Capítulo 25

No Pierdas La Fe

Cuando Edward las llevó al apartamento de Bella, ella tenía la mente trabajando a toda marcha. Al abrir la puerta, Angie le dio un abrazo a Edward y desapareció dentro.

Bella cerró la puerta silenciosamente para tener privacidad, y lo miró.

–Esta noche se va a quedar aquí conmigo. No será la primera vez que duerme en el sofá –dijo, e hizo una pausa–. Quiero darte las gracias por lo de esta noche.

Él sonrió.

–¿Te refieres a cuando me has traído aquí con engaños, diciendo que necesitabas que te ayudara, cuando lo que querías era aprovecharte de mi cuerpo?

Ella se ruborizó.

–Me refería a lo de Angie. Ojalá no hubiera necesitado que la rescatara mi… Él enarcó una ceja. Claramente, quería oír cómo terminaba ella aquella frase.

–¿Tu qué, Bella? –le preguntó, suavemente–. ¿El tipo con el que te estás acostando? ¿Tu amigo? ¿Alguien que te importa, quizá, demasiado? ¿Qué?

Ella se sintió abrumada. Se le formó un nudo de pánico en la garganta, y apartó la mirada.

Oyó que Edward tomaba aire profundamente.

–Voy a darte espacio por ahora, porque los dos sabemos que tienes que aclararte las ideas. Pero quiero que sepas una cosa, y necesito que me escuches –le dijo con seriedad–. Esto que hay entre nosotros… no tiene precio. Yo necesito que alguien busque y rescate a mi gata, y tú vienes corriendo. Tú necesitas que alguien te lleve, y quizá un poco de fuerza para enfrentarte a un imbécil, y yo voy corriendo. ¿Me sigues?

Ella se mordió el interior de la mejilla y respondió:

–Seguro que yo sacó más que tú de todo esto. Él negó con la cabeza.

–¿Nadie te ha dicho nunca que eres muy terca?

–Sí, y obstinada. Lo habré oído una o dos veces. O cien…

–No pretendo rescatarte –le dijo él–. Lo que hay entre nosotros no tiene nada que ver con eso.

–¿Con qué tiene que ver?

Edward se quedó mirándola mientras pensaba en sus palabras.

–Tú dejas a la gente que se acerque a ti –dijo por fin–. Lo he visto.

Bella no estaba segura de la dirección que iba a tomar aquello, pero se dio cuenta de que no le iba a gustar.

–De acuerdo…

–A tus amigos les darías la camisa que llevas puesta, y lo mismo puede decirse de las chicas a las que das trabajo y cuidas. Les permites que formen parte de tu vida. Y a los animales con los que te cruzas, también –dijo él. Puso las palmas de las manos en la pared, a ambos lados de su cabeza, y dejó escapar una carcajada, como si él también estuviera un poco sorprendido–.

Quiero decir que he cambiado mi forma de ver las relaciones y el compromiso. Yo quiero que formes parte de mi vida, Bella.

Mientras ella se tambaleaba por lo que acababa de oír, él sacó una llave de su bolsillo.

–¿Qué es eso? –preguntó ella.

–Una llave de la casa de Vallejo Street.

–¿Y por qué…? ¿Por qué me das una llave? Edward se encogió de hombros.

–Para la próxima vez que las chicas y tú necesiten dormir juntas, porque tengo varias camas. O, si hay algún deterioro… o, demonios, por si pides una pizza y necesitas que alguien se coma la mitad –dijo con una sonrisa–. A mí me encantaría ser ese alguien.

Bella se quedó mirándolo boquiabierta.

–Pero… no puedo plantarme en tu casa sin más –dijo.

–¿Y por qué no?

«Sí», dijo su cuerpo. «¿Por qué no?».

–Porque ese es un gran paso –respondió ella, cuidadosamente.

–No tiene por qué serlo –dijo Edward con algo de frustración–. Es solo una llave, Bella.

