Capítulo 41
Le tomó un momento volver en sí. Cuando abrió los ojos alguien la había llevado cerca de la chimenea y ahora estaba sentada en uno de los sillones en donde hasta unos instantes estaban los dos hombres. Hugh estaba arrodillado a su lado aun sosteniéndola, Ross se había ido de la habitación.
Parpadeó varias veces antes de enfocar sus ojos verdes en el joven que tenía en frente. Su aspecto no era como ella le recordaba y más importante, no estaba muerto como ella pensaba.
"¿Hugh?" - Susurró de nuevo. Su nombre sonaba extraño en sus labios, hacía tanto que no lo decía. Tanto tiempo que no pensaba en él. - "Pero... ¿cómo? Creí que habías muerto..."
"Bien podría haber sido así. Demelza... ¿te encuentras bien? Que tonto fui, debí haberte avisado para que el shock no fuera tan grande..."
"¡Me dijeron que habías muerto!" - Insistió. Aun no pudiendo creer que lo tenía enfrente. Como si fuera un fantasma salido del pasado. De un pasado que ella había dejado atrás porque justamente él no estaba. La cabeza le daba vueltas.
Hugh la observó con preocupación. Se dejó inspeccionar en silencio. De seguro era una conmoción para ella. Sin un ojo, con una cicatriz que le llegaba hasta la mitad de la frente. Con una pierna herida que lo había dejado rengo para toda la vida. Pero Hugh contaba sus bendiciones, al menos aún tenía una vida por vivir.
"Casi lo hice." - dijo al fin, cuando Demelza pareció volver a enfocarse en su ojo bueno. "¡Oh, cariño! ¡Cuánto lo siento!"
Demelza lo miró con el ceño fruncido. Él jamás la había llamado así. Y escucharlo ahora no le parecía correcto, sonaba mal de alguna forma.
"¿Qué - qué fue lo que te ocurrió?"
Con algo de trabajo, Hugh se puso de pie y se sentó a su lado. Recién entonces ella notó su bastón, como también notó que su mirada se dirigía a sus manos, como si quisiera tomarlas. Inconscientemente ella entrelazó los dedos y las alejó de él.
Hugh levantó la vista. "Me hirieron. Un par de meses después de llegar, en medio de una batalla. Una bala rozó mi cabeza y me reventó el ojo. Aquí..." - Hugh trazó en el aire la dirección de la bala. Como había atravesado su frente y salido por su ojo. Demelza contuvo el aliento. "En el fulgor de la batalla me dieron por muerto y me pisaron, lastimando mi cuerpo. Costillas y un brazo roto. Y una pierna que nunca volverá a funcionar bien. Cuando desperté estaba en un hospital y no recordaba nada. Habían pasado semanas. Todo mi batallón fue aniquilado y a mí me salvaron gracias a la piedad de los americanos. Me operaron en uno de sus hospitales de campaña y luego me llevaron a una ciudad llamada Pensilvania. Me despojaron de todo mi uniforme, no me dejaron nada más que una carta que me dijeron llevaba entre mi ropa. Tu carta. Cuando desperté y no recordaba quién era y la leí por primera vez fue un rayo de esperanza en la desesperación que sentía por no saber quién era. Tu carta, tú, Demelza, me diste la fuerza para salir adelante. Saber que había alguien en algún lugar que me estaba esperando y que… me amaba."
"Oh…" Demelza se secó rápidamente las lágrimas que habían caído en sus mejillas. Decir que estaba conmovida estaba sobreentendido.
