De un tiempo a la fecha, las noches se estaban volviendo sumamente tétricas en Grimmauld Place, sobre todo después de que las reuniones de la Orden se acababan y los únicos habitantes de aquella tenebrosa casa eran el par de hombres que en ese momento están sentados en la mesa de la cocina, cada uno en su mundo. No podían considerar al Elfo Doméstico un habitante del lugar, debido a que normalmente se encontraba escondido o conversando con el viejo retrato de Walburga Black.

Remus por su parte, normalmente se dedicaba a repasar los puntos tocados, analizando las situaciones y creando algún plan para que salieran bien, sobre todo para aquellas misiones en las qué él estaba involucrado.

Desde hace un par de semanas que había aceptado la invitación de Sirius y estaba viviendo temporal y esporádicamente ahí, sobre todo porque no soportaba ver a su amigo tan cabizbajo y con el ceño fruncido cada vez que se tenían que ir, más aún después del 1 de septiembre, y de todas maneras, les servía a ambos para hacerse compañía.

Aunque últimamente Remus había notado que después de las reuniones, después de que Severus daba sus avances, siempre era peor, el mal genio del animago se disparaba y no había quien le aguantara, ni siquiera él, que era un experto en aguantarle.

Aprovecho el leve momento de distracción y le miró de reojo, imperceptiblemente según él, pero el hombre lo notó y levantó la mirada, topando sus grises y cansados ojos, en sus doradas orbes.

- Estás más callado de lo común, para ser tú… ¿Pasa algo? – toda la frase salió en una especie de gruñido, últimamente solo salía ese tipo de sonidos de los labios de su compañero.

Remus negó con la cabeza y comenzó a ordenar algunos pergaminos. - ¿Tienes hambre? Voy a preparar algo de comer.

Hizo desaparecer los pergaminos con su varita y se acercó al refrigerador.

- Podríamos beber algo, no tengo mucha hambre… - ninguno de los dos había probado bocado desde el almuerzo, pero en un impulso, sintió que era lo correcto y asintió, volviendo sobre sus pasos.

- Claro… - le puso una mano en el hombro y le instó a levantarse. – Vamos a un lugar menos amargo.

Un nuevo gruñido fue la respuesta que recibió, cosa que le hizo gracia y terminó por reír levemente. - ¿Se puede saber qué es tan gracioso?

El castaño subió los hombros, mientras caminaban en dirección a la biblioteca de la casa de los Black. Aquel lugar había sido uno de los primeros sitios que él mismo se había encargado de re acondicionar y volverlo habitable, a fin de cuentas, mantenía un gran stock de libros interesantes y necesitaba que estuviese lo más decente posible, para poder leer con calma.

- Tú eres gracioso, estás demasiado mimetizado con Padfoot, ¿te das cuenta de que lo único que haces es gruñir?

Sirius estuvo a punto de volver a hacerlo, pero se contuvo, mirándolo con el ceño fruncido. – No sabía que te habías vuelto tan observador…

Siguió al licántropo y alzó una ceja irónicamente. - ¿Este es tu lugar menos amargo? Ay por favor… - revoloteó los ojos y se dejó caer en el sofá más amplio, subiendo las piernas en la mesa del centro.

Remus hizo aparecer un par de botellas de Whisky de fuego y un par de vasos, sentándose a su lado. Los llenó y le pasó uno, bebiendo del que se dejó para él.

Volvieron a un extraño silencio y no pudo evitar recordar cómo eran las cosas antes, muchos años antes, cuándo los cuatro no hacían nada más que hablar y hablar, planeando idioteces, pensando en el futuro, en la siguiente travesura.

Hace muchos años que habían dejado de ser esos niños inocentes, lo tenía claro.

- Sirius… - el mencionado lo miró, bebiendo nuevamente, indicándole que le está tomando atención. – Cuéntame de tus días en Azkaban…

Fue impulsivo, pero sabe que le ha sorprendido, porque no ha sido capaz de bloquear la reacción de su rostro. Sirius siempre ha sido sumamente expresivo y esa no ha sido la excepción. Probablemente nadie más que él, tendría el valor de preguntarle algo así y Sirius lo sabía. Las personas en general evitaban mencionar ese asunto con él.

