Capítulo 16
Legendario
A la mañana siguiente, Bella estaba en la trastienda, desayunando un sándwich con Bree y Ángela. Era media mañana, y habían estado desbordadas de trabajo desde antes de abrir.
Aunque no tanto como para no poder recordar la noche anterior, la voz de Edward, sus susurros, el calor de sus ojos y su forma de acariciarla, posesiva y protectora a la vez.
Le llegó un mensaje de texto y estuvo a punto de ignorarlo, pero, al final, la curiosidad pudo con ella. Era de Alice.
JefaDeTodasLasCosas: Quiero un informe detallado de lo que ocurrió anoche.
–Mierda –dijo. Bree y Ángela señalaron a la vez el frasco de las monedas.
Bella se sacó un dólar del bolsillo y lo metió en el frasco y, después, se fue a su despacho a mirar fijamente el mensaje de Alice.
Estaba segura de que nadie los había visto a Edward y a ella la noche anterior, pero, cuando bajó por la escalera de incendios, se encontró con Rosalie en el patio.
Bella suspiró y comenzó a responder. Bella: Voy a tener que matarla.
JefaDeTodasLasCosas: Ponte guantes y no dejes huellas en el arma homicida. Bella se echó a reír y respondió:
Bella: Mi parte favorita de todo esto es que ni siquiera has tenido que preguntar a quién tengo que matar.
JefaDeTodasLasCosas: Cuanto menos sepa, menos podré decir durante el interrogatorio. Pero, en serio, ¿dónde están mis detalles?
Al ver que Bella ignoraba y, de hecho, borraba los mensajes, Alice la llamó directamente.
–Houston, tengo tantos problemas… –dijo Bella con tristeza. Alice se rio.
–Si crees que el hecho de que un tipo bueno quiera estar contigo es un problema, tenemos que hablar. En este momento tengo mucho trabajo, así que, vamos al grano: ¿Te acostaste con Edward anoche en la azotea, fue algo increíblemente placentero o tengo que ir a hacerle daño?
Bella posó la cabeza en el escritorio y se dio unos golpecitos. Porque aquello era lo que pasaba con Edward, que era un tipo listo, sexy, viril y guapo. Y, cuando él la miraba, ella se estremecía y notaba un temblor en todas las mejores partes del cuerpo…
Estar con él la noche anterior había sido increíble, sí, pero, al mirar atrás, se asustaba, porque se daba cuenta de que su corazón se había visto afectado, y sabía que Edward no tenía la intención de permitir que le ocurriera lo mismo.
Por lo menos, ella había impuesto sus reglas al decir en voz alta que había sido una aventura de una noche. Eso la ayudaba.
–¿Y bien? –preguntó Alice.
–Fue una aventura de una noche.
–Estupendo –dijo Alice–. No tengo problemas con eso, pero no es lo que te he preguntado.
Bella exhaló un suspiro.
–Sí, y sí.
Hubo un silencio.
–Y, si todo fue tan estupendo, ¿por qué no hay segundo round?
–Porque él no es de los que mantienen relaciones estables –dijo Bella, y estuvo a punto de morderse la lengua, porque inmediatamente quiso retirar lo que había dicho. Edward era listo, divertido y sexy, y merecía la pena mantener un segundo round con él. Y eso significaba que le había mentido a una de sus mejores amigas.
Sin embargo, la verdad era demasiado dura como para decirla en voz alta. Aquella verdad le hacía daño.
–Querida –le dijo Alice, después de otro momento de silencio–. Permíteme que te diga una cosa que ignoras sobre ti misma: cuando mientes, hablas en una octava reservada para los perros.
–No puedo hacer esto –dijo ella. Demonios, su voz sonaba tan aguda que seguramente Alice tenía razón y solo los perros podían oírla. Carraspeó–. Ahora, no.
–Está bien –respondió Alice–. Vamos a reunirnos con las chicas. ¿Mañana por la noche te parece bien? Pizza, vino y una pequeña charla sobre el hecho de creer en una misma, ya que tú eres una de las mejores personas que conozco y una de las que más quiero.
–Tú odias a la mayoría de los seres humanos.
–Pues entonces, eso es prueba de que lo digo en serio. Mierda, estoy mirando la agenda. Mañana por la mañana no puedo, Jasper necesita que le ayude en un trabajo.
–Vaya, puede que sí debamos reunirnos todas para hablar sobre por qué Jasper y tú no se han acostado ya –dijo Bella–. Todo el mundo sabe que va a ocurrir más tarde o más temprano.
