Capítulo 43

Ross realmente no estaba prestando atención a lo que Elizabeth decía. Al final, Prudie les había servido el té. Muy de mala gana, demás está decir. Casi tira la tetera al piso al dejar caer la bandeja sobre la mesa. Elizabeth la había mirado de reojo y había dicho algo como "En el trabajo de los sirvientes se refleja la aptitud de una buena esposa." – o algo así. Pero luego había cambiado rápidamente de tema.

Ross se encontró incapaz de poder concentrarse en la vacía charla. Elizabeth llenando el silencio con chismes y comentarios sobre las familias vecinas. A quienes había visto en su última visita al pueblo y que llevaban puesto. "Un vestido de hace diez años." O "Lo debe haber traído de su último viaje a Londres."

"El vestido que tenía Demelza en la fiesta de año nuevo era muy bonito. ¿Adónde se lo compraste?"

"Ohhh… en la señora Trelask, supongo. Lo siento, no se mucho de vestidos." Se disculpó Ross, recordando lo que le había ocurrido a ese vestido y como Demelza se había quejado que ya no se lo podría poner otra vez para salir. Demelza… Ross no dejaba de pensar en su expresión cuando llego a casa con Elizabeth. ¿Era eso lo que el pretendía? ¿Qué ella se enojará? ¿Darle celos? Reflexionó…

Mientras Elizabeth seguía con la superflua charla. ¿Había sido siempre tan… superficial?

"Si no estuviera esperando, me hubiera gustado venir y ayudarla. A una joven como ella le hubiera venido bien una guía, alguien que tener como ejemplo y que le explique cómo se maneja una casa."

"¿A alguien como ella?"

"Si…" – Elizabeth titubeó por un instante, insegura de la repentina dureza en la voz de Ross. – "bueno, ya sabes. Ella no es como nosotros, no fue criada para manejar una hacienda…"

"Nampara difícilmente es una hacienda…"

"Es mucho más grande de lo que ella podía aspirar…"

"Demelza hace un buen trabajo como Señora de esta casa." – sentenció.

Un ligero color elevándose a las mejillas de Elizabeth. "Por supuesto, Ross. No quise decir lo contrario. Solo que debe ser difícil para ella adaptarse a las normas de la sociedad."

Al diablo las normas de la sociedad. Pensó Ross. Demelza era una excelente ama de casa, en eso no tenía falta alguna. Desde el momento en que llegó, Nampara había cobrado una nueva vida. Todo estaba siempre limpio, había cortinas nuevas, manteles sobre las superficies, jarros llenos de flores en cada rincón, sabía atender a los animales y la granja, y un aroma delicioso siempre provenía de la cocina. Es verdad, quizás ella no bordaba ni tocaba el piano como la mayoría de las jóvenes de sociedad, ni se la pasaba de visitas tomando el té en otras casas, pero estaba donde la necesitaban. En casa de los mineros, atendiendo a los inquilinos de sus cabañas. Demelza era lo que él quería en una esposa, ni hablar de cómo lo atendía a él. Pero Ross pasó por altos esos pensamientos frente a Elizabeth. Ahora que estaba allí sentada, frente a él en el salón de Nampara sin saber muy bien que decir. Ross se preguntó si habrían sido compatibles si se hubieran casado como tanto tiempo el anheló.

Pronto se hizo tarde y Elizabeth dijo que tenía que irse. Por cortesía, más que por cualquier otra cosa, Ross se ofreció a acompañarla. Los ojos de Elizabeth brillaron ante su caballerosidad. Cabalgaron lentamente lado a lado mientras caía la tarde. Elizabeth, quejándose de Francis y dando a entender lo desdichada que era en su matrimonio.

"Las cosas quizás mejoren con la llegada de tu hijo." – opino él.

"O tal vez decida ignorarme por completo una vez que tenga su heredero. Ross… ¿por qué no vienes a visitarme? Solíamos hacernos tan buena compañía…"

Ross se balanceó unos pasos por delante con Darkie.

"No tengo tiempo, Elizabeth. Además, tú estás casada con mi primo."

"A Francis no le interesa lo que yo haga."

Ross sonrió. Le interesaría si de repente él comenzara a visitar a su mujer.

"Y yo estoy casado también. Es a Demelza a quien deberías invitar."

Elizabeth río entre dientes y Ross se giró para mirarla.

"¿Qué?"

"No puedes hablar en serio… ¿De qué podríamos hablar? No tenemos nada en común."

Ross miró al frente y continuó la marcha, ya casi estaban llegando.

"Oh, Ross, querido. Discúlpame. No quise ofenderte. Desde luego que quieres que tu esposa tenga buenas amistades, por supuesto. Te diré, ¿por qué no le digo a Verity que la invitemos una tarde? ¿Te complacería eso?"

