Capítulo 28

La Tribu Ha Hablado

La mañana de Nochebuena, Bella se despertó con los dedos de los pies helados. Como el resto de ella. Pensó en que habría sido mucho más agradable estar pegada al cuerpo grande y cálido de Edward en aquellos momentos.

Y no solo para enroscarse en él como una enredadera, sino porque no le gustaban las mañanas, y pensó que, si él estaba allí, mirándola con aquella expresión que le decía que ella era la persona más guapa, la más inteligente y sexy que había conocido, tal vez ella aprendiera a disfrutar de los despertares.

Él hacía que se sintiera especial, como si importara. Como si de verdad importara. Cuando estaba con él, se sentía como si fuera una versión mejor de sí misma. Así pues, ¿por qué pensaba que seguía necesitando espacio? La respuesta era sencilla: ya no lo necesitaba.

Pestañeó mientras miraba al techo. Vaya. Realmente se había enamorado de él. Y, demonios, si se hubiera dado cuenta de ello la noche anterior, tal vez él estuviera allí en aquel momento.

Con un suspiro, se sentó en la cama y miró su teléfono móvil. No tenía ninguna llamada, ningún mensaje de texto. Nada.

Se puso el móvil en el regazo mientras sentía una extraña emoción, una que no podía definir.

Mentirosa. Tenía muchas palabras con las que definirla. Se sentía innecesaria, porque nadie la había necesitado nunca.

Pasó el dedo por la pantalla del teléfono y vaciló sobre el número de Edward.

–No lo hagas –susurró–. No… Pero su dedo actuó solo.

–Ooh –musitó Bella.

Edward respondió a su llamada de FaceTime con unos pantalones de algodón de hacer deporte y con nada más, y a ella se le aceleró la respiración. Él tenía el pelo húmedo de la ducha, y se imaginó lo bien que debía de oler. Él miró la camiseta que llevaba ella, y se le oscurecieron los ojos.

–Anoche te dejaste aquí la camiseta –le explicó, y se mordió el labio–. He dormido con ella.

La sonrisa de Edward aumentó.

–¿Solo con ella?

–Sí –admitió Bella–. Por cierto, me debes un viaje a Victoria's Secret.

–Te compro todo lo que tú quieras, pero al imaginarte sin bragas, también me estoy excitando.

–Todo te excita –dijo ella.

–Cierto –respondió Edward. Ladeó la cabeza y la observó–. Bueno, ¿y qué haces despierta tan temprano? ¿Estás haciendo una lista? Vamos, cuéntame cuáles son tus fantasías sexuales más secretas.

A ella se le escapó una carcajada.

–¡No! –exclamó, pero después se mordió el labio inferior. Al final, no pudo evitar hacerle la pregunta–: ¿Tú tienes una lista de fantasías?

–Por supuesto que sí –dijo él sin vacilar. Ella pestañeó.

–¿Sobre… mí?

Él se limitó a mirarla con ardor, y ella sintió una punzada de excitación.

–¿Escrita?

Él se tocó la sien con un dedo.

–Está todo aquí, nena –dijo con una sonrisa.–. A no ser que quieras que la escriba. Podríamos mezclar nuestras listas y turnarnos para hacer realidad una cada vez, y…

–¿Quieres que hagamos realidad nuestras fantasías sexuales juntos? – preguntó ella con una voz muy aguda.

Él se limitó a sonreír, y ella estuvo a punto de tener un orgasmo en aquel preciso instante.

–Yo… no sé si puedo escribirlas –admitió.

–Claro que puedes. Cierra los ojos, piensa en algo que siempre hayas querido probar y anótalo –dijo él, esperando con impaciencia.

–¿Ahora mismo?

–Si tú lo haces, yo lo hago también.

Diez minutos después, cuando sonó el despertador, tenía escritas cinco fantasías. Y Edward, también.

–Es hora de levantarse.

–Nena, yo ya estoy levantado –dijo él. Ella puso los ojos en blanco.

–¿Cómo se dice cuando mantienes conversaciones sexuales en FaceTime? - Él sonrió.

–¿SexTime?

–Te lo acabas de inventar.

–Pues sí. Enséñame lo que hay debajo de la camiseta, Bella.

Ella no iba a admitir que aquella petición le produjo un delicioso escalofrío.

–Edward.

–Vamos, si tú me lo enseñas, yo te lo enseño también.

–¿Hay alguien ahí contigo?

Él giró el teléfono para que ella pudiera ver que estaba en su dormitorio de Vallejo Street, solo, salvo porque Pita estaba durmiendo en su almohada.

–Creía que no la dejabas subirse a la almohada.

–Y no la dejo –replicó él–. Pero parece que la que manda aquí es ella –le explicó, y su rostro volvió a la pantalla–. Enséñamelo.

