Episodio 10: Integrity
Tras suspirar largamente y aplacar sus nervios, Juan José atravesó con decisión la puerta de comunicaba el restaurante con el sótano, dirigiéndose así a la sede de los Belnades.
Antes de ello, Luisa lo había dejado en el piso y se había asegurado de dormir, refrescarse y repasar las últimas lecciones que recibió de su maestra antes de la misión, a fin de aparecer descansado ante su padre y poder retomar su aprendizaje por donde lo dejó.
Ya había pasado casi un mes desde el Cortijo del Fraile.
Tras bajar la escalera y recorrer un largo pasillo adornado con representaciones de las diferentes matriarcas que en el pasado dirigieron el clan, fue a parar directamente al despacho de su progenitor, un hombre cuya presencia era mucho más imponente que su ya de por sí robusto cuerpo. Temido por muchos, admirado por pocos, respetado por todos: Malaquías Belnades.
- Buenos días, padre.
Todo el que entrara a la sede, todo el que tuviera algo que hacer allí, tenía que pasar por aquella ubicación. Todos debían presentar sus respetos al patriarca.
- Hola, Juan José – respondió el hombro, ajustando un taco de folios antes de posar su fría mirada sobre su hijo, por encima de las gafas – Has vuelto más rápido de lo que esperaba. Parece que te han sentado bien las vacaciones.
El adolescente le devolvió la mirada y la sostuvo tercamente, observándolo. Su impecable peinado anticuado, frente arrugada, boca casi recta y casi enfermizamente planchada túnica azul eran la viva imagen de la severidad. Cada vez que se plantaba frente a él se preguntaba si esa era la impresión que tendría que dar él en un futuro, si eso era lo mínimo que se esperaba de él como futuro patriarca de los Belnades.
- La misión fue muy complicada, supongo que leyó mi parte, me pareció justo tomarme un pequeño respiro.
¡Un respiro! Desde luego un sueñecito reparador hacía milagros de cara a la galería, porque no podría haber estado más lejos de tomarse un respiro.
- Se te ha concedido por las circunstancias de tu primera misión – respondió Malaquías, volviendo a su papeleo – pero no te acostumbres, los descansos serán cada vez más breves y las misiones cada vez más frecuentes. Eres un Belnades, la élite de la hechicería en el gremio de los cazadores de vampiros, llegado un punto se requerirá de ti que estés siempre disponible.
Aquella información no era nueva para él, la actividad en el clan Belnades era normalmente frenética, bajo el puño de hierro de su padre, sus hermanos, primos y familiares políticos iban de misión en misión, y llegaría un punto en que él también se uniría a aquella vorágine.
- Lo sé, padre.
- ¿Y? ¿Qué te trae por la sede?
- Mis estudios, por supuesto.
- ¿Vas a retomar tus estudios?
Malaquías parecía estar poniéndolo a prueba, y Juanjo sabía perfectamente por qué: Había mantenido una mala relación con su maestra desde que se compareció en la hermandad junto a Adela para resolver su disputa, desobedeciéndola y siendo castigado en consecuencia. Los días posteriores a aquello fueron… tirantes, por decirlo de algún modo.
No obstante…
- Por supuesto.
Malaquías sonrió de satisfacción, algo extremadamente raro en él. No la satisfacción, si no la sonrisa en sí.
- Ve entonces. Dorothea Aulin está en su despacho, como siempre.
- Pues – hizo una leve reverencia, cruzando su brazo derecho sobre el pecho – si me disculpáis…
Con estas palabras, tomó una de las puertas que partían el despacho y empezó a recorrer con tranquilidad los pasillos. No tenía ganas de volver a ver a su maestra, no quería seguir estudiando su magia, había encontrado las enseñanzas de su hermana mucho más interesantes, fáciles de seguir y, al mismo tiempo, apasionantes, pero aunque Luisa era una maestra flexible y una hermana bastante cariñosa, había aspectos en los que sin duda alguna era tajante, siendo su adiestramiento uno de ellos.
- Cuando volvamos a Barcelona tienes que continuar tus estudios con Dorothea
El joven hechicero, que en ese momento bebía agua directamente del riachuelo, casi se atraganta.
