Los personajes de Naruto no me pertenecen, si no a Masashi-Sama. La historia es una adaptación. Al final estará el nombre de la autora y de la historia.
INOCENCIA
Prólogo
Inglaterra, 1802
Era sólo una cuestión de tiempo que los invitados a la boda se mataran los unos a los otros.
El barón Hiruzen Sarutobi había tomado todas las precauciones, ya que el rey Obito había elegido su castillo para la ceremonia. Estaba actuando como anfitrión hasta que llegara el rey de Inglaterra, un deber que había aceptado con tanto entusiasmo como un flagelo de tres días, pero la orden había sido impartida por el mismo rey, y Sarutobi, siempre fiel y obediente, la había cumplido de inmediato. La familia de Hyūga y los rebeldes de St. Namikaze habían protestado con vehemencia por su elección. Sin embargo, sus protestas fueron inútiles, ya que el rey estaba decidido a hacerlo a su manera.
El barón Sarutobi comprendió la razón que había más allá del decreto. Desafortunadamente, era el único inglés que aún se llevaba bien con las familias de la novia y del novio.
El barón no hubiera podido alardear sobre esto durante mucho más tiempo. Pensó que su estancia en la tierra se podría medir por los latidos del corazón.
Como la ceremonia se llevaría a cabo en un campo neutral, el rey pensó que la concurrencia se comportaría. Sarutobi sabía que no sería así.
Los hombres que le rodeaban estaban dispuestos a matar.
Una palabra dicha con el tono equivocado, una acción considerada amenazadora podían convertirse en la chispa necesaria para encender el baño de sangre. Sólo Dios sabía las ganas que tenían de pelearse. Se les notaba en los rostros.
El obispo, vestido con la ropa de ceremonia blanca, se sentó en una silla con respaldo alto entre las dos familias enemistadas. No miró ni hacia la izquierda, donde estaban los Hyūga, ni hacia la derecha, donde estaban ubicados los guerreros de St. Namikaze, sólo miró hacia delante.
Para entretenerse, el sacerdote repiqueteaba los dedos sobre el brazo de madera de la silla. Tenía el aspecto de haber comido una porción de pescado agrio. De vez en cuando emitía un agudo suspiro, un sonido que para el barón era igual al relincho de un viejo caballo, y luego dejaba que el maldito silencio envolviera el gran salón otra vez.
Sarutobi sacudió la cabeza con desesperación. Sabía que no obtendría ninguna ayuda del obispo cuando se desencadenara el verdadero problema. La novia y el novio esperaban en alcobas separadas. Sólo serían conducidos, o arrastrados, hasta el salón cuando el rey llegara. Entonces seria mejor que Dios los ayudara, pues seguramente se abriría el infierno.
Realmente, era un día lamentable. Sarutobi tuvo que apostar su propio contingente de guardias entre los caballeros del rey, a lo largo del perímetro del salón como una medida más de disuasión. Nunca se había oído sobre una medida así en un casamiento, sin embargo tampoco se había oído que los invitados acudieran a la ceremonia armados como para una batalla.
Los Hyūga estaban tan cargados con armas que apenas se podían mover. Su insolencia era vergonzosa, su lealtad más que sospechosa. Aun así, Sarutobi no condenaba completamente a los hombres. Era verdad que incluso para él resultaba un desafío obedecer ciegamente a su líder.
Después de todo, el rey estaba loco, como una cabra.
Todo el mundo en Inglaterra sabía que había perdido el juicio, aunque nadie se atrevía a comentarlo en voz alta.
Perderían sus lenguas, o algo peor, si se atrevían a decir la verdad. El casamiento que se iba a formalizar era más que un amplio testimonio para cualquier duda que los Thomas hubieran dejado acerca de que su líder no estaba bien. El rey le había dicho a Sarutobi que estaba decidido a que todos se llevaran bien en su reino. Al barón no le resultó fácil responder a esa expectativa infantil.
