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Capítulo 20

Con Guarnición De Locura

Bella entró en su dormitorio y Petunia, que estaba durmiendo sobre su cama, se sobresaltó.

–Lo siento. No te preocupes por mí –le dijo a la gata, y empezó a quitarse la ropa que llevaba.

Después, se puso unos pantalones vaqueros que, aunque no eran cómodos, le hacían un buen trasero, y un jersey navideño de color verde claro con un reno bordado, que le llegaba hasta los muslos. Y que hacía innecesarios los vaqueros que le hacían un buen trasero. Se los quitó y se puso unas mallas negras.

Con ellas, parecía un poco perezosa.

–Mierda.

Se desnudó y empezó de nuevo.

Diez minutos después, se había probado todo el armario, cuyo contenido estaba en una pila, sobre la cama, delante de Petunia. Bella estaba en sujetador y bragas, y estaba empezando a tener pánico.

Nada le quedaba bien.

Empezó a revolver entre todo lo que había dejado sobre la cama, diciéndose que era una tontería y una ridiculez lo que estaba haciendo, pero…

–Bella –dijo Edward, llamándola desde muy cerca, como si estuviera caminando por el pasillo hacia su cuarto–. ¿Qué estás haciendo? ¿Cosiéndote un traje? – preguntó, junto a la puerta.

Ella soltó un gritito, tomó un jersey muy grande y se lo puso por delante.

–¡No me metas prisa!

Él asomó la cabeza. Tenía cara a medias de diversión y a medias de frustración. Tenía barba de un día, y estaba muy sexy, demonios.

Se frotó el estómago como si lo tuviera vacío.

–Llevo horas esperando –dijo, y acarició a Petunia, que se había acercado a él para que le rascara las orejas.

–Solo han sido diez minutos –replicó Bella.

–A mí me han parecido horas –dijo él, apretándose los ojos con el dedo pulgar y el índice–. ¿Estás ya?

–Casi –dijo ella. O ni por asomo. Al ver su expresión, Edward miró a su alrededor por la habitación.

–¿Ha explotado una bomba? Ella observó el caos. –Puede ser.

–Tienes mucha ropa y… –su mirada se quedó fija en un sujetador de encaje– muchas cosas.

Entonces, vio la segunda pila de ropa, que estaba en la butaca de la esquina.

–Dios mío –murmuró–. ¿Cuánta ropa te has probado?

–¡Toda la que tengo! –exclamó ella–. No tengo nada que ponerme. Él volvió a mirar los montones de ropa que había por la habitación.

–Ya…

Ella suspiró.

–Solo es una pizza –le dijo Edward.

–Y aquí estoy yo, intentando ponerme guapa para volverte loco.

Él sonrió al oír aquello.

–Bella, ya tengo fantasías contigo. Muchas. Deberías saber que tu belleza diaria ya me ha vuelto loco.

Y, a cambio, él la estaba volviendo loca a ella, aunque no tuviera intención de reconocerlo.

–Entonces, estás diciendo que te parece que ahora estoy guapa –le dijo.

Él la recorrió con la mirada. Estaba cubierta, en su mayor parte, por un suéter que sujetaba por delante de su cuerpo, pero, a juzgar por el brillo de deseo que apareció en los ojos de Edward, debía de tener visión de rayos X.

–Estás guapísima, no lo dudes –le dijo él. Ella sonrió.

–Date la vuelta.

–Pero si ya lo he visto todo.

–Solo una vez, y estaba oscuro. Él también sonrió.

–Tengo muy buena visión nocturna.

–¿Quieres cenar? –le preguntó, y él se dio la vuelta.

Entonces, ella se puso los pantalones que le hacían un buen trasero y una camiseta blanca un poco ajustada que le hacía muy buena delantera.

–Y tú, normalmente, también –le dijo a Edward–. Me refiero a que también estás guapísimo.

Él estaba de espaldas a ella con las manos en las caderas. Tenía un cuerpo magnífico y, para ser sincera, también tenía el mejor trasero que ella hubiera visto nunca. Bella se pasó unos segundos admirando las vistas.

–¿Normalmente? –preguntó él.

–Bueno… Algunas veces, estás mejor que guapísimo.

Entonces, él se dio la vuelta para mirarla, y su jersey blanco le gustó mucho.

–¿Cuándo? –preguntó.