- ...¿¡Eh!? Pero… ¡Luisa! ¿Por qué tengo que…?
- Porque tienes que hacerlo – respondió ella inmediatamente – Es necesario para tu desarrollo como hechicero.
-¿Después de irle con el cuento a padre y hacerme pasar por aquello quieres que siga aprendiendo con ella? ¿¡Estás loca!?
Se dio la vuelta para encararla, encontrando a su hermana mirándolo directamente, seria como un ajo.
- Sé perfectamente lo que pasó – suspiró la muchacha – pero Juanjo, tú no sólo aspiras a ser un druida que sigue la ortodoxia de los Belnades, si no uno de los mayores hechiceros del clan. Cierto, la magia que enseña Dorothea Aulin es lenta, pero puedes perfeccionarla con el tiempo, tienes el potencial para ello.
- ¡Pero…!
- La vida de los hechiceros es estudio, hermanito – sonrió - Rechaza a tu maestra, pero no rechaces sus enseñanzas. Tienes que absorber todo lo que puedas si quieres convertirte en alguien digno de tu posición.
Había dado vueltas a aquellas últimas palabras un par de veces. ¿A qué se referiría con "alguien digno de tu posición"? Ahora mismo él no era más que un cazador novato y el aprendiz de una hechicera que ni siquiera enarbolaba el nombre de los Belnades. No tenía sentido.
Aunque aquello desde luego no debía ser óbice para despreciar las enseñanzas de su maestra. Aulin era un nombre reciente, pero igualmente prestigioso en el campo de la hechicería orientada a la lucha contra la oscuridad; por lo poco que había podido averiguar al respecto, Dorothea era hermana de Charlotte Aulin, una hechicera que acompañó a Jonathan Morris en la investigación de la aparición del castillo de Drácula en 1944, tan habilidosa como inteligente, y al parecer Dorothea era igualmente capaz.
Finalmente arribó a su destino. No era una caminata exactamente larga, pero había andado tan despacio como le era posible. Tras pensárselo durante casi medio minuto, finalmente acabó tocando a la puerta.
- ¡Adelante!
Tragó saliva antes de abrir. Lo que tuviera que pasar, que pasara cuanto antes.
- B-buenos días, Dorothea.
Cada vez que ponía un pie en aquel despacho se decía a sí mismo que no culparía a cualquiera que pensara que aquel era un decorado de teatro especialmente elaborado. Lo más normal en aquella estancia eran sin duda el escritorio de madera de pino y las dos sillas de oficina, una a cada lado del tablero, pero ahí es donde terminaba lo cotidiano.
Para empezar, el suelo enmoquetado estaba cubierto de esquina a esquina de runas quemadas directamente sobre la superficie, regidas por un círculo mágico en el centro que ocupaba un tercio de la superficie de la habitación, las paredes estaban forradas de estanterías con libros, y cada balda tenía garabateada una serie de conjuros y hechizos de diversa índole.
En cuanto al escritorio, si bien en sí mismo era completamente mundano, los elementos que descansaban sobre él no compartían esta propiedad: Torres de libros de magia y hechicería y rollos de pergamino apilados ordenadamente junto a un tintero y otros tantos pergaminos ya abiertos.
Como remate, no había el más mínimo rastro de iluminación artifical, si no que la luz parecía ser emitida por las propias paredes.
- Buenos días, señorito - Su maestra, que en aquel momento consultaba un libro al lado de uno de los estantes, lo recibió con una sonrisa amable y tono cordial, muy lejos de la expresión de desagrado que portó durante la última semana que compartieron juntos - ¿Qué lo trae por la sede?
Juan, aturdido por la diferencia entre lo que esperaba encontrar y lo que se alzaba ante sus ojos, tardó un poco en reaccionar.
- Ehhh… Quería retomar la lección por donde me quedé.
- Claro – respondió ella, cerrando el tomo que tenía en la mano - ¿Recuerda donde estábamos?
- La magia en la naturaleza: Conjuros híbridos y la importancia de los djinn.
La pronta respuesta del muchacho hizo crecer ostensiblemente la sonrisa de la maestra.
