Capítulo 24

Eso Fue Lo Que Dijo

Al día siguiente, Edward estuvo corriendo de obra en obra, resolviendo problemas. Cuando llegó a su despacho y se dejó caer sobre la silla para hacer papeleo atrasado, estaba agotado.

Lo cual estaba bien, porque al estar tan cansado, no podía pensar en lo que había ocurrido entre Bella y él.

O, más bien, en lo que no iba a pasar entre Bella y él.

Mierda. Abrió el ordenador portátil, pero se quedó helado al notar que algo le rozaba las piernas.

Pita se estaba enroscando alrededor de sus pantorrillas, frotándose contra sus vaqueros y dejándole un rastro de pelos.

–Debes de estar muy desesperada si quieres hacerte amiga mía –le dijo él.

Al oírlo, ella subió de un salto a su regazo, giró sobre sí misma y se tendió sin demasiada elegancia sobre él.

–Está bien –dijo Edward, acariciándole torpemente la cabeza–. De acuerdo. Entonces, vamos a hacer esto.

Pita empezó a ronronear y a amasarlo con las patas. Cuando Edward notó que le clavaba una uña en la entrepierna, soltó un grito y se puso en pie de golpe, tirándola sin miramientos al suelo.

Con las patas bien abiertas y agachada, ella lo miró con los ojos entornados.

–Bueno, bueno, tienes que tener cuidado con las uñas, por Dios.

Ella se dio la vuelta con el rabo bien alto y se marchó furiosa. Y él supo que iba a hacer caca en sus zapatos aquella noche.

–Demonios… espera –le dijo. La tomó del suelo y se sentó con ella en el regazo–. Quédate.

Ella lo miró significativamente, dándole a entender lo que pensaba de que alguien le diera órdenes, pero se quedó.

Edward estaba concentrado, revisando las notas de ingeniería de la obra de Mission, cuando recibió un mensaje de texto.

Bella: ¿Puedes venir después del trabajo? Necesito que me ayudes a una cosa.

Al verlo, él sintió una avalancha de emociones para las que no estaba preparado. Hambre, deseo, un deseo intenso. ¿Cómo era posible que, tan solo un mes antes, pensara que su vida era estupenda, pero ahora hubiera una persona que le había añadido color y risa, alguien con quien tenía aquella conexión tan increíble que no había sentido nunca, y no pudiera acordarse de lo que hacía cuando ella no estaba?

No tenía ni idea de qué podía necesitar una mujer que nunca pedía ayuda, pero no importaba. Haría cualquier cosa que le pidiera Bella. Se levantó y miró a Pita.

–Pórtate bien.

Ella respondió con la mirada: «Puede que sí, pero también puede que no». Él cabeceó y se dirigió hacia la puerta.

–¡Vaya! –le dijo Esme, desde su escritorio, que estaba en la habitación de al lado–. ¿Qué haces?

–Tengo que irme.

–Tienes que revisar mucha documentación, y…

–Tengo que irme –repitió él.

–Ah. Así que estás tan mal, ¿eh? –le preguntó ella, cabeceando–. Pobrecito.

Él fue conduciendo hasta el Pacific Pier Building, aparcó y atravesó el patio.

Charlie estaba junto a la fuente, observando el agua. Alguien le había dado una parka con capucha y parecía que estaba caliente y contento.

–He encontrado mi alegría –le dijo a Edward.

Edward se fijó en que tenía una petaca en la mano, y sonrió.

–Bien.

–¿Tú has encontrado la tuya? Porque tengo muérdago, si lo necesitas.

–No, gracias. Yo estoy bien.

–Entendido –dijo Charlie–. Porque puede haber muchos problemas con el muérdago… o con las mujeres.

Totalmente cierto…

Edward subió las escaleras hasta el piso de Bella. La puerta estaba abierta.

–¡Pasa! –le dijo ella desde dentro.

Él entró. Bella estaba subida a una escalera junto al árbol más grande que él hubiera visto en un apartamento de aquellas dimensiones. Tenía un aspecto festivo, y estaba guapísima con una falda corta de color negro, unas botas altas y un jersey rojo con capucha, que se ceñía a sus curvas.