Ross no contestó. Es su lugar dijo: "¿Te puedo hacer una pregunta, Elizabeth?"

"Cla-claro." Ella titubeó, pues Ross se había girado sobre el caballo y la observaba con rostro serio.

"La noche del baile, en año nuevo. Antes que Demelza derramara el vino, ¿qué dijiste sobre ella?"

La expresión de aparente cordialidad se transfiguro por un instante en el rostro de Elizabeth. Y él se dio cuenta, tal vez por primera vez en su vida, que esa cara dulce y amigable que siempre había conocido en ella era tan solo una fachada. Una máscara. Quizás impuesta por la sociedad, tal vez por su madre, tal vez solo era falsedad. Elizabeth volvió a sonreír tímidamente.

"Ross, no sé de lo que hablas…"

"Yo creo que sí. Me gustaría que me dijeras lo que dijiste de mi esposa."

Habían llegado al portal de Trenwith.

"Ross…" dijo con una voz melosa. – "no dije nada distinto a lo que todo el mundo piensa…"

Ross permaneció en silencio.

"Tú debes saberlo también. Una jovencita de origen humilde, buscando mejorar su vida… de repente se encuentra con un hombre mayor, con la reputación que tenía tu padre…"

Ross no podía creer lo que estaba escuchando.

"Es muy claro lo que pasó... Pero tú eres la víctima. Por supuesto que lo engatusó, lo convenció vaya a saber uno con que para que te obligara a casarte con ella…"

"Ya basta. Ya fue suficiente, Elizabeth."

¿Quién era esa mujer? La desconocía.

"¿Cómo puedes decir eso? ¿De mi padre? ¿De mi mujer?"

"Oh, vamos Ross."

Quería abofetearla. Tirarle una copa de vino había sido poco.

"Nunca más vuelvas a decir algo así. Nunca más vuelvas a difamar a mi esposa o a la memoria de mi padre ¿entiendes?"

"Pero Ross, tú más que nadie debes darte cuenta que ella no encaja en esta familia, en la sociedad. Es una chiquilla mal educada…"

"Ella encaja conmigo. Y si no estamos a la altura de tus estándares pues cuanto lo siento, Elizabeth. Te ruego que jamás vuelvas a visitarme, y ahórrate la invitación a Demelza pues ella no vendrá. Cuanto menos nos veamos será mejor para todos. Que tengas buenas noches, Elizabeth."

Ross dio media vuelta al caballo y se fue.

Que estúpido. ¿Cómo había podido alguna vez amar a esa mujer? ¿Qué mente tan retorcida podría pensar eso de Demelza y su padre? Y encima divulgarlo por ahí. Si Elizabeth hubiera sido hombre, sería motivo suficiente para pedir satisfacción. Que estúpido… pensó otra vez. Su desdicha no parecía tener fondo. Pensar que la consideraba su amiga, más allá de todo.

Volvió lentamente. Ya estaba oscuro, el viento frío soplaba haciendo volar sus cabellos sobre los acantilados. El ruido del mar se oía a los lejos. Todo lo que tocaba estaba maldito. No le extrañaría encontrarse con que Demelza lo había dejado cuando llegara a casa.

Y Demelza lo estaba considerando. Después de la humillación de esa tarde ¿cómo podría quedarse? Quería gritar, ya no podía llorar más. No le quedaban lágrimas. Todo lo que quería era hacer lo mejor para ese bebé que llevaba en su panza. Nada le faltaría, ella se aseguraría de eso. Tendría cariño, su amor. Todo el amor que ella no tuvo cuando era pequeña. Alguien que lo cuidara y lo protegiera de los peligros de la vida. Tendría un hogar, aunque estuvieran ellos dos solos. Haría lo que fuera por él. Incluso hasta irse...

Cuando Ross llegó a Nampara hizo lo que siempre hacía. Fue directo hacia la habitación detrás de la biblioteca. Aunque no era muy tarde, la casa estaba a oscuras. Escuchó las voces apagadas de Jud y Prudie provenientes de la cocina, pero no se detuvo allí. De alguna a forma podía sentir que ella estaba en la pequeña habitación.

La encontró sentada en el borde de la cama mirando a la nada. Una mano al costado sobre el colchón, la otra sobre su vientre. Una vela sobre el único mueble que había.

"¿Demelza?"

Ella pareció suspirar. Después de un momento, dijo en voz baja

"¿Qué quieres, Ross? ¿Vienes a humillarme de nuevo?"

Aunque esperaba que estuviera enojada, lo sorprendió la frialdad de su voz.

"Te quería decir que… que Elizabeth ya no volverá a esta casa. Ni que tampoco volverá a hablar mal de ti."

Demelza dejó escapar un bufido entre sus labios.

"De verdad me importa muy poco lo que ella piense o diga de mí."

