Capítulo 40
Nadie más que Ross Poldark podría saber que todo lo que tenía en un momento, el destino podría quitárselo en otro.
Esa mañana había dejado a Demelza dormida en Nampara como cualquier otro día en las últimas semanas. Se había quejado entre sueños cuando el calor de su cuerpo la abandonó, Ross había subido las mantas hasta sus orejas. Se había lavado la cara y las manos y brazos. Se pasó un trapo húmedo por sus partes íntimas que aun continuaban algo pegajosas por la actividad de la noche anterior. Echó algo de leña a las cenizas que quedaban en la chimenea y avivó un poco el fuego con el atizador, luego se puso su ropa de trabajo y sentado en el tocador de Demelza se puso las medias más gruesas que tenía y las botas. Sonriendo, observó dormir a su esposa por unos instantes. Aun no podía creer su suerte. La amaba, y ella a él. Ella era buena, gentil y generosa. Dulce y apasionada. Veía el lado positivo a todo y belleza en todo lo que la rodeaba. Incluido él. Vaya a saber que era lo que veía en él. Era taciturno, a menudo mal humorado, cabezadura y caprichoso. La había rechazado, la había repudiado como esposa, pero ella había persistido. Quizás porque no tenía otra alternativa, pero aun así. Se había convertido en su amante y compañera. La persona a quien confiaba sus más profundos pensamientos, sus temores. Ella era única para él. Jamás había conocido a nadie como ella, tal vez porque no había tenido una esposa antes. Quizás todos los matrimonios eran así. Aunque Ross sabía que eso no era cierto. Tal vez algún matrimonio fuera como el de ellos, al menos esperaba que así fuera. El mundo sería un lugar mejor si eso era cierto. Con cuidado de no pisar sobre la tabla que hacía ruido, Ross se acercó a la cama de nuevo, y apoyó una rodilla sobre el colchón.
"Ya me voy dormilona. Que tengas un bonito día, te amo." - Susurró en su oído.
Demelza no le respondió ni abrió los ojos, pero sí giró su rostro para ofrecerle sus labios para un dulce beso de despedida.
Ninguno de los dos se podría imaginar que sería el último beso que se darían.
Demelza estaba sentada sobre la tierra en su jardín, quitando las malas hierbas que crecían entre sus plantas de lechuga y aprovechando que estaba en el piso para recolectar unas patatas para utilizar en un estofado para la cena. Cuando se levantó esa mañana se le apetecía mucho comer pecado, pero ahora se le antojaba un estofado de pollo. Lo que no quería comer nunca más en su vida era conejo. El día anterior, Garrick había estado corriendo por los campos mientras Jud juntaba heno para los animales y había vuelto con un conejo muerto en el hocico. Menos mal que Ross estaba en casa cuando entró a la cocina, porque ella casi devuelve el almuerzo al verlo. Ross se había ocupado del conejo, mirándola de reojo por la repentina impresión que le había dado. Generalmente ella no le hacía asco a esas cosas, había crecido entre animales y sabía cómo era una granja. Pero igualmente le había revuelto el estómago. Ross había castigado a Garrick enviándolo a un rincón, aunque poco después lo había visto darle un hueso. "Los conejos son una peste." - le había dicho cuando ella levantó una ceja al verlo.
Era una pena, pero conejo estaría fuera del menú de ahora en más.
Garrick que estaba junto a ella, también se levantó cuando ella se puso de pie. Con algo de trabajo, alzó la canasta llena de papas. La parte baja de la espalda le molestaba un poco, y eso que no se había aventurado en una postura incómoda. Las últimas noches había tenido bastante frío al acostarse, por más que Ross hubiera buscado más mantas del cuarto del fondo. Así que habían hecho el amor de forma tradicional, como decía Ross. Ella abajo y el arriba y los dos acurrucados bajo las mantas. Quizás podría pedirle que le pasara el aceite por el área que le dolía.
Estaba por entrar por la puerta que daba a la cocina cuando lo escuchó. Un ruido sordo, como un estruendo o explosión. Creyó que la tierra tembló bajo sus pies. Instintivamente, Demelza miró hacia la dirección de la mina. A lo lejos, vio una especie de nube oscura subir hacia el cielo y comprendió que algo muy malo había ocurrido.
"La mina. Un derrumbe." - Dijo Prudie que había salido hasta la puerta al escuchar el ruido. Las dos se miraron, al tiempo que Jud que estaba en medio del campo salía corriendo en dirección a Wheal Leisure. Demelza dio la canasta con patatas a Prudie e hizo lo mismo.
