Retroalimentación.

E A Blake chapter 18 . Jun 18: En efecto, la quiniela comienza. ¡Hagan sus apuestas, señores! La historia será necesaria, sin contexto no puede haber texto, y exploraremos, aunque sea de forma superficial, lo que trajo a nuestros personajes acá además del destino. Lo de Eriol y Kurogane, debo decir, es algo que a mí personalmente también me llamó mucho, aunque no entusiasmó mucho a mi editora, si debo decirlo. Descubramos si tus elucubraciones son correctas. ¡Gracias por comentar!

MissCerezoo chapter 17 . Jun 24: Hola. Es bueno tenerte por acá, ve a tu ritmo, con que vengas y me dejes tu análisis, por mí perfecto. Esa mujercita trae algo oculto, por fortuna, el observador se junto con el desconfiado. Es bueno ver que queda claro que la magia, por poderosa que sea, no será lo que zanje este problema, el poder, de una forma u otra, tendrá como su compañero a la tragedia. Nadie piensa en las cartas, pero al final, aun cuando su vida dependa de Sakura, son seres sensibles, y hay que ver lo que hay en su mente. Todos los dragones habrán obtenido la mejor versión de ellos mismos, si no, ¿qué chiste? Verás que tendrán su momento. En efecto, Eriol apela a la obscuridad como su fuente de poder, aunque si me hicieras la pregunta, considero que él ve a la obscuridad como un atributo más de energía que como una asociación con lo tenebroso y maligno, además de la indiscutible dicotomía en su simbología entre esa obscuridad y el sol como su fuente de poder. Tienes razón en pensar el ajuste de poderes. Si bien, si a uno le quedan mas vasallos que al otro, eso podría darle cierta ventaja, pero no sería determinante. Ya veremos. Chapter 18 . Jun 24: Están en una situación crítica, no sólo era lógico, sino lo más sensato que reaccionaran así. Pronto veremos ese puntillo sobre las invocaciones de Eriol, espero te guste. Tomoyo necesita su protagonismo, todos queremos ver eso, y más aún, su némesis no es fortuito, sino que es un enemigo histórico, con el que no quedó terminado el conflicto la última vez. Sólo aclarando, Kusanagi y Yuzuriha no saben su lugar en el conflicto en este universo,veamos como reaccionan a conocerlo. ¡Gracias por tu análisis, Cerecito!

Mavi chapter 18 . Jun 28: ¡Muchas gracias! Qué alegría que te gustó. Espero que sigas dejando tus comentarios como en esta ocasión. ¡Disfruta la actualización!

Reader2109otp chapter 16 . Jul 1: ¡Ahijada! Ciertamente me siento abandonado, pero sé que el mundo puede ser un bastardo cuando se lo propone. Espero que lo que estés pasando se traduzca tarde o temprano en crecimiento y retribución. Sobre el capítulo: La ausencia, en especial cuando se sabe permanente, es dura, pero el tiempo lo cura todo, por desgracia para nuestros personajes, incluso esa variable está limitada. A ver si el susodicho se anima, gracias por la recomendación. El poder es algo complicado, se requiere mucha madurez para hacer algo medianamente bueno con él, y si queda en la persona incorrecta, las consecuencias pueden ser muy malas. Exacto, las personas cambian cuando la muerte toca a su puerta, imagina a una civilización entera, de cara a su desaparición. Oh, Eriol fue completamente pescado, no hay forma de que pierda el buen camino. Kurogane con esto, nos muestra que es el hombre-hombre. Más de uno debiera aprender un par de cosillas de él. Akiho, está ciertamente entregada al destino, pero no nos confundamos, ella, como dijo Thanos, lo va a gozar como no te puedes imaginar. Sí, un amor, si bien joven, sin lugar a dudas, poderoso… a ver que pasa. Gracias, la historia está y estará aquí, esperando tus reseñas, ahijada. ¡Gracias!

¡A lo que sigue!


XVIII.

Redención.

—Admito que esto es inesperado —la voz de Eriol denotaba sorpresa, pero al mismo tiempo, una sutil alegría.
Agradécele en parte a Chabela… y un poco más a la cotilla de Emily, que al final fue la que le sacó la información.

Esteban echó una goma de mascar a su boca, reclinándose en su cómoda silla.

