Episodio 9: Resolve
Adela y Roberta se adentraron en la sala-dojo que había sido habilitada en el gimnasio, una habitación espaciosa con una de las paredes forradas de espejos, tres sacos de boxeo colgados en la pared perpendicular a esta y suelo impecablemente acolchado, tanto las paredes como la lona que cubría el suelo eran de un luminoso color gris plata y el blanco techo estaba salpicado de lámparas fosforescentes.
- Buenas tardes ¿Qué se les ofrece?
Las recibió un hombre joven, de unos treinta años, cabello corto y negro con un muy ligero tupé y una barba pulcramente afeitada. Vestía un gi de karate tradicional, blanco con mangas largas sujeto por un cinturón negro anudado. El uniforme ocultaba su tono muscular, pero indudablemente estaba bastante cargado de espaldas.
- ¡Oh! Mi hija está estudiando artes marciales y hemos visto que acaba de establecerse aquí – explicó Roberta con amabilidad – Ya hemos pagado la matrícula, pero querríamos hablar sobre las clases si es posible.
El hombre contempló a la extraña pareja formada por madre e hija. La mujer vestía casi exageradamente elegante, con un traje de falda y chaqueta color salmón rematado con un sombrero de ala ancha, mientras que la adolescente que la acompañaba simplemente calzaba pantalón de chándal y camiseta de tirantas, la cual dejaba al descubierto sus anchos hombros y musculosos brazos.
- Pues… si tienen la matrícula hecha supongo que ya les habrán dado los horarios. Por las tardes de cinco a siete, no creo que haya mucho de qué hablar.
- No, es que de eso se trata – intervino ahora la joven – Quisiera dar las clases aparte, en otro horario.
El hombre miró a la muchacha con estupefacción, dirigiendo después su atención a Roberta.
- Oiga, su hija…
- Mi hija es la interesada, don… ¿Jesús, se llama usted? Yo estoy aquí porque necesitaban la firma de un adulto, nada más. Haga el favor de escucharla.
Podría haber discutido a eso fácilmente, de hecho pensó inmediatamente en una respuesta, pero al abrir la boca para contestar sintió cómo, sin perder su afable sonrisa, la presencia de aquella mujer cambiaba de repente, dándole la impresión de que lo aplastaría al menor paso en falso.
¡Tonterías! ¡Sólo era una maruja emperifollada! ¿Cómo podía resultarle tan imponente?
- Muy bien, eh…
- Adela.
- Adela – se dirigió a la muchacha – Dice tu madre que estás estudiando artes marciales. A juzgar por esos brazos diría que no es mentira ¿Por qué quieres dar Karate?
- Don Jesús… Está usted federado ¿No?
- ¿...Eh? - Aquella pregunta lo pilló de improviso
- Digo… Tiene usted cinturón negro y ha abierto un dojo con autorización, hemos estado mirando, pero igualmente… ¿Está usted federado?
- ¡Por supuesto! - respondió él con orgullo, señalando un documento enmarcado, colgado en la pared a su espalda – Soy cinturón negro y maestro de forma oficial.
Mientras continuaba sus palabras con una verborrea aparentemente diseñada para ofuscar a novatos impresionables, Roberta se aproximaba al documento enmarcado y lo observaba con atención, cruzándose de brazos.
- Pues sí que es verdad que lo está – intervino al cabo de un par de minutos, interrumpiéndolo – hija, creo que puedes enseñársela sin problemas.
- ¿Eh? ¿Enseñarme el qué?
El tono de su voz se había vuelto ligeramente hostil ¿Qué podría saber esa maruja de certificados oficiales? ¿Cómo podría identificar a ojo un diploma de la federación?
Quiso preguntar, pero antes de llegar a decir nada se vio interrumpido por la adolescente.
- Mi acreditación – respondió Adela mientras, despreocupadamente, sacaba de su bolsillo una tarjetera de cuero negro y alargaba al maestro lo que parecía un carné – Tenga.
Intrigado, tomó la pequeña tarjeta y, tras unos segundos leyéndola, abrió los ojos de par en par de pura sorpresa.
- ¿¡La hermandad de la luz!?
- Pues sí – confirmó Roberta, regresando tranquilamente al lado de su hija – Supongo que es usted consciente ¿No? De los pactos entre la iglesia, la hermandad de la luz y las distintas federaciones de artes marciales y escuelas militares.