Al llegar, todo era caos y confusión.
Por lo que llegó a entender de lo que decían los hombres alrededor uno de los túneles se había derrumbado. Sentía su corazón latir en su garganta, todo parecía borroso a su alrededor. Solo quería encontrar a Ross, asegurarse de que estaba a salvo. Los mineros salían por una de las casillas de madera adonde estaba una de las puertas trampa para descender a las profundidades cubiertos de tierra, algunos con sangre. Un joven salió desorientado con un corte profundo sobre la ceja y sosteniéndose de las paredes de madera, Demelza se acercó para asistirlo. Aún tenía el delantal sujeto a la cintura, lo desató y con el presiono la herida.
Cada vez había más gente. Las mujeres que como ella habían escuchado el estruendo, llegaban para asistir a sus maridos, hijos, hermanos. Una de ella se arrodilló junto a ella y al hombre que estaba tirado en el suelo y mojó su delantal con agua. Antes de que pudiera preguntar más, alguien salió por otra de las casillas y otro hombre detrás, y otro… Demelza reconoció a Zacky Martín.
"¡Zacky!" – exclamó corriendo hacia él y dejando a la mujer atendiendo al otro minero. – "¿Dónde está Ross?"
"Abajo." Respondió el hombre casi sin aliento.
"¿Está herido?" preguntó casi suplicando.
"No. Está ayudando a desenterrar a los que quedaron atrapados, pero ya no hay mucho que hacer…" – Demelza sintió que alma le volvía al cuerpo. Ross estaba vivo.
"¿Qué fue lo que ocurrió?"
"El nivel de 40 pies… colapsó. Quedo bloqueado por completo."
¡Judas! El nivel de 40 pies era la única esperanza que les quedaba de encontrar cobre.
Luego todo fue un frenesí. Cuanto más tiempo pasaba, los hombres salían en peores condiciones. Escupiendo y tosiendo, a algunos les costaba respirar, otros estaban muy mal heridos. Pero Ross no salía. Demelza pasó horas ayudando a los hombres y mujeres, mandó a buscar agua, vendas y al doctor Choake. Y cuando este llegó haciendo mala cara a los pobres mineros y sus familias, Demelza lo mantuvo a raya quedándose a su lado y llevándolo a que atendiera a quien lo necesitaba.
El diagnóstico del médico fue rápido y brutal: negligencia. Con la avaricia de encontrar cobre se habían descuidado las medidas de seguridad. "¡Eso no es cierto!" – le había contradicho Demelza. A lo que él respondió que las mujeres no sabían nada de minería, ni de negocios ni de trabajo. Se tuvo que morder la lengua para no maldecirlo. Después de todo no quería que se fuera, aún debía atender a varios hombres.
Al final, el saldo fue de tres muertos y doce heridos. Ross salió cargando el último cuerpo, cubierto en barro y con cortes en las manos por haber excavado con sus propios dedos. Demelza corrió a abrazarlo apenas lo vio salir. Estaba como en un trance, la mirada perdida y los ojos rojos. Demelza apartó los cabellos de su rostro y besó su frente. "Ross…" – pero él le dijo todo con tan solo una mirada. Todo estaba perdido en Wheal Leisure. Ella solo agradecía al cielo que él estuviera vivo.
Fue ella quien limpió sus heridas y lavó su rostro. No quería que escuchara lo que Choake andaba diciendo, además el médico de seguro ya se había escabullido. Como no encontraba ya más vendas, cortó un trozo de su enagua y con eso vendó sus manos mientras él miraba ausente lo que ocurría alrededor. Las viudas lloraban unos metros más allá.
Uno de los heridos era Jim Carter, el noviecito de Jenny. Y Jinny con una gran panza ya no podía hacer mucho para ayudarlo, así que Demelza se ofreció para acompañarlos a casa y verificar que el joven tuviera todo lo que necesitaba y que Jinny supiera que hacer para limpiar sus heridas. Ross sólo había asentido cuando le dijo. No quería dejarlo solo, pero él mismo ya estaba de aquí para allá de nuevo, haciéndose útil a quien lo necesitara. Su rostro serio y oscuro.
