Capítulo 30

Sobrevive Después De La Caída

Bella caminó por el patio hasta la fuente. Estaba tan vacía como su corazón.

El agua que caía sobre la base de cobre era un sonido familiar y calmante para ella, y se detuvo, abrazándose a sí misma. Ojalá se hubiera quedado con el jersey de Edward, pero tenía el calor y el olor de su dueño, y ella ya se había convertido en una yonki.

Era el momento de pasar el mono.

–Eh, hola –dijo Angie, que se acercó a ella rodeando la fuente.

–Hola –dijo Bella–. ¿Qué estás haciendo aquí a estas horas? Hace mucho frío.

–Estoy bien –respondió Angie–. Estaba pidiendo un deseo. La paz en el mundo, y todo eso.

Bella sonrió.

–Vaya, ¿cuándo has pasado a ser tú la adulta de nuestra pareja?

–Desde que tú me arrastraste hasta la edad adulta pataleando y gritando –dijo Angie. Se sacó una cajita envuelta del bolsillo y se la dio a Bella–. Feliz Navidad.

Bella cabeceó.

–Oh, cariño, no tenías por qué…

–Tú me sacaste de la calle. Me diste un trabajo y me enseñaste lo que es la moralidad, la honradez y la confianza –respondió Angie con los ojos empañados–. Así que voy a hacerte un regalo, por pequeño que sea.

Bella la abrazó.

–Te quiero, ¿sabes?

A Angie se le escapó una risa de azoramiento.

–Vaya, si ni siquiera lo has abierto. A lo mejor no te gusta.

Bella lo desenvolvió y, al ver lo que era, se le escapó un sonido que era a medias una risa y un sollozo. Un llavero con pequeños colgantes en los que había fotografías de algunas de sus mascotas favoritas de los clientes.

–Me encanta.

–Voy a casa –dijo Angie, suavemente–. Estoy muy nerviosa y creo que voy a vomitar si lo pienso mucho, pero gracias por organizarme el viaje. Jasper me ha llamado y me ha dicho que salgo dentro de media hora. Llegaré a Tahoe de madrugada.

–¿Me vas a llamar para decirme qué tal ha ido todo?

–Sí.

Bella la miró fijamente.

–Bueno, está bien, no, no voy a llamarte –respondió Angie–. Ya sabes que odio hablar por teléfono. Pero te enviaré un mensaje de texto.

Con eso valía. Bella la abrazó con fuerza.

–De todos modos, te quiero.

–Si te vas a poner sentimental… –dijo Angie, y le devolvió el abrazo, aferrándose a ella por un momento–. Entonces, supongo que yo también te quiero a ti –dijo. Se apartó y se limpió la nariz–. Pensaba que ibas a estar con Edward esta noche.

–¿Por qué?

–Ah, sí, se me olvidaba que no son pareja.

–Bueno, de acuerdo. Puede que me equivocara en eso antes, pero ahora ya no estoy equivocada, porque hemos dejado de serlo. Para siempre.

Angie puso los ojos en blanco con resignación.

–No estoy segura de que pueda funcionar.

–¿Por qué no?

–Es algo… complicado.

–¿Complicado quiere decir que te has asustado porque no es un perro ni un gato ni una adolescente descarriada que necesita que la cuiden hasta que encuentre un hogar definitivo?

Bella soltó una exhalación.

–¿Por qué no me dices lo que piensas en realidad?

–Lo siento –dijo Angie, y sonrió con dulzura–. Pero es un buen hombre, Bella, a todos nos lo parece. Si no puedes confiar en ti misma, tal vez puedas confiar en el grupo de gente que te quiere y se preocupa por ti. No hagas que se busque un hogar permanente que no sea contigo, Bella.

Ella se atragantó.

–¡No es un perro!

Y, con eso, Angie le dio un beso en la mejilla y se alejó.

