Hola, os quiero presentar mi fanfic cuál esta también en Wattpad con el nombre @ihiccstrid.Esta historia tiene fallos en los diálogos ya que estoy aprendiendo a manejar el vocabulario de esa época y se me es complicado. Pero estoy haciendo el intento. Esta ambientada en la edad media y en la victoriana. Y es completamente ficticio, tanto los personajes, como también el ambiente.Quiero también deciros que pretendo actualizar lo más rápido que puedo, pero que si no lo hago esperéis porque tengo estudios y una vida para vivir.Esta de sobra decirlo, pero si comentáis me animareis a continuar escribiendo y os lo agradecería mucho.Por último, quiero darle créditos a los autores de los personajes de Como entrenar a tu dragón y quien escribio esta magnífica historia

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Capitulo I

Estoy sentada sobre el jardín del palacio, asimilando la situación en la que me encuentro.Mi padre había sufrido un paro cardiaco, cual le estaba costando la vida y los médicos aseguraban hacer lo bastante para mantenerlo con vida. Pero tenía otra idea de eso, no veía signo alguno de que se recuperará y parecía tener razón.

Estaba acariciando los pétalos de unas flores que yo misma me encargaba en regar, porque no tenía más que hacer. Cuando el semblante de lamento del guardia personal de mi padre me hizo saber que algo no iba bien. Con los ojos puestos en las manos, espero escuchar la mala noticia.

— Alteza, su padre a fallecido — informa el guardia.

Pese a la horrible noticia no estoy llorando, solo pienso en lo tanto que habrá cambiado este lugar. Para distraerme juego con los pétalos de las flores que derramaban gotas de agua y arranco de ellas varios pétalos para demostrar que si me dolía esa perdida.

— Era de esperarse — dejo caer las flores que tenía en la mano.

Mi mirada esta puesta en el suelo, donde las flores rojas se agachaban como si supieran que alguien había perdido la vida y esperaban que fueran ellas las que acompañaran su tumba. No termino de convencerme ante las palabras del guardia y me levanto del suelo para enfrentarme a la dura realidad que estaba viviendo.

No había aprendido a gobernar un país, pues no me habían enseñado, las mujeres no gobernaban, dependíamos del rey y como mi madre había muerto no mucho después de mi nacimiento, debía de encargarme de todo un pueblo hasta que encontrara al rey ideal para gobernar, cosa que supuestamente llevaría algunos meses.

— Es esencial que haya un verdadero gobernador en este reino — descarta la idea que le había dicho, que era literalmente dejarme el liderazgo — Cuando sepan que una mujer está gobernando un país, todos vendrán a nosotros y es por eso que necesitamos un hombre. Las mujeres no nacieron para esto, Astrid.

Freno en seco al guardia cuando él estaba por irse, en busca de ideas para encontrar a un hombre que supiera gobernar antes de que los rumores se expandieran por los demás reinos. Mi mirada aparentaba decisión y aunque el guardia tenía más fuerza que un kilo de paja juntos, no se opone a mi agarre.

— Permítame decirte que, ahora soy la única perteneciente a la realeza, como tal yo soy la que manda y no deseo criticar a la idea de que tenga que casarme, pero... — soy lo más amable que me permito ser — No me veo casándome ahora, se haría ver como si me estuvieran vendiendo a un hombre, necesito conocerlo para saber si es la persona que quiero que pase el resto de mi vida. Y como sabe, el matrimonio es sumamente importante en la realeza y como tenga a un vago de acompañante no habría motivo para que yo no gobernara.

El guardia asiente dándome la razón, relaja los músculos que tiempo atrás estaban tensos y me mira a los ojos cristalinos de la princesa que era con atención, pues ahora me consideraba la reina después de dejar en claro que no iba a casarme hasta encontrar el indicado, que dejaba intranquilo al guardia porque él debía encargarse de mi ahora que no tenía padre.

— Debó pedirte que informes mi coronación, si no le importa — pido con un toque más serio en la voz — esta tarde quiero que estén todos reunidos para presenciarla y conocerme como la nueva reina que gobernara este lugar.

Mientras decía esas palabras, que sin duda eran magistralmente de una reina, arrugo mi vestido de un precioso color azul, también decorado con un color oro. Mis ausentes nervios la habían acariciado otra vez y el alivio era juguetear con la manga del vestido. Es tanto mis movimientos que causaba la presión de los dedos que sudaban sin cansar.

El guardia asiente con la cabeza y después de una reverencia mutua parte a la entrada del castillo. Cierro los ojos en cuanto estoy sola y dejo mi manga en paz. Procurando robar todo el aire que puedo, para sentirme liberada tras el nudo que mantenía en la garganta. No era fácil para mí ni para nadie lidiar con este problema.

A la llegada de la tarde, no solo veía a importantes personas en la amplia sala, sino también a ciudadanos del país. Era simplemente impresionante. Aprecio la comodidad de la gente, impulsando a que yo fuera quien hablara de primera.

—Buenas tardes, Damas y Caballeros. Tengo el gusto de anunciaros, que hoy me hare con el reino que tomo mi padre, para mejorar la pena de esta ciudad— anunció con poder y decisión, atrapando a alguno que otro— Os dejo el placer de comunicaros conmigo, sí lo necesitáis. Mientras disfrutáis del banquete.

Más que uno. Ciertamente todos, se aproximan a comer, nada más que esa sutil sonrisa engañosa para luego comer sin parar. Mientras que para mí yo de reina, creía reinar el silencio. Cuando de repente una simpática señora se acerca a mí, con su hijo arrastrado por los fuertes brazos. Con voz sutil, pero tomando las riendas que poseía. Empieza a hablar.