"Ve." – le dijo cuando la vio titubear. "Nos vemos en casa, no vuelvas muy tarde." – su voz sonaba quebrada y todo lo que ella quería era que estuvieran solos en casa y poder estrecharlo entre sus brazos. Estaba segura que creería que todo fue su culpa y sería su tarea convencerlo de que no era así.
Estaba exhausto. Tres hombres habían muerto, y era su culpa. Era su responsabilidad cuidar de ellos, asegurarse de que no hubiera peligros para los mineros cuando trabajaban. Y él sabía que no todas las vigas de contención necesarias habían sido colocadas. En la desesperación por encontrar mineral en el único nivel que les quedaba por explorar, se había descuidado. Todavía podía ver el rostro de la joven esposa de Ted Carkeek llorando sobre el cuerpo del joven. Toda una vida, arruinada. ¿Qué sería de ella ahora? Él debería ayudarla, de alguna forma. Tenían un bebé recién nacido... Por Dios Santo...
Cuando ya atardecía y la mayoría de los hombres se habían ido, fue Jud quien tiró de su chaqueta y murmuró: "Vamos pa' la casa, Capitán. Ya no hay nada que hacer aquí."
Una fina llovizna empezó a caer mientras caminaban hacia Nampara, haciendo que todo pareciera aún más lóbrego. Sentía como si los pies se le enterraran en la tierra, tan pesados estaban y el agua cayendo sobre su rostro arrastró la suciedad que por las horas que había pasado intentando rescatar a los hombres enterrados lo había cubierto. Fue entonces que al pasarse la mano por la cara, notó que las vendas salían sucias. Allí recordó que Demelza las había vendado. Miró hacia el cielo, la tarde ya daba paso a la noche.
"Jud, ve hasta lo de Jinny para acompañar a Demelza de regreso."
"Zacky Martin dijo que la acompañaría si se hacía de noche." - Respondió el hombre, sin ganas de tener que caminar en otra dirección que no fuera la cocina de Nampara. Ross asintió y pronto estuvieron en la vieja casa.
Ninguno de los dos se percató de la carreta tirada por un caballo que estaba en las caballerizas.
"¿Qué pasó?" - Les preguntó Prudie apenas entraron por la puerta de la cocina. Los dos hombres se sentaron a la mesa cabizbajos. Prudie se apresuró a servirles un vaso de cerveza a cada uno. "Trae el ron, Prudie." - ordenó Ross.
Mientras bebían, Jud le relató a la vieja sirvienta lo que los mineros le habían contado y lo que había visto él. Ross se mantuvo en silencio.
"¡Tres muertos! ¡Que el Señor cuide de sus almas!" - llorisqueó la mujer persignándose. No fue hasta un largo rato después que se acordó de Demelza. - "¿Y dónde está la Señora?"
"Fue a acompañar a Jinny. Jim Carter está herido." Dijo Ross sombrío.
"Es que... me olvidé. Qué cabeza la mía... Tiene visitas. Alguien la está esperando en el salón."
Ross levantó la vista desconcertado.
"¿Quién? ¿No le dijiste que este no era un buen momento?"
"Sí sí. Le dije. Pero el joven insistió en esperar. No me quiso decir quién era, sólo en que quería ver a la Señorita Demelza."
Ross se levantó arrastrando la silla y se dirigió al salón llevándose consigo la copa y la botella de ron. Quien sea que fuera tendría que irse y volver en otro momento, claramente no estaba de humor para recibir visitas, y Demelza tampoco lo estaría.
"¿Sí?" Dijo al asomarse al salón. Sentado en el sillón junto a la chimenea había un joven, de apariencia humilde pero prolijamente vestido. De pelo castaño enrulado y un ojo vivaz que lo miró cuando escuchó su voz. "¿Quién es usted?" - preguntó Ross.
El joven se puso de pie, era alto y delgado y se lo notaba algo nervioso. Al acercarse Ross notó que le faltaba un ojo, tenía un párpado cerrado. Cocido, solo había una cicatriz. Y al ponerse de pie se apoyó en un bastón que descansaba al lado de su pierna.
"¿Señor Poldark? Siento importunarlo. Mi nombre es Hugh Armitage." - el joven se apoyó en su bastón y estiró la mano. Ross la estrechó por puros modales. Jamás había visto a ese hombre ni escuchado su nombre.
"Señor Armitage, me temo que este no es un buen momento..."
"Oh, sí. Su ama de llaves me lo dijo, lo siento. Yo solo quería hablar con su criada Demelza, con Demelza Carne. Me dijeron que la encontraría aquí..."