–No te lo voy a decir. Se te subiría a esa cabezota tan grande que tienes.

–Eso ya ha sucedido –respondió él, mirándose a sí mismo, hacia abajo.

Ella siguió su ejemplo y se fijó en su entrepierna. Al ver su evidente erección, soltó un resoplido.

–Me refería a tu otra cabezota, pervertido.

Él sonrió, y la dejó embobada sin el más mínimo esfuerzo.

–Ahora ya estás haciendo cumplidos a diestro y siniestro –dijo él–. Vamos a hablar de la parte grande.

Ella se echó a reír.

–Tú ya sabes perfectamente lo grande que eres… por todas partes. Y… ¿por qué estamos manteniendo esta conversación?

–Porque me gusta hablar de sexo.

–¿Lo ves? Un pervertido.

–Bueno, tú lo sabes bien… –su sonrisa la retaba a que recordara cómo habían sido las cosas entre ellos dos la noche anterior.

Sin embargo, ella no tenía por qué recordarlo; lo tenía grabado a fuego en la mente. Eran combustibles cuando estaban juntos.

Él sonrió con arrogancia, y aquello fue la gota que colmó el vaso. Bella señaló la puerta.

–¡Fuera!

–¡Está bien, está bien!

Edward se echó a reír, le dijo a Petunia que volvería más tarde por ella y salió del dormitorio. Su estómago rugió varias veces, y el sonido llegó a la habitación.

–¿De verdad no has comido en todo el día? –le preguntó ella.

–He tenido un día de locos.

Ella se apiadó de él, se puso unas botas de tacón de diez centímetros para parecer más alta y se miró al espejo.

Tenía los ojos brillantes y las mejillas sonrojadas.

Todo era gracias a su esfuerzo al probarse tanta ropa, se dijo. No tenía nada que ver con el hombre que la estaba esperando en la habitación.

Y, con respecto a por qué le latía el corazón aceleradamente, decidió que era mejor no especular.

–¿Travesura realizada? –preguntó él, cuando ella salió.

–Travesura realizada –respondió Bella.

Fueron dando un paseo. Hacía frío, pero el cielo estaba claro. Fueron a la Marina. Las calles estaban llenas de restaurantes, bares, galerías y tiendas, y había mucha gente caminando por las aceras. En un solo barrio de la ciudad, uno podía comer cualquier tipo de comida del mundo y comprar lo que quisiera.

Cuando pidieron la pizza, ella le contó que, durante el día, un cliente había ido a la tienda con un loro en el hombro. El pájaro se había enamorado de Petunia con solo verla, y había echado a volar hacia la cama en la que dormía la gata, en la estantería. Había empezado a cantarle una canción de amor, pero la gata gruñona le había dado un golpe con la garra en la cara.

El loro se había ido con el corazón roto.

También hablaron del día de Edward. Él le contó que Carlisle se había clavado una grapa en la mano accidentalmente y que, después, se había cerrado la herida con pegamento, en vez de ir al médico.

–Oh, Dios mío. ¿Y tú permites eso?

–Es más barato que ir a la consulta –dijo él, y se echó a reír al ver la cara de espanto de Bella–. En realidad, lo hacemos siempre que nos cortamos –le explicó, y le enseñó un par de cicatrices que tenía en la mano y en el brazo, y que habían sido heridas tratadas con superglue.

Ella cabeceó.

–Los chicos son raros.

–Eso te lo concedo –dijo él.

Se echaron a reír. Y las sombras de sus ojos se aclararon un poco. Bella se sintió mucho mejor.

Después de la cena, pasearon un poco más. Se detuvieron a mirar el escaparate de una tienda de dulces. Dentro había una mujer pasando una masa por una máquina muy complicada, y convirtiendo las líneas rojas y blancas en bastones de caramelo.

Allí se había arremolinado una multitud, y Bella llegó hasta la parte delantera y apretó la nariz contra el cristal. Se quedó allí, sonriendo, hipnotizada.

Cuando Edward llegó hasta ella y se estrechó contra su espalda, le produjo otro tipo de deseo muy diferente.

–Eh, niña, ¿quieres un poco de caramelo? –le susurró él al oído.

–Ja, ja, pero sí –respondió ella, sin apartar la vista del escaparate–. Sí que lo quiero.

Bella notó que él sonreía contra su mandíbula.

