Capítulo 29

Hacer Una Lista Y Repasarla Dos Veces

Edward condujo hasta Vallejo Street. Estaba muy preocupado por Pita, pero al mismo tiempo estaba disfrutando de ver lo guapísima que estaba Bella aquella noche.

–Siento mucho haberte sacado de tu fiesta de Navidad –le dijo, mirándola de reojo–. Me gusta tu vestido.

Ella se miró el vestidito rojo que llevaba.

–Me lo puse para ti.

Él sintió que se le deshacía un nudo del pecho, y la miró a los ojos.

–La invitación… ¿Era solo para la fiesta o para tu vida? - Ella se mordió el labio.

–Para las dos cosas –respondió.

El resto de los nudos se disolvieron, y él aparcó delante de la casa. La lluvia golpeó el techo del coche mientras él se volvía hacia ella con una mano en el volante y la otra en su nuca.

Ella se inclinó hacia Edward y lo besó. Fue un beso corto, pero dulce.

–Primero, Petunia –dijo–. El resto, después. Tenemos tiempo. Él le tomó la barbilla y le acarició la piel con el dedo pulgar.

–Me gusta cómo suena eso. Yo voy a preguntar a los vecinos si la han visto.

–¿Puedo entrar en tu despacho para hacer unos carteles? –le preguntó ella y, si él no se equivocaba, tuvo un escalofrío.

–¿Qué carteles? –preguntó Edward, mientras se sacaba el jersey por la cabeza.

–Carteles informando de que hay un gato perdido –respondió ella. Se puso el jersey e inhaló profundamente, como si le gustara su olor.

Él se metió la mano en el bolsillo y le entregó la llave que había querido darle el otro día. Sonrió.

–Necesitas esto para entrar.

Ella cerró los dedos alrededor de los de él, y sus miradas se encontraron.

–Gracias –dijo ella–. Por la llave, y por la paciencia. Después, se bajó del coche y entró en la casa.

Él la vio alejarse, se dio la vuelta y tomó una cazadora que tenía en el asiento trasero. Un minuto después estaba recorriendo la calle de arriba abajo, preguntando por Pita. Media hora más tarde, tuvo que admitir su derrota.

Nadie había visto ni oído a la gata.

La calle estaba tranquila y apenas había tráfico, pero eso era por la tormenta. Antes, durante la hora punta, había habido muchísimo tráfico. Si Pita se había asustado y había salido corriendo, podía haberse perdido. O alguien podía haberla robado.

O, peor aún, podían haberla atropellado.

Se quedó bajo un árbol cuyas raíces habían levantado la acera. No le protegía completamente de la lluvia, y se mojó mucho mientras intentaba pensar qué le iba a decir a su tía. En aquel instante, su teléfono empezó a vibrar.

–Vaya, por fin –dijo Sharon, su agente inmobiliario–. Te he llamado primero al despacho y ha contestado tu nueva empleada.

–No tengo una nueva empleada.

–Entonces, tu nueva novia. Se ofreció a darte el recado, pero cuando le conté la fabulosa noticia…

–¿Qué noticia?

–Bueno, eso es lo que quiero decirte. Después de darle a ella el mensaje, me di cuenta de que quería contártelo personalmente, y te he llamado al móvil. ¿Listo?

–Suéltalo ya.

–Bueno, bueno, ya veo que no estás de humor. Pero eso va a cambiar, porque…

–Sharon, ya está bien.

–No solo tenemos una oferta. ¡Tenemos una gran oferta! Un quince por ciento por encima de nuestro precio. ¡Feliz Navidad, Edward!

Él se quedó paralizado, con un montón de emociones asaltándolo a la vez. Durante los dos días anteriores, les habían hecho muchas ofertas, pero ninguna que quisiera aceptar. Por eso, sintió un alivio enorme.

Sin embargo, ese alivio se convirtió pronto en angustia, porque era una oferta un quince por ciento superior al precio ya inflado que él había fijado, y no le dejaba ningún motivo para no aceptarla. Se había dicho a sí mismo que quería venderla, lo había deseado tanto como para poner en marcha la venta y, ahora, allí estaba.

