Episodio 11: Earnestness

- Venga, hija ¡Otra vez!

- RAAAAAAAAAAAAAAAAAARG

Con un bramido, Adela se abalanzó contra su madre, embistiendo en una poderosa carga, mientras esta la esperaba en una postura relajada, pero igualmente en guardia. Ambas sudaban bajo el severo sol matinal del final del verano almeriense.

Habían transcurrido casi tres semanas desde el Cortijo del Fraile y la pequeña familia Fernández, después de pedir el cabeza de familia un merecido mes de vacaciones, se desplazó a un pequeño pueblo en pleno municipio de Níjar conocido como Rodalquilar.

Era un pueblecito minero que vivía los últimos estertores de una larga fiebre del oro. Levantado en la cercanía de una serie de filones, estaba dividido en dos mitades: Por un lado, las casas de los propios mineros, que ante la sequía de las vetas se habían estado viendo abandonadas progresivamente, y por otro el pequeño pueblecito asfaltado, donde se habían establecido los empresarios y se hallaban tanto las viviendas mejor equipadas como las tascas, así como la plaza del pueblo, en la que se celebraban las festividades.

Si al bajar a la zona privilegiada uno la ignoraba y continuaba recto por el camino de tierra tras pasar la vieja ermita, se podía dar con lo que antaño fue una de las viviendas del dictador que controló el país tras la guerra civil de los años 30, ahora abandonada, de dos pisos y planta rectangular, grande y accesible mediante unas escaleras, de impecable construcción, pero cuyo estado evidenciaba el paso del tiempo.

Y si después de pasar frente a este edificio uno decidía continuar, se encontraría con unos viejos almacenes de color terracota descolorido y techo de teja verde que daban la bienvenida al solitario lugar donde Adela y sus padres se hallaban en ese mismo instante: Las minas de Rodalquilar.

Aquel era sin duda el lugar más imponente de toda la población – para aquel que le viera algún interés – A la izquierda, una serie de gigantescos embalses redondeados, ahora completamente vacíos y secos, situados de forma escalonada aprovechando los accidentes naturales del terreno, detrás de estos y siguiendo el camino que ascendía por la ladera, una imponente edificación rectangular con una torre a cada lado, ahora prácticamente en ruinas, con un frágil puente partiendo de una de ellas a lo que parecía ser la entrada de la mina, ahora sellada.

A la derecha de todo esto se hallaba lo que los lugareños llamaban el pequeño cañón del colorao, una formación creada a partir de los residuos resultantes del lavado del oro en las enormes balsas, acumulados a lo largo de casi un siglo y que, gracias a la erosión provocada por el viento y la lluvia, había adquirido un aspecto semejante al gran cañón del colorado, pero en miniatura, y compuesto de una sustancia terrosa color coral.

Era frente a esta formación donde los Fernández se hallaban ahora mismo, pero no exactamente contemplando el paisaje, por el contrario, la joven Adela descargaba golpe tras golpe sobre su madre, que los rechazaba y desviaba con una sola mano. Ambas estaban ataviadas con un bañador con estampado de flores, madre en chillones colores rojizos e hija en agradables tonos azules, con un pantalón corto vaquero cada una para la parte inferior.

Observándolas a una distancia prudencial, con un bañador rojo y una camiseta de tirantes, Antonio, padre de Adela, de brazos y piernas musculosos, calvicie y barriga cervecera incipientes y un frondoso bigote negro como el carbón. Él era el responsable de que se hallaran allí ahora mismo, pues un compañero de trabajo le había devuelto el favor de cubrirle un par de turnos en la obra dándole acceso a su casa de vacaciones en la zona privilegiada.

Ahogó una carcajada al ver a su hija regresar de nuevo al punto de partida, proyectada por Roberta, sudando y cubierta de polvo, derrapando con sus desgastadas deportivas.

- ¡Otra vez! – clamó la adolescente, entusiasta, preparándose para embestir de nuevo.

- Adela, hija – respondió la mujer a esto de inmediato - ¿No te cansas? Nos cogemos unos días de reposo y no quieres hacer otra cosa que entrenar ¡Date un respiro!

- Dices eso – intervino el hombre – pero fue idea tuya venir aquí, y llevamos desde las diez. No sé yo quién tenía más ganas de marcha ¿Eh?

Al escuchar las palabras de su marido, Roberta sonrió azorada y después relajó su postura.

- La niña quería entrenar, y tú estás cansado de la obra – respondió, justificándose – Además, me apetecía algo de barullo.

Con una sonrisa, el padre sonrió y se aproximó a su esposa, calándole una gorra que llevaba en la mano.

