Capítulo 22

Lanzar Indirectas

Cuando Bella se marchó, Edward miró a Pita, que estaba sentada tranquilamente junto a sus pies descalzos.

Ella lo miró también, y olisqueó un poco el aire con un gesto desdeñoso.

–Sí, sí –le dijo él–. Otra vez te has quedado a solas conmigo.

Su teléfono móvil estaba en la mesilla, lleno de mensajes y correos electrónicos de Esme y Carlisle. Se pasó una mano por la cara y soltó un juramento cuando el teléfono volvió a sonar. En aquella ocasión era una llamada de Esme. Él la silenció.

–Miau –dijo Pita.

–Sí, ya lo sé. Comida, y pronto.

Se puso los vaqueros y buscó la camisa. La encontró colgada de la lámpara de la mesilla de noche.

En otras circunstancias aquello le habría provocado una sonrisa, porque significaba que la noche había estado llena de sexo salvaje.

Y eso era cierto.

Sin embargo, había muchas más cosas. Y pensó que ese era el motivo por el que Bella se había ido tan rápidamente a trabajar. Ella también lo había sentido.

Pero no quería.

No era el pensamiento más agradable del mundo. Se metió la camisa por la cabeza y se giró en busca de los zapatos.

Petunia estaba sentada delante de ellos, con una expresión petulante, contenta consigo misma.

–Apártate, gata.

Por una vez en la vida, obedeció. Se apartó, y reveló que había utilizado de nuevo sus zapatos como retrete.

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Bella estaba sentada en el mostrador, con la ropa del día anterior, comiéndose uno de los deliciosos panecillos de Leah.

Aquellos panecillos no iban a arreglar lo que iba mal en su vida, pero hacían que se sintiera mejor.

Todavía era temprano. Faltaba tiempo para abrir al público, cosa que agradecía. En algún momento iba a tener que subir a su apartamento a ducharse y cambiarse de ropa. Además, tenía que quitarse de la cara aquella expresión de felicidad tan reveladora que tenía.

Malditos orgasmos.

Cuando aparecieron Angie y Bree, sonrieron con solo verla.

–¿Estás haciendo el camino de la vergüenza en tu propia tienda? –le preguntó Bree.

Sí.

–Por supuesto que no.

–En realidad –dijo Angie–, el verdadero camino de la verdad es el que haces cuando llevas a la cocina todos los platos y tazas que has estado acumulando en la mesilla de noche.

Las chicas se echaron a reír.

Bella las ignoró y se metió la última magdalena en la boca. Cerró los ojos y gimió de gusto al notar el sabor a calabaza y especias en la lengua.

–No habla –le dijo Bree a Angie–. Eso es raro. Yo nunca la había visto sin hablar.

–Volverá a la vida en cuanto tome cafeína –respondió Angie, y empujó el vaso de café hacia ella, apartándose como si fuera una escopeta cargada.

–Pero tampoco parece que esté cansada –añadió Bree, mirándola–. Tiene la misma cara que mi hermana cuando su novio militar tiene permiso y se pasan dándole toda la noche.

Bella se atragantó con la magdalena.

Angie le dio una palmada en la espalda, sonriendo, mientras Alice, Kate y Rose llamaban a la puerta de atrás.

Bella reaccionó con pánico.

–¡No las dejen entrar!

Así que, por supuesto, Angie las dejó entrar.

–Cuidado –les dijo su empleada a sus mejores amigas–. Todavía no ha tomado la cafeína suficiente y creo que ha experimentado demasiado el sexo.

Bella volvió a atragantarse. Miró a todo el mundo de manera fulminante, pero sus mejores amigas tenían café y magdalenas, así que estiró los brazos.

–Denme.

Rose se lo entregó todo.

–Siento haber estropeado nuestra noche de chicas. Ahora ya me siento mejor–dijo. Observó atentamente a Bella con la cabeza ladeada–. Umm… Edward es bueno. Incluso le ha quitado las arrugas de estrés que tenía entre los ojos.

