Hola a todos (o a los que pasen para darle una oportunidad a este escrito).
Como siempre y, antes de dejarlos comenzar con la lectura, tengo que decir:
- Los personajes no son míos.
- Si eres menor de edad en tu país, estoy obligada a pedirte que no leas esto. (Sí, contiene escenas salidas de tono -no sólo subidas de tono-)
- En advertencia de contenido… pues, está catalogada como M por contenido explicito entre hombres ¿y temas violentos?
- La imagen usada para ilustrar esta historia no es mía (la encontré en las profundidades de internet). Sí el dueño desea crédito o que la quite, sólo basta un mensajito –de preferencia cortés-.
Este es mi primer fanfiction con estos personajes y la primera vez que escribo una relación entre hombres, está ligeramente relacionada a una historia que sigue en el tintero –y aún sin título- pero con otros personajes.
Agradeceré cualquier comentario, crítica constructiva y, por supuesto, su lectura; tal vez no agradezca de inmediato, pero lo haré –probablemente no antes o después de cada capítulo— porque personalmente siento que los agradecimientos y comentarios autorales al principio del capítulo "cortan" la experiencia de lectura; espero perdonen ese egoísmo autoral mío.
Revisé al menos tres veces la escritura por horrores ortográficos y de sintaxis pero estoy segura que descubrirán algunos en el transcurso; por ello me disculpo.
Ahora sí, ¡Espero les guste y disfruten la lectura!
El Cambio de los Vientos.
Les habían informado que el capitán Kurostsuchi iba a hacer el cambio del falso Karakura por el verdadero y que debían alejarse de las inmediaciones a pesar de las heridas. Shuuhei aún podía sentir el dolor en cada parte de su cuerpo, en las que faltaban y en las que quedaban. A pesar del apoyo que Kira le daba en su costado menos lastimado, cada paso lo consideraba una tortura a sus heridas.
—Te dije que estoy bien, Kira —gruñó el herido entre dientes cuando un mal paso lo resintió en la herida de espada que atravesaba su abdomen y el resto del mallugado cuerpo, éste a causa de una bestia.
Se detuvo para apartar al teniente de su lado y apoyó su mano en el hombro del otro teniente.
—Déjame, ya estoy mejor; ya me arreglaste suficiente.
—Pero…
—Hay muchos otros que te necesitan más que yo —insistió.
Con un pesado suspiro, Kira se resignó a aceptar sus palabras. Miró a Shuuhei con esos ojos que parecían cargar el dolor del mundo y apretó la quijada antes de marcharse. Seguramente había mordido ciertas palabras ofensivas.
Shuuhei sonrío a ese pensamiento mientras se encorvaba hacia adelante. Cuando se supo solo, anduvo hasta la pared más cercana en pies inseguros y se recargó allí antes de caer, apenas importándole que tuvieran que reunirse para volver a casa. Cerró los ojos para permitir que las escenas de las últimas batallas se repitieran de nuevo en su cabeza y soltó una carcajada histérica antes que permitirse soltar una lágrima.
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El sonido de una carcajada histérica le hizo imposible ignorar el débil reiatsu que sintió cerca de él. Literalmente a la vuelta de la esquina.
Si el sonido hubiera sido otro, Kensei no le hubiera hecho caso. Esa risa, sin embargo, estaba tan fuera de lugar como apropiada era para el término de tal guerra. Se sorprendió en cuanto notó la fuente de aquel sonido que resumía odio, dolor y lucha en un lenguaje universal. El Shinigami, de cabello negro y cara marcada, lanzaba la carcajada al aire mientras se sostenía el costado izquierdo.
Aquel guerrero que había matado al traidor de Tousen ahora se encorvaba con dolor hacia su flanco y golpeaba la piedra que lo sostenía en pie con un puño impotente.
Kensei notó dos cosas de inmediato: el número 69 tatuado en la cara del otro y la sangre que corría entre sus dedos mientras apretaba una herida abierta.
Sin pensar en ello, se acercó al Shinigami que había resaltado en las batallas causándole una fuerte impresión.
—Los del 4 eran mejores antes —le dijo mientras buscaba examinar el daño de la herida.
Shuuhei se sorprendió por escuchar aquella voz tan cerca de él y, después, por tener a aquel hombre tan cerca. Lo que hubiera dicho con esa voz de comando, sin embargo, eso no lo había registrado.
Kensei torció una sonrisa evitando reírse ante la mueca francamente cómica que el guerrero había puesto ante su sorpresa. Y, cuando éste se puso en posición de firmes y comenzó a balbucear, soltó una carcajada propia descubriendo que la tensión de las últimas batallas lo abandonaba casi por completo.
—¿Cuál es tu nombre? —preguntó ante la cara enfurruñada que había puesto en la cara del otro.
—Shuuhei, Hisagi Shuuhei —respondió, con un grito tenso y formal, irguiéndose a pesar del claro dolor.