- Sí, por supuesto, me informaron de ello, pero nunca esperé toparme con ese nombre. Entonces… ¿Son usted y su hija cazadoras de vampiros?
- Yo ya estoy retirada, pero mi hija completó el otro día su primera misión – se dirigió a la muchacha, dándole una palmada en el hombro – Adela ¿Te encargas tú? Yo voy a ver si hago la compra para la cena.
- ¿Con esas pintas, mamá? - rio la luchadora, acercándose a su madre para darle un beso de despedida en la mejilla.
- ¿Qué pasa con mis pintas? ¡Anda que no rabia la del colmado cuando aparezco con un modelito! Hala, ya me contarás – después de separarse de su hija se aproximó al maestro, tendiéndole la mano, que este estrechó con bastante respeto – Don Jesús, un placer, cuídeme a la niña ¿De acuerdo?
- Claro, señora, ya hablaré yo el resto con ella.
- Eso espero ¡Buenas tardes!
Con estas palabras abandonó la sala, se despidió alegremente de la recepcionista y salió del establecimiento, dejando a Adela sola con el sensei.
- Muy bien… - repuso este – eres cazadora de vampiros, y aunque no estoy obligado a cumplir con el pacto entre la federación y la hermandad de la luz, diría que esto puede ser interesante. Dime, chica ¿Qué artes marciales has estudiado?
- Savate y Jeet kune do – respondió ella al instante – y me he iniciado en Taekwondo, pero mi maestro dio mi adiestramiento por terminado antes de llegar muy lejos.
- Eso es mucho para alguien tan joven ¿Qué edad tienes?
- Quince años ¿Es importante?
- Quin- ¿Y dice tu madre que ya has tenido tu primera misión? ¿¡Tan joven!?
Adela se encogió de hombros.
- No sé qué decirle – replicó – para nosotros es lo normal. Hay gente que empieza más mayor, pero yo terminé mi entrenamiento el año pasado, y aquí estoy.
Con el gesto torcido, Jesús empezó a caminar lentamente por el dojo, manos en la cintura. No le gustaba nada lo que acababa de oír ¿Quince años? ¿Menos incluso que la edad mínima para trabajar en el país?
Adela se apercibió de esto y se cruzó de brazos, molesta, a la espera de algún tipo de sermón que, sorprendentemente, nunca llegó, limitándose el maestro a suspirar con fuerza antes de encararla de nuevo.
- Vale… - articuló finalmente – Savate, Jeet kune do y Taekwondo. Tienes un repertorio impresionante para tu edad ¿Por qué karate?
Aún cruzada de brazos la luchadora alzó la testa, ceñuda, para después dejarla caer. Parecía estar meditando la respuesta.
- No es… por el arte marcial en sí – respondió finalmente – Por supuesto que me interesa el karate, pero sobre todo quiero seguir mejorando.
Cuando alzó la cabeza encontró al sensei interrogándola con la mirada mientras su propia expresión, con los recuerdos asaltándola, se volvió sombría.
- Mi primera misión… - comenzó a explicar – no fue demasiado bien. No era lo que mi compañero y yo esperábamos, y mi fuerza y habilidad no sirvieron de nada. No quiero volver a dar lugar a eso.
Por supuesto, había mucho más que quería decir: cómo había terminado con un pulmón perforado, cómo Juan José Belnades la había protegido y curado arriesgando su propia vida, cómo había necesitado que el hechicero, claramente más muerto que vivo, le ayudara a rematar a la criatura…
Cómo el golpe de gracia, su portentoso Minotaur Axe, no había cumplido su propósito y había sido salvada in extremis por Luisa Belnades.
- Necesito hacerme más fuerte, más rápida – prosiguió – tengo que perfeccionar mis movimientos todo lo posible.
Después de un largo suspiro, Jesús volvió a hablar.
- Adela, er… No te importa que te llame así ¿No? - la muchacha negó con la cabeza, concediendo – Quieres fortalecerte y afinar tu técnica, y supongo que en poco tiempo… ¿Tienes idea de la paliza diaria que te vas a pegar?
Ante esto, en respuesta, la muchacha simplemente se despojó de su camiseta, quedando su esculpido torso cubierto solamente por un sujetador deportivo, exhibiendo así no ya sus fibrosos brazos, si no su cincelada musculatura en general.