Ella miró la llave, y asintió. Después, negó con la cabeza.

–Parece mucho más que eso.

–Lo que sea depende de ti.

Ella siguió mirándola. Le asustaba lo mucho que podía significar una llave tan pequeña. Entonces, Edward soltó un juramento en voz baja.

–¿Sabes qué? –dijo él, y se guardó la llave en el bolsillo–. No importa.

–No, es que me has sorprendido desprevenida… Él negó con la cabeza.

–Olvídalo. En otra ocasión, quizá…

A ella se le encogió el pecho. No estaba segura de lo que acababa de ocurrir, ni de quién era el culpable del abismo que se había abierto de repente entre ellos dos. No supo qué decir.

–Buenas noches –susurró, finalmente.

–Buenas noches.

Ya solo le quedaba la opción de entrar en casa y cerrar la puerta. Lo hizo rápidamente, pero se giró y apoyó las palmas de las manos en la madera. Tenía el corazón encogido y estaba asustada.

No quería que la noche terminara así.

Abrió de par en par, con el nombre de Edward en los labios, y él seguía allí, apoyado en el marco de la puerta, con la cabeza agachada.

Alzó la cabeza con una expresión de frustración masculina.

–Umm –dijo ella–. Creo que he exagerado un poco con lo de la llave. Él no dijo nada.

–Estoy un poco liada –admitió Bella, susurrando.

A Edward le brillaron un poco los ojos, pero permaneció serio.

–Bueno, no eres la única –le dijo.

Aunque no quería, a Bella se le escapó una pequeña carcajada. Después se miró los pies y notó que se le empañaban los ojos.

Llevaba mucho tiempo sola. Sí, tenía amigos, unos amigos que eran su familia, pero los amigos no dormían con ella ni le daban calor, ni hacían que su corazón y su alma se hincharan. No le daban los mejores orgasmos de su vida.

Y, en aquel momento, tenía delante a aquel tipo inteligente, leal y sexy, a quien no le gustaban las emociones ni los problemas sentimentales, pero que estaba allí. Confundido. Irritado. Molesto.

Pero que estaba allí, de todos modos. Por ella.

–Estás pensando tan febrilmente que te sale humo de la cabeza –le dijo él.

Lo que le sorprendía era no haber ardido en llamas. Lo único que podía hacer era mirarlo, y estaba un poco sobrecogida por la intensidad del brillo de sus ojos.

Realmente, Edward quería algo más.

Y, si eso era cierto, entonces… no había nada que pudiera interponerse en su camino.

Nada.

Salvo ella, por supuesto.

El corazón le latía con tanta fuerza que los latidos reverberaban en sus oídos.

–No estás preparado para esto –le susurró.

Él sonrió, pero su sonrisa estaba llena de tristeza, y no de diversión.

–No me digas para qué estoy preparado y para qué no, Bella. En realidad, lo que pasa es que la que no estás preparada eres tú, ¿no?

Ella tomó aire bruscamente, pero no debería haberse sorprendido de que él le echara en cara la verdad. Edward no se escondía de nada.

–Quiero estarlo. ¿Vale eso?

–Vale mucho, en realidad –dijo él–. Ya sabes dónde encontrarme. Edward le dio un beso dulce y corto en los labios, y se marchó.

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Mientras bajaba las escaleras del edificio de Bella, Edward no sabía exactamente cómo se sentía. No pensaba que la noche fuera a terminar así; había previsto que, en aquellos momentos, estaría quitándole la ropa a Bella.

Pensó en cómo cada uno de ellos había llevado al otro a lugares desconocidos, y en que él quería volver allí. Y había creído, esperado, que Bella se sentía del mismo modo.

Era una locura, teniendo en cuenta que unas pocas semanas antes nunca se hubiera imaginado que quería mantener una relación sentimental con nadie. Era irónico que Bella y él hubieran cambiado mentalmente de posición.