—No estás fumando.
Esa cosa iba a matarme… nada como una crisis mundial para apreciar la vida.
—¿Y a qué debo el honor de una videollamada desde México?
En realidad, estoy en Londres. Traje a mi familia, Emily hizo lo mismo. —El gesto bonachón del hombre se obscureció un poco, mostrando algo de tristeza—. Amo a mi país, pero no sería inteligente quedarme en un lugar con los antecedentes que tenemos a propósito de terremotos. No en esta situación. —Eriol asintió luego de escucharlo, pero no interrumpió, sabiendo que eso era sólo una introducción—. Diana me contó parte del problema que tenemos, y con la información que me dio Issy, me doy una idea de lo que intentas, así que déjame darte algunos consejos.
—¿Sobre qué?
Sé que estás buscando experimentar con magia tenebrosa, duque.
—No es como si tuviera otra alternativa.
Ya sé. Sin embargo, creo que tengo algo de conocimiento en lo que respecta a lo que intentas. Como sabrás, soy santero, eso tiene mucha relación con el tipo de magia que intentas hacer… y te daría otro tipo de instrucción, si me lo permites.
—¿Qué tipo de instrucción?
Sobre una facultad que a un mago regular le llevaría décadas de estudio y práctica… pero que a un Dragón, le tomará un par de sesiones.

Eriol entrecerró los ojos, intrigado, con un conato de sonrisa suspicaz en los labios.

—¿Qué tienes entre manos, Ilhuicamina?
Algo que sin lugar a dudas te será de mucha ayuda —El cónsul entrecruzó los dedos frente a su rostro, inclinándose un poco hacia la cámara—: ¿Qué sabes del nahualismo?


Sakura miró al techo de su habitación. La araña sobre ella comenzaba un ligero meneo, y el sonido no tan distante de objetos de cristal cayendo la hicieron frotarse las manos con ansiedad. Sabía de qué se trataba, y lo que entonces tendría que pasar.

Presurosa, caminó tan rápido como pudo para coincidir con todos en la sala de estar de la casa, encontrando en el camino a su esposo, que la llevó de la mano hasta ese lugar. Eriol tenía unos minutos de terminada su charla, Kurogane y Tomoyo estaban ahí también, y pronto, Al, Meilin y Beiji-Hu, escoltados por Wei, miraban a todos lados con expresiones de preocupación, mientras ligeros reguerillos de polvo caían desde la alta bóveda de la mansión.

—¿Dónde están Sumeragi y Nekoi? —preguntó el samurái, pareciendo preocupado, pero con suspicacia.
—Sumeragi en el centro de la ciudad, avisó que estaría por allá atendiendo asuntos familiares, Yuzuriha dijo que daría una vuelta— respondió Li.
—Entonces deberíamos ir, ¿no? —continuó Eriol, aparentemente con la misma urgencia.

Sin embargo, antes de que alguno se moviera un poco, el sismo cesó.

—Alguien levantó una barrera —susurró Sakura.

Instintivamente caminó hacia el balcón más cercano, y desde ahí dirigió su mirada hacia donde sentía el origen del movimiento, notando que tanto para ella como para los otros dragones, la barrera era visible a algunos kilómetros de ellos, de hecho, al occidente de la ciudad. Sin pensárselo demasiado, comenzó a coordinar:

—Akko y los suyos ya deben estar trabajando y…
—¡Lo tengo cubierto! —exclamó Tomoyo, aparentemente ya en contacto con la jefa de la policía mágica—. Ya les indiqué el epicentro y están empezando a aparecer allá.
—Gracias… ¿Xiao-Lang? —preguntó, mirando a su esposo.
—Voy —atendió él, solícito—. Wei, Meilin, Al y Beiji-Hu me alcanzarán allá.

Los mencionados hicieron camino escaleras abajo para tomar un auto. Habían sido advertidos en los días anteriores sobre lo peligroso de tratar de aparecerse o utilizar otros medios de transporte mágico durante un sismo, en especial si este no tenía un origen natural.


La muy obscura sangre, adelgazada por la medicación y la debilidad propia de su dueña, comenzó a correr de forma fluida sobre la alfombra encanecida, en aquel lúgubre sótano del parlamento.