Bella se giró hacia la fuente. Durante meses había estado echando monedas al agua, pidiendo que se le concediera el amor verdadero. Y, cuando había conseguido lo que quería, había tenido un ataque de pánico.

–Demonios –susurró–. Todo el mundo tiene razón.

–Pues claro que la tenemos, querida.

Ella dio un respingo y, al volverse, vio a Charlie, que llevaba pantalones cortos y un jersey de Navidad muy feo.

Él sonrió.

–¿En qué tenemos razón?

–Algunas veces, soy demasiado obstinada, y eso no me deja ver la verdad.

–¿Algunas veces?

Ella soltó un resoplido.

–Vaya, por eso nunca conseguí seguir casado. Siempre surgen estas discusiones inesperadas. Son como minas, y yo no dejo de pisarlas y volar por los aires.

–No es culpa tuya. Es mía.

Por ese mismo motivo había huido de Edward, no porque no le hubiera dicho lo de su casa ni lo de Petunia, sino porque estaba asustada de todas las cosas que creía que quería. Todo lo que había tenido, por una vez, al alcance de su mano.

–Oh, Dios mío –dijo, y miró a Charlie–. He cometido un terrible error. Necesito que alguien me lleve.

–Nenita –le dijo él, agitando la cabeza lentamente–. Haría cualquier cosa por ti, lo sabes, pero ellos me retiraron el carné ya hace veinte años.

Se refería al Estado de California que, seguramente, le había retirado el carné por algo relacionado con la tarjeta médica para el uso de la marihuana que se había plastificado y que llevaba colgada del cuello.

–No pasa nada –dijo Bella. Le dio el dinero que llevaba en el bolsillo, veinte dólares, y un rápido abrazo–. Feliz Navidad –añadió, y subió corriendo las escaleras. Entró en casa y tomó su bolso. Después, bajó a la calle otra vez y llamó a porrazos en la puerta del pub.

Abrió Sean, y ella entró rápidamente hacia el escenario, donde sus amigos estaban luchando por quién había ganado una ronda extra de karaoke, al estilo hip-hop.

Jasper estaba empeñado en que su versión de Ice Ice Baby era mejor que la versión de Peter y Emmett de Baby Got Back. Emmett se estaba riendo tanto que se había tirado al suelo. Alice estaba sentada en la barra del bar, escuchando algo que le estaba contando Rose y asintiendo.

Todos se quedaron inmóviles y la miraron, y ella se dio cuenta de que estaba empapada de lluvia y de que estaba hecha un desastre.

Por fuera y por dentro.

–Resulta que de verdad soy demasiado obstinada y cabezota para entrar en razón. Y, además, lo he estropeado todo –añadió con la respiración entrecortada–. Necesito que alguien me lleve.

Todos siguieron mirándola con asombro.

–Ahora –dijo.

Entonces, se dio la vuelta y se dirigió hacia la puerta. Sabía que no iba a tener que esperar. Ellos la apoyaban, igual que la habría apoyado Edward. Abrió la puerta del pub y salió a la calle, y se giró para ver quién había acudido para llevarla, para saber a qué coche tenía que ir.

Todos estaban allí, poniéndose las chaquetas, y a ella casi le explota el corazón en el pecho.

–Gracias –susurró. Peter le dio un abrazo.

–Por ti, cualquier cosa –le dijo–. Ya lo sabes.

–¿Aunque haya sido una idiota?

–Sobre todo, si has sido una idiota –le dijo Jasper–. Vamos.

–¿Todos? –preguntó ella–. No estoy segura de que necesite público para esto.

–Pues te aguantas –dijo Alice–. Eres de nuestra familia. Y la familia permanece unida en Navidad.

A Bella se le empañaron los ojos.

–Todavía no es Navidad –dijo. Peter miró la hora en su teléfono.

–Las once y media –dijo–. Estamos muy cerca.

