Capítulo 21
¿Calmarme Para Qué?
Bella se perdió en las palabras de Edward… «te necesito», en el contacto con su cuerpo caliente y duro, en el sabor de su beso. Él le creaba deseo, calor y anhelo. Le había dicho que ya estaba dentro, y era cierto.
Le gustara o no, Bella sabía que Edward ya estaba dentro de su corazón. Lo que no sabía era qué significaba eso para ninguno de los dos. Le había dicho que no iban a volver a hacer aquello, y se lo había dicho para protegerse a sí misma, pero, ahora que él la estaba acariciando, no podía acordarse del motivo con exactitud.
–Normalmente, no soy tan fácil –dijo, en voz alta, con la esperanza de conseguir que se riera y de aliviar algo de aquella tensión, porque no lo conocía mucho, pero notaba que él estaba muy tenso.
–Bella –dijo él, riéndose de verdad–. Nena, tú eres muchas, muchas cosas. Pero fácil no eres, no.
Cuando ella quiso empujarlo para apartarlo de sí, él la sujetó y la miró a los ojos, que tenían una mirada de fastidio, con los suyos, llenos de risa. Sin embargo, se le borró la sonrisa. Los dos se observaron fijamente y, de repente, los ojos de Edward adquirieron una mirada ardiente y férrea.
–Sé que dijiste que solo querías una noche, pero estoy pensando que dos es mejor que una.
Ella asintió. Pensaba lo mismo que él.
–Dos siempre es mejor que una, ¿verdad?
Él emitió un sonido de aprobación, un sonido muy masculino y muy sexy, y la besó de nuevo. Después, bajó por su cuello y le pasó los dientes por la piel, causándole un escalofrío. Entonces, metió las manos por debajo de su camisa. Ella consiguió deslizar las suyas por la parte trasera de la cintura de su pantalón y…
–Miau.
Se separaron, sin aliento, y se giraron al unísono. Petunia estaba allí, con la cabeza agachada y el trasero elevado, y retorciéndose un poco.
–Cuidado –dijo Edward–. Está en modo ataque.
–Petunia –dijo Bella con suavidad, y la gata levantó la cabeza. Sus ojos, azules como el hielo, estaban entrecerrados para demostrar su desaprobación.
–No sabía que fuera una desactivadora de besos –dijo Bella, riéndose.
–Si llegan a pasar dos minutos más, habría sido una desactivadora de pen… Bella, sin dejar de reírse, le puso un dedo sobre los labios.
–Nada de decir esas cosas delante de los niños.
Él le mordisqueó el dedo, y ella sintió un nuevo calor que la recorrió de la cabeza a los pies.
–Bueno –dijo Bella mirando su boca–, ¿por dónde íbamos?
–Por aquí –dijo él, y volvió a besarla.
Aquel beso fue una unión lenta y cálida, reconfortante, de los labios. Tentadora.
El cuerpo de Bella se movió por voluntad propia, acercándose a él, buscando su calor. Con un gruñido, él la ciñó contra su cuerpo y la sujetó por la nuca mientras seguía besándola y dejándola embobada.
Ella puso las manos en su mandíbula fuerte y le acarició la barba de dos días, que quería notar raspándole el cuerpo. Cuando notó que se le caía la chaqueta del cuerpo, se sobresaltó. Él se la había abierto y se la había sacado por los hombros sin que ella se diera cuenta.
–Shh –susurró él con la boca en su garganta–. Te tengo segura.
Y era cierto. Estaba asegurada entre la pared y su cuerpo grande y delicioso, así que no iba a pasar nada si le fallaban las piernas.
Porque él la tenía segura.
Tuvieron que interrumpir el beso un instante para que él le sacara la camisa por la cabeza y, al instante, Edward posó las manos sobre sus pechos desnudos.
También le había desabrochado el sujetador y lo había dejado caer.
Entonces, él alzó la cabeza y la miró. Exhaló un suspiro, como si tratara de mantener el control. La observó mientras ella se arqueaba hacia sus caricias.
