Chapter 46
Se sentía más inquieta que lo habitual. Demelza se despertó antes del amanecer, el brazo de su esposo rodeándola era algo extraño y a la vez familiar. No era su chiquitín quien la había despertado esta vez, si no su propia ansiedad. Un nerviosismo que no se podía clasificar como preocupación pues eso sería algo negativo, y su inquietud no era por algo malo, sino todo lo contrario. ¿Podría ser este el fin de sus problemas? Seguramente no. La vida estaba llena de contratiempos, pero tal vez este podía ser el comienzo de una nueva etapa.
Se iban a convertir en padres...
Lo había soñado en secreto en varias oportunidades, pero la realidad superaba todo lo que ella se hubiera podido imaginar. Y también venía con otros pensamientos algo más oscuros, más relevantes por los que antes nunca se había preocupado. A Demelza jamás le había importado en verdad crecer en un hogar humilde, lo que le había faltado era el cuidado, el amor de su padre y la ausencia de su madre, y no quería que su bebé tuviera que pasar algo así. Tampoco quería que tuviera que pasar necesidades si ella podía evitarlo. Sabía que Ross haría todo lo que estuviera en su poder para sacar la mina adelante, para que no les faltara nada y ella lo ayudaría en todo lo que estuviese a su alcance. Ross se movió a su lado, la mano que descansaba sobre su barriga se aplano sobre su piel. Lo había extrañado tanto, extrañaba dormir así, acurrucada en sus brazos. Los dos, acurrucados en sus brazos. Pero aunque la noche anterior habían hecho las paces y se habían amado de nuevo, aún quedaban tantas cosas por hablar. Quería saber, quería que él le contara más de lo que se había imaginado. Le había dicho que quería tener muchos niños ¿Por qué? ¿Fue siempre así? ¿Era porque él había crecido prácticamente solo? Quería que le contara más sobre su hermano... Y había tantas cosas por hacer. La mina, la granja, la cosecha, ahora había que preparar ropita para el bebé, y una habitación para cuando durmiera solo... ¡Judas! Ya no se podría volver a dormir. Quizás una caminata la ayudara a calmar sus nervios.
Demelza esperó hasta que los primeros rayos se colaron por la ventana. Muy lentamente para no despertar a Ross, se deslizó por la cama y debajo de su brazo hasta que pudo rodar y bajar sus piernas de la cama sin perturbarlo. Se puso las medias y los calzones, la enagua y su vestido grueso. No se molestó con el corsé. Tomó su chal y sus zapatos en la mano y en puntas de pie salió de la habitación. Ross abrió los ojos apenas cerró la puerta.
La brisa del mar se sentía fría sobre su rostro, pero no era desagradable. Con unos primeros pasos tambaleantes comenzó a caminar sobre la arena. No se acercó mucho al agua pues no quería mojarse los pies, así que su paso era más lento que lo habitual. Ross no tardó mucho en alcanzarla.
No dijo nada al principio. Sólo entrelazó sus dedos con los suyos, dio beso sobre sus nudillos y caminaron en silencio tomados de las manos durante un buen rato. El cielo se aclaraba dándole paso al día y el mar estaba calmo, casi silencioso, las olas yendo y viniendo reflejando los primeros rayos del día. Cuando llegaron a mitad de la playa, Demelza se detuvo, tirando de la mano de Ross que había continuado caminando unos pasos más y se dio vuelta al notar que ella ya no lo seguía.
Demelza miraba a la arena, como si estuviera buscando algo allí. Cuando levantó la vista hacia él recordó aquella vez en la Iglesia de Sawle cuando lo miró por primera vez. Parecía que había pasado una vida entera desde entonces. Ross se acercó un paso más, aun sosteniendo su mano. En sus ojos podía ver la misma incertidumbre de aquel día, la misma vacilación e inseguridad de aquella niña que se convirtió en su esposa, en su compañera, en su amante… en el amor de su vida.
"¿Demelza?" – su voz sonó preocupada a tiempo que una lágrima se formaba en el rincón de uno de sus ojos verdes – "¿Qué ocurre?"
Era una tontería sentirse así. Tantas emociones en el último día, tal vez era eso. – "¿Demelza?" Ross insistió, colocando sus manos sobre sus brazos para que le respondiera.