- Empecé a entrenar a los ocho años – respondió al terminar – todos los días, resistencia aeróbica, resistencia anaeróbica, musculación y fortalecimiento orientados al combate, además de artes marciales. Una o dos horas de práctica diaria no me asustan, Don Jesús.
- No eres una humana común – replicó él – así que no pienso ser blando contigo. No creas que soy un maestrillo que ha abierto esto sólo para sacarse unas perras. Cada día harás ejercicio por diez personas, más vale que estés preparada.
La expresión de la muchacha se endureció, mientras una sonrisa se dibujaba en su rostro.
- Lo estoy.
Al día siguiente, a kilómetros al norte, en Barcelona, un Jeep se detenía en un camino de tierra cercano a una iglesia que podía divisarse más allá de los árboles, en el municipio de Cerdanyola del Vallés. Pese al agobiante calor veraniego, el lugar en sí era refrescante, y la sombra proporcionada por el bosque ayudaba mucho a esta sensación.
Del vehículo descendieron dos jóvenes, ella rubia y alta, él más bajito y de melena castaña lacia, portando cada uno una discreta mochila en la que apenas llevaban unos pocos bártulos, así como bolsas de plástico con algunos víveres y utensilios.
- Luisa, esto es…
- Hemos venido al mismo lugar donde me inicié, hermanito. Aquí es donde yo firmé el pacto con los espíritus de la naturaleza, y tú también lo harás cuando estés listo.
Juan José terminó de ajustarse la ropa y posó su vista en la iglesia cercana, la ermita de Sant Iscle des feixes - o San Acisclo de los bancales, una pequeña iglesia románica del siglo XII con planta en forma de cruz cuyo interior contenía simplemente dos filas de bancos, una talla de la virgen y un fresco adornando el abovedado púlpito. Gracias al silencio imperante podía escucharse claramente el fluir de un riachuelo cercano, el Torrent de sant Iscle.
- …No nos iremos a alojar en la iglesia ¿No?
- Mira, eso sería toda una experiencia – respondió la mujer – Pero no. Acamparemos a la intemperie, ya tramité todo lo necesario con el ayuntamiento por teléfono, tengo los permisos.
El muchacho se acomodó la mochila sobre ambos hombros y echó a andar detrás de su hermana, que ya había iniciado la marcha.
- ¿Tan pronto? ¡Pero si sólo ha pasado un día!
- Ventajas de ser un Belnades, chaval
Avanzaron hasta pasar el Can Catá, una masía donde se alojaba una orden religiosa que utilizaba la ermita como lugar de oración, y terminaron acampando en un pequeño claro del bosque, sin ningún tipo de protección más allá de una toalla grande que cada uno usaría como asiento y cama y una estera ignífuga para la hornilla portátil que Luisa había acarreado consigo.
Aunque no lo tenían a la vista, podían escuchar el fluir del agua del río, y sentir su frescor.
Juan guardó silencio mientras Luisa terminaba de preparar los utensilios para la cena, contemplando el pedazo de cielo visible entre los árboles, cuyo celeste empezaba a teñirse tímidamente de rojo.
El día tocaba a su fin.
- Y bueno… ¿Cuándo empezamos? – preguntó de repente sin dejar de mirar al cielo, pensativo.
Luisa, que en aquel momento estaba sacando una botella de agua para cada uno de ellos, se quedó pasmada unos instantes antes de echarse a reír.
- ¡Por dios! – exclamó, después de sofocar las carcajadas - ¡Ten un poco de paciencia, niño! ¡Mira la hora que es! Ya empezaremos mañana por la mañana ¡Vamos a cenar, venga!
En reacción a esto el muchacho torció el gesto, lo que no pasó desapercibido a su hermana. Recuperando la seriedad, alargó una de las botellas al chico y se sentó.
- Ya sé que eres tú quien me lo ha pedido, pero ¿Tantas ganas tienes de empezar? – preguntó, intercalando en una brocheta de metal verduras previamente cortadas y pequeños trozos de carne.
Juanjo, que estaba tomando un pequeño trago de agua, dejó la botella entre sus piernas y respondió.
- No sé cuándo será la próxima misión, pero tengo que haber mejorado para entonces. No puedo repetir el papelón que hice en la del otro día.