–Pues espera aquí –le dijo Edward–. Ahora mismo vuelvo.

Diez segundos después, notó que él volvía a empujarla, y se echó a reír.

–Sí que has sido rápido –dijo.

–Oh, lo siento. Me han empujado a mí.

Bella no reconoció aquella voz masculina, y la sonrisa se le borró de la cara. Se dio la vuelta y se encontró con un chico de su edad. Medía lo mismo que ella, llevaba gafas y sonreía con timidez.

–Hola –le dijo–. Deberías ver las noches que hacen las barras de caramelo y chocolate. ¿Las has probado? Son mejor que ninguna otra cosa.

–Sí, parece delicioso –dijo ella, aunque estaba segura de que no eran mejores que el sexo con Edward Cullen…

–Mañana por la noche van a preparar los dulces con chocolate –le dijo él–. Yo voy a venir.

Se quedó callado, a la expectativa, y la miró tan esperanzadamente que ella tuvo ganas de darle el premio de Pup Peroni que llevaba en el bolsillo y acariciarle la cabeza. Estaba a punto de rechazarlo amablemente, cuando notó una presencia a sus espaldas. Una presencia alta, fuerte y cálida que desprendía testosterona y feromonas y, como se le endurecieron los pezones, en aquella ocasión no tuvo que darse la vuelta para saber quién era.

Edward estaba cerca, sin decir nada. Solo era alguien ceñudo y silencioso. Estaba mirando al chico con una expresión tan amenazadora que mucha gente se hubiera hecho pis en el pantalón.

El chico se sobresaltó, carraspeó y miró a Bella.

–Lo siento –dijo–. No sabía que estabas… acompañada.

–No te preocupes –le dijo ella, pero él no esperó a que terminara la frase, sino que se alejó rápidamente entre la multitud. Ella se volvió hacia Edward–. ¿En serio?

–¿Qué? –preguntó él con inocencia.

–Ah, no, no me tomes el pelo. ¿Qué demonios ha sido eso? Él le mostró la bolsa.

–He ido a buscarte caramelos.

–No, acabas de marcarme en público con una meadita.

A él se le movieron los labios, como si no pudiera contener la sonrisa.

–¡Lo has hecho! –exclamó ella con las manos en alto–. Acabas de intimidar a ese pobre chico, que lo único que hacía era hablar conmigo.

Edward se dio la vuelta y lo miró.

–¿Crees que he sido intimidante?

–Tanto como para que se eche a llorar y llame a su madre –respondió ella, y le clavó el dedo en el pecho–. No puedes dominarme así. No me gusta nada en absoluto.

Él sonrió, y la tomó de las caderas. Y, allí mismo, rodeados de gente, aunque nadie les estuviera prestando atención, la estrechó contra sí.

–No he terminado de estar enfadada.

–Ya lo sé. No pasa nada –él deslizó las manos por sus brazos, hacia arriba, y le tomó la mandíbula–. Solo avísame cuando hayas terminado.

Entonces, la miró con los ojos oscurecidos y ardientes mientras bajaba la cabeza.

–Yo espero… Y la besó.

Pese al frío nocturno, saltaron chispas a su alrededor. Bella sintió la vibración de su gruñido cuando él la sujetó por la nuca para acercarla más. A su alrededor, todo se desvaneció, y solo oyeron un murmullo apagado de fondo. Más allá de los fuertes brazos de Edward no había nada. Solo existían los latidos de sus corazones.

Ella cerró los ojos y se derritió contra él. Sus cuerpos se buscaron como si llevaran años sin estar unidos. Aquello asustó a Bella, que se aferró a él.

En respuesta, Edward la besó más lentamente, la calmó hasta que ella se quedó inmóvil. Sus bocas quedaron separadas por un suspiro, y la brisa nocturna le acarició la cara a la vez que los dedos de Edward. Bella abrió los ojos.

Él todavía tenía una expresión enigmática, pero ella ya no sentía temor. Se sentía como si estuviera en un sueño. Se puso de puntillas otra vez y unió las manos por detrás de su nuca para atraer su cara.

–Cuándo –murmuró contra sus labios.

Lo último que vio antes de cerrar los ojos otra vez fue su sonrisa.