Dentro de la mente de Hinoto, la paralítica miraba con aprensión hacia arriba, donde la sana daba una sonrisa cargada de displicencia a su contraparte menos favorecida.

Lo más curioso de todo es justamente ese afán de parecer una mártir a la causa de los Dragones de la Voluntad, este intento de mostrarles cómo te lastima su sufrimiento.
—No es ningún afán… debo pagar con sangre por el dolor de estas personas.
Claro… como tú digas… de hecho, esto es bueno para nuestro propio objetivo. ¿Quién podría señalarte cuando tu cuerpo muestra los efectos de la guerra en forma de heridas?
—¡Este es el pago que yo debo hacer por su sufrimiento! ¡Deja de banalizar esta ofrenda!
¿Banalizar? —Los ojos encendidos de la Hinoto alterna destellaron, mientras se arrodillaba ante la doliente—. Es increíblemente perverso que te lastimes a ti misma para "empatizar" con su pena, en especial porque dicho acto simbólico no tiene un verdadero propósito o utilidad… pero es más perverso aún mostrarte mustia ante un acto que tú misma has propiciado… mira que mandar a uno de tus "amados" dragones al matadero.
—¡Ese es el destino actuando! ¡No es mi responsabilidad!
Hipócrita. El destino es sólo un camino, pero uno puede elegir si seguirlo o intentar otra ruta… ¿qué objeto tiene conocer el futuro, si de todas maneras, te vas a rendir ante él en lugar de combatirlo? Al final, el instinto de supervivencia te domina, y buscarás salir con vida de todo esto, sin importarte quien muera en el proceso.
—¡Cállate de una vez! ¡Ya te dije que yo no soy como tú!
Al menos la parte de ti que soy yo acepta sus intenciones. Tú, por otro lado, eres una mentirosa. No tengo siquiera que discutirlo contigo, tú, muy en el fondo sabes la clase de serpiente que realmente eres. Y sólo cuando me aceptes como la parte más fuerte de ti, es que estarás en control de tu propia supervivencia.

Hinoto regresó al plano real cuando la segunda voz en su cabeza hizo silencio. Abrió esos ojos inútiles para ver, siendo capaz de percibir como la sangre alcanzaba sus piernas a través de su kimono, al tiempo que un mareo evidenciaba la gravedad de la herida que erráticamente se había hecho en la muñeca con una pequeña, pero muy afilada espada.

Sus torpes dedos dejaron caer el arma, y la impedida comenzó un llanto lastimoso. Una parte de ella realmente lamentaba lo que estaba a punto de pasar.


Yuzuriha había actuado con celeridad. El terremoto había sido poderoso, pero justo antes de que cualquiera saliera herido, o incluso asustado, había formado una barrera alrededor de todo el territorio ocupado por el parque Inokashira, incluyendo la estación de tren y todo el vecindario circundante, liberando al exterior de las consecuencias del movimiento.

Dentro de la barrera, sin embargo, buena parte del terreno ya estaba revuelto, el río se había enturbiado, saltando en olas enormes; el asfalto se había fracturado y la tierra emergía de él, formando irregularidades; y los árboles eran expulsados del suelo aquí y allá desde la raíz.

La jovencita corrió tanto como pudo, mientras su espíritu guía la seguía, ladrando en todas direcciones, buscando el origen del movimiento.

El momento había llegado para ella. De entre todos los que tenían la responsabilidad de preservar la integridad de la ciudad, ella era la más joven, y quizás junto con Sakura, una de las únicas que realmente encontraba una completa contradicción a sus valores el utilizar de alguna manera la violencia.

Pero a pesar de eso, no había dudas o miedo en su corazón. Era una firme creyente de que sus intenciones eran legítimas, y haría lo necesario para conservar la vida en sí misma, considerando que no tenía familiares cercanos, o alguien por quien preocuparse de manera especial.

¿O no era así?

Llegada esa reflexión, un rostro desgarbado y sonriente le vino a la mente, el de la misma persona que había cumplido con el único requisito infantil que ella había puesto para que alguien ganara su corazón: ser capaz de ver a Inuki.

—Espero que Kusanagi esté bien —dijo sin dejar de andar, dando una leve palmadita a la cabeza de su amigo.