- ¿Papelón? – preparadas las brochetas, la joven sacó una pequeña plancha de hierro y la colocó sobre la hornilla encendida – Juanjo ¿Viste al bicho al que os cargasteis? Sólo sobrevivir a eso habría sido un milagro ¡Pero es que encima lo derrotasteis!
- No… - respondió él de inmediato – Adela hizo todo el trabajo duro, yo sólo pude actuar de apoyo la mayoría del tiempo.
- Ooooohhh – Luisa dibujó una sonrisa socarrona - ¿Es orgullo lo que estoy viendo? ¿Competitividad? ¿En mi Juanjete?
El adolescente esbozó una sonrisa triste.
- Es orgullo, sí – suspiró – pero no tiene nada que ver con la competitividad. No quiero quedarme atrás mientras ella lucha ni esperar a encontrar un hueco para atacar. Quiero combatir junto a Adela, codo con codo.
La expresión de la mayor cambió mientras miraba a su hermano con satisfacción.
Poco a poco el aroma del pollo, la cebolla, el pimiento y el calabacín asados empezó a teñir el fresco aire de la montaña, abriéndoles el apetito.
Entre tanto, Luisa preguntó a Juan José qué tipo de luchadora era su compañera, cual era su estilo y por qué se sentía inútil en la retaguardia, y él no escatimó detalles, hablando en ocasiones con un más que evidente entusiasmo.
- Ya veo… - repuso ella, aún masticando un par de trozos que acababa de coger de su brocheta – así que es rápida y agresiva. Es alumna de Kraus Van Helsing y está bastante cachas, así que imaginé que sería más como un tanque.
- Bueno, es muy resistente también, pero sobre todo vuela sobre el campo de batalla ¡Durante el duelo pensé que me iba a reventar la cabeza de un puñetazo!
Justo al término de esta frase se calló de inmediato, pálido. No le había contado a su hermana nada del duelo en absoluto, y aunque obviamente nunca llegaron a terminarlo y quedaron en paz a ese respecto, ella no lo sabía, y se había opuesto a la idea desde el principio.
Para su sorpresa, al mirarla a la cara no encontró una expresión severa, al contrario, no había dejado de sonreír en ningún momento, parecía incluso divertida.
- Espera… ¿No vas a decir nada?
- ¿Qué voy a decir? – respondió ella, encogiéndose de hombros – Hubiera combate o no, que estando malheridos me pidierais que salvara al otro es prueba suficiente de que todo terminó bien entre vosotros ¿O no?
- Bueno, eh… Sí, supongo que sí.
Mientras veía como su hermano dibujaba una sonrisa avergonzada, Luisa decidió cambiar de tema y apuntó con un dedo a la botella abierta de Juan. Poco a poco, empezó a extraer el agua de esta, haciéndola flotar en el aire como una masa informe totalmente ingrávida.
- Mi magia es muy distinta a la que estás aprendiendo de Dorothea Aulin – explicó, mientras atraía la masa de agua hacia sí – No utiliza runas, fórmulas matemáticas, círculos mágicos o palabras de conjuración. Lo único que necesitas… es mera aptitud.
El cambio de sujeto bastó para que la expresión de Juan José mutara de nuevo, tornándose seria.
- Sin fórmulas, runas o conjuros… - repitió este, mirando fijamente a su hermana – Eso no puede ser fácil.
- No lo es – confirmó la chica, manipulando la flotante acumulación líquida – ni fácil, ni divertido, ni agradable. Los espíritus de la naturaleza muy celosos con su poder, no pactarán alegremente con un chiquillo de ciudad.
- ¿Qué tengo que hacer?
Con la misma facilidad con la que había manipulado el agua de la botella, la envió hacia su hermano, levitando hasta quedar justo sobre la boca del recipiente.
- Vas a entrar en comunión con la naturaleza – explicó – Te he conseguido dos semanas de vacaciones, y las vas a invertir viviendo en medio de este lugar, meditando, hablando con la madre tierra, fundiéndote con ella. Vas a sudar sangre, chaval.
Chasqueó los dedos, y la hasta entonces ingrávida masa acuática se vertió nuevamente en la botella, no desperdiciándose una sola gota. Apenas hubo terminado la exhibición Juan José dio un gran trago, exhalando aire al terminar y dibujando una gran sonrisa cargada de confianza.
- Estoy listo.