"Oh, Ross…" – salió como un suspiro, como si una bocanada de aire saliera de sus pulmones a encontrarse con el aire frío. Y con el también salieron las lágrimas, lágrimas que eran una mezcla de ansiedad y felicidad, pero que no podía contener adentro y debía deshacerse de ellas.
"Cariño…" lo escuchó murmurar a él antes de que la estrechara contra su pecho, sus manos rodeando su cintura. Las de él acariciando su espalda y su cabello mientras ella mojaba la tela de su camisa con su llanto apretándolo con sus brazos, como si quisiera fundirse con él y volverse uno.
Sorprendido, Ross no supo que decir más que sujetarla contra él mientras lloraba. Era extraño que lo hiciera, en su presencia al menos, que lo dejara consolarla. No sabía que ocurría, pero lo que fuera quería hacerlo desaparecer. Lo que sea que la estuviera haciendo sufrir, quería que se esfumara con su abrazo y sus caricias.
Cuando las lágrimas desaparecieron y un rato después más, Demelza se separó de su pecho y alzó la vista a sus ojos de nuevo. La preocupación formaba una v entre sus cejas.
"¡Oh, Ross!"
"Mi amor, ¿qué es lo que ocurre?" – preguntó, rozando su frente con sus labios y apoyando sus manos ligeramente sobre su vientre.
"¿Puedes perdonarme? Por no haberte contado esa parte de mi pasado. De verdad, no quise ocultarla, no de ti…"
"Shhh… Demelza…"
"Y no tengo excusas por no haberlo hecho. Solo puedo decirte que lo siento y que no quise lastimarte, eso es lo último que quiero."
"Demelza… ¿es eso lo que te despertó tan temprano? Y yo que iba a tener una seria charla con nuestro chiquitín."
"Ross, estoy hablando en serio."
"No tienes nada porque disculparte, cariño. Entiendo, él… él fue una persona especial en tu vida y yo no tenía derecho a reaccionar de la forma que lo hice. Debería haberte escuchado, debería haberte comprendido de la misma forma en que tú me aceptas tal cual soy, incluso con mi pasado. ¿Eso era lo que te preocupaba? ¿Estas más tranquila ahora?"
Demelza no estaba más tranquila, o eso dedujo Ross por el temblor en su labio inferior que no se había detenido.
"¿Demelza?"
"Y también, también quiero pedirte disculpas por atraparte en este matrimonio…"
"¿Atraparme?"
"Sé que no era esto lo que tu querías…"
"¿Qué tonterías dices? Tu no me atrapaste, en todo caso mi padre lo hizo."
"Pero él no está aquí… no te debería haber obligado a hacerlo."
"No lo hizo."
"Si que lo hizo. Al amenazarte con desheredarte…"
"Demelza, mi padre nunca me habría desheredado. Solo quería darme una lección, que le ayudara con los negocios de la familia."
"Pero entonces, ¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué accediste a casarte conmigo?" – preguntó.
Ross lo pensó durante un momento, pero luego sólo levantó los hombros hacia sus orejas.
"Yo – yo no creo tener una respuesta para eso. Quizás sólo quería darle el gusto o… no lo sé. Tal vez cuando te vi no me pude resistir."
"¡Ross! Eso no es cierto. Me odiabas."
"Nunca te odié. Nunca… Demelza ¿de eso se trata todo esto? ¿Tienes dudas de mis sentimientos?"
¿Las tenía? Después de todo lo que habían pasado, ¿era eso lo que la angustiaba?
El pestañear de sus ojos le indicó que había dado en el clavo.
"Sé que no he sido un marido ejemplar…"
"No es eso, Ross."
"Lo sé. Da un poco de miedo, ¿verdad? Pensé que era el único que lo sentía… Tantas responsabilidades recaían sobre mi padre, sobre mí. Hay tanto en juego. Tanto que perder… Pero todo fue más fácil porque tu estabas a mi lado. Y yo estoy a tu lado. Demelza… todo va a estar bien."
"¿A pesar de cómo empezamos? ¿Qué le diremos a nuestra hija?"