Ella se levantó el bajo de la camiseta, se movió un poco y volvió a bajar la tela.

La mirada de Edward se volvió tan ardiente que a ella le extrañó que no se le fundiera la pantalla del móvil.

–Con eso voy a tener que soportar un día muy largo –dijo él en un tono de reverencia.

Ella se echó a reír.

–Puedes ver porno en el móvil cuando quieras. Demonios, seguro que podrías conseguir que todas las mujeres de tu lista de contactos te enviaran fotos desnudas.

–Yo no deseo a ninguna otra mujer. Solo a ti.

Al oír aquello, a Bella se le aceleró un poco el corazón.

–El sentimiento es mutuo. - Edward sonrió.

–Que tengas un buen día, nena.

–Tú, también –dijo ella.

Después de colgar, se dio cuenta de que tenía el corazón muy ligero, que la esperanza estaba empezando a surgir en su pecho. Se levantó de la cama y se marchó a trabajar.

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Bella pensó en Edward, pero no en las fantasías sexuales. Bueno, un poco. O mucho.

Pero, sobre todo, pensó en el hombre que él había llegado a ser, y en que aquel hombre había entrado a formar parte de su vida, de un modo muy importante, en solo un mes.

Una pareja de ancianos entró en la tienda para comprar premios caninos para su schnauzer enano, tomados de la mano como si fueran recién casados, y ella tuvo que hacerles una pregunta:

–¿Cuánto tiempo llevan ustedes juntos? - Sonrieron a la vez.

–Cincuenta años –dijo el señor–. Los mejores cincuenta años de mi vida.

–Cuando encuentres al hombre de tu vida, hija –dijo la mujer, mirando a su marido–, no lo sueltes jamás.

–«Jamás» es mucho tiempo –dijo Angie, cuando la pareja se hubo marchado.

Lo cual resultaba raro, porque, de repente, Bella había empezado a pensar en lo reconfortante que era pensar en un amor para siempre…

Estuvo a punto de llamar a Edward para decirle que, tal vez, ya se había aclarado las ideas, lo cual significaba que quería estar con él.

Que lo quería.

Sin embargo, no confiaba en sí misma y pensaba que iba a estropearlo todo por teléfono, así que le envió un mensaje corto invitándole a la fiesta privada de Navidad que celebraba la pandilla en el pub, con un «por favor, ven».

Cuando cerró la tienda y se fue a casa a arreglarse para la fiesta, no había recibido respuesta suya, y no estaba segura de lo que significaba eso.

Entró en el pub un poco apagada, pero ella había hecho esperar a Edward hasta que se aclarase las ideas, así que podía hacer lo mismo por él.

El pub estaba cerrado al público. Aquella noche, la fiesta era solo para la familia. Peter, Emmett, Jasper, Alice, Kate, Rose y Sean, el hermano pequeño de Emmett, que tenía veintidós años.

Emmett le sirvió a Bella una copa de vino. El resto del grupo le llevaba ventaja por una ronda, y todos la saludaron con abrazos. A ella se le formó un nudo de emoción en la garganta. Adoraba a sus amigos. Era muy afortunada por tener a aquella gente en su vida.

–¿Dónde está Edward? –le preguntó Rose–. Lo has invitado, ¿no? Ella asintió.

–Le he enviado un mensaje de texto.

–¿Significa eso que has decidido dejar de luchar contra ti misma e intentarlo con él?

Bella no hubiera pensado que le resultaría difícil admitirlo, pero se le empañaron los ojos cuando asintió.

–¡Alcohol! –exclamó Alice–. ¡Inmediatamente! Otro de nosotros está a punto de caer por la madriguera del conejo.

Emmett y Rose, los primeros que habían caído por la madriguera, sonrieron.

Entonces, Emmett y Sean les sirvieron una cena que, nada sorprendente teniendo en cuenta lo competitivos que eran los chicos, se convirtió en una competición para ver quién era capaz de comer más.

Ganó Peter, aunque ella no entendía cómo lo hacía. Era alto como un árbol y tenía la constitución delgada y musculosa de un corredor, sin un gramo de grasa sobrante en todo el cuerpo.

Y, sin embargo, se comió veinticinco alitas.

–Veinticinco –anunció Jasper con admiración, cuando terminó de contar los huesos que había en el plato–. Diez más que tu más cercano competidor –dijo, y miró a Emmett–. Que eres tú, hermano. ¿Vas a seguir, o te rindes, para que podamos coronarlo?

Emmett miró su plato y tomó aire, como si quisiera reunir fuerzas.

–Se rinde –dijo Rose–. ¿Qué? –preguntó, ante la mirada de Emmett–. Ninguno de ellos tiene que dormir contigo esta noche. Y como yo soy la única, voto porque pares para que no explotes.