A pesar de su locura, Obito era el rey, y Sarutobi creía que los invitados a la boda debían mostrar un poco de respeto. Su conducta injuriosa no podía ser tolerada. Dos de los tíos mayores de los Hyūga estaban acariciando las empuñaduras de sus espadas en una obvia anticipación de la sangría. Los guerreros de St. Namikaze lo advirtieron de inmediato y respondieron adelantándose al unísono. No tocaron sus armas, y a decir verdad, la mayoría de los hombres de St. Namikaze ni siquiera estaban armados. En lugar de ello sonrieron. Sarutobi pensó que esa acción era sólo intimidatoria.
Los Hyūga superaban al clan de St. Namikaze por seis a uno.
Sin embargo, eso no les otorgaba ventaja. Los hombres de St. Namikaze eran mucho más agresivos. Las historias sobre sus correrías eran legendarias. Se decía que le habían sacado un ojo a un hombre porque era bizco; que les gustaba patearle los testículos a un oponente sólo para escucharle gritar; y sólo Dios sabía qué les hacían a sus enemigos. Las posibilidades eran demasiado espantosas como para pensar en ellas.
Una conmoción proveniente del patio desvió la atención de Sarutobi. El ayudante personal del rey, un hombre de rostro hosco, llamado sir Nagato subió rápidamente por la escalera. Llevaba una vestimenta de fiesta, pero las calzas rojas y la túnica blanca llamaban la atención sobre su imponente contextura. Sarutobi pensó que parecía un gallo regordete. Como era un buen amigo suyo se guardó esa desagradable opinión.
Los dos hombres se abrazaron en seguida. Luego Nagato dio un paso atrás, y le dijo en voz muy baja:
—Me adelanté. El rey llegará en unos minutos.
—Gracias a Dios —respondió Sarutobi, con un visible alivio. Se secó las gotas de transpiración de la frente con su pañuelo de lino.
Nagato miró sobre el hombro de Sarutobi, y luego sacudió la cabeza.
—Tu salón está tan tranquilo como una tumba —le susurró—. ¿Tuviste tiempo de entretener a los invitados?
Sarutobi le miró con incredulidad.
—¿Entretenidos? Nagato, para entretener a esos bárbaros se necesitaría un sacrificio humano.
—Veo que tu sentido del humor te ha ayudado a superar esta atrocidad —le contestó su amigo.
—No estoy bromeando —replicó el barón—. Tú también dejarás de sonreír cuando adviertas en lo volátil que se ha convertido esta situación. Los Hyūga no trajeron regalos, mi amigo. Están armados para la batalla. Sí, lo están —le aseguró al ver que su amigo sacudía con incredulidad la cabeza—, y traté de que dejaran su arsenal afuera, pero no me escucharon. Hoy no están muy complacientes.
—Ya veremos —murmuró Nagato—. Los soldados que escoltan a nuestro rey los desarmarán en seguida. Yo tendría que estar loco si permito que nuestro señor entre en una arena tan amenazadora. Esto es una boda, no un campo de batalla.
Nagato demostró que podía cumplir con su amenaza. Los Hyūga apilaron sus armas en un rincón del gran salón cuando el enfurecido ayudante del rey les dio la orden. La demanda fue respaldada por unos cuarenta soldados leales que tomaron sus posiciones rodeando a los invitados. Incluso los bribones de St. Namikaze entregaron sus pocas armas, pero sólo después de que Nagato ordenó que los soldados colocaran las flechas en sus arcos.
Sarutobi pensó que, si vivía para contar la historia, nadie se la creería. Gracias a Dios, el rey Obito no tenía idea de qué medidas extremas se habían tomado para asegurar su protección.
Cuando el rey de Inglatera entró en el gran salón, los soldados bajaron inmediatamente sus arcos, aunque las flechas permanecieron en ellos por si se necesitaba un rápido disparo.
El obispo se levantó de la silla, se inclinó formalmente ante su rey, y luego le indicó que tomara su asiento.
Dos de los abogados del rey, cargados con documentos, seguían sus pasos. Sarutobi esperó hasta que su líder se sentara y luego se arrodilló ante él. Repitió su voto de lealtad en voz alta, con la esperanza de que sus palabras avergonzaran a los huéspedes y mostraran igual consideración.