- Al menos no te andas con excusas – rio - ¿Comemos y bajamos a la playa?

Adela, que había guardado silencio mientras los observaba, sonrió. No había sido una mala sesión, le había entrado hambre y oye, por qué no, necesitaba un baño fresquito.

De modo que agitó brazos y piernas para relajar la tensión de sus extremidades y echó a andar para seguir a sus padres. Entrenar con ellos no había sido mala idea, si bien estaban claramente oxidados, no dejaban de ser antiguos cazadores, y lo que es mejor, ambos fueron luchadores en el pasado, por lo que podía aprender de ellos más de una lección.

Su madre, en concreto, durante su corta carrera fue conocida en la hermandad como el gólem de hierro, una mujer con una increíble capacidad defensiva incluso dentro del gremio, por lo que, con la batalla contra Lorenzo aún fresca en sus recuerdos, no dudó a la hora de pedirle ayuda con sus entrenamientos aún durante aquellas vacaciones.

Pero el Cortijo del Fraile no era lo único que rondaba su mente. A la semana de su conversación por teléfono con Juan José recibió la correspondencia de la hermandad, y su sorpresa no pudo haber sido más mayúscula, pues en lugar de un cheque con su paga lo que arribó fue una nota advirtiendo de una clara discrepancia entre los partes remitidos por ambos participantes en la misión junto con una copia de cada uno, advirtiendo que su pago sería retenido hasta que el asunto se solucionase, y es que mientras uno de los documentos, el suyo, narraba al dedillo lo sucedido y especificaba claramente el papel de cada uno en la batalla, el otro, remitido por el clan Belnades, relataba una versión no ya sesgada, si no completamente falsa de los hechos, poniéndola a ella casi como un peso muerto y otorgando todo el mérito al hechicero.

Aquello la ofuscó y confundió a partes iguales, no entendía lo que había pasado, no comprendía cómo aquel chico serio y honesto que luchó junto a ella codo con codo contra los protagonistas del crimen de Níjar podía haberle hecho semejante jugarreta.

Al exponérselo a sus padres ambos exhibieron la misma confusión, sobre todo considerando cómo ella no había perdido la oportunidad de mencionar cómo resultaba que aquel pijo arrogante y clasista era en realidad un chico sincero, agradable y algo tímido cuyos ojos parecían refulgir cuando hablaba por sí mismo.

No obstante, ambos progenitores destacaron un dato que encontraron importante, y es que el parte Juan José no había sido firmado con su puño y letra, si no con el sello de caucho del clan Belnades, lo que podría significar que el informe no había sido realmente redactado por él.

Dentro de su enfado, dentro de su decepción, se aferró a esta posible explicación. No entendía por qué, pero una parte de sí misma quería creer en el chico con el que compartió aquella batalla.

Había tratado de hablar con él, llamando al número de teléfono el hechicero le dio, pero nadie descolgó nunca aquel teléfono, aumentando su desasosiego. Su única salida era esperar a la próxima misión, pero mientras tanto haría todo lo posible por no agriar el merecido descanso de la familia.

De modo que los acompañó, bajando por el camino de tierra y polvo hasta pisar el asfalto y entrar en la pequeña vivienda adosada donde, sentados en los viejos sofás de reposabrazos de madera descubierta, devoraron entre los tres una gruesa tortilla de patatas preparada por Roberta con antelación y unas chuletas de lomo que madre e hija apañaron en unos minutos, antes de repartirse en las habitaciones para echar una siesta.

Allí, sobre el colchón de muelles, la luchadora se encontró a sí misma incapaz de pegar ojo, de modo que se echó al suelo y, silenciosamente, se sometió a una sesión de flexiones, alternando con tomar la postura de la tabla y mantenerla durante al menos dos minutos cada vez.

¿¡Cómo demonios voy a ser capaz de mirar a nadie a la cara si me largo y te dejo aquí con este mastodonte!?

"¿Y cómo piensas mirarme ahora a a la cara, gilipollas?"

Cuanto más ejercicio hacía, más se acordaba de él, y cuanto más se acordaba de él más se castigaba, realizando ejercicios aún más duros. Antes de darse cuenta se había alzado sobre uno sólo de sus brazos, con el otro a la espalda, haciendo flexiones verticales mientras las palabras del hechicero inundaban poco a poco su mente.

¡Es absurdo! ¡Nos pusimos a insultarnos como dos críos! ¿¡Cómo pasamos de eso a atacarnos entre nosotros!? ¿¡Qué solucionaríamos!?

"¿Por qué?"