–No puedo quitarte los ojos de encima –murmuró, rozándole la oreja con los labios–. Eres tan guapa, Bella…
–¡Miau!
–Shh –dijeron los dos, al mismo tiempo, y se echaron a reír.
–Pensaba que eran los niños los que se comportaban como las medidas anticonceptivas –dijo él.
Petunia suspiró y se marchó, moviendo la cola.
–No te marches enfadada –le dijo Edward–. Solo márchate.
–Edward.
–Solo unos minutos –le dijo él a la gata.
Después, tomó a Bella en brazos y, mientras le besaba la mandíbula, ella le rodeó la cintura con las piernas. Edward la llevó por el pasillo hasta la cama.
Allí, la arrojó sobre el colchón.
A ella se le escapó un gritito de sorpresa, pero, antes de haber botado más de una vez, él se tendió sobre ella y la apretó contra el colchón.
–¿Qué he dicho sobre lo de que te pongas dominante? –le preguntó ella, riéndose.
Él alzó la cabeza. Tenía los ojos tan oscuros como la noche.
–Tenía la esperanza de que eso no afectara al sexo –respondió él, y la besó de nuevo, deslizándose hacia su oreja y dándole suaves mordisquitos por el camino–. Porque me siento un poco dominante, Bella.
A cada mordisco, a cada roce de sus dientes, a ella se le derretían más y más los huesos.
–No te preocupes –respondió entre jadeos–. Podemos turnarnos.
–Quizá –dijo él.
Sus movimientos sobre ella eran sensuales, lentos, y tan eróticos, que ella se retorció sin poder evitarlo. Él descendió desde su cuello a su clavícula…
¿Quién iba a imaginarse que aquella era una zona erógena? Siguió bajando y, al llegar a uno de sus pechos, la hizo jadear. Le acarició el pezón con la lengua y la atormentó con sus manos llenas de talento, y le provocó tantas sensaciones que consiguió llevarla al borde del abismo y dejarla allí, suspendida.
–Edward…
–Sí, lo sé –dijo él.
Se deslizó más abajo, por su cuerpo, y le quitó los pantalones vaqueros. Entonces, se colocó entre sus piernas y se las separó con los hombros.
–Eh… –dijo ella–. Yo…
Él apartó las bragas y besó la carne caliente y húmeda que dejó expuesta, y ella olvidó lo que había estado a punto de decir. Se oyó un jadeo tembloroso, y Bella se dio cuenta de que era suyo.
–Fuera –le exigió, y le subió la camiseta por los costados, porque no quería ser ella la única que estuviera medio desnuda y, además, quería ver su magnífico cuerpo.
Él tiró de su camisa y se la sacó por la cabeza. Enseguida, volvió a amar su cuerpo con la boca, y ella pudo sentirlo por completo.
–¿Cuándo te has quitado el resto de la ropa? Oh, Dios mío… –gimió de lujuria, cuando él hizo algo en combinación con los dientes, la lengua y los dedos–. Deja de hacer eso.
–Nunca –prometió él, mientras jugaba con ella y la llevaba al límite. Sin embargo, justo cuando notó que ella empezaba a encoger los dedos de los pies, se detuvo, y ella gritó.
Con una sonrisa de picardía, se inclinó sobre ella, le dio un beso duro y enganchó los dedos en los laterales de las bragas, se las bajó por las piernas y las lanzó por encima de su hombro sin apartar la vista de ella.
Y lo que dejó ante su vista fue…
–Oh, Bella. Dios mío… –susurró él–. Eres tan preciosa…
Se incorporó y le besó los labios, sin dejar de atormentarla con los dedos, y ella hundió los dedos en sus bíceps.
–Si vuelves a parar…
–No voy a hacerlo.
Cumplió su palabra y siguió con su asalto, descendiendo lentamente y dejando un reguero de besos por el camino. Se detuvo en su ombligo y le dio un mordisquito que hizo que ella se retorciera.
Riéndose suavemente contra ella, le sujetó con fuerza las caderas para poder enloquecerla. Su boca tomó un camino alternativo al que ella esperaba. Edward pasó la lengua por su piel caliente y, de vez en cuando se detuvo para darle algún mordisquito.