"Hisagi Shuuhei" Kensei repitió en su mente como si quisiera descubrir algo oculto en el nombre. Aunque no descubrió eso oculto en tal, se dio cuenta que éste le parecía un buen nombre; un nombre fuerte. Entrecerró los ojos con una sensación incómoda ante su propio pensamiento. Como si éste lo pensara de nuevo, pero hubiera olvidado cuándo lo había pensado por primera vez.
Hisagi Shuuhei abrió la boca para decir algo, pero fue el grito de Hiyori lo que Kensei escuchó.
—¡Es hora de irnos, Kensei! —gruñó la pequeña Vizard que tenía el peor temperamento del grupo—. Van a regresar Karakura a su lugar y no queremos estar aquí cuando eso suceda —terminó su advertencia.
Kensei volteó a verla sólo para que dejara de gritarle.
—¡Ya te escuché! —Kensei gritó también—. ¡Ya voy! —gruñó.
Cuando vio a la pequeña Vizard alejándose enfurruñada, volteó al Shinigami que aún no volvía a pronunciar sonido. Kensei arqueó una ceja de forma interrogativa.
—No necesitas que te lleve cargando al 4, ¿verdad?
Sus palabras hicieron que el llamado Hisagi Shuuhei se pusiera rojo hasta las orejas, pero alcanzó a negar en silencio antes que Kensei decidiera tomar sus propias palabras en serio.
Antes de recuperar el habla —o las funciones de su cerebro—, Shuuhei miró la espalda de Muguruma Kensei —su ídolo y héroe desde hacía cien años— alejarse de él. Antes de darse cuenta de nada más, supo que volvía a estar solo en una calle del falso Karakura. ¿O era el verdadero? No lo sabía más.
¿Acaso estaba tan mal como para tener alucinaciones?
Preguntándose eso, Shuuhei abandonó su lugar en la pared y se dirigió a las barracas del escuadrón 4. No podía darse el lujo de perder la cabeza, ni siquiera después de lo que había sucedido.
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¿Cuánto tiempo había pasado desde la Guerra de Invierno?
¿Unas semanas?
¿Un par de meses?
Y, lo más importante para Kensei, ¿por qué no había dejado de pensar en ese Shinigami llamado Hisagi Shuuhei?
Y la pregunta no era realmente "Por qué".
Recordaba la maestría con la que blandía —giraba— su Zanpakto doble, la tensa decisión que había mostrado mientras peleaba contra el traidor que había usurpado su lugar como capitán en el escuadrón 9 o la fuerza con la que había tirado a aquella bestia del tamaño de dos edificios. O el rostro que había mostrado cuando Tousen había explotado entre sangre y vísceras… La hermosa —aunque macabra— escena de éste guerrero arrodillado sobre la nuca de un monstruo insectoide mientras atravesaba la garganta del traidor.
La sensación de paz que le dio saber derrotado a Tousen —aunque no hubiera sido por su mano—.
Y, aunque no hubiera sido por su mano, sentía esa extraña sensación de haber sido… vengado. Porque el guerrero ostentaba en pleno rostro la marca que compartían por alguna extraña coincidencia del tiempo, sino del destino. Porque, aunque ese 69 tatuado no fuera su marca en la cara del Shinigami, lo había hecho sentir que una parte de él mismo había derrotado al traidor.
La pregunta real era "¿Qué había pasado con ese Shinigami llamado Hisagi Shuuhei?"
Esperaba que el Shinigami hubiera sido tratado correctamente por esa herida de nuevo abierta y se hubiera recuperado.
Y, aún más, esperaba —en algún punto próximo—, regresar a su cotidiana rutina de entrenamiento donde categóricamente no se preguntaba por el bienestar de otros.
Pero ese era el problema.
Su rutina, desde que Tessai los había acompañado para encontrar un lugar y asentarse en el mundo material y después de haberse acoplado someramente a los gigai que Urahara les había dado, había sido entrenar y obsesionarse con la batalla en contra de los traidores. Ahora que eso había pasado… no tenía mucho más qué hacer.
Además de —al parecer— obsesionarse con un Shinigami al que jamás volvería a ver.
Lo que distrajo a Kensei de sus pensamientos fue un movimiento —un aleteo— negro que se acercaba a él.
Se levantó de su cama con un salto antes de enfocar la mirada en una mariposa del infierno. Entrecerró los ojos y, justo cuando estaba por espantar esa cosa, el grito rabioso de Hiyori llegó hasta sus oídos. Se lanzó directo a la puerta de su habitación en la nave industrial a la que llamaban guarida —o casa—, y corrió hasta la fuente de los furiosos gritos.
Apenas tuvo tiempo de esquivar el filo de una Zanpakto antes de darse cuenta que la pequeñaja gruñona intentaba cortar otra mariposa negra con el filo de una espada que esgrimía como un bate de beisbol.
—¡Hiyori! —gritó furioso por el corte que logró esquivar a tiempo.
