Epílogo
Buenos Días Luz Del Sol
La mañana de Navidad, Edward se despertó lentamente, como siempre. Respiró profundamente y sonrió al percibir el olor del champú de Bella. Eso era porque tenía todo su pelo por la cara. Ella se había movido mientras dormía y estaba medio tumbada encima de él, utilizándolo como almohada.
El día ni siquiera había empezado, y ya eran sus Navidades favoritas. Solo habían hecho falta tres palabras, «te quiero, Edward», para que su mundo fuera completo. Sin embargo, era mucho más que eso: el hecho de darse cuenta de que la mujer a la que amaba también lo amaba a él, de que ella estaba dispuesta a perderse en él, porque sabía que siempre se encontraría a sí misma. Era el hecho de que ella confiara en él, creyera en él, en ellos.
Bella llevaba el pijama preferido por él: nada. Solo su piel cálida y suave, y él se la acarició.
–Umpf –murmuró ella, sin moverse ni un centímetro.
Él se quedó quieto, porque no quería despertarla del todo, porque sabía que necesitaba dormir. La había tenido despierta casi toda la noche, repasando varios puntos de su lista.
Había elegido la fantasía del elfo malo y, en una vuelta de tuerca, la había convertido a ella en el elfo. El hecho de verla desnuda con un gorro de elfo y atada a su cabecero se había convertido en su visión favorita de todos los tiempos, pero estaba dispuesto a mejorarlo.
Bella se movió, sin separarse de él.
–¿Por qué has parado? –le preguntó con los ojos todavía cerrados y un tono somnoliento.
Él siguió acariciándola. Cada vez que paraba, ella se movía y emitía un ruidito de descontento, y aquello le hacía reír.
–Feliz Navidad –le murmuró al oído, y tomó el lóbulo de su oreja entre los dientes.
Ella se irguió.
–¡Es Navidad! –exclamó, como si se le hubiera olvidado.
–Sí –dijo él, sujetándola por las nalgas y estrechándola contra su cuerpo. A ella se le escapó un jadeo, y él se deleitó con el sonido. Empezó a abrazarla con más fuerza, pero…
–¡Un momento! –exclamó ella, y se apartó de él. Echó a correr hacia su bolsa, que estaba en el suelo, y dijo–: Yo tengo otro regalo para ti.
–Ummm –dijo él, observándola mientras ella estaba agachada en el suelo, rebuscando por la bolsa–. En estos momentos me estás haciendo un regalo…
Ella tomó la camisa de Edward, que estaba en el suelo, y se la puso. Después, corrió hacia él y saltó en la cama como una niña.
–¡Ábrelo!
Era una bolsa roja. Él miró dentro y sacó un par de… prenda interior con unos ojos con gafas estampados.
–Interesante –dijo Edward.
–¡No, no! –ella se los quitó y volvió a meterlos a la bolsa–. Estos son para Kate.
Se levantó de nuevo y volvió con otra bolsa roja del mismo tamaño que la anterior.
En aquella ocasión, al abrir la bolsa, Edward se encontró una cinta de medir antigua, y se le escapó una exhalación.
–¿Es…
–Del siglo XX –dijo ella–. Tiene una caja de latón con una tabla de conversión al otro lado. Después de que me hablaras de esa vez en la que estuviste trabajando con tu tío y lo mucho que te gustaron sus herramientas antiguas, me pareció que podía gustarte.
–Me encanta –dijo él, maravillado. Era precioso–. ¿Dónde lo has conseguido?
–Lo encontré en una tienda de antigüedades de Divisadero Street –respondió Bella, y se quedó un pozo azorada–. No es mucho, y no sé si funciona de verdad, pero…
Él se inclinó hacia ella y la besó. Después, la miró a los ojos.
–Es perfecta. Tú eres perfecta. - Ella se mordió el labio y sonrió.
–Me alegro de que te haya gustado. Vamos a levantarnos. Tengo una cosa para Petunia en mi bolso, antes de que vengan a recogerla…
–No se la van a llevar.
–¿No?
–No –dijo él–. Llamé a mi tía Sally y le dije que la gata tenía que quedarse conmigo porque tengo un problema de ratones en la casa.
Ella se echó a reír.
–¡No es verdad! ¡No has hecho eso!
–No, claro que no. Le dije a Sally que la gata tiene que quedarse porque su sitio está en esta casa, que me he enamorado varias veces y que necesito que mis chicas estén aquí conmigo.
A Bella se le escapó una carcajada.
–No me voy a hartar de oír eso nunca.
–Miau.
Los dos miraron a Pita, que estaba en el umbral de la puerta.
–Está pidiendo comida –dijo Edward. Bella se echó a reír y bajó de la cama.
–Voy a darle de comer. Ahora vuelvo.
Ella la oyó moverse por la cocina. La oyó ir hasta la lata de pienso y detenerse.
Y sabía por qué. Sabía exactamente qué era lo que había encontrado. Dos segundos más tarde, Bella volvió corriendo a la habitación, y saltó sobre la cama por segunda vez aquella mañana.
Se puso a horcajadas sobre él con los ojos muy brillantes.
–¿Qué pasa? –preguntó él, inocentemente. Ella alzó una cajita de color azul.
–¿Tiffany's?
–¿Vas a interrogarme, o a abrirla?
Ella tiró de la cinta azul de la caja y abrió la tapa.
–Oh, Dios mío –susurró, y se quedó mirando boquiabierta lo que había en su interior: una cadena de platino con una B de brillantes–. Te has acordado del collar que me regaló mi madre cuando era pequeña –dijo con lágrimas en los ojos, y permitió que él se lo pusiera al cuello–. Es precioso. Es lo más bonito que me han regalado nunca.
–Te queda muy bien –dijo él, y la abrazó y acarició hasta que ella se incorporó.
–¿Has hecho alguna vez el amor debajo de un árbol de Navidad? –le preguntó Bella.
–No, pero me apetece –respondió Edward–. Me encantaría empezar una nueva tradición.
Ella se estaba riendo mientras él la llevó hasta el árbol, que todavía estaba sin decorar. Juntos se tendieron bajo las ramas, y ella lo tomó de la mano.
–Por los nuevos comienzos –dijo.
Él se apoyó en un codo y le acarició la mejilla.
–¿Para siempre, Bella?
–Para siempre.
¡Feliz Navidad y Próspero Año Nuevo!
Muchas gracias por acompañarme en este viaje. Ha sido un placer leerlas emocionadas y enojadas. Si desean leer el libro original, se llama The Trouble with Mistletoe by Jill Shalvis. También pueden ver la película en Passionflix, es preciosa.
¿Me siguen en mi siguiente aventura? ¡Atentas!