El rey se inclinó hacia delante, con sus grandes manos sobre las rodillas.
—Tu rey patriota está complacido contigo, barón Sarutobi. Soy tu rey patriota, campeón de todas las personas, ¿verdad?
Sarutobi estaba preparado para esa pregunta. Hacía años que el rey había decidido llamarse así, y le gustaba escuchar esa afirmación cada vez que era posible.
—Sí, mi señor, eres mi rey patriota, campeón de todas las personas.
—Ése es un buen chico —susurró el rey.
Extendió la mano y le palmeó la cabeza calva a Sarutobi. El barón se sonrojó. El rey le estaba tratando como a un joven escudero. Pero incluso el barón comenzaba a sentirse como tal.
—Ponte de pie, barón Sarutobi, y ayúdame a controlar esta importante situación —le ordenó el rey.
Sarutobi lo hizo de inmediato. Cuando miró de cerca a su líder tuvo que esforzarse para no mostrar ninguna reacción.
Se sorprendió al ver el deteriorado aspecto del rey. Obito había sido una figura atractiva en sus días de juventud. La edad no había sido amable con él. Sus arrugas eran más profundas y tenía bolsas de fatiga en los párpados. Usaba una peluca blanca, con los extremos hacia arriba en los lados, pero el color le oscurecía el cutis.
El rey sonrió a su vasallo con inocente expectativa. Sarutobi también le sonrió. Había tanta bondad y sinceridad en la expresión de su líder. El barón se sintió repentinamente mal por él. Durante muchos años, antes de que su enfermedad le confundiera, Obito había sido mucho más que un rey ideal.
Su actitud hacia sus súbditos había sido la de un padre benevolente que cuida a sus hijos. Merecía más de lo que estaba recibiendo.
El barón se colocó junto al rey, y luego se volvió para mirar al grupo de hombres que consideraba infieles. Les ordenó con furia:
—¡Arrodíllense!
Todos se arrodillaron.
Nagato estaba observando a Sarutobi con una expresión de sorpresa en el rostro. Obviamente no había advertido que su amigo podía ser tan enérgico. Y Sarutobi tenía que admitir que hasta el momento tampoco lo había hecho.
El rey se sintió complacido por la muestra de lealtad y eso era todo lo que importaba.
—¿Barón? —le dijo mirando en dirección a Sarutobi—. Ve a buscar a la novia y al novio. Se hace tarde, y hay mucho que hacer.
Mientras Sarutobi hacía una reverencia en respuesta a esa orden, el rey se volvió y miró a sir Nagato
—¿Dónde están todas las damas? No veo ninguna. ¿Por qué, Nagato?
Nagato no quería decirle la verdad al rey: que los hombres no habían traído a sus mujeres porque estaban preparados para la guerra y no para el júbilo. Esa honestidad sólo lastimaría los tiernos sentimientos del rey.
—Sí, mi rey patriota —contestó Nagato—, yo también advertí la falta de damas.
—Pero ¿por qué? —insistió el rey.
La mente de Nagato no tenía ninguna explicación plausible para esa particularidad. En su desesperación llamó a su amigo.
—¿Por qué, Sarutobi?
El barón había llegado a la entrada. Advirtió el tono de pánico en la voz de su amigo y se volvió de inmediato.
—El viaje hubiera sido demasiado dificultoso para unas damas tan... frágiles —le explicó.
Casi se sofoca con sus palabras. La mentira era atroz, ya que cualquiera que conociera a las mujeres Hyūga sabía que eran tan frágiles como chacales. Sin embargo, la memoria del rey Obito no andaba muy bien como para darse cuenta.
El barón se detuvo para observar a los Hyūga. Después de todo, lo que le obligó a mentir fue su comportamiento.
Luego siguió su camino.
El novio fue el primero en responder a la llamada. Tan pronto como el alto y delgado marqués de St. Namikaze entró en el salón se abrió un ancho sendero para que pasara.
