Capítulo 42
Si Ross hubiera reflexionado, se hubiera calmado y le hubiera dado la oportunidad a Demelza de explicarse, quizás todo se hubiera podido aclarar en esa misma noche. Pero claro que su matrimonio no era lo único que requería de su discernimiento para solucionar los problemas. Entremezclados en el tumulto de sus pensamientos, caían sobre él no solo la traición de Demelza, sino también el desastre ocurrido en Wheal Leisure. Los tres hombres muertos, las decenas de familias que ahora no tendrían un sustento, su propio porvenir. Todo estaba hecho trizas, al igual que su matrimonio.
Demelza había vuelto a intentar explicarse esa noche. Lo había esperado en su habitación, sentada en el borde de la cama, incapaz de siquiera intentar conciliar el sueño. Era casi medianoche. Demelza había tenido algunas horas para pensar, para poner sus pensamientos y sus sentimientos en orden. Para planear lo que le iba a decir a Ross. Ella no había querido mentirle, no lo había hecho en realidad. A lo sumo le había ocultado una parte de su pasado que siempre había considerado como de ella sola. Jamás había hablado a nadie de Hugh. Pero ahora entendía que había estado mal al no hablar de él con Ross. Se sentía culpable y entendía que él reaccionara así. Aunque estaba dolida y algo molesta por todo lo que él le había dicho, por sus acusaciones. Él tenía razón, ella lo conocía. Conocía sus repentinos ataques de rabia y ese día podía comprender el motivo. Hasta cierto punto.
Se había puesto de pie cuando escuchó los pesados pasos en las escaleras. Le había costado el doble de lo habitual subir, apoyándose en la baranda, su figura se recortó en el marco de la puerta. Se había bebido toda la botella de ron y mitad de una de whisky que guardaba en la biblioteca. La cabeza le estallaba. Aún tenía puesta la camisa sucia, el barro se había secado con el correr de las horas. Lo mismo había ocurrido en su cabello. Sus botas habían desparramado tierra por toda la casa. Instintivamente, Demelza se acercó a él para ayudarlo, pero se apartó bruscamente de ella y a tientas entró en la habitación.
"Ross... por favor, escúchame." - comenzó, al tiempo que él llegaba a sentarse pesadamente en el pie de cama. "Entiendo, entiendo porque estás molesto conmigo. Yo nunca quise ocultarte nada y lamento mucho haberlo hecho, de verdad. Jamás le dije a nadie sobre Hugh. Él era el único amigo verdadero que tuve, el único rayo de felicidad en una vida vacía. Trabajé en la granja de sus padres durante años, desde que era pequeña. Él iba a una escuela en Devon y cuando estaba en su casa me enseñaba todo lo que allí aprendía. Crecimos juntos. En mi casa, pues bien, en mi casa mi padre no era muy bueno conmigo. Pero me dejaba ir a casa de los Armitage porque ellos le pagaban unos peniques por mi trabajo. Él no sabía que éramos tan cercanos hasta el día en que me llevó a la iglesia. Fue allí donde me dijo que había muerto. Creo que... creo que me mintió. Y yo creí que mi vida se acabaría. Es cierto, yo lo esperaba. Cuando se fue, solo ese día me dijo que me quería, solo esa vez. Yo no conocía más que eso, más que su amistad. Y me partió el alma saber que había muerto solo y lejos de su hogar. Pero desde que vine aquí, desde que conocí a tu padre, me juré dejar todo eso atrás. Todo lo que había sido mi vida hasta ese momento. Ross, yo no te mentí cuando te dije que te amo. Lo hago, con todo mi corazón." - dijo. Ross la observaba con la mirada vacía. El alcohol, la bronca nublando sus sentidos.
"¿Eso es todo?" - murmuró.
"Yo..."
"Tú. De todas las personas, de ti era de quien menos me lo esperaba. El engaño, la traición..."
"Ross..."
"Nada de lo que digas puede borrar lo que hiciste. Tú carta era muy clara. Tengo cosas más importantes de que ocuparme. Vete con él. De seguro te estará esperando..."
"¡Ross! ¿Acaso no escuchaste nada de lo que te dije? Era una niña cuando escribí esa carta ¡No sabía de lo que hablaba!"