–Bueno, pues todo el mundo debería guardarse las espaldas –respondió Alice malhumoradamente–. Eso no va a suceder nunca. Voy a hacer un hueco para esta noche. Pizza, vino y una charla a corazón abierto.
–Estoy a dieta.
–Yo, también –dijo Alice–. Es una dieta de combustible. Como lo que pueda servirle de combustible a mi alma, y esta noche va a ser pizza.
Bella abrió la boca para decir que estaba ocupada aquella noche, pero Alice ya había colgado.
–Demonios, odio cuando dice la última palabra –murmuró.
Aquel medio día, Edward estaba colocando la tarima del suelo en la obra de North Beach, sin poder dejar de recordar lo que había sucedido la noche anterior. La parte buena, no la parte en la que, sin saber cómo, había dejado que Bella lo incluyera en la categoría de «aventuras de una noche».
No, esa parte se la quitó de la cabeza. Siguió recordando el momento en que Bella lo había besado, en cómo había temblado entre sus brazos, en cómo había pronunciado su nombre…
Alguien llamó a la puerta de la casa por segunda vez. Aquel día, tenía a diez personas trabajando, pero nadie dejó su tarea.
–Esme –dijo. Nada.
–¡Esme!
Con cara de exasperación, ella asomó la cabeza desde el pasillo, señalando con el dedo el teléfono que tenía pegado a la oreja y recordándole con una mirada fulminante que estaba encargando las ventanas. Él soltó un suspiro, se quitó el cinturón de las herramientas y fue hacia la puerta. No podía ser un proveedor, porque habrían entrado sin más. Esperaba que no fuera ningún vecino para quejarse del ruido. Él intentaba trabajar lo más silenciosamente posible, pero algunas veces no podía evitar los ruidos.
Como, por ejemplo, aquel día en que había estado utilizando la pistola de clavos.
Abrió la puerta de par en par, dispuesto a pedir disculpas amablemente y continuar haciendo exactamente lo mismo que antes, pero se encontró frente a frente con su tía Sally.
Ella estaba en jarras.
–He tenido que ir persiguiéndote por toda la ciudad. ¿Sabes todo lo que me he gastado en taxis?
Él sacó la cabeza por la puerta y miró al taxi.
–Yo pago…
–Ya está hecho –dijo ella con irritación–. No me contestas al teléfono, y eso es una grosería, por cierto. Toda tu generación es maleducada, con esas tonterías del Twitter y los mensajes. No tienen modales.
Edward se sacó el teléfono del bolsillo y vio que tenía una llamada perdida. Cabeceó.
–Estaba utilizando herramientas eléctricas y no te he oído…
–No me des excusas, jovencito. Solo me queda una hora para volver. ¿Dónde está Petunia? ¿Dónde está mi pequeñita? Se asusta de su propia sombra, y con tanta gente, debe de estar aterrorizada.
Si Petunia era una pequeñita que se asustaba de su propia sombra, él era un mariachi. Y, con respecto a dónde estaba, aquello era complicado de responder. Sabiendo que aquel día iba a ser ruidoso, había dejado a la gata en Pets&Co aquella mañana.
Y, sí, también tenía la esperanza de poder ponerle los ojos, y la boca, encima a Bella, aunque la noche anterior hubiera recibido el mensaje alto y claro: era solo una noche.
Sin embargo, a él no le parecía bien, ni quería pensar en ello.
Y, al final, su opinión no había tenido ninguna importancia: Bella no estaba en la tienda, y él había hablado con Ángela, y la chica no le había dicho ni pío acerca del paradero de su jefa.
Le preocupaba que su ausencia pudiera tener algo que ver con él. Le había mandado un mensaje a Bella y también la había llamado, pero no había conseguido respuesta. Se sentía inquieto. O ella había decidido que lo de la noche anterior había sido un gran error, o… bueno, no se le ocurría la alternativa.
No obstante, que ella se arrepintiera de lo que para él había sido la mejor noche de su vida no le sentaba nada bien. Su plan era pasar por Pets&Co al acabar de trabajar para averiguar qué demonios estaba pasando.
–¿Y bien? –preguntó la tía Sally.
Él salió al porche con ella y cerró la puerta para minimizar el ruido de la obra. Además, si su tía iba a gritarle, no quería que sus trabajadores lo oyeran, porque eso podía hacer mella en su autoridad.
–¿Qué quiere decir que solo tienes una hora más? ¿Es que te has escapado de la residencia? ¿Qué pasa?
