Capítulo 19

Travesura Realizada

Edward fue directamente a Pets&Co. Eran más de las siete, y se sentía muy mal por haber dejado que Bella tuviera que resolver uno de sus problemas. Solo podía esperar que Pita se hubiera portado bien.

La tienda estaba cerrada y a oscuras, salvo por las lucecitas de Navidad del escaparate. Le pareció una buena señal el hecho de que ella no le hubiera dejado una nota.

Apretó la cara contra el cristal, pero no vio a nadie dentro. Entonces, se dio la vuelta y atravesó el patio. La música del pub ensordecía el sonido del agua de la fuente. Cerca del callejón, el viejo Charlie estaba hablando con dos señoras de pelo cano.

–Un poco de belleza para las bellezas –les dijo, y les dio unas ramitas verdes atadas con un lazo rojo.

Las señoras le dieron algo de dinero y sonrieron.

–Gracias por el muérdago.

«Sí, claro, muérdago», pensó Edward con una sonrisa reticente. «Eso es marihuana». Entró al pub y se dirigió hacia la parte de atrás del local.

Allí estaba Angie. Parecía que Ben y ella estaban echando un pulso por algo.

–No –dijo ella.

–Mira, tú quieres ir a casa, a Tahoe, en Navidad –le dijo Ben–. Y, casualmente, yo voy en esa dirección. ¿Para qué vas a tomar dos autobuses y un tren si puedo llevarte yo?

–Puede que ya haya sacado los billetes.

–¿Lo has hecho?

Ella puso los ojos en blanco.

Ben no dijo nada. Se quedó inmóvil, cruzado de brazos.

–¿Tienes algún problema? –le espetó ella.

–Sí, y ya sabes cuál es. Mi problema eres tú.

–¿Sabes lo que eres tú, Ben? Un hipócrita.

Y, con eso, se dio la vuelta para salir, y estuvo a punto de derribar a Edward. Él la sujetó por los brazos para que no se cayera. Ella se apartó con un gesto ceñudo y dijo:

–Lo siento.

–No te preocupes. ¿Estás bien?

–Si me pregunta eso alguien más, voy a empezar a patear culos.

–Bueno –dijo Edward, alzando ambas manos en señal de rendición–. Yo solo quería liberar a quien esté cuidando a Pita.

Ella sonrió ligeramente.

–Me ofrecí a cuidarla yo, pero Bella se empeñó en hacerlo ella. Estaba aquí con sus amigas, pero la he perdido.

–Inténtalo en la parte de atrás, en las mesas de billar –dijo Sean, que estaba en la barra, sirviendo.

Jasper y Peter estaban jugando al billar, y discutiendo, al mismo tiempo. Parecía que era la noche de las discusiones.

–Cada vez hace más frío. Tienes que sacarlo de la calle –le estaba diciendo Jasper a su amigo, mientras daba un golpe a la bola número cuatro.

Peter se puso en pie y señaló la bola número nueve.

–Tronera de la esquina –dijo, y golpeó la bola con el taco. Después, señaló a Jasper–. Ya lo he sacado de la calle muchas veces. ¿Has intentado alguna vez razonar con una persona que se frio literalmente el cerebro en Woodstock?

–Ese tipo todavía se está friendo el cerebro –dijo Jasper–. A propósito de lo cual, ha colgado algunas de sus ramas en la entrada del callejón, y les dice a todas las mujeres que pasan que es muérdago.

–¿Están hablando del viejo Charlie? –preguntó Edward.

–Sí –dijo Peter–. Estamos intentando encontrar la forma de que pase el invierno caliente y saludable. Una forma que acepte voluntariamente. Hasta ahora, lo único que ha aceptado es vivir en ese puñetero callejón.

Edward asintió.

–Ahora está ahí fuera, vendiéndoles a un par de señoras mayores un poco de su muérdago.

Jasper señaló con el dedo a Peter.

–Encárgate de él esta misma noche, o lo hago yo.

–Creía que ya no eras policía –le dijo Peter.

Jasper entrecerró los ojos, y el nivel de testosterona de la zona subió varios puntos.