- Muy bien. Su libro está donde lo dejó antes de la misión, tome un pegamino, una pluma y el tintero, y pongámonos a ello.
Abandonando completamente su lectura, Dorothea comenzó a explicar el tema en cuestión exactamente donde lo abandonaron la última vez.
La lección transcurrió sin ningún incidente durante prácticamente dos horas, el texto en sí resultaba tan interesante como útil, pues incidía en cómo usar fórmulas matemáticas y conjuración para extraer el poder de la naturaleza a través de la invocación de los djinn, aumentando así el poder tanto de la magia blanca como de la magia negra y reduciendo la longitud de las arias y la complejidad del moldeo mágico.
Al alcanzar las dos horas y media de lección el joven hechicero, completamente embotado, dejó caer la cabeza sobre el enorme libro y pidió un respiro a su maestra a lo que, contra todo pronóstico, ella accedió sin ningún problema.
- Parece que vuestras vacaciones os están pasando factura, señorito – repuso la mujer, jocosa, mientras daba la espalda al muchacho.
Juan José torció el gesto, no alzando la testa para no mostrar su expresión. Estaba claro que aún no se había recuperado del todo del intenso entrenamiento al que su hermana lo había sometido.
- Demasiado tiempo sin estudiar – mintió él, con un deje de sarcasmo – dame media hora y estoy listo ¿Vale?
Con estas palabras y un asentimiento de Dorothea, empezó el improvisado descanso en mitad de un extraño silencio, el cual la misma hechicera no tardó en romper.
- Y dígame, señorito Juan José ¿Qué tal fue la misión?
Aquella pregunta lo cogió de improviso, siendo su respuesta completamente automática.
- Luisa trajo el parte un par de días después de terminarla – respondió, sin malicia u hostilidad alguna – Habrás tenido tiempo de leerlo.
- El parte de la misión es un documento oficial del clan Belnades cuya lectura no me incumbe, por eso le pregunto directamente. Ese parte nunca llegó a mis manos.
Aquello lo extrañó sobremanera. Era su pupilo, si ese parte debía llegar a las manos de alguien antes de ser enviado a la hermandad, debía ser a las de ella.
Decidió no darle muchas vueltas, estaba intentando relajar su cerebro, no sobrecalentarlo.
- ¿Qué quieres saber, exactamente? - concedió.
- Tengo curiosidad – respondió ella con sencillez – Por lo que sé, pasasteis dos días durmiendo después de la misión, y acto seguido unas vacaciones… Un nido vampírico no debería haber sido tan difícil para usted.
- No era un simple nido – la voz del Belnades se llenó de cansancio y hastío, sólo recordar el lugar le hizo sentir escalofríos – había perros guardianes, zombis rabiosos, un zombi capaz de usar magia… y el único vampiro que había casi nos mata a los dos.
Silencio de nuevo. Juan José se sorprendió a sí mismo no queriendo hablar de ello precisamente con Dorothea, que siendo su maestra sin duda lo podría orientar en cómo afrontar amenazas de ese tipo más adelante.
- Ya le advertí – articuló ella de repente, con un irritado suspiro – Que aquella plebeya no era una buena compañera para usted.
El adolescente exhaló aire largamente, armándose de paciencia para no dejarse llevar por la ira. Estaba siendo una mañana agradable, casi había olvidado la actitud de su maestra aquel día en la hermandad ¿¡Por qué tenía que recordárselo!?
- Dorothea – la llamó al cabo de unos segundos – eres mi profesora desde hace ya varios años, nunca me he portado muy mal contigo que digamos y creo que nos llevamos bien, pero tengo que preguntártelo – levantó la cabeza y volteó el torso para mirarla directamente a los ojos – Dime ¿Me tienes algún aprecio?
- Por supuesto, señorito. Habéis sido siempre un niño amable, inteligente y aplicado. Es un placer enseñarle magia.
- Pues de no ser por aquella plebeya – endureció su expresión notablemente – este niño amable, inteligente y aplicado ahora mismo sería un cadáver secándose al sol de Almería. Le debo la vida a Adela Fernández, y si de verdad me aprecias la tratarás al menos con la mitad del respeto con el que me tratas a mí ¿Está claro?