"Me ayudaron a recuperarme físicamente pero no a descubrir quién era. Estuve semanas en recuperación, sin poder caminar y cuando por fin pude hacerlo y me acerqué a una de las oficinas militares británicas había tantas bajas que no pudieron ayudarme mucho. Necesitaban más datos, saber de donde era. Pero yo no recordaba nada y solo tenía tu carta que no decía de donde provenía. Así que tuve que empezar de cero. Cosa que no es bastante habitual en América. Trabajé, de lo que podía. Primero en la ciudad, haciendo changas aquí y allá. Ahorrando cada dólar, hasta que junté bastante para poder viajar a otros lugares en donde necesitaban gente y pagaban mejor. Al parecer tenía buena mano con los animales, así que dedicaba a cuidarlos, asesorar en varias granjas. Todo esto a medida que me recuperaba. Mi memoria no volvió de golpe, si no poco a poco. A veces veía imágenes, paisajes, rostros… El tuyo. Recordé el día en que nos despedimos, mi pregunta y tu respuesta que tenía en mi poder. Hasta que me encontré recordándolo todo. Inglaterra, Cornwall, Illugan. La muerte de mi madre, mi padre y a ti. Te escribí entonces…"
"Nada me llegó."
"Nunca envié la carta. No se por qué. Quizás quería tener algo, poder ofrecerte algo antes de que supieras que era un lisiado…"
"Hugh…"
"¿No te habría importado? Si, lo sé. Continué trabajando, soñando con el día en que volviera a verte. Tengo una granja ahora, y algunas tierras. Es lo que ocurre en América, si trabajas, puedes progresar…"
"Si, lo sé." – afirmó ella, recordando una conversación que había tenido con Ross.
"Y ahora he vuelto por ti. Para llevarte conmigo y poder empezar nuestra vida juntos lejos de aquí, donde podremos tener un futuro…"
"Hugh, yo…"
"¿Recuerdas cuando solíamos leer juntos? ¿Sobre tierras lejanas más allá de los mares? Cuán lejos todo eso nos parecía… pues es una realidad. Podemos tener una vida mucho mejor que la que teníamos en Illugan. No tendrías que trabajar como sirvienta, tendrás tu propio hogar para cuidar…"
"No soy una sirvienta, Hugh."
El joven se calló por un momento y la miró sin entender. Al parecer no se había percatado del anillo que llevaba en su mano.
"No trabajo aquí… soy, soy la Señora de la casa. Hugh, este es mi hogar. Ross Poldark es mi esposo…"
Hugh se alejó un poco de ella, enderezando su espalda sobre el sillón y dirigiendo otra vez su único ojo a sus manos, al anillo que llevaba en su dedo anular.
"Oh, Hugh…" – suspiró Demelza, con un nudo en la garganta y una catarata de lágrimas a punto de derramarse y que empeñaban sus ojos. – "Creí, creí que estabas muerto. Tanto tiempo si recibir noticias. Me dijeron que estabas muerto…"
Demelza rompió a llorar. Su corazón rompiéndose por herir a ese hombre que alguna vez había querido y había sido su amigo y le había enseñado tanto.
Hugh se puso de pie, se alejó un momento de donde ella estaba. Ella aprovechó para intentar recomponerse, secando sus lágrimas con el dorso de sus manos. Cuando se tranquilizó dirigió su mirada a ese hombre, a ese fantasma que estaba de pie dándole la espalda. Demelza creía que podía ver su corazón haciéndose trizas. Le dolía a ella también.
"Hugh…" dijo luego de unos minutos. El no pareció moverse. Demelza se puso de pie y se acercó. – "Lo siento tanto. Cuando te vi, no creía que fuera cierto. Me alegra tanto que estés aquí, que estés vivo. Tantas veces pensé en ti, en el momento en que regresarías y tantas veces lamenté todo lo que no habías podido vivir. Por eso estoy contenta, de que hayas encontrado tu camino, hecho tu vida."
Lentamente, Hugh se dio vuelta. Sombras bailando en la mitad de su cara, su ojo de veía rojo como si el también estuviera intentando contener las lágrimas.
"Demelza… yo… lo entiendo. Debe haber sido difícil para ti. Tenías que seguir con tu vida, no te reprocho eso. Se cómo era tu vida con tu padre. Tu esposo, Poldark, él ¿te trata bien?"
"Sí. Si, claro que sí."
"Escucha, Demelza. Debo confesarte que esto no es lo que me esperaba. Pero me doy cuenta que paso mucho tiempo, y no tengo derecho a pedirte nada. Ya demasiado me diste. Tú me mantuviese con vida. La esperanza de que alguien, en algún lado me estaba esperando, me salvó…"
"Hugh, por favor…" Las lágrimas amenazaron con caer de nuevo.
