Capítulo 15
Dame Otra Señal Cariño
Pasó un buen rato hasta que Bella consiguió recuperar el aliento y el mundo dejó de girar a su alrededor. En aquel momento, se quedó completamente asombrada, porque se dio cuenta de varias cosas.
En primer lugar, estaba sentada sobre Edward, entre sus brazos fuertes y cálidos, unos brazos que todavía vibraban con los movimientos sísmicos que se producían después de una relación sexual increíble.
Realmente increíble.
Y, en segundo lugar, se sentía viva y… segura, dos cosas que nunca había sentido al mismo tiempo en toda la vida.
Como aquello le producía algunas emociones preocupantes, se controló y alzó la cabeza.
Edward la estaba mirando con los ojos oscurecidos, muy intensos. Dios, cuánto le gustaba aquello. Acababa de perder el equilibrio y estaba a punto de caerse, pero él la tenía sujeta. Y, con solo mirarlo, se calmó.
–Vaya, ha sido… estupendo.
Él se rio suavemente, y su risa vibró de su pecho al de Bella. Ella sonrió.
–¿Ha sido una distracción suficientemente buena para ti?
Él respondió con una sonrisa lenta, perezosa e increíblemente sexy.
–Si digo que no, ¿vas a intentar distraerme otra vez?
–Puede que sí.
–Creía que lo había visto y hecho todo –dijo él–, pero esto ha sido nuevo para mí.
Ella se rio e intentó arreglarse la ropa.
–Yo puedo sacar lo mejor o lo peor de casi todo el mundo.
–¿Y qué opinas de esto?
Ella ni siquiera tuvo que pensarlo.
–Lo mejor.
No estaba consiguiendo componerse la ropa, así que Edward se hizo cargo de la situación mientras ella permanecía sentada en su regazo como si fuera una muñeca de trapo, sin fuerzas. Como no podía resistirse a su deliciosa boca, Bella se inclinó hacia delante para besarlo una última vez. Sin embargo, antes de que pudiera terminar el beso y apartarse, él la tomó entre sus brazos y continuó besándola profundamente, con fuerza, hasta que ella ardió de deseo nuevamente.
Cuando él se apartó, ella gimió de disgusto y protesta, y su boca lo siguió.
Aquello hizo que Edward se echara a reír. Su mirada cálida hizo que Bella recordara que quería ciertas cosas para sí misma. Cosas que nunca había querido antes. Cosas que había dejado a un lado porque sabía que él no las deseaba. De repente, se sintió más confundida que nunca, sobre aquella noche, sobre las Navidades, sobre su vida, sobre todas las cosas. Se levantó y se sentó en el suelo, abrazándose a las rodillas.
Él también se quedó en silencio. Estuvieron así durante un rato, bajo la luna en cuarto creciente.
–Me vendrían bien unas palomitas –dijo él, por fin. Ella se rio un poco, y lo miró a los ojos.
–Ha sido un verdadero magnetismo animal.
–Sí –dijo él, y le metió un mechón de pelo detrás de la oreja–. Es cierto.
Le dio un beso suave en la mandíbula. Ella sintió su respiración cálida en la piel y se estremeció. Se inclinó hacia él para acercarse más a la calma que siempre lo rodeaba.
–Bueno, ya he visto que echaste a Santa Claus del bar por mí.
–¿Cómo lo sabes?
Ella sonrió y dio unas palmaditas al teléfono que llevaba en el bolsillo.
–Alice me mandó un mensaje antes de que tú subieras aquí –respondió–. Eres un buen tipo, ¿sabes?
–Pero no vayas contándolo por ahí –dijo él. Le tomó la mano y se la llevó a los labios, y le besó los nudillos–. Yo no hablo mucho. Pero tú, sí.
Ella dio un resoplido.
–Ya lo sé.
–Eso era exactamente lo que esperaba que me dijeras. Así que, cuéntamelo, Bella. Cuéntame lo que te pasa con Santa Claus.
Vaya. Ella misma se había metido en aquel atolladero. Intentó soltarse de él, pero él le sujetó la mano y, también, le sostuvo la mirada.
–Mira –dijo ella–, solo porque hayamos hecho… eso, no tenemos por qué mantener una conversación.
–El tema del que quiero hablar no tiene nada que ver con… eso –replicó él con una sonrisa–. Aparte de que ha sido la mejor relación sexual en una azotea que he tenido en mi vida. Además de la única.
A Bella se le escapó una carcajada, y apartó la mirada.
Él le puso la mano en la mejilla e hizo que lo mirara de nuevo.