–¡Sí! –gritó Peter, y alzó un puño en el aire en señal de triunfo. Entonces, expelió un impresionante eructo–. Disculpad.

Bella estaba mirando de reojo hacia la puerta, con la esperanza de que apareciera Edward, pero estaba desaparecido.

Cuando terminó la cena, empezaron el campeonato navideño de karaoke, después de tomar otra ronda de ponche de huevo. Aunque ella siguió mirando cada pocos minutos a la puerta, nadie le llamó la atención, aunque vio que Alice y Jasper intercambiaban miradas de preocupación.

El premio del campeonato de karaoke era el mismo que el del campeonato de alitas: poder fanfarronear durante todo el año siguiente de la victoria.

Y todo el mundo quería esos derechos de fanfarronería. Mucho. Las chicas se levantaron y cantaron Moulin Rouge. Peter y Emmett cantaron Purple Rain.

Entonces, Jasper, a quien no parecía que le hubiera afectado el alcohol, salvo porque llevaba un gorro de Santa Claus torcido, cantó Man in the Mirror, y se ganó la aclamación del público.

Después, volvió a su sitio, se sentó en su silla y les dedicó una de sus poco habituales sonrisas.

Alice lo estaba mirando con extrañeza.

–¿Cuánto has bebido?

–No ha probado una gota de alcohol –dijo Emmett–. Ha dicho que esta noche es nuestro conductor.

Alice abrió unos ojos como platos.

–Entonces, estás completamente sobrio –dijo–. ¿Y cómo puedes cantar así?

¿Por qué yo no sabía que puedes cantar así?

–Hay muchas cosas que no sabes de mí.

Lo dijo con suavidad, pero Alice pestañeó como si la hubiera abofeteado.

Jasper ignoró su reacción y alargó la mano por delante de ella para tomar un puñado de galletas que había hecho Kate.

–¿Están tan buenas como parece?

–Mejor –dijo Halley, mientras Bella se frotaba la nuca para aliviarse la tortícolis. Le dolía el cuello de girarlo para mirar a la puerta.

–Cantamos el karaoke todo el tiempo –le dijo Alice a Jasper. Parecía que no podía olvidar el tema–. Tú nunca habías cantado así.

–Claro que sí.

–No, nunca –dijo ella, obstinadamente–. Podrías ir a cualquier concurso de canción de este país y ganarlo.

–Ya lo sé. Pero no quiero ganarme la vida cantando. Quiero atrapar a los idiotas y los malos del mundo.

–¿Por qué prefieres un trabajo tan peligroso cuando podrías ponerte guapo y quedarte ahí parado, cantando? –le preguntó Kate.

Jasper se encogió de hombros.

–Porque se me da bien atrapar a los idiotas y los malos del mundo. No se me da nada bien ponerme guapo y quedarme aquí parado, cantando.

–Lo que pasa es que te gusta llevar un mínimo de tres armas a la vez –dijo Alice en tono de acusación.

–Eso, también –dijo él, y tomó más galletas–. ¿No es hora ya de dar los regalos?

Se refería a su edición anual del elefante blanco navideño. La regla era sencilla: los regalos tenían que valer menos de veinte dólares, aunque eso no les impedía competir también.

Todo empezó muy amablemente; cada uno dejó su regalo en un montón. Después, como adultos civilizados y serenos, eligieron y desenvolvieron uno de los paquetes, por turnos.

Sin embargo, a los diez minutos, todo se convirtió en una batalla campal. Kate saltó sobre la espalda de Jasper y le mordió la oreja para impedir que se quedara con la cortina de ducha de la Guerra de las Galaxias que ella quería con todas sus fuerzas.

–Está bien –dijo, un poco después con la cortina de ducha bien agarrada–. Eso no ha ocurrido.

–Peter ya lo ha puesto en Instagram –dijo Alice.

–¡Mierda!

Hubo otra escaramuza por una pasta de dientes con sabor a beicon. Después, hicieron otra ronda de ponche de huevo.

Bella bebió su tercera copa y miró una vez más a la puerta del pub.

–¿Estás bien? –le preguntó Rose.

–Sí –dijo ella, pero acto seguido negó con la cabeza–. Bueno, en realidad, no. Pensaba que sí, que estaba bien. Estaba sola, y me iba bien. Había renunciado a los hombres, y me estaba funcionando perfectamente, hasta que, por supuesto, el hombre más sexy del mundo, Edward, hizo que me olvidara de la prohibición de estar con ningún hombre, y ahora… Ahora ya no estoy bien sola.

–¿Por qué no cambias de grupo y te vienes al mío? –le sugirió Kate–. Aunque deberías saber que casi es más difícil tratar con mujeres que con hombres.

