Capítulo 27
Lo Que Ves Es Lo Que Hay
Edward no había podido conciliar el sueño. Se sentía deprimido y había decidido salir a correr. Después de quedar exhausto, seguramente podría dormirse.
Mientras recorría las calles, fue pensando en los aspectos positivos de su vida. En primer lugar, su tía Sally había podido volver a la residencia y estaba bien. Incluso le había dejado un mensaje, para variar, diciéndole que una amiga suya estaba dispuesta a quitarle a Pita de encima. En segundo lugar, su agente inmobiliario iba a empezar con la venta de Vallejo Street la semana siguiente.
Estaba en un buen momento. Demonios, estaba en un momento espléndido, así que debería sentirse pletórico.
Pero no lo estaba. Nada de aquello le parecía bien.
Ni desprenderse de Pita. Ni vender su casa de Vallejo Street. Ni darle a Bella espacio para que se aclarara. Nada de aquello le apetecía.
Corrió más y más, hasta que los músculos le temblaron de cansancio. Entonces, se dio cuenta de que había terminado delante de casa de Bella.
La verdad era que se había visto atraído a aquel lugar como una polilla hacia la luz. Adoraba su sonrisa y su risa, y le encantaba que pudiera provocárselas tan a menudo. Le encantaba que ella lo sacara de sí mismo, que no le permitiera tomarse demasiado en serio. Lo adoraba todo de ella.
Bella abrió después de que él llamara una vez, suavemente, a la puerta. Él se bebió su imagen: Estaba despeinada, tenía una mirada llena de mal genio, llevaba una camiseta empapada de agua…
–¿Tú también has decidido darte una ducha vestido? –le preguntó ella.
–No, he estado corriendo.
–¿A propósito?- Él se rio.
–¿Puedo pasar?
–Claro –dijo ella. Respondió de una manera tan agradable que Edward se sintió receloso de repente.
–Bueno, ¿sabes algo de fontanería? –le preguntó Bella.
–Todo.
–Entonces, eres mi hombre –dijo ella–. Tengo un grifo que pierde y me estoy volviendo loca con el goteo.
Él estaba tan cansado que apenas podía mantenerse en pie.
–¿Ahora?
–He intentado arreglarlo yo misma y no me he ahogado de milagro –dijo Bella, señalando el fregadero con un cuchillo manchado de mantequilla de cacahuete–. He tenido una tarde y una noche muy malas, y lo único que quería era comerme un sándwich y acostarme, pero ese goteo me está matando…
Como parecía que estaba a punto de llorar, él la tomó de la muñeca y le quitó el cuchillo de la mano.
–No te preocupes –dijo.
Puso el cuchillo en la encimera, junto al sándwich a medio hacer, y vio que había agua en el suelo y que el armario de debajo del fregadero estaba abierto.
–¿Por qué no me has llamado? –le preguntó.
–Sé arreglar un grifo.
Edward podía haberle hecho notar que, de ser así, no estarían manteniendo aquella conversación, pero él también había tenido un día muy largo, y estaba agotado. Tomó la llave inglesa y se puso a trabajar.
Tardó dos minutos. Dejó la llave inglesa a un lado y, todavía tendido en el suelo, miró a Bella.
Ella estaba sentada en el mostrador, lamiéndose la mantequilla de cacahuete que tenía en el dedo pulgar y haciendo un sonido de succión que fue directamente a su apéndice favorito.
–Ya está –dijo con la voz un poco enronquecida, y se puso en pie, delante de ella.
–Así que no va a estar goteando toda la noche ni a obligarme a que lo mate.
–No hay ningún asesinato en tu lista de tareas para esta noche.
–Gracias –dijo ella, suavemente–. De verdad.
–De nada –respondió él–. De verdad.
Edward se le acercó hasta que sus muslos tocaron las rodillas de Bella.
Ella le agarró la pechera de la camiseta con los puños, e intentó que se acercara aún más, pero él se resistió.
–Quiero mis veinticinco o veintiséis centímetros –susurró. Él consiguió resistirse.
–Necesito ducharme, Bella. Ella tiró con más fuerza.
–Si es por mí, no es necesario.
–He venido corriendo hasta aquí, así que sí es necesario. A ella se le escapó una carcajada.
–Y dicen que yo soy terca… –dijo. Se puso seria, se mordió el labio y añadió–: No puedo dormir.