"Mi niña… Le diré que no hay mujer en este mundo más lista, más gentil, más cariñosa que tú. Te amo, soy tuyo por completo. Y si tuviera que volver atrás sabiendo lo que se ahora, no hay otra mujer con la que elegiría compartir mi vida más que contigo…"
"Ross…"
"¿Recuerdas el día en que falleció Joshua? ¿Recuerdas que fue lo último que dijo?"
"El nombre de tu madre."
"Pues yo suspiraré tu nombre con mi último aliento."
Demelza no pudo resistirlo más. Con su nombre escapando de sus labios como un suspiro, rodeó sus hombros y lo atrajo para un beso que los dejó a los dos sin aliento. "Oh, Ross, no hables de eso. Por favor, no. No puedo ni siquiera tolerar la idea." – dijo, con lágrimas en sus ojos de nuevo y con sus labios presionando contra su barbilla. Ross la sostuvo contra su pecho. El sol ya flotaba sobre el horizonte y Ross se encontró con que cada palabra que había salido de sus labios era verdad.
"Demelza… te amo, cariño. ¿Me perdonas tú?"
"Si, Ross. Sabes que sí. Y yo, yo te amo ti. Y me esforzaré por ser una buena esposa para ti, y una buena madre."
"Ya lo eres. Todo lo que quiero y mucho más de lo que jamás imaginé que podría querer en mi mujer. Y estoy seguro que serás una madre asombrosa para nuestra ¿hija? ¿Dijiste hija?"
"Al fin llegó el día que tanto esperamos, Ross." - dijo Zacky entrando a la pequeña oficina de Wheal Leisure y quitándose el sombrero. "¿Por dónde anda la Señora? Jinny me dio esto para que se lo entregara."
"Demelza se quedó en Nampara. Dámelo a mí, yo me aseguraré de que lo reciba."
Era el día de la reapertura de Wheal Leisure y todo el mundo se había acercado hasta el acantilado donde se emplazaba la mina para no perderse la inauguración y escuchar sus palabras. Ross y Demelza habían pensado algo apropiado y breve para decir frente a todos los mineros, sus familias y los inversores. "Tienes que decir algunas palabras." - había dicho ella cuando le preguntó que pensaba decir y él respondió que nada. El túnel derrumbado que tanto desasosiego había causado estaba limpio y apuntalado. La nueva veta que se enterraba en las profundidades de una vieja mina había sido despejada y había comenzado de a poco a dar sus frutos y ese día no era más que una formalidad, pero nadie se perdería las bebidas y tartas que Demelza y Prudie habían preparado. Nadie excepto Demelza, a quien su embarazo la confinaba a la casa. No porque no pudiera salir, sino porque su panza de siete meses y medio le causaba pudor y le daba pena salir. No importaba cuantas veces él le hubiera dicho una y otra vez que no debía tener ningún tipo de vergüenza y que cada día se veía más bonita. Lo decía de verdad, pero Demelza ponía los ojos en blanco y repetía que engordar como un pato viejo no era volverse más bonita. Ross se había esmerado no solo en decirle lo hermosa que se veía, sino también en demostrárselo. Su cuerpo había cambiado, pero no de una manera desagradable. Por empezar, la redondez de su vientre significaba que su bebé crecía fuerte día a día y Ross no dejaba de maravillarse que una personita estuviera creciendo dentro de ella. Lo llenaba de ternura y orgullo y de un amor y agradecimiento hacia su esposa que era difícil de expresar. Cada vez que tenía oportunidad sus manos iban a su panza, por las noches cuando hacían el amor y cuando dormían, pero también durante el día, cuando se podía escabullir detrás de ella y rodearla por la mitad de su cuerpo. Y ese era solo uno de los cambios. Al contrario de lo que ella creía, no había engordado si no que sus curvas se habían acentuado. Sus mejillas estaban más llenas y sonrosadas, sus caderas eran más prominentes y sus pechos... Dios, sus pechos. Eran el segundo lugar en el que Ross pasaba más tiempo luego de su vientre. Estaba más hermosa que nunca, pero ella no quería oír razones y Ross no la forzaba. Después de todo, no le parecía mal que pasara tiempo en Nampara y no yendo y viniendo de las cabañas todos los días, ¡o yendo a pescar! Y por eso sus visitas a Jinny habían disminuido en las últimas semanas, y ahora al parecer se comunicaban por carta, pues Jinny ya no podía ir a Nampara tampoco porque acababa de tener a su hijo. Ross la había acompañado a visitar al recién nacido y a la madre, y se había quedado embelesado cuando Demelza tomó al niño en sus brazos. Aunque se había rehusado a cargarlo él, era una cosa tan pequeña y frágil, tenía miedo de dejarlo caer con sus torpes manos. Pero a pesar de su temor, la imagen de Demelza con un bebé recién nacido en brazos era una de las cosas más hermosas que había visto… al menos hasta que el pequeño empezó a llorar con tanta fuerza que Ross no entendía como una criatura tan pequeña podía hacer semejante escándalo.