–Ah, no, de eso, nada –dijo ella–. Tú primero. ¿Dónde está mi nena?
–No la tengo aquí. Sabía que el ruido iba a molestarla mucho, así que…
–¿Qué has hecho con ella? Oh, Dios mío –dijo su tía, retorciéndose las manos–. Lo has hecho. La has vendido.
–¡No! Está con una amiga mía.
–Es una gata delicada, Edward. Y no creo que ni siquiera sepa que es un animal, ¡mucho menos una gata! Sé que es lo mismo que te hicieron tus padres cuando tú te portaste mal, mandarte fuera, pero esa no es forma de resolver un problema –dijo su tía. Estaba preocupadísima, y él se sintió muy culpable.
Y un poco horrorizado. Eso era, exactamente, lo que había hecho. Se había desentendido de la gata en vez de cuidarla, como habían hecho sus padres con él. Dios. ¿Acaso era como ellos?
–Está bien –le prometió a su tía–. Mi amiga adora a los gatos.
–¿Tu amiga?
–Sí –dijo. Esperaba que Bella fuera de verdad su amiga, al menos, esperaba no haberlo estropeado todo la noche anterior.
–¿Y dónde está esa persona? –preguntó su tía Sally–. Llévame a verla ahora mismo.
Bien, de acuerdo. Metió la cabeza por la puerta y vio que Esme había estado escuchando la conversación y tenía una sonrisa de diversión en los labios.
–Cobarde –le dijo en un susurro.
–No me pagas lo suficiente como para mentir a una anciana –susurró ella.
De hecho, sí le pagaba lo suficiente como para eso. Le pagaba lo suficiente como para que dirigiera un país del tercer mundo. Sin embargo, no era un buen momento para hacérselo notar.
–Vuelvo enseguida –dijo. Esme sonrió.
–¿Quieres que llame para avisar a Bella de que le has mentido a tu tía abuela, y pedirle que mienta también en tu nombre?
–No he mentido –dijo él–. Solo he omitido algunos detalles.
–Como por ejemplo, que has dejado a su gata en una residencia de día.
–Tú vigila la obra –le dijo Edward, y le cerró la puerta en la nariz. Se giró hacia su tía y la tomó de la mano.
–Yo conduzco.
Diez minutos más tarde, aparcó delante del Pacific Pier Building, justo enfrente de Pets&Co.
Sally miró la tienda con los ojos muy abiertos y, después, se giró hacia su sobrino con una expresión fulminante.
–Si le han tocado a Petunia un solo pelo de su preciosa cabecita…
–Muerte y desmembramiento –dijo él–. Ya lo sé.
Sin embargo, también sabía que si alguien había resultado dañado, no sería aquella gata. Ella podía asesinar a cualquiera sin despeinarse.
Bella estaba haciendo la contabilidad de la tienda y, durante uno de los descansos, se quedó mirando por la ventana sin ver nada. Durante aquellas últimas semanas, habían faltado cuarenta dólares de la caja registradora en varias ocasiones.
Y, peor aún, solo ocurría cuando cerraba una de sus empleadas. Detestaba lo que significaba aquello, pero había perdido ya ciento veinte dólares, y no podía seguir ignorando la situación.
Ángela asomó la cabeza por la puerta.
–¿Va todo bien?
Ángela era la empleada que más tiempo llevaba en la tienda. Bella no quería que su ladrona fuera ella, pero no podía estar segura, así que dijo:
–Sí.
–De acuerdo –respondió Ángela. Claramente, no se lo había creído, pero no insistió–. Voy a bañar y cepillar a Buddy. ¿Podrías estar atenta por si vienen más clientes?
–Por supuesto que sí.
Buddy era un gato de doce años que odiaba los baños. Sin embargo, le encantaba que lo cepillaran, así que tenía una relación de amor y odio con ellas, aunque su favorita era Ángela.
Un poco después, sonó la campanilla de la puerta. Bella iba a abrir cuando oyó un grito, un gruñido, un gemido y, después, un golpe.
Corrió hacia la parte trasera de la tienda y se encontró a Ángela a gatas, en el suelo, mirando bajo las estanterías de almacenamiento, y a Jessica en mitad de la habitación, retorciéndose las manos.
–¿Qué ha pasado? –preguntó Bella.
–Buddy y yo nos hemos asustado por algo –dijo Ángela, mirando ceñudamente a Jessica, y Bella se dio cuenta de que había algo raro.
–¿Que se han asustado por algo? –preguntó.