–Vaya –dijo Kate, echándole un vistazo–. Tienes razón. El sexo es mejor para las arrugas que esa crema de noventa dólares que nos compramos todas y que no sirve para nada.

Bella miró a Alice, que estaba presenciando la escena en silencio.

–Necesito que digas algo, Alice. ¿Sabes? Tienes que ser la voz del sentido común, como siempre, o voy a matar a alguien.

–En la cárcel no hay Netflix –dijo Alice.

–Está bien, gracias.

Alice hizo un brindis con su café hacia Bella, de manera solidaria. Bella se tomó su café y planteó la cuestión que era su mayor temor.

–¿Soy estúpida por enamorarme de otro tipo? ¿Es un error?

–¿Es tan buen tipo como parece? –preguntó Rose. Bella lo pensó.

–No le gustan los gatos, pero está cuidando a Petunia. Paga los gastos de su tía abuela, aunque apenas la conoce. Tiene un trabajo muy exigente, pero encuentra tiempo para mí. Y… hace que me sienta bien.

Entonces, Alice sonrió. Esbozó aquella sonrisa que le llegaba hasta los ojos. Era algo raro y bello.

–Bueno, pues, entonces –dijo, apretándole las manos a Bella–, ahí tienes la respuesta.

–Pero creo que lo he estropeado todo –dijo Bella–. Anoche se quedó a dormir, y yo me desperté y…

–Te entró pánico –dijo Alice.

Bella dejó escapar un suspiro y puso el dedo pulgar e índice a un centímetro de distancia.

–Tal vez un poco.

Alice separó las manos unos sesenta centímetros.

–O mucho. Todavía no entiendo por qué no puedes limitarte a disfrutar de un tipo guapísimo y del buen sexo. Si las cosas se estropean, puedes alejarte.

–Pero, ¿y si no se estropean?

–Pues sigue disfrutando.

Claro. ¿Por qué no había pensado en eso?

–¿Qué hiciste? –le preguntó Kate–. ¿Lo echaste de casa?

–Peor aún –dijo Alice con cara de diversión.

Bella se puso las manos en las mejillas, que se le habían sonrojado.

–Salí huyendo de mi propia casa como alma que lleva el diablo. Kate se mordió el labio.

Rose no tuvo el mismo decoro. No se molestó en contener la risa. Estuvo a punto de caerse a causa de las carcajadas.

Alice cabeceó.

–Intenté decírselo: «Nunca dejes a un tipo bueno solo en tu cama».

Bueno, Edward no estaba en la cama cuando ella se había marchado, pero ¿por qué había tenido que marcharse? Sinceramente, no recordaba que tuviera ninguna justificación, y eso solo le dejaba una respuesta posible.

Estaba tan asustada que había salido corriendo, y eso la enfadaba. ¿Desde cuándo era ella una gata asustadiza? Saltó del mostrador y señaló a Rose.

–¿Estás libre hoy?

–Sí.

–Pues eres, oficialmente, empleada mía. Angie te dice lo que tienes que hacer. Vamos a hacer unas rebajas, y necesita ayuda. ¡Yo vuelvo enseguida!

–Pero ¿por qué yo?

–Porque tú eres la que más te has reído.

–Vaya, mierda –dijo Rose.

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Todavía era temprano cuando Edward salió de su camioneta y subió las escaleras de la casa de Vallejo Street. Cerró la puerta silenciosamente. No había nadie por allí. Lo único que tenía que hacer era subir a la ducha sin que nadie lo viera…

–¡Eh! –exclamó Esme a su espalda. Mierda.

–¡Mas! –gritó ella–. Ven a ver esto.

Edward se giró hacia Esme con los ojos entrecerrados. Ella sonrió con dulzura y miró el reloj.

–Qué detalle por tu parte, aparecer hoy en el trabajo. Te hemos estado llamando.

–He estado ocupado.

Esme lo miró de la cabeza a los pies y se dio cuenta de que estaba descalzo.