- Pero señorito, vuestra posición social…
- Allí no había posición social, Dorothea, sólo dos novatos y un vampiro invencible.
- Es consciente de que tengo que informar a su padre de todo lo que ocurra entre nosotros ¿No?
Ah, ahí estaba, la amenaza. Cuando una discusión tomaba un cariz que a ella no le gustaba, cuando no conseguía hacer cambiar de opinión a aquel testarudo chiquillo, siempre recurría a la carta de su frío e inmisericorde padre.
Sintió una punzada de pánico, la habitual punzada de pánico ante la mera mención de su progenitor, pero no cedería.
- Dime una sola vez en la que eso me haya hecho cambiar de opinión.
Vio la expresión de su maestra mutar en una marcada mueca de disgusto, y por un momento pensó que desataría el infierno allí mismo, de modo que no pudo disimular su sorpresa cuando la vio bufar con hastío y, después, torcer el gesto, para inmediatamente relajar su postura.
- Muy bien - repuso – Dejemos el tema por ahora. Voy arriba a tomarme un café. Si abre usted el primer cajón de mi escritorio, tiene en él su correspondencia de la hermandad, aproveche para echarle un vistazo.
Con estas palabras, abrió la puerta de la estancia y salió, cerrando tras de sí. Justo en ese momento, lo acaecido en los últimos minutos golpeó al muchacho en la cara como un contundente martillazo, y la realización de lo que acababa de pasar lo aturdió:
¡Se había opuesto a su maestra!
Hacía apenas un mes, había necesitado armarse de todo el valor que pudo reunir, y aún así no pudo siquiera mirarla mientras lo hacía ¡Y esta vez la había encarado directamente!
Dejó escapar una risita nerviosa mientras se levantaba de la silla, dirigiéndose al otro lado del escritorio para abrir el primer cajón donde, efectivamente, tres sobres blancos lo esperaban, mostrándose el texto escrito en ellos al entrar en contacto con su piel.
Uno a uno, los abrió, revisando primero su contenido brevemente:
El primero era una carta de agradecimiento y confirmación de que habían recibido el parte de la misión, con lo que parecía ser una copia impresa del mismo.
El segundo, una copia mecanografiada y tabulada del material solicitado a la hermandad para la misión: Pergaminos mágicos y la daga ceremonial, así como el valor de cada uno y un campo donde se indicaba qué había sido devuelto y qué no.
El tercero, la recompensa percibida por la misión, desglosada indicando el pago percibido por cada uno de los servicios prestados, así como un cheque a cobrar en una de las entidades bancarias indicadas. Al sujetar este último entre sus manos sintió una punzada de euforia, aquel era, a todos los efectos, su primer sueldo, ganado literalmente con su sangre y sudor, algo que había estado esperando durante años.
Un dinero con mucho más valor que la cuantiosa paga mensual que recibía por, casi literalmente, no hacer absolutamente nada.
Comprobó la cantidad, cercana a las setenta mil pesetas, y suspiró. Repentinamente se acordó de Adela, supuestamente los dos cobrarían lo mismo, así que su compañera tendría que esperar a otra misión para poder comprar su Commodore 64, sobre todo considerando que, si recordaba bien, dijo que entregaría la mitad de la recompensa a sus padres.
Volvió a dejar el cheque en el tablero, pensando en asegurarse de terminar antes de la hora de cierre de los bancos para ir a cobrarlo con alguno de sus hermanos ¿Podría abrirse una cuenta quedando alguno de ellos como cotitular? Le hacía ilusión aquella idea, y podría despedirse de su pesada caja de caudales.
Sonriendo, empezando a tararear incluso, tomó la carta con el desglose y empezó a leerla sólo por mera curiosidad. Cuando hubo recorrido toda la misiva su sonrisa de había esfumado por completo, siendo reemplazada por una acuciante confusión.
La releyó renglón por renglón, y al terminar la confusión había mutado en desasosiego. Los dos últimos apartados antes del total no tenían ningún sentido.