¿Demelza Carne? Pensó Ross.
"Disculpe, pero ¿Quién dijo que era usted? Me refiero a ¿cómo conoce a mi... a Demelza?"
"Claro. Verá..." Ross hizo señas al joven a que se sentara y él lo hizo también en el otro sillón de madera. Dejó la botella en la mesita, pero se sirvió otro poco de la bebida. No le ofreció al muchacho.
"Demelza y yo, somos... somos viejos amigos."
"Nunca escuché que ella lo mencionara."
"No, me imagino que no. Me fui a la guerra en América hace unos años, desde entonces no nos hemos vuelto a ver."
Ross asintió lentamente.
"¿Y ahora...?"
"Ahora, bien. Esto es algo difícil..." - dijo el muchacho, moviéndose incómodo. - "En realidad pensaba hablarlo con Demelza antes."
"Lo que sea que le tenga que decir a ella, me lo puede decir a mí."
"Sí, bien. Supongo que tiene razón. Después de todo se enterará y si usted se preocupa por ella y le tiene estima, me gustaría tener su bendición..." - no sabía por qué, pero el corazón de Ross empezó a latir más rápido. - "Verá, a decir verdad, Demelza y yo éramos más que amigos. Pasamos mucho tiempo juntos antes de que me fuera y... nos queríamos. He vuelto porque estamos comprometidos y quiero hacerla mi esposa."
Dos hombres sentados uno frente al otro nunca habían sido tan distintos. Uno, jovial y lleno de esperanza, el otro sumergido en una miseria que no parecía tener fondo.
Ross no concebía que lo que estaba diciendo ese hombre pudiera ser verdad. De seguro estaba confundido, se habría equivocado de casa, de Demelza...
"Me temo que no comprendo... ¿está seguro que está en el lugar correcto?"
"Si es usted el Señor Poldark. Así me dijeron en Illugan, al llegar pregunté a unos vecinos y ellos me dijeron que Demelza se había ido a la casa del Señor Joshua Poldark. Fue un alivio para mí, le soy sincero, saber que no seguía viviendo con su padre después de todo este tiempo. Ella solía ayudar a mis padres en la granja, allí nos conocimos y comenzó nuestra amistad. Ahora yo mismo soy un terrateniente, en América, claro. Vine especialmente a buscarla para llevarla allí y poder empezar una nueva vida juntos... Por supuesto que ella podrá seguir trabajando el tiempo que usted necesite hasta que encuentre a otra muchacha."
Ross lo miraba boquiabierto.
"¿Dice... dice que están comprometidos?" - preguntó cuando pudo articular palabra.
"Así es."
"¿Tiene pruebas?" - A Hugh le pareció extraña la pregunta, pero como sí la tenía no dudó en buscar en el bolsillo de su chaqueta la carta que Demelza le había escrito y se la entregó para que la leyera. Después de todo, el hombre debía asegurarse que sus intenciones eran honestas.
Lo primero que Ross leyó, fue el final.
"Con amor, Demelza."
Todo el aire pareció escapar de sus pulmones. La habitación pareció girar descontroladamente a su alrededor, como si estuviera cayendo sin control hacia el abismo. Todo era oscuridad.
Lo que lo volvió al presente fue el joven que allí estaba y se aclaró la garganta al notar que su anfitrión había perdido todo el color en su rostro. "Señor Poldark, ¿se encuentra usted bien?" preguntó preocupado. Ross resopló y asintió levemente, enfocando de nuevo la vista en el papel que aún sostenía en la mano.
La letra era desprolija y titubeante, pero en ella reconoció que era de su esposa por la forma de ciertas letras. La leyó solamente una vez, pero fue suficiente. Podría recitarla de memoria. Las promesas que allí estaban escritas, inquebrantables y eternas, se le quedaron grabadas en la mente. Dudaba que alguna vez las pudiera olvidar. Su corazón se hizo añicos, un frío envolvió todo su ser.
De golpe hubo un ruido fuera. Garrick salió de la cocina y se quedó esperando frente a la puerta principal sacando la lengua y moviendo la cola. Un momento después Demelza entró a la sala, quitándose un chal que no era de ella de sobre sus hombros. El joven se puso de pie, y Ross dirigió su mirada a su esposa.
"Demelza." – dijo el joven.
"…¿Hugh?"
Demelza apenas movió los labios. Un segundo después cayó desmayada al piso.
Fin del Capítulo 40