Volviendo a Demelza, Ross hubiera querido que estuviera allí junto a él en la inauguración, pero tampoco la había querido presionar. La idea de ver a todo el pueblo era precisamente lo que estaba intentando evitar, pero él se las arreglaría. No es que fuera absolutamente incapaz de hacer algo sin ella. Había sobrevivido veintisiete años sin ella, ¡por Dios Santo! Si Demelza no hubiera arreglado su ropa sobre la cama para que se pusiera ese día sabía que era perfectamente capaz de vestirse por sí mismo… tal vez el color de su chaleco no combinaría con sus tiradores, o su camisa no estaría tan blanca y almidonada, pero aun así.
"¿Ross? Ya están todos esperándote." – dijo Henshawe asomando la cabeza por la puerta.
"Gracias, Hensh. Ya estoy con ustedes."
Ross suspiró mientras buscaba el discurso que habían preparado la noche anterior en uno de sus bolsillos y le daba una última leída rápida para no olvidarse nada. Era un día magnífico de primavera. No muy caluroso, pero tampoco fresco. El cielo estaba despejado y los rayos del sol se reflejaban en el mar haciendo que el agua brillara como si todo el océano fuera de cristal. Lo cegó por un momento cuando salió de su oficina hacia el exterior. El bullicio de todos los mineros y sus familias se detuvo cuando lo vieron y el recorrió con su mirada y una sonrisa los rostros de sus amigos, hasta que sus ojos se posaron en la mujer que se suponía no iba a asistir. Demelza le sonrió y ladeó un poco la cabeza, una mano descansando sobre su prominente vientre.
Fue el día perfecto.
La noche fue muy buena también.
Quizás Demelza estuviera aprensiva acerca de salir a visitar a sus vecinos, pero en lo que no sentía ninguna vergüenza, era en la cama.
Jamás había sido tímida cuando estaban juntos, pero la mayoría de las veces era Ross quien iniciaba el acto carnal y ella lo seguía alegremente. Pues bien, en los últimos meses se había despertado en Demelza un apetito sexual con el que Ross luchaba por mantener el ritmo. Era insaciable. Demelza también le echaba la culpa al embarazo, pero Ross no estaba tan seguro. Ni se quejaba en lo más mínimo, por supuesto. Habían sido unos meses bastante agitados y... entretenidos. Se le hacía agua la boca de solo pensarlo. Sin nombrar el hecho que Demelza lo tenía ahora arrinconado contra la puerta desde el momento en que habían subido a su habitación.
Habían conversado alegremente todo el camino de vuelta a Nampara. Se había hecho tarde, pero los días eran más largos y la claridad anaranjada del atardecer los acompañó todo el camino mientras hablaban de a quienes habían visto y el futuro del que todos dependían y ahora parecía un poco más certero. No solo hablaban de sus planes o lo que estaba sucediendo, sino también lo que esperaban lograr en el futuro, de lo que le gustaría que ella se encargara... las pequeñas cosas que indicaban que la veía como esposa, amiga y socia, la querida compañera de su vida.
"Me gustaría salir a cabalgar a las cabañas." - Dijo ella - "Y a las estancias también. ¿Crees que a las mujeres de los hacendados les interesaría la idea de una escuela para los niños sin recursos?"
Su pecho se llenó de orgullo. Una vez que estuviera recuperada del parto era algo que podía organizar. De hecho, a él jamás se le había ocurrido. Y así había transcurrido el resto de la tarde, hasta que los dos habían subido los escalones hasta su habitación lentamente y tomados de la mano. Demelza se había abalanzado sobre él tan pronto había cerrado la puerta, sus brazos le habían rodeado los hombros y sus labios presionaban los suyos de forma insistente.