–¿Dónde te has dejado los zapatos? ¿Debajo de la cama?

Estaban en el coche, aunque no iba a decírselo a Esme. Le tendió el trasportín de Petunia.

–Toma –le dijo–. Voy a ducharme. Nos vemos en el despacho a las diez para la reunión matinal.

Alguien llamó a la puerta y, agradecido por aquella interrupción, Edward abrió de par en par.

Allí estaba Bella, mordiéndose el labio con una expresión de inquietud.

Él no supo por qué se sorprendía tanto. En realidad, Bella llevaba dándole sorpresas desde el primer momento que había entrado en su tienda hacía tres semanas y ella le había salvado la vida al aceptar cuidar de Pita.

–Eh –dijo ella en voz baja–. Yo…

Se quedó callada, y miró más allá de él.

Edward se dio la vuelta y vio que Esme los estaba observando ávidamente. Carlisle también salió al vestíbulo, mirando su teléfono móvil mientras caminaba.

–Ya era hora, jefe. Has estado ignorando mis llamadas toda la mañana, lo cual es una grave infracción de las normas, tal y como nos recuerdas tú a cada segundo…

Entonces, alzó la vista y, al ver el panorama, se dio la vuelta y volvió a salir por donde había entrado.

Esme no. Ella se quedó allí con una enorme sonrisa.

–Hola –dijo, tendiéndole la mano a Bella–. Soy Esme, la administrativa de Edward. Y tú eres Bella, o, como nos gusta decir por aquí, la increíble persona que hace sonreír al jefe. Te queremos, a propósito.

–Gracias –respondió Bella–. Creo.

–Yo ya te había visto antes –dijo Esme–. En el O'Riley's Pub. Estabas en el escenario cantando en el karaoke con tus amigas, la canción de Wilson Phillips Hold On' like it was your job.

Bella hizo un gesto de horror.

–Oh, Dios mío…-. Esme sonrió.

–Sí, fue muy divertido. Si alguna vez sacas a cantar a Edward, avísame, porque quiero grabarlo.

–Bueno, ya está bien –dijo Edward, y tiró de Bella hacia dentro antes de girarse hacia Esme–. Seguro que tienes que volver a tu trabajo ahora mismo.

Esme volvió a sonreír.

–Sí, contigo. No hemos tenido nuestra reunión matinal. Estábamos a punto de tratar el tema de por qué no nos has respondido al teléfono, ni los mensajes, ni los correos electrónicos, pero supongo que el motivo acaba de llegar.

Edward señaló hacia el pasillo.

–Ahora mismo voy para allá.

–Oh, no, no retrases tu reunión por mí –le dijo Bella, apresuradamente–. Estás muy enredado. Me voy y…

Edward la agarró de la mano.

–Espera. Solo tardo un segundo en matar a Esme.

–Si me dieran un dólar cada vez que él dice eso –replicó Esme. Edward no apartó los ojos de Bella.

–¿Por favor? –añadió, en voz baja, y se sintió aliviado al ver que ella asentía.

Entonces, se volvió de nuevo hacia Esme. Ella seguía sonriendo con una sonrisa que quería decir que iba a sacar mucho provecho de todo aquello. Él soltó de mala gana a Bella y le hizo un gesto a Esme para que fuera con él.

–No empieces –le advirtió, mientras recorrían el pasillo–. Sé muy bien que, si hubiera habido alguna emergencia, me lo habrías hecho saber. Ahora solo estabas chismeando porque yo nunca llego tarde. Y no te pago para que chismees, Esme, así que ponte a trabajar.

Ella siguió sonriendo.

–Tampoco te pago para que sonrías con esa cara burlona.

–A mí me parece –dijo una mujer– que esa no es forma de hablarle a la gente que te importa.

Edward miró a la habitación que iba a ser el comedor, pero que en aquel momento era la sala de reuniones. Allí había varios caballetes con unos tablones que servían de mesas improvisadas, sobre las cuales estaban los planos del edificio.