Pero la Vizard ya estaba en otro lado de la nave industrial tratando de partir en dos al escurridizo bicho.
Antes de recordar el propio insecto que lo había buscado a él, notó el negro deteniéndose sobre su hombro y no pudo evitar escuchar las palabras que le eran entregadas. Gruñó indignado y queriendo repetir los "buenos modales" que Hiyori presentaba.
Atinando apenas a espantar al insecto en su hombro, su mirada se cruzó con la de Shinji. Al lado del Vizard de dientuda sonrisa también había un bicho del infierno.
Sin tiempo, deseo o tolerancia para nada, Kensei dio media vuelta a todo y se encerró de nuevo en su habitación deseando que Hiyori terminara con la plaga. Porque si algo le indicaban las tres mariposas negras que había visto en menos de treinta segundos, era que cada Vizard había recibido una. Y, seguramente, también las mismas palabras.
Se tiró de vuelta a su cama, ésta vez entreteniendo sus manos con un cuchillo de caza, y su mente no pudo evitar hacer la conexión entre Hisagi Shuuhei y el poder volver a Soul Society.
El juego de sus manos con el cuchillo de caza se detuvo cuando un par de golpes sonaron en su puerta. Gruñó su permiso para que el otro entrara y no se sorprendió al ver a Shinji abrir la puerta. Él también había sido capitán de escuadrón; la invitación de regresar a sus antiguos puestos —estaba seguro— también había hincado profundo en este Vizard.
—Oye —interrumpió Kensei antes que Shinji pudiera comenzar a hablar—. ¿Qué fue ese mensaje?, ¿una amenaza?, ¿una invitación?, ¿una disculpa?
Shinji bufó con sarcasmo mientras se encogía de hombros y se recargaba en el marco de la puerta.
—¿Estás pensando en aceptar la propuesta? —devolvió la pregunta.
—Nah —desestimó Kensei fácilmente—. Sólo preguntándome si ya no somos exiliados.
—Creí que no habías dejado nada pendiente en Soul Society —se burló Shinji.
—Yo también —murmuró devolviendo su atención al techo.
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En el área de entrenamiento más apartada de las barracas del escuadrón, las manos de Shuuhei temblaban por la fuerza con la que sujetaba el shikai de Kazeshini.
El teniente bajó la mirada del cielo nocturno y la dirigió a las hojas con filos dobles de las hoces de su arma.
—Odio esta Zanpakto, capitán Tousen —comenzó hacia la nada mientras cerraba los ojos con el peso de esa realidad que nunca había ocultado—. La hoja tiene esa forma que la hace justa para segar vidas, que la hace estar siempre lista para matar —terminó con la garganta cerrada en un nudo.
Apretó la quijada para evitar derramar las lágrimas que se juntaban en sus ojos. Y recordó una vez más la sensación de hincarse sobre la espalda de un hollow, la sensación de enterrar su Zanpakto en la cabeza del ser y la fuerza de su orden cuando llamó al shikai de su alma. Sintió de nuevo en las manos la transformación del arma y el camino que recorrió el filo dentro del cuerpo de su enemigo, de su capitán… de su amante.
—Tú me salvaste de mi fracaso, Capitán, cuando me dijiste que alguien con espada debe temerle a aquella; cuando dijiste que debía esgrimir mi espada sólo por otros que temen la guerra igual que aquel que pelea en ella. Capitán —repitió mientras se le quebraba aún más la voz—, cuando justificaste mi miedo, me diste una justificación a mí. Por ti entendí que alguien como yo tiene un lugar entre los Shinigami… incluso después de fallar tantas veces. Cuando gané las cicatrices de mi cara como recuerdo a mi incapacidad de ser más fuerte, cuando mi orgullo se quebró y cuando perdí la confianza en mí mismo, cuando no me relevaste de mi posición de oficial y cuando me dijiste que no era debilidad temerle a mi poder... tú me salvaste de mis fracasos. A tu lado sentía que pertenecía, que había un sentido de nuevo; que no había sido un error el haber sido salvado de aquel primer hollow. En ese primer fracaso, fue mi héroe quien me dejó las palabras de "sonríe, estás vivo"; pero solo tú, capitán, me salvaste al mantenerme a tu lado a pesar del resto de mis fracasos.
Con su verdad puesta en palabras, aunque fuera hacia un cielo que no lo escuchaba, Shuuhei perdió la fuerza en sus piernas. Cayó pesadamente sobre sus rodillas, con las manos a los lados y sus armas apoyadas en el suelo. Soltó a Kazeshini de su agarre para esconder la cara entre las manos y mordió la quijada esperando que eso sirviera para detener las lágrimas que ya no eran contenidas en sus ojos.
