Capítulo 18

No Soy Cool

A Edward se le daba bien ocultar sus emociones y establecer límites. Sin embargo, cuando había acompañado a Sally a la residencia y ella se había despedido de él con un abrazo, diciéndole «Sé mejor que el resto de la familia», y le había dado una palmadita en la mejilla antes de irse, había tenido una sensación muy extraña, algo que no podía identificar.

Aquella noche, justo cuando salía de la obra para ir a recoger a Pita, su arquitecto y su ingeniero aparecieron de repente para mantener una reunión con él en la obra de Mission. Tuvo que llamar a Pets&Co para avisar. Bella estaba con un cliente, pero Angie le dijo que no se preocupara, que cuidarían a Petunia hasta cuando hiciera falta, y que alguien se la llevaría a casa si era necesario.

Con alivio, Edward asistió a su reunión, y cuando terminó, una hora más tarde, se dio cuenta con una punzada en el estómago de que Sally había querido decirle adiós.

Salió rápidamente de la obra y paró a ver a su tía antes de pasar a recoger a Petunia. Sin embargo, en la residencia le dijeron que habían llevado a Sally al hospital.

En el hospital no le dijeron nada sobre el estado de su tía, porque ella no había dado el nombre de ningún familiar para que lo mantuvieran informado. Por suerte, Edward conocía a su enfermera, porque se había acostado con ella un par de veces en el pasado, aunque había puesto distancia entre ellos al ver que Jenny empezaba a tener campanillas de boda reflejadas en sus ojos. A pesar de eso, pareció que se alegraba de verlo. Se saludaron, y él le preguntó por Sally.

Ella negó con la cabeza.

–No puedo decirte nada de su estado, porque me despedirían. Eres muy guapo, Edward, y eres estupendo en la cama… –dijo con una sonrisa–. Verdaderamente estupendo, pero incluso yo tengo mis límites.

Sin embargo, sí le permitió que entrara a ver a su tía. Se sentó en una butaca y, con agotamiento, estiró las piernas y apoyó la cabeza en el respaldo. Estaba medio dormido cuando oyó la voz quebrada de su tía.

–Has pagado tú la residencia.

E iba a pagar el hospital, si era necesario.

–No te preocupes por eso –le dijo.

–Pues sí, me preocupo.

–Tú solo tienes que ponerte bien.

–Ya –dijo ella–. ¿Te preocupas por mí, o te preocupas por tener que quedarte con Petunia?

–Por las dos cosas.

Ella soltó una carcajada.

–Puede que tenga que incluirte en mi testamento. Él sonrió. –Mira qué amable eres. Sabía que en el fondo eras humana.

–Pero no se lo digas a nadie –dijo Sally–. Todos creen que no soy cool. Él pestañeó.

–¿Qué?

–Si alguien piensa que no eres cool, es que tu comportamiento no le parece bueno, que no le agrada por algún motivo.

Él se echó a reír.

–Ya sé lo que significa, pero me preguntaba cómo es que tú también lo sabes. Sally se encogió de hombros.

–Mi enfermera dice a menudo que los médicos no son muy cool. Y ahora deja de holgazanear y explícame que estás haciendo aquí. No le he pedido a nadie que te llamara.

Él cabeceó.

–¿Y por qué no lo has hecho? –preguntó. Aquello le había dolido mucho. Ella cerró los ojos.

–A estas horas, deberías estar en casa con tu chica. Edward se pasó una mano por la cara.

–Bella no es mi chica.

–Ya. Eso lo dice un hombre que no ha tenido que trabajarse a una mujer en la vida.

Aquello le arrancó otra carcajada. Se miró las manos apretadas y, después, alzó la cabeza.

–Quiero saber qué te está pasando. Quiero que me pongas en la lista de familiares y de contacto, y también me gustaría tener un poder tuyo.

–¿Ya estás pensando en la herencia?

–Quiero asegurarme de que estás bien cuidada –dijo él.

Ella se quedó mirándolo con fiereza y orgullo, con una expresión… bueno, que debía de ser muy parecida a la suya. Al final, Sally exhaló un suspiro.

–He vivido treinta años sin familia en absoluto.

–Sí, ¿y qué tal te ha ido así? –preguntó él. Ella resopló y volvió a cerrar los ojos.

–Eso ya no importa. Lo que importa es que te vayas.

–No, no me voy a ir.

Ella apretó los labios y mantuvo los ojos cerrados. Edward suspiró.

–Tía Sally…

–Me estoy muriendo –dijo ella, sin ambages. A él se le cortó la respiración.

–No –dijo. Se puso de pie, se acercó a la cama y puso su mano sobre la de ella–. No –repitió.

Ella lo miró.

–Puedes quedarte ahí plantado y mirarme con el ceño fruncido todo lo que quieras. Tengo ochenta y cinco años. Es ley de vida.

–¿Cuándo?

Ella se encogió de hombros.

–¿Pronto?

–Solo si sigues interrogándome.

Él soltó una carcajada y se pasó la mano por la cara.

–Dios.

–Mira, puedo atragantarme con el Metamucil mañana mismo y fallecer así, sin más. Nunca se sabe.

–Y yo podría levantarme de la cama un día, resbalarme con vómito caliente de gata y partirme la cabeza –replicó él.

Ella se rio. Al cabo de un instante, se puso seria otra vez.

–Solo quiero avisarte. Porque creo que eres frágil.

–Sí, claro. Frágil como un melocotón.

–Escúchame, hijo –le dijo Sally, apretándole los dedos con una fuerza sorprendente.

Así que él se agachó, pensando que iba a decirle algo importante acerca de su última voluntad.

–Si llevas a mi gata a la perrera cuando me haya muerto –dijo ella– mi espíritu te perseguirá durante el resto de tu vida y, después, te seguiré al infierno y te lo haré pagar durante toda la eternidad.

Edward es un dulce, ¿no les parece?