Él la miró y disfrutó de aquella imagen, de las curvas de su trasero y de sus piernas. Le gustaban más rodeándole la cintura, pero aquella también era una buena vista.

–He preparado un ponche especial de Navidad, y necesito un catador –dijo ella. Las lucecitas que había puesto sobre la repisa de la falsa chimenea la iluminaban por la espalda. Cuando se giró hacia él, Edward sintió el impacto de su vista frontal. Los cordones del escote del jersey tenían lentejuelas en el extremo, que acababan justo a la altura de sus pechos y que atraían la mirada hacia allí. Tenía cuatro palabras bordadas en la pechera: Querido Santa, define «traviesa».

Y él se dio cuenta de que había algo más que le encantaba de aquel jersey: ella no llevaba sujetador.

–¿Qué pasa? –le preguntó.

–Quería sobornarte para que me ayudaras a colgar los adornos del árbol. Él se echó a reír.

–¿Vas a poner más adornos?

–Noto tu sarcasmo, pero voy a ignorarlo –dijo ella, y lo miró a los ojos–. Tengo algo de muérdago.

Aquello dirigió su mente hacia el sexo, y tuvo que carraspear para poder hablar.

–Tu árbol es distinto al que tenías antes.

–Ese está en mi habitación.

–¿Y cómo has conseguido subir este?

–Jasper me ayudó a meterlo al montacargas –respondió ella y sonrió–. Gracias por venir.

–Encantado –dijo él. Y lo dijo totalmente en serio. Aunque pareciera que lo mejor para él era mantener las distancias, seguía queriendo que ella formara parte de su vida. Estaba dispuesto a aceptar lo que fuera.

Se miraron el uno al otro, y empezaron a hablar al mismo tiempo. Él cabeceó y la señaló con un dedo.

–Tú primero –dijo, en el mismo instante en el que ella decía lo mismo.

Bella se echó a reír y se movió en lo alto de la escalera y, cuando él quiso darse cuenta, ella se estaba cayendo. Consiguió atraparla en el aire, pero los dos terminaron en el suelo.

Él aterrizó sobre la espalda, y ella, sobre él. Le clavó el codo en el esternón y la rodilla en un punto demasiado cercano a los testículos.

–¡Oh! Oh, Dios mío –gritó Bella–. ¿Estás bien?

Él no estaba seguro, algo que empezaba a ser muy común cada vez que estaba con ella. Le agarró la pierna con una mano y la alejó con cuidado de la zona de peligro. Después, la tomó de la muñeca y rodó, atrapándola bajo su cuerpo.

Así. Él estaba seguro, ella estaba segura y quizá, solo quizá, él pudiera arreglárselas para mantener seguro también su corazón.

Pero ella dejó escapar un pequeño «ummm» en aquel mismo instante, y separó las piernas para hacerle sitio entre ellas.

–Oh –susurró, y se movió un poco, provocándole una descarga de lujuria. Él se rio y apoyó la frente en su hombro.

Bella lo estaba matando.

–¿Edward?

–¿Sí?

Ella le dio un pequeño empujón.

Edward pensó que había recuperado el sentido común y se apartó de ella, pero antes de que pudiera levantarse, Bella lo empujó de nuevo, y él cayó boca arriba.

Y, entonces, ella se colocó sobre él.

–Ummm –dijo de nuevo.

Él se quedó asombrado y la tomó por las caderas.

–¿Lo has hecho a propósito?

–No. Bueno, no totalmente –dijo ella.

Y lo besó. Le dio un beso destinado a aniquilar cualquier actividad neuronal de su cerebro.

Lo consiguió.

Cuando se separaron para respirar, ella estaba tendida sobre él. Sus senos estaban aplastados contra su pecho y sus piernas alrededor de sus caderas.

Él gruñó y dejó caer la cabeza al suelo.

Entonces, ella deslizó las manos bajo su cabeza para que no se hiciera daño, y él la miró.

–Bella, ¿qué estamos haciendo? Bella se mordió el labio inferior.

–Esperaba que fuera evidente.

–Contigo, nada es evidente. Nunca.

–¿Y esto? ¿Te sirve de ayuda? –le preguntó ella, y se movió sobre su erección. Él soltó un gruñido.

–No parece que te opongas –murmuró Bella.