Pero no había nada que hacer, nada que pudiera decir para que él comprendiera que cuando se vive sin nada, el más mínimo gesto de afecto significaba el mundo entero. Ross estaba sumergido en un vórtice de culpa, traición, oscuridad, alcohol y autocompasión. Y ninguna justificación sería suficiente. Ninguna excusa. Porque Demelza sabía, en el fondo, que él tenía algo de razón. Que ella debió haberle hablado de Hugh. Quizás hubiera sido algo sin importancia, tal vez él lo hubiera dejado pasar sin más en otro momento. Pero justo ese día, cuando todo el peso del mundo había caído sobre sus hombros, era la gota que colmó el vaso. Toda la furia e impotencia acumulada del día se dirigió hacia su esposa. Y él creía tener razón.
Los labios comenzaron a temblarle, sus ojos se llenaron de lágrimas.
"Eras una niña cuando decidiste venir aquí, cuando te casaste conmigo. Me parece que eras una niña que sabía muy bien lo que quería... ¡No te pongas a llorar! No ganarás una pizca de compasión mía con eso." Dijo bruscamente. Casi gritándole. Y por primera vez desde que se habían conocido Demelza no pudo hacerle frente. Las lágrimas caían sin control, y al final huyó de la habitación.
La situación en Nampara tenía un cierto parecido con hace unos meses atrás. Cuando Ross pasaba fuera de la casa gran parte del tiempo. Solo que ahora el Señor Joshua no estaba para conversar con ella y levantarle el ánimo. No había vuelto a verlo desde esa noche del derrumbe, Ross la había evitado durante gran parte de una semana. Por lo que se enteraba a través de Jud, Ross pasaba todo el día en la mina, excavando y quitando todo y cuando se podía del túnel derrumbado. Pero era un trabajo arduo y extenuante, pues eran pocos los hombres que quedaban trabajando. Además de los heridos, había muchos que ya comenzaban a buscar trabajo en otras minas. Era lógico, la mayoría tenían familia que alimentar, y en Wheal Leisure ya no quedaba esperanza. Su otra fuente de información era Jinny, pues Zacky era uno de los pocos hombres que trabajaban codo a codo con Ross y Demelza iba a verla todos los días. Ella también estaba muy ocupada, cosa que agradecía, así podía mantener ocupada su cabeza y no pensar. Jim había quedado muy débil, había aspirado gran cantidad de polvo en las horas en las que estuvo desaparecido bajo la mina y a sus pobres pulmones les costaba un gran esfuerzo respirar. Así que ella iba a ayudar a sus amigos. No era la única casa que visitaba. El primer día la habían llamado de una cabaña vecina para que fuera a ver a otro herido y así ahora pasaba toda la tarde en casa de los mineros, ayudando en lo que podía. Demelza era consciente de la poca ayuda que ella podía brindar, pero aun así a sus inquilinos parecía tranquilizarle su presencia. Con la señora Martin habían ideado un plan. Algunos de los hombres que aún no habían conseguido empleo irían a Nampara a arar una parcela del campo adonde poder sembrar para luego repartir la cosecha entre los aldeanos más necesitados. A Demelza le hubiera gustado consultarle a Ross, pero dudaba que tuviera alguna objeción. Además, no lo veía como para preguntarle. Le hubiera gustado poder ayudarlos más, pero las provisiones se estaban acabando. Tenía guardadas algunas monedas con las que tenía pensado comprar harina y así poder hacer pan para repartir, pero no podía ofrecerles más que eso.
Las primeras noches, Demelza había vuelto a casa y preparado la cena. Había esperado a Ross durante horas para comer con la esperanza de que tal vez, con algo más de calma, pudieran hablar. Pero Ross no había llegado ni la primera noche, ni la segunda. Ni la tercera. Dios sabía adónde estaba, porque Demelza no creía que estuviera en la mina hasta tan altas horas. Y tal vez era algo orgulloso por su parte, pero había comenzado a resentir su actitud. ¿Acaso pensaba ignorarla durante el resto de su vida? ¿Tan grande había sido su falta para ser merecedora de tal trato? Las últimas horas del día eran la peor parte. Cuando ya no tenía la mente ocupada ni otras personas que necesitaran de su ayuda y solo estaba ella y su soledad.
Esa primera noche se había ido a dormir a la vieja habitación del Señor Joshua detrás de la biblioteca, allí había llorado cada noche hasta quedarse dormida. Era pequeña, húmeda y fría. Pero allí se había quedado desde entonces, pues Ross le había dejado muy claro que no quería verla. Y él no la había ido a buscar.
Poco sabía ella que Ross la había observado cada noche.