La mujer estaba entre los caballetes, mirándolo ceñuda. Él suspiró.

–Mamá, se llama sarcasmo. Así es como nos demostramos nuestro afecto.

–Bien, pues es hiriente. Pensaba que te había enseñado algo mejor.

Pues, en realidad, lo que le había enseñado era a no demostrar jamás sus sentimientos. Miró a Esme, que era quien había dejado entrar a su madre.

Esme sonrió.

–Esta era la emergencia.

Edward se giró hacia su madre, que nunca pasaba demasiado tiempo en ninguna de sus obras. De hecho, habían hablado por última vez hacía un mes.

–¿Qué ocurre?

Su madre se irguió y se acercó a él. Si se fijó en que no llevaba zapatos o que tenía un trasportín de gato en la mano, porque Esme no lo había tomado, no dijo nada al respecto.

–Quería decirte que hemos terminado con el alquiler –respondió–. Supongo que ya lo sabes, porque hiciste un ingreso en nuestra cuenta. No queremos dinero tuyo, Edward. Eso no era parte del trato.

Sus padres se habían jubilado hacía dos años. Y, como pensaban que eran la gente más inteligente del mundo, habían rechazado sus consejos de contratar a un asesor financiero. Así que, cuando habían invertido sus ahorros en los negocios de un amigo que, según ellos, sabía lo que hacía, y su amigo se había largado con todo el dinero, no habían querido admitirlo.

De hecho, Edward solo lo sabía porque se había enterado por un conocido mutuo de que habían recibido la orden de desahucio. Al final, habían tenido que reconocer que estaban arruinados y que pronto se quedarían sin casa. Sin embargo, seguían negándose a aceptar dinero de él.

Así que se había visto obligado a darles trabajo. Los había alojado en un edificio de apartamentos que tenía en South Beach. Ellos se habían empeñado en ayudarle a reformar los pisos como pago de la renta. Solo hasta que se recuperaran económicamente.

Había sido una molestia, porque su madre y él habían discutido con respecto a todas las renovaciones que necesitaba el edificio. Pero por lo menos no estaban en la calle.

–Podías haberme llamado –dijo. Su madre asintió.

–Lo hice. Tu administrativa me dijo que no respondías al teléfono y me sugirió que pasara por aquí.

Esme le lanzó una mirada… bueno, una mirada cabreada. Él le lanzó una mirada de «estás despedida», pero ella le sonrió con serenidad.

–Bueno, en cualquier caso… –dijo su madre, e hizo un gesto exagerado al tenderle un manojo de llaves–: Quería devolvértelas.

Él no las tomó.

–Mamá, pueden quedarse allí. No tienen por qué irse.

–Pero si ya hemos terminado el trabajo.

–Quédense allí –repitió él–. No es para tanto.

–¿Que no es para tanto? ¿Que nos des limosna no es para tanto? Vaya, me alegro de saber que significamos tan poco para ti.

–Sabes que no es eso lo que quería decir.

–Te diré que tenemos muchas más opciones –respondió ella con tirantez–. Para empezar, tus hermanas. Jane quiere que nos vayamos a su casa. Con su hijo, para que podamos formar parte de su vida. Y Rachel también nos acepta.

Muy bien, así que su madre podía convertirlo todo en una dificultad. Él sabía perfectamente que sus hermanas habían hecho aquellos ofrecimientos con la boca pequeña. El marido de Jane saldría corriendo si eso sucediera. James era un tipo decente, pero también era lo bastante listo como para haber puesto límites, y vivir con los Cullen era cruzar esos límites.

–Bueno –dijo Edward–, si eso los hace más felices… Pero la oferta de quedarse en mi apartamento sigue en pie.

Ella apretó los labios.

Y, como él no era tan tonto, suspiró.

–Mira, me vendría muy bien alguien que administrara el edificio, que llevara el mantenimiento y atendiera a los inquilinos.

