Mis queridxs! les dejo aquí el primer capítulo de esta pequeña continuación.Espero que les guste, estaré aguarduando sus opiniones y comentarios.
Esta historia es sin fines de lucro, siendo mi única ganancia el placer de escribir. Los personajes de Ranma 1/2 son propiedad de Rumiko Takahashi.
LA CUARTA CONSORTE
Cap 1: Su primer año
-¡Su Majestad! _irrumpió en el salón de asuntos legales a toda prisa.
El Rey se incorporó de inmediato al verlo llegar, dejando de lado la gran pila de papeles que estaba revisando ese mediodía.
-¿Qué sucede Ryoga? _inquirió con preocupación.
-Es la Reina, Mi Señor. Dice que va a pasar.
-¿Ahora?
-¡Ya mismo!
Salieron los dos corriendo en dirección a la recamara del monarca.
Tras ellos deberían correr, así mismo, toda la escolta real, el eunuco real y las damas de su corte, pero esta misma escena ocurría ya desde hace más de una semana, incluso más de dos veces al día. No valdría la pena hacer tal despliegue de personas para acompañar al Rey ida y vuelta, del salón real hasta su alcoba y viceversa, quien de todos modos se los había prohibido en cada ocasión.
"¿Qué hacen aquí?, ¡No ven que la asustan!", solía gritar colérico a toda su corte real.
De todos modos el General Hibiki estaba con él y no existía en ese palacio alguien más capacitado para proteger al joven Rey.
Se detuvieron frente a la puerta, ingresando sigilosamente. Habían aprendido, por fin, después de fallar una decenas de veces, que ingresar alocadamente solo haría que todo fallara.
No estaban dentro del dormitorio, así que debían encontrarse seguramente en el jardin.
Dirigieron sus pasos hacia allí, manteniendo a raya la ansiedad que los inundaba.
Entonces las divisaron.
Akane sentada en el prominente césped y su hijita de pie a un metro de distancia, sostenida de sus manitas por la joven dama de compañía.
-¡Mi Señora!_ dijo con cautela al divisarlos.
La Reina miró a sus espaldas y vio al nervioso dúo contemplando la escena con expectación.
Asintió levemente con su cabeza en dirección a los hombres, que estaban inmóviles como estatuas, quienes replicaron el gesto. Estaban listos.
Y la llamó.
-¡Ven Ume!, ¡ven aquí con mami!_ exclamó extendiendo los brazos hacia su hija.
La niña de once meses y tres días largó una contagiosa carcajada y comenzó a mover sus rechonchas piernitas impaciente por llegar a su mamá.
En ese momento aconteció. Yuka acompañó sus primeros dos pasos y Akane se incorporó sobre sus rodillas adelantándose unos cuarenta centímetros en dirección a la pequeña.
Cuando la joven sierva soltó sus manitos, siguiendo sus cortitos pasos como su sombra, la tierna princesita dio sus primeros pasos caminando hacia su mamá. Uno, dos, tres, cuatro, y para el quinto pacito se encontró con los cálidos brazos de su madre, envolviendola con su aroma, ese que tranquilizaba a cualquier bestia, entre lágrimas de alegría y una lluvia de besos sobre sus regordetes cachetes.
El público a su alrededor gritó de contento ante el evento atestiguado, los primeros pasos de la primogénita de los Saotome.
Ranma tampoco pudo contener sus lágrimas de emoción y orgullo, pues su pequeña hija había aprendido a caminar antes de cumplir un año. Lo supo, desde el día en que nació, que sería una niña fuerte, inteligente y valiente. Como su madre, y como él.
Con su hija todavía entre sus brazos se dio la vuelta justo a tiempo para detener al orgulloso padre que estaba por correr a su encuentro.
¡Espera! _le indicó_. ¡Quédate allí!
Como solía hacer, el monarca obedeció lo decretado por su reina y permaneció de pie en su lugar.
Le dio un último beso sonoro a su niña y, dejándola de pie nuevamente sobre el piso, le dijo.
-Mira mi amor, allí está tu papi. ¡Ve con él!
Entendiendo de inmediato, Ranma se puso de cuclillas y comenzó a llamar desesperado a su hija.
-¡Tranquilízate, no es un perro, Ranma! _advirtió con el ceño fruncido_ La vas a asustar.
Se corrigió tomando el "consejo" y simplemente abrió sus brazos llamándola en diez tonos más bajos, con aquel amor incondicional que profesaba.