Entonces, todos se subieron a la furgoneta de Jasper, porque era el único que estaba realmente sobrio.

–¿Adónde? –le preguntó.

–A casa de Edward. Él sonrió.

–Sí, eso ya lo sé. Pero necesito que me digas la dirección. Claro. Iba a decírsela, pero, de repente, se irguió en el asiento.

–¡Primero tenemos que ir a buscar un árbol de Navidad! No tiene árbol, y quiero llevarle uno.

Peter gruñó, pero Jasper no se inmutó. Diez minutos más tarde, todos estaban observando los dos únicos abetos que quedaban en la tienda.

–Ese –dijo Rose, señalando uno muy pequeño que solo tenía tres ramas.

–No, ese –dijo Alice, señalando uno más alto, pero con las mismas ramas. Jasper miró a Bella. Entonces, se volvió hacia el dueño del vivero.

–¿No tiene nada más?

El tipo se encogió de hombros.

–Tengo uno en el camión. Está un poco usado, pero es el mejor de los tres.

–¿Y no lo quiere? –le preguntó Bella. El vendedor sonrió.

–Tengo una cita con mi novia esta noche. Preferiría los cincuenta dólares.

–Cuarenta –dijo Jasper, y pagó el dinero.

Los tres fueron hasta la parte trasera del camión y, diez minutos después, estaban en casa de Edward.

Bella todavía no sabía lo que iba a decir, solo que tenía que decir algo, cualquier cosa, para arreglarlo.

Porque se había hartado de huir.

Cuando Jasper paró el motor, todos la miraron.

Ella miró hacia la casa y reunió valor. Sus amigos le concedieron el silencio que necesitaba. Cuando pensó que podía salir de la furgoneta sin que le fallaran las piernas, abrió la puerta.

Se giró, y vio a la gente a la que quería allí apretada, unos contra otros, que la observaban con diferentes grados de preocupación.

–Estoy bien –les dijo. Sabía la suerte que tenía de que formaran parte de su vida. Sabía que la querían, y creía en sí misma porque ellos creían en ella.

Edward no había tenido nada de eso y, sin embargo, seguía siendo uno de los hombres más increíbles que había conocido. Él nunca había aprendido a querer, pero era capaz de sentir el amor y de decírselo.

Y ella no le había respondido nada. Había hecho que creyera que no se merecía una segunda oportunidad, cuando todo el mundo se la merecía. Y, Dios, aunque ella no se la merecía, esperaba que aquella regla también pudiera aplicársele.

–Gracias por traerme. Mañana los llamo a todos, chicos –les dijo a sus amigos.

–Ah, de eso, nada. No vamos a irnos –dijo Alice–. Nos vamos a quedar aquí, calladitos, portándonos bien… –se interrumpió y miró a los chicos–, y nadie se va a tirar ningún pedo mientras esperamos, o morirá.

–Eh, la última vez, yo no hice nada –dijo Peter–. Yo no soy el intolerante a la lactosa.

–Bueno, disculpa –dijo Emmett–. ¿Cómo iba a saber que el sorbete al que me invitó Rose aquella noche estaba hecho con leche?

–Hoy no ha tomado ningún lácteo –dijo Rose–. Está libre de lácteos.

–No tienen por qué quedarse –les dijo Bella. Jasper cabeceó. Iban a quedarse.

–Hasta que nos digas que todo ha ido bien –dijo–. Avísanos cuando quieras que llevemos el árbol.

De acuerdo. Bella subió las escaleras corriendo, y llamó. No sabía qué esperar, pero, cuando Edward abrió la puerta, ella se quedó sin habla.

Se dio cuenta de que se había quedado muy sorprendido. Edward miró hacia la furgoneta y vio las cinco caras que había allí, apretadas contra un cristal empañado, observando.

–No les hagas caso –dijo ella–. Esta noche no había nada bueno en la tele.

