Capítulo 26

Mágicamente Delicioso

A la mañana siguiente, Bella se quedó en la cama, mirando al techo. Todavía tenía el corazón encogido.

Nada de lamentos, se dijo. Había hecho lo mejor que podía hacer siendo honesta con Edward. Con los dos.

Se levantó, intentando convencerse a sí misma, y se dio cuenta de que era el día anterior a Nochebuena. Normalmente, aquellos eran sus días favoritos del año. Adoraba la sensación de energía renovada y de impaciencia que transmitía la ciudad de San Francisco, adoraba las sonrisas de todo el mundo cuando entraban en su tienda, adoraba la magia de aquellas festividades. Lo adoraba todo de la Navidad.

Sin embargo, aquel año no sentía aquella alegría. Se vistió rápida y silenciosamente para irse a trabajar.

Angie todavía estaba dormida en el sofá. La noche anterior, al entrar en casa y encontrarse a la muchacha esperándola, había tenido que contener su sentimiento de tristeza por haber alejado a Edward y sonreír forzadamente.

Angie necesitaba eso de ella. Se habían sentado y habían hablado. Angie se había echado a llorar, había admitido que echaba de menos a su familia y que se arrepentía de haber estropeado tanto su relación con ellos. Bella le había pedido que se planteara ir a su casa y hacer las paces con ellos. Angie había respondido que no podía ir a Tahoe con tan poco tiempo de antelación, y Bella le había prometido que intentaría organizar un viaje. La chica no tenía demasiada familia, pero sí iba a encontrar amor y perdón si lo buscaba.

Al pensarlo, se le encogió el corazón, como si el pobre órgano quisiera decirle que también había algo para ella si lo buscaba.

Sin embargo, sabía que todavía no había tomado cafeína suficiente como para pensarlo. Pasó de puntillas junto al sofá, diciéndose que podía atender ella sola a todos los clientes que iban a pasar aquella mañana por la tienda.

Era un regalo de Navidad anticipado para Angie.

Su primer cliente en la peluquería fue un carlino muy revoltoso que se llamaba Monster y que tenía asma. Su respiración iba acompañada de silbidos, y parecía un hombre de ochenta años fumando y subiendo escaleras al mismo tiempo.

Cuando ya tenía a Monster en la bañera, aparecieron Alice y Kate con café y panecillos.

–Vaya –dijo Kate, mirando a Monster–. Es el perro más feo que he visto en mi vida.

Monster alzó la cabeza y miró a Bella con sus enormes ojos negros mientras tomaba aire entre resoplidos. Ella le dio un beso en la cabeza.

–No le hagas caso. Eres adorable. Y no me pregunten qué tal fue lo de anoche–añadió, dirigiéndose a las chicas.

–No tenemos que preguntar –dijo Alice–. No tienes la sonrisa típica de relajación de la mañana después.

–Eso es porque no te llevaste las esposas –dijo Kate–. ¿A que sí?

Bella levantó las manos de Monster, para darle la señal de que podía sacudirse. El agua las salpicó a todas. Bueno, a Kate y a ella. Ninguna gota se atrevió a tocar a Alice

Kate soltó un gritito, y Monster sonrió con orgullo y se sacudió de nuevo.

–Lo único que consigues es incitarlo –le advirtió Bella a su amiga, riéndose.

–A los perros no se les puede incitar de esa manera.

–Es un tipo –dijo Alice–. Nació para que lo incitaran. Y, ahora, cuéntanos –le dijo a Bella.

Ella suspiró y, omitiendo la parte en la que había dejado que Edward se marchara, les contó lo que había ocurrido con Andy.

Tanto Alice como Kate se quedaron horrorizadas, pero, cuando llegó Angie, fingieron que habían estado hablando del tiempo.

Angie las miró con desconfianza.

–Bella les ha contado lo de anoche, ¿no?

Ellas confesaron y fueron a hacerle cariñitos. Angie también fingió, como si no le gustara, pero no engañó a nadie: absorbía cada gota de amor y calidez que se cruzaba en su camino.

Alguien llamó a la puerta de la parte delantera de la tienda, y Bella dejó a sus amigas mimando a Angie y se fue a abrir llevando a Monster bien envuelto en una toalla.

Y estuvo a punto de tropezarse al ver a Edward. Estaba muy sexy con unos pantalones vaqueros oscuros, una americana de aviador y gafas de sol.