Su cuerpo cayó contra la puerta y Demelza prácticamente pudo sentir su sorpresa. Un brazo se deslizó alrededor de su hombro, la otra mano se aferró al pañuelo en su cuello y se negó a soltar sus labios cuando sintió que él intentaba apartarse. Su boca se abrió y ella metió la lengua dentro descaradamente, poniéndose de puntillas y frotando su cuerpo contra el de él. La resistencia era inútil, a menos que estuviera dispuesto a apartarla físicamente. Por un momento, temió que hiciera precisamente eso cuando sus manos se posaron en sus caderas, preparándose para apartarla, pero luego lo sintió rendirse.
En lugar de apartarla, apretó los dedos sobre sus caderas. Dejó de intentar alejarse y la atrajo más cerca, tomando el control del beso con una fuerza dominante que la dejó sin aliento. Demelza gimió en su boca mientras sus lenguas se batían a duelo, tirando del nudo de su pañuelo y arrancándolo de su garganta. Le dolían las pantorrillas por el esfuerzo de mantenerse en puntillas para besarlo pues él no bajaba la cabeza, pero no le importaba.
Su excitación presionó contra su gran barriga y ella estaba en llamas de necesidad. Sobrepasada por la urgencia. Deslizando sus manos hacia abajo, sacó los botones de los agujeros y abrió su chaqueta, deslizando sus manos dentro. Ross emitió un gruñido profundo en su pecho, que reverberó a través de sus palmas. Ella se apoyó contra él mientras él intentaba apartar la cabeza de nuevo. Negándose a renunciar al beso, él la tomó por la nuca, tirando suavemente de su cabeza hacia atrás para que ella tuviera que mirarlo.
"Demelza..."
"Después." - dijo con fiereza, arqueando las caderas para desabrochar la parte delantera de sus pantalones.
"Cariño..."
El hambre ardía en los ojos de Ross, pero también podía ver su intención de tomar las cosas con calma. El control por el que estaba luchando. Metió la mano en la parte delantera de sus pantalones, envolviendo sus dedos alrededor de su erección. El placer se apoderó de él, sus ojos se desenfocaron mientras su miembro caliente palpitaba en su mano. Por un momento, sus dedos se aflojaron en su cuello y ella inmediatamente aprovechó para dejarse caer de rodillas.
"Mas tarde. Ahora shhh..."
Sacando su polla de su ropa, se balanceó frente a su cara.
"¡Demelza!" - Ross sonó como si lo estuvieran estrangulando. Ella lo miró desde su posición arrodillada frente a él. Seguía apoyado contra la puerta, sin pañuelo, chaqueta abierta, camisa arrugada y la parte delantera de los pantalones colgando abierta. Demelza le había tomado cariño a la expresión de sorpresa en su rostro cuando era ella quién tomaba la iniciativa. La encontraba increíblemente erótica.
Ross sabía que debía detenerla, sabía que ella no debería estar arrodillada en el suelo en su condición, pero cuando su boca caliente se cerró sobre la cabeza de su polla, todo pensamiento racional se esfumó de su mente. Lo único que quedaba era la verdad innegable de lo que sentía por ella, su amor. Durante todos los meses que han estado casados, había pasado bastante tiempo entre los muslos de Demelza, con los dedos, la boca, la polla... pero no había pasado el tiempo suficiente aun para que comenzara a encontrarlo rutinario, todo lo contrario. Y ahora, con su hija en camino y en el camino, descubrió que ella había disfrutaba mucho de los aspectos más exóticos del juego amoroso.
En este momento todo lo que podía hacer era aferrarse por su vida mientras su lengua lamía delicadamente la parte inferior de su polla, y lo hundía más profundamente el calor húmedo de su boca. Ross gimió, luchando por evitar apretar sus dedos en sus cabellos y tirar de ellos, no queriendo tomar el control de la situación cuando ella parecía tan encantada de estar explorando su polla con su boca.