-¡Ume!, ¡Ven con papá, hija! ¡Ven aquí!
La pequeña, al divisar sorpresivamente a su padre, comenzó a reír alegremente mientras aplaudía con sus manitas entusiasmada por ir a su encuentro.
Ume amaba a su padre, nadie podía negarlo. Y cada vez que luego de un extenuante día lo veía aparecer ante sus ojitos, explotaba de júbilo, estirando sus bracitos para que el monarca la alzara y la llenara de besos y caricias.
Así que a nadie le sorprendió cuando, soltándose de las manos de su madre, comenzó a marchar hacia él, apresurando sus pasos para llegar cuanto antes con su papá.
Y este, tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano por no correr hacia ella, temiendo que perdiera la inestabilidad y cayera al piso haciéndose daño.
Pero no fue así, porque la segunda caminata que la princesa Ume realizó en su vida fue concretada exitosamente.
Ranma la recibió eufórico, y tanto Yuka como Ryoga aplaudían conmocionados los pequeños grandes logros de la niña más amada del palacio.
Siempre fue así, desde que estaba incluso en el vientre de su madre. Porque la noticia de su pronto nacimiento se mantuvo como secreto bajo siete llaves por decisión del entonces rey debutante, temeroso que su amada sufriera algún tipo de ataque o amenaza. Porque para nadie en el reino era secreto que la descendencia de Saotome era más que deseada, temida y odiada a la vez.
Akane lo convenció de que hiciera el anuncio finalmente, pues no soportaba más estar encerrada en aquel palacio con el fin único de esconder su prominente vientre. No era así como se había imaginado su embarazo, no después de todo lo que había acontecido en el reino.
Además todos los presentes allí, desde los siervos de la tercera casta hasta los eunucos de mayor jerarquía, eran devotos de la pareja real. Todos juraron proteger a la reina y su retoño con sus propias vidas, porque desde la llegada de la que fue cuarta consorte al reino, sus vidas habían mejorado notablemente. Es que Akane era una monarca generosa y quería compartir su dicha y bienestar con todo el mundo por igual. Porque a pesar de aquellas vestimentas preciosas que cubrían su piel y las joyas que adornaban su cuerpo de pies a cabeza, ella insistía en seguir siendo la campesina que había tenido la dicha de ser educada y jamás olvidó el compromiso que desde temprana edad tenía con su gente. Eso despertaba tanto amor como odio hacia su persona. Sin embargo dentro de los confines del reino Saotome no existía un alma que se atreviera a complotar contra ella. Nadie ignoraba la devoción del Rey Ranma por su única esposa, así como la lealtad que el general supremo de su poderoso ejército le procesaba.
Esto mismo argumentó la reciente reina a su esposo para que oficialmente anunciara su embarazo, algo que de todas formas ya se sospechaba desde el mismo día de su coronación.
Y cuando finalmente lo hizo, como no pudo ser de otra forma, una gran celebración ganó las calles.
Todos auguraban la llegada de un heredero varón, fuerte y saludable, que asumiera la línea al trono tras su padre.
Por eso cuando la princesa nació muchos festejaron sumidos en alegría y otros en un letal goce de ver qué Saotome no logró concebir un varón.
Estos dichos enfurecieron a Ranma, pues su hija, su adorada princesa, la luz de sus ojos, era tan digna como cualquier niño podría serlo. Y la pequeña desde muy temprana edad se encargó de hacer justicia a su ferviente creencia ya que su innata curiosidad la llevó a alcanzar precozmente muchos hitos en su breve desarrollo, como ese mismo día.
-Vas a llegar muy lejos, hija mía. Estos son solo tus primeros pasos. Y papá te promete acompañarte en cada uno de ellos _le dijo al oído mientras era observado atentamente por los demás.
La princesa lo miró fijamente, como si entendiera cada una de sus palabras, y llevó su babosa boquita a la mejilla de su padre imitando uno de esos besos que todos solían darle.
Porque Ume era amada por sus padres, sus abuelos, tíos y tías.
Y alguien que era amado con tanta intensidad sólo podría amar de igual forma.
-¡Vamos a dar una gran fiesta para festejar que la princesa dio sus primeros pasos! _le dijo su padre haciéndola saltar entre sus brazos.
-¡Oh, no! reprendió su esposa, tomando a la niña de sus brazos.