"No es más que la verdad. Demelza, te he amado de que éramos casi niños. Eso no ha cambiado. Aún podemos tener una vida juntos. Si vienes conmigo a América, nadie sospechara nada. Podemos decir que eres mi esposa, nadie podrá negarlo…"
"Hugh…"
"Un barco sale de Southampton la semana próxima. Podemos casarnos cuando lleguemos a Nueva York…"
"Hugh, yo ya estoy casada. No dejaré a mi marido. Yo… yo lo amo."
El rostro de Hugh se distorsionó en un gesto de dolor. Ella no sabía qué hacer, como consolarlo. Era cierto que se alegraba de que estuviera vivo. Tantas veces había soñado el día en que volvería a cumplir su promesa, y en estos últimos meses también había estado presente en sus pensamientos. Cuando ella comenzó a vivir, a experimentar lo que era el amor, había sentido una gran tristeza de que él jamás podría conocer esa dicha. Y ahora le rompía el alma ser ella quien lo rechazaba. Pero en su mente ni en su corazón había la menor duda.
Hugh se fue unos minutos más tarde, luego de volver a insistir en que podrían escaparse estando ella aún casada. Dijo que estaría en su vieja casa por si cambiaba de opinión durante esa semana. Demelza lo vio partir desde el umbral de Nampara, apoyada contra la firme pared de piedra mientras las últimas lágrimas se secaban en sus mejillas. Las últimas lágrimas derramadas por Hugh, al menos.
La noche había caído por completo. Cuando volvió a entrar a la casa estaba a oscuras, pues nadie había prendido las velas. Solo el fuego de la chimenea iluminaba la sala. No había nadie. Demelza se asomó a la cocina, pero los Paynters no estaban. Seguramente Jud estaba agotado luego de haber estado en la mina toda la tarde. Les prepararía algo de comer, quizás una sopa, Ross de seguro no tendría hambre tampoco. Pero primero debía arreglarse un poco, lavarse la cara al menos. Así que subió a la habitación.
Ross no estaba allí tampoco. No le llamó la atención al principio, pero poco a poco a medida que pasaban los minutos el latir dentro de su pecho comenzó a intensificarse. Él estaba sentado hablando con Hugh cuando ella llegó y luego que se despertara ya no lo había visto. Fue en su búsqueda.
No tardó mucho en encontrarlo. Estaba sentado detrás del escritorio en la oscuridad de la biblioteca. La cabeza baja, quieto como una estatua. La botella de ron casi vacía brillaba con el reflejo de la luna que se colaba por la ventana. No se movió cuando la puerta chirrió al abrirse.
"Ross…" – susurró Demelza. Su voz todavía áspera por haber estado llorando. Ross no le contestó.
Demelza dio unos pasos dentro de la habitación, sus ojos acostumbrándose a la oscuridad. No hacía mucho tiempo cuando ella había entrado por esa misma puerta, Ross no había querido otra cosa más que hacerla suya, ahora la situación no podría ser más distinta.
"¿Se ha ido?" - preguntó. La voz sonó extraña en la oscuridad, grave y distante.
"Sí." - susurró ella, dando un paso más. Sus dedos rozaron el borde del escritorio.
"Me mentiste... todo este tiempo. Me mentiste." La voz extraña dijo.
"No... Ross, yo no..."
"Sí, lo hiciste. Desde el primer momento en que pusiste un pie en esta casa... desde aquella primera vez que te vi en la iglesia de Sawle. Siempre, estabas mintiendo."
