Capítulo 23
Metas De La Pandilla
Bella volvió a la tienda. La tienda siempre había sido su vía de escape, su alegría, su primer y único amor.
Sin embargo, al acercarse, con todas las lucecitas de Navidad encendidas y el perro de un cliente ladrándole al reno Rudolf de peluche que tenía en el expositor de arena para gatitos, y Angie sonriendo y atendiendo a gente de dos extremos distintos de la tienda, no sintió la calma de siempre.
No había sentido calma desde que se había despertado aquella mañana, y menos aún después de haber oído la conversación entre Edward y su madre. Porque ahora conocía la incómoda verdad sobre sí misma: había estado con Edward durante todo aquel tiempo con la seguridad de que él no estaba interesado en el amor, pero aquel razonamiento tenía un error fatal.
Ella era la que tenía problemas. Y eso no lo había visto llegar.
Por suerte, tenía un día muy largo por delante, y no disponía de mucho tiempo para pensar ni para darle vueltas a aquello. Y, al final de la jornada, buscó algo más que hacer, pero no encontró nada. Sin embargo, no quería volver a casa. Volver a casa sola le recordaría que estaba… Bueno, sola.
Así que se fue al pub, donde Emmett la vio e, inmediatamente, le hizo un gesto para que se acercara.
–Prueba esto –le dijo y le dio una taza–. El mejor chocolate caliente con nata que se haya inventado.
–¿Cuántas formas hay de hacer el chocolate caliente?
–Solo una: la mía. Es una receta nueva, una sorpresa para Rose. Dame tu opinión.
Ella le dio un sorbito, y constató que su amigo tenía razón. Era el mejor chocolate caliente que se hubiera inventado.
–Oh, Dios mío.
Él sonrió.
–¿Sí?
–Oh, sí. Es orgásmico.
Él hizo un gesto de contrariedad y le quitó la taza.
–En mi pub, no.
Desde allí, Bella veía a Jasper y a Peter en la parte de atrás, discutiendo sobre los dardos, y supo que podía ir a jugar con ellos. También sabía que Emmett le haría sus famosas alitas de pollo si quería. Pero, por primera vez en su vida, no quería estar allí tampoco.
A Emmett se le borró la sonrisa de la cara.
–Eh, ¿qué te pasa?
–Nada.
–Bella –dijo él, inclinándose hacia ella–. No me cuentes rollos. Te conozco mejor que casi nadie. A ti te pasa algo –afirmó, y la observó con atención–. ¿Es por Edward? ¿Tengo que ir a partirle la cara?
Ella se atragantó con una carcajada.
–¿Crees que podrías?
–No, pero puedo decirle a Jasper que lo haga. Él podría hacerlo desaparecer y nadie se enteraría. Solo tienes que pedirlo.
–¡No! –exclamó ella, riéndose. Sin embargo, enseguida se quedó seria–. No – repitió con firmeza, y sacudió la cabeza–. De este me encargo yo.
–Muy bien. Nosotros te ayudamos a enterrar el cadáver. Solo tienes que decirnos la hora y el sitio.
–¿Ni siquiera vas a preguntarme por qué?
–No necesito saber el porqué.
Esa era la clave de Emmett, y de los demás, también. La querían como debería querer la familia. Incondicionalmente. Sin preguntas. Sin dudas ni vacilaciones.
Y, aunque Emmett solo estuviera bromeando, ella sabía que, si alguna vez necesitaba algo, cualquier cosa, él estaría dispuesto a ayudarla.
Siempre.
Se le formó un nudo en la garganta, porque le encantaba saberlo, pero en aquel momento no era eso lo que necesitaba.
Él la tomó de la mano mientras ella bajaba del taburete.
–En serio, ¿Qué puedo hacer?
–Ya lo has hecho –dijo ella, y le dio un beso en la mejilla–. Gracias.
Bella subió a la azotea por la escalera de incendios, y se quedó inmóvil al recordar momentos de lo que había ocurrido allí. Edward, sujetándola sobre su cuerpo, susurrándole al oído cosas dulces y ardientes, su cuerpo fuerte junto al suyo…
Empezaron a temblarle las rodillas.
Había subido allí a compadecerse a sí misma, pero sentía demasiado dolor…
Se abrió la puerta de la escalera, y se oyó el ruido de unos tacones de mujer. Bella suspiró.
–A no ser que hayas traído comida, vete.
–¿Quién te crees que soy yo? –preguntó Alice–. Tengo comida y, además, vino – dijo.
Tan preparada como siempre, se detuvo junto a Bella, que se había sentado en el suelo sin nada que le protegiera la ropa, y cabeceó.
–La ropa se merece un respeto, cariño. Un gran respeto.
–Son unos Levi's –dijo Bella.