-¿Por qué no? _preguntó molesto.
Su mujer solía hacer eso, frustrar toda celebración que intentaba dar ante los grandes pasos que su hija daba.
-Primero, vas a malcriarla. Yo no quiero una hija soberbia ni demandante. Ella debe ser humilde y bondadosa.
- También orgullosa y altanera, debe mostrar a todo el mundo que nadie está a su altura, como quien es, la hija del Rey más poderoso de la región _rebatió seriamente.
- Dar una fiesta a solo unas semanas de la celebración de su primer año de vida es un gasto innecesario. Y he allí la segunda razón. Juraste que no gastarías dinero en asuntos tan poco importantes.
-¡Es importante, Akane, tu hija acaba de aprender a caminar!
-Lo mismo dijiste cuando querías festejar su primera semana de vida, cuando comenzó a sonreír, al salirle su primer diente, cuando se sentó sola, el día que la viste gatear.
-Está bien, está bien. Entendí el punto _dijo cruzando los brazos.
Suavizando su mirada ante su berrinchudo marido, se acercó a éste y, dejando un beso en su mejilla, le dijo.
-¿Por qué mejor no hacemos una cena familiar? Invitemos a mí familia y a nuestros amigos, y festejemos íntimamente con quienes más importan ¿qué te parece? Al fin y al cabo _continuóbesando nuevamente su rostro_ , en menos de un mes tendrás la enorme celebración que deseas.
Sin poder zafarse de las artimañas, manipuladoras y encantadoras, de su esposa, olvidando cualquier enojo o malestar que pudiera sentir, accedió robándole un beso fugaz a la madre de su hija, despidiéndose después para continuar con su ardua tarea de gobernar, no son antes relatar a cada persona que pasaba por su lado, cómo su hija de tan solo 11 meses había aprendido a caminar.
Así eran los días en el palacio desde la llegada de Ume.
Sin embargo, por fuera del territorio de los Saotome las cosas no estaban en paz.
Los Kuno les habían bloqueado todas sus rutas comerciales, teniendo que depender exclusivamente de los puertos de los Kirin. La alianza entre ellos se había fortalecido, por supuesto, pero el beneficio económico solo había sido para el pueblo pesquero, pues la capacidad de sus puertos y la cantidad de vías comerciales marítimas que tenía no se asemejaban a los de los Kuno. Ello implicó que las mercancías que importaban así como las que exportaban tardasen el doble en concretarse, y ello se reflejaba en sus ingresos. Para hacer las cosas más difíciles, tampoco contaban ahora con el preciado recurso de transporte comercial por tierra que le proveían los Kuno antaño, perdiendo además muchos clientes y proveedores que, ante la amenaza ejercida por la Reina Kodachi, terminaron los intercambios comerciales con los Saotome.
Por suerte contaba con los productos que Taro y Chardin lograban comerciar con el reino, pero no resultaba suficiente para cubrir la enorme demanda de su pueblo, que sin dudas triplicaba la tasa poblacional de ambos estados juntos.
Kodachi se había vuelto implacable, sanguinaria y por sobre todo estratégica. Pues a pesar de que su economía también había sufrido el impacto de la cesación del intercambio comercial con los Saotome, tuvo la inteligencia que su difunto hermano nunca poseyó para saber arbitrar exitosamente sus recursos y contactos comerciales, recuperando rápidamente la estabilidad económica del reino. Es que no le tembló el pulso al momento de poner mano dura con quien quisiera rebelarse o pensar que por ser mujer podría pasar sobre ella. Siempre fue temible e inescrupulosa, pero el haber atravesado la humillación de un matrimonio fallido y sin amor solo había incrementado su lado más oscuro y sádico.
La única forma de derrotarla sería por medio de una guerra, pero la reina Akane supo convencer al jefe de estado que ninguna razón era válida para derramar la sangre de inocentes soldados.
Sí, la economía estaba resentida. Pero confiaba en que pronto encontrarían otra forma de superar esta crisis. Por ahora con la ayuda de sus aliados el reino no moriría de hambre y lo más importante e invaluable por sobre todo, estaban en paz.
