Episodio 12: Sleepover – parte 1

Adela se quedó paralizada, mirando con la puerta abierta a los visitantes. Juan José vestía una camisa ligera de color azul oscuro y unos sencillos vaqueros, mientras que Luisa lucía una camiseta de tirantes cruzados y una falda estampada, larga hasta la rodilla. Ella lucía una cordial sonrisa, aunque parecía algo apurada, y él, que llevaba una pequeña mochila a la espalda, parecía sorprendido de encontrar a su compañera detrás de la puerta que acababa de abrirse.

Cuando por fin reaccionó, se llevó la mano a la toalla que cubría su cabello, pegó un berrido y cerró la puerta de golpe, pudiendo oírse detrás de ella a la madre preguntando a su hija a santo de qué había cerrado, y ella respondiendo con un acelerado "¡Mamá, que estoy en pijama, por dios!"

Después de un poco de ajetreo y unos cuantos golpes tras la ventana al lado de la puerta – los hermanos Belnades podrían jurar que habían oído a la luchadora caer rodando por el suelo y maldecir todo lo maldecible – la puerta principal se abrió de nuevo, esta vez apareciendo Roberta detrás.

- Pasad, pasad – los invitó – Esta niña… ¡Mira que cerraros la puerta! No sé qué demonios tiene en la cabeza.

- ¡Tenía una puñetera toalla en la cabeza, mamá! - respondió la muchacha de fondo, aún tras la puerta de su cuarto - ¡Ahora salgo!

Luisa hizo todo lo posible por contener una carcajada, mientras que Juan sentía los nervios atenazar su estómago.

¿Aquella era la casa de la familia Fernández? ¿La casa de Adela? ¿Qué hacían allí?

Cuando alcanzaron el salón tras cruzar el pequeño hall de la entrada, la hermana mayor dedicó un pequeño saludo reverencial a Roberta y Antonio.

- Muchas gracias por recibirnos pese a haber avisado con tan poca antelación. Antonio Fernández, Roberta Gómez…

Ambos sonrieron e inclinaron la cabeza levemente en respuesta.

- Las formalidades no son necesarias – respondió el padre con la misma cordialidad, levantándose de su asiento para tenderle la mano – Bienvenida a nuestra casa.

La hechicera respondió a la invitación con un firme apretón, tras lo que Antonio se dirigió al muchacho.

- Y tú debes ser Juan José – prosiguió, tendiéndole la mano a él también con una sonrisa – Adela nos ha hablado mucho de ti.

Tratando de disimular su aprehensión, Juan reaccionó con cierta timidez.

- E-encantado – respondió, apretando la mano de su interlocutor – Usted es… su padre ¿No?

Mientras el hombre respondía a esto, Roberta volvía a ellos y saludaba a ambos con un beso en cada mejilla.

- Hemos pedido un par de pizzas para cenar – informó a los hermanos - ¿Os quedáis los dos? ¡Habrá más que suficiente!

Mientras los adultos conversaban, Adela salía por fin de su habitación, con el cabello castaño ondulado revuelto y ligeramente húmedo, ataviada con un pantalón corto y una camiseta de andar por casa. Juan José, que parecía cohibido al encontrarse en un hogar ajeno, se le acercó casi inmediatamente.

- Eh… Hola.

- Hola… Juan, no me has contestado antes ¿Qué hacéis aquí?

Adela le respondió mirándolo de soslayo. Parecía molesta, enfadada incluso, y el chico tenía bien presente el por qué, no obstante, decidió no sacar el tema por el momento.

- Ya te he dicho que no tengo ni idea – suspiró – Ayer por la tarde Luisa me coge, me mete en el Jeep, y después de hacer algunas paradas y dormir en Elche nos plantamos en Almería. No sabía que esta era tu casa hasta que has abierto la puerta.

- ¿Dos días en la carretera?

- Lo creas o no es bastante común con ella.

Mientras los dos adolescentes conversaban, Luisa se adentró en la cocina con los padres de Adela, cerrando los tres la puerta tras de sí tras informar Roberta a su hija de que podía coger de su bolso el dinero para pagar la cena, dejándolos a los dos solos, extrañados por la situación y con un incómodo silencio reinando en la estancia.