Su respiración se hizo pesada mientras, lentamente, flexionaba el brazo, moviendo su cuerpo erguido de arriba a abajo, con los pies apuntando hacia el techo. Había pasado media mañana entrenando con su madre, el cansancio se estaba acumulando.

No pienso permitir que esto termine de alguna forma que me beneficie a mi ¡De ningún modo!

"¿¡Por qué!?"

Aceleró el ritmo mientras se sentía embargada por la ira, antes de darse cuenta había perdido la cuenta de las repeticiones. Debía cambiar de brazo, o corría el riesgo de agotar la extremidad.

¡Pequé de clasista! ¡Fui altivo, desconsiderado y estúpido! ¡No debería haberte hablado así! ¡Lo siento mucho!

"¿¡Por qué!? ¿¡Por qué has tenido que hacer esto!?"

Aceleró el ritmo de las repeticiones. Volvió a apoyarse sobre ambas manos, sosteniendo su peso sólo con los dedos de estas, levantándose sobre ellos.

- Yo habría pagado esto con mi dinero – sin darse cuenta, empezó a formular sus pensamientos en voz alta mientras seguía ejercitando – Habríamos alquilado una casa por una semana y papá no habría tenido que mendigar este sitio. Imbécil ¡Imbécil!

Empezó a jadear visiblemente. Sus dedos dolían, sus músculos empezaban a sobrecargarse, y lágrimas de rabia nacieron en sus ojos, haciéndolos escocer. Quería relajarse, pero su enfado sólo crecía y crecía.

- Hija, tengo esto apalabrado desde primavera, no he tenido que mendigar nada.

La voz de su padre desde la puerta de la habitación la sobresaltó. No lo esperaba en absoluto.

- ¡Mira que te hemos dicho que te relajaras! - suspiró este con hastío – Cuanto más pienses en ello más te vas a cabrear, y la cosa va a terminar con un tremendo malentendido.

- Pero… ¡No puedo! - respondió la muchacha, sosteniendo la postura por alguna razón – No se me va de la cabez-AAAAAHHH

Con total tranquilidad, Antonio se aproximó a su hija y le dio un empujoncito en el abdómen con un sólo dedo, destruyendo su equilibrio y haciéndola caer, aterrizando sus piernas en la mullida cama.

- ¿Tan buen chico parecía? Porque cuando te fuiste a la hermandad ibas echando chispas – preguntó, acuclillándose frente a Adela.

La chica guardó silencio, evitando cruzar la mirada con su padre. Sólo pensar en la impresión que se había llevado de él la entristeció.

- Parecía… era… - dudó – Bueno, amable, honesto… Algo tímido… retraído… Pero buena persona – apretó los dientes, enjugando las incipientes lágrimas - ¡Por eso me cabrea todo esto, papá! ¡No lo entiendo! ¿Por qué iba a mentir en el parte? ¿Por qué iba a fastidiarme de esa forma?

Antonio suspiró de nuevo.

- Exacto, hija – respondió - ¿Por qué?

- N-no te entiendo…

Mientras Adela parecía haber encontrado cierta comodidad ahí, caída, con las piernas sobre la cama, su padre pasó de acuclillarse a sentarse frente a ella, cruzando las piernas.

- Quien tiene poder siempre quiere más – explicó – quien tiene dinero siempre quiere más, pero las cosas nunca son tan sencillas. Hay un por qué, pero no vas a descubrirlo dándole vueltas al asunto. Relájate y espera a hablar con él, ahora mismo sólo te estás amargando.

- ¿Y cómo se supone que voy a…? No me coge el teléfono, y lo único que sé es que vive en Barcelona ¡No sé qué puñetas hacer!

- ¡Y sigues calentándote la cabeza!

- Pero… ¡Papá!

- Mira, hija – repuso el hombre – Me vale que tienes tus propias preocupaciones, y desde luego lo que ha pasado es gordo, pero estamos de vacaciones y tienes que aprender a relajarte un poco.

- ¡N-no es tan fácil!

- No me vas a dejar más remedio ¿Eh?

- ¿Más remedio a qu-? - no había terminado la frase cuando, de improviso, las manos de su padre agarraron sus costados, y este empezó a hacerle cosquillas - ¡No! ¡NO! ¡Para! ¡PARA! ¡Ahí no, ahí no, ahí no!

Adela se deshizo en carcajadas mientras su padre, inmisericorde, jugaba con ella haciéndola reir sin parar. Se había creído a sí misma ya demasiado mayor para aquellas interacciones, con quince años a sus espaldas, pero aquella pequeña distensión no le vino nada mal.