Él estuvo a punto de sonreír. Llevaba a Petunia debajo del brazo, como si fuera un balón de fútbol americano. La gata estaba apoyada en su antebrazo, cómodamente, como si hubiera nacido para estar allí.

Edward solo llevaba una camiseta y unos pantalones de algodón. Iba descalzo. Tenía el pelo revuelto, como si se hubiera pasado los dedos por la cabeza.

Parecía que estaba cansado, reticente y no muy feliz.

«Por mi culpa», pensó Bella.

–¿Cuánto tiempo van a quedarse ahí? –le preguntó él.

–Hasta que yo arregle mi vida –respondió Bella. Entonces, agarró el pomo de la puerta y la cerró en las narices de sus amigos.

–¿Y saben que puedes tardar? –preguntó Edward, irónicamente. Ella se rio y se giró hacia él, mirándolo a la cara.

–¿Me quieres? –preguntó, suavemente.

–Ah, así que me oíste –dijo él.

La tomó de la mano y la llevó a la cocina. Dejó a la gata en el suelo, junto a su cuenco de comida y, como era de esperar, ella metió la cara en el cuenco como si llevara cinco semanas sin comer.

Edward puso los ojos en blanco, tomó un trapo limpio y se lo pasó a Bella por el pelo empapado.

–Estás helada –dijo–. Tienes que darte una ducha caliente, y… -Ella le agarró de la muñeca y lo detuvo.

–Me quieres.

Él dejó el trapo a un lado y le tomó la cara entre las manos.

–Desde el momento en que me dejaste entrar en Pets&Co aquella primera mañana, con ese mal humor –dijo con una pequeña sonrisa–. Y, después, cambiaste mi vida con tu afecto, tu enorme corazón y la mejor sonrisa del mundo.

–Oh –susurró ella. Se le llenaron los ojos de lágrimas, y tuvo que tragar saliva para poder continuar–: Yo también te quiero, Edward.

Oh, Dios. Nunca había pronunciado aquellas palabras en voz alta. Tuvo que inclinarse un momento para intentar contener el súbito mareo.

Dos fuertes manos la irguieron. Cuando lo miró a la cara, Bella se encontró con su sonrisa.

–¿Cuánto te ha dolido eso? –le preguntó. Ella exhaló un suspiro.

–No tanto como me duele haber salido corriendo. Fue igual que cuando intentaste darme la llave: me entró pánico.

–¿Y?

–Y te eché la culpa a ti, por ocultarme cosas, cuando era yo. Dejé que te acercaras, y me enamoré de ti. Y, entonces, de repente, fue como la típica pesadilla de ir desnudo al instituto. Me asusté.

–Ya lo sé. Ven aquí, Bella –dijo Edward, y la tomó entre sus brazos–. ¿Estás asustada ahora?

–No –respondió ella, aferrándose a él.

–Entonces, ten fe en que no te voy a hacer daño.

–Yo siempre he tenido fe en ti. Lo que pasa es que me ha costado tener fe en mí misma.

–Tú tampoco has tenido la culpa de todo, Bella. Yo tenía que haberte dicho que había puesto la casa a la venta, y que estaba recibiendo buenas ofertas. Pero la verdad es que tenías razón desde el principio. En realidad, yo no quería venderla.

Ella alzó la cabeza para mirarlo.

–Entonces, ¿por qué la vas a vender?

–No la vendo –dijo él, negando con la cabeza–. Finalmente, he rescindido la aceptación de la oferta.

–¿Por qué?

–Porque esta casa ya no es solo una casa para mí –dijo él–. Es mi hogar. Y quiero que también sea el tuyo –dijo él, posando su frente sobre la de ella–. Espero que tú quieras lo mismo. ¿Crees que podrás enfrentarte a eso?

Ella le rodeó la cintura con los brazos.

–Conozco a un hombre increíble. Me ha dejado ver cómo aprendía que cerrarse a las emociones no sirve de nada, que merece la pena correr el riesgo de permitir que alguien se acerque.