Demelza emitió un placentero quejido que casi lo hizo caer de rodillas, las vibraciones viajaron a lo largo de su polla. Cuando su cabeza chocó contra la parte posterior de su garganta, ella retrocedió un poco, pero a él no le importó. Después de un momento, comenzó a mover la boca hacia atrás y hacia adelante de nuevo, siempre tomándolo tan profundamente como podía, superando sus límites.
Dios, cuánto la amaba.
Parecía tan fascinada por lo que estaba haciendo, sus ojos se movían de un lado a otro entre mirar directamente al frente y mirarlo a la cara. Cuando quería lamerlo, hacía una pausa, explorando con su lengua, especialmente alrededor de la cabeza de su miembro, en lugar de mantener un ritmo constante. Él no se contuvo vocalmente, gimiendo y prácticamente lloriqueando a veces, haciéndole saber exactamente de lo mucho que disfrutaba con lo que ella estaba haciendo.
A pesar de que estaba de rodillas frente a él, no tenía dudas sobre quién tenía realmente el control de esta interacción. Pero el tortuoso tormento se estaban volviendo demasiado para él, necesitaba más; quería darle el mismo placer que ella le estaba otorgando a él.
Llevó sus dedos para acariciarle la mejilla, retirándole la boca de su polla a regañadientes, ella lo miró. "No quiero detenerme todavía."
"No nos detendremos, amor." - dijo, con su mejor pícara sonrisa. Se sentía que le temblaban las piernas en ese momento, pero por la forma en que su rostro cambió a interés y excitación, el esfuerzo fue satisfactorio. "Solo estoy haciendo algunos ajustes."
Ross la ayudó a levantarse y la guio a la cama, acostándose primero, tiró de ella para que se colocara encima de él, sacándole una risilla mientras le levantaba la falda y colocaba sus rodillas a cada lado de su cabeza en lugar de sus caderas que era obviamente lo que ella había esperado, su vientre colgando sobre su pecho.
Ambos estaban casi completamente vestidos mientras su boca se deslizó sobre su polla otra vez y él llevó su lengua hacia su coño. La misma perversidad de la situación la hacía aún más emocionante. Demelza gimió alrededor de su longitud, sus caderas se movieron cuando su lengua se deslizó por los labios húmedos de su vagina. Sus manos se extendieron por su vientre y luego se dirigieron hacia su trasero, sosteniéndola firmemente en su lugar. Los bonitos labios rosados de su coño estaban separados, las cremosas mejillas de su trasero temblaban mientras se estremecía de placer. Disfrutaba de la vista casi tanto como disfrutaba de la dulzura almizclada de su miel en su lengua, el aroma de ella llenando su nariz. Los sonidos húmedos de placer que se le escapaban y que llenaban la habitación, gemidos ahogados intercalados con el susurro de la ropa y los sonidos resbaladizos de su polla deslizándose dentro y fuera de su boca y sus dedos metiéndose en su coño y la barriga embarazada de su esposa deslizándose hacia arriba y hacia abajo encima de él.
El placer le estaba dificultando concentrarse a Demelza... pero en ese momento respirar parecía muy sobrevalorado de todos modos. La forma en que Ross se estaba deleitando con su coño, la perversión de lo que estaban haciendo juntos y cuando lo estaban haciendo, la excitaba aún más de lo que había creído posible. Las precauciones y preocupaciones sobre el futuro habían quedado en el camino, empujadas fuera de su cabeza por necesidades y deseos mucho más inmediatos.
Acarició el interior de su coño, encontrando un punto que la hizo apretar y chupar más fuerte mientras se aferraba a sus muslos. La humedad de su polla hizo que fuera más fácil para ella tomar más de él, esta posición encima con ella encima permitía que la cabeza se deslizara en su garganta sin ahogarla. Lo frenético de sus movimientos, mientras él lamía y acariciaba sus labios, tampoco dolía. Cuanto más la estimulaba, más necesidad sentía y más fuerte lo chupaba con su boca.
El sabor almizclado de su marido era diferente a cualquier cosa que hubiera probado, nada desagradable, y siempre deseaba más y más de él. La textura de su polla también era parte del encanto, tan suave y dura al mismo tiempo, las protuberancias y las crestas venosas que cedían cuando su lengua presionaba contra ellas... quería más. Todo de él. Mientras ella gemía y chupaba sus caderas se movían, empujando su polla hacia arriba y hacia abajo entre sus labios incluso si ella se mantenía quieta.