Cuando volvía a casa muy pasada la medianoche. A veces desde Leisure, pues bajo tierra daba lo mismo que fuera día o que fuera noche para trabajar, o desde la taberna con algunas copas de alcohol encima. Entraba a una Nampara a oscuras y en silencio. Al primer lugar que iba era al cuarto detrás de la biblioteca. El enfado y la decepción aún estaban latentes. No podía entender que ella lo hubiera traicionado de esa manera, que le hubiera ocultado algo tan importante como el hecho de que ya había estado enamorada antes. El dolor era profundo, pues a ella era a quien se había entregado por completo. Era en quien más confiaba. Que tonto había sido al creer que el destino al fin le sonreía. Ahora tres hombres estaban muertos, su esposa lo había traicionado y ya pronto no le quedaría nada. Pero aun así, cada vez que volvía se quedaba de pie bajo el marco de la puerta observándola dormir por largos minutos. En el fondo, Ross sabía que iba a verla para asegurarse de que aún estaba allí. Aun desconfiaba de que no se iría con ese joven, ¿Qué importaba que estuviera casada si se la llevaba a América? Ese recelo lo perseguía todo el tiempo. La duda y la impotencia lo consumían. Y sus días que habían estado llenos de alegría se tornaron oscuros, monótonos e inútiles.
Francis había ido a verlo el día siguiente al accidente a ofrecerle su ayuda, pero no había nada que pudiera hacer.
"¿Y cómo esta Demelza?" – le había preguntado preocupado. Ross ni siquiera lo miraba. – "Debe estar muy triste por lo ocurrido."
"Realmente no tiene importancia como ella se sienta. Tengo otras cosas por las que preocuparme. Ahora, coge una pala y empieza a excavar o déjame trabajar, Francis." Para su sorpresa su primo tomó una pala y comenzó a ayudarlo. Había ido un par de días más por la mañana antes de ir a Grambler, su mina. Aunque no volvieron a hablar mucho. Ross no hablaba casi con nadie. Con Henshawe había discutido la posibilidad de vender las herramientas y maquinarias que quedaban para obtener algo de efectivo, pero el Capitán quería esperar un poco más, no rendirse tan pronto. "¿Qué estás diciendo, Henshawe? Ya todo está perdido." – había dicho él. Pero accedió a esperar algunas semanas más antes de rematarlo todo. Lo haría tarde o temprano.
Así pasaban sus miseros días. Uno tras otro, encadenados en una misma desesperación de la que no había salida.
"Ross, te buscan." Zacky le avisó. Ross puso los ojos en blanco. No quería ver a nadie. Los inversores venían de a uno a inspeccionar las pérdidas. Las pérdidas de su capital, claro. A ninguno le importaba las tres vidas perdidas y de todos tenía que soportar el regaño y la acusación de que fue su culpa y el "Esto con tu padre no habría ocurrido."
Pero no era uno de los inversores. Era Elizabeth.
Ross trató de arreglarse lo mejor que pudo. Se cambió rápidamente la camisa, se lavó la cara y manos y se colocó el chaleco y saco encima. No podía recibirla de otra manera, era una dama.
"¡Ross! Oh, querido Ross, cuanto lo siento." – exclamó al verlo. Apoyando sus manos y mejilla en su hombro en un intento de abrazo. – "Quería venir antes, pero no me encontraba muy bien. Pero tú, ¿Cómo estás tú? Francis me contó lo que ocurrió. Pobre gente…"
"Estoy bien, Elizabeth. Gracias por preocuparte."
"No te creo. Mírate. Te ves agotado. No deberías estar haciendo trabajo manual, deja eso a los obreros."
"Ya no hay muchos…"
"Pues debes tomarte un descanso."
"No sé qué es eso, Elizabeth."
Su prima lo miró con cara de pena y reproche y lo hizo sonreír. Un gesto extraño en esos últimos días. Ross miró alrededor, a su mina en ruinas, y a Elizabeth tan elegantemente vestida y tan fuera de lugar en un lugar como ese.
"Aunque tal vez tengas razón. ¿Qué tal si vamos a tomar el té a Nampara?"
La mujer dudó por un momento, pero se recompuso de inmediato. – "Por supuesto, me encantaría."
Caminaron del brazo hasta donde estaban los caballos, hablando de nada en particular. Su presencia le resultaba tranquilizadora. Cuando la ayudó a montar le preguntó "¿Es seguro que cabalgues en tu condición?"
Elizabeth sonrió tiernamente, aleteando sus pestañas. "Esto no es cabalgar, Ross. No hay diferencia entre esto y estar sentada en una silla. No hago nada en todo el día, y esto no es ningún esfuerzo. Eres muy amable en preocuparte."