Demonios… Siempre había sabido que no debía encariñarse con nadie, pero se había dejado conquistar por unos ojos verdes y una sonrisa que siempre, siempre, conseguía contagiarse a sus labios.

Bella hacía que sintiera cosas, y eso le había ganado. Pero, para ella, toda la vida había sido una sucesión de situaciones temporales: las casas de acogida cuando era niña, trabajar en una tienda para animales en la que las mascotas entraban y salían, pero no se quedaban… Y, en cuanto a los hombres, formaban parte de su vida cuando ella se lo permitía.

Él lo había conseguido un corto tiempo, pero estaba empezando a pensar que solo había sido una ilusión, una esperanza por su parte. Porque, aunque él no había tenido más relaciones estables que ella, al menos no estaba en contra de intentarlo. Parecía que solo era cuestión de encontrar a la persona idónea.

El problema era que esa persona tenía que querer lo mismo.

Edward volvió a su casa de Vallejo Street con un vacío en el pecho. Sí, era su casa. Se había encariñado de aquel lugar tanto como de Bella.

Ambas cosas habían sido mala idea.

Miró a su alrededor por aquella casa grande, antigua y bella, en la que había hecho algunos de sus mejores trabajos. Podría venderla en un instante, y ganar lo suficiente como para tomarse la vida sin prisas. Podría hacer cosas para las que nunca había tenido tiempo.

Jugar al billar.

Sentarse en una azotea a mirar las estrellas.

Tener a una mujer en su cama todas las noches. A la misma mujer.

Quería cosas que nunca había querido. Las deseaba del mismo modo que antes deseaba el trabajo y solo el trabajo. Se enorgullecía de ser sincero consigo mismo, y siempre había sabido que no quería un hogar ni una mujer que llevara un anillo de compromiso con él, ni quería tener la parejita. Nunca se había visto deseando aquellas cosas.

Sin embargo, ya no le gustaba la idea de estar solo toda la vida. Su forma de pensar sobre el amor y el compromiso había cambiado.

Mal momento para eso…

Se sentía inquieto. Con idea de retomar su plan original, recorrió la casa hasta su despacho y llamó a Esme.

–Ya puede ser algo muy importante –le dijo su administrativa con voz somnolienta.

–Necesito que pongas Vallejo a la venta. Hubo un silencio.

–¿Esme?

–¿Por qué me llamas a media noche para decirme que quieres vender tu casa?

–Siempre he tenido la intención de vender esta casa. Tú lo sabes.

–Nooo, no es cierto. Fingías que ibas a venderla. Pero todos sabíamos…

–¿Qué?

–Que por fin habías encontrado un hogar y que querías quedártelo en vez de seguir viviendo como un vagabundo. Sobre todo, ahora que Bella y tú están juntos. A ella también le encanta la casa…

–Te equivocas en todo lo que estás diciendo. Pon la casa a la venta. En aquella ocasión, el silencio fue más corto.

–Es tu vida –le dijo Esme, y colgó.

–Claro que sí –le dijo él a la gata, que se había sentado a los pies de su cama y lo estaba mirando mientras movía nerviosamente la cola–. Mi vida.

Pita dejó de mover la cola, maulló y se levantó para subir por la cama, hacia él.

–Ya hemos hablado de esto. No comparto mi cama con gatas.

A ella no le importó nada. Subió por sus piernas y, de un salto, se colocó en su pecho. Allí se sentó con toda la calma del mundo.

–No –dijo él–. Un no rotundo.

Ella alzó una pata y empezó a lavarse la cara.

–Gata, lo digo en serio.

Ella siguió lavándose las orejas.

–Si empiezas a asearte las zonas vergonzosas, se acabó todo.

Ella bajó la pata, dio un giro sobre sí misma y, delicadamente, se acurrucó y cerró los ojos.

–No, de eso nada –dijo él. Ella no se movió.

Y él, tampoco.


Edward es un caballero y Bella una indecisa :