Tocó sus labios para quitar el rastro salado que pasaba por allí y se recreó en el recuerdo que aquella sensación llevó a sus terminaciones nerviosas. El primer beso que su capitán le había dado. Con la excusa de conocer su rostro, el capitán Tousen había pasado las manos por su cara, se había detenido en los detalles y lo había acercado para besarlo con apenas un roce de labios que nunca se había esperado sentir. Recordó la suave risa que siguió cuando le respondió el beso.
Ese beso dulce y suave se había repetido en varias ocasiones, pero ninguna más memorable que la primera noche que pasó en la habitación del capitán. Allí, en una completa oscuridad que lo envolvía como si del bankai de su capitán se tratara, él lo había acariciado y besado hasta convencerlo de que aquello no era reprensible sino natural; una forma para conocerse mejor.
Con el recuerdo en la mente, Shuuhei tomó sus armas de nuevo y las miró con odio mientras cerraba la mano sobre el filo de las hojas cortando la piel y sangrando sobre éstas de inmediato. Tal vez para otras Zanpakto fuera cierto el que no pudieran herir a sus portadores… pero no era el caso para la suya.
—Te odio, Kazeshini; tu hoja tiene esa forma que la hace justa para segar la vida no solo de tu portador, sino de tu amante.
Y entonces, no sintió más la necesidad de detener su llanto.
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Las vendas en sus manos eran un estorbo que no podía quitar de en medio, ni siquiera aunque le estuviera restando la agilidad de movimiento que necesitaba para terminar todo el trabajo sobre el escritorio. Las heridas que había causado Kazeshini en sus palmas habían dejado de sangrar hacia un par de horas, pero la piel aún no se cerraba. Y Shuuhei no tenía tiempo para ir al escuadrón 4 y ser curado de algo tan insignificante.
"No tienes que esforzarte tanto, Hisagi-kun". Recordó las palabras que el capitán Tousen le dijera tantas veces con voz suave.
Mientras pasaba papeles de un lado a otro del escritorio, sin poner atención real a lo que leía, no pudo dejar de contar las veces que su capitán le había impulsado a salir con otros tenientes, a "divertirse con sus amigos". Y tantas veces se había sorprendido porque un capitán le dijera a su teniente que no se esforzara; por la sensación tan extraña que sentía al decepcionarlo por hacer y al decepcionarse por no hacer. Y tantas veces, con un beso y una caricia lo había convencido de relajarse; porque "tener otras experiencias, también fortalecía los ideales que lo motivaban".
Pero no podía contar una sola vez en que le hubiera dicho a su capitán que su ideal radicaba en otro capitán, uno que sabía muerto —uno que todos habían dado por muerto—.
Distrayéndose una vez más del trabajo al que no le ponía atención, miró el calendario en la pared. Los taches en rojo lo apresuraban hacia la siguiente fecha de publicación de "Seiretei Comunicator" y, según la misma hoja marcada, aún le quedaban tres días para la fecha de publicación.
Debería estar revisando los papeles justos para esa nueva entrega, esos mismos que sólo alcanzaba a pasar de un lado para otro en el escritorio. Esta vez, sin embargo, no sintió la imperiosa necesidad de acabar con el trabajo. El calendario también le había recordado que era el día en que los tenientes se reunían en la taberna para vociferar sus quejas con buen humor y mucho más alcohol. Renji y Kira estarían ahí, Matsumoto ciertamente. No pudo más que extrañar aquellos sencillos años en los que se había creído enamorado de la mujer más holgazana que hubiera pisado los rangos de teniente. Pero es que, algo tenía Matsumoto que lo había llamado con su carácter desenfadado, vivaz y generalmente alegre. Sentado al escritorio de la oficina de capitán en las barracas del 9, le parecía ahora que Rangiku-san le había llamado la atención por ser justamente lo contrario a él. En algún punto de su mente, sabía que le hubiera gustado contagiarse un poco de esa vivacidad. Extrañaba el sentimiento.
Con un suspiro se dio cuenta que no avanzaría más en su trabajo, al menos no por el momento.
Tal vez debía volver a seguir el consejo de su capitán y salir de la oficina… ya volvería a ella en pocas horas. Esperaba que el alcohol pudiera relajarlo al menos un poco.
Por tercera vez desde el atardecer abandonó la oficina y se alejó de las barracas.
Una vez en la taberna encontró fácilmente a los tenientes reunidos. Era fácil encontrarlos por el escándalo que armaban. A pesar de él mismo, sonrió ante la escena que tantos presentaban. Y, cada uno de ellos —a su forma—, era la imagen opuesta de lo que eran en las batallas. Así reunidos, bebidos y gritando por encima del ruido de otros borrachos, los tenientes parecían holgazanes de primera.
Hacía tanto que no se permitía parecer un holgazán con ellos…
—Hey —interrumpió a los tenientes al acercarse a la mesa.
—Hey —le devolvió un Renji sonriente.
Y así de sencillo, volvió a sentarse a esa mesa que había abandonado por tanto tiempo. Matsumoto fue la encargada de pasarle la botella y Kira de retomar las quejas de la noche. Mientras unos se reían de otros, dos tenientes mantenían en secreto la verdadera razón de su visita.