Ella se quedó mirándolo un instante. Tenía que tragarse su orgullo, porque sabía que solo se había tirado un farol. Al final, tomó las llaves de nuevo y se las guardó en el bolsillo.

–Llevaremos la contabilidad de nuestro trabajo para cubrir el valor del alquiler.

–Mamá, confío en ustedes.

–Y te daremos informes mensuales –dijo ella.

El equivalente a un abrazo, un beso y un «te quiero, hijo». Ella se encaminó hacia la puerta y, al llegar, se detuvo.

–Y sé que esa es la gata de Sally. A ella también la estás ayudando.

–Es de la familia –dijo él–. Y la gata no es ningún problema –mintió.

–Estás haciendo algo más que cuidar a su gata –dijo su madre–. Sally me llamó anoche y me lo contó todo.

–Bueno, pues entonces sabrás que lo menos que puedo hacer es ayudarla.

Ella no dijo nada durante un largo momento, pero hizo un ruido muy sospechoso con la nariz, y él sintió terror.

¿Estaba su madre… llorando? Él nunca la había visto llorar y, francamente, no quería ver eso en aquel momento.

–Mamá…

–Estoy bien, no me pasa nada –dijo ella. Después, todavía mirando hacia la puerta, añadió–: Yo fui la profesora durante veinticinco años. Sin embargo, algunas veces tú me enseñas cosas que no me esperaba.

Él se quedó asombrado.

–Bueno –dijo su madre, asintiendo–, me marcho. Te llamaré para mantenerte al día.

–No tienes por qué…

–Te llamaré –repitió ella, y se dio cuenta de que su madre estaba intentando, del único modo que sabía, seguir presente en su vida.

–Eso estaría muy bien –dijo él–. Yo también te llamaré, ¿de acuerdo?

–De acuerdo –dijo ella, en un inconfundible tono de alivio. Y, con eso, se marchó.

Él se giró y atisbó a alguien agachado detrás del quicio de una puerta, que escondía la cara. Una castaña de curiosidad insaciable. Volvió a asomarse lentamente y se estremeció al ver que la miraba.

Ella no quería involucrarse mucho en la relación que habían comenzado y, aparte de que él le hubiera dicho que no mantenía relaciones estables ni duraderas, tenía razón en ser cautelosa, porque entregarse a aquello que había entre los dos sería una locura. El hecho de que su madre le recordara cómo era él, cómo era toda su familia, que carecía por completo de la capacidad de darle el corazón a otra persona, le había hecho despertar. Bella estaba esquivando una bala, y ni siquiera lo sabía.

–¿Estás bien? –le preguntó ella en voz baja.

¿Lo estaba? No tenía ni idea, y no iba a admitir que no lo sabía.

–Sí –respondió, e hizo un gesto que abarcó vagamente la habitación–. Bueno, tengo que trabajar, de verdad.

Ella asintió, pero no se movió. Se agarró fuertemente las manos, y sostuvo su mirada.

–Quería explicarte por qué me he ido así esta mañana, tan de repente. Es que, cuando me desperté abrazada a ti como si fuera una enredadera, yo…

–¿Te entró pánico?

–No. Bueno, sí, pero solo durante unos minutos. No me arrepiento de lo de anoche, Edward. Solo quería que lo supieras. Lo siento…

–Bella, calla –le dijo él, interrumpiéndola. Tanto lo de aquella mañana con ella, como la visita de su madre, le habían dejado un poco hundido, y en carne viva, y no podía soportar más emociones fuertes–. Olvídalo, de veras. No ha sido nada importante.

Ella se quedó perpleja al oírlo, y él se dio cuenta de que había creído que se refería a que lo que habían compartido no era nada.

–No es eso lo que quería decir –le aseguró. Sin embargo, como no sabía lo que quería decir en realidad, se quedó callado.

De todos modos, Bella asintió como si ella sí lo supiera, y él se alegró. Alguien debía saber lo que estaba ocurriendo. Su cinturón de herramientas estaba sobre uno de los caballetes, y se lo puso, con la esperanza de que fuera la señal definitiva de que no estaba dispuesto a conversar más.