–¿Y eso te parece gracioso?

–Un poco, sí –dijo Peter, y se giró hacia Edward–. ¿Sabes jugar? - Edward miró la mesa de billar.

–Algo.

Jasper siguió de mal humor mientras colocaba las bolas de billar sobre el tapete.

–No te preocupes por él –dijo Peter–. Está enojado porque esta noche va perdiendo, y me debe cincuenta.

–Gimoteaste tanto la semana pasada, cuando perdiste, que me has dado pena. Te estoy dejando ganar –dijo Jasper.

Peter cabeceó.

–Mentirte para aparecer mejor de lo que eres es patético. Sobre todo, teniendo en cuenta que las chicas ya se han ido a casa y Alice ya ni siquiera está aquí para que te pavonees.

Jasper le dio un empujón a su amigo con el hombro al pasar a su lado para tirar. Peter casi fue al otro lado del local, pero no pareció que eso le molestara mucho. En realidad, tenía una expresión petulante.

Jasper lo miró con dureza.

–Ya sabes por qué quiero que Charlie esté limpio, o que se vaya. Lo sabes muy bien.

A Peter se le borró la sonrisa de los labios.

–Claro que lo sé –dijo, y esperó en silencio mientras Jasper tiraba de nuevo, y, una vez más, metiendo varias bolas en las troneras de cada tiro–. Me encargaré de ello. Le he prometido lo mismo a Bella porque no quiere que sus niñas caigan en la tentación.

Edward se atragantó con la cerveza.

–¿Sus niñas?

Jasper alzó la vista de la mesa de billar y sonrió.

–¿No te lo ha contado?

Peter le dio un empujón a Jasper.

–Eres un idiota –dijo, y miró a Edward–. No me refiero a sus hijas, sino a sus empleadas, esas que ella recoge tan cuidadosamente para salvarlas, ya que a ella no la salvó nadie.

Edward se enorgullecía de ser frío, calmado y lógico. Las emociones no tenían sitio en su vida diaria. Sin embargo, desde el día que había entrado en la tienda de Bella por primera vez, estaba sintiendo muchas emociones. Y profundas.

Las palabras de Peter le hicieron pensar en cómo había sido para ella salir del sistema de las casas de acogida de los servicios sociales a la edad de dieciocho años, sin tener a nadie que cuidara de ella.

–Ahora tiene a alguien –dijo, sorprendiéndose a sí mismo. Jasper volvió a tirar, y coló la última bola por la tronera.

–Ya no voy perdiendo –le dijo a Peter–. Me debes cincuenta pavos. Y, si sigues abriendo la boca sobre Bella, te va a patear el culo –añadió, antes de volverse hacia Edward–. ¿Has dicho en serio que Bella tiene a alguien ahora?

Edward abrió la boca, pero no dijo nada. Siempre había creído que lo mejor para él era no tener compromisos. Sin embargo, había estado dudando de esa política desde que Bella había entrado en su vida.

Pero no sabía qué hacer al respecto.

Peter se echó a reír al ver la cara de Edward.

–Dale un segundo, tío. Creo que se ha asustado él a sí mismo más que nosotros.

Cierto…

–Tengo que irme –dijo Edward.

–Muy bien –murmuró Jasper–. Ahora lo has asustado.

–No, a ese tío no se le puede asustar. Es tan cabezón como tú. Tú ni siquiera puedes admitir lo que sientes por Alice, así que…

Edward no oyó el resto de la conversación porque salió del pub. Subió al cuarto piso por la escalera, sin parar hasta que estuvo ante la puerta de Bella.

Ella abrió con un par de pantalones cortos de franela y un jersey con capucha.

–Hola –dijo. Entonces, frunció el ceño–. ¿Qué pasa?

Edward no quería contarle que su tía estaba en el hospital, ni tampoco quería hablarle de la epifanía que acababa de vivir con respecto a ella, así que cabeceó.

–Nada. ¿Estás con tus amigas todavía? ¿Van a hacer una guerra de almohadas?

