Episodio 13: Sleepover – parte 2
Juan se dejó caer de espaldas en la cama, resoplando, mientras sentía cómo el helado aliviaba el ardor que la pizza diavola había dejado en el interior de su boca. El botón de los pantalones se le clavaba en el ombligo. Se había dado un festín de aquí te espero.
A su lado, Adela estaba recostada, apoyada sobre sus codos y con la tripa ligeramente hinchada estirando un poco más el elástico de sus pantaloncitos deportivos. No parecía especialmente empachada, aunque se hacía evidente que la cena había sido demasiado incluso para ella.
Ambos lucían una expresión pacífica que mezclaba alivio y satisfacción.
- Bueno… Ahora sí – articuló ella al final, al cabo de unos minutos en silencio – Tenemos que mirar donde vamos a meterte para dormir…
- Dame… dame un segundo, anda – respondió él – No creo que pueda sentarme ahora mismo…
- No estás acostumbrado a comer mucho ¿Eh? – rio la muchacha.
- Nah… ¿Te acuerdas de las fiambreras que me llevé a la misión?
- Aaahhh si… ¡La carne y el arroz estaban de vicio!
Juan sonrió azorado por un instante.
- Esa es la cantidad que suelo comer – explicó – Pero oye, un atracón de vez en cuando nunca viene mal.
- Yo estoy acostumbrada a comer mucho – comentó ella en respuesta – Cuando entrenas tanto es necesario… ¡Aunque lo de esta noche ha sido demasiado incluso para mí!
- Dos pizzas tamaño familiar…
- ¡Mi madre es así de burra!
Rieron entre dientes, los dos, y se hizo el silencio de nuevo.
- Adela…
- ¿Sí?
- Siento lo que ha pasado.
- No tienes que pedir perdón por algo que no has hecho – respondió ella, mirándolo de soslayo – Además – se apresuró a agregar – Me he puesto violenta contigo, soy yo quien debería disculparse… Casi te arreo ¿sabes?
- La verdad, yo diría que todavía me debes un buen puñetazo – rio él – Por mí, no tienes nada por lo que disculparte. Pero bueno, mejor lo dejamos estar.
- ¡Así me gusta! Y ahora… ¿Miramos como acomodarte?
Haciendo un severo esfuerzo – estaba realmente lleno – el hechicero se irguió finalmente, quedando pensativo, mirando al hueco que separaba la cama del escritorio.
- Oye ¿Podría dormir aquí mismo, en tu cuarto?
- ¿…Eh?
- Bueno, me he estado fijando antes… Esta es una casa de dos habitaciones ¿No? Si no queréis que duerma en el sofá, tampoco voy a sacar a tus padres de su cuarto.
Adela se quedó paralizada, no se le había pasado por la cabeza que, efectivamente, en aquella casa sólo había dos habitaciones, y si descartaban – por razones obvias – tanto el cuarto de sus padres como el salón, sólo quedaba una salida posible.
- ¡P-p-p-pero si aquí sólo hay una cama! ¡N-no pretenderás que durmamos juntos!
Juan se quedó atónito por unos momentos. La dura y estoica luchadora había abandonado su habitual compostura y ahora trasbillaba, reflejando en su rostro una mezcla de vergüenza y pánico.
Era una visión divertida y, por qué no decirlo, tierna, pero… ¿Compartir cama con ella? No lo había pensado en absoluto, así que no pudo evitar azorarse también ante la idea.
- N-no… A ver… - alcanzó a responder, atragantándosele a él también las palabras – No estaba pensando en… tu cama… Yo hablaba de dormir en el suelo.
Aquello cambió de nuevo el rostro de la adolescente, que ahora lo miraba como si estuviera loco.
- ¿¡Eh!?
- Eh… Sí. O sea… Aquí hay sitio para uno – dijo mientras movía los pies, claramente señalando el espacio entre la cama y el escritorio.
Adela lo miró directamente, para después posar su vista en suelo, y luego mirarlo a él otra vez.
- Pero… ¿¡Te has vuelto loco!? ¿En el suelo? ¿¡Quieres dormir en el suelo!? ¿¡Me tomas el pelo!?
- Pues no.
- ¿¡Cómo coño esperas que te dejemos dormir en el suelo!?
- Tampoco es que sea la primera vez que lo hago.
Lo que más la escandalizaba no era la idea en sí, si no la aparente normalidad con la que Juan José estaba tratando el asunto.
Para él, por su parte, realmente no suponía ningún problema. Con calma, explicó a su compañera que dormir en cualquier sitio era moneda común para él, ya que cuando se enfrascaba en sus estudios mánticos normalmente se echaba a dormir en el suelo de la misma sala donde se encontrara, sin importar la superficie o posición ¡Por no hablar de las tres semanas que había pasado acomodado en un lecho rocoso, con una toalla como única comodidad!
Pero Adela no quedó nada convencida, y terminó jugándose la cama con él en una partida al mejor de tres a piedra-papel-tijeras. Fue una apuesta extraña, pues quien dormiría sobre las frías baldosas sería el ganador, y la luchadora… perdió.
- Esto sí que no lo esperábamos – comentó Roberta, asomada a la puerta de la habitación de su hija mientras esta preparaba una improvisada cama con mantas dobladas, una sábana bajera y una almohada – Juan, chico ¿Estás seguro de que no quieres dormir en una cama?