Cuando terminaron, ella quedó casi sin aliento, con el abdomen doliendo por la incontenible risa, y aparentemente de mejor humor.

- ¡Bueno…! ¿Vas a venir con nosotros a la playa? - preguntó finalmente el hombre, poniéndose de pie

- Claro, pero… - se levantó con cierta dificultad, sentándose en la cama - ¿Este sitio tiene playa?

- ¡Hija, que estamos en Cabo de Gata!

- No, ya, pero quiero decir… No puede estar cerca ¿No?

- Es una pequeña caminata – respondió él, saliendo ya de la habitación – Vamos a ir andando, así que coge gorra y una botella de agua ¡Te va a hacer falta!

Una pequeña caminata se quedaba no ya corto, si no lo que le sigue, aunque Adela estaba acostumbrada a las exageraciones de los adultos que le rodeaban en cuanto al esfuerzo – o la falta del mismo – necesario para llevar a cabo la mayoría de actividades físicas, no pudo evitar maldecir para sus adentros a sus progenitores cuando, en la sobremesa almeriense y bajo un sol de justicia, llegaron a la hora y media de paseo antes de empezar a oler el salitre.

Siguiendo los caminos, Rodalquilar estaba aproximadamente a cuatro kilómetros de distancia de cualquier masa de agua salada. Al sur, el hermoso mirador del amatista, sobre un escarpado acantilado, con la pequeña cala de la piedra negra un poco más al este, no muy lejos de la cala del carnaje; de mayor superficie, y en línea recta hacia el este la imponente y tranquila playa de El Playazo, una playa casi virgen, sólo usada por los lugareños, de arenas doradas y aguas cristalinas que reflejaban fielmente el cielo sobre sus cabezas, con el castillo de San Ramón, una fortaleza de techo bajo, coronando una de sus calas.

Cuando por fin alcanzaron la línea de playa la adolescente se despojó de su gorra, pantalones y deportivas y, para diversión de sus padres, se lanzó al agua como si le fuera la vida en ello, no tardando los adultos en unírsele tras dejar las esterillas y bolsas con las toallas.

Aquello precedió a un par de horas de absoluto relax. Adela se mantuvo cerca de sus padres, pero completamente al margen mientras ambos se relajaban, sólo flotando, dejándose llevar y haciendo algunos largos de cuando en cuando.

Ella por su parte se dedicó a nadar y hacer cabriolas bajo la superficie. Aunque no eran ejercicios en sí mismos, jugaba a ponerse a prueba contra la resistencia del agua marina, y cuando se cansaba simplemente se dejaba llevar por el leve oleaje, flotando.

De vez en cuando, el rostro de Juan José aparecía en su mente cuando cerraba los ojos, y ella se lo sacudía haciendo súbitas bajadas al lecho marino o haciendo alguna voltereta bajo el agua. Era persistente, el chaval.

Cuando salió a la orilla, un buen rato más tarde que sus progenitores, encontró a su padre recostado relajadamente sobre una de las esterillas y a su madre de pie, esperándola.

- ¿Pasa algo, mamá? - preguntó, extrañada.

- Bueno, he estado pensando… Adela ¿Te entrenó Van Helsing en superficies irregulares?

La chica alzó una ceja. Extraña pregunta, pero…

- Nieve y barro más que nada – respondió – Hay costa allí en Holanda, pero no la pisamos mucho que digamos ¿Por qué?

- ¿No crees que esta sería una buena oportunidad para hacerlo?

Adela la interrogó con la mirada, a lo que Roberta prosiguió.

- Entrenar sobre superficies irregulares es ideal para mejorar tu equilibrio – explicó - lo que a su vez te ayuda a propinar golpes más fuertes, ya que aprendes a repartir mejor el peso. Todavía nos queda como una semana aquí ¿Te gustaría intentarlo?

Disimuladamente, desvió la mirada hasta cruzar los ojos con los de su padre, que se limitó a encogerse de hombros con una sonrisa. Estaba claro que aquello no había sido al azar, probablemente su madre había tenido la idea y ambos adultos la debatieron en lo que tardó ella en salir del agua – quizá incluso antes.

Oteó los alrededores. No había moros en la costa.

- Vale – aceptó finalmente – No esperaba sacar nada de este viaje en lo que a entrenamiento respecta, así que esto puede resultar interesante.

Roberta sonrió, alejándose de la línea playa y colocándose relativamente lejos de su lugar en la arena, seguida de su hija.

Cuando se hubieron ubicado se colocaron la una frente a otra, Roberta simplemente con las manos sobre la cintura, y Adela adoptando una pose de guardia estándar.

