Capítulo 17
Léeme Los Labios
A Edward le divirtió haber dejado a Bella sin habla. Por una vez.
Sin embargo, también se dio cuenta de que no se había alegrado mucho de verlo. Se acercó a ella y recogió el cepillo que se le había caído de la mano. Se lo dio, pero no lo soltó hasta que ella lo miró a los ojos.
–Hola.
–Hola –dijo ella. Al principio, se había quedado paralizada, pero se estaba recuperando rápidamente.
–¿Estás bien? –le preguntó Edward.
–Sí, pero estoy muy ocupada, así que…
–¡No tan ocupada! –exclamó Ángela, que había asomado la cabeza por la puerta y estaba sonriendo como una boba–. Jessica y yo lo tenemos todo controlado en el mostrador, así que pueden hacer magia o lo que quieran.
Y se marchó.
–Es una celestina –murmuró Bella–. Estaba muy ocupada hablando con ellas y, ahora, ellas están haciendo de celestinas.
–¿Y de qué estabas hablando con ellas? –le preguntó Edward–. Parecía algo muy serio.
–Ya lo he resuelto.
Siempre lo hacía. Se le daba bien resolver los problemas.
–Bueno, pues vamos a hablar del hecho de que incluso tus empleadas se dan cuenta de lo mucho que te gusto.
Ella puso los ojos en blanco, y él se echó a reír. Se le acercó y le rozó la oreja con los labios.
–¿Me estás diciendo que no te lo pasaste bien anoche?
Como estaba muy cerca, sintió el temblor que se apoderó de su cuerpo, pero antes de que pudiera estrecharla entre sus brazos, ella se liberó y lo fulminó con la mirada.
–Deja de hablar en ese tono tan seductor –le dijo–. Y sí, sabes que me lo pasé muy bien –añadió, y miró a su alrededor como si estuviera asegurándose de que nadie los estaba escuchando–: Dos veces.
Él estalló en carcajadas.
–Querrás decir tres veces.
–¿Estabas contando? –le preguntó ella con incredulidad.
–Claro que no. No fue necesario –dijo él, y se inclinó hacia ella–. Y, de todos modos, los dos sabemos que fueron cuatro.
Ella lo señaló con un dedo.
–Es eso. Por ese motivo es por lo que no vamos a hacerlo de nuevo. Porque tú quieres hablar de ello, y yo, no.
Él la agarró cuando ella iba a alejarse.
–¿De verdad que no vamos a volver a hacerlo?
–Una noche –dijo ella–. Tú aceptaste. Nada de ataduras. Eso también lo aceptaste.
–Sí –dijo él, cabeceando–. Puede que me adelantara. Ella se ahogó con una risa, y cabeceó.
–Los dos sabemos que estamos mejor como amigos, Edward.
–Amigos –repitió él.
–Sí –dijo ella–. Los amigos mantienen relaciones de amistad duraderas. Bella se encogió de hombros, como si se sintiera un poco azorada. –Supongo que no me importaría que tú fueras mi amigo.
Él la miró un largo instante, imaginándose la novedad de ser amigo de una mujer a la que deseaba ver desnuda y retorciéndose de placer bajo su cuerpo.
–Está bien. Estoy dispuesto a que seamos amigos –le dijo.
Ella sonrió, y a él se le hinchó el pecho. Sabía que todavía había una química irresistible entre ellos, pero no iba a decírselo en aquel momento. Además, ella también lo sabía.
–Bueno –dijo Bella, por fin, después de una pausa–. ¿Qué te trae por aquí? ¿Has terminado ya de trabajar?
–No. Mi tía abuela quiere ver a Pita.
Bella procesó las palabras de Edward y, al instante, la columna vertebral se le puso rígida. Salió corriendo hacia la puerta.
Edward la siguió rápidamente, y ella le lanzó una mirada de acusación por encima del hombro.
–¡Tenías que haberme dicho que estaba aquí en cuanto has llegado!
–Te lo he dicho en cuanto has dejado de hablar del sexo y la amistad.
–Oh, Dios mío.
Iba a tener que matarlo. Él caminaba a su ritmo, y ella no pudo evitar fijarse en su camiseta, que se le ceñía a los hombros, en sus pantalones vaqueros y en la largura de sus piernas, en sus botas de trabajo, todo aquello combinado para que a ella le latiera el corazón con fuerza y le golpeara las costillas.
Lo miró a los ojos y, durante aquel segundo, olvidó sus problemas con Jessica, olvidó la tienda… Se olvidó de su propio nombre, porque toda la mente se le llenó de imágenes de la noche anterior. Recordó sus caricias, sus gruñidos cuando se movía dentro de su cuerpo. Él había conseguido tocar en ella algo que nadie había tocado nunca y lo había hecho con una facilidad pasmosa, como si la conociera de toda la vida.
Por otro lado, tenía que pensar en el deseo puro e incontenible que le provocaba, y que saciaba en ella…
Y, sin embargo, ella lo había confinado al terreno de los amigos.
Había una mujer mayor paseándose por la tienda, despacio, tal vez con un poco de dolor. Tenía una expresión de ansiedad.
–Tía Sally, te presento a Bella Davis –dijo Edward–. Es la dueña de South Bark.
–Encantada de conocerla –dijo Bella. La anciana entornó los párpados.