Él mismo se lo había buscado.

–¿Edward?

–¿Sí? –respondió. ¿Dónde estaba la euforia? ¿Dónde estaba la sensación de que aquello era lo mejor que podía sucederle? –. Aquí estoy –dijo. Una ráfaga de viento le llevó toda la lluvia a la cara, y tuvo que cerrar los ojos.

–Dime que vamos a aceptar esta oferta –dijo Sharon.

«Si esta fuera mi casa, nunca me marcharía de ella…», le había dicho Bella. Sus palabras reverberaron en su mente.

–Edward –dijo Sharon con seriedad–. No voy a mentirte. Me estás asustando con ese silencio. Dime que vamos a vender la casa. Dilo en voz alta antes de que me dé un ataque. Si muero de esto, quiero que sepas que voy a dejarte a mis cinco gatos para que los cuides. Son cinco.

–Sí –dijo él–. Ya te oigo.

–Entonces, ¿puedo aceptar la oferta?

Él alzó la cabeza y miró entre las ramas del árbol hacia el cielo tormentoso. Cuando había puesto la casa a la venta, lo había hecho porque sabía que no estaba hecho para la estabilidad que podría proporcionar aquella casa. Ni siquiera era capaz de cuidar a una gata. Y, sí, parecía que las cosas iban bien con Bella, pero no había garantías. Nunca había garantías.

–Acepta la oferta –dijo.

Sharon se puso a gritar de alegría en su oído y, después, colgó. Él se quedó allí, en medio de la tormenta, con la lluvia fría cayéndole en la cara.

Debería sentirse bien, pero tenía un nudo en el estómago, un nudo que le advertía que, tal vez, no estaba pensando bien lo que hacía. Que, tal vez, estaba permitiendo que su existencia sin ataduras rigiera su cabeza y se hiciera con el control de la situación, y que él ignorara el hecho de que las cosas habían empezado a cambiar en su interior.

Respiró profundamente y volvió a la casa. Al ver que Bella lo estaba esperando en el porche, se sorprendió.

–Hola –dijo–. ¿Por qué estás aquí fuera?

–He intentado llamarte –dijo ella. Estaba abrazada a sí misma. Ya no llevaba su jersey. Él empezó a quitarse la chaqueta para dársela, pero ella alzó una mano.

–He encontrado a Pita –dijo Bella.

–¿En serio? ¿Dónde?

–Pusiste la rejilla en el conducto de ventilación por el que entró la otra vez y, delante, una silla, seguramente, para impedir que ella se fuera otra vez de aventuras –explicó ella, sin apartar la mirada–. O para que todo tuviera buen aspecto a la hora de enseñarles la casa a los posibles compradores

Oh, mierda. Él no se lo había dicho. ¿Por qué? «Porque no creías que ella pudiera ser tuya». Edward abrió la boca, pero Bella habló rápidamente.

–Petunia consiguió meterse debajo de la silla, arrancó la rejilla con una garra y se metió dentro –dijo Bella, encogiéndose de hombros–. Cuando ha salido, estaba muy sucia, así que la he lavado en el lavabo del baño. No te preocupes, después lo he limpiado todo para que tu comprador lo vea perfecto. A propósito, felicidades.

–Iba a contarte lo de la oferta –dijo él, en voz baja.

Ella asintió, lo cual fue amable por su parte, porque los dos sabían que ni siquiera le había dicho que había puesto la casa a la venta.

–Bella, yo…

–No. No me debes ninguna explicación. Ni por eso, ni por el hecho de que vayas a dar a Petunia –dijo ella con una expresión grave–. Lo siento, tu teléfono no dejaba de sonar y pensé que podía ser una emergencia, así que contesté. La amiga de Sally viene mañana a recoger a Petunia.