"Pues bien, ya no volverá a ocurrir. Ella… no tenía ningún derecho a decir lo que dijo la noche de año nuevo."

Demelza giró la cabeza. Ross estaba parado bajo el marco de la puerta. Se lo veía desaliñado y con ojeras en las bolsas de los ojos. Ella no se debía ver mucho mejor.

"Me deberías haber dicho lo que oíste."

"¿Me hubieras creído? No lo creo… No, hubieras creído a tu perfecta Elizabeth. Cuando intenté decírtelo la defendiste."

"Porque no sabía exactamente lo que dijo…"

"Me pregunto, ¿Por qué la perdonaste a ella y a mí no?..." dijo ausente. "Tú te fuiste a la guerra y en ese tiempo ella se casó con otro hombre. Hugh se fue y yo pensé que estaba muerto y me casé contigo… En el fondo, somos iguales."

"No, no podrían ser más distintas." Aseguró él. Pero Demelza malinterpretó sus palabras.

"Ya veo… Ross, tengo algo que decirte… Estoy embarazada." Dijo sin más. "No sé cómo no me había dado cuenta, todo este tiempo…"

Pero Ross no escuchaba. ¡¿Qué?!

Sintió el piso moverse debajo de sus pies. Como si una ola gigante lo hubiera alcanzado y lo hubiera arrastrado al fondo del océano. ¿Embarazada?... Iba a tener un hijo. Se iba a convertir en padre. Una serie de imágenes, tal vez eran recuerdos de su propia imaginación, pasaron ante sus ojos. ¿Cuántas veces había pensado en Demelza con niños alrededor? ¿Con un bebé en brazos, rodeada de sus hijos? Fue un anhelo, sin saber que lo era. Un deseo inconsciente que nunca había compartido con ella porque… bien, no sabía por qué. Y ahora era una realidad. Ahora que ellos estaban distanciados. Ahora que él no tenía mina ni ingresos para proveer a su hijo o hija. Ahora que sus propios sentimientos hacia su esposa eran confusos…

"… Si quieres que me vaya solo dilo. Pero no soportaré otra humillación como la de hoy."

Eso lo volvió a la realidad. Se había perdido todo lo que Demelza le había dicho después de "estoy embarazada" y ahora lo miraba expectante aguardando una respuesta. Ross tragó saliva, su cerebro aun intentando ir al paso de la conversación.

"No quiero que te vayas… no si estas dispuesta a quedarte. Mi-mi hijo, debe nacer en Nampara."

Demelza respiró profundamente, apartando sus ojos de él. Si, ella había decidido hacer lo mejor por su hijo o hija, y así como estaba dispuesta a irse, también estaba dispuesta a quedarse. Su bebé tendría a su padre, y si Ross no la quería a ella eso no quitaba que pudiera amar a su bebé.

"¿Te… te quedarás o te irás con él?"

¡Judas!

Demelza se puso de pie. Furia brillando en sus ojos. Al parecer que estuviera esperando un hijo no aplacaba su lado más salvaje y se lanzó sobre Ross, empujándolo una vez, y otra hasta que él estuvo fuera de la habitación. Le cerró la puerta en la cara.

"Demelza…" lo escuchó llamar del otro lado.

"Dejame sola. Quiero estar sola…"

Los dos estuvieron apoyados contra la puerta un buen rato. Había sido un día que ninguno de los dos jamás se olvidaría. Aunque Ross eventualmente olvidaría los detalles y reduciría la historia a lo feliz que se había sentido y lo enojada que estaba Demelza con él. Aunque para eso aún faltaban años.

Un hijo. O una hija. Cualquiera que sea, mientras fuera sano… Dios, ya sonaba como el más cliché de los padres. ¿Pero qué clase de padre sería? Nunca le habían interesado los niños particularmente. Él y su hermano, Francis y Verity, tenían todos más o menos la misma edad. No sabría qué hacer con un bebé. Pero Demelza, ella seguramente sí sabía. Tuvo intención de golpear la puerta de nuevo, pero estaba tan molesta… y era su culpa. Debían hablar, pero tal vez sería mejor darle un momento.

Ninguno de los dos cenó esa noche. Demelza se quedó dormida envuelta en una manta, pensando en la pequeña criaturita que crecía en su interior. Haciendo un esfuerzo por apartar de su mente las palabras hirientes de Ross. Lo que había dicho y hecho, como había querido humillarla frente a Elizabeth y como aún seguía desconfiando de ella en relación a Hugh. Se preguntó si ya habría tomado el barco rumbo a América. Nunca había tenido intención de ir, nunca había dudado. Si, le remordía la conciencia haberlo lastimado, pero, ¿cómo podría irse con él? Habían pasado tantos años… Eran niños. Y para ella todo se había convertido en un recuerdo, incluso antes de conocerlo a Ross. Ross que podía desquiciarla tanto, a quien amaba con locura y ese momento odiaba de la misma forma. El padre de su bebé. Un bebé nacido de la pasión y el amor que habían compartido. Y que dudaba que volvieran a tener.