–¿Usted es la amiga de Edward que tiene a mi Petunia? Bella miró de reojo a Edward.
–Sí. Está sana y salva, como siempre que se queda aquí.
–¿Como siempre?
«Oh, oh», pensó Bella. Sin embargo, antes de que pudiera hablar, Sally se le adelantó.
–Quiero que me la devuelva –dijo la tía de Edward. El moño blanco le tembló de indignación–. Ahora mismo.
–Tía Sally –dijo Edward, en voz baja, tomándole la mano a su tía–. Pita… eh… Petunia está muy feliz aquí, te lo prometo.
–¿Quién es Pita? –preguntó Sally.
Bella se echó a reír, pero al ver que Edward la miraba con angustia, disimuló como si estuviera tosiendo.
–Petunia no puede estar en una jaula todo el día –dijo Sally–. Ella odia estar encerrada, y…
–Oh, yo no tengo a los animales en jaulas –dijo Bella–. Solo cuido de un número selecto de ellos, para empezar, y están todo el día conmigo, o con alguna de mis empleadas. Petunia es una de ellos. Y es una gata maravillosa, dulce y cariñosa.
En aquella ocasión, fue Edward el que tosió. Bella lo ignoró.
–A Petunia le encanta estar en un sitio alto y observar el mundo desde su atalaya.
–Sí –dijo Sally, un poco más tranquila–. Es cierto.
Bella se giró y señaló hacia el otro extremo de la tienda, donde tenía una estantería con un surtido de camas para mascotas. Petunia estaba en la estantería más alta, metida en la cama más pequeña, con medio cuerpo fuera. No parecía que eso fuera molesto para ella, porque estaba profundamente dormida.
–Oh, Dios mío –susurró Sally, poniéndose las manos en las mejillas con una expresión de placer–. Tiene un aspecto… ridículo.
Bella se echó a reír.
–Ella ha elegido su sitio, y está muy contenta. Acaba de volver de paseo…
–¡De paseo! –exclamó Sally–. ¿Fuera?
–Con un arnés –dijo Bella–. Una de mis amigas la llevó a ella y a dos golden retriever a pasear esta mañana. Se lo han pasado muy bien.
Sally se giró hacia Edward con los ojos empañados.
–Eres brillante.
Edward se quedó sorprendido. Y receloso.
–¿Tú crees?
–Sí. Y he estado pensando que es una pena que nunca te recuperaras de haber perdido a Blue y no fueras capaz de tener otra mascota. Blue era su perro cuando él era niño –le explicó Sally a Bella, y volvió a mirar a Edward–. Pensé que cuando tus padres regalaron a ese perro sin hablar contigo primero, habían destruido irremediablemente tu capacidad para querer a otro animal.
Edward se quedó perplejo.
–No lo regalaron –dijo–. Yo me deje la puerta trasera abierta y se escapó. Fue culpa mía.
Sally negó con la cabeza.
–Siempre me pregunté qué mentira te habrían dicho. Edward, tú adorabas a ese perro, nunca te habrías dejado la puerta trasera abierta sabiendo que el patio no tenía valla.
–¿Y cómo sabes tú todo eso? No estabas allí.
–Mi hermana y yo tenemos una amiga en común. Y digamos que Betty no me dio la espalda como todos los demás. Ella me mantiene informada.
Edward seguía con una expresión de perplejidad, pero en sus ojos se estaba reflejando algo que le encogió el corazón a Bella. Ella se había creído lo que él le había dicho, que no podía tener sentimientos profundos, que no tenía el chip de la sensibilidad. Que no podía encariñarse con nadie. Sin embargo, estaba empezando a sospechar que era exactamente lo contrario, que Edward tenía un corazón enorme, pero que le habían hecho mucho daño.
–Petunia –dijo Sally, suavemente–. Nena, ven con mamá.
Inmediatamente, Petunia alzó la cabeza y soltó un gorjeo de alegría. Saltó con elegancia al mostrador y corrió directamente a los brazos abiertos de Sally.
Sally inclinó la cabeza y la apoyó en su gata y, por un momento, solo se oyeron el ronroneo de Petunia y los suaves murmullos de Sally.
–Tengo que irme, Petunia –le susurró la anciana–. Tal vez no me veas durante una temporada. Sé buena con Edward, ¿de acuerdo? Es un hombre, así que tal vez no sepa muchas cosas, pero tiene un gran corazón, aunque tampoco lo sepa.
A Bella se le encogió aún más el corazón. Se giró hacia Edward con preocupación, y él sonrió un poco y la tomó de la mano. Con suavidad, le apretó los dedos.
Él la miró con calidez. Con calidez y con agradecimiento. ¿Por qué? ¿Porque había cuidado de Petunia, o porque había sido amable con su tía abuela? O, tal vez, solo fuera porque estaba allí, con él…
Sally alzó la cabeza. Tenía los ojos secos, pero su expresión era de tristeza.
–Necesito que me lleves ya –dijo, chasqueando los dedos. Edward sonrió a Bella.
–He recibido una orden –dijo.
Se inclinó y le dio un beso ligero en los labios, antes de mirarla nuevamente a los ojos.
Ella tuvo ganas de consolarlo, y se apoyó en él hasta que oyó que exhalaba un pequeño suspiro, como si, quizá, estuviera relajándose por primera vez en todo el día.
Él se apartó, volvió a besarla, y se marchó.