De quien no supieron más nada fue de Shampoo. A duras penas se pudo confirmar su unión matrimonial con Mousse. Pero todo lo que pudiera estar pasando en aquel reino luego de la exterminación del consejo de ancianas permanecía era un misterio. Al principio había reinado el caos, o eso se decía. Ni los Chardin que eran sus vecinos más cercanos sabían qué pasaba al interior de las murallas amazónicas. Ni siquiera el matrimonio de Mikado y Azuza lograron recoger información alguna. Lo único que seguía llegando al palacio infaliblemente, desde que se confirmó en la región que la reina Akane estaba embarazada, eran aquellos paquetes de distintos tamaños y formas, hermosamente envueltos tal regalos, a ser entregados a "La cuarta consorte Akane Tendo". Nadie conocía la naturaleza del contenido que guardaba en su interior, pues al identificar que provenían de la región amazónica el rey ordenó de inmediato destruirlos sin reparo alguno.
No se supo tampoco del destino de los soldados rebeldes que habían logrado sobrevivir, tampoco del ex prometido de la reina.
Indiscutiblemente la ausencia de noticias sobre el poderoso reino generaba tensión en toda la región.
Lo único que nunca había cambiado era lo sabido respecto a los Daimonji, cuyo heredero seguía gastando su fortuna en mujeres y alcohol. Hace mucho tiempo, de hecho, había dejado de ser una amenaza ya que el notable desinterés del joven rey por fortalecer su ejército había tenido graves efectos en sus filas, que habían perdido indefectiblemente la gloria que en sus mejores épocas había conseguido.
En dicho contexto político y social aconteció el momento más importante en las vidas de la pareja real, el primer año de vida de la Princesa Ume Saotome.
Akane dio vía libre a la imaginación de su esposo, quien organizó personalmente el evento real. Es que para el padre primerizo aquel día era uno de los más felices que guardaba en su memoria. Los tenía, en efecto, numerados. El primero fue el día en que conoció a su esposa leyendo Otelo en la plaza principal del pueblo. El segundo día fue cuando ella confesó que lo amaba, correspondiendo sus profundos sentimientos. El tercero cuando se convirtió en su reina. Y más tarde, gracias a todas esas bendecidas vivencias, pudo acontecer el nacimiento de Ume, el día que cambió su vida para siempre.
Jamás podría haber imaginado la dicha enorme de ser padre. Tampoco imaginó la angustia que experimentaría, pues vivía atormentado ante el miedo de que algo malo pudiera sucederle a su hija. ¡Por fin entendió a su padre en tantas cosas! Deseo de todo corazón volver el tiempo atrás y ahorrarle a su papá un par de dolores de cabeza. Pero sabía que todo lo malo que podría haberle hecho fue revertido por completo al darle una nieta.
Gemma Saotome amaba a su nieta más que a nada en la vida. El cariño que sentía por la pequeña era conmocionante. Si alguien en verdad la malcriaba no era Ranma sino su propio padre, quien no reparaba en invertir su tiempo y dinero en hacerle saber a su pequeña nietita lo especial que era para él. Claro que su abuelo Soun no se quedaba atrás y competía cabeza a cabeza con su padre en ver quién de los dos sería el abuelo preferido de la princesita. Unidos por el amor incondicional por Ume, ambos terminaron convirtiéndose en grandes amigos, pasando todas sus tardes juntos entre interminables partidas de ajedrez y juegos con su nietita.
Las tías de la pequeña también la adoraban. Y ahora que Nabiki había comenzado a trabajar en la tesorería del Palacio, al demostrar ser sumamente hábil en negocios y la economía en general, dedicaba parte de su tiempo diario a jugar con su sobrina mayor pues otro sobrino o sobrina vendría en camino.
Kasumi, siempre y cuando su embarazo de seis meses se lo permitía, visitaba también a diario a su hermana y sobrina. Fue ella quien ayudó incontables veces a la madre primeriza cuando su niña se enfermaba, cuando tenía gases o le salieron sus dientitos. Por supuesto que su cuñado Tofú complementaba la escena elaborando remedios naturales para la más joven de los Saotome. Ahora el adorable matrimonio cuidará por fin de su propia descendencia.
Todos ellos estaban allí ese día, junto a sus amistades dentro y fuera del reino.
En las calles de cada rincón de su nación se homenajeó a la princesa Ume y al igual que en su nacimiento, cientos de ciruelas japonesas fueron repartidas a lo largo del territorio en su honor.