- ¿Qué quieres saber? – se terminó de tomar el contenido del vaso y volvió a llenarlo.

- Lo que quieras contarme… - le imitó y volvió a llenar su vaso, apoyándose de lado en el sofá, de está manera puede verle fijamente, aunque el animago está mirando hacia el frente.

Lo meditó unos segundos, desde que escapó de ese lugar, que no ha querido pensar mucho en ello. Hay noches en que las pesadillas le persiguen, por lo que termina durmiendo tan solo un par de horas, después se dedica a mirar simplemente el techo, pensando en todo y nada a la vez, le deprime y pone de mal humor pensar en todos los años perdidos, en todos los momentos desperdiciados, en su vida escapándose de sus manos, aunque muy en el fondo de su cabeza, sabe que lo merecía, por ególatra, arrogante y engreído. Merecía todo lo que le ocurrió, por eso tampoco se lamenta, al menos no frente a las personas.

Él no es así. Sirius Black puede haber perdido mucho de su carisma, los dementores le quitaron gran parte de su existencia, menos el orgullo. Ese intenta mantenerlo intacto hasta el momento.

Después de un buen rato en silencio, se decidió a hablar. - No sé qué es peor, si los primeros días que estuve ahí, los 12 años siguientes o tener que recordarlo ahora… - la voz de Sirius se había vuelto sumamente ronca después de todos esos años encerrado.

Siempre había tenido una voz varonil, su acompañante no lo puede negar, pero ahora era algo diferente. Completamente diferente.

Remus escuchó una vez, hace mucho tiempo, a un hombre decir, que aquello era producto del extremo frío que sufrían los reos, del poco uso de la voz y del arrepentimiento de estos mismos de todos sus pecados.

Él después de volver a ver a su amigo tras 12 años, puede comprender que es una acumulación de las tres.

- ¿Qué es lo peor? – Tuvieron una conversación similar hace unos meses, cuándo el animago se apareció en su casa tras un año sin saber de él, para decirle que Voldemort había regresado.

En esa oportunidad, Sirius fue tosco y apático y en el fondo, Remus lo entendió y esperaba que, en ese momento, su reacción fuese similar, pero estaba equivocado, porque el hombre junto a él lo estaba considerando.

Sirius cerró los ojos un par de segundos, recordando el frío, el miedo, la incapacidad que lo albergó el primer día que llegó a Azkaban, cómo no era capaz de pensar con claridad, cómo cada vez que traía un recuerdo ligeramente alegre a su vida, su celda se llenaba de dementores y quedaba en un estado peor al que se encontraba inicialmente.

Las noches acurrucado en una esquina, con nada más que su propio cuerpo para intentar entrar en calor. Recordó el frío calando su cuerpo, su voz volviéndose rasposa. – Te odio por hacerme recordar esto… - le sonrió ligeramente hacia el lado y Remus le imitó.

- Creo que, dentro de todo, lo peor fue la incapacidad de hablar con alguien, ahí todos, o están locos de remate por la constante presencia de los dementores, o son como Bellatrix, que están locos porque si y no necesitan a los dementores de excusa.

Bebió un largo trago de whisky y recostó la cabeza en el respaldo del sofá, mirando el techo.

- Los primeros días siempre serán los peores… no sabes que pasa, estando en las celdas de máxima protección no sabes qué es lo que ocurre ni siquiera a tu alrededor, con suerte y eres capaz de ver tus propias manos… y eso es si tienes suerte y te tocó una celda con barrotes en las alturas.

La sonrisa fría y falsa adornó su desgastado rostro, pero no le importó. Volvió a beber todo el contenido del vaso y volvió a llenarlo, haciendo lo mismo con el de Remus.

- Te estarás preguntando, ¿Cómo fue que no me volví loco en esos días? Creo que no lo sé… pero cada vez que pensaba en mi estúpida miseria, recordaba a Peter, a su arrogante sonrisa de la última vez que le vi, antes de que asesinara a todos esos Muggles y se cortara el dedo. El orgullo en sus palabras por lo que había hecho…

Un suspiro largo y tendido se escuchó salir de sus labios, pero ya había comenzado, así que iba a seguir, ahora Remus le iba a escuchar, hasta que se cansara.