- No hay nadie por aquí – dijo la madre a su hija, cuando parecía lista para lanzarse al ataque – así que puedes venir a por mí sin miedo ¡A ver cómo te las apañas!

Con una sonrisa entre juguetona y confiada, la muchacha respondió a esto abalanzándose contra Roberta. En un instante la había alcanzado y su poderoso puño se estrelló contra la blanda palma, pero en lugar de retroceder lanzó el otro y, tras ser desviado, puso toda su fuerza en una portentosa patada directa al templo que la mujer contuvo tranquilamente con su antebrazo.

Previendo un contraataque, Adela retrocedió instintivamente. Al alejarse y reagruparse, la luchadora se dio unos segundos para analizar sus movimientos. Le había costado asestar cada golpe, como si su cuerpo pesara el doble o el triple de lo normal, y particularmente alzar la pierna para lanzar la patada había resultado muy…

- Difícil ¿Verdad?

La irrupción de su madre la sobresaltó.

- ¿Eh?

- Moverte sobre la arena suelta – concretó Roberta – Es difícil ¿No? Una superficie irregular que cambia cuando la pisas y nunca recupera su forma.

- ¿Tanto se me ha notado?

- No has podido poner tu cadera en el segundo puñetazo – explicó – y esa patada ha sido lenta. Cada vez que Van Helsing te traía a pasar unos días siempre presumías de tu Savate, así que no creo que esto sea lo mejor que puedes hacer.

Adela frunció los labios. Le frustraba que sus errores fueran tan fácilmente visibles.

- Es esta… maldita… arena – respondió, mientras ella misma la removía con los pies - ¡Si estuviera en terreno firme habría sido distinto!

La sonrisa de Roberta creció, sólo con ver la cara de su hija sabía que no diría que no a lo que estaba a punto de proponerle.

-Muy bien, pues hagamos lo siguiente – repuso – Nos queda una semana aquí ¿Qué te parece si venimos todas las tardes y entrenas un poco conmigo y con tu padre? Será suficiente para, al menos, darte una base sobre la que trabajar para seguir mejorando ¿Qué me dices?

La muchacha inclinó su cuerpo hacia delante, preparándose para volver a la carga.

- ¡Perfecto!

Así, el resto de la semana transcurrió dividiéndose entre las lentas mañanas al sol, disfrutando del pequeño pueblo y sus alrededores, y los improvisados entrenamientos vespertinos en los que Antonio y Roberta ponían seriamente a prueba a su hija.

Aquello no tenía en realidad otro objetivo que distraer a Adela de su actual preocupación, ninguno de los dos adultos creía que una semana de ejercicio fuera a tener algún efecto en la fuerza, la técnica o la velocidad de la joven, como mucho crearía, quizá, una base sobre la que trabajar para evolucionar a largo plazo.

Al final, regresaron a su pequeña casa de planta baja en la capital alegres, satisfechos y con una bonita colección de conchas marinas, cuarzo y amatistas recogidas por la adolescente que, agotada por la continua actividad, pasó el viaje de vuelta durmiendo plácidamente, acurrucada en los asientos traseros del Simca 1200.

La noche del día de su regreso decidieron pedir un par de pizzas y, mientras la cena llegaba, Adela se dio una larga, relajante y reconstituyente ducha, dejando que el agua templada empapara su cuerpo, arrastrando la fatiga consigo.

Pocas sensaciones conocía mejores que una buena ducha después de una extenuante jornada de entrenamiento ¡Y además había pizza para cenar!

Canturreando, corrió la cortina, cogió la toalla y se secó con parsimonia, para después ataviarse con las braguitas y el corto pijama blanco que había dejado sobre el bidé. Una vez vestida envolvió su cabello ondulado con una toalla para dejarlo secar lentamente y salió al salón, con sus padres sentados alrededor de la redonda mesa del comedor, viendo un programa de variedades.

Sonrió, disponiéndose a sentarse con ellos cuando sonó el timbre. Sintiendo su estómago vacío e ilusionada ante la idea de hincarle el diente a un trozo de pizza diavola, corrió a abrir casi automáticamente, pero lo que encontró en el umbral no era exactamente el repartidor.

Esperando en la calle se hallaban, él con expresión sorprendida y ella con una sonrisa cordial, Juan José y Luisa Belnades.

- ¿Y vosotros qué demonios estáis haciendo aquí? – preguntó la luchadora, incapaz de creer lo que veían sus ojos.

- Créeme – respondió el hechicero, que parecía tan confuso como ella – A mi también me gustaría saberlo.