Él sonrió a Monster.

–Qué lindo.

Con solo mirarlo, a Bella le dolía el corazón, así que no lo miró directamente.

–¿Necesitas que cuide a Pita?

–No.

Al ver que no decía nada más, Bella tuvo que mirarlo, por fin. Craso error, como era un craso error mirar al sol directamente. Le resultó doloroso. Sabía que le debía una disculpa.

–¿Edward?

–¿Sí?

–Siento haberme asustado ayer por lo de la llave.

–¿Llave? –susurró alguien a su espalda. Era Rose–. Por Dios, ¿qué es lo que nos hemos perdido?

Cuando Bella se dio la vuelta para mirar, vio que Rose estaba realmente allí. Debía de haber entrado por la puerta de atrás. Ahora, sus tres amigas, más Angie, estaban apelotonadas en la puerta, escuchándolo todo.

–¡Ooh! –dijo Kate, cuando Bella la miró–. Discúlpanos, solo estábamos… eh…–con algo de pánico, se giró hacia las otras–: ¿Qué estamos haciendo?

–Umm… –murmuró Rose.

Alice agitó la cabeza con una expresión de disgusto.

–Amateurs. Estamos escuchando una conversación ajena, y descaradamente, además. Y sería útil que alguno de vosotros dos explicara lo que pasó anoche, para que podamos seguirlos.

Bella se quedó mirándolas fijamente.

–¿Están de broma?

–Cariño, ya sabes que yo no bromeo –dijo Alice. Angie se había quedado espantada.

–Oh, Dios mío. Creo que están discutiendo por mi culpa. Les estropeé la noche de ayer.

El enfado de Bella se convirtió en sentimiento de culpabilidad.

–Claro que no, cariño. No tiene nada que ver contigo.

–Tiene que ser eso –insistió Angie–. Todo iba bien entre ustedes dos hasta que yo hice el estúpido y necesité que me ayudaras, los necesité a los dos, porque Andy te habría hecho daño a ti también, Bella, yo lo sé, y… –entonces se le quebró la voz–. Y eso habría sido culpa mía.

Alice la abrazó contra su costado, sin dejar de mirar a Edward y a Bella.

–No ha sido culpa tuya –dijo con firmeza–. Ni lo de anoche, ni lo que esté pasando ahora. De hecho, estos dos chicos tan bobos van a ir a discutir al despacho de Bella y no van a salir hasta que todo vaya bien y todo el mundo esté sonriendo, porque es la víspera de Nochebuena, demonios.

–¿De verdad? –preguntó Angie con una expresión tan insegura que a cualquiera podía rompérsele el corazón–. ¿Lo vas a arreglar?

Angie lo preguntaba porque, en su vida, nunca había funcionado nada. Bella lo sabía, y exhaló un gran suspiro. No iba a permitir que Angie se rindiera con respecto a las emociones. Que renunciara al amor. No iba a ser ella la que le hiciera perder la fe.

–Claro que sí –dijo, sabiendo que, al menos, podría fingir, y que Edward haría lo mismo. También le pediría que le prometiera que iba a darle algo de espacio hasta que el corazón dejara de explotarle cuando lo veía. Con aquel plan, dejó a Monster con Rose y empujó a Edward hacia su despacho.

Sin embargo, a Edward no podía obligarlo a ir a ninguna parte. Era grande, fuerte y tan testarudo como… bueno, como ella. Él la miró con una expresión, en parte de diversión por el hecho de que pensara que podía empujarlo, y en parte de desafío.

Quería que se lo pidiera.

Ella exhaló un suspiro y, consciente de que Angie la estaba mirando, sonrió y dijo con los dientes apretados:

–Por favor, ¿podrías venir a mi despacho para que podamos… –miró a Angie y le lanzó otra sonrisa– arreglar las cosas?

–Me encantaría –dijo él, amablemente. Incluso la tomó de la mano y se la llevó.

Ella se lo permitió, pero, en cuanto cruzaron el umbral de su despacho, cerró la puerta y abrió la boca.

–Mira, sé que no tengo derecho a pedírtelo, pero necesito que finjas que todo va muy bien, por Angie…

Edward no respondió. La empujó contra el escritorio, la tomó por la nuca y la besó.