Aquella situación sólo sirvió para aumentar el nerviosismo de Juan José, en cuya conciencia pesaba todavía el parte falso que su padre había enviado.

Tenía que hablarlo con ella.

- Oye…

- Lo que sea que quieras decir, guárdatelo hasta que podamos hablarlo a solas – lo interrumpió Adela, tajante – No quiero joderle la cena a mis padres.

Su tono era animoso, intimidante y hostil, como si fuera la primera vez que se veían después de la discusión a la sombra del templo de la hermandad.

- No… bueno… - repuso él – no sé si vamos a seguir con el viaje ahora o no, creo que deberíamos…

No le dio tiempo a terminar, viéndose interrumpido por el timbre. Como una exhalación, la chica se abalanzó sobre el bolso de su madre y sacó una cantidad indeterminada de dinero para después abrir la puerta, encontrando, esta vez sí, al repartidor, con dos grandes cajas cuadradas y planas que despedían un aroma embriagador, y una bolsa con un par de botellas de refresco.

Después de pagar y recoger el pedido se dio la vuelta, y en ese momento Juan pudo ver algo que sólo había podido vislumbrar levemente cuando almorzaron juntos en el pequeño caserío que actuó de punto de encuentro en Níjar: Una sonrisa amplia, relajada, casi infantil. A pesar de su nerviosismo, la encontró encantadora por unos instantes.

- Bueno, no te quedes ahí papando moscas, ayúdame a preparar esto ¿No?

Sobresaltado ante la llamada acudió a, por lo pronto, sujetar las bebidas y una de las pizzas mientras Adela discurría cómo ubicarlo todo en la mesa. Tal y como ella había dicho antes, decidió que sería mejor aparcar las preocupaciones a un lado y simplemente disfrutar del momento por ahora.

Mientras estaban atareados la puerta corredera de la cocina se abrió de nuevo, saliendo de ella tanto Luisa como Roberta y Antonio, estos últimos portando cuatro vasos de tubo y algunos platos. Por un segundo, a Adela le pareció ver una expresión grave en el rostro de sus padres, pero dado que esta se disolvió tan pronto como arribaron al salón simplemente lo dejó correr.

- Bueno, hermanito – dijo Luisa, mientras se aproximaba a Juan José y le daba una palmada en el hombro – pues te quedas aquí esta noche ¡Pórtate bien!

Adela alzó una ceja, mientras que Juan José se quedó de piedra y casi deja caer la pizza que tenía entre las manos antes de reaccionar.

- ¡E-espera un momento! – respondió, cuando por fin asimiló lo que acababa de oír - ¿Tienes idea de lo que estás diciendo? ¿Así, de la nada? ¿¡Les has avisado a tiempo siquiera!?

- Claro – intervino Roberta – nos llamó hace un buen rato, y ahora hemos estado hablándolo. Por eso hemos pedido más de lo normal… Luisa, hija – se dirigió a la Belnades - ¿Estás segura de que no quieres quedarte a cenar?

Luisa declinó educadamente la invitación, agradeciéndola igualmente, y se dirigió a su hermano.

- Llamé cuando paramos a merendar en Cartagena – explicó – ¡No te voy a tener otro día más en la carretera!

- ¿Otro día más…? ¿A dónde vas ahora?

Ante esta pregunta, la mayor sonrió ampliamente.

- A tantear el terreno de vuestra próxima misión – explicó – La hermandad no ha emitido los documentos oficiales todavía, así que no podéis entrar en acción, pero quiero asegurarme de que no nos vamos a encontrar la misma sorpresa que en el Cortijo del fraile.

Aquello los puso firmes a ambos. Había pasado más de un mes y, sin embargo, les había parecido poquísimo tiempo. No esperaban tener que hacer frente a otra batalla tan pronto.

- Otra misión… - musitó Adela, recuperando la seriedad - ¿Dónde es? ¿Qué tipo de misión?

- Os daré los detalles cuando vuelva. Por ahora puedo deciros que será en Turruncún, en La rioja.

- Turruncún… - la muchacha miró a las estanterías que rodeaban la televisión, pensando quizá en buscar información sobre el lugar más adelante.

Juan José por su parte sí conocía el lugar, y es que era otro de los emplazamientos vigilados por el clan Belnades: Epicentro de un terremoto que sacudió Navarra en los años veinte y escenario de rituales satánicos y crímenes sin resolver, se lo consideraba maldito, aunque sólo llevara una década abandonado ya se lo consideraba un punto caliente.