El novio entró en el salón como un poderoso guerrero listo para inspeccionar a sus súbditos. Si hubiera sido tosco, Sarutobi habría pensado que era un joven y arrogante Genghis Khan. Sin embargo, el marqués no era para nada tosco. Tenía el cabello rubio y ojos celestes claros. Su rostro era delgado, anguloso, y ya tenía la nariz rota por una pelea que, por supuesto, había ganado. La pequeña protuberancia que tenía hacía que su perfil fuera más rudamente hermoso.
Naruto, como le llamaban sus familiares cercanos, era uno de los nobles más jóvenes del reino. Tenía catorce años y un día.
Su padre, el poderoso conde de Konofield, estaba fuera del país cumpliendo con una importante asignación para su gobierno, y por lo tanto no podía estar junto a su hijo en esta ceremonia. En realidad, el conde no tenía idea de que este casamiento se estaba llevando a cabo. El barón sabía que se pondría furioso cuando se enterara. El conde era un hombre muy desagradable en condiciones normales y cuando le provocaban podía ser tan vengativo y perverso como Satanás.
Era tan desconsiderado como toda la familia St. Namikaze junta.
Sin embargo, aunque a Sarutobi no le agradaba el conde, sí le agradaba Naruto. Había estado en compañía del muchacho varias veces, y en cada ocasión advirtió que Naruto escuchaba las posiciones de los demás y luego hacía lo que le parecía mejor. Sólo tenía catorce años, sí, pero ya era todo un hombre. Sarutobi le respetaba. También sentía un poco de pena por él, ya que cada vez que habían estado juntos nunca le había visto sonreír. Pensaba que eso era una pena.
El clan St. Namikaze nunca le llamaba por su nombre. Se referían a él como al «muchacho», ya que para ellos aún tenía que probar su valor. Había pruebas que tenía que superar primero. Los familiares no dudaban del eventual éxito del muchacho. Creían que era un líder natural, sabían que por su contextura sería un hombre muy grande y esperaban que fuera, sobre todo, tan rudo como ellos. Después de todo, era parte de la familia y había ciertas responsabilidades que recaerían sobre sus hombros.
El marqués miró directamente al rey de Inglaterra mientras se dirigía hacia él. El barón le observó atentamente. Sabía que los tíos le habían indicado a Naruto que no se arrodillara ante su rey a menos que él se lo ordenara.
Naruto ignoró sus instrucciones. Se arrodilló sobre una rodilla, bajó la cabeza y recitó su voto de lealtad con voz firme. Cuando el rey le preguntó si era su rey patriota, el esbozo de una sonrisa aflojó en la expresión del muchacho.
—Sí, mi señor —contestó Naruto—. Usted es mi rey patriota.
La admiración del barón por el marqués aumentó diez veces, y por la sonrisa del rey advirtió que él también estaba complacido. Los familiares de Naruto no lo estaban. Sus miradas era tan enardecidas como para encender una hoguera. Los Hyūga no podían sentirse más felices. Se sonreían con júbilo.
Repentinamente, Naruto se puso de pie con un movimiento ágil. Se volvió y observó a los Hyūga durante un prolongado y silencioso momento, y su mirada fría como el hielo pareció congelar la insolencia de los hombres. El marqués no volvió a mirar al rey hasta que la mayoría de los Hyūga bajó la mirada al suelo. Los hombres de St. Namikaze no pudieron evitar refunfuñar su aprobación.
El muchacho no estaba prestando atención a sus familiares.
Se quedó de pie, con las piernas separadas, las manos cruzadas en la espalda y la mírada fija hacia delante. Su expresión sólo mostraba fastidio.
Sarutobi se dirigió directamente hacia Naruto para poder asentir con la cabeza y mostrarle lo complacido que estaba con su conducta.
Naruto también respondió asintiendo con la cabeza.
Sarutobi ocultó su sonrisa. La arrogancia del muchacho conmovía su corazón. Se había plantado frente a sus familiares, ignorando las terribles consecuencias que seguramente se producirían, y había hecho lo correcto.
Sarutobi se sentía como un padre orgulloso, una reacción bastante extraña ya que el barón nunca se había casado y no tenía hijos.
Se preguntaba si la máscara de hastío de Naruto perduraría durante toda la extensa ceremonia. Mientras pensaba en eso fue a buscar a la novia.