Solo un invitado había llegado al palacio ese día a quien podría considerarse como indeseado. Porque siguiendo con lo que instauraron en la ceremonia de coronación, ninguna celebración familiar estaría vinculada a la política o negocios. Dicha visita pertenecía a la familia real así que nada podría hacerse ya, en especial cuando astutamente había anunciado su llegada de imprevisto con el claro objetivo de no ser rechazado. Un mensajero había llegado el día anterior a la ceremonia para anunciar que su primo junto a sus dos hijos asistirían al cumpleaños de la princesa para rendir sus respetos a la nueva heredera.
Claro que todos sabían que las intenciones del pariente lejano no tenía nada que ver con rendirle tributo a la nueva Saotome de la familia. Porque si bien la ceremonia de cumpleaños era exclusivamente familiar, nada podía hacerse con el saludo protocolar al que debían adherir obligatoriamente, recibiendo en el salón principal del palacio a todo político, Lord y militar de alto rango que quisiera presentarse dicho día para ver a la joven infanta.
Era la ocasión perfecta para mostrarse, él y sus dos hijos varones, ante todo aquel poderoso del reino. Él sí era un Saotome que había logrado engendrar a un heredero digno a asumir el trono, muy por el contrario a Ranma quien todavía no había tenido hijos varones… y tal vez nunca los tendría.
Poco intimidaba al actual monarca la presencia de su primo. ¡Nadie le robaría a su hija lo que le correspondía!
Porque ellos lo habían decidido. Y ese día lo anunciarían a los cielos.
-¡Atención! _exclamó el eunuco_ ¡Todos de pie! ¡El Rey Ranma Saotome ha llegado!
Las puertas del salón principal se abrieron y por ellas apareció el magnánimo Rey. Aquel hombre con casi tres décadas de vida seguía robando suspiros, pues el tiempo solo logró acentuar sus masculinas facciones, su gran porte, digno de cualquier general, y por sobre todo su mirada intimidante, feroz y filosa que dejaba en claro que si antes, cuando no tenía nada que perder, podía ser despiadado… ahora, con dos personas en su vida a quienes amaba con cada célula de su cuerpo, era simplemente invencible.
Tomó lugar en su, ahora, gran trono seguido por su padre, quien fue escoltado en su silla de rueda por su eunuco de confianza, tomando posición a su izquierda.
-¡La Reina Akane ha llegado! _anunció a continuación el eunuco.
La susodicha ingresó al salón magnánima como siempre, sencilla e integra como ninguna. La maternidad sólo la convirtió en una mujer más bella, inalcanzable, envidiable. Por eso su esposo desde el trono la miraba así, orgulloso y encantado, porque ella era suya… su reina, compañera y amante .
Tomó el trono junto a él, quien decidió anunciar por sí mismo la llegada de la protagonista de la ceremonia, la protagonista de sus vidas.
-¡La princesa Ume Saotome ha llegado, la princesa heredera al trono!
Todos en el salón expresaron inevitablemente su sorpresa. ¿El Rey acababa de nombrarla su heredera? ¿A ella? ¿Una niña ? ¿Una mujer? ¡Seguro tenía que ver con su influencia! ¡Esa maldita mujer que desde el minuto uno lo había embrujado! ¡Lo había logrado, hacer que su progenie se haga del trono! Todos ellos coincidían, esa desagradable minoría, la más poderosa de la nación.
Los restantes no podían estar más felices. La mitad de ellos se sentían dichosos con el anuncio porque consideraban que el Rey Ranma acababa de condenar su reinado al fracaso, pronosticando el fin de su mandato muchísimo antes de lo esperado. Entre ellos estaba el recientemente llegado tercero en la línea de asunción al trono… por ahora
La otra mitad estaba extasiada, orgullosa, emocionada con la resolución del matrimonio. ¡La Princesa Ume sería la primera princesa en heredar el trono haciendo valer su derecho como primogénita! Hasta el momento eso solamente había acontecido en el reino de las amazonas, pero claramente allí eso no era en absoluto una novedad.
Mientras el público presente continuaba conmocionado ante el anuncio, la princesa en brazos de la primera dama Yuka aparecía en el salón vestida con el traje tradicional de la nación. Nadie podía negar su belleza, pues era hija al fin y al cabo de aquel matrimonio. Tampoco dejaba lugar a dudas que sería alguien suspicaz, ya que con sus ojos chocolate abiertos de par en par, iba registrando todo a su alrededor bajo la atenta mirada de sus progenitores que la esperaban de pie.