Cuando sus dedos se deslizaron hacia abajo para tocar sus testículos, lo sintió estremecerse, justo antes de que empujara aún más fuerte y la succión de sus labios en su coño se redoblara. Demelza casi gritó alrededor de su polla mientras él agitaba la lengua de su clítoris, succionando simultáneamente el capullo hinchado. Sosteniendo sus bolas con un poco más de fuerza, lo apretó suavemente y fue recompensada con otro gemido lujurioso mientras él se retorcía debajo. Demelza se sintió casi perdida en el ritmo de la succión y su apretón, moviendo las caderas mientras se acercaba al clímax.
Cuando lo alcanzó, apartó la cabeza de su polla temiendo que pudiera morderlo mientras padecía los espasmos del éxtasis. Él chupó con fuerza su clítoris y ella envolvió sus dedos alrededor de su polla, soltando sus testículos, apretando su vara con tanta fuerza que pudo sentirlo latir entre sus dedos mientras se corría.
De repente, estuvo boca arriba y Ross estuvo entre sus piernas, empujando su polla dentro de ella. Su coño todavía estaba convulsionando con el clímax de su orgasmo, y gritó su nombre cuando la áspera invasión la envió aún más alto al paraíso.
Sintiéndola latir a su alrededor, Ross no perdió ni un segundo preocupándose por el placer de Demelza; ella ya lo había alcanzado y no mostraba ningún signo de bajar de él.
Deslizando sus manos alrededor de ella, la mantuvo en su lugar mientras comenzaba una embestida constante, casi brutal, usando su cuerpo quebrado por el clímax para su propio placer. Sus gritos se volvieron más agudos, sus dedos arañando inútilmente su ropa mientras se retorcía. El agarre de su coño era casi doloroso mientras la follaba con fuerza, bombeando entre sus muslos con enérgica necesidad.
Podía sentir la presión aumentando, apretándolo, y rugió su nombre mientras empujaba y llegaba al cielo, abrazándola con tanta fuerza que juró que podía sentir su polla explotar en su interior. Demelza gimió y se estremeció debajo de él, las lágrimas rodaban por su rostro por la intensidad de su éxtasis, su respiración entrecortada mientras sus dedos acariciaban su chaqueta.
Nunca se habían molestado en desvestirse.
Su relación había sido frenética y, sin embargo, no podía arrepentirse ni por un momento. Arrodillándose sobre su vientre, se estiró y besó sus labios hinchados, justo cuando sus pestañas revoloteaban. Era una visión, una mujer relajada y satisfecha debajo de él. Amada hasta casi el agotamiento y todavía jadeando por respirar. El vestido que llevaba probablemente no ayudaba.
Ross la bebió como si fuera un tónico para todos sus males. Ella gimió un poco, pero le devolvió el beso, sus manos se movieron más lentamente sobre sus hombros. Deslizándose bajo su chaqueta, acariciándolo a través de su camisa.
"Mmmmm..." - suspiró Demelza mientras él se alejaba, sintiéndose absolutamente sin huesos. Ni siquiera le importaba la indecente posición de su cuerpo o que su falda estuviera alrededor de sus caderas.
"Vamos, niña. Vamos a meterte en la cama."
Demelza no protestó cuando él la levantó en sus brazos por un momento. Adormilada, se acurrucó contra su hombro mientras él abría las sábanas. Pronto, ambos se acurrucaron el uno contra el otro, aun cuando los días más fríos habían quedado atrás.
"¿Te hice daño?" - Preguntó, deslizando su palma alrededor de su vientre redondeado.
"¿A quién le preguntas? ¿Al chiquitín o a mí?"
"A las dos."
"Estamos bien... más que bien. Eso fue hermoso, Ross."
"Ciertamente lo fue, mi amor. Te has convertido en toda una sirena..."
"¿En este momento?"
"No..." - dijo lentamente - "Lo has sido durante bastante tiempo, tal vez desde la primera vez."
Demelza volvió la cabeza para verlo. "¡No tenía idea de lo que estábamos haciendo la primera vez!"
"Yo tampoco, mi amor. Pero me alegro de haberlo hecho."
Fin del Capítulo 46