Tal vez ese fuera un buen pretexto para no darse por vencida, para poner un poco más de empeño en su misión, al final de cuentas, existía la esperanza de que cuando todo terminara, ellos podrían finalmente estar juntos. Y es que lo que había nacido entre ellos, si bien inició con algo trivial, con el tiempo y la convivencia se había vuelto algo mucho más profundo.

Sonrió para sí misma: ya había planeado algunos escenarios… porque él era más de quince años mayor que ella, y si quería realmente estar a su lado, tal vez tuvieran que irse a un lugar remoto… tal como había hecho Sakura Li.


¿Cómo hacer para influirla de alguna manera a que se marchara? Por los meses que llevaba de conocer a Yuzuriha, Kusanagi había tratado de sugerirle, de forma muy sutil, que abandonara Tokio, o en su defecto, ausentarse de la ciudad lo más posible. Ella había dado evasivas, diciendo que tenía asuntos que atender en la capital, lo cual era sospechoso si se ponía en perspectiva a la edad y la ausencia de la familia de la jovencita.

En el fondo, dentro de su corazón, mientras se concentraba en desestabilizar el núcleo de la tierra bajo de sus pies, esperaba que ella no estuviera cerca, que se hubiera marchado, o en su defecto que estuviera salvo mientras todo terminaba.

Cuando vio el inmenso cilindro etéreo en el que quedó atrapado, supo que un Dragón de la Voluntad llegaría a su encuentro, y entonces se reveló ante él la gran dicotomía y paradoja que quizás definiría toda su existencia: por un lado, el mundo debía cambiar, y él tenía el poder para llevarlo a ese cambio, porque su parte consistía en cooperar con la desaparición de la dañina humanidad, dar un respiro al mundo para reformarse en ausencia de la especie dominante y que nueva vida naciera de ese caos para volver a iniciar el ciclo. Era lo correcto, en tanto que era el curso natural que debían seguir las cosas. Pero por otro lado, cada vez con más fuerza sentía en su interior que la vida de las personas debía ser preservada, y que la humanidad podría elegir un camino nuevo y diferente, que no sólo garantizar la subsistencia del mundo, sino de la humanidad misma como especie, aunque sería injusto decir que eran todos los que había conocido quienes habían ganado ese derecho y esa oportunidad a sus ojos, pues era muy consciente del tipo de especie conflictiva que el ser humano era… se trataba de una única persona. Una jovencita que conoció meses atrás y que representaba todo aquello que él encontraba digno de resguardo y preservación en el mundo: un alma caritativa, inocencia y pureza como no imaginó ver en alguien de su edad.

Por un momento flaqueó su afán. Ante él, vino la idea de que ella muriera en medio de todo el tumulto que se generaría si él resultaba victorioso en la batalla que estaba a punto de comenzar, su misión se habría cumplido, pero él habría perdido uno de los únicos motivos para continuar después de cumplida su tarea. Se reprochó a sí mismo por no decirle la verdad, por no hablarle claramente de su destino, y con ello tratar de tenerla lo más lejos y a salvo posible.

Podía sentir en el aire el poder activo que mantenía la barrera, el poder de un dragón, el poder de su enemigo mientras reptaba en lo que quedaba del parque, yendo a su encuentro, llevándolo inevitablemente al momento para el cual se había preparado durante toda su existencia. Lo percibía entre los árboles que se sacudían con el terremoto, por la última curva del senderillo del parque, listo para saltar a su encuentro.

Y en cuanto vio al rival de nacimiento, no pudo sino negar en absoluto descreimiento aquello que entraba por sus ojos. Su estatura exigua y sus modestas dimensiones corporales, pero más allá de eso, sus ojos repletos de inocencia y al mismo tiempo, incredulidad ante la cruel broma que la vida les estaba gastando.

—No… —musitó Yuzuriha, más para sí misma al reconocer a su adversario—. No puedes ser tú…

Él pensó algo parecido, pero no lo verbalizó. En su lugar, comenzó a descender de la posición en que levitaba por encima del piso que sacudía, haciendo que el movimiento amainara, lleno de confusión verdadera, sinceramente arrepentido, y devastado ante el escenario de tener que pelear con ella, de entre todas las personas del mundo, con ella.