No había Renji comenzado alguna nueva bufonada, Shuuhei sintió un pulso en las heridas que surcaban su cara. Gruñó bajo, sin querer preocupar al resto, y dio otro trago a su bebida esperando que el dolor desapareciera con el sake.
Pero el dolor no sólo no se entumeció, sino que se agudizó como en contadas noches lo había hecho.
La vieja cicatriz llevó otros pensamientos a su mente. De nuevo sus recuerdos se centraron en el capitán que había sido además amante. Una noche, parecida sólo en el dolor en su cara, lo había llevado a salir al área de entrenamiento para distraerse con su Zanpakto. El Capitán Tousen lo había interrumpido aquella vez diciéndole que para alguien que decía temer a su Zanpakto era diligente en el entrenamiento. En aquella ocasión, de nuevo había escuchado la suave risa del capitán; esa risa que no era una burla sino algo… íntimo. En aquella ocasión, había alcanzado a responder que aquella era la única forma de no sentirse atrapado en el miedo de volver a fallar —pues eso parecía decirle el dolor de tres cicatrices verticales—. Esa noche, el capitán Tousen lo había sujetado por el hombro, lo había acercado a su cuerpo aunque sin darle un abrazo propiamente y le había dicho que fallar era la única forma de mejorar, que tener miedo era la única forma de ser valiente. Y él le había creído.
Mientras veía su vaso de sake frente a él y escuchaba las risas de sus compañeros de jerga, aún no sabía si aquella noche en sus recuerdos le había creído al hombre, al capitán o al amante.
O al traidor.
Terminó su bebida en un trago y se despidió de los tenientes sin responder a sus preguntas o quejas con más que la excusa de siempre: "tenía trabajo que hacer".
Y no era mentira por completo.
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A pesar de sus mejores intenciones, Kensei se encontraba de nuevo en las calles de Seiretei. Contrario a sus pensamientos más racionales, buscaba a alguien del que sabía sólo el nombre.
—Vaya, vaya —interrumpió su caminar una voz conocida y desenfadada.
Kensei volteó de inmediato al capitán.
—¿Pensaste mejor en la oferta de Yama-ji? —preguntó Kyoraku alzando el ala de su sombrero de paja—. Escuché que todos ustedes habían rechazado ser reinstaurados al Gotei 13.
—La respuesta sigue siendo "no" —reiteró con una ceja levantada.
El capitán Kyoraku abrió los ojos desmesuradamente, como si en verdad estuviera así de sorprendido.
—¿Qué haces en Soul Society entonces, Kensei-kun?
—Tengo un asunto pendiente —respondió severamente.
—¿Cuál? —preguntó el capitán ficticiamente sorprendido.
Si Kensei recordaba bien algo de este capitán, además de su poder y su afición a la bebida y a las mujeres, era qué tan ágil podía ser esa mente que se escondía tras los vicios del cuerpo. Entrecerró los ojos mientras decidía si responder con la verdad se convertiría en una ventaja o en una desventaja.
—Hablar con un tal Hisagi Shuuhei —habló entonces.
—¡Oh! —soltó Kyoraku con verdadera sorpresa antes de sonreír cansadamente—. Hisagi-kun está en tu antiguo escuadrón. ¿Aún sabes cómo llegar a las barracas? —le preguntó con una ligera broma.
Claro que Kensei lo recordaba, no en vano había pasado casi tanto tiempo en ese escuadrón.
—Con que en el 9, ¿eh? —masculló entre una sonrisa torcida con sarcasmo.
Dio media vuelta sobre sus pasos para dirigirse en la nueva dirección y apenas escuchó la invitación del capitán para que compartieran una botella después. Asintió a las palabras alzando una mano al aire, pero no volteó a su espalda.
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De vuelta en la oficina no pudo evitar hacer las dos cosas que quería… que necesitaba dejar de hacer: postergar y recordar al capitán Tousen. Porque tras haber puesto un pie en la oficina, no había podido dejar de pensar en cuánto trabajo tenía un capitán; no había podido dejar de impresionarse en que su Capitán —ciego como había sido— hubiera podido realizar sus labores sin problemas. Tenía que preguntarse si el Capitán no había sido más diligente de lo que en verdad quiso dejarles saber en aquella batalla. Cuando les había dicho que su miedo era morir habiendo sido asimilado a los Shinigami… y, aún así, había manejado un escuadrón de una forma admirable y sin usar a un miembro de éste para su tan sonada traición, ¿estaría mintiendo?
Al final, se repitió que no importaba qué había sido mentira o verdad.