Y, demonios… Todas sus emociones caóticas se convirtieron en otra cosa. Ella gimió y se apretó contra él de un empujón. Edward estuvo a punto de tambalearse, pero se limitó a reajustar su postura y la estrechó aún con más fuerza. Bella lo rodeó como si fuera una planta trepadora, con desesperación por acercarse aún más a él, extendiendo las manos por su espalda fuerte y amplia. Así fue como sintió su temblor. Sintió también otras cosas, como su erección insistente y dura.

No tenía aire para formar palabras, y menos, cuando él le tomó las nalgas con las palmas de las manos y se las apretó.

Era tan delicioso… tan perfecto… tan… Se abrió la puerta.

–Oh, lo siento –dijo Bree, y asomó la cabeza al despacho–. Solo quería decirte que hoy voy a sustituir a Jessica y que… –al ver cómo la miraba Bella, se quedó callada–. Bueno, es verdad, me han mandado ellas para averiguar si estaban discutiendo –admitió–. Angie quería saberlo.

Mierda.

–Nadie está discutiendo –dijo Bella, intentando parecer sosegada–. Solo estamos hablando… del cuidado de Petunia.

Bree asintió.

–Del cuidado de Petunia –repitió Bree–. Muy bien, se lo diré a Angie. Cuando se marchó, Bella se volvió hacia Edward.

–Bueno, lo de fingir que estamos bien por Angie…

Él cerró la puerta con el pestillo con una mano y, con la otra, volvió a pegársela al cuerpo. La besó y, sin liberar sus labios, tomó la cuerda de la persiana del ventanal que daba al patio y la bajó. Fue toda una hazaña.

–Tienes que estimularla –dijo ella, interrumpiendo el beso–. Es muy importante en el cuidado de una gata.

Edward enarcó una ceja.

Ella señaló la puerta con un movimiento de la cabeza, dándole a entender que, seguramente, estaban escuchándolos al otro lado.

Él la miró un largo instante con los ojos muy oscuros.

–Cuidado de una gata –repitió y, antes de que ella pudiera pestañear, él la sentó sobre el escritorio y se colocó entre sus piernas. Puso la boca junto a su oreja y le susurró–: Lo que tú quieres es que te estimule a ti.

Ella se atragantó con una carcajada e intentó liberarse de él, pero Edward la agarró con más fuerza.

–¡Sabes que no era eso lo que quería decir! –susurró–. Angie está muy vulnerable en estos momentos, y tenemos que conseguir que se sienta segura.

–Está segura –le dijo él, al oído–. Y tú, también –añadió, y alzó la voz, como si estuvieran hablando con normalidad–: Bueno, entonces, explícame cómo es eso de la estimulación… –volvió a poner los labios en su oreja le dijo, en voz bajísima–: Explícamelo lentamente, con gran detalle.

Ella volvió a empujarlo, pero él no se movió ni un centímetro.

–Echo de menos tu cuerpo enredado con el mío –le dijo suavemente–. Necesito que me abraces otra vez.

A ella se le ablandó el corazón. Aquello era un problema, pero no podía evitarlo:

–Edward…

–Sí, sí, ya sé cuáles son las nuevas reglas. Esto no significa nada, es solo cosa de una noche, o de dos noches, o de tres, etcétera, etcétera…

Ella dio un resoplido, y él sonrió.

–Ahora, cállate, Bella –murmuró, y le puso un dedo sobre los labios–. Ni un sonido.

La tomó por las nalgas y la apretó contra su cuerpo. A ella se le escapó un gemido, y Edward le mordió el labio inferior.

Claro, ni un sonido.

Sin embargo, la fuerza brutal de su abrazo la dejó sin aliento, y ella le rodeó el cuello con los brazos y se apretó contra su pecho, porque si no estaban piel con piel en los próximos segundos, iba a arder por combustión espontánea.

De alguna manera, Edward consiguió quitarle las botas y abrirle los pantalones vaqueros. Cuando metió una mano entre sus piernas y la acarició por encima de las bragas, ella tuvo un pánico momentáneo.

–¿Qué? –le preguntó él, al notar que se quedaba paralizada.

–Prométeme que no vas a mirar. No llevo ropa interior bonita. De hecho… llevo las peores que tengo. Son mis bragas del poder. Las llevo para no poder enseñárselas a nadie. En este caso, a ti.