Él sonrió.

–Parece un tipo muy inteligente. Seguramente, también es muy sexy, ¿no? - Ella se echó a reír.

–Por supuesto.

Edward la miró a los ojos, y la sonrisa se le borró de los labios.

–Te quiero, Bella. Llevo años arriesgándolo todo por mi negocio, y ha llegado la hora de que arriesgue mi corazón por ti.

–¿Y ese riesgo incluye dejarme que ponga un árbol de Navidad aquí?

–Creo que ya es un poco tarde para eso.

–Pues no –dijo ella, y salió corriendo hacia la puerta. Abrió, y saludó con la mano.

Jasper y Peter salieron de la furgoneta, bajaron el árbol y lo subieron por las escaleras.

Edward se quedó asombrado.

–Servicio de entrega de árboles –dijo Peter–. ¿Dónde lo quiere? - Edward miró a Bella.

–Donde lo quiera ella.

–Buena respuesta –dijo Jasper mientras metían el árbol en casa.

Lo dejaron en el salón. Después, fueron hacia la puerta principal. Jasper se volvió y le preguntó a Bella:

–¿Estás bien? - Ella sonrió.

–Sí –dijo él–. Ya veo que estás bien. Y se marcharon.

Edward se pasó una mano por la mandíbula, mirando el árbol, que estaba ligeramente torcido. En la punta tenía un gorro de Santa Claus.

–Estas fiestas van a ser una locura, ¿no? –preguntó. Ella sonrió y lo tomó de la mano.

–Sí. ¿Asustado?

–Ni hablar.

Con una carcajada, ella saltó a sus brazos y se estrechó contra él. Sonrió.

–Umm. Me has echado de menos –dijo–. O, por lo menos, una parte de ti, sí. - Él la besó profundamente.

–Todo mi cuerpo –dijo él–. Te he echado de menos con toda mi alma. Te necesito en mi vida. Tú eres mi vida. Vamos a hacerlo, Bella. Y va a ser genial.

–Sí, por favor. Lo hemos hecho en mi cocina, pero en la tuya, no… - A él se le escapó una risotada, y volvió a besarla.

–Sabes muy bien a qué me refiero. Pero, bueno, tu idea también está bien. Y, después de la cocina, está el baño de arriba. Hay una ducha de mano que te va a gustar –dijo, y sonrió con picardía–. Mucho.

Ella le acarició las mejillas.

–¿Estás seguro?

–Sí, sí. Ese grifo te va a dejar alucinada… Riéndose, ella intentó besarlo, pero él la detuvo.

–Quiero que estés contenta con todo esto –dijo él–. Conmigo.

–Lo sé. Y estoy contenta, Edward. Mucho. Soy completamente tuya.

–Y quiero que me avises si te agobias por algo. No quiero que salgas corriendo…

–Esta noche, cuando pensaba que lo había estropeado todo, he sabido que nunca me agobiaría contigo. Y, ahora, tú: ¿me vas a avisar si te vuelvo loco por algo?

Él se rio.

–Te quiero con locura. Te quiero, Bella.

–Oh –murmuró ella–. Eres bueno.

–Dame cinco minutos en esa ducha y ya verás lo bueno que soy. Ella volvió a sonreír.

–Todavía no te he dado tu regalo de Navidad.

–¿Qué es?

–Yo.

La sonrisa resplandeciente que apareció en la cara de Edward fue más brillante que todas las luces de la ciudad.

–El mejor regalo del mundo –dijo él.

Y Bella supo que las Navidades, por no decir el resto de su vida, ya nunca serían iguales. De hecho, iban a ser mejor de lo que nunca hubiera imaginado.

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Chicas lindas, muchas gracias por acompañarme durante este proceso. Espero que les haya gustado esta historia tanto como a mi.

¡Nos vemos en el epílogo!