- ¡Por el amor de…! – exclamó, viendo sus rostros serios - ¡No os doy los detalles ahora precisamente para que no pongáis esos jetos! ¡Relajaos!

- Además, la cena va a enfriarse – añadió Antonio – Luisa ¿Estás segura de que no quieres…?

- ¡No me hagan negarlo tres veces! – respondió ella, riendo – Juan – se dirigió a su hermano y se inclinó hacia él – pórtate bien, y… no olvides que tienes algo que hacer.

Con estas últimas palabras, el hechicero sintió cómo su hermana metía algo similar a un papel doblado en el bolsillo de su camisa, no sabía qué era, pero entendió inmediatamente a qué se refería.

- Tranquila – contestó él, con una sonrisa – Ve con cuidado ¿Eh? Yo te esperaré aquí.

- Adela – se dirigió a la muchacha, guiñándole un ojo – Que no se me extravíe, porfa.

Y, antes de darle tiempo a responder siquiera, salió por la puerta despidiéndose, dejándolos a todos anonadados.

- Tu hermana… ¿Tiene un petardo en el culo o algo así? - preguntó Adela al cabo de unos segundos, aun mirando a la puerta.

- Es… una chica inquieta – respondió él, con cara de circunstancias.

- Bueno ¿Cenamos o qué?

Se dieron la vuelta ante la llamada de Roberta, que ya distribuía los pedazos de pizza en los platos mientras Antonio preparaba las bebidas. Al ver esto, se sentaron en el sofá junto a los padres, todos apretaditos, y empezaron a comer.

Fue una velada a todas luces deliciosa, pizzas cuatro estaciones y diavola con refresco de naranja y cola, mientras se reían con el programa especial de humoristas que era una repetición del emitido a principios de verano. Al principio, Juan José se mostró tímido y cohibido, pero las atenciones – en ocasiones un pelín excesivas – de los padres de Adela y el tener a su compañera al lado lo relajaron, y acabó por dejarse llevar.

Cuando las dos pizzas familiares hubieron desaparecido y se encontraban todos derrengados en su asiento, embargados por el estupor posterior a la comilona, la muchacha se levantó de repente y volteó para dirigirse a su compañero.

- ¿Vienes? Tenemos que mirar cómo vas a dormir.

Juan, somnoliento, se espabiló de repente con eso.

- ¡Oh! Er… Había pensado en dormir aquí mismo en el sofá. No quiero molestar.

Tres pares de ojos se clavaron él, inquisitivos.

- Chico… - articuló Antonio - ¿Molestar? ¡Eres un invitado en esta casa, por dios!

- ¡No llegará el día en el que ponga a un compañero de mi hija a dormir en el sofá! - exclamó Roberta por su lado - ¡Habrase visto…!

Adela simplemente lo agarró de una mano y dio un tirón, poniéndolo de pie.

- ¡Déjate de tonterías y ven conmigo! - le ordenó, mientras se daba la vuelta y tiraba de él - "En el sofá..." ¡Ni muerta, vamos!

Casi obligado, Juan siguió a su compañera mientras esencialmente lo arrastraba, refunfuñando una retahíla de comentarios inteligibles hasta que, una vez dentro de la habitación, encendió la luz y cerró la puerta tras de sí.

Una vez dentro se quedó ahí, parado, y contempló el dormitorio de la muchacha con atención. A su izquierda, al lado de la puerta, un pequeño escritorio cubierto de libros y material de estudio con una sencilla silla de madera que parecía doblar también como tocador, a juzgar por el espejo colgado en la pared, haciendo esquina con el umbral un sencillo armario de dos puertas y, frente al escritorio, una cama de plaza y media sobre la que colgaba una estantería esquinera, plagada de libros y revistas.

Le pareció ver un par de piezas de ropa arrugadas, mezcladas con las sábanas, pero Adela las retiró como una exhalación, escondiéndolas bajo la almohada.

- Ahora, mientras están viendo la tele, hablemos – indicó ella – Cuando cenamos fuerte siempre se quedan arranados en el sofá un rato.