Bonificación por rol de vanguardia
Bonificación por subyugación de la amenaza
Le dio una tercera leída, y sintió su estómago cerrarse mientras trataba de comprender ¿Vanguardia? ¿Subyugación? ¿Él? Tenía que haber un error, había permanecido en el rol de apoyo durante toda la batalla ¡Adela Fernández había estado en vanguardia todo el tiempo! ¡Fue ella quien eliminó a Lorenzo!
Guardó las cartas en sus respectivos sobres y respiró ¿Estaría alguno de sus hermanos allí ahora mismo? Aún tenía algo de tiempo antes de que Dorothea volviera de tomarse el café y él aún no tenía ni idea de cómo actuaba la hermandad en estos casos. Necesitaba consultarlo con alguien.
Con celeridad, cogió los tres sobres y salió al pasillo, sabía que al menos uno de ellos estaba allí, Alejandro, inmediatamente mayor que él y uno de los encargados de gestionar las comunicaciones con la hermandad de la luz. Caminando a toda prisa y con la respiración acelerada, recorrió el entramado subterráneo hasta alcanzar una puerta entreabierta con un ventanuco de cristal tintado de blanco translúcido donde rezaba el nombre Alejandro Belnades.
- ¡Alex!
Atravesó el umbral en un par de zancadas y ahí estaba, un muchacho enjuto un par de años mayor que él, de cabello rubio pajizo engominado y con un bigotito que había sido acicalado laboriosamente para no aparentar la pelusilla que realmente era. De rasgos marcados y almendrados ojos marrones, vestía un traje de chaqueta y corbata azul oscuro que daba calor sólo con mirarlo, y estaba sentado en una acolchada silla de oficina frente a un pesado IBM PC 5150.
- ¡Eh, Juanjo! ¿Qué hay? ¿Por qué tanta prisa, chico?
Alejandro lo saludó afablemente. Era un muchacho tranquilo, uno de los alumnos más aventajados del propio Malaquías, pero cuya habilidad como contable le había garantizado una posición más tranquila en la sede del clan.
- Alex, tengo que consultarte algo ¡Tengo el cheque de mi primera misión, y…!
El joven rubio alzó una ceja, sabía que su hermanito estaba ilusionado ante la idea de cobrar por fin su propio dinero, esperaba verlo eufórico, pero en lugar de eso todo lo que veía en su rostro era confusión y preocupación.
- ¿Hay algo que no esté en su sitio? – preguntó, ahora más serio – Dime
Sin articular una palabra más, el menor tendió el sobre con el cheque y el desglose a su hermano.
- El desglose. Léelo.
Alejandro tomó el sobre, lo abrió, y empezó a leer el contenido con cuidado, según lo hacía su ceño se fruncía de forma cada vez más pronunciada, y al llegar al final miró directamente a Juan José.
- Esto no está bien ¿Eh? – opinó, devolviendo su vista al papel - ¿Tú, vanguardia? Aunque fueras tú quien se hubiera cargado al bicho, el examen dictaminó que tu posición es atrás, como apoyo.
- Y no sólo eso – respondió Juan - ¡Yo no me cargué a esa cosa! Leíste el parte ¿No? Fuiste tú quien lo envió a la hermandad.
- No, no fui yo. No soy el único que está a cargo de eso ¡Me volvería loco! Estoy seguro que otro miembro se encargó de enviar tu parte de la misión. Hablando de ello ¿Tienes ahí la carta de confirmación?
- ¿La que contiene la copia del parte?
- Sí
- Lee la copia
- ¿…Eh?
- Léela – insistió – Siempre mandan una fotocopia de lo que han recibido. Si hay alguna irregularidad, está ahí.
Obedeciendo, el muchacho abrió el sobre y sacó la copia del parte, la cual leyó en silencio frente a su hermano mientras su expresión, poco a poco, pasaba de la preocupación a la más absoluta estupefacción.
Había sido reescrito por completo.
No sólo la letra evidenciaba que la máquina de escribir empleada no era la misma, si no que los hechos habían sido invertidos, achacándole a él los logros que correspondían a Adela Fernández, otorgándole una posición de liderazgo que no había tenido y acentuando su participación en la batalla contra Lorenzo, atribuyéndole completamente la exterminación del vampiro.
Cuando las manos del adolescente cayeron, sujetando las hojas grapadas con fuerza, su hermano mayor intervino casi de inmediato.