Un frío pareció nacer proveniente de sus palabras y la envolvió entera, dejándola paralizada y sin saber que decir ante su acusación. Demelza conocía a su marido. Conocía sus cambios de humor, las sombras que podían invadirlo ante el menor ofuscamiento. Y ese día había estado lleno de tristeza e infortunios. Sabía que él se sentiría culpable por lo ocurrido, ya que era el dueño de la mina, el responsable. Y Demelza no podía ni llegar a imaginar la profundidad de la confusión en la que estaba sumergido. Ahogándose. Pues todo lo que creía certero hasta esa mañana se había esfumado en tal solo unas horas. Y Ross nunca había sido la clase de persona que se detuviera a reflexionar cuando las cosas no salían como él quería. Siempre había sido propenso al enojo y la frustración, y esta vez no era distinto. Y todo le parecía que era culpa de una sola persona. Una persona que incluso a su pesar, él había llegado a amar, a confiar en ella. A construir sus días, su vida, alrededor. Pero todo había sido una farsa. Un juego de humo y espejos.
"Dime, ¿mi padre lo sabía?"
"¿Si sabía qué?"
"Que estabas comprometida con otro hombre."
"Ross, yo no estaba comprometida con..."
"¡Ya deja de mentir!" - Su grito retumbó en sus oídos. Nunca lo había visto así.
"Ross... por favor."
"Leí la carta. Ese joven me la enseñó creyendo que yo era tu patrón y quería mi permiso para pedir tu mano, para casarse contigo como tú se lo prometiste. ¿Acaso leí mal? ¿No escribiste tú esa carta? ¿No era el tu novio? ¿No lo amabas? ¿No prometiste amarlo para siempre? ¿Esperarlo para que él te hiciera su esposa?"
"Yo... yo... eso fue hace tanto..." - tartamudeó.
"Así que no lo niegas." - sentenció él.
"¡No, Ross! No es así. ¡Creí que estaba muerto! Mi padre me dijo que había muerto en la guerra..."
"Así que cuando mi padre te ofreció casarte con su hijo aprovechaste la oportunidad para mejorar tu posición..."
"¡Sabes que eso no es así! ¿Cómo puedes decir eso? Sabes que no sabía lo que pretendía tu padre, lo sabes..."
"¡Ya no sé nada! ¿Cómo puedo creer nada de lo que dices si me has estado mintiendo desde el primer momento en que te vi? Te metiste aquí, te ganaste la confianza de mi padre, mi confianza. Te metiste en mi cama, hiciste que me enamorara de ti..."
"¿Me metí en tu cama...?"
"Todo cuando tú estabas comprometida con otro hombre, enamorada de otra persona."
"¡Nunca te mentí cuando te dije que te amaba! Aunque es muy difícil hacerlo cuando eres tan cruel."
"¿Yo soy cruel?"
"Sí, lo eres."
Ross rio entre dientes. Una risa llena de desdén y desprecio. La cortaba como un cuchillo.
"Y tú eres una mentirosa. Y ahora ¿Qué vas a hacer?"
"¿Qué voy a hacer con qué?"
"Él está vivo. Y vino a buscarte. ¿Te irás con él?"
"¿Tú quieres que me vaya?" Preguntó ella, su corazón hecho añicos.
"No me podría importar menos lo que tú hagas."
"Ross..." Demelza jadeó. Sus ojos se llenaron de lágrimas. - "Tanto se ha arruinado hoy... ¿He arruinado yo esto? Lo siento... nunca quise lastimarte." Con un movimiento desesperado Demelza se acercó hacia donde él estaba y se arrodilló a su lado, apoyando su mano sobre su brazo. Ross no se giró para verla. Su mirada clavada en la oscuridad. "¿He perdido tu confianza? ¿Es para siempre?"
Ross continuó en silencio.
"Lo es. Puedo verlo en tus ojos. ¿Puedo ganármela de nuevo?"
"No lo sé. No lo creo." Dijo al fin. Su voz más calma, pero aun así no menos hiriente. - "Mentiría yo también si dijera que es probable. Te has terminado casando con una familia peculiar, Demelza. Los Poldarks somos impacientes. Malhumorados. Fuertes en nuestros gustos y disgustos. Quizás habría sido mejor que lo esperaras..."
"Ross..." Su voz se quebró, pero Demelza sabía que ya no había nada que hacer.
Fin del Capítulo 41
N/A: ¡Gracias por leer!