—Buenas tardes, su majestad— su hijo se avergüenza de inmediato- si me permite, debo no, exijo explicarle porqué mi hijo debería casarse con usted.

—Adelante— la animo apretando mis labios disgustada.

—Mire, mi hijo tiene cualidades muy necesarias en este gobierno que tu no las tienes por supuesto. Podría completar su cabeza, su majestad— enmaraña

No pensaba tanta palabra directa en los casi veinte minutos que habían pasado. Si fuera así las habría mandado a sus casas, pero tienen derecho a preguntar con libertad como cuando yo lo hacía con mi padre, con decirle que quería ser un soldado que lucharía por su país. Es claro su respuesta, no podía mientras que no tuvieran un hermano que gobernara.

Aunque tampoco lo permitiría.

Suspiró alejando esos recuerdos profundos y miro con sinceridad a la bastante joven mujer. Tal cual como se veía, aseguro que ella tampoco quería ser mujer de algún hombre y solo podía desquitarse con ella misma o con otra mujer.

—Entiendo su queja señora, pero tal como se comporta su hijo muestra suficientes errores para el gobierno. Debe ser un problema para usted.

Tal jugada había puesto a la mujer molesta, bien habría sido peor si nos hubiéramos pegado en batalla al caprichoso deseo de la insoportable mujer. Restregando que necesitaba a un hombre al que depender. Esa crueldad no me importaba, no obstante que lo dijese una mujer era de sorprender. No soy quien, para darle vueltas a un asunto que no es de interés para esta sociedad, tal como sabía. Vivía para otro siglo.

—Se con certeza, el tipo de hombre que quisiera en mi vida. Siento que su hijo no lo sea, pero le deseo parte de mi suerte para que enamore a una dama—sonrío amablemente tras alejar el estrés que torturaba mi mente.

Para mí, sujetar las riendas de las emociones no se me era fácil, pero bien debía aprenderlo, si quería ganarme a las personas que me rodeaban ahora. Con poco apetito, tiendo el brazo con tal de pasarla por la mesa. Analizando la cantidad de grasa que tenía cada alimento. El gran excesivo de alimento, es de las cosas prohibidas si eras parte de la realeza. Una figura perfecta debía de mantener, para dar buena impresión a la multitud. Por ello todo lo que he comido, es una sencilla sandia intocable para parte de la multitud.

Pasmo mi hábil oído en una conversación ajena. Que de mi nombre llamar escucho, me animo a averiguar que es por lo que me mencionan una y otra vez.

—No han acertado en absoluto, de seguro no ha leído. Por lo contrario, sabría la definición que dan a la mujer— alza la voz sin importar qué.

Me estremezco, con tal de que no sea notada entre la gente. Daba taconazos al suelo y arrastraba de un lado a otro el precioso vestido que terminara sucio por el polvo. En poco tiempo una suave música se hace escuchar y los muchachos eran presionados o pegados para esperar un turno para bailar conmigo. No aguante la sonrisa, tan ridiculizados estaban que de su dignidad se habrá barrido por los suelos.

No me queda de otra. Bailare y bailare hasta que todos estén satisfechos. Con sutileza miro a los ojos al primero de todos, no fomentaba en ningún gesto cariñoso. Pero nada debía imponerme a no bailar, por mucho que me gustara. Trate de mantenerme cómoda, pero se me hacía irrealizable.

—Debes cuidar el ritmo—repito entre tantos pisotones que me había llevado.

—Perdón, su majestad— se disculpa sofocado—debía darme cuenta de lo patético que son mis pasos de baile.

De una disimulada sonrisa asiento con la cabeza. Su traje oscuro se ha arrugado en cuanto se ha encogido de hombros, ni si quiera sus oscuros ojos parecían circular con tranquilidad. Indaga por la sala con la finalidad de bailar elegantemente. Yo sigo su mirada y dejo de bailar.

Cuando hube terminado, tenía la necesidad de quitarme los dichosos tacones que traía puestos. Muchas ampollas rodearán mi pie ahora mismo. Pero tenía más pasos de baile que dar práctica. Me situó otra vez en la cola para bailar con quien me tocara. Sujetada de los hombros de un hombre y a suaves pasos avanzamos por la sala despreocupados.

Alineando los pasos que damos con conexión inmediata.

Sus ojos verdes es un misterio, al igual que su sonrisa. Sin embargo, su encanto no se perdía. En baile activo me dolía los talones y jadeo con tal de acompasar el aire con la danza.

—Deveras, vos eres un rayo en la danza- le he hecho saber para aminorar el ritmo.

—Como un caballo voy, mi señora— hace una breve respuesta.

Ahora la cadencia se suaviza y doy paso a mirar sus rasgos jóvenes y pecosos. Antes de romper el baile por mis tambaleantes pies. Había de ser sincera, bailar me hacía perder el equilibrio. Me aferro a su brazo en cuanto terminamos de bailar.

—Lo siento caballero, me fallan las piernas de tanto baile— me sincero.

—Deberé acompañarte a su trono, Majestad— se ofrece.

Me sujeta de la mano y me guía hacia el gran trono color plateado y rojizo. Es la primera vez en lo que llevo de vida en sentarme en aquel precioso sillón. Pongo cómodo mi cabeza y mi espalda y me despido de ese hombre que se ha molestado en llevarme hasta ahí.

De la mira de un viejo reloj que de sus agujas perseguía. El lapso ha terminado la festividad del que me he aburrido más que nada. A modo que todos abandonan el castillo con satisfacción y yo liberada de los tacones. En silencio dedico unos bailes en total oscuridad y con tal de liberar mis nervios anteriores. Y por los ojos expreso el lamento guardado.

Uu.