Cuando llegó al primer piso oyó que ella lloraba. El sonido fue interrumpido por el grito enojado de un hombre. El barón llamó a la puerta dos veces antes de que el conde de Hyūga, el padre de la novia, la abriera.
El conde tenía el rostro tan rojo como si se hubiera quemado con el sol.
—Ya era hora —bramó el conde.
—El rey se retrasó —respondió el barón.
El conde asintió abruptamente con la cabeza.
—Entra, Sarutobi. Ayúdame para que ella baje por la escalera, hombre. Está siendo muy obstinada.
La voz del conde reflejaba tanta sorpresa que Sarutobi casi sonrió.
—He oído que la obstinación es propia de las hijas tan jóvenes.
—Nunca he oído eso —murmuró el conde—. La verdad es que es la primera vez que estoy a solas con Hinata. No estoy seguro de que sepa exactamente quién soy —agregó—. Se lo dije, por supuesto, pero no está de humor para escuchar nada. No tenía idea de que pudiera ser tan difícil.
Sarutobi no pudo ocultar su asombro ante las afirmaciones del conde.
— Hiashi —le contestó usando el nombre de pila del conde—, según recuerdo tienes otras dos hijas mayores que Hinata. No comprendo cómo puedes ser tan...
El conde no le dejó terminar.
—Nunca tuve que estar con ninguna de ellas —murmuró.
Sarutobi pensó que esa confesión era espantosa. Sacudió la cabeza y siguió al conde para entrar en la habitación. A lo lejos pudo ver a la novia. Estaba sentada en un banco ubicado junto a la ventana, mirando hacia fuera.
Dejó de llorar tan pronto como le vio. Sarutobi pensó que era la novia más encantadora que jamás había visto. Una catarata de rizos negros enmarcaba un rostro angelical.
Tenía una corona de flores primaverales sobre la cabeza y un racimo de pecas sobre la nariz.
Las lágrimas rodaban por sus mejillas y tenía más en sus ojos aperlados.
Llevaba puesto un vestido blanco largo con bordes de encaje en los puños y el bajo. Cuando se puso de pie el cinturón bordado se cayó al suelo.
Su padre dijo una blasfemia en voz alta.
Ella la repitió.
—Ya es hora de que bajemos, Hinata —le ordenó su padre, con un tono tan amargo como el gusto del jabón.
—No.
—Cuando lleguemos a casa te vas a arrepentir de esto, jovencita. Por Dios que lo haré, espera y lo verás.
El barón no entendió la absurda amenaza del conde y pensó que Hinata tampoco lo había hecho.
Ella miró fijamente a su padre con una expresión de desidia en el rostro. Luego bostezó y se volvió a sentar.
— Hiashi, si gritas a tu hija no conseguirás nada —le señaló el barón.
—Entonces le daré una buena bofetada —murmuró el conde.
Se adelantó hacia su hija con la mano levantada como para darle el golpe.
Sarutobi se colocó adelante del conde.
—No la golpearás —le dijo Sarutobi enojado.
—¡Ella es mi hija! —gritó el conde—. ¡Haré lo que sea necesario para lograr su cooperación!
—¡Eres un huésped en mi casa, Hiashi! —respondió el barón, y advirtió que él también estaba gritando y de inmediato bajó la voz—. Déjame intentarlo.
Sarutobi se volvió hacia la novia. Hinata no parecía para nada preocupada por el enojo de su padre. Volvió a bostezar.
— Hinata, todo terminará en seguida —le dijo el barón.
Se arrodilló delante de ella, le sonrió y la obligó gentilmente a ponerse de pie. Mientras la elogiaba le volvió a colocar el cinturón en la cintura. Ella volvió a bostezar.
La novia necesitaba una siesta con urgencia. Permitió que el barón la condujera hacia la puerta, pero repentinamente regresó al asiento de la ventana y tomó una vieja manta que parecía tres veces más grande que ella.
Luego regresó hasta el barón y le volvió a tomar de la mano. La manta le colgaba de un hombro y le caía hasta el suelo como una montaña. Tenía el borde sujeto debajo de la nariz.