–No quiero estar en ningún equipo –dijo Bella–. No quiero más sexo, lo cual es una pena, porque Edward y yo somos buenísimos en eso. Muy buenos. Aunque, en realidad, el que es bueno es él…

–Eh, cariño… –le dijo Alice, y se pasó un dedo por la garganta, queriendo indicarle que debía dejar de hablar.

Sin embargo, ella no había terminado.

–¿Sabes qué? Creo que voy a formar mi propio equipo. Tengo un buen masajeador de ducha, y me ocuparé yo misma de mis asuntos.

En circunstancias normales, aquello habría causado una gran risotada entre sus amigos, pero todos la estaban mirando con gestos de horror. Oh, mierda.

–Está detrás de mí, ¿verdad? –susurró ella.

–Un poco –dijo Peter.

Ella no miró. No podía darse la vuelta. Alguien le había pegado los pies al suelo.

Emmett le llenó el vaso y la abrazó.

–No es tan malo como piensas. No. Era peor.

Alice se inclinó hacia ella.

–Eh, a los tipos les gusta que las chicas se ocupen de sus propios asuntos. Jasper empezó a toser como si se hubiera atragantado con su propia lengua. Rose les dio una colleja a cada uno y se llevó a Emmett.

–A la cocina –le dijo con firmeza. Kate se puso en pie rápidamente.

–Voy con ustedes. ¿Peter?

–Sí, sí –dijo Peter, y miró más allá de Bella un instante. Después bajó la voz y añadió–: Nos dejaste que te quisiéramos, Bella, pero ahora tal vez haya llegado el momento de que amplíes horizontes más allá del grupo, ¿sabes?

–Pero… si tú no lo has hecho –dijo ella, desesperadamente.

–Intentarlo y fracasar no es lo mismo que no intentarlo –dijo él. Después, asintió para saludar al hombre que estaba tras ella, y se marchó.

Bella podía sentir a Edward, pero no estaba lista para mirar.

–Hagas lo que hagas –dijo Alice–, hazlo de corazón. Me voy con Peter. Sabes que este es un momento duro para él. A no ser que me necesites para algo…

–No, estoy bien, gracias –dijo Bella con valentía.

Jasper, el único que se quedó, dejó la cerveza en la barra y la miró. Era difícil tomárselo en serio con aquel gorro de Santa Claus.

–Deja que adivine lo que vas a decirme –le pidió Bella–. Que siga los dictados de mi corazón, o algo por el estilo, ¿no?

Jasper soltó una carcajada.

–Mierda, claro que no.

Eso hizo que la carcajada la soltara Bella. De todos sus mejores amigos, Jasper era el más reservado. Vivía en su propio mundo, y nadie podía ponerle reglas, salvo él mismo.

–Iba a decir que salieras corriendo como una loca, pero creo que Edward te seguiría y no tendría problemas para alcanzarte –dijo Jasper. Al instante, su sonrisa desapareció, y añadió–: Aunque, si cambias de opinión y no quieres que te alcance, avísame, y vendré rápidamente, ¿de acuerdo?

–De acuerdo.

Y, con eso, Bella se quedó sola en el bar, excepto por la presencia del hombre

que le había robado el corazón. Lentamente, se giró hacia él.

Tenía aspecto de estar agotado. Debía de estar lloviendo otra vez, porque tenía el pelo mojado. Aquella mañana no se había afeitado. Y, seguramente, la mañana anterior, tampoco.

–Lo siento –dijo Edward. Ella parpadeó.

–¿Por qué?

–Por muchas cosas, pero empecemos por esta noche. Quería llegar mucho antes, quería venir, pero…

Su expresión era sombría, y ella se alarmó al instante.

–¿Qué ha pasado? –le preguntó, y rogó que no le hubiera pasado nada a su tía Sally.

–Pita ha vuelto a desaparecer, pero, en esta ocasión, creo que se ha marchado de la casa.

A ella se le escapó un jadeo.

–¿Qué?

–Ha habido gente entrando y saliendo todo el día, y yo estaba trabajando en el ático, y… mierda –dijo él. Se pasó una mano por el pelo, y se lo dejó en punta–. La he perdido.

–¿Por qué no me has llamado antes?

–Te he llamado. No me respondías. Me imaginé que estabas enfadada porque no había aparecido. He venido para pedirte que me ayudes…

–No he oído el teléfono… –dijo ella mientras se palpaba los bolsillos. Vacíos. Dio un círculo en busca de su bolso, y se dio cuenta de que lo había dejado en la barra. Corrió hasta allí, sacó el teléfono y vio que tenía varias llamadas perdidas–. Lo siento muchísimo –dijo, y se encaminó hacia la puerta–. Vamos.