Tenía el pelo en los ojos, y se le había corrido el rímel. Todavía tenía la camiseta mojada, y se estremeció al apretarse contra él. De nuevo, Edward tuvo que mantenerla alejada.
–Cuidado, estoy muy sudoroso.
–No me importa –dijo ella, y se acurrucó contra su pecho. Cuando alzó la cabeza, lo más natural del mundo para él fue besarla. Sabía a mantequilla de cacahuete y a cielo.
–¿Por qué no puedes dormir? –le preguntó contra sus labios.
–Estaba arreglando a un gato anciano, y me confié, pero él me enseñó que no debo. Me arañó a base de bien la espalda y el hombro al intentar escaparse, y las heridas me queman, así que voy a tener que dormir sobre el costado izquierdo o boca abajo, y yo siempre duermo sobre el costado derecho.
Entonces, suspiró, y tomó aire bruscamente, con un gesto de dolor, cuando él trató de girarla para ver sus heridas.
–No, no pasa nada.
Edward ignoró sus protestas, la tomó de las caderas y la giró. Con cuidado, le subió la camiseta.
–En serio, yo…
Él se quedó horrorizado al ver los cortes profundos, hinchados y enrojecidos que ella tenía en la piel.
–Bella, hay que limpiar estas heridas.
–Sí, ya lo sé, voy a hacerlo.
Intentó bajarse la camiseta, pero él no la soltó. Al final, Edward se la sacó por la cabeza y la tiró al otro lado de la habitación.
–¡Edward! –exclamó ella, y se cruzó de brazos para cubrirse, intentando darle la espalda. Sin embargo, él la mantuvo inmóvil para inspeccionar las heridas.
–¿Dónde tienes el botiquín?
–En el armario del pasillo.
Él fue a buscarlo y, cuando volvió, descubrió que ella no estaba en la cocina. La encontró en el baño, sujetándose una toalla contra el pecho e intentando verse los arañazos en el espejo. Se tocó uno de ellos y se estremeció de dolor.
–No te muevas –le dijo él, y se puso manos a la obra.
Mientras le limpiaba las heridas, ella no dijo nada. Parecía que tampoco respiraba, pero, al final, le temblaban los músculos, y eso delató su dolor. Edward se inclinó hacia delante y le besó la nuca.
Ella suspiró y dejó caer la cabeza hacia delante para darle mejor acceso.
–Edward…
–Dime que me vaya, y me iré –susurró él contra su hermosa piel.
Y, entonces, fue él quien contuvo la respiración, esperando la respuesta.
Bella se giró hacia Edward y vio reflejados en su rostro la misma hambre y el mismo deseo que sentía ella. Se puso de puntillas y lo besó delicadamente.
–No te vayas.
Él gruñó suavemente y la abrazó con cuidado. Y, Dios, cómo la besó; como si ella fuera la mujer más sexy del mundo. Era algo adictivo.
Edward era adictivo.
Cuando los dos tenían la respiración entrecortada, él alzó la cabeza. La miró a los ojos y le acarició la sien con los dedos, y le metió un mechón de pelo detrás de la oreja al tiempo que con el dedo pulgar le acariciaba la mandíbula y el labio inferior.
Ella se derritió contra él y cerró los ojos. Todo resultó mucho más íntimo. El apartamento estaba a oscuras, más allá de la cocina, y la lluvia repiqueteaba contra los muros del edificio.
Aquel era el único sonido, aparte de su respiración acelerada.
Porque no tenía ni idea de si lo había engañado a él, pero sabía que no podía engañarse a sí mismo. Aquello no era solo sexo.
–Bella.
Abrió los ojos y lo miró. Edward tenía algo oscuro e indescifrable en los ojos, pero ella no quería examinarlo. Lo tomó de la mano e intentó llevarlo al dormitorio.
Él la detuvo.
–A la ducha –dijo con firmeza y abrió el grifo de agua caliente.
–Pero…
–No te preocupes, doy muy buenas duchas.
Edward los desnudó a los dos en un abrir y cerrar de ojos, y la empujó al interior de la cabina, bajo el chorro de agua y el vapor. Se enjabonó las manos y empezó a pasarlas por todo su cuerpo, demostrando que lo que había dicho era cierto.
Fue muy bueno en la ducha. Dos veces.
Cuando ella estaba saciada, y temblorosa de placer, él la apoyó contra la pared de azulejo y se lavó a sí mismo con rapidez y eficiencia. Solo de verlo, ella volvió a excitarse.