Él se quedó mirándola atónito; después, inclinó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada. Fue un gesto tan sexy, que ella bajó aún más la guardia, momento que Edward aprovechó para bajarle los pantalones vaqueros hasta la mitad de las piernas.

–Sé que te estoy dando señales contradictorias –dijo ella–. Pero no es que haya dejado de desearte…

–Bien.

–Pero… Él gruñó. –Siempre hay un, pero.

–Pero –continuó ella, que necesitaba decirlo–: Estoy un poco confundida… Él la miró con ironía.

–¿Un poco?

Bella intentó cerrar las piernas, cosa nada fácil con noventa kilos de músculo entre ellas.

–Shh –dijo él–. Te comprendo, Bella. Por ahora, esto vale. Tú siempre me vales, no me importa cómo pueda tenerte.

Después de decirle algo tan asombroso, Edward se puso de rodillas, le quitó completamente los pantalones vaqueros y la miró. Después, se levantó de nuevo.

–A mí me gustan.

–Eres un enfermo –le dijo ella.

–No hay duda –respondió él, y siguió besándola, hasta que la tuvo retorciéndose entre sus brazos.

–Date prisa –murmuró ella, sin aliento, contra su boca. Entre los dos, se liberaron de otras cuantas prendas.

Y, Dios, no había nada como Edward desnudo. Ella estaba muy ocupada llenándose las manos con él, cuando notó que le rozaba uno de los pezones con la barba incipiente y pensó que iba a tener un orgasmo en aquel instante. Su boca estaba en todas partes, salvaje y rápida, y ella le devolvió los besos lo mejor que pudo mientras intentaba conseguir que entrara en su cuerpo.

Él se rio en voz baja, pero, antes de que ella pudiera matarlo, él se puso de rodillas otra vez y posó la boca en su cuerpo. Se tomó su tiempo para volverla loca con la lengua y, cuando ella perdió el control y empezó a sentir un orgasmo, él se levantó y la besó, y se tragó sus gemidos mientras se ponía un preservativo y se hundía en ella.

Su ritmo fue frenético, desesperado. Hambriento. No importaba cuántas veces estuvieran así; él siempre conseguía cortarle la respiración. Bella tuvo otro orgasmo, o el mismo de antes, ya no lo sabía. Con Edward, todo era un instante eterno y erótico en el tiempo.

Cuando, por fin, Bella consiguió recuperar el oído y la vista, se dio cuenta de que él había metido la Bree en el hueco de su cuello, y de que respiraba entrecortadamente contra su piel. Le estaba acariciando la espalda con una mano, y le había tomado la barbilla con la otra. Tenía el dedo pulgar sobre sus labios para recordarle que debía guardar silencio.

Oh, Dios. ¿Había guardado silencio? ¡No lo recordaba! Él sonrió, y ella le mordió el dedo. Fuerte.

Él se irguió, riéndose suavemente, y la ayudó a bajar del escritorio dándole un beso en la sien.

–Ha sido… –dijo ella, e hizo una pausa para buscar las palabras más precisas.

–¿El mejor cuidado posible para una gata? –preguntó él. Ella intentó contener la risa, pero no lo consiguió.

–Edward –dijo–. ¿Qué estamos haciendo? - Él cabeceó; tampoco lo sabía.

–Yo solo necesitaba verte –le dijo, sencillamente.

–Y yo necesitaba verte a ti, pero ¿qué significa eso?

–Que me necesitabas mucho. Ella volvió a reírse.

–¿No te parece? –preguntó Edward. Se giró y se bajó un poco la cintura del pantalón, ya que todavía no se lo había abrochado, y le mostró diez marcas de dedos, cinco en cada una de sus perfectas nalgas.

Ella se tapó los ojos con las manos al tiempo que él se reía de nuevo.

Estupendo. Él estaba reforzado con el sexo, mientras que ella… ella había perdido otra parte de su corazón. Se colocó la ropa y soltó un juramento al darse cuenta de que había perdido las bragas. Aquello de ser un demonio del sexo estaba resultando muy caro.

Edward se le acercó y le abotonó la blusa. Después, le tomó las mejillas con ambas manos y la besó.

–Bueno –dijo–. Cuéntame. Dime qué es lo que quieres que sepa. ¿Todavía necesitas espacio? Estoy pensando que valdría con veinticinco o veintiséis centímetros.

Ella se rio y se frotó las sienes.