–No –dijo ella, y se echó a reír–. Rosalie no se encontraba bien. Tuvimos que suspender la salida incluso antes de cenar.

Edward había aprendido a distinguir su estado de ánimo por su pelo. Cuanto más revueltos tenía los mechones, más intensas eran sus emociones. Sin embargo, aquella noche llevaba la capucha puesta, y en la parte que le caía por la frente podía leerse: Juro solemnemente que no tengo buenas intenciones.

–Siento que hayas tenido que quedarte tanto tiempo con Petunia –le dijo él.

–No me ha importado nada –dijo ella.

Se giró para buscar a la gata, y Edward vio que llevaba las palabras Travesura realizada escritas en la parte trasera del pantalón, sobre su precioso trasero. Entonces, se dio cuenta de que el suéter y los pantalones eran un conjunto. La empujó suavemente y entró.

Su casa no le sorprendió. Había visto su tienda y podía imaginarse que su hogar sería parecido, con una decoración agradable y colorida.

–¿Travesura realizada? –le preguntó.

Ella pestañeó como si se hubiera quedado asombrada.

–¿Conoces a Harry Potter?

–Bueno, personalmente, no –contestó él, sonriendo–. Pero he leído los libros.

–¿Quieres decir que has visto las películas?

–No, que he leído los libros.

A ella no le gustó oír eso. Se quedó pálida.

–¿En qué me convierte haber leído los libros de Harry Potter? –preguntó Edward.

Ella gimió y cerró los ojos.

–En alguien malo para mí. ¡Muy malo para mí! - Edward no lo entendía.

–Bueno, y ¿puedo seguir siendo malo para ti durante la cena? Porque me muero de hambre.

Ella abrió los ojos y lo miró. Él no tenía ni idea de qué podía estar pensando.

–¿No tienes hambre? –le preguntó.

–Yo siempre tengo hambre, pero se está haciendo tarde.

–¿Y?

–Y… muchas más cosas.

–¿Qué cosas?

–Está bien. Es casi Navidad, y la Navidad es para estar con amigos queridos y con la familia.

Él se quedó mirándola. No se había creído su respuesta.

–Edward –dijo Bella, suavemente.

¿Iba a contarle que había descubierto que quería más de ella? No, no. Para empezar, no sabía qué era lo que quería, exactamente. Y, para continuar, suponiendo que pudiera averiguarlo, tenía que convencerla para que ella sintiera lo mismo. Aquello era muy difícil.

–Me dijiste que la familia está donde tú la haces –dijo Edward–. Me dijiste que tus amigos son tu familia. Me dijiste que tú y yo somos amigos. ¿Alguna de esas cosas era mentira?

–No, pero… Estoy intentando resistirme a ti, ¿de acuerdo? Estoy intentando convencerme de que no tenemos nada en común, salvo esta extraña y molesta atracción que no desaparece ni siquiera después de que hayamos…

Él enarcó las cejas, porque quería oírla terminar aquella frase.

–Está bien, de que yo me haya abalanzado sobre ti en la azotea –dijo ella con los ojos entrecerrados, como si le estuviera desafiando a que se atreviera a reírse–. Pero tú apareces en la puerta de mi casa, claramente agotado, con la ropa revuelta y con un aspecto… bueno, como si tuvieras hambre, y todo esto a mí me da ganas de hacer cosas.

–¿Qué cosas?

–Cosas como quitarme la ropa, ¿de acuerdo? Haces que me entren ganas de quitarme la ropa.

Él empezó a sonreír, pero ella le clavó un dedo en un brazo.

–No lo digas. No se te ocurra decir que te parece muy bien lo de que me quite la ropa.

–Pero, Bella, es que me parece muy bien. Que te desnudes siempre me parecerá muy bien.

Entonces, ella puso los ojos en blanco.

–Siento darte este disgusto –le dijo–, pero los amigos no hacen eso. No lo hacen, Edward –repitió, al ver que Edward abría la boca–. Y yo iba a conformarme con eso. Pero, entonces, vas tú y me dices que has leído a Harry Potter. ¿Qué libro?

–Todos.