–Está bien –dijo ella–. Estoy de acuerdo: esta relación sexual ha sido increíble. Pero, según nuestro acuerdo previo, no tenemos por qué hacer esto. Me refiero a que hay un yo, y hay un tú. Y, algunas veces, hay esta locura –dijo, agitando la mano vagamente a su alrededor–. Pero ha sido cosa de una noche y, seguramente, ya nos lo hemos quitado de encima –añadió. Tuvo que hacer un esfuerzo para mirarlo, y dijo–: Así que, de verdad, no tienes por qué mantener una de esas conversaciones embarazosas para cubrir el expediente.
–Puede que a mí me guste eso de mantener conversaciones embarazosas. -Ella se echó a reír y posó la cabeza en las rodillas.
–Te estoy dando la oportunidad de escapar, Edward –respondió. Demonios, se la estaba dando a sí misma. Su corazón necesitaba escapar.
Porque lo entendía: Edward no se encariñaba con nadie. Sin embargo, ella sí, y mucho. Debía tener mucho cuidado para protegerse a sí misma.
–Vamos, Bella –le dijo Edward–. Cuéntame lo que ha pasado esta noche.
–Bueno –dijo ella, e intentó por última vez aligerar aquella conversación–. Es lo de las abejitas y los pajaritos…
–Ya sabes lo que quiero que me cuentes, listilla.
Ella suspiró. Sí, lo sabía. Quería enterarse de por qué, si le tenía tanto miedo a Santa Claus, seguía celebrando las Navidades como si tuviera cinco años, y no iba a aceptar ninguna de las respuestas que le había dado.
Pero ella nunca pensaba en aquello, y mucho menos, hablaba de aquello. No se lo permitía a sí misma.
Después de un silencio, él dijo:
–Cuando yo era pequeño, me mandaron interno a un colegio católico y militar, dirigido por monjas y exmarines.
Ella lo miró.
–¿De verdad? ¿Cuántos años tenías?
–Cinco. Bueno, todavía no había cumplido los cinco. Cuando cumplí los diez, volví a casa y me metieron en un colegio público. Digamos que ya no encajaba en el sistema privado.
Ella se quedó espantada. No lo entendía, aunque los servicios sociales se habían hecho cargo de ella a la misma edad.
–¿Tus padres mandaron a su hijo de cuatro años a un internado? ¿Y te dejaron allí hasta que cumpliste los diez?
Él se encogió de hombros.
–Era un niño muy molesto. Aunque lo pagué bien caro.
–¿En el colegio castigaban a los niños? –preguntó Bella con horror.
–Solo si eras un grosero y un idiota –dijo él, y miró hacia el cielo oscuro con una pequeña sonrisa–. Yo todavía me echo a temblar cuando veo una monja.
Ella se quedó callada, pensando en el motivo por el que él le había contado aquella historia. Había querido abrirse para que ella se abriera también.
Demonios.
–Yo no tiemblo cuando veo a un Santa Claus –dijo.
–No –convino él–. No has temblado. Has tenido un ataque de nervios en toda regla.
Edward observó a Bella, que no dejaba de juguetear con las manos. Sabía que ella quería cambiar de tema, pero tenía la sensación de que estaban al principio de algo que iba más allá de la atracción física. También sabía que aquel era el momento en el que debería salir corriendo, pero no quería que todo terminara allí.
Ella aún no había dicho nada, y él se resignó a que aquello fuera el fin, pero, de repente, Bella comenzó a hablar.
–A mí me recogieron los servicios sociales a esa misma edad, más o menos – dijo, suavemente.
–¿Qué ocurrió?
–Durante los catorce años siguientes, estuve en casa de acogida casi todo el tiempo –explicó, e hizo una pausa–. Mi madre es alcohólica. Se mantenía sobria algunas temporadas, pero no duraba mucho. Normalmente, se enamoraba de algún tipo y, cuando rompían, empezaba a beber de nuevo y se volvía loca, y yo terminaba otra vez en alguna familia.
Dios, Edward sintió con toda su alma que le hubiera ocurrido aquello.
–¿Y alguno de esos tipos iba vestido de Santa Claus?
–Solo el primero –dijo ella con un escalofrío–. Después de algunos episodios, reuní valor y le tiré el café en el regazo. Y ahí terminó todo.
–Dime que estaba hirviendo –le pidió él. Ella sonrió con orgullo.
–Sí.
Edward esperaba que al tipo le hubiera quemado el pene, pero ella también se había quedado con una cicatriz. Él se quedó alucinado al darse cuenta de la violencia que podía sentir por algo que había sucedido hacía veinte años, pero así era como se sentía: capaz de recurrir a la violencia.
