-Chicas, espero mucho de ustedes.- El estricto instructor de gimnasia miró a las dos muchachas con bastante severidad. Tenía los músculos bastante marcados a pesar de su complexión tan delgada, y se movía con la gallardía de un samurai caminando. La joven de pelo cobrizo tragó saliva, mientras su compañera, una chica de pelo negro, no se inmutó.
-He estado entrenando a ambas por cerca de cinco años, y estoy complacido con su rendimiento. Pero deben saber que el mundo de la gimnasia profesional es bastante duro y competitivo. Ya vieron a esa chica Comaneci. Tenía solo catorce años y fue la mejor en los juegos olímpicos de hace dos años. Que les hace pensar que no habrá competidoras más fuertes, mas veloces, más agiles y con mucha más disciplina y dedicación que ustedes. En especial de tí, Kabako.- clavó sus pequeños ojos escrutadores en la joven de pelo oscuro, que era más alta que su compañera pelirroja.
-Ya le he dicho mil veces que odio que me llame así...- gruñó la joven entre dientes, sin importarle el sermón de su maestro.- ...maestro Kinomoto.- concluyó resignada al ver el gesto desaprobatorio de su mentor.
-Bueno...Rosemary, así te gusta que te llamen...-resopló el instructor Kinomoto.- Y bien, Eimi?- dijo hablándole a la muchacha pelirroja, más baja y delgada que Rosemary. Tenía el pelo ondulado recogido en una cola de caballo, como solía hacer las gimnastas profesionales. -¿Qué me dices tu?-
-Voy a darlo todo.- los ojos de Eimi brillaron. Eran de un azul intenso y cristalino. - Iré a Moscú y ganaré todas las medallas que pueda para Japón!-
-Así me gusta, querida niña!- sonrió paternalmente el maestro. No se dió cuenta de la mirada de soslayo que le lanzó Kabako a su compañera. - Por hoy se pueden ir. Las chicas le dieron la espalda a su profesor y fueron a los vestidores a cambiarse de ropa.
-Hoy fue un entrenamiento bastante duro, no lo crees, Rose?- decía Eimi a su compañera mientras esta se duchaba al lado de ella.-
-Sí- refunfuñó la aludida, sin ganas de hablar.- Parece que le gusta presionarnos bastante al viejo Hinomoto. Como el ya no puede competir, quiere que lo hagamos por él...-
-Pero a mí me apasiona la gimnasia. Es mi sueño desde que he sido niña.- se encogió de hombros la joven de pelo cobrizo.-No importa dar mi vida con tal de lograr mi sueño...-Y esa muchacha, Nadia Comaneci, nos ha mostrado que nosotras podríamos ser ella...llegar al oro olímpico...- Rosemary hizo un gesto de asco.
-Seguro a esa mocosa la ayudó el jurado. O el gobierno de su sucio terruño. Un presidente corrupto como el de su país necesita legitimidad. Sobe todo cuando su pueblo se muere de hambre.- espetó la joven sin ocultar su envidia.
Eimi no dijo nada más. Sabía del temperamento rebelde y poco respetuoso de su compañera. No podía decir que eran grandes amigas pero al menos no había hostilidad obvia entre ambas. La mayor parte del tiempo se llevaban bastante bien, e incluso se podría decir que se ayudaban mutuamente en los entrenamientos. Llevaban ya unos años bajo la tutela del estricto maestro gimnasta Seiji Kinomoto, un atleta veterano que había competido en los juegos olímpicos de Melbourne y Roma,muchos años atrás. Aunque en la primera gesta olímpica en la que participo no había conseguido ganar nada, lo que le ganó el escarnio de los medios y la opinión pública en el país, en la capital italiana consiguió llevarse 3 medallas de oro en gimnasia masculina. Era considerado una eminencia viva del deporte japonés, y Eimi se sentía bastante afortunada de poder estudiar con un profesor de aquel calibre.
A la par que se preparaba como deportista profesional, cursaba la preparatoria mientras vivía con sus padres. En la escuela, Eimi no solo era una estudiante sumamente popular y querida por su amabilidad y carácter dulce, sino también por sus excelentes notas. Y su popularidad con los chicos, tampoco era para escatimarse. Kabako no tenía tanta suerte. Hija de una madre viuda de un empresario dueño de varios negocios en el centro de la ciudad, sus notas no eran demasiado buenas y se metía constantemente en problemas. En varias ocasiones había sido reprendida porque la sorprendían fumando en los pasillos de la escuela, o por besarse con un chico en los vestidores de hombres. Ambas estudiaban en la preparatoria pública Mizushima. Eimi abordó el bus después de despedirse de su compañera. Bajó unos diez minutos más tarde. Su casa ya solo quedaba a unos pocos minutos a pie. Llamó su atención que en una esquina, vió a un joven de enormes gafas que entretenía a un pequeño grupo de gente. Parecía estar haciendo alguna clase de truco de magia o prestidigitación. Eimi se acercó al corrillo de personas, picada por la curiosidad.
-Y ahora verán como desaparece esta carta...- la multitud aplaudió al ver al muchacho realizar su truco de manera impecable. Era un joven de aspecto bastante torpe y semblante un tanto excéntrico, pero a Eimi le pareció agradable. Mientras seguía haciendo suertes con pelotas y cintas mágicas, la gente le daba monedas en una chistera de mago colocada sobre el piso frente a él.
-Sigue mi truco más complicado...el dragón...- anunció ceremoniosamente el chico, sacando un papel de su bolsillo. Lo arrugo, lo cubrió de alcohol que llevaba en una pequeña botella. Lo encendió y comenzó a fumarlo. La gente se quedó de piedra mientras el muchacho arrugaba el papel apagando el fuego y desapareciéndolo entre sus manos. Un segundo después, el chico expulsó una gran bocanada de llamas por la boca, provocando gritos de asombro. Terminado su truco, los comentarios entusiasmados y los aplausos inundaron el ambiente. Varios niños se acercaron al mago para preguntarle como había hecho eso, mientras el joven les regalaba paletas de caramelo.
La muchedumbre comenzó a alejarse poco a poco mientras el ilusionista agradecía al público por la atención y las propinas. Eimi dejó caer una moneda plateada al sombrero en el suelo. El chico se sorprendió de ver a la joven. Algo sucedió en su interior, que el ambiente comenzó a ponerse tenso mientras la pelirroja avanzaba hacia el entre la gente que caminaba por la calle.
