DISCLAIMER: TODOS LOS PERSONAJES PERTENECEN A STEPHANIE MEYER Y A LA SAGA CREPÚSCULO.
Antes de comenzar con esta nueva historia me gustaría daros las gracias a aquellas nuevas lectoras que le habéis dado una oportunidad a mis antiguas historias dándole al like o incluso dejando algún comentario. Sois maravillosas.
También quiero dar las gracias a todas las que me habéis enviado mensajes para preguntarme por nuevas historias. Me sigue asombrando (y emocionando) las palabras tan bonitas que me dedicáis. MIL, MILLONES DE GRACIAS.
Confieso que no sé si debería estar subiendo esta historia porque ni la tengo acabada y justo ahora salgo de viaje pero he tenido el impulso y después de tener mucho tiempo la historia parada me ha venido la inspiración y las ganas de escribir (es la segunda versión. Hay una primera con casi 28 capítulos que abandoné... así que podéis haceros una idea de la impulsividad) Espero que os guste este primer capitulo. Espero que tenga algo de aceptación y continuar subiendo esta nueva aventura de Bella y Edward.
Una cosita más... El titulo del fic está inspirado en la canción de MANUEL CARRASCO - SI ESTÁS AQUÍ. No os doy más pistas ;)
Sin más os dejo con el capítulo introductorio de manos de Bella. Con ganas y nervios que os guste.
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DERRUMBÁNDOME
BPOV
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-¿Entonces me confirman que lo tienen disponible? – pregunté relajando mi cuerpo en mi vieja silla de oficina.
Llevaba dos meses buscando este regalo para Charlie y hasta hoy, el mismo día de su cumpleaños, no había podido encontrar un lugar en el que me aseguraban que lo tenían disponible. Por suerte, estaba sólo a una hora en coche de Seattle, nada que no pudiera gestionar saliendo un poco antes de trabajar hoy. Era lo bueno de ser mi propia jefa.
Charlie Swan, mi padre, era un hombre de negocios atascado en el cuerpo de un pescador. Siempre había querido una reproducción de cierta caña de pescar de hace más de sesenta años. Su único capricho era su más preciada colección, la de sus cañas de pescar. Ésta en concreto la llevaba buscando casi media vida y nunca la había encontrado. Hasta hoy. Este año me propuse regalársela para su cumpleaños. No había nada que no pudiera conseguir cuando me lo proponía pero, por encima de cualquier cosa, no había nada que no pudiera hacer por mi padre, el hombre que me salvó.
Con mi ánimo renacido por las nuevas y buenas noticias marqué uno de los tres números de teléfono que me sabía de memoria.
Solo tuve que esperar dos tonos antes de escuchar la voz profunda de mi Charlie.
No fue ninguna sorpresa que contestara con tanta premura.
Papá vivía para dos cosas la vida; Para mí y para su empresa. Tenía una empresa de telecomunicaciones muy importante. La había levantado de la nada, con mucho esfuerzo y aunque hacía décadas que estaban consolidados entre las empresas más importantes del país siendo un referente del sector, seguía trabajando al pie del cañón como si fueran unos novatos que necesitaban demostrar cada día su valía.
Lo admiraba. Era parte de lo que me había enseñado. Da igual cuánto dinero tengas o cuán lejos hayas llegado, todo en esta vida puede ser efímero si no luchas cada día como si fuera el primero.
Siempre fui una buena estudiante, era mi manera de demostrarle a papá que también valía. De devolverle todo lo que había hecho por mí, aunque él nunca me lo exigió. Decidí estudiar economía y conseguí mi primer trabajo en una gran editorial, en el departamento de contabilidad, pero mi pasión era la literatura. Me sentía entre dos mundos. La obligación que yo misma me impuse y mi verdadera vocación.
Lo sabía pero lo negaba.
Papá lo sabía y me lo recordaba cada día cuando llegaba a casa.
Y mi jefe en la editorial lo acabó deduciendo por todas las veces que me escabullía a leer los manuscritos a escondidas.
No tardé mucho en entender qué sustentaba esa famosa editorial y lamentablemente no era el talento. Sino el dinero. Fue gracias a mis peculiares excursiones a la sala de correo de la editorial que pude comprobar como muchos sobres con copias de manuscritos realmente buenos eran descartados por motivos banales e injustos. No tardé en cansarme de atender a reuniones absurdas con gente que era incapaz de abrir su mente para identificar lo realmente valioso. Un día, finalmente, decidí presentar mi renuncia.