No, no se oponía. Sin embargo, ella tenía algo en los ojos, aparte del deseo, algo que no le estaba diciendo. Antes de que pudiera deducir qué era, Bella volvió a besarlo, más profundamente, acariciándolo con la lengua, y él se perdió en ella. Y, teniendo en cuenta sus pequeños jadeos, no era el único. Ella estaba tan perdida como él.

Rodaron por el suelo unas cuantas veces, luchando por estar arriba, pero, al final, él consiguió tenderla en el suelo y capturó sus manos. Le separó las piernas con un muslo y se colocó en medio mientras desaparecía toda su confusión con respecto a sus sentimientos por ella. Eso le ocurría siempre que estaban juntos.

Quería creer que Bella sentía lo mismo, que quizá era eso lo que no había sido capaz de decirle, y se dijo a sí mismo que iba a conseguir que lo hiciera.

–Edward –le rogó ella, arqueándose–. Por favor.

Sí. Quería darle placer hasta que ella gritara su nombre como siempre en el orgasmo. Tardó menos de dos segundos en averiguar que ella no llevaba sujetador y que su jersey era suave y elástico, así que, de un tirón, dejó sus pechos perfectos ante su vista.

Otro descubrimiento: era incapaz de pensar con lógica cuando la tenía jadeando y retorciéndose bajo él de aquella forma. Tomó uno de sus dulces pezones entre los labios y metió la mano en sus bragas, cuando empezó a sonar uno de sus móviles, con la sintonía Jingle Bell Rock, de los Teleñecos.

–No le hagas caso –dijo él, en su boca, mientras le acariciaba lentamente los pliegues del cuerpo.

Ella gimió palabras de asentimiento y lo agarró por el pelo, y él sin querer le rasgó las bragas al mover la mano. Se quedó inmóvil.

–Te compro unas nuevas –le dijo, disculpándose–. Yo…

–Me ha gustado –susurró ella.

Oh, Dios, estaba perdido. Se incorporó y la besó con dureza, y bajó por su cuerpo mientras le subía la falda. Al ver lo que había descubierto, se le escapó un gruñido.

El móvil volvió a sonar en la mesa de centro, junto a la cabeza de Edward. Instintivamente, él miró al teléfono, aunque su intención no fuera invadir la privacidad de Bella. Sin embargo, vio el mensaje de texto.

Kate: ¿Funcionó con Edward lo de no llevar sujetador?

–¿Qué es? –murmuró Bella.

Él se apoyó en ambas manos y se puso de rodillas.

–Dímelo tú.

Bella tomó el móvil e hizo un gesto de pesar al leer el mensaje.

–Mierda –dijo. Suspiró y se sentó–. Bueno, es que me di cuenta de que quería verte, pero no quería hablar, y…

–Y, en vez de decirme a mí que estabas excitada como esa persona adulta que me prometiste que ibas a ser, volviste al instituto y se lo contaste a tus amigas.

–Peor aún. Les pedí consejo. Él se puso de pie y la miró.

–¡Ya lo sé! –exclamó ella–. ¡Lo siento! Pero, aunque parece que son dulces y eso, en realidad son entrometidas, mandonas y convincentes.

–Entonces, el jersey sexy, el muérdago, el mensaje que me has enviado… ¿era todo parte de un plan para seducirme?

–Y lo de no llevar sujetador, también. No te olvides de eso. Él tiró de ella para ayudarla a ponerse en pie.

–Esa parte me ha gustado mucho –admitió Edward–. Pero, por Dios, Bella, soy muy fácil cuando se trata de ti. Solo tenías que decírmelo.

–Lo siento –repitió ella, y se acercó a él con cara de preocupación–. Pero, a pesar de todo lo que he dicho, no se me da muy bien hablar.

Su teléfono volvió a sonar.

–Oh, Dios –le dijo a Edward–. Dámelo para que pueda silenciarlo.

Se estiró para tomarlo de la mesa, y Edward tuvo que contenerse para no subirle la falda, imaginándose la vista que tendría. Entonces, él se dio cuenta de que era una llamada, y de que la voz de Bella se había vuelto tensa. Estaba asustada.

–Angie, ¿dónde estás? ¿Estás herida?