–¡Edward!
Él alzó la cabeza y la miró con los ojos muy oscuros, tan oscuros, que Bella
estuvo a punto de ahogarse en ellos.
–La primera vez hicimos esto a tu manera –dijo él–. Ahora me toca a mí. A mi manera, Bella.
Ella tragó saliva al oír la feroz intensidad de su voz.
–¿Y a tu manera significa torturarme? Él volvió a sonreír.
–Para empezar.
Ella se dejó caer en la cama con un gruñido y puso los brazos por encima de la cabeza.
–Sí, eso me gusta –dijo Edward.
Entonces, le acarició los brazos hasta que llegó a sus dedos, y se los enroscó alrededor de una de las barras del cabecero.
–No te sueltes –dijo, y después volvió a descender y lamió de nuevo el centro de su cuerpo.
Bella gimió su nombre sin parar y agarró puñados de su pelo y, después de un tiempo increíblemente breve, llegó al orgasmo. Se desmoronó.
Completamente.
Su cuerpo era musculoso y duro, y le producía una sensación asombrosa notarlo contra sí. Abrió los ojos para poder atesorar aquellas imágenes, porque aquella tendría que ser la última vez. No podía hacer aquello de nuevo con Edward, porque se enamoraría sin remedio y sin esperanza. De hecho, casi no sabía si iba a poder resistirse aquella vez.
Él apoyó los brazos a ambos lados de su cabeza, con los ojos llenos de ardor y de concentración, con los labios todavía húmedos. Al verlo así, a ella se le cortó la respiración.
Dios, él era el guapo, y no ella, pensó Bella en medio de su aturdimiento. Simplemente, era bello. Le acarició el labio inferior con un dedo y, después, lo atrajo hacia sí para poder succionárselo.
Él gruñó cuando ella deslizó la lengua en su boca.
–Me encanta tu sabor –le dijo, y se hundió en su cuerpo.
Ella gritó y se arqueó para recibirlo. No sabía en qué momento se había colocado el preservativo, pero, por suerte, uno de los dos estaba pensando en algo que no fuera el placer.
Edward cerró los ojos con una expresión de placer. Al verlo, a ella se le cortó el aliento.
Él pasó un brazo por debajo de sus hombros para anclarla y, con la otra mano, le sujetó el trasero, como si necesitara estar tan cerca de ella como le fuera posible. Comenzó a moverse, con lentitud, perezosamente, como si tuviera todo el tiempo del mundo para amarla.
Sin embargo, no lo tenía. A Bella se le había formado un nudo en la garganta, y le quedaban pocos minutos antes de sentir un ataque de pánico. Así que lo empujó e hizo que se tendiera boca arriba. Él no opuso resistencia y sonrió como un lobo.
–¿Te toca a ti? –preguntó con la voz ronca.
Bella no quería perder el aliento con las palabras, así que movió las caderas rápidamente, con fuerza.
–Sí –murmuró él, llenándose las manos con sus pechos–. Es tu turno.
Entonces, metió una mano entre sus cuerpos y la acarició íntimamente, con sabiduría, y consiguió que explotara sobre él.
Cuando todavía estaba embobada, notó que él la movía y la ajustaba aún más alrededor de sus caderas, de modo que pudo llenar aún más su cuerpo y producirle la sensación de que estaba flotando. Y, en aquella ocasión, cuando empezó a contraerse a su alrededor, él la siguió hacia el abismo.
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A la mañana siguiente, temprano, Bella se despertó acalorada, con la cara metida en el hueco del cuello de Edward. Él estaba tendido boca arriba, completamente dormido, y ella estaba sobre su cuerpo.
Petunia, por su parte, se había tumbado sobre sus pies.
Bella se puso un dedo en los labios y se levantó cuidadosamente, y fue al baño. Se miró al espejo y se vio sonrojada, con una expresión de asombro.
¿Estaba… sonriendo? Demonios, sí. Intentó fruncir el ceño, pero no pudo. Literalmente, no pudo.
