse más alto en solo un par de meses después de eso. Dejó de ser un niño y se hizo hombre de repente, ante sus propios ojos. Pero seguía siendo su amigo más querido y se le rompió el corazón cuando tuvo que dejar de trabajar en la granja después del fallecimiento de la señora Armitage. Y luego, cuando había venido a decirle que debía irse a la guerra. — "No, Hugh. No puedes ir." - "Me temo que debo hacerlo."
Era un pensamiento tan inquietante imaginarse a su dulce Hugh en un campo de batalla. No sabía lo que era una guerra, para ella era algo violento y aterrador, no un lugar para él en absoluto.
"Debes escribirme una carta." – dijo él. - "Debes escribirme una carta que llevaré conmigo al otro lado del mundo y que abriré una vez que esté allí. En un momento de soledad, en un momento triste, en un momento desesperado. La leeré y me darás esperanza y la fuerza para quedarme en este mundo y volver contigo."
Demelza había escrito la carta y se la había entregado el día que en se fue América. En ella había puesto su corazón. Él era la persona más importante en su vida, la única persona que realmente la conocía. La persona que le había enseñado todo, y ahora se iba tal vez para no volver jamás. Ella había escrito que lo amaba y que esperaría a que él regresara y la convirtiera en su esposa. Eso era lo que más anhelaba.
Se habían despedido en la estancia donde habían trabajado juntos durante casi tres años. Él había tomado sus manos entre las suyas una vez más y mirándola a los ojos había dicho "Demelza, te amo y cuando regrese quiero casarme contigo. ¿Dirás que sí?" Ella le sonrió y dijo: "Mi respuesta está en la carta que llevas contigo". La había besado, Hugh le había dado su primer beso. Había sido suave y dulce, solo el roce de sus labios en los de ella. Eso había sido suficiente, ella lo esperaría hasta que regresara.
Habían pasado meses desde que Hugh se había ido. Su vida había vuelto al color sombrío de su triste rutina. No había recibido noticias de él. De vez en cuando había ido a visitar a su padre, para ver si tenía noticias de su hijo, pero a él también lo había envuelto la nostalgia y el anciano había muerto en soledad unos meses después.
En casa de los Carne siguió trabajando tan duro como siempre. Sus hermanos siempre la hacían sonreír, pero vivía con una preocupación constante en su corazón; como si una parte de ella se hubiera ido con él y no estaría completa hasta su regreso.
Un día, un anciano había venido a buscar a su padre. Como no estaba en casa, dijo que lo esperaría. Era un hombre peculiar, bien vestido, con un tricornio en la cabeza, camisa blanca, chaleco fino y un abrigo elegante. Dijo que se llamaba Poldark. Se sentó en una de las pocas sillas destartaladas que había en la pequeña cabaña, mirando a los niños jugar y balbucear a su alrededor. Había estado pendiente de Demelza, la siguió con la mirada mientras iba de un lado a otro, mientras ella preparaba pan y trataba de hacer cena para siete con un solo pescado y un par de patatas. "¿Cuál es tu nombre, niña?" le había preguntado el hombre, sorprendiéndola.
"Demelza, señor".
"Sabes Demelza, es de buena educación ofrecer un refrigerio a un invitado cuando está en tu casa." - Ella lo miró perpleja pues nunca había habido un hombre en su casa a quien ella considerara un 'invitado', todos eran sinvergüenzas y ladrones, amigos de su padre o sus acreedores. Pero este hombre no se parecía a uno ni al otro.
"Hay sólo brandy, señor. Y uno no muy bueno."
"Será suficiente para humedecer mi seca garganta." Le sirvió la bebida en el mejor vaso que pudo encontrar. El anciano tomó un sorbo, hipo y suspiró. "¿Eres la hija de Carne?"
"Sí, señor."
"¿Cuantos años tienes?"
"Casi dieciocho." El hombre miró a su alrededor, inspeccionando la habitación y a los niños pequeños que jugaban en el suelo.
"¿Sabes cocinar y limpiar?"
"Si, señor. Su señoría hace muchas preguntas."
"¡Ha!" Poldark se rió. "Es verdad. Pero cuando un caballero está de visita debe ser entretenido por la mujer de la casa hasta que llegue el dueño de la casa. En este caso tu padre."
"Oh..." Ella vaciló, sin saber qué decir. Nunca había tenido un caballero sentado en su sala. Y no tenía ninguna duda de que lo era. Aunque era curioso también, ¿por qué un supuesto caballero tendría algo que ver con Tom Carne? Pero aun así encontró al hombre agradable. Le había señalado otra silla y ella se había sentado frente a él, tratando de adoptar una postura refinada que nunca antes había necesitado. El hombre siguió haciéndole preguntas. Sobre lo que hacía en la casa, qué cosas le gustaba cocinar. Le había interesado especialmente cuando le dijo que había trabajado en una granja. No tuvo necesidad de hacer preguntas porque Demelza le había contado por su cuenta todo lo que había aprendido. Nunca había hablado con nadie acerca de la granja de los Armitage porque a nadie parecía importarle. Pero Poldark había encontrado todo el asunto intrigante y pareció sorprendido que ella supiera leer y escribir. Demelza omitió mencionar a Hugh, por supuesto. Todavía creía que él era solo suyo y que nadie más necesitaba saber de él. Todo lo que había dicho era que el hijo del matrimonio le había enseñado, pero nada más. El hombre estaba realmente interesado en todo lo que ella decía y parecía bastante entretenido. Cuando su padre llegó y los encontró hablando, el anciano le dijo que había sido una excelente anfitriona. Aunque a su padre no parecía importarle porque se puso lívido cuando vio allí al viejo Joshua Poldark, el dueño de una de las minas del condado.
"Déjanos." Su padre había ordenado. Ella y sus hermanos dejaron a los hombres solos. A Demelza no le preocupaba que sucediera algo malo. El señor Poldark era un anciano para iniciar una pelea con su padre, y también era un caballero. Un caballero no peleaba. Y tampoco podía imaginar qué asunto lo había llevado allí. Nada sabía ella que siendo tan buena anfitriona se había transformado en el pago de una deuda.
Cuando el Sr. Poldark salió de la casa, Demelza estaba jugando con sus hermanitos en la calle embarrada, se despidió alegremente de él cuando el hombre le guiñó un ojo y montó en su caballo para alejarse de su pequeña cabaña. Se apresuró a entrar después de verlo partir para preguntarle a su padre quién era ese peculiar hombre y qué quería con él. Pero todo lo que obtuvo como respuesta fue una maldición tartamudeada. "Esos ricos creen que tienen derecho a venir y dar órdenes en mi propia casa... ¿Está lista la cena?"
"Sí, padre. Pero, ¿qué quería contigo?" Tom Carne la miró de reojo pero no respondió. "'Hablas demasiado, niña. Siempre haciendo preguntas. ¿Qué quería él? Por qué, dónde, cómo... Soy yo quien toma las decisiones aquí. Y tu tienes que obedecer."
"Sí, padre." Ella había dicho, acostumbrada a no contradecirlo incluso si no estaba de acuerdo.
Fin del Capítulo 1