Edward fue a su habitación y sacó unas bragas nuevas de una cómoda.

–Voy para allá –estaba diciendo Bella–. Envíame un mensaje con la dirección exacta. Voy a buscarte.

Colgó y giró sobre sí misma, buscando sus cosas.

Edward le tendió las bragas y, después, recogió su bolso y sus llaves.

–Siempre un paso por delante de mí –murmuró ella, mientras se ponía las bragas–. Lo siento, pero tengo que irme…

–Yo conduzco.

–No, Edward, no puedo pedirte que…

–No me lo has pedido –respondió él, y la empujó hacia la puerta.

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Treinta y ocho minutos después, Bella pegó la cara a la ventanilla del pasajero.

–Es esa –dijo, releyendo la dirección que le había enviado Angie–. Maldita sea.

–¿Esa?

–Sí, esa es la casa de su exnovio Andy, el que le hizo un hematoma en la cara hace varias semanas.

Edward miró la calle. Era estrecha y estaba flanqueada por edificios de apartamentos que habían visto mejores días hacía décadas. No había sitio para estacionar.

–Para aquí –le dijo Bella. Se desabrochó el cinturón de seguridad y salió del coche antes de que Edward pudiera parar el motor. Ella lo oyó soltar un juramento a su espalda–. Yo lo soluciono –dijo Bella, por encima de su hombro–. Voy a buscarla, y ahora mismo volvemos.

–No, Bella. Espera…

Pero ella no podía esperar un segundo más. Subió corriendo el camino y entró en el edificio. Nunca había estado allí, pero en el mensaje, Angie decía que Andy vivía en el apartamento número diez.

Llamó a la puerta, que se abrió de par en par a una habitación muy oscura.

–¿Angie? –susurró ella.

Solo oyó un gemido, y sintió una terrible ansiedad.

–¿Angie?

Se encendió una luz que iluminó una cocina. Angie apareció en la puerta y le hizo a Bella un gesto frenético para que se acercara.

Bella corrió hacia ella por el salón oscuro, se tropezó con algo y cayó de bruces al suelo.

Angie jadeó y corrió hacia ella para ayudarla a levantarse.

–¡Deprisa! ¡Apártate de él! Angie la llevó a la cocina.

–Por favor, dime que no es un muerto –le rogó Bella. Su ansiedad se había transformado en miedo.

–No, no está muerto –dijo Angie–. Estoy segura. Bella agarró a Angie por los brazos y la inspeccionó.

–¿Estás bien?

–Sí, creo que sí.

–¿Qué ha pasado?

Angie se mordió el labio.

–Andy consiguió un trabajo y me dijo que estaba ganando dinero. Me dijo que su jefe le había ofrecido un trabajo a media jornada para mí, y que solo tenía que ser recepcionista. Cuando aparecí, no había oficina. El jefe lleva a la gente a hacer saltos de puenting a puentes distintos, y Andy le ayuda. Se suponía que yo tenía que saludar a los clientes y cobrarles. Pero sé que eso es ilegal, y cuando lo dije, el jefe nos despidió a Andy y a mí al instante.

Entonces, Andy me trajo aquí en vez de llevarme a casa, y tuvimos una gran pelea.

–¿Por qué está tirado en el suelo? –preguntó Bella.

–También nos peleamos por otra cosa –dijo Angie, apartando la mirada–. Yo le dije que no quería, pero él se empeñó, así que le di una patada en las pelotas.

A Bella se le paró el corazón.

–¿Te ha tocado?

–Solo un poco. Entonces fue cuando lo dejé tirado en el suelo. Pero se golpeó la cabeza al caer, con la mesa de centro. Es culpa mía, ¿no? ¿Voy a ir a la cárcel?

–No –dijo Bella con firmeza, tomando a Angie de la mano–. Fue en defensa propia…

Sus palabras fueron interrumpidas por un grito de Angie, pero antes de que pudiera reaccionar, notó que alguien la agarraba del tobillo y tiraba hacia atrás.

Por segunda vez en pocos minutos, cayó al suelo, y al volverse vio la cara furiosa de Andy.

–Tú –dijo él, mirándola con el ceño fruncido, como si le doliera la cabeza. Y, con el corte que tenía en la frente, probablemente era así.