Entonces fue cuando vio la bolsa de lona en el suelo. Edward debía de haberla llevado allí cuando había salido al coche a buscar el cargador del móvil en algún momento de la medianoche.
La bolsa estaba abierta, y ella le echó un vistazo al contenido. Ropa limpia. Un cepillo de dientes. Desodorante.
Llevaba el teléfono en la mano y, en aquel momento, sonó y la sobresaltó.
–¿Diga? –susurró.
–Eh, hola –dijo Alice–. Quería…
–¡Tiene una bolsa para pasar la noche fuera! –susurró ella. Alice se quedó callada.
–¿Quién tiene qué?
Cerró la puerta del baño, se apoyó en ella y se deslizó hasta el suelo.
–Edward –dijo–. Apareció anoche para llevarse a Petunia, y ahora estoy en el baño viendo una bolsa llena con sus cosas…
–¡Vaya! ¡No puedes pasar desde anoche hasta este momento sin darme más detalles! ¿Qué te pasa? Quiero los detalles jugosos. ¿Has dormido otra vez con él?
Bueno, técnicamente, no habían dormido mucho ninguna de las dos veces.
–Me estás ocultando cosas –dijo Alice.
–¡Olvida eso! –exclamó Bella en voz muy baja–. ¡Tiene un kit de una noche!
–Cariño, eso demuestra que es un tipo inteligente.
Bella puso los ojos en blanco y colgó. Todo iba bien. Ella estaba bien. Podía con aquello. Las aventuras de una noche podían ser de dos noches. De hecho, seguramente Alice tenía razón con respecto a la bolsa. Alice siempre tenía razón.
Bella se puso la única ropa que tenía en el baño, la que había llevado el día anterior a trabajar. Se miró de nuevo al espejo, y constató que seguía sonriendo como una tonta. Respiró profundamente y abrió la puerta.
Edward estaba allí, con un hombro apoyado en el quicio y con una expresión ligeramente cautelosa.
–Hola.
–Hola.
Él sonrió.
–Tengo que ser sincero. Pensé que te habrías ido cuando me despertara.
–Estamos en mi casa.
–Ya sabes a qué me refiero –dijo él. No iba a andarse con rodeos aquella mañana.
Así pues, ella tampoco lo haría.
–Estoy intentando comportarme de un modo adulto. Además, eso habría sido una grosería por mi parte.
La sonrisa de Edward aumentó, y ella sintió un calor delicioso.
–Y eso no puedes permitirlo –dijo. La agarró, la estrechó contra sí y le acarició el cuello con la nariz.
–Buenos días.
Como a ella empezaron a temblarle las rodillas, se aferró a él.
–Buenos días. Eh… ¿Edward?
–¿Umm?
Él le estaba besando el cuello, y era grande, y estaba caliente y no llevaba camisa, y a ella estuvieron a punto de salírsele los ojos de las órbitas.
–De veras, tengo que irme a trabajar –le dijo–. Es muy tarde. Tú puedes quedarte, por supuesto. Dúchate, desayuna. Acuérdate de cerrar con llave cuando salgas.
Él alzó la cabeza y la miró a los ojos. La examinó. Y, entonces, debió de pensar que sí, que podía confiar en que ella era una mujer adulta, porque asintió.
Bella se sintió aliviada por el hecho de que estuvieran gestionando aquello sin dolor y sin antagonismos y, mejor aún, sin una conversación que no quería mantener. Le dio un beso dulce y corto.
Sin embargo, él cambió el ángulo del beso y lo transformó en un beso a su estilo. Cuando la soltó, ella tuvo que rebuscar en su cerebro lo que había planeado.
–Trabajo –dijo él con una sonrisa–. Los dos tenemos que irnos a trabajar.
–Sí, claro –respondió ella, pestañeando–. Eh…
Él se rio en voz baja, le puso las manos en las caderas y la giró hacia el salón. Le dio un suave azote en el trasero para que se moviera.
–Que tengas un buen día.
La noche anterior había tenido tantos orgasmos que no podía contarlos. Tenía una sonrisa permanente. ¿Qué podía salir mal?