Nadie que me conocía realmente se sorprendió lo más mínimo. Aún recuerdo a la carcajada de mi padre mientras me decía que era algo que debería haber hecho hacía mucho tiempo. Reuní un poco de los ahorros que había conseguido trabajando esos años y que tanto me había costado acumular y monté mi propia editorial. Era una empresa tan pequeña y humilde que la instalé en el comedor de mi apartamento. No tenía dinero para permitirme un local en esta condenada y cara ciudad. Sabía que nunca sería una gran firma, pero no lo necesitaba, me bastaba con saber que estaba dándole la oportunidad a personas con verdadero talento para publicar sus obras. Ellos también sabían que no les podía ofrecer grandes promesas. Pero no era mi intención. Tan solo darles el primer empujón. No llenaría mis cuentas bancarias de millones de dólares pero funcionaba para mí.
Dar una oportunidad a aquellos a los que el mundo les daba la espalda.
Sí, definitivamente, funcionaba más que bien para mí.
-Buenos días, mi vida. – contestó alegre, como siempre que lo llamaba, sacándome de mis recuerdos.
Charlie nunca rechazaba mis llamadas, tampoco las respondía malhumorado, independientemente, de cuanto trabajo tuviera encima o lo mal que se lo estuvieran haciendo pasar sus clientes. No me gustaba que estuviera envuelto en ese mundo de estrés constante y de gente que tan solo le quería por interés, pero era inútil intentar convencerlo de que lo dejara.
-Muy buenos días Señor Swan… - respondí - ¿Cómo ha amanecido en su día? – pregunté divertida.
Papá nunca le había gustado celebrar sus cumpleaños con mucha pompa. En eso también nos parecíamos, pero siempre hacía su mejor esfuerzo para contentar mis deseos, y celebrar el día que vino al mundo la persona que más ha hecho por mí en la vida era mi capricho.
-Muy bien... Muchas gracias por el pastel – contestó confirmándome que el pedido a domicilio que había encargado había llegado.
Me gustaba que todo saliera como estaba previsto.
-Me hubiera gustado llevártelo yo misma pero hace una hora que he llegado a la ciudad. – me disculpé por no haber podido desayunar con él como siempre hacía.
-No te preocupes mi vida. He guardado un buen trozo para compartirlo con mi chica preferida después de nuestra cena. – explicó papá comprensivo, como siempre.
Había pasado los dos últimos días en Nueva York intentando conseguir un nuevo inversor que con suerte me permitiría poder gastar más en publicidad o maquetaje, pero debido a este agotador viaje tendría que aumentar mi media diaria de cafeína para llegar despierta a la cena de cumpleaños de Charlie, pero era nuestra tradición, así que no tenía opción. Ya me había perdido nuestro desayuno, no me perdería la cena también.
Además necesitaba esa cena para calmar mis nervios.
-No esperaba menos de ti… Además, no compré el pastel más grande por nada – bromeé con él. Su risa se coló inmediatamente a través del otro lado de la línea. – Muchas felicidades papá. Te quiero mucho. Mucho. – le felicité y como cada año un nudo se instaló en mi garganta.
Ninguno de los dos éramos muy expresivos con nuestros sentimientos pero en las ocasiones especiales nunca le negaba escuchar lo mucho que le quería. Lo era todo para mí.
-No más que yo. – me retó Charlie.
-Ayyyy papá sabes que no tienes razón pero como es tu cumpleaños te dejaré ganar esta discusión. No está bien llevarle la contraria a alguien que se hace tan mayor. – bromeé con él haciéndolo reír de nuevo.
Escuché ruido de fondo en la llamada.
-Un segundo pequeña – se disculpó su llamada abandonando momentáneamente su atención de mi llamada. – No me dan ni un respiro el día de mi cumpleaños, tengo que dejarte ahora. ¿Te llamo después? – me explicó papá.
-No te preocupes, concéntrate en tu trabajo pero a las ocho te quiero completamente libre para mí. Te paso a buscar para ir a cenar y no aceptaré excusas ni retrasos. – Le dije.
-Nunca me olvidaría de una cita con mi pequeña. Te quiero. – me contestó.
-¡No más que yo! – contesté rápidamente antes de colgar y que pudiera llevarme la contraria en nuestro particular juego.