–Suéltame, Andy –le dijo Bella, aparentando una calma que no sentía en absoluto. Tenía el corazón en la garganta–. La policía viene para acá.

–Yo no he hecho nada malo.

Bella forcejeó, pero fue inútil, así que le dio un rodillazo en la entrepierna.

Andy abrió mucho los ojos, emitió un grito agudo y cayó lentamente, lejos de ella. Se encogió y quedó en posición fetal.

–Bueno, si no le he roto yo las pelotas, con eso seguro que sí se le han roto – susurró Angie.

Bella empezó a levantarse, pero antes de que pudiera hacerlo por sí misma, tiró de ella una gran sombra masculina que se movía con el sigilo de un gato.

Edward.

Tenía una expresión peligrosa y tensa bajo la luz de aquella desangelada cocina, y una mirada de preocupación.

–Estoy bien –dijo.

Él no dijo nada hasta que se aseguró por sí mismo. Las miró a Angie y a ella. Después, estrechó a Bella contra su costado y le tendió la mano a Angie.

La chica se aferró a ella como si fuera una tabla de salvación. Bella conocía aquel sentimiento, porque para ella, Edward era lo mismo.

–¿Qué ha pasado?

Bella le dio una breve versión y, después de escucharla, Edward llamó a la policía.

Tras ellos, Andy se movió y gruñó. Edward soltó a Bella y a Angie y se acercó a él.

–Levántate.

–Vete a la mierda.

Edward levantó a Andy y lo aprisionó contra la pared. Andy cerró los ojos, y él lo agitó hasta que volvió a abrirlos. Edward no levantó la voz ni demostró su ira, pero el aire que lo rodeaba crujió.

–Vamos a dejar claras un par de cosas –dijo.

–Vete a la mierda –repitió Andy.

Edward le puso el antebrazo en el cuello y apretó un poco y, con aquello, consiguió la atención de Andy.

–Vamos a ver –dijo con calma–, no vas a tocar a Angie nunca más. No vas a hablarle, ni a verla, nunca más.

Andy vaciló, y Edward le apretó más, y Andy asintió como si fuera un muñeco.

–Y lo mismo con respecto a Bella –dijo Edward en voz baja. Con una calma letal–. De hecho, no te vas a acercar a menos de cincuenta metros a ninguna de las dos, ¿entendido? ¿Tengo que decirte lo que va a pasar si lo haces?

Andy negó con la cabeza.

–¿Seguro?

Andy volvió a asentir.

–Edward –dijo Bella, suavemente.

Edward lo soltó, y Andy se deslizó hasta el suelo protegiéndose la entrepierna con las manos.

Entonces apareció la policía.

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Dos horas más tarde, Edward, Bella y Angie entraban en el coche. Habían tenido algunos momentos de tensión al principio, cuando había llegado la policía, hasta que todo se había aclarado y habían conseguido que no se llevaran a Angie a la comisaría.

–Siempre lo estoy fastidiando todo –dijo Angie, desde el asiento trasero–. No tengo ni idea de lo que estoy haciendo con mi vida.

Bella se giró y le tomó una mano.

–Cariño, nadie sabe lo que está haciendo con su vida.

–Pues parece que sí –murmuró Angie–. En Instagram todo el mundo tiene fotografías normales de su familia, novios y… todo parece genial.

–Hazme caso –dijo Bella–, incluso tus amigas con un Instagram más perfecto tendrán algún exnovio idiota y comerán cereales con chocolate para la cena alguna vez. No eres la única y no eres peor que ninguno de nosotros.

Angie se echó a reír.

–¿Y se supone que eso es un consuelo?

Bella sonrió un poco, y a Edward se le encogió el corazón.

–Sí –dijo ella, y lo miró–. ¿A que sí?

–Sí –dijo él–. Pero que conste que a mí no me gustan los cereales de chocolate. Yo soy de Frosted Flakes.

Entonces, Angie se rio por segunda vez, y Bella también se rio. Sus carcajadas reconfortaron a Edward. Él no sabía cómo ni cuándo, pero las murallas que estaban protegiendo su corazón habían caído, y a él lo habían conquistado.

Sin remedio.

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¿Quién quiere un Edward? ¡Es DEMASIADO ese hombre!