- Juan – lo llamó, tendiéndole la mano – dame las cartas. Vamos a casa a por la copia del parte que redactaste y arreglemos esto con tranquilidad ¿Vale?
Pero Juan no lo escuchaba, al contrario, como si hubiera puesto el piloto automático se dirigió a la puerta del despacho, saliendo del mismo a la vez que el teléfono sonaba en la mesa de Alejandro que, apurado, no tuvo oportunidad de intentar detener al adolescente.
Al cabo de unos minutos Juan José aparecía por uno de los accesos al despacho de Malaquías, que lo recibió con total tranquilidad, sin apercibirse en absoluto de la expresión dibujada en el rostro de su hijo.
Ira contenida.
- Explíqueme esto, padre – articuló el muchacho con falsa tranquilidad, mostrando la fotocopia al patriarca.
- ¿El qué, Juan José?
- Esto, padre – insistió, caminando hacia el escritorio de caoba y estampando las hojas contra el tablero - ¡Esto! ¿¡Qué demonios es esto!? ¿¡Por qué ha recibido la hermandad un parte falso!? ¡Esto no fue lo que pasó!
Parsimoniosamente, el hombre tomó la fotocopia y la hojeó durante un par de minutos, dejándola de nuevo sobre la mesa al terminar.
- ¿Cuál es el problema, Juan José? Esto es exactamente lo que ocurrió durante la misión.
El muchacho dibujó una sonrisa confusa, sin comprender.
- Lo que… ¿Ocurrió?
- Por supuesto… Fuiste emparejado con una luchadora plebeya, ella lo hizo lo mejor que pudo, pero su inferioridad se hizo patente y fuiste tú quien terminó arreglando la situación. Una lástima, porque probablemente lo hubieras tenido más fácil de no haber tenido que cargar con ella.
- ¿Cargar… con ella?
- Por supuesto. Siempre nos asignan los débiles y desamparados a los Belnades, es nuestro sino como el poderoso clan que somos, tenemos el deber de ayudar.
Juan José sintió como si su cerebro estuviera a punto de apagarse por sobrecarga ¿Débiles? ¿Desamparados? ¿Ayudar? ¿Qué demonios estaba diciendo?
Al mismo tiempo, Malaquías lucía una expresión escalofriantemente tranquila, como si no ocurriera nada, como si esperara que sus palabras bastaran para solucionar el problema, o peor, como si ya estuviera resuelto.
- Esto no fue lo que pasó, padre.
- Sí que lo es, Juan José, cuando volviste estabas confuso y cansado, no pensabas con claridad.
- Usted no estuvo allí.
- No necesito estarlo. Eres mi hijo. Eres un Belnades. Sé que destacaste por encima de esa niñata.
El muchacho no replicó, apoyado en la mesa con un semblante que mezclaba confusión e incredulidad, incapaz de asimilar lo que estaba escuchando.
- Sigues cansado, Juan José, parece que las vacaciones no han bastado. Ve al piso y reposa, mañana te acompañaré a cobrar ese cheque.
Aunque su voz era tranquila y sosegada, el rostro de Malaquías se mostraba triunfante. Empezó a guardar el falso parte en su sobre correspondiente y se dispuso a volver a sus quehaceres, cuando la voz de su hijo lo detuvo en seco.
- …No
Era una voz queda, casi descarnada, no parecía provenir de él.
- ¿Qué has dicho?
- …He dicho que no.
La expresión de Malaquías se tornó severa.
- Juan José, márchate ahora mismo.
- ¡Y UNA MIERDA!
Aquel exabrupto aturdió inmediatamente al patriarca, que por un momento retrocedió, apoyándose contra su asiento.
- Juan José…
- ¡USTED NO ESTUVO ALLÍ! ¡NO TIENE NI IDEA DE CÓMO SE DESARROLLÓ LA BATALLA! ¡NO ME VIO! ¡NO LA VIO A ELLA! ¡NO VIO A ESA COSA!
- Juan José, serénate ahora mismo.
- ¿¡VANGUARDIA!? ¿¡YO!? ¡ESA COSA ERA INMUNE A LOS CONJUROS! ¡MI MAGIA ES LENTA! ¡SÓLO PUDE QUEDARME ATRÁS MIENTRAS LA VEÍA LUCHAR!