El capitán Tousen lo había cambiado a él, le había enseñado cosas que lo llevaron a ser el Shinigami que era. Y eran las lecciones, ese aprendizaje y ese crecimiento que tuvo con el Capitán lo que lo hacía el hombre que era en ese momento. Por eso lo respetaba a pesar de su traición. Su traición, a sus ojos, no demeritaba la sabiduría de todas aquellas lecciones que le había dado. Porque no había sido el traidor quien forjó al muchacho para convertirlo en hombre, sino el Capitán.
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—¡Hisagi fukutaicho!
Shuuhei se levantó de un salto sólo para darse cuenta que se había quedado dormido sobre el escritorio… de nuevo.
—¡Adelante! —gruñó mientras se restregaba la cara para quitarse el resto de somnolencia.
Mientras trataba de enfocar la mirada al que entraba, distingió primero el cabello castaño y corto como una mancha borrosa, la piel tostada de una figura delgada y el resto era sólo el negro del shihakusho.
—¿Teniente? —preguntó el Shinigami que entraba a su oficina.
Fuera por recién haber despertado o por el tono ambiguo en la pregunta que recibía, Shuuhei no entendió la presencia de Sentaro en la oficina. Podría estarle preguntando si estaba bien, si estaba ahí, si estaba despierto, si tenía órdenes para repartir, si los artículos para la revista estaban listos o, incluso, si debería comenzar a llamarlo "capitán" y no "teniente".
Se frotó la cara una vez más y entrecerró los ojos para enfocar la mirada. Reunió los papeles que eran para la revista y se los extendió al Shinigami para agitar la mano en su dirección, mandándolo marchar.
—Uhm, teniente… —siguió el Shinigami atemorizado. Aunque hubiera tomado los papeles, parecía no querer marcharse.
—¿Qué pasa, Sentaro? —preguntó tratando de ocultar un bostezo.
—Es sólo que… —se interrumpió el Shinigami.
Lo que fuera que había dejado al Shinigami atemorizado no parecía ser lo suficientemente importante como para que se lo dijera. Siendo así...
—Ve a la imprenta. Tenemos que imprimir una revista, Shinigami que entrenar y una división que mantener en pie. Muchas cosas que hacer, poco tiempo para hacerlas.
Al menos aplicaba para él.
Alzó una ceja cuando Sentaro abrió la boca para decir cualquier otra cosa y, la demanda en el gesto, sirvió más que las palabras. El joven Shinigami salió de la oficina apresuradamente dejando que la puerta se cerrara con un golpe.
El dolor que ese golpe de madera le causó en los oídos podía recordarle a una resaca infernal, pero sabía que no había bebido lo suficiente la noche anterior; era cansancio acumulado.
Cuando tres golpes anunciaron la presencia de alguien más tras la puerta, Shuuhei gruñó para sus adentros.
—Ya tienes tus órdenes, ¿qué más quieres? —gritó a la puerta cerrada.
Y esta se abrió sin parsimonia.
—¿Así tratas a tu capitán? —sonó la poderosa voz de un hombre que nunca se hubiera imaginado volver a encontrar tan cerca.
Sus ojos se dispararon hacia la puerta de la oficina y se quedó inmóvil por lo que pareció una eternidad.
Ante sus ojos encontraba una figura que sólo recordaba de su infancia. Alto, de hombros anchos y musculosos brazos a la vista; shihakusho negro bajo un haori blanco… cabello plateado más corto en los costados que en la coronilla, ojos severos y una sonrisa torcida que parecía ser más exasperada que divertida. Lo único nuevo eran las piezas de metal que adornaban su oreja y ceja.
Shuuhei tragó con fuerza mientras un pensamiento, insidioso como su propia Zanpakto, le decía que estaba soñando —o alucinando de nuevo—. Porque no era posible que Muguruma Kensei —aunque estuviera vivo—, volviera a portar las ropas de un capitán Shinigami. Mucho menos que estuviera de vuelta en su escuadrón… o que estuviera frente a él.
—Nos encontramos de nuevo, Hisagi Shuuhei —dijo la poderosa voz del hombre antes que Shuuhei pudiera salir de su asombro.
El más joven asintió una vez y cerró la boca cuando se dio cuenta la tenía abierta. Y es que, nada en su vida, lo había preparado para que su héroe, su ídolo… el capitán del que había seguido la sombra durante cien años, lo recordara. Tartamudeó mientras en su mente se agolpaban frases y preguntas para ese ídolo que había creído muerto o una alucinación. Quiso preguntarle de nuevo por ese día, por cómo era posible que lo recordara después de tanto tiempo, saber qué había sido de él y decirle cómo había superado tantas pruebas gracias al recuerdo que tenía de ese día en que le había salvado de un Hollow… gracias al recuerdo que tenía de él.
—Muguruma Kensei —susurró aún encerrado en su asombro.
—Ah —dijo Kensei mientras se rascaba la nuca—. Veo que las presentaciones están de más.
Shuuhei asintió más para asegurarse que aún podía moverse que como respuesta a palabras que no había registrado del todo. Se levantó de su silla y se acercó, embelesado, a la figura que aún sentía quemada a fuego en sus retinas.