Su padre trató de quitarle la manta.
Hinata comenzó a gritar, su padre comenzó a maldecir y al barón comenzó a dolerle la cabeza.
—Por el amor de Dios, Hiashi, deja que lleve esa cosa.
—¡No lo haré! —gritó el conde—. Es ofensivo. No lo permitiré.
—Deja que la lleve hasta que lleguemos al salón —le ordenó el barón.
Finalmente, el conde se rindió. Miró a su hija, tomó su posición frente a ellos y comenzó a bajar por la escalera.
Sarutobi pensó que le hubiera gustado que Hinata fuera su hija. Cuando le miró y le sonrió con tanta confianza sintió deseos de abrazarla. Sin embargo, su disposición sufrió un cambio radical cuando llegaron a la entrada del salón y su padre trató de volver a quitarle el velo.
Naruto se volvió al oír el ruido que provenía de la entrada.
Abrió grandes sus ojos pues no podía creer lo que estaba viendo. No había demostrado interés como para formular preguntas sobre la novia, pues estaba seguro de que su padre cambiaría los documentos en cuanto regresara a Inglaterra, y por esa razón se sorprendió más aun al verla.
La novia era un demonio. Naruto no podía mantener su expresión de hastío. El conde de Hyūga gritaba más que su hija. Sin embargo, ella tenía mucha más determinación. Se había aferrado a una de las piernas de su padre y estaba tratando de morderle una rodilla.
Naruto sonrió. Sus familiares no fueron tan discretos, sus risas llenaron el salón. Por otra parte, los Hyūga estaban completamente consternados. El conde, que era su líder, había alejado a su hija de su rodilla y estaba forcejeando por lo que parecía una vieja manta de caballo. Pero tampoco estaba ganando la batalla.
El barón Sarutobi perdió los últimos vestigios de su compostura. Levantó a la novia en sus brazos, le quitó la manta al padre y se dirigió hacia Naruto. Sin mayores ceremonias colocó a la novia y la manta en los brazos del novio.
Tenía que aceptarla o dejarla caer. Naruto estaba tratando de decidirse cuando Hinata vio que su padre se dirigía hacia ella.
Se abrazó rápidamente al cuello de Naruto.
Hinata continuó mirando sobre el hombro de Naruto para asegurarse de que su padre no la sacara de allí. Cuando tuvo la certeza de que estaba segura se volvió para mirar al extraño que la estaba sosteniendo. Le miró fijamente durante un rato.
El novio permaneció tan erguido como una lanza. Comenzó a transpirarle la frente. Sentía su mirada sobre el rostro, pero no se atrevió a mirarla. Podía decidir morderle y entonces no sabría qué hacer.
Decidió que tendría que superar cualquier incomodidad que le ocasionara. Después de todo, él era casi un hombre y ella sólo una niña.
Naruto continuó mirando directamente al rey hasta que Hinata le tocó una mejilla. Finalmente, se volvió para mirarla.
Tenía los ojos aperkados más bellos que jamás había visto.
—Papá me va a golpear —le anunció con un mohín.
Él no mostró ninguna reacción ante esa afirmación. Hinata se cansó de mirarle. Sus ojos se entrecerraron. Él se puso aun más tenso cuando ella se apoyó sobre su hombro y presionó el rostro sobre su cuello.
—No dejes que papá me pegue —susurró.
—No —le respondió.
Repentinamente, se había convertido en su protector. Naruto ya no podía mantener su expresión de hastío. Tomó bien en sus brazos a su novia y aflojó su postura.
Hinata, agotada por el largo viaje y su enérgico berrinche, tomó un extremo de la manta y se lo colocó bajo la nariz. En unos minutos se quedó profundamente dormida.
El novio no supo su edad hasta que el abogado comenzó a leer las condiciones de la unión.
Su novia tenía cuatro años.
Continuará...
Bueno chicos ésta es la última historia que tengo para adaptar... por ahora jeje.
Me ha encantado, los personajes están un poco fuera de sus personalidades, pero me encantó la historia y quería traerlas a ustedes.