–Los Levi's se merecen el mismo respeto que los diseños de Tory Burch –dijo Alice. Sacó de su bolso una revista Cosmo, la tiró al suelo y se sentó, cuidadosamente, sobre ella–. Esto es una muestra de lo mucho que te quiero. Estoy sentada en el suelo con un vestido y unos tacones –añadió, mientras le daba una caja llena de alitas de Emmett.
–¿Qué es esto? –preguntó Bella.
–Un soborno.
Y, en aquel momento, Rose asomó la cabeza por el peto de la azotea. Había subido por la escalera de incendios.
Alice le hizo una seña para que se acercara. Bella sabía que Alice no había subido por la escalera de incendios porque subir con tacones era como una sentencia de muerte y, también, porque ella solo hacía cosas que la hicieran parecer maravillosa y cool, y nadie tenía un aspecto maravilloso ni cool subiendo por la escalera de incendios.
Rose bajó al suelo de la azotea, y Kate la siguió.
–No tengo ganas de hablar –les advirtió Bella.
–Me acuerdo de una vez que yo te dije exactamente lo mismo –respondió Rose, y se sentó al otro lado de Bella.
–Y yo respeté tus deseos y te dejé en paz. Rose se echó a reír.
–No, no es verdad. Te sentaste a mi lado y me tomaste de la mano mientras veíamos un maratón de Say Yes to The Dress. Alice se emborrachó.
–No me emborraché –dijo Alice.
–Es verdad –dijo Rose–. Fui yo. Lo que quiero decir es que no vamos a dejarte sola.
Kate asintió, sonriendo.
Bella tomó la caja de alitas y empezó a comer.
–Chicas, no tienen por qué quedarse. No voy a compartir las alitas y no hay nada que ver.
–Bueno, eso es un insulto para el universo –dijo Kate, y señaló al cielo.
Era una gloriosa manta de terciopelo negro adornada con estrellas hasta donde llegaba la vista.
Bella tuvo que admitir que era algo impresionante.
–Estoy segura de que el universo es un ente femenino. Un tipo ya lo habría estropeado todo. Kate soltó un resoplido y asintió.
–Sí, es verdad. Los tipos dan asco –dijo Alice–. ¿Acaso es una novedad?
Rose, la única de las cuatro que tenía una relación sólida y estable, negó con la cabeza.
–Lo único que pasa es que tienen defectos, eso es todo. Y está bien.
–¿Por qué está bien? –preguntó Bella–. ¿Cómo va a estar bien?
–¿Es que no has oído hablar del sexo en las reconciliaciones?
Bella pensó en las relaciones sexuales con Edward y suspiró. Eran increíbles.
Se imaginaba cómo serían en una reconciliación…
–Ellos no quieren ser tan tontos –dijo Rose–, pero, algunas veces, no pueden evitarlo. Son así. Pero tengo que decir, Bella, que Edward parece un buen tipo.
–Estás resplandeciente, Bella, como nunca te había visto antes –le dijo Kate.
Todas miraron a Bella mientras se tragaba un pedazo de alita de pollo, y ella puso los ojos en blanco.
–Si estoy resplandeciente, es del sudor de haber trabajado en la tienda todo el día.
–No has hecho nada por ti misma desde hace mucho tiempo –dijo Kate–. Deberías estar con Edward.
Eso era exactamente lo que quería ella. Estar con Edward. Deseaba con todas sus fuerzas estar con él, pero, al mismo tiempo, quería proteger su corazón de alguna manera.
Sin embargo, ya era demasiado tarde para eso. Si hubiera sido lista, habría evitado mucho antes que eso sucediera. Sin embargo, adoraba el hecho de estar íntimamente unida a él, y tenía la fantasía de poder disfrutar de todo lo bueno de eso sin que crecieran sus sentimientos por él.
–Ocurre algo nuevo –dijo–. Al principio, era él el que no quería nada nuevo, mientras que yo estaba preparada para encontrar un compañero.
–¿Y ahora? –preguntó Alice.
–Y ahora… –Bella cerró los ojos–. Quiero seguir acostándome con él, pero no quiero llamarlo «relación». ¿En qué me convierte eso?
–En un tipo –dijo Alice.
–Cariño, yo no veo el problema –dijo Rose, por encima de sus risas–. Él no se va a encariñar, tú misma me lo dijiste. Inténtalo. Sin embargo, tengo que advertirte que, algunas veces, el buen sexo se convierte en una gran intimidad, que puede convertirse en una gran relación antes de que te des cuenta.
Bella agitó la cabeza. Ella nunca había tenido una gran relación, y no necesitaba empezar a creer en eso precisamente en aquel momento.
–No creo que podamos avanzar sin mantener una conversación. Creo que él quiere definir las cosas. Estábamos a punto de hacerlo esta mañana, cuando, por suerte, su trabajo se interpuso.