—El terremoto cesó —indicó Nataku con su voz aguda y casi etérea.
—Es lo que veo… ¿pero por qué?, ¿qué se interpone entre mis planes esta vez? —cuestionó Akiho, mirando desde el rascacielos a la distancia la ubicación donde Kusanagi debía estar peleando, notando que no sólo la actividad sísmica se había detenido, sino que además, la batalla no había comenzado.

Su mirada celeste, entre la curiosidad y la contrariedad, trató de ver el motivo de la pausa, pero no sacó nada en claro, aunque dentro de ella sintió que lo que fuera a pasar allí iba a ser muy entretenido.

—Investiga. Y si vez algo que no creas correcto, pues… termina tú el trabajo —ordenó, ante lo cual, Nataku comenzó a saltar sobre los tejados de los deteriorados edificios.


—Kusanagi… —la chica pronunció con voz temblorosa—. Tú… ¿tú eres…?
—Perdóname por no decir nada… pero nunca habría imaginado que eras tú…
—¿Por qué? —preguntó ella, aún sin dar crédito.
—Tú sabes porqué. ¿Cuántas veces lo discutimos? No merecemos ser guardianes de esta tierra, no merecemos vivir en ella.
—¡Todos merecemos una segunda oportunidad!
—¡Esta no es la segunda para nuestra especie! ¡Será la centésima, la milésima incluso…! —bajó la voz, derrotado, rindiéndose ante la aplastante verdad—. Tuvimos una infinidad de oportunidades, y nunca aprendimos la lección… este es nuestro merecido.
—Por favor… detén esto… puedo absorber el daño de la barrera, pero deja de provocárselo… podemos irnos, ¡puedes incluso ayudarme a proteger este lugar!
—Lo siento, pequeña… —parecía estarlo sintiendo de verdad—. Las cosas son como son.

A una orden mental, refrendada con un movimiento de manos, un fragmento de edificio abandonó una lejana acera, convirtiéndose en el primer ataque contra la sacerdotisa. El objeto, sin embargo, no se acercó siquiera a la trayectoria que debía seguir para lastimarla. Ella ni siquiera intentó moverse, e impávida escuchó al enorme detrito desintegrarse a unos metros detrás de ella.

—Esto no está bien, Kusanagi… tú lo sabes… no voy a pelear contigo, pero tampoco puedo permitir que dañes la zona y ciegues miles de vidas.
—Sólo sal de enmedio. ¡Márchate! ¡Escapa! Tal vez así logres sobrevivir.
—Si quieres evitar que proteja este lugar… sabes lo que tienes que hacer.
—Vete por favor…
—No. Así que tendrás que matarme.

Un grito de impotencia sonó por toda la barrera.

Yuzuriha había salido despedida por los aires varias decenas de metros, hasta caer y rebotar en repetidas ocasiones por la inercia, dejando una línea de cráteres a cada impacto. La cara del militar se llenó de una profunda confusión. Si bien, había hecho algunos aspavientos y movido algunas cosas, de ninguna manera había apuntado o siquiera pretendido lastimar a la chica.

Sin saber exactamente qué hacer a continuación, comenzó a correr al encuentro de la muchacha, al mismo paso que Inuki, que también había quedado rezagado, mientras ladraba confundido hacia el hasta entonces invisible intruso.

Si bien sus intenciones habían sido firmes desde siempre, ya no podía luchar contra aquello que había crecido en él desde que conoció a Yuzuriha. No podía negarse a sí mismo que había hallado en ella la razón para declinar de sus intenciones, y sólo había un pensamiento en su mente: ella debía vivir, más aún, él debía protegerla… tenía que hacer algo.

Yuzuriha se levantó con una mano en la cabeza. Estaba cubierta de polvo y un reguerillo de sangre bajaba por su frente, de una herida que muy seguramente ya había cerrado y sanado para ese momento. Kusanagi suspiró aliviado cuando vio que estaba consciente, pero la tranquilidad le fue robada de nueva cuenta al ver al causante del ataque. La jovencita dio un salto horizontal que a duras penas le permitió escapar de un golpe contundente, que como un látigo había partido el asfalto donde ella estaba, dado por un manto de tela. Nataku cayó justo en el lugar, buscando con sus inexpresivos ojos grises a su presa.