Demelza estaba soñando que flotaba. El sueño era muy real. Se sentía sin peso, suspendida en el aire. Pataleó, pero sus piernas no tocaron la cama y tuvo la sensación de que se caía así que intentó sujetarse, sus brazos sacudiéndose en el aire.

"Shhh…" susurró una voz familiar. Demelza se despertó de golpe. Estaba flotando por sobre los últimos escalones de la escalera. Solo que alguien la estaba cargando.

Ross entró en la habitación con su esposa en brazos. Había encendido la chimenea y cambiado la cama con sábanas limpias. Con mucho cuidado la depositó en su lado de la cama, cubriéndola con las mantas. Demelza lo observaba aún medio dormida y sin entender muy bien que pasaba.

"Ross… ¿qué haces?"- preguntó.

"Hace mucho frío para que duermas en la habitación de abajo. Debes cuidarte. Cuidar al… bebé." Respondió el mientras rodeaba la cama de cuatro postes y se metía en su lado. Demelza se destapó cuando él se acostó a su lado, sentándose bien despierta y con cara de disgusto.

"Si quieres estar sola seré yo quien duerma abajo. Esta cama es más cómoda y la habitación tiene chimenea…"

Demelza lo pensó por un momento. Lentamente se metió bajo las mantas sin decir nada y dándole la espalda.

Ross la observó por largos minutos, aunque solo veía los rulos de su cabeza en la otra punta de la cama. Era increíble pensar que no estaban solos, que había otra personita ahí con ellos. Sonrió.

"¿Te quedarás?" - susurró después de un buen rato. Demelza tampoco dormía.

"Si, Ross."

El respiró aliviado. "Siento mucho lo que sucedió hoy."

"Yo lamento muchas cosas también, pero tú no me escuchas ni quieres perdonarme." Dijo sin volverse.

Tenía razón. Más allá de su comportamiento, el aún no le había perdonado que no le hubiera contado lo de ese otro joven.

"¿Sabes algo de él?" – continuó en voz baja.

"No. Supongo que ya debe estar rumbo a América de nuevo."

Ross decidió que tal vez era mejor dejar de preguntar sobre ese hombre si ya se había ido. Sobre sus sentimientos, si ella aún lo seguía queriendo de alguna manera. Si el hombre se había ido de Cornwall, si ya había causado todos los problemas que había venido a ocasionar, pues allá él. Tenían suficiente en casa con que preocuparse.

"¿Sabes… sabes de cuánto estás?"

Demelza se giró un poco sobre la almohada. Ahora podía ver el perfil de su nariz contra la luz del fuego.

"Casi tres meses…"

Ross levantó la cabeza de la almohada.

"¡Dios mío!"

Demelza lo miró por el rabillo de su ojo.

"Pero entonces estabas embarazada antes… antes…"

"Antes del accidente. Sí. ¿Recuerdas los días posteriores? ¿Cuándo me levanté y me comía todo lo que me ponían enfrente? La señora Martin dice que ya estaba embarazada entonces. Que el apetito es un, un síntoma."

Y él que pensaba que ella comía gracias a su insistencia.

"¿Y que otro síntoma has tenido?"

"Pues… algunos. Apetito, me molestan mucho el olor de ciertos alimentos, a veces me duele la cintura, tengo mucho sueño… como ya sabes. Y cansancio, aunque ya no tanto…"

Ross la escuchaba incrédulo.

"¿Y vómitos? ¿Las mujeres embarazadas no sufren de náuseas?" Ross creyó recordar.

"Si, eso también."

"¡Dios, Demelza! ¿Cómo no me dijiste? ¡¿Cómo no te diste cuenta?!"

"¿Acaso te hubieras dado cuenta tú? Tu tampoco notaste que me salté mi período…" – dijo a la defensiva, aunque sabía que tenía razón.

"Si te sentías mal me tendrías que haber dicho."

"Sí, Ross. Esto también es culpa mía. Discúlpame por ser una niña tonta que no te cuenta las cosas. Tú de seguro te habrías dado cuenta de inmediato."

Demelza se volvió a dar vuelta hacia su lado y se enterró bajo las mantas.

"No quise decir eso… se supone, se supone que debes hablar conmigo si algo te ocurre. Debes contarme… sobre ti."

Ambos permanecieron en silencio durante un rato. Ross pensó que ya no iba a decir más, así que se acomodó para dormir.

"No quería preocuparte. Tienes tantas cosas en tu mente…" – dijo ella llenando el silencio al cabo de un rato.

Ross también se tomó un momento para responder.

"Siempre tendré lugar para ti."

Fin del Capítulo 43