Separó los labios con desesperación por volver a besarlo, y sintió una descarga de calor cuando él le agarró el pelo con el puño. No podía acercarse lo suficiente a él, y se le escapó un gemido al sentirlo endurecido contra ella.

Cuando, por fin, Edward alzó la cabeza, Bella estaba respirando como una mujer que necesitaba un orgasmo.

Malo.

Hizo todo lo posible por aparentar que aquello no la había afectado, pero él se rio de ella. Se rio. Y, entonces, la tomó de la mano, y ambos se encaminaron hacia casa de Bella.

Salieron del ascensor, Edward notó que Bella le apretaba la mano y lo miraba mientras abría la puerta.

–¿Qué? –murmuró.

–¿Estás bien? Antes, cuando has llegado, me ha parecido que estabas un poco triste, y ahora tengo la misma sensación.

Él creía que, cuando quería, podía ser indescifrable, pero parecía que con ella no era así. Bella le puso una mano en el pecho.

–¿Qué te pasa? –le preguntó ella con suavidad.

Hacía mucho tiempo que nadie le preguntaba aquello con un verdadero interés. Sin embargo, él no tenía por costumbre desahogarse con los demás. Nunca. No tenía por qué cargar a Bella con la enfermedad de su tía, ni con las dudas que lo asaltaban por las noches sobre Vallejo Street, cuando intentaba inventar motivos para no vender la casa y mudarse a otra. Así pues, cabeceó.

Ella deslizó la mano hacia arriba, por su pecho, y volvió a posarla en su nuca y a acariciarle el pelo.

Claramente, Bella también sabía lo mucho que le gustaba que lo acariciara así.

–Edward, cuando tú me preguntas si estoy bien, quieres que te conteste con sinceridad, ¿no?

Aunque estaba absorto en sus caricias, que le estaban excitando y arrebatándole la capacidad de hablar, consiguió asentir.

Ella asintió también, como si estuviera diciéndole «buen chico», y lo miró a los ojos.

–Entonces, ¿por qué voy a esperar yo menos de ti? Dime lo que te pasa.

–Tú primero.

–¿Yo?

–Sí. Tú puedes contarme lo que pasaba esta mañana cuando he llegado a la tienda y estabas hablando muy seriamente con tus empleadas.

–Jessica cometió un error –dijo ella–. Después, lo confesó. Fin de la historia.

–No, no es el final. Lo que hiciste al perdonarla fue muy generoso. Cualquiera la habría despedido, y lo sabes.

–Todo el mundo se merece una segunda oportunidad –dijo ella–. Ahora, tú.

Él se echó a reír, apoyó la frente en la de ella y se acercó aún más. Le tomó la barbilla con la mano. Conociéndola, sabiendo la mujer tan increíble que era, ella lo tenía asombrado. Había superado un pasado difícil y oscuro y se había convertido en un ser luminoso.

Una luz que lo atraía.

Ninguno de los dos había recibido demasiado amor, pero eso no había sido un obstáculo para ella. Por el contrario, era capaz de dar amor de todos los modos posibles.

¿Qué había hecho él por su parte? Se había encerrado en sí mismo. Cierto, había conseguido hacerse una vida, ganarse la vida de un modo decente, pero todavía seguía bloqueado. Le resultaba muy duro abrirse a los demás, pero quería intentarlo.

–Ahora, yo –repitió, suavemente. Ella asintió.

–Sí, ahora, tú. Dime lo que te pasa, y lo que puedo hacer para ayudarte.

–Lo que me pasa es que te necesito –murmuró él, y bajó la cabeza para besarle la parte inferior de la mandíbula–. Lo que puedes hacer para ayudarme es dejarme entrar.

Ella se había quedado casi sin respiración por sus caricias.

–Ya estás dentro –dijo Bella con un jadeo.

¿Lo estaba? Para ponerlo a prueba, la empujó suavemente hacia su apartamento, cerró la puerta con el pie y la estrechó contra sí.

Ella lo miró mientras bajaba la cabeza, sin cerrar los ojos hasta el último momento, pero, cuando él cubrió sus labios con la boca, gimió y le rodeó con los brazos con tanta fuerza que le hizo daño en el mejor de los sentidos.


¡Gracias por el amor!

Nos quedan 10 capítulos de esta historia, que aún me encuentro editando pero por mi trabajo ha sido difícil encontrar tiempo libre, así que les agradezco la paciencia.