Varias toneladas de escombro fueron movidas por la más joven de los Dragones de la Voluntad, y enviadas como proyectiles al albino, quien hizo algunos movimientos de manos, formando con su manto un pentagrama que actuó como una barrera, deteniendo el ataque e incluso regresando parte del mismo a la invocadora. El trozo de tela en cuestión actuaba más allá de lo que las leyes de la física le permitirían, obra sin lugar a dudas del poder de su portador, que dibujaba formas en el aire con él, utilizándolo como un objeto sólido capaz de destruir estructuras, y que se movía orgánicamente tal como harían los tentáculos de un pulpo, forma que eventualmente tomó mientras buscaba herir a la chica.

La joven, con conatos de lágrimas en los ojos, se sabía superada. El poder del oponente fortuito era muy superior al suyo, y lentamente iba perdiendo terreno ante él, mientras era acorralada entre los árboles que quedaban del bosquecillo, que eran partidos entre los poderosos chasquidos del manto del contrincante, que con su solo toque los convertía en astillas.

Lo único que le quedaba era evitar que la atrapara, permitiéndole a otro Dragón llegar a su auxilio. A pesar de los daños, el follaje seguía siendo denso, y no dudó en utilizarlos como escondite, tratando de ser lo más sigilosa posible. Desorientada, anduvo con paso vacilante, reptando entre los enormes troncos que aún seguían en pie. Pudo escuchar la marcha del albino a sólo unas decenas de metros detrás de ella, y comenzó a apretar el paso, sintiéndose más cerca del límite de la barrera cada vez, pero sabiendo que no podía abandonarla, pues de hacerlo, caería, con consecuencias terribles para todos…

Su cabeza no terminó de cerrar ese pensamiento, cuando chocó con algo parecido a una muralla que la hizo irse de espaldas, aunque siendo atrapada de la mano para evitar la caída.

Kusanagi la miraba desde el casi medio metro que los separaba en estatura, con un gesto muy difícil de interpretar. Estaba demasiado serio, un comportamiento que ella nunca imaginó ver en él después de haberlo conocido en su faceta más dulce y protectora… y para ese momento no tenía del todo claro cuales serían sus intenciones… es decir… él era un Dragón del Destino… él era su enemigo natural.

Él no la soltó, y de hecho, sin cambiar ni un poco de expresión, se cruzó los labios con el índice, pidiéndole silencio, y comenzó a tirar de ella para sacarla de la barrera.

—Apártate, por favor —se escuchó con potencia por el claro en el que estaban.

Nataku, sereno, los miraba a la distancia, con el manto flotando como si estuviera suspendido en agua a sus espaldas, como una fiera acechando a su presa.

—Lo lamento. No puedo hacer eso —respondió en un tono demasiado grave el militar, poniendo a la chica detrás de él.
—¿Vas a traicionarnos?
—Al parecer, sí. Si sabes lo que te conviene, márchate. Dile a Akiho que se cancela la misión.
—No recibo órdenes tuyas. Muere con la chica entonces.

Nataku no parpadeó siquiera, sino que emprendió una lenta marcha hacia la pareja, mientras que el manto a sus espaldas se agitaba con ansiedad. El albino estiró la mano, ordenando el ataque.

—¡Ahora, Inuki!

A la orden del soldado, el perro demonio se materializó ante el andrógino, mordiendo con fiereza el brazo ejecutor y obligando a su víctima a caer de rodillas. En el intervalo de confusión, Kusanagi tomó a la jovencita con más ímpetu aún, remolcándola al límite de la barrera en una franca huída.

—¡No puedo irme! —reclamó ella.
—¡Tienes que hacerlo!
—¡La barrera caerá!
—¡Eso no importa! ¡Tienes que vivir!

Yuzuriha estuvo por rebatir nuevamente cuando un dolor indescriptible se originó en su pecho, junto con el sonido lastimero de un aullido entrecortado. A la distancia, entre jirones de tela ensangrentada, Inuki era lanzado lejos del enemigo, abatido. Así como supo que el animal estaba fuera de combate, el manto comenzó a buscar a la joven, pero un nuevo obstáculo se metió en su camino.