Con una sonrisa continué con mi jornada laboral. Tenía demasiadas cosas que hacer por delante.
…
-Buenos días Señorita Swan – me saludó Levent, el guardia de seguridad de la torre de oficinas en la que la empresa de papá estaba asentada desde hacía más de veinte años.
-Buenos días Levent. ¿Cómo estás? – pregunté con una sonrisa. No venía mucho por aquí pero las veces que lo hacía siempre tenía un semblante tranquilo y amable. Me costaba confiar en las personas, pero me gustaban ese tipo de gente.
-Muy bien. La hemos echado de menos últimamente – Me contestó.
Últimamente llevaba muchos meses fuera de casa intentando conseguir esos malditos inversores y no había podido pasar muy poco tiempo con los míos debido a que me estaba llevando más tiempo del esperado acabar de firmar definitivamente con algunos. Había pocas personas que quisieran arriesgarse y se me acababa la paciencia, el tiempo y sobretodo el dinero. Pero a pesar de eso mi agenda estaría más tranquila, al menos durante los próximos seis meses, así que podría hacer todos esos planes que llevaba posponiendo durante tanto tiempo.
-He estado muy ocupada y casi no he parado por la ciudad, pero ahora estaré más tranquila y le podré dedicar a papá el tiempo que merece. Quizás a quien no le veis el pelo es a él a partir de ahora– le expliqué soñadora haciéndonos reír a ambos sabiendo que lo que estaba diciendo era una utopía.
Charlie Swan no iba a tomarse ni dos días de vacaciones por mucho que intentara sacarlo arrastras de esa enorme oficina. No tenía tanto poder. Nadie en este planeta tenía tanto poder.
-Me gustaría ver eso, Señorita Swan. – me respondió divertido.
-A mí también, Levent, a mí también – claudiqué mientras me despedía con la mano dirigiéndome a los enormes ascensores.
No quedaban muchos trabajadores a estas horas. Era lo bueno de venir fuera de horas de oficina que no tendría que ir apretujada entre la multitud que se agolpaba en los ascensores sin ser ni conscientes de quien tenía al lado. Era de las cosas que más disfrutaba de haber sido valiente y montar mi pequeña empresa. Valoraba cada detalle y uno de esos era el tiempo y las personas con las que trabajaba. Había aprendido que se gana más preguntándole por ese hijo que se había roto un brazo en el parque a un padre preocupado que acribillándolo con grandes ofertas.
Cuando llegué a la planta en la que se encontraban las oficinas de los máximos responsables de Swan's Network reinaba el silencio. La mayoría de las oficinas se encontraban cerradas y en la oscuridad, signo de que hacía un buen rato que sus ocupantes se habían marchado. Faltaban cinco minutos para las ocho de la tarde, y como era habitual solo había dos cubículos por los que se colaban esos rayos de luz blanca artificial tan característica de las oficinas de todo el país.
-Vaya, vaya, vaya…. La hija prodiga ha vuelto a la ciudad – escuché esa voz profunda y segura que había perseguido mis pensamientos durante buena parte de mi vida.
Dirigí mi vista hasta la fuente de mi tormento.
Edward Cullen estaba plantado, delante de mí en todo su esplendor. Destilando seguridad y magnetismo.
Un traje negro impoluto y su pelo cobrizo imposible de peinar, le daba un punto rebelde que había sabido explotar desde que entró en la adolescencia. Pero, sin duda, su marca de identidad eran sus ojos verdes. Siempre había sentido que me traspasaba con su mirada y podía saber exactamente todo lo que ocurría dentro de mí con una simple ojeada.
Edward Cullen era el hijo de Carlise y Esme Cullen, los mejores amigos de papá. Ellos eran doctores, pero igual que yo él no había seguido el camino de sus progenitores. Había trazado su propio camino.
Uno muy exitoso, sin duda.
Después de graduarse con honores en la universidad comenzó a trabajar con papá. Charlie había insistido en contratarlo sabiendo de primera mano el talento que Edward tenía y aunque él, como siempre, se había hecho de rogar acabó aceptando su oferta para acabar convirtiéndose en la mano derecha de papá.
Era un genio. Se había hecho un nombre en el mundo empresarial y con su llegada a puestos directivos, Swan's Network había despegado adaptándose a los nuevos tiempos y liderando el mercado.
Era bueno.