La gente le había fallado a Bella. Le había hecho daño. Y él había hecho lo mismo, al dejarle claro que lo que hubiera entre ellos era pasajero.
Se sintió como un canalla.
Ella le tomó la mano. Quería consolarlo. Al darse cuenta, a él se le formó un nudo en la garganta. Se aferró a sus dedos.
–¿Cuántas veces estuviste en una familia de acogida?
–Por lo menos una vez al año, hasta que cumplí los dieciocho y los servicios sociales me soltaron.
A él se le encogió el estómago al pensar en lo duro que debía de haber sido aquello para Bella.
–No es la mejor manera de crecer. Bella se encogió de hombros.
–Bueno, me hice una experta en puertas giratorias. Y todavía lo soy.
–¿Qué significa eso?
–Tú no te encariñas con nadie –dijo ella–, y yo no me aferro a nadie. En la tienda, los clientes vienen y van. Los animales, también. Incluso mis empleadas. Y los hombres. Las únicas personas constantes en mi vida han sido mis amigos –explicó. Después, se movió con incomodidad al darse cuenta de que ya había revelado demasiadas cosas–. Bueno, tengo que irme…
Él no la soltó, porque no estaba dispuesto a bajar por aquella escalera de nuevo, tras ella.
–No me creo eso de que no te aferras a nadie, Bella –le dijo, y notó que ella se ponía muy tensa, como si estuviera a punto de huir–. Eres muy lista. Te has hecho a ti misma. Tú no te rindes, y tienes un corazón infinito. Si quisieras aferrarte a alguien, como tú dices, lo harías.
Ella apartó la vista.
–Me estás atribuyendo demasiados méritos.
–Lo dudo.
Él ni siquiera podía imaginarse cómo había podido ser su infancia, teniendo un corazón tan grande, tan dulce y tierno. Y, en cuanto al sistema de casas de acogida de los servicios sociales, debía de haber sido una pesadilla.
–¿Sigues en contacto con tu madre? –le preguntó.
–Sí. Ahora vive en Texas, y nos enviamos mensajes de vez en cuando. Nos costó llegar al acuerdo de que dos veces al mes es suficiente para nosotras. Algo a medio camino entre perder el contacto y querer matarnos la una a la otra.
Ella sonrió, pero él, no. No pudo.
Ella sacó su teléfono.
–De verdad, ahora estamos bien. O, por lo menos, mucho mejor de lo que estuvimos nunca. ¿Lo ves?
Mamá: Hola, cariño, solo quería saber qué tal va todo. Seguramente, estarás ocupada esta noche…
–Traducción –dijo Bella–: Está sobria y quiere enterarse de lo que pasa…
Entonces, intentó guardarse el teléfono, pero él ya había visto la contestación y sonrió. Edward lo leyó en voz alta sin dejar de sonreír.
–«Bella: La hija con la que estás intentando ponerte en contacto no confirma ni niega que tenga planes esta noche, ya que, claramente, estás intentando averiguar si sale con alguien. Eso viola los términos de nuestra relación. Si continúas acosando a tu hija de esta manera, empezará a salir con chicas otra vez».
Edward se detuvo y la miró. Cuando recuperó el habla, su voz sonó enronquecida incluso a sus propios oídos.
–¿Otra vez?
Ella se retorció un poco y evitó su mirada.
–Fue cosa de una vez –dijo–. Una fase. Y se me pasó muy rápido cuando comprobé que las chicas están locas.
–Los tipos no son mucho mejor –respondió él.
–No me digas.
Él sonrió y le acarició la mandíbula con un dedo. Después, metió la mano entre su pelo.
–Edward –dijo ella, suavemente–. Gracias por lo de esta noche –se levantó y añadió–: Para ser algo sin ataduras, ha sido estupendo.
Él no dijo nada. No podía. Porque, de repente, se sentía inquieto e inseguro, dos cosas que no se le daban bien. No lo confesó, porque no había ningún motivo para revelar sus patéticas inseguridades.
Ella se acercó al borde de la azotea, y se giró:
–¿Necesitas ayuda para bajar?
–Ni hablar.
Ella se echó a reír. Y, después, desapareció por detrás del peto.
Edward se acercó y miró hacia abajo. Después, tuvo que sentarse para recuperar la serenidad.
–Mierda –dijo.
Tardó un rato en calmarse y, para entonces, Bella ya había bajado. Perfecto.
Él tomó la dirección contraria y caminó hacia la puerta que se abría a las escaleras interiores del edificio, consolándose con el hecho de que, por lo menos, nadie iba a verlo tomar el camino más fácil.