De repente, el relax que había invadido el cuerpo del hechicero se esfumó, y sintió cómo la boca de su estómago volvía a cerrarse de puro nerviosismo.

No ayudó en absoluto que los ojos de la adolescente habían vuelto a la animosidad y severidad anteriores.

Pero no sostuvieron la mirada mucho tiempo. Juan, dubitativo, estuvo a punto de hablar, pero Adela volteó antes incluso de que abriera la boca, dirigiéndose a su escritorio y abriendo uno de los cajones para extraer de él un sobre blanco cuyas letras se iluminaban con una tenue luz turquesa.

- Quiero que veas esto, Juan – dijo ella mientras, seria, tendía el sobre a su compañero.

El hechicero lo tomó y lo abrió, casi conteniendo la respiración. El sobre era abultado, y al abrirlo encontró dos montones de folios plegados junto a lo que parecía ser una carta. Antes incluso de sacarlos ya podía imaginar qué eran, pero aún así los extrajo y desdobló, sujetando uno en cada mano mientras contenía la misiva entre sus dedos.

Le bastó con leer la primera línea de uno de los documentos para saber inmediatamente qué tenía frente a sus ojos: El parte falsificado por su padre.

Sintió su labio inferior temblar levemente, rememorando la rabia que sintió cuando descubrió el engaño en la sede del clan.

En su otra mano, el parte redactado por Adela, a mano, con una letra casi impecable. Leerlos el uno al lado del otro era vergonzoso, especialmente por las mentiras contadas en el documento enviado por los Belnades.

- Léelos – le ordenó ella, severa – los dos.

Alzó la vista sobre los papeles para encontrarla frente a él con los brazos cruzados y la dureza impresa en su rostro. Se sintió presionado, amedrentado, pero no podía culparla por ello.

Tras unos segundos de duda, hizo de tripas corazón y dejó el parte redactado por su compañera para pasar a leer el suyo en silencio. Inmediatamente se sintió asqueado, y sus tripas se revolvían más y más según pasaba las hojas y leía una vez más las falsedades plasmadas en ellas.

Tuvo que hacer un serio esfuerzo para contener tanto su ira como las ganas de llorar. Cumpliendo la orden de Adela, dejó el falso informe en el escritorio y tomó el redactado por la luchadora.

Apenas había leído una página cuando tuvo que llevarse una mano a la boca intentando ocultar su expresión. El informe remitido por Adela no sólo era detallado, si no que además le daba a él mismo un crédito que no creía merecer. Los sucesos narrados eran equilibrados y precisos, y no le restaban mérito alguno, si no todo lo contrario.

Cuando terminó y lo dejó también en el escritorio no pudo mirarla directamente a la cara, hacerlo era doloroso.

- Ahora, la carta.

- ¿Qué?

- El comunicado de la hermandad – insistió ella – Léelo.

Reticente, tomó el folio doblado e, igualmente, lo leyó. No había llegado siquiera a la mitad cuando tuvo que hacer un esfuerzo consciente para evitar exteriorizar su aura.

(…) Por lo anteriormente indicado, hemos retenido su pago y, de no ponerse en contacto con Don Juan José Belnades y aclarar este asunto, podría ser llamada al tribunal de la hermandad y serle retirado su cargo como cazadora, quedando inhabilitada durante un periodo de 365 días antes de poder optar de nuevo al examen de ascenso, y pagando una penalización por la cantidad de 580.000 liras en calidad de multa por haber intentado defraudar a la hermandad.

No podía creerlo ¡No podía creer lo que estaba leyendo! ¿No sólo le habían retenido el pago, si no que además la amenazaban con inhabilitación y multa?

¿Por qué no había encontrado él nada de eso? ¿Por qué no había emitido la hermandad un comunicado informando de la discrepancia? ¡Si no hubiera leído el parte falso, ni se habría enterado! ¿¡En qué demonios estaban pensando!?

- ¿Y bien?

Bajó el papel para mirar a su compañera, cuya expresión se había endurecido aún más. Era obvio lo que estaba pensando, y él sentía ahora mismo tal torbellino de emociones que no tenía ni idea de la cara que estaría mostrando a la muchacha.

Luchó para encontrar las palabras. No sabía qué decir ¿Cómo iba a saberlo? La estupidez, malicia o simple codicia de su padre o quien quiera que estuviera implicado había provocado esto, su irresponsabilidad al no entregar el parte personalmente en la sede a alguien en quien él pudiera confiar había dado lugar a aquella situación.