Lentamente, guiaron los caballos rumbo a Nampara. Ausente mientras ella hablaba, Ross pensó en que diría Demelza cuando llegaran. Sería la primera vez que se verían en más de una semana.
No es que Ross fuera vengativo, ni que con la visita de Elizabeth quisiera hacerla sentir mal particularmente. Al menos, no a propósito. Aunque en el fondo sabía que a Demelza no le caería bien, aunque sabía que no era una buena idea. Aun así, no se detuvo.
Efectivamente, cuando llegaron a Nampara eso fue lo que consiguió. Lastimarla aún más. Demelza estaba en medio de los preparativos para salir a casa de los Martins como todas las tardes. Ya se había puesto el chal alrededor de los hombros, unas medias gruesas y estaba terminando de guardar la última horneada de pan para salir, cuando escucho que Ross estaba en casa y hablaba con alguien.
Inocentemente, se asomó al salón. Quizás tuviera alguna esperanza de que hubiera vuelto temprano a hablar con ella, pero lo creía poco probable. Lo más seguro era que tuviese que reunirse con alguien en la biblioteca y Demelza salió a ver si le podría ofrecer algo a quien quiera que fuera. Pero cuando vio quién era se detuvo en seco.
Elizabeth estaba observando la sala. Hacía años que no iba a Nampara y observaba atentamente todos los pequeños cambios que allí notaba. Los pequeños detalles que solo a las mujeres llamaban la atención.
Ross la vio antes que Elizabeth, y sus miradas se cruzaron durante un instante. Incertidumbre, ¿dolor? Al principio no pudo identificar que cruzaba por su mente.
"Demelza, querida prima." – resonó la voz de la mujer, haciéndola apartar los ojos de su esposo.
"Elizabeth." Dijo ella nada más, inclinando un poco la cabeza pero sin bajar la vista. ¿Qué hacía esa mujer en su casa? Se preguntó. ¿Para que la había traído Ross? No lo comprendía. Le quedó claro unos instantes después.
"Espero no importunar. Ross me invitó a tomar el té." Los ojos de Demelza volvieron a Ross furtivamente.
"Creo que Demelza quería decirte algo, Elizabeth."
Quería humillarla. Le podría haber gritado. Tenía ganas de insultarlo y abofetearlo. ¡Llevar a esa mujer horrible a su casa y esperar que se disculpara con ella! Era el colmo.
Mordiéndose el interior de la mejilla para no hacer un escándalo, intentó sonar lo más tranquila posible.
"No sé de lo que hablas, Ross. Me deberías haber avisado, estaba a punto de salir. Que pasen una bonita tarde." Y sin más se dio media vuelta y se fue.
"Oh… creo que la sorprendió mi visita…" - dijo Elizabeth, llevándose una mano al pecho sorprendida.
"Discúlpame un momento, Elizabeth." – dijo él y salió tras su esposa.
Pero Demelza se había echado a correr apenas salió de la casa. Los ojos le ardían, y prefirió apresurarse antes que derramar más lágrimas. Ya no quería llorar más. Si él la iba a tratar así, pues bien. Ella ya no se preocuparía por él tampoco, se dijo. Cuando escuchó su voz ya estaba casi en los manzanos.
"¡Demelza! ¡Demelza!" Oyó a lo lejos, pero no se detuvo.
Garrick pasó de prisa junto a él, corriendo tras ella. Ross suspiró y se pasó una mano ofuscada por la frente. Volvió adentro.
Demelza llegó a casa de los Martins casi sin aliento. Había conseguido contener las lágrimas, pero por escapar de esa horrible mujer se había olvidado de tomar la canasta con pan que había preparado.
"¡Dios me libre, niña! ¿Pero qué te ocurre?" – Exclamó la señora Martin al abrir la puerta.
"¡Lo siento! Me olvidé de traer el pan, que tonta soy. Tuve que salir de prisa y, y…"
"No te preocupes por eso. Entra, entra. Siéntate un momento. Estas pálida como una sábana."
Demelza se dejó caer en una silla. De verdad se sentía mal, algo descompuesta. El corazón le latía demasiado rápido en el pecho y le había comenzado a doler la cabeza. Aún continuaba sin poder creer que Ross hubiera llevado a esa mujer y pretendiera que ella se sentara como si nada a tomar el té con ellos. Después de que no le dirigiera la palabra durante una semana, ¿eso era lo primero que le decía? ¿Qué se disculpara con Elizabeth? Pues si en algún momento había querido hacerlo, ya no. Ahora deseaba haberle derramado la copa de vino entera en la cabeza.