—Oye —dijo Kensei sonando severo—. Quita esa cara de idiota que tienes, de inmediato —terminó molesto.
Y eso pudo, al fin, sacarlo de ese estado de trance en el que se encontraba. Agitó la cabeza y vio de nuevo al hombre frente a él, lo vio con ojos diferentes y reconoció de inmediato el significado del haori blanco como si antes lo hubiera pasado por alto. Estaba frente a un capitán, pero… ¿Cómo?
—Para ser teniente no eres muy inteligente, ¿eh? —soltó Kensei con una burla marcada.
—Me disculpo, Muguruma taicho —dijo, formal de inmediato—. Me... me tomó por sorpresa.
La sonrisa que su héroe puso ante sus palabras amenazó con devolverlo a ese trance del que había salido gracias a un insulto… o a un par.
—No estaba enterado de que tuviéramos un nuevo capitán —se disculpó mientras volvía al escritorio—. Infiero que quiere ponerse al corriente de inmediato —comenzó atropellando sus palabras, incómodo de inmediato.
Mientras el teniente se movía entre la oficina diciendo lo que fuera, no pudo reconocer al guerrero de la Guerra de Invierno en la estampa que este… chico mostraba ahora. Primero sorprendido y con un brillo —sinceramente ofensivo— en los ojos, había pasado a una formalidad innecesaria y, ahora, parecía moverse nerviosamente entre la oficina mientras tomaba algunos papeles y los dejaba en otro lugar; tomaba otros y los tiraba a un cesto de basura para luego recogerlos y ponerlos en un nuevo lugar.
Se detuvo de llevar la mano a restregarse la cara. Mostrar fastidio en su primer día de regreso a la capitanía —suponía— no era comenzar con el pie derecho.
Dejó al… chico terminar con lo que estaba diciendo y lo vio abrazar unos cuantos papeles para los que no había encontrado un nuevo lugar.
Con una mirada a "su" oficina, se dio cuenta cuánto había cambiado. Además de la cantidad de papeles en todos lados, había cajas abiertas por todo el piso, archivos sobre el escritorio mezclándose con pilas de revistas e infinidad de cosas que nunca antes habían estado en la oficina de un capitán. Un calendario marcado con cruces rojas en la pared. Se dio cuenta, también, que todo parecía oficial, no había nada que personalizara el espacio que había conocido hacía cien años. Y, en eso, era en lo único que la oficina no había cambiado.
Mientras el chico se movía por el espacio atestado, lo notó "en su territorio". Entonces frunció el ceño con una pregunta que no tuvo necesidad de detener.
—¿A caso no tienes una oficina propia para trabajar? —soltó, claramente interrumpiendo al teniente.
El chico se detuvo de inmediato, lo vio aterrorizado y marcó una reverencia formal antes de salir huyendo.
Kensei se quedó con la boca abierta, sino por la velocidad con la que el teniente había escapado, por la expresión extraña que había mostrado el otro. Si quisiera detenerse a explicarse ese gesto podría decir que el teniente había parecido herido, pero no tenía tiempo de detenerse en ello mientras era él quien se sentía ofendido por la premura de la huida de un hámster —no de un guerrero—.
¿Acaso acababa de cometer la peor estupidez desde confiar en Tousen?
Porque no había forma de devolver el haori ahora que lo tenía de vuelta sobre los hombros.
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Mientras huía de la oficina del capitán, y no podía decir que estuviera haciendo otra cosa, Shuuhei se apresuró a salir de las barracas hacia el único lugar que podía darle algo de soledad.
El área de entrenamiento más alejada de las barracas se había convertido en el lugar que lo viera en sus momentos de mayor debilidad. Y es que, esta vez, no había podido evitar darse un golpe contra la realidad: él no era nadie para quien hubo sido un bastión de fuerza en su vida.
Mientras dejaba su Zanpakto de lado y se inclinaba por una espada de madera para entrenar, la realidad se asentó en sus entrañas como un golpe. Mientras trataba de demostrarle a ese gran hombre lo que había estado haciendo como teniente, el estado del escuadrón que había intentado mantener en pie y funcionando y mientras lo ponía al tanto de todo… su ídolo lo había corrido.
No podía terminar de tragar el amargo en su garganta.
Forzándose a no pensar más, a no buscar la palabra que definiría lo que sentía en esos momentos, se concentró en posiciones de entrenamiento que no había usado en años.
—¡Que mierda haces, muchacho! —gritó la voz justo del hombre que quería olvidar.
Shuuhei cerró los ojos repitiéndose que no volteara, que siguiera concentrado en la espada de madera, que no escuchara.
—¿Cómo entrenas sin tu Zanpakto?
Shuuhei tuvo que voltear en cuanto sintió un golpe en las costillas. El sonido de la espada cayendo a sus pies le dijo qué lo había golpeado y el ver al… capitán acercándose, le dijo quién era el culpable real del golpe que Kazeshini había acertado en sus costillas.