- Lo… siento – alcanzó a musitar finalmente.

- ¿…Cómo?

- He dicho que… lo siento.

La expresión de Adela se endureció aún más, pasando de la severidad a la ira. Inmediatamente arrancó la misiva de manos de Juan José y, agarrándolo del cuello de la camisa, lo empujó hasta acorralarlo contra el armario.

- ¿Lo sientes? – respondió, empujándolo contra la madera - ¿¡Lo sientes!? ¡No quiero una disculpa, so capullo! ¡Las disculpas son baratas! ¡Dame una explicación! ¡Dime por qué has hecho esto!

El hechicero se quedó paralizado, el rostro de Adela reflejaba ira, sí, pero al mismo tiempo vio cómo nacían en sus ojos unas tímidas lágrimas.

- ¡Comimos juntos! ¡Dormimos bajo el mismo techo! – continuó ella - ¡Nos enfrentamos juntos a los zombis del crimen de Níjar! ¡A esa… cosa que casi nos mata a los dos! ¡Te salvé! ¡Me salvaste! ¡Vivimos aquello juntos y ahora me vienes con esto! ¡No quiero disculpas, Belnades! ¡Quiero saber qué mierda tienes en la cabeza!

Aquellas lágrimas, inesperadas para él, lo impactaron lo suficiente como para devolverlo a la normalidad. La expresión de enfado de su compañera había mutado paulatinamente en tristeza, y aquello lo hizo comprender: Se sentía traicionada, por eso no quería disculpas, si no una explicación, y debía ofrecérsela cuanto antes.

- Yo… No sabía que pasaría esto – articuló finalmente – No esperaba que ocurriera algo así.

La presa de la luchadora se aflojó levemente.

- Explícate.

- Escribí el parte personalmente… Luisa lo entregó por mí, pero lo que ha llegado a la hermandad no es lo que yo escribí. Lo modificaron para atribuirme todo el mérito.

- ¿¡Y por qué no te has puesto en contacto conmigo!? ¡Lo recibí hace dos semanas y media! Seguro que a tí te llegó antes ¿¡Por qué no me llamaste!?

Adela clavó sus ojos en los de Juan, por un segundo sintió cómo el peso en su corazón se aliviaba, pero aquella respuesta era demasiado sencilla, demasiado conveniente.

- ...Lo descubrí hace cinco días.

- ¿Cinco días? ¿Y qué cojones has estado haciendo? ¡He estado intentando llamar al número que me diste! ¿Sabes? ¡Nadie me ha cogido el teléfono!

- Ese número… - Juan suspiró – es el número de mi casa, yo soy quien pasa más tiempo allí. Hace dos semanas no estaba allí. Me fui a Cerdanyola del Vallés con Luisa, en un viaje de entrenamiento.

- Un… ¿Viaje de entrenamiento?

- Volví hace seis días – prosiguió – Encontré la carta con la copia del parte al día siguiente, te llamé tan pronto como pude, pero no contestó nadie.

- Estaba de vacaciones con mis padres – respondió ella a esto – Rodalquilar. Lo hacemos todos los veranos.

En este punto, Adela sólo agarraba la camisa del hechicero sin hacer la más mínima presión.

- Lo descubrí estando en la sede del clan – continuó él – pedí explicaciones directamente al patriarca, y él… - apretó los dientes, sólo recordar lo sucedido lo enfureció - ¡Admitió haberlo modificado como si nada! Y entonces… ¡Entonces…!

Este último arranque sorprendió a la muchacha, pudo ver cómo el rostro de su compañero pasaba de la ira al dolor, con un destello de miedo. Aquello la preocupó ¿"Entonces" qué? ¿Qué fue lo que pasó?

Estaba a punto de preguntarle cuando Juan siguió hablando, recuperando la tranquilidad.

- Hablé con uno de mis hermanos, uno de los encargados de gestionar las comunicaciones con la hermandad; volvimos a casa, llamó a la hermandad para aclarar lo ocurrido y les remitió el verdadero informe por fax. De eso hace cinco días.

Tras estas palabras ambos se quedaron en silencio, mirándose fijamente el uno al otro. Adela quería creer lo que acababa de oir, y Juan esperaba desesperadamente que lo creyera.