- Tienes una última oportunidad. No me obligues.
- ¿ESTO ES LO QUE SIGNIFICA SER PATRIARCA? ¿¡MENTIR!? ¿¡PISAR A LOS DEMÁS!? ¿¡ROBARLES SUS MÉRITOS!?
Al grito de "¡Basta!", Malaquías se levantó de su silla y golpeó a su hijo con un conjuro de rechazo, alejándolo del escritorio para, acto seguido, crispar la mano y retorcerla mientras lo apuntaba con ella, haciéndolo gritar de dolor mientras caía sobre sus rodillas.
- ¡Haré lo que haga falta por la gloria del clan Belnades, chico! – exclamó, cerrando poco a poco el puño, viendo cómo su hijo aullaba - ¡Somos el clan de hechiceros más excelso de toda la hermandad! ¡De toda Europa! ¡Nadie está por encima de nosotros!
- Eso… no es… AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAARGH
- ¿¡Qué es una mujerzuela de una simple familia a nuestro lado!? ¡Cuantos más méritos obtengas, antes ascenderás! ¡Antes serás reconocido en la hermandad y en la iglesia! ¡Antes podrás prescindir de toda carga y aspirar al patriarcado del clan!
- N-no voy a… mentir… ¡Adela es…! ¡AAAAAAAAAAAAAHHH!
- ¡NO ME INTERESA SU NOMBRE, JUAN JOSÉ!
El muchacho se encogió, con un dolor inenarrable azotando cada célula de su cuerpo mientras su padre cerraba y retorcía el puño con rabia, impidiéndole replicar.
Sin embargo, había una diferencia con el castigo que le aplicó tras la reunión en la hermandad, y con todos los castigos anteriores: Los ojos de Juan José.
El joven hechicero se negaba a dejar de mirarlo, testarudo, desafiante, negándose a ceder al dolor, negándose a abandonar su postura.
Negándose a rendirse.
El patriarca respondió a esto intensificando su conjuro todavía más, tratando de hacerlo caer al suelo indefenso, humillado, tratando de hacerle inclinar la cabeza, pero el resultado fue completamente opuesto.
Para su sorpresa, el adolescente se levantó, primero separando los brazos del cuerpo, después apoyando un pie sobre el suelo y, por último, impulsándose hasta erguirse del todo.
Su rostro reflejaba la más absoluta de las iras.
- No… voy a… MENTIR
Con estas palabras, alzó su brazo izquierdo y apuntó con él a su padre, azuzándole un conjuro de rechazo que, debido a su estado a causa del dolor, resultó ser extremadamente débil, sólo empujando los papeles sobre el escritorio y llegando a Malaquías como una suave brisa, pero que aún así resultó ser suficiente como para hacerlo parar momentáneamente.
- ¡Adela y yo luchamos… juntos! – exclamó, jadeando, sacando fuerzas de donde no tenía - Yo actué de apoyo… ¡Ella fue la… vanguardia! Es mi… ¡COMPAÑERA!
En respuesta a esto Malaquías, ya recuperado de la sorpresa provocada por la rebelión de su hijo, retomó el castigo, torturándolo con tal saña que el muchacho, sujetándose la cabeza como si se le fuera a abrir en dos y azotado por tal dolor que apenas podía proferir gritos ahogados, retrocedió hasta dar con su espalda contra la pared.
Justo en ese momento, apareciendo a la vez por el pasillo principal y uno de los accesos, Dorothea y Alejandro se personaban en el despacho, alarmados por el intenso poder mágico que podían percibir desde sus respectivos lugares.
- ¡Don Malaquías! – la institutriz miró alternativamente al Juan José y al patriarca, confusa y asustada - ¿¡Qué está haciendo!? ¡Pare!
- ¡Papá, basta! ¡Lo vas a matar! – Alejandro por su parte estaba pálido, aterrorizado ante el espectáculo que se alzaba ante sus ojos, y lo peor es que ni él ni Dorothea podían aproximarse al adolescente a causa de la intensidad del conjuro empleado sobre él, cuyo poder los rechazaba físicamente.