Ella se tapó la cara y gimió con pesadumbre.

–Todos –murmuró–. Soy mujer muerta. Acabas de matarme.

–Leo mucho –dijo él, intentando mejorar sus opciones–. No solo Harry Potter.

–Vamos de mal en peor –dijo Bella, y se apartó las manos de la cara–. ¿Podrías decirme otra vez por qué has venido?

–Para recoger a Pita.

–Ah, ya.

–Y para darte las gracias por cuidármela –dijo Edward, e hizo una pausa–. Quisiera agradecértelo con comida, porque me muero de hambre y quiero invitarte a cenar. Eres lo mejor que he visto hoy, Bella. ¿Puedo decirte eso sin que haya desacuerdo?

Ella lo miró durante un largo instante.

–¿Dónde cenamos?

Él contuvo la sonrisa.

–Donde tú quieras.

–¿Sushi?

Él soportó la sugerencia como un hombre, disimulando. Odiaba el sushi.

–Como quieras –repitió.

–Pero si odias el sushi.

–¿Cómo lo sabes?

–Porque se te han encogido los ojos. ¿Por qué dices que sí al sushi si lo odias? A él estaba empezando a dolerle la cabeza.

–Porque cuando dije que cenábamos donde tú quisieras, lo decía en serio. ¿También vamos a discutir por eso? Y, si vamos a discutir, ¿podríamos hacerlo después de que haya comido algo?

–Claro. ¿Y la comida tailandesa?

Él se mantuvo impertérrito. No le encantaba la comida tailandesa, pero estaba dispuesto a todo.

–Muy bien –dijo–. ¿Estás lista? Ella se puso en jarras.

–¿Tampoco te gusta la comida tailandesa? ¿Qué te pasa?

–Muchas, muchas cosas –respondió Edward. Se preguntó cómo era posible que ella pudiera comprenderlo tan bien, tanto, que ya no podía ocultarle nada–. ¿Podemos irnos ya?

–Italiana. India. Taco Bell.

A él se le escapó una carcajada.

–Sí.

–¿Cuál?

–Bella, si mueves el culo, te llevo a todos esos restaurantes. Ella se mordió los labios, mirándolo con los ojos brillantes. Sin moverse.

–Nena –dijo él–, ¿qué?

–Quiero ir a algún sitio al que tú quieras ir –dijo ella–. ¿Podrías elegir tú?

Lo que él quería era irse a la cama, directamente y sin cenar. Quería quitarle toda la ropa y darse un festín con ella.

Durante una semana.

Aquello debió de reflejarse en su cara, porque ella se sonrojó.

–Pizza –dijo, rápidamente–. ¿Te gusta la pizza?

–Gracias a Dios, sí –dijo él. Ella asintió, y vaciló.

–Y ahora, ¿qué?

–¿No vas a contarme qué es lo que pasa?

–Voy a comer pizza y a beber cerveza, ¿qué puede pasar? Vamos –dijo, e intentó tomarla de la mano, pero ella lo esquivó, riéndose.

–No puedo ir así. Tengo que cambiarme.

–A mí me gusta lo que llevas.

Bella lo miró como si hubiera perdido un tornillo.

–Bueno, está bien –dijo él–. Ponte unos pantalones de chándal y vámonos.

–¿Has pasado por el pub?

–Sí, ¿por qué?

–Porque, en ese caso, la gente te ha visto. Gente como Peter y Jasper. Y puede que Alice, también, si todavía estaba allí. Y, hazme caso, te han observado cuando salías y han visto que no te has marchado, sino que has venido aquí. Van a chismear sobre ello y, mañana, las chicas me van a interrogar. ¿Te dejé entrar en casa? ¿Te quedaste? ¿Y qué llevaba yo? Y estaré perdida, Edward, si les digo que llevaba unos pantalones de chándal.

Él pestañeó. No lo entendía. De hecho, necesitaba que se lo explicara, pero asintió como si nada, porque estaba dispuesto a acceder a cualquier cosa con tal de comer.

–De acuerdo.

–De acuerdo –dijo ella, y se metió en su habitación.