–Sí, y entonces, Buddy me ha mordido y he tenido que soltarlo. Está asustado, debajo de las estanterías. Ven aquí, Buddy –dijo Ángela con una voz muy dulce–. No estoy enfadada contigo. Yo también habría mordido en tu situación. No quería asustarte.
Bella se agachó junto a Ángela y miró debajo de las estanterías. Vio dos ojos enormes y llenos de terror.
–Vamos, precioso, no pasa nada. Sal, bonito… –dijo, y se sacó un premio Pup Peroni del bolsillo. Lo agitó delante del gato, y añadió–: Vamos a ir directamente a la parte del cepillado, ¿de acuerdo? Eso te encanta.
Buddy siempre había sido incapaz de resistirse a la comida, fuera del tipo que fuera, y salió poco a poco, hasta que pudo tomar el premio cautelosamente.
Bella lo tomó en brazos con delicadeza, lo acurrucó contra su cuerpo y le besó la cabecita.
–Pobrecito, chiquitín –dijo. Entonces, miró a Angela, que sangraba por el dedo–. ¿Te ha hecho mucho daño?
–No, no pasa nada –dijo la muchacha, y fue al fregadero para lavarse el dedo.
Bella tuvo que creérselo, al menos, por el momento, mientras hablaba con Jessica y aclaraba la sospecha que tenía desde hacía varios días.
–¿Cuándo has entrado aquí?
Jessica se mordió el labio e intercambió una mirada con Ángela. Bella contuvo un suspiro.
–Jessica –dijo con calma y bondad–, sé que has dormido aquí anoche. Sé que duermes aquí cuando lo necesitas.
–No –respondió la chica a la defensiva–. Yo…
–No sigas –dijo Bella, en el mismo tono de calma.
No iba a juzgarla. No iba a censurarla. Ella entendía mejor que nadie cómo tener que escapar de una mala situación y no tener un lugar seguro al que ir.
–Quiero que te sientas segura aquí –dijo Bella–, pero las noches en que necesites un sitio en el que quedarte, tienes que avisarme. Arriba tengo un sofá que es mucho mejor que el suelo de este lavadero. Pregúntale a Ángela, ella durmió allí de vez en cuando durante su primer año conmigo.
Ángela asintió.
–Sí. Bella hace tostadas con canela por las noches, cuando no puedes dormir, y vemos Netflix.
Jessica se quedó mirando a Bella con asombro, y tragó saliva.
–¿Tú me dejarías dormir en tu apartamento?
–Sí –dijo Bella–. Pero hay una cosa que no te voy a dejar hacer, y es robar de la caja registradora.
Jessica pestañeó.
–Yo no he robado nada –dijo, retrocediendo hacia la puerta–. Llama a la policía si quieres, pero no voy a quedarme a esperar…
–No voy a llamar a la policía –respondió Bella, y se puso en pie–. Necesito que escuches lo que voy a decirte, Jessica, ¿de acuerdo? Me encanta que seas mi empleada. Me encanta cómo tratas a los animales, pero nadie te va a retener contra tu voluntad. Yo no quiero que nadie esté aquí si no quiere, y no voy a permitir que nadie se aproveche de mí. Ángela, ¿cuál es mi política con el robo? –preguntó, sin apartar los ojos de Jessica.
Ángela se había lavado bien el dedo y se lo había vendado con una toallita de papel para detener la hemorragia.
–Dos veces, y estás fuera.
–¿Y por qué no son tres? –preguntó Bella.
–Porque tú naciste prematuramente, y no tienes paciencia –dijo Ángela, recitando.
Bella asintió.
–¿Entiendes lo que quiero decir? –le preguntó a Jessica. La chica tragó saliva.
–Que ya lo he hecho una vez.
–Exacto –dijo Bella, asintiendo. En aquello siempre era firme. Los límites eran importantes con los animales y con los niños, también.
–Lo siento –susurró Jessica.
–Gracias, y lo sé. Pero las dos nos merecemos algo mejor, ¿de acuerdo? Jessica asintió, y Bella fue al lavadero con Buddy.
–Ustedes dos, vayan al mostrador a atender a los clientes. Yo me quedo con Buddy.
Cuando se fueron, se puso a hablarle con dulzura al gato.
–Y tú y yo, pequeño bruto adorable, vamos a hacer un poco de magia juntos.
–¿Y yo? ¿No quieres hacer magia conmigo también? –preguntó una voz muy familiar, grave y sexy, a su espalda.
Edward, por supuesto, porque, ¿quién más iba a conseguir que le saltara el corazón a la garganta y se le derritieran las entrañas al mismo tiempo?