La señora Martin puso una taza de té caliente en sus manos, tenía mucha azúcar.
"Bebe, Demelza. Te hará bien. ¿Cómo te sientes?"
"Me-mejor. Gracias."
"Supongo que has tenido muchas preocupaciones en estos días. No debes sobre exigirte. No quiero que el Señor Poldark piense que nos estamos abusando de tu generosidad y estás descuidado tu salud."
"Oh, no. No se preocupe, no es eso…"
"¡Oh! ¿Quieres decir que…?" – de repente hubo una pequeña sonrisa en el rostro regordete de la Señora Martin.
"¿Qué…?"
"¿Estás…?" Demelza la miró sobre la taza sin comprender.
"¿Si estoy qué?" No entendía el juego de acertijos al que estaba jugando la mujer.
"¿…embarazada?" – dijo al fin.
"¡Oh, no! No, no, no…" Demelza respondió inmediatamente, sin pensar. Pero los no, no, no se fueron apagando y Demelza se quedó en silencio. La taza aún frente a sus labios, sus ojos se hicieron más grandes y su respiración comenzó a agitarse de nuevo.
Viendo la cara de espanto en la joven Señora Poldark, la señora Martin se acomodó en su asiento y estiró la mano para tomar la de Demelza sobre la mesa. Ella apoyó la tacita en el plato.
"Demelza… no sería algo inesperado, ¿verdad? Tu esposo y tú, son jóvenes, se quieren. ¿Te has sentido distinta últimamente? ¿Cansada, o con cambios en tu apetito? Quizás hasta con cambios en tu humor o con dolores de cintura extraños…"
Si, si, si y sí.
"Pero…"
"¿Cuándo fue la última vez que… que tuviste tu período?" – susurró la mujer.
Demelza trató de pensar. Todo le daba vueltas.
"No, no lo recuerdo. Creo que antes, si, antes del accidente en la Escalera de los Mineros. No me acuerdo que me haya venido después…"
¡Judas!
"Eso fue hace… ¿dos meses? ¿Casi? ¿Estás segura? ¿Estabas embarazada cuando te quedaste atascada?"
Demelza la miró con terror. ¡Estaba embarazada! ¡Judas! ¿De cuánto estaba? ¡¿Cómo es posible que no se hubiera dado cuenta?! Por más que pensara, no podía recordar otra menstruación más que la primera desde que ella y Ross… bueno, desde que habían empezado a tener intimad. Y luego había sido todo tan intenso, había habido tantos cambios, tantas… distracciones. Ni una noche separados. Ni una noche. Se había saltado dos meses ¡Judas!
"Tranquila, Demelza… es algo perfectamente natural. Mírame a mí, yo tengo cinco. Y aun creo que hay lugar para más."
"Pero si ya estaba embarazada cuando fue el accidente, ¿estará bien?"
"Entre ese día y tu último período ¿recuerdas cuánto tiempo había pasado?" – preguntó la mujer.
"No exactamente, pero no muchos días."
"Entonces apenas si estabas de días. ¿Te alimentaste bien después?"
Demelza asintió. "Si. Ross se aseguraba que no me faltara las comidas y después… después comencé a tener mucho apetito."
"¿Ya lo ves? Tu bebé está bien, Demelza. Te felicito. Estoy segura que esta nueva personita les traerá mucha felicidad. Se la merecen."
A Demelza se le llenaron los ojos de lágrimas. Y eso que no quería llorar más. Al parecer no tenía ningún control sobre eso y era perfectamente normal.
"Gra- gracias." No supo que más decir.
Un bebé. Un hijo o hija. Suyo y de Ross. Sí, quería tirarse en la cama y ponerse a llorar con todas sus fuerzas, pues este bebé llegaba en el peor momento. Ross no la quería ¿qué iba a decir de esto? Sin pensarlo, Demelza se llevó una mano a la barriga. Y luego la otra. Una personita estaba creciendo dentro de ella. Era increíble. Era… maravilloso.
Su pecho se hinchó al tomar una bocanada de aire y pareció que su corazón se expandió de amor. Entre las lágrimas, sonrió. Tendría un hijo, un bebé. Y Demelza ya lo amaba con todo su corazón. Y en ese momento no le importaba lo que Ross pensara. Si quería quedarse con esa mujer, pues allá él. Ella ahora tenía a su bebé. Se hecho a reír y la Señora Martin también. De puso de pie y la abrazó.
Fin del Capítulo 42