- El parte original… el tuyo – articuló ella finalmente al cabo de casi un minuto - ¿Puedo verlo?

- No he venido aquí preparado para esto – respondió él al instante – ni siquiera sabía que iba a venir, no creo que…

De repente se calló, recordando las palabras de su hermana.

"No olvides que tienes algo que hacer"

¿Y si…?

Se llevó la mano al bolsillo de la camisa, palpando el papel doblado que Luisa había dejado allí. Parecía ser más de un folio, pero no lo bastante grueso como para ser el parte completo.

"Es… una chica inquieta"

Luisa siempre estaba un paso por delante de los demás y se movía a su propio ritmo ¿Y si aquellos dos días de viaje habían sido sólo una excusa? ¿Y si su objetivo había sido siempre, en todo momento, llevarlo a que aclarara el malentendido?

Decidió jugársela. En tan sólo un movimiento, su padre prácticamente había destruido la poca confianza que su compañera pudiera tener en él ¿Qué podía perder?

- No me hagas mucho caso – dijo finalmente, extrayendo los papeles doblados del bolsillo y tendiéndoselos a Adela – pero mi hermana me ha dado esto antes de irse. Creo que es parte de mi informe.

Sin mediar palabra, liberó su presa y tomó los papeles. Mientras los desdoblaba, Juan pudo comprobar que se trataba de tres folios, y sintió cómo se le cerraba el estómago de nuevo mientras Adela daba vueltas por la habitación, leyendo atentamente.

Mientras esperaba, se dijo a sí mismo que aquello sólo podían ser las fotocopias de algunas páginas de su parte, podía reconocer su estilo de escritura en la longitud y separación de aquellos párrafos y, además, su compañera ya se habría dirigido a él de no ser lo que ella esperaba.

Lo encaro al terminar, poniéndole la última página prácticamente en la cara.

- ¿Esta es tu firma?

Sí, lo era, y además reconoció en aquella hoja la última página de su informe, con sus conclusiones, el garabato compuesto por su nombre escrito sin levantar el bolígrafo del papel – una habilidad de la que se sentía ridículamente orgulloso - y el sello de caucho del clan Belnades.

En respuesta a esta pregunta, simplemente sacó su billetera de uno de los bolsillos del pantalón y extrajo de ella su DNI, el cual alargó a la muchacha simplemente diciendo "Compara".

Y así lo hizo, tomando el carné y pasando de la firma en el folio a la firma plasmada en este. Después de realizar la comparación un par de veces sonrió, la tensión pareció abandonar su cuerpo y, cuando le tendió de nuevo el carné para que se lo guardara, la expresión dibujada en su rostro era de alivio.

- Dios… - dijo tras respirar profundamente – Lo siento, de verdad que lo siento, estaba furiosa… No podía entender… No quería creer que…

- No – respondió él al instante – Tienes tus razones. He leído la carta, te han retenido el pago y pueden inhabilitarte si no hacemos algo. Mañana a primera hora llamaremos los dos.

- ¿Crees que todavía se podrá hacer algo?

- No lo sé – reconoció el hechicero – Pero mi hermano Alex se puso en contacto con el departamento correspondiente y les remitió el informe real. Debería bastar con eso.

Callaron de nuevo, todavía mirándose el uno al otro. El nerviosismo había abandonado por fin el cuerpo de Juan José y, por extraño que pareciera después del atracón que se había pegado, se le había vuelto a abrir el apetito.

Por su parte, a Adela se le había dibujado una sonrisa casi indeleble. Durante las últimas dos semanas se había sentido decepcionada, traicionada, incapaz de comprender por qué su compañero le había hecho semejante jugarreta. Ahora que lo habían hablado sentía como si se hubiera quitado una pesada lápida de los hombros.

Finalmente, la muchacha se dirigió a la cama y se dejó caer en ella, sentándose, apenas lo había hecho cuando la puerta se abrió de golpe, pegándole a los dos un buen susto.

- ¡Joder mamá, qué susto! ¡Toca antes de entrar!

- D-doña Roberta… ¿Qué pasa?

Roberta, que fue quien se asomó repentinamente a través de la entrada de la habitación, sonrió ampliamente.