–Es solo que cuando hacemos esto… siento cosas. Cada vez, más.

–Bien.

Bella echó la cabeza hacia atrás y miró al techo. Notó que Edward le acariciaba los brazos.

–Bella, mírame.

Ella vaciló, porque sabía muy bien que siempre se perdía en sus ojos, pero lo miró de todos modos.

–Entiendes que eso no solo te ocurre a ti, ¿verdad? A mí me sucede lo mismo. Yo estoy igual de nervioso por lo que nos pasa.

Ella cabeceó.

–¿De verdad? Porque parece que estás completamente tranquilo. Sales y entras de las situaciones de intimidad sin pestañear, como si no te afectara.

Él la observó.

–¿Crees que no tengo emociones?

–Creo que se te da mucho mejor gestionarlas que a mí.

–Tienes que tener fe –le dijo él–. En mí. En nosotros.

–Eso es difícil para mí.

–Entonces, ¿quieres terminar con esto?

–No –dijo ella. El estómago se le encogió de solo pensarlo–. No –dijo de nuevo, y se aferró a él.

–De acuerdo –murmuró Edward, y la estrechó entre sus brazos–. De acuerdo, no voy a irme a ninguna parte.

Ella asintió mientras seguía buscando el consuelo de su abrazo. A los pocos instantes, se retiró, y se aseguró de que los dos tuvieran un aspecto decente.

–No voy a fingir nada –le advirtió él, cuando llegaron a la puerta–. Ni siquiera por Angie. No me lo pidas.

Ella negó con la cabeza.

–No te lo voy a pedir.

Las chicas estaban cerca. Claramente, habían intentado escuchar lo que había ocurrido dentro del despacho. Al verla, todas salieron corriendo en diferentes direcciones.

Salvo Alice, que la observó atentamente y, después, a Edward.

Bella la ignoró lo mejor que pudo, y le hizo una seña a Edward para que escapara. Sin embargo, él se acercó a ella y la besó. No fue un beso profundo, pero tampoco ligero. Fue el beso de un hombre que quería dejar las cosas claras. Cuando alzó la cabeza, tenía una ligera sonrisa en los labios.

–La pelota todavía sigue en tu tejado –le dijo. Y, después, se marchó sin mirar atrás.

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Cuando Bella llegó por fin a casa aquella noche, tenía un gran dolor de cabeza por el esfuerzo de estar evitando ciertos pensamientos durante todo el día. Y, además del dolor de cabeza, tenía unos profundos arañazos de un gato muy enfadado que le habían llevado a peinar después de que el animal tuviera un encontronazo con un rosal.

El gato estaba tan alterado que Bella no había permitido que Angie ni nadie más trabajara con él. Así que había manejado la situación a solas.

Y había pagado el precio.

Angie quería curarle las heridas, pero ella le había dicho que estaba bien. Sin embargo, no era cierto.

Entró a su apartamento y no se molestó en encender la luz. Estaba lloviendo, y las gotas golpeaban con fuerza en las ventanas. Lo único que quería era un sándwich de mantequilla de cacahuete de tres pisos y su cama. Estaba haciéndose la cena cuando empezó a volverse loca con el grifo de la cocina, que perdía agua.

–Cállate –le dijo.

Drip, drip, drip…

Demonios. A ella siempre le había encantado estar sola. ¿Cuándo había dejado de gustarle?

Drip, drip, drip…

–Pues muy bien, yo misma te voy a hacer callar –murmuró, y se metió debajo del fregadero con una llave inglesa. Apretó un tornillo suelto y, al hacerlo, recibió un chorro de agua fría en la cara, y gritó.

Escupiendo gotas de agua con indignación, se sentó en el suelo de la cocina y se miró.

Estaba hecha un desastre.

Adecuado, teniendo en cuenta cómo había sido su día. No quiso hundirse en la tristeza, así que volvió a la preparación de su sándwich. Al poco, oyó que alguien llamaba a la puerta. Como era medianoche y hacía una noche muy desapacible, se llevó el cuchillo cuando fue a mirar por la mirilla de la puerta. Sus partes más sensibles notaron un cosquilleo, y a ellas también les dijo que se callaran.

Edward estaba en su puerta, con un aspecto tan oscuro, mojado y peligroso como el de aquella noche.


¿No las desespera un poco Bella? Porque a mi si