El militar tomó la seda, y dando un tirón, atrajo a Nataku con violencia hacia él, y teniéndolo a buena distancia, le propinó un brutal puñetazo en el rostro, levantando el polvo y los guijarros a su alrededor con la onda expansiva. Sin darle oportunidad de saber que estaba pasando, repitió la maniobra varias veces. Nataku estaba sorprendido, imaginó que Kusanagi era poderoso, pero no tanto, sus golpes realmente dolían, y más allá de eso, estaba a nada de sumirlo en la inconsciencia.

Mientras ese duelo se llevaba a cabo, Yuzuriha regresó hasta donde Inuki se levantaba lastimosamente, cojeando, pero sin dejar de gruñir a los contendientes, específicamente a Nataku, que lentamente perdía terreno ante un oponente evidentemente superior. Ella, por su parte, tenía dificultades para respirar. El manto del albino había cortado profundamente la carne de la bestia espiritual, que dejaba etéreos reguerillos de sangre luminosa mientras andaba, y sus lesiones eran evidenciadas en el cuerpo mismo de la sacerdotisa. Acarició su pelaje con afecto, indicándole que todo estaría bien, que sólo debían resistir un poco más.

Con un último movimiento, Kusanagi hundió el rostro de Nataku en la tierra, dejándolo finalmente inmóvil, y con el manto desmayado sobre el suelo. La pelea había sido brutal, pero finalmente parecía emitir un rayo de esperanza para los que seguían en pie.

Sin permitir que la confianza recién ganada lo distrajera, el soldado enamorado corrió hasta donde la muchachita trataba de asistir a su animal guía.

—Debemos marcharnos —dijo determinante, aunque sin urgencia esa vez.
—Ella no se irá —resonó como un disparo la voz de Akiho en los oídos de ambos—. Pregúntale nuevamente si dudas de mí. Puedo verlo directo en sus ojos. A diferencia de ti, que a las primeras de cambio claudicas a una misión tan gloriosa como era la que descansaba en tus hombros, sus creencias son inquebrantables. Ella desea luchar hasta el final por lo que cree.
—No me obligues a matarte… —amenazó Kusanagi, siseante, poniendo a Yuzuriha una vez más detrás de él.
—"Portadora del poder de Dios", ¿recuerdas? —respondió ella con cierto matiz ácido, señalándose la cara—. Aunque realmente tuvieras las agallas para intentarlo, simplemente no podrías.

Mientras esa última oración resonaba, su mano derecha buscó el portaplanos que colgaba a sus espaldas, y mientras eso sucedía, Nataku comenzaba a recuperar la consciencia.

El lienzo salió disparado, sonando como un fuete, estrellándose contra la carne de Yuzuriha e Inuki, mientras que la tierra respondía a los comandos de Kusanagi, que buscaba herir a Akiho tanto como le fuera posible, pero sin lograrlo. Cada proyectil enviado se pulverizaba antes de siquiera alcanzarla, dejando sólo la visión de su creciente sonrisa, por cada segundo que los acercaba al inminente final.

Los últimos lanzamientos fueron contra Nataku, obligándolo a detener el castigo que aplicaba a la chica y al perro, y sabiéndose perdedor, el militar trató de jugar una última carta. Más allá de sus poderes, su fuerza física era quizás la mayor entre todos los Dragones… y la utilizaría para proteger lo único que realmente le importaba.

Se lanzó como un bólido hacia la que se presumía como su líder de causa, buscando aunque fuera aturdirla un poco. Levantó su puño derecho con fiereza, concentrado en los ojos azules y el gesto de cinismo que la mujer no quitó ni por un momento, y que le demostraba que no sentía siquiera un poco de miedo ante lo que sería, sin ninguna duda, un impacto demoledor.

El enorme puño del soldado, sin embargo, frenó en seco a milímetros de impactarla, con tanta violencia que los huesos se rompieron al instante, expuestos, sangrantes, causándole un dolor que el hombre soportó sin gritar sólo gracias a años de entrenamiento militar. Retrocedió con la mano deshecha sujeta por la que le quedaba sana, notando contrariado que la lesión no sanaba.

Al sentir que su espalda chocaba con la de una desfalleciente Yuzuriha, se volvió para amarrarla en un abrazo.

—Esta vez en serio, Kusanagi —dijo Akiho con voz cantarina—. ¿Cuál es tu deseo?

Él aferró la cabeza de su protegida contra su regazo, colando los dedos entre su corto cabello, tratando de suplicar su perdón a través de ese gesto mientras que ella gimoteaba por el dolor y el conocimiento de su misión fallida.