-¡Nada! Es que se me había olvidado… ¿Os apetecen unos helados de postre, niños? ¡No os habéis echado nada dulce a la boca!

El rostro de Adela se iluminó.

- ¡Voy a coger un par! Juan ¿Chocolate? - el Belnades asintió con una sonrisa - ¡Ahora vengo!

Antes de volver al salón, Roberta dirigió al muchacho una sonrisa tierna, casi maternal, algo que sólo había visto en su hermana, por lo que en respuesta sólo pudo agachar la cabeza, azorado.

- Parece que ya está todo en orden – suspiró la mujer – Supongo que ya te organizarás tú con mi hija. Avisa si necesitas algo ¿De acuerdo?

- C-claro, doña Roberta.

Entre tanto, un Jeep aparcaba en la cuneta de un camino de tierra, ya en la periferia almeriense, y su conductora echaba hacia atrás el asiento y sacaba de una bolsa de plástico una lata de cerveza y una caja de cartón conteniendo una pizza pequeña, que parecía estar ya templada.

Había comprado la cena y conducido casi sin rumbo durante casi una hora, tratando de no pensar en la conversación que había mantenido con los padres de Adela Fernández.

Abrió la lata de cerveza, que dejó escapar el gas a presión en un fuerte y breve siseo.

- Siento mucho imponerles esto tan de repente, pero no podía pensar en otra forma de hacer que mi hermano se relajara un poco. Gracias por aceptar

Antonio se apoyó sobre la puerta corredera, mientras Roberta lo hacía en la encimera. Los dos lanzaban a la muchacha miradas extrañadas.

- No nos supone ningún problema, Adela parece tenerle mucho aprecio a Juan José, y ella es una niña un poco callada, nunca ha traído un amigo a casa ¿Verdad, cariño?

- Pues si – respondió Antonio de inmediato – Pero está el asunto del informe de la misión. No sé yo si Adela…

- Eso está solucionado – replicó inmediatamente Luisa – Por desgracia tardamos en darnos cuenta, pero lo arreglamos. Antes de salir llamé a la hermandad para asegurarme de que todo está en orden.

- Pero… Si no es mucho preguntar ¿Qué ha pasado? - preguntó Antonio directamente – Porque esto no parece planificado en absoluto.

Luisa dejó caer la cabeza por unos instantes y suspiró, para después mirar al matrimonio.

- Juanjo fue el primero en descubrir el parte falsificado y fue a pedir explicaciones directamente a nuestro padre… al patriarca, y este respondió castigándolo.

- Castigándolo… ¿Cómo…?

- ¿Han oído hablar del conjuro diseñado en el siglo XVIII para obtener información de vampiros mediante tortura?

Ambos, hombre y mujer, palidecieron. No podía ser.

- Por supuesto… - respondió Roberta con un hilo de voz – Los vampiros son mucho más resistentes que los humanos, así que ese conjuro está diseñado para provocarles un dolor excruciante ¿Por qué…?

El silencio de la muchacha fue más efectivo que cualquier explicación.

- Dios… - bufó Antonio, llevándose una mano a la frente – Había oído rumores, pero… ¿Es la primera vez que ocurre eso?

- No – contestó Luisa de inmediato, sombría – Es recurrente, pero en esta ocasión ha sido peor que nunca. Lleva decaído desde entonces.

Los tres guardaron silencio, Antonio y Roberta habían oído hablar de aquello ¡Por supuesto! Rumores de la severa crueldad de Malaquías Belnades, pero… ¿Usar un conjuro desaprobado por la hermandad… contra su propio hijo pequeño?

- Por eso lo he traído – prosiguió Luisa, con voz casi suplicante – Si está con Adela igual se recupera ¡Se le iluminan los ojos cuando habla de ella! Si pudieran alojarlo mientras gestiono su próxima misión…

Con el asiento reclinado, la caja de pizza vacía ocupando el lugar del copiloto junto a dos latas arrugadas, y tumbada con las piernas sobre el volante, mirando a las estrellas, Luisa volvió a encender el motor y metió en el reproductor de casette una cinta que solía poner cuando bebía alcohol, a fin de esperar a estar de nuevo en condiciones para conducir.

- No dejaré que lo moldees a tu gusto, viejo megalómano – musitó, bañada por la luz del cielo estrellado.