–Eh, tengo una idea –dijo Kate–. Llámalo y quítate la camiseta y, así, lo distraes de la conversación. ¿Qué? –preguntó, cuando todas se la quedaron mirando–. Bella tiene unas tetas estupendas.
Alice miró el pecho de Bella.
–Es cierto. Una mujer estaría dispuesta a pagar una pasta por una delantera así.
Bella se miró. Era baja. Una forma educada de decirlo sería «menuda». Sin embargo, solo en cuestión de estatura, porque no era frágil. Tenía curvas. Caderas. Los mencionados pechos. Incluso su estómago era un poco curvo para su gusto, pero no conseguía solucionarlo por muchos abdominales que hiciera.
–Es demasiado listo para caer en eso. Se dará cuenta al instante de que es una maniobra de distracción. Demonios… Estaba tan segura de que no había ningún peligro, de que él no era para una relación…
–¿Y ahora? –preguntó Alice.
–Y ahora… me doy cuenta de que yo soy la que no estoy a la altura de una relación.
Ya lo había dicho. Había admitido su peor defecto en voz alta.
Sus amigas lo negaron inmediatamente, pero ella sabía que tenía razón, y tenía el corazón encogido por ello.
–No estoy segura de lo que puedo hacer –dijo, suavemente–. Creo que estoy… estropeada.
–No –dijo Alice con vehemencia, y Rose y Kate la secundaron.
–Por favor –dijo Bella–. Vamos a cambiar de tema, ¿de acuerdo? ¿Qué les parece si hablamos de otra cosa?
–No puedes ignorar esto –dijo Rose–. Por lo menos, ¡vuelve a las maravillosas relaciones sexuales!
Kate asintió con fuerza. Bella se echó a reír.
–¿Le digo sin rodeos que lo único que quiero es sexo?
–Magnífico sexo.
–De acuerdo –dijo Alice–. Los tipos lo hacen todo el tiempo, así que, ¿por qué no?
Bella las miró.
–Así que de verdad piensan que debo enseñarle las tetas.
–Lo que mejor te funcione –dijo Rose–. Cuando Emmett y yo nos peleamos, yo se las enseño un segundo y se le olvida de qué iba la pelea. Las tetas son fantásticas.
Bella cabeceó.
–Las cosas no son tan fáciles. Al menos, no para ella.
–Cuelga muérdago y atráelo –dijo Kate–. Ponlo en un sitio estratégico, pero demasiado fácil, porque no querrás tener que besar a cualquier idiota que pase por ahí casualmente.
–Ah, y no te pongas sujetador –le dijo Rose–. Él se quedará tan alucinado que no sabrá ni lo que le ha pasado. Eso está garantizado.
Había estaba asintiendo.
–Entonces, ya tienes el plan. Primero, aféitate las piernas hasta las rodillas. Segundo, cuelga el muérdago. Tercero, no te pongas sujetador. Cuatro, llámalo y que empiece la fiesta. Y después, cuando todavía no le haya vuelto toda la sangre al cerebro, dile que te parece bien que sean amigos con roce. Es el sueño de cualquier hombre. Procura dejar bien claro en qué consiste el roce, que no se crea que puede esperar tríos ni nada por el estilo.
Rose se atragantó con el vino, y Alice tuvo que darle unas palmadas en la espalda.
Kate sonrió.
–A mí me parece perfecto. ¡Ah, espera! Y toma esto –le dijo a Bella, y sacó de su mochila unas esposas con pinchos.
En aquella ocasión, todas se quedaron boquiabiertas. Bueno, salvo Alice, que las tomó en la mano y las inspeccionó.
–Bonitas.
–Fueron un regalo de Navidad de broma –dijo Kate–. Ayer fue la fiesta oficial de Navidad de la oficina.
–¿Son de esa recepcionista morenita tan guapa? –pregunto Alice. Kate se ruborizó.
–Ojalá. No, por eso se las regalo a Bella, para la causa.
–Gracias –dijo Bella, irónicamente–. Tomo nota de tu sacrificio, pero no es necesario. No necesito esposas.
–Bueno, yo tampoco necesito unas esposas para esclavizar a un hombre –dijo Alice, metiéndoselas en el bolso–, pero nunca vienen mal. ¿Y la llave? –le preguntó a Kate–. Porque estos jueguecitos son muy graciosos hasta que alguien pierde la llave…
Kate le dio una llavecita.
Rose resopló, y le salió vino por la nariz. Entonces, hubo risas generalizadas. Sin embargo, después de unos cuantos vasos más de vino, el plan empezó a parecer factible.
Amigos con roce…
¿Qué podía salir mal?
Esta Bella me saca de quiciooo ¿alguien más?