En realidad, sí le debía una explicación, porque no era lo que ella pensaba. No se trataba de que estuviera intentando no encariñarse con la casa ni con Pita. Ni con ella. Aquel barco ya había zarpado. Se había encariñado. No podía encariñarse más.

No le había dicho que había puesto la casa a la venta porque llevaba posponiéndolo tanto tiempo que había pensado que podía seguir así indefinidamente, sin tomar nunca la decisión de quedársela.

Y, en cuanto a Pita, se había arrepentido de la decisión en cuanto había aceptado. Pensaba que librarse de la gata y de la casa simplificaría su vida.

Y resultaba que no quería que las cosas fueran simples.

–La amiga de Sally quiere adoptar a Pita para sus nietos.

–Entonces, ¿de verdad la vas a abandonar?

–No, yo no –dijo él–. La amiga de Sally la quiere para siempre.

–Y tú, no.

La expresión de su cara era de recriminación y de decepción.

–No fue idea mía, Bella.

Ella se quedó mirándolo un largo rato.

–Bueno, pues, entonces… –dijo, finalmente–. Me alegro de que hayamos tenido la oportunidad de despedirnos.

Él se acercó a ella para intentar abrazarla, pero Bella dio un paso atrás.

–Bella –dijo Edward–. Todos sabíamos que era una situación temporal. No hay otra elección.

–Siempre hay otra elección.

Edward había pensado que el hecho de admitir que ella formara parte de su vida era difícil, pero lo más difícil de todo estaba aún delante de él. ¿Cómo iba a mantener una relación, si no sabía ni cómo empezar? Nunca había tenido éxito en la verdadera intimidad.

Sin embargo, para estar con Bella, estaba dispuesto a enfrentarse al desafío. Empezó a decirle exactamente eso, pero llegó un coche que los iluminó a través de la lluvia y se detuvo frente a la casa.

Bella empezó a bajar las escaleras, pero Edward la agarró.

–Bella…

–Me marcho, Edward. He llamado a un coche de Uber…

–¿Por qué?

–Ya sabes por qué. Esto no va a funcionar.

El conductor tocó la bocina y Bella empezó a moverse, pero Edward la sujetó y le hizo un gesto al conductor para indicarle que necesitaban un minuto.

–Está bien, la he fastidiado, pero…

–No, no es eso. Esto no va contigo. Es cosa mía, por pensar que podíamos conseguirlo. El chico que no necesita nada ni a nadie, y la chica que sueña secretamente con el amor pero que no sabe cómo conservarlo –dijo ella–. El error es mío, Edward. Me he dejado llevar por una fantasía. Demonios –añadió con una carcajada seca–. Incluso me di un plazo, cuando, en el fondo, sabía que no podía ser.

El conductor volvió a pitar, y ella se giró para ir al coche, pero Edward volvió a bloquearla.

–No quería hacerte daño –le dijo, y le enjugó una lágrima de la mejilla–. Tú crees en las segundas oportunidades, ¿no es así? Pues dame una.

–No serviría de nada, Edward. Resulta que los dos somos especialistas en las relaciones temporales, y siempre nos dejamos una vía de escape.

Al oír aquello, él se rio sin ganas.

–Yo no me dejé a mí mismo ninguna vía de escape cuando me enamoré de ti.- Bella se quedó inmóvil y lo miró fijamente.

–Espera… ¿qué?

Dios Santo, ¿había dicho aquello de verdad? ¿Le había dicho aquello, cuando ella tenía un pie en la puerta?

–¿Edward?

Sí, se lo había dicho. Más tarde, pensaría que todo había sido como si se le congelara el cerebro después de tomarse un sorbete demasiado deprisa. No quedó nada más que la quemadura del frío durante mucho tiempo, mientras su mente caía en barrena. La quería. Demonios, estaba enamorado de ella.

Cuando consiguió tomar aire y el oxígeno volvió a llegar a su cerebro, Bella le había dado por imposible y ya se había subido en el coche de Uber. Lo había dejado solo en aquella noche oscura y fría.

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¡AL FIN!... Pero las cosas no salieron como esperábamos :(