Ella tomó aire.

–Si esto tiene que ver con lo de que haya escuchado tu conversación con tu madre…

–No.

–Porque no es culpa tuya cómo te trata.

–Sí, sí que lo es. Fui un niño muy malo, Bella. Sí, lo fui –dijo, al ver que ella abría la boca para contradecirlo–. Entiendo que, en gran parte, fue porque no recibía la debida atención, pero eso no es excusa.

Ella se cruzó de brazos. Claramente, no estaba dispuesta a creer lo peor de él, y eso le provocó una presión dolorosa, pero también maravillosa, en el pecho.

–¿Qué cosas tan horribles hiciste?

–Para empezar, fui una mierda. Incluso después de graduarme en el instituto. Me dieron el dinero de los estudios para completar una beca de fútbol por dos años, hasta que me lesioné y perdí la beca. Además, detestaba los estudios.

Así que, cuando me dieron el dinero para pagar el tercer año, lo dejé y utilicé el dinero para mi primera obra.

–Entiendo que no lo aprobaron.

–Estuve varios años sin decírselo. Ella abrió unos ojos como platos.

–¿Lo ves? –preguntó él–. Una mierda. Les devolví el dinero con intereses, pero el hecho es que, como resultado de mis propios actos, no confían mucho en mí.

–No todo el mundo está hecho para los estudios. Él agitó la cabeza.

–No busques excusas para mí, Bella.

–Alguien tiene que hacerte ver la verdad –dijo ella, agitando las manos con vehemencia–. Has trabajado mucho, y ahora eres capaz de ayudar a tu tía y a tu familia. Has trabajado mucho para ser algo en la vida y…

Entonces, Bella se quedó callada y lo miró como si aquella fuera la primera vez que lo veía.

–Oh, Dios mío –susurró–. Acabo de darme cuenta de una cosa. Te he acusado de no ser capaz de encariñarte con nadie. Pero, claramente, sí eres capaz. Muy capaz.

Él empezó a cabecear, pero se detuvo, porque, teniendo en cuenta la forma en que se estaba encariñando de ella, por no mencionar otras emociones increíblemente fuertes al respecto, Bella tenía razón.

–Y no solo puedes querer, y querer mucho –continuó diciendo ella, lentamente, poniéndose la mano en el pecho como si le doliera–. Puedes mantener ese amor. Incluso más y mejor que yo, quizá. Demonios, mucho mejor que yo.

A él se le encogió el pecho al pensar que ella creyera eso de sí misma.

–Bella…

–Ya lo sé. No es un sentimiento muy cómodo –dijo ella, y se quedó callada al ver que el teléfono de Edward vibraba en su bolsillo.

Llevaba vibrando la pasada media hora. Proveedores, clientes… y, probablemente, Esme también lo había llamado. Y, mientras pensaba aquello, una pareja bien vestida aparcó frente a la casa.

Clientes con los que tenía una reunión… Miró su reloj. Mierda. En aquel preciso instante.

–El mundo real llama a la puerta –dijo Bella y dio un paso atrás.

–Este es mi mundo real –dijo él–. Ellos pueden esperar.

–Edward –Marco Delgado, un antiguo cliente suyo, lo llamó desde fuera con una sonrisa–. Me alegro de verte.

–No pasa nada –dijo Bella, alejándose–. Tú lo entendiste esta mañana, cuando yo tenía que irme a la tienda, y yo entiendo esto.

Entonces, se marchó.

Mierda. Al menos, se alegraba de que ella lo hubiera entendido. Solo hubiera preferido saber exactamente qué era lo que había entendido, y si estaba dispuesta a explicárselo.

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Apariciones inesperadas… ¿Qué tal esa madre?

Nuestro Edward es un sol, definitivamente. #TeamEdward

Gracias por el amor, ¿qué tal les pareció?