Horrorizados, sólo podían ver cómo Juan José parecía perder las fuerzas poco a poco, resbalando hasta quedar sentado, perdiendo la consciencia lentamente.
Creían que se había desmayado cuando de repente, con un hilo de voz, se dirigió a su padre una vez más.
- Sus logros… su recompensa… De… Devuélveselos…
Habrían parecido los últimos estertores de un ser apenas consciente de no ser porque, de repente, el poder mágico del adolescente se disparó, y todos los objetos de cristal de la sala – lámparas, bombillas, una botella de agua sobre el escritorio de Malaquías… - estallaron, para después agrietarse visiblemente la pared a la espalda del patriarca.
Después de esto, esta vez sí, los ojos del joven hechicero se cerraron.
Juan José abrió los ojos ante del sonido de un vigoroso tecleo, estaba tumbado boca arriba en una superficie que identificó como un diván, y a juzgar por la iluminación artificial era más que probable que ya hubiera anochecido.
Trató de moverse, y sintió cómo cada fibra de sus músculos gritaba de dolor, arrancándole un quejido.
- Ah, ya estás despierto.
Reconoció la voz al instante. Alejandro.
- Alex… ¿Dónde…?
- En mi cuarto – respondió él al instante – No te muevas, todavía tienes que recuperarte un poco más.
- ¿Recuperarme…? A-ahhh, ya…
- Papá se ha pasado esta vez – refunfuñó el mayor, mientras el tecleo se intensificaba – Me cago en todo… ¡Se lo tengo más que dicho! ¿¡Cómo se le ocurre…!?
El muchacho guardó silencio. Poco a poco, los recuerdos de lo acontecido en la sede retornaban a su memoria, y se sentía invadido por una creciente oleada de rabia e impotencia.
Sus ojos se humedecieron, mientras sentía cómo su mandíbula empezaba a temblar.
- ¿Esto es lo que significa ser patriarca, Alex…? – preguntó, más al aire que a su hermano, con voz quebrada.
- No lo sé, Juanjo – respondió el mayor, apesumbrado – No lo sé, y ojalá lo supiera. Me gustaría pensar que hay una alternativa a toda esta mierda.
Juan no respondió a esto, quiso hacerlo, pero de repente su garganta se cerró en un doloroso nudo y el dolor de las torturas, la impotencia ante el poder de su padre y la rabia por saber que habían robado a su compañera lo embargaron, superándolo, y rompió en un silencioso llanto.
El tecleo se detuvo por completo.
- Venga, va, tranquilízate – Alejandro se levantó de su silla frente al escritorio y se dirigió al diván, acuclillándose al lado del adolescente – He pasado todo el día al teléfono con la hermandad, les he explicado la situación y remitido una fotocopia del verdadero parte por fax. Pronto enviarán los cheques con las recompensas correctas.
El hermano menor sonrió brevemente ante esto, pero seguía siendo incapaz de dejar de llorar. Tal era la rabia que sentía.
Aún tardó casi media hora en tranquilizarse. Cuando Juan José logró acallar por fin sus sollozos y se enjugó las lágrimas el mayor volvió a hablar, ahora con una voz mucho más animada.
- Por cierto ¡Qué cojonazos tienes! – rio - Plantarle cara al viejo de esa forma… ¡Yo no habría podido!
Aquello lo hizo sonreír. Cierto, no sólo se había opuesto a su padre, había contraatacado incluso, no había ocurrido antes, nunca se le había pasado por la cabeza.
- No lo pensé – reconoció – Pero todo lo que dijo… Me encendió. No puedo creerlo, una mentalidad así… ¿Cómo…?
El mayor suspiró. Por desgracia para él, para todos ellos, Juanjo estaba descubriendo lo que los demás hermanos ya sabían de sobra.
- Mira, no le des más vueltas – resolvió – no merece la pena. Ahora tienes que centrarte en lo que toca.
- Ya… ¿Y qué es "lo que toca"?
Alejandro dibujó una sonrisa de oreja a oreja.
- Te he dicho que he pasado toda la tarde al teléfono con la hermandad ¿No? ¡Parece que tu próxima misión está al caer!