- Lo odio… y creo que no eres capaz de dimensionar cuanto…

El licántropo seguía bebiendo, lento y pausado, escuchándole atento. Su amigo necesitaba desahogarse, sacarse algo de todo lo que tiene adentro y le agrada que haya tomado la decisión de hacerlo…

Además, él estaba dispuesto a ayudarlo. Siempre.

Aunque no imaginaba a dónde les llevaría esa conversación.

- Puedo imaginarlo Sirius… nunca has sido muy bueno disimulando tus emociones… - ambos se miraron un segundo y se sonrieron mutuamente.

Por primera vez en años.

- Pues sí, puede que puedas dimensionarlo… - volvió a beber y continuó. – Cerca de 6 meses después, mi contacto humano había sido tan precario, que sentía que al fin me estaba volviendo loco, escuchaba voces e inconscientemente esperaba que llegara el momento en que dejara de pensar, de sentir y luego de eso, sin siquiera considerarlo, sin pensarlo, sin planearlo, una noche de luna llena me convertí en Padfoot y por primera vez, sentí una tranquilidad que no creí podría adquirir estando ahí…

Remus lo miró sorprendido, con el vaso a medio camino de su boca.

- Desde ese momento, todas y cada una de las noches de luna llena me convertí en perro, esperando que pasara, que el dolor, la desolación se acabara algún día.

Sirius tragó hondo y se giró de medio lado, mirando fijamente a su acompañante.

- Se que es egoísta lo que te diré, pero tengo que hacerlo… y voy a aprovechar que estoy ligeramente borracho para ello…

Ante eso Remus miró la botella de whisky vacía sobre la mesa y volvió sus dorados ojos hacia Sirius, que le miraba fijamente.

- Gracias Remus, de verdad… muchas gracias por ser un hombre lobo…

El susodicho pasó saliva por su garganta con dificultad, pero no apartó su mirada de aquellos penetrantes ojos grises.

Ojos que tango había amado en algún momento y que, en ese instante, le resultaban completamente desconocidos.

- N-No… N-No sé qué decirte… - sonrió nervioso. – Es lo más extraño que alguien me ha dicho nunca y eso que fui tu amigo desde muy chico, así que sé lo que es convivir con frases extrañas…

Sirius sonrió débilmente.

- Si no fueras un hombre lobo Remus, nunca me hubiese sentido atraído por convertirme en un animago, nunca lo hubiese intentado y por ende, jamás lo hubiese conseguido…

Hizo una pausa, en la que volvió a beber, sin dejar de mirarle.

- Si no me hubiese convertido en animago, jamás hubiese sido capaz de sobrevivir ligeramente cuerdo a Azkaban, así que vuelvo a repetírtelo… Gracias por ser un hombre lobo…

La voz de Sirius se quebró ligeramente y casi como si esperara que Remus no lo notara, volvió a beber de un sorbo el contenido del vaso.

El licántropo por su parte no supo reaccionar.

¿Cómo actúas a una confesión así? ¿Qué dices? ¿Qué haces?

Se sentía tan fuera de lugar, tan extraño, cómo aquella vez, hace demasiados años, cuando tan solo tenía 17 años y Sirius se le declaro de una extraña manera a orillas del lago, con el calamar gigante de testigo, luego de un partido de Quidditch en el que Gryffindor le había ganado a Slytherin por más de 200 puntos.

Tan extraño cómo ese torpe beso.

Aquel día tampoco entendía qué ocurría.

Aquel día él aún no era capaz de comprender sus propios sentimientos por su mejor amigo.

Y ese día, en ese preciso momento, no sabe cómo tomar aquel comentario.

No sabe por qué de repente recordó ese momento, siendo que lo había olvidado, lo había bloqueado por demasiado tiempo.

Al fin, simplemente dijo lo primer que se le ocurrió y que no tuviese mucho que meditar.

- Nunca nadie en su sano juicio, me había agradecido algo así… - sonrió nervioso y bebió él también. – Supongo que por eso es por lo que dicen que no estás en tu sano juicio…

- Nunca lo he estado…

Se miraron automáticamente y terminaron por reír.

Era una extraña situación, pero reír y beber en ese momento, parecía ser lo mejor.

Era preferible olvidar por un momento Hogwarts y Azkaban.