Edward sonrió al pillarla mirándolo como si fuera una voyeur.
–¿Te gusta lo que ves?
–Ya sabes que sí.
Intentó abrazarlo, pero él cerró el grifo de la ducha. La secó a ella primero y, después, permitió que lo llevara a la cama. Bella intentó empujarlo al colchón, pero él la llevó consigo, y terminaron hechos un lío de miembros. Sin decir una palabra, se tendió sobre ella y la besó con fuerza.
Ella no era la única que sentía desesperación aquella noche.
Edward le quitó la toalla en un segundo, y ella apretó todo su cuerpo contra aquellos músculos duros y calientes, de los que no había tenido una dosis suficiente. Cuando, por fin, se elevó por encima de ella y se hundió en su cuerpo, el mundo se detuvo.
Él hizo que lo mirara, y eso fue nuevo para ella. Con los ojos abiertos. Con el corazón abierto.
Nuevo y terrorífico.
Y, en aquel momento, supo la verdad. Se había enamorado de él.
Cerró los ojos ante la avalancha de emociones e intentó acapararlo todo: su olor, sus gruñidos sexis, la sensación de su abrazo…
«Recuerda», se dijo desesperadamente. Tenía que recordar lo que sentía cuando hacía el amor con él.
–Edward –susurró sin querer.
Él gruñó y, al darse cuenta de que estaba muy cerca del orgasmo, ella le rodeó con las piernas y correspondió a sus embestidas, mirándolo a los ojos y acariciándole el corazón con una mano.
Cuando todo terminó, ella permaneció tendida contra él, notando su pulso, pensando que había sido la experiencia más real y erótica de su vida.
–Gracias por esta noche –murmuró.
Él se rio suavemente, y su respiración le acarició la sien.
–No, gracias a ti.
–Me refería a que me hayas arreglado el grifo –dijo ella–. No quería tener la necesidad de que tú vinieras y agitaras tu varita mágica y arreglaras mi vida.
–Nena, yo no he agitado mi varita mágica hasta después de arreglar el grifo. - Ella levantó la cabeza y lo miró con incredulidad.
–¿De verdad acabas de decir eso? -Él sonrió.
–Estoy intentando evitar una conversación importante que, seguramente, no va a terminar bien para mí. Creí que con el encanto podría conseguirlo.
–Eso no ha sido encanto, ha sido una cursilada.
–Pero te has reído. Me encanta tu risa, Bella. - Ella se suavizó.
–Estás cambiando de tema.
–Lo intento –dijo él, y se levantó de la cama. Se inclinó hacia su ropa y empezó a vestirse.
–¿Te vas?
–Sí.
–¿Estás intentando respetar mi locura y no agobiarme, o es que huyes de mí a toda prisa?
Él volvió a reírse y tomó el teléfono móvil de la mesilla.
Se marchaba de verdad. Ella se levantó y lo abrazó por la espalda.
–Edward.
Él se giró y la miró a los ojos.
–Yo nunca huiría de ti.
Aquello le robó el aliento. Bella se quedó mirándolo.
Él le devolvió la mirada. No con paciencia, exactamente, pero sí con atención, con ganas de escuchar lo que ella respondiera a continuación.
–Estoy más implicada de lo que pretendía –dijo, suavemente.
–Una vez más, te diré que eso no te sucede solo a ti. - A ella se le encogió el corazón.
–No sé lo que significa nada de esto. No sé qué sentir.
–Sí, te entiendo –dijo él–. Confío en que lo averigües y me des los detalles.
–¿Tú lo sabes?
–Estoy empezando a comprenderlo –respondió él con su sinceridad habitual y sin disculpas.
En parte, Bella se sintió agradecida por ello. Pero, por otra parte, tuvo mucho miedo, porque estaba bastante segura de que ella también lo sabía.
Era como si su corazón tuviera dos velocidades: dormido, o a toda velocidad. Había tenido algunas relaciones en las que había sentido cosas como las que sentía con Edward: excitación, vitalidad, felicidad. Salvo que, en esas relaciones, ella había sido la única. Y, entonces, había permanecido en ellas demasiado tiempo, más allá de las señales de advertencia. Más allá de las recomendaciones de sus amigos. Más allá de la lógica y del sentido común.
Y había sufrido. Mucho.
–Bella –dijo Edward con dulzura–. No te apresures. No lo hagas por nadie, y, menos, por mí.
Con aquellas palabras, la dio un beso perfecto y, después, se marchó.