—Protegerla hasta el final —concluyó él.
—Bien dicho.

Con esas últimas palabras, la doctora dio un mandoble con la espada que se ocultaba en su espalda. El paso de la hoja fue tal, que Nataku tuvo que saltar a lo que quedaba de un edificio cercano para escapar. Todo en un radio de medio centenar de metros fue alcanzado por el filo de la espada, partido sin ningún tipo de oposición.

A unos kilómetros de ahí, Sakura se llevó las manos a los costados, ahogando un grito provocado por la extraña sensación de un dolor punzante que se sentía como ser partido por la mitad, junto con lo que sin lugar a dudas era un aumento en su poder… obtenido de la pérdida de Yuzuriha. Una sensación idéntica a la que Akiho experimentaba, mientras recibía lo que heredaría de Kusanagi.

Y ahí, delante de su ejecutora, aquellos aspirantes a amantes tan cruelmente burlados por el destino, daban su último aliento abrazados el uno del otro.

Él se redimió. Cumplió su deseo de protegerla hasta el final… tanto así, que soportó en agonía a que ella durmiera primero, para luego seguirla a la eternidad, a un mundo tanto más justo, tanto más equilibrado, y finalmente poder quedarse junto a ella.


A poco más de medio kilómetro, dando grandes saltos sobre los edificios, Xiao-Lang vio incrédulo cómo la barrera cilíndrica se fracturaba, dejando caer sus lividos trozos lentamente, como en una nevada artificial… y superados los pocos segundos de su desaparición, vino el castigo para la ciudad.

Como pudo, se sostuvo de una antena de comunicaciones, pues era la única construcción en su camino capaz de soportar las brutales sacudidas que la tierra no pudo mitigar más.

La grotesca cacofonía de la destrucción llenó de terror el corazón de todos los espectadores de aquel dantesco escenario, Sakura y Tomoyo se tomaron de la mano, ambas resguardadas por Kurogane, que instintivamente se dispuso a protegerlas por si alguna parte de la casa se derrumbaba, Yue y Cerbero hicieron otro tanto en sus formas reales. Debajo del parlamento, Hinoto lloraba desconsolada, aterrorizada al estar ante un fenómeno como un sismo tan poderoso en completa soledad e impedida para pedir auxilio, sin contar que sabía que ese terremoto sólo podía ser resultado de la muerte de un Dragón. Beiji-Hu maniobraba con pericia desesperada en una avenida que rápidamente era cubierta por escombros de los edificios que caían inevitablemente sobre ella.

Del otro lado del globo, un impacto igual de brutal sacudió al nuevo continente, desde la Patagonia hasta Alaska, sacando de su sueño a la mayor parte de sus naciones, completamente desprevenidas para el golpe que estaban recibiendo.

Ese siete de mayo, Tokio y el mundo se sumieron en el caos y el miedo por cerca de cinco minutos que se antojaron eternos.

Apenas el suelo dejó de moverse, Li reemprendió la marcha. Se obligó a sí mismo a ignorar los gritos de ayuda en la zona para llegar hasta el epicentro de la catástrofe, hasta un lugar completamente irreconocible, que no daba la mínima muestra de lo que había sido en el pasado, el parque Inokashira, donde no había quedado piedra sobre piedra. Aturdido, camino entre la destrucción, con la esperanza de encontrar al Dragón de la Voluntad vivo… mal herido tal vez, pero vivo…

Un chasquido sonó a unos metros de él, y luego uno más. Akko y Diana llegaban al mismo lugar, para atestiguar junto con él la desgracia. Encontraron los restos de Yuzuriha y Kusanagi. Un único golpe de espada se los había llevado, un corte perfecto a mitad del torso. Una estampa sangrienta y horrible, analógica a lo que la ciudad había recibido en consecuencia.

Xiao-Lang masajeó su rostro, completamente superado, sabiendo que lo que tenía ante él no era sino una pequeña fracción de todo lo malo que había pasado ese día. Presenció con una inmensa tristeza como Inuki daba un último aullido, mientras desaparecía para siempre.

XVIII

Fin.


Gracias a la súper lectora beta WonderGrinch, y mi editora-correctora-capataz CherryLeeUp.