—Quiero ver de qué eres capaz, chico —demandó el capitán.
Apenas lo miró. Perdió la pose de entrenamiento, tragó fuerte y ofreció una reverencia formal.
—Discúlpeme, taicho —se disculpó con una nueva reverencia formal—. Acabo de terminar de entrenar.
Mintiendo descaradamente, Shuuhei huyó de nuevo apenas recordando tomar su Zanpakto para que no se la aventaran de nuevo.
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Saltó de la cama con la urgencia de quien llega tarde a sus deberes. Se alistó en tiempo récord y salió corriendo hacia la oficina.
En minutos se encontró dentro de las cuatro paredes y de cara a que los papeles que había estado revisando el día anterior no estaban en su lugar. Supo de inmediato que el capitán había comenzado a "vivir" en esa oficina y suspiró pesadamente.
Iba a tener que acostumbrarse a eso.
A tener un nuevo capitán, a volver a ser sólo un teniente… a "soltar" las responsabilidades que había adquirido de más.
Iba a tener que acostumbrarse a tener menos trabajo… y más tiempo para los recuerdos.
Cerró los ojos con pesar antes que con sueño. Inhaló profundo para darse valor. Negó con la cabeza y volvió su atención a los papeles que llenaban el espacio. Al final, perdió la noción del tiempo mientras buscaba entre los alteros los papeles necesarios para la publicación. Encontró los urgentes, los separó para entregarlos a los otros escuadrones. Entre ese caos... ese nuevo orden se topó con esquemas de entrenamiento. Se quedó mirando éstos preguntándose si debía hacer una lista de los nombres de —al menos— los oficiales del escuadrón; para que el nuevo capitán supiera los nombres de cada uno.
Su indecisión se vio interrumpida por un fuerte golpe de la puerta deslizándose a un lado y chocando con el marco de madera. Saltó en su sitio antes de voltear.
Recargado en el marco de la puerta estaba Muguruma Kens… Muguruma taicho con los brazos cruzados sobre su pecho y notándose furioso.
—¿Qué haces de vuelta en mi oficina? —gruñó el capitán—. Ayer huiste cuando apenas te preguntaba si tenías una —siguió el capitán antes que Shuuhei pudiera disculparse por su presencia allí.
Shuuhei se quedó en silencio un segundo antes de comprender las palabras. ¿Muguruma taicho no lo había corrido de su oficina?
—Lamento mi falta de cortesía —se disculpó con una reverencia formal—. Fue una equivocación que no volverá a suceder —le aseguró—. Sólo estaba preparando la oficina para entregarle los papeles en los que he trabajado desde la muerte del capitán Tousen. Yo…
El sonido de un puño golpeando la pared lo interrumpió así de rápido y, cuando miró al nuevo capitán, vio sus ojos brillando con algo peligroso.
—¿Capitán Tousen? —gruñó Kensei furioso—. Teniente, si vas a llamar "capitán" a alguien, es a mí —regañó apenas controlando la peor parte en su interior—… antes que alguien crea que sigues teniendo lazos con los traidores.
Shuuhei se estremeció primero con la furia que escuchó de Muguruma taicho, segundo por el insulto al capitán Tousen y, por último, por la mano que sintió acercándose peligrosamente a la empuñadura de Kazeshini.
Apretó las quijadas con fuerza y obligó a su mano a bajar hasta su costado.
—Quieres hacerlo, Shuu-chan —se burló Kazeshini dentro de su cabeza antes de soltar una carcajada.
Shuuhei respiró profundamente para callar la insidiosa voz en su cabeza y se marchó mascando una disculpa que no sentía en absoluto.
Mientras más se alejaba de la oficina del capitán, más agudo era el pensamiento de que aquel ídolo de su infancia era sólo un espejismo que había creado para poder sobrevivir a sus propias fallas. Su vida en Rukongai había sido difícil mientras crecía con un estómago siempre demandando la comida que otras almas no necesitaban; la frustración que había sentido aquellas dos veces en que había fallado el examen para ingresar a la academia de Shinigami; las palizas que había recibido antes y después de salir del pueblucho al que llamaba hogar. Cada prueba que había superado para alcanzar un escuadrón en Seiretei lo había hecho gracias a la fuerza de ese ídolo que lo había salvado para dejarlo en una vida que pudo cambiar gracias a la fuerza de voluntad y el trabajo duro. Y ese ídolo, que lo había vuelto a encontrar, sólo se mostraba como un cretino cada vez que abría la boca frente a él.
Acarició el tatuaje sobre su mejilla y apartó la mano de éste como si la antigua tinta le quemara en la piel.
Cuando entró a su oficina —aquella que era en verdad para el teniente del escuadrón— se le antojó justa la actitud de Muguruma taicho: sólo por comodidad, había comenzado a usar la oficina del capitán —una oficina que no le correspondía usar—.