Ranma tomó a su hija en brazos. La pequeña como siempre río sonoramente, achinando sus ojos divertida al ser tomada por su padre. Éste le dio un par de besos en su suave carita y luego la presentó formalmente a los presentes, quienes la saludaron con una reverencia máxima postrándose a sus pies.
-¡Viva la Princesa heredera Ume!
-¡Larga vida a la Princesa Ume!
-¡Bendita sea la Princesa heredera!
La pequeña, que no tenía la mínima idea de lo que sus padres habían decidido sobre su vida, reía divertida mientras jugaba con sus deditos, recostada plácidamente en el pecho de su papá.
Desde allí observó atenta de a ratos, inquieta otros pocos, el desfile de personas que le rendía sus respetos y buenos augurios. Algunos completamente honestos, otros enteramente protocolares.
Entonces fue el turno del primo de su padre, quien se presentó ante la familia junto a su progenie.
-Su Majestad _saludó con una reverencia.
-Shinnosuke. Tanto tiempo sin verte _saludó el monarca secamente.
-Larga vida a la Princesa Ume _volvió a reverenciar sin mucho entusiasmo.
Dedicó una mirada, a continuación, a la Reina a su lado.
-Mí Señora,
-Su Alteza, querrás decir. Ella es tu reina, no lo olvides _corrigió Ranma.
No había sido la primera vez, mucho menos sería la última, porque muchos otros como él intentaban humillarla. No triunfarían, empero, mientras él respirara.
-Perdóname, Mí Reina. No ha sido con ninguna mala intención, créame por favor.
-Está usted perdonado,Mí Lord _ respondió impecable_. Nos alegra su visita en este día tan especial para nuestro reino.
-¡Oh, ya lo creo, Su Alteza! Permítanme presentarles a mis hijos _prosiguió acercando a los niños ante la pareja real_. Mí primogénito, Rai. Y él es mí segundo hijo, Suyen.
Ambos muchachos saludaron según corresponde y Akane les dedicó una cálida sonrisa, esas que solo ella podía ofrecer.
-Bienvenidos mis queridos. Esta es la casa de su prima, Ume, por lo tanto también es la suya. Será un honor tenerlos aquí.
Es que Akane comprendía que ellos, al igual que su pequeñita, eran inocentes. Sabía que ambos niños eran peones en el juego que su padre intentaba jugar contra ellos.
Luego del extenuante protocolo, la niña buscó los brazos de su madre encontrando allí el confort que necesitaba para dormir placenteramente hasta que la ceremonia familiar comenzara.
Ya vestidos en ropas más sencillas y cómodas, se reunieron esa noche en el jardín del palacio, aquel que hace menos de dos años había alojado el sangriento nombramiento de la ex segunda consorte Shampoo.
El ambiente era de puro jolgorio. La princesa ya despierta por completo, pasaba de brazos en brazos, custodiada celosamente por su escolta personal, recibiendo cariños, halagos y regalos, ya que todos se sentían bendecidos por su llegada a este mundo.
Pronto cortaron un pastel de ciruela, por supuesto, y después de unos bocados se durmió en el regazo de su mamá que tarareaba solo para ella su canción de cuna favorita.
Ranma las contemplaba derrochando ternura, y a metros de distancia su primo lo observaba a él con renovado recelo. Es que la vida era injusta, porque su primo no solo tenía el trono para sí; y con él un enorme poder y fortuna; sino que además tenía una familia hermosa. Se notaba a leguas, incluso para él que era un tipo frío y calculador, que Ranma estaba enamorado de su esposa y que su hija había sido producto de ese amor que era por completo correspondido. Todo lo opuesto a él, que tenía media docena de consortes, todos matrimonios consumados por acuerdos políticos y comerciales, sin amor o deseo de por medio. Y sus hijos… bueno, sus hijos eran al fin y al cabo sus herederos y radicaba allí la principal razón de su estima y preocupación por ellos, sobre todo los varones, porque Shinnosuke solo podía repetir con su descendencia lo mismo que su padre hizo con él, intentando hacer uso de su género para hacerse finalmente de aquel lugar privilegiado.
Esto debía acabar de una vez, y él sería el encargado de concretar esa deuda pendiente que venía arrastrándose ya por varias generaciones.
Ranma podía predecir las intenciones de Shinnosuke.
Lo que nadie pudo predecir fue el contenido de aquella carta que acababa de ser entregada en ese mismo momento.