Condenadamente bueno.
Una de las grandes mentes y promesas según Time.
-Me gustaría decir que siempre es un placer verte Edward, pero no me gusta perder mi tiempo y menos hoy. – le contesté pasando de largo dirigiéndome a la oficina de papá.
Edward y yo hacía años que no nos llevamos bien. Nuestra relación actual era nula, al contrario que con su hermana Alice.
Alice era un huracán, de hecho Edward la llamaba duende diabólico, y debo admitir que el apodo era bastante acertado, la mayoría de las ocasiones. Alice tenía la misma edad que yo, y eso había hecho que viviéramos todas nuestras experiencias vitales juntas.
Con ella todo era fácil, su carácter era dicharachero y alegre. Siempre regalando una sonrisa a cualquier persona con la que se cruzaba. Algo que su hermano no había heredado. Aunque si quería ser justa no lo era conmigo, con el resto de la humanidad parecía más cercano que conmigo.
Las cosas entre Edward y yo nunca funcionaron. Al menos no desde que yo dejé de ser una niña pequeña que lo seguía a todos lados.
Estamos destinados a no entendernos. Lo había asumido. Todo el mundo de nuestro alrededor lo había hecho.
-Vaya, y yo que pensaba que me guardarías un hueco en tu coche para ir al restaurante – contestó por el puro placer de sacarme de mis casillas, estaba segura.
Carlise y Charlie crecieron juntos. Casa por casa y durante muchos años fueron la única familia que tuvo papá. No me podía imaginar mi vida sin ellos, así que los Cullen eran los únicos invitados a la cena de cumpleaños de papá.
-Es demasiado pequeño para acogerte a ti y a tu ego. – respondí dándole la espalda llegando a la puerta del despacho de Charlie.
Edward no me dijo nada solo lo escuché gruñir seguido del sonido de unos pasos, supongo que dirigiéndose al ascensor.
-¿Papá? – Pregunté al ver su gran silla presidencial girada hacía los ventanales. Siempre decía que lo que más le gustaba de estas oficinas eran sus vistas, por eso nunca había sido capaz de abandonarlas y establecerse en algún otro lugar de la ciudad.
No me contestó.
Entré extrañada al despacho que tan bien me conocía… Había pasado muchas horas viéndolo trabajar mientras hacía mis deberes. Me gustaba estar aquí, me relajaba tenerlo cerca.
-Papá no me digas que te has quedado dormido – bromeé con él sin encontrar respuesta por su parte. –
Mis pies quedaron anclados en el suelo, paralizada por un miedo repentino.
Papá nunca me ignoraba.
-¿Pa…Papá? – mis manos temblaban cuando las dirigí a su asiento de cuero marrón para darle la vuelta.
Ojalá nunca lo hubiese hecho.
-¡Papá!- chillé sintiendo el pánico inundar mi cuerpo. – Papá…. Charlie…. Por favor, no…. No…. No… Papá respóndeme – le supliqué con la voz entrecortada y lágrimas cayendo por mis ojos sin piedad.
Le toqué su cara blanca y helada cayéndome a sus pies, incapaz de sostener mi propio peso. Cogí su mano tirando de él para hacerlo reaccionar. Fue inútil. No había fuerza ni vida en su cuerpo.
Continué suplicándole que abriera los ojos. Que no me dejara. Rogando que todo esto fuera una broma o una maldita pesadilla. Una más de las muchas que me habían perseguido toda mi vida.
-Bella… ¿Qué pasa? – me pareció escuchar la voz de Edward preguntar confundido pero mi cabeza estaba demasiado nublada para nada más que no fuera aferrarme a las piernas del hombre que me había salvado la vida hace veintidós años.
-Papá no… por favor… no me dejes sola… papá… por favor – supliqué como nunca había hecho en mi vida, inundada en mi propio llanto aun sabiendo que este sería el único deseo que Charlie Swan dejaría sin cumplir.
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NA:
Obviamente hay muchos huecos en la historia. Éste es solo un capitulo introductorio, habéis conocido a Bella…. Pero algo de misterio tendremos que mantener. Sino qué gracia tiene...
Os dejo las edades que os conozco y sé que me vais a preguntar: Alice y Bella: 29 Edward: 35
Como he dicho salgo unos días de viaje, así que será imposible actualizar. Al volver si os ha gustado continuaré con esta nueva Bella y Edward.
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