- ¡No, por dios! – respondió él, azorado, junto a la mujer, esperando en el salón a que todo estuviera listo – Ya me han invitado a la cena, no quiero abusar.
- ¡Abusar…! – resopló la mujer – Hemos pedido tanta comida porque sabíamos que veníais, hombre. Por última vez ¿Estás seguro…?
El hechicero asintió, pero no articuló palabra intentando disimular la sorpresa que, poco a poco, se iba apoderando de él. Sabía que Adela era una chica amable, pero no esperaba que sus padres lo fueran también, la insistencia de la mujer lo sorprendía, e incluso el padre se había metido en la conversación para ofrecerle alternativas.
Cuando su lecho por fin estuvo listo, regresó al salón a por su mochila y se preparó para acostarse, entrando en esta ocasión Roberta detrás suya acercándose a su hija para darle en la mejilla un beso de buenas noches. Aquello le pareció normal e incluso le arrancó una sonrisa, pero la mujer lo cogió totalmente desprevenido cuando se acercó a él y, con el mismo cariño y calidez con la que había abrazado a su hija, lo abrazó también a él y le plantó un fuerte beso en la mejilla.
Cuando cruzó el umbral de la habitación, cerrando la puerta tras de sí, el muchacho quedó de rodillas en la improvisada cama, paralizado, atónito. No es que no hubiera experimentado nunca cariño familiar, al contrario, Luisa siempre lo había colmado de atenciones, y cuando dormían en el piso nunca faltaba un dulce beso de buenas noches, pero aquel abrazo era muy diferente a cualquier cosa que jamás hubiera vivido.
- Juan… ¿Estás bien?
La voz de Adela lo sacó de su ensimismamiento. La muchacha lo miraba extrañada, aquello era toda una costumbre para ella, para él en cambio…
- ¿Eh? ¡Ah! Si, estoy… bien. Tu madre me ha cogido un poco de sorpresa, nada más.
- ¿No te ha molestado? A veces puede ser algo pegajosa.
- ¡En absoluto! – respondió él a esto, volviendo a la normalidad, mientras rebuscaba en su mochila – Me ha parecido muy agradable.
A su vez, Adela sacaba su arrugado pijama de debajo de la almohada, arrodillándose y despojándose de su camiseta casi al mismo tiempo. Juan, que se apercibió de esto enseguida, se aseguró de ponerse de espaldas a ella para evitar mirarla, y al alzar la vista para curiosear los libros que descansaban en el escritorio se dio cuenta de que, en el espejo que colgaba sobre este, podía verla casi a la perfección.
No había mucho a la vista, ya que el reflejo sólo mostraba su robusta espalda mientras se despojaba del sujetador, pero bastó para azorarlo más de lo que él mismo hubiera esperado, de modo que decidió tomar cartas en el asunto.
- ¡Espera! – la llamó apresuradamente mientras se despojaba de su camisa – Espera un momento, Adela ¡No-te-muevas! ¿Vale?
- ¿Qué no me mueva…? Juan ¿Qué demonios estás diciendo ahora?
- No te muevas – insistió él - ¡Y sobre todo no te des la vuelta! ¡Termino enseguida!
Sintiendo un frenético movimiento a su espalda – podría jurar que había oído algunos tomos caer al suelo – Adela no pudo evitar sentir una fuerte curiosidad, de modo que desoyendo al hechicero viró la cabeza levemente, lo bastante como para poder ver de reojo lo que estaba ocurriendo, y no sabía exactamente qué esperaba, pero lo que vio la dejó atónita por unos instantes.
Juan José, casi en pánico, se había despojado de su camisa y la colgaba apresuradamente en el elaborado marco del espejo sobre el escritorio, lo que a su vez la hizo caer en la cuenta de que, muy probablemente, había estado mostrando alegremente su torso desnudo al muchacho.
Se sintió morir de vergüenza ¿Se había dado la vuelta en algún momento? Ni idea, pero no pudo contener una sonrisa mientras lo miraba con ternura. No esperaba un detalle semejante, por lo que sabía, cualquier chaval habría guardado silencio esperando a verla de frente.
- ¡Ya! Ya puedes seguir, disculpa.
Al verlo terminar de ajustar la prenda sobre el espejo mientras volvía a sentarse en la cama, volvió a su posición anterior, fingiendo no haber visto nada.
- ¿Qué demonios estabas haciendo? – preguntó, haciéndose la loca.
- El espejo… - respondió él enseguida – Se te veía perfectamente ¡Sólo la espalda! – añadió apresuradamente – Pero… antes de que te dieras la vuelta…
- Ya veo… Bueno, no mires ¿Vale? Voy a terminar rápido.
- Tranquila, yo también voy a cambiarme – resolvió él – Me aseguraré de estar de espaldas a ti.
- ¡Vale!
Así, mientras Adela se calzaba despreocupadamente su pijama corto, Juan se ponía de pie y se despojaba de sus calcetines y sus pantalones vaqueros – ya se había descalzado las deportivas antes de entrar a la cama – Después de terminar de vestirse, la chica no pudo evitar echar un vistazo a su compañero, que había sacado de la mochila un pijama de verano en dos tonos de azul y se lo ponía con parsimonia.
En el momento en que lo miró, estaba de pie mientras se abrochaba el cordón de los pantaloncitos, y no pudo evitar centrarse en su torso, su espalda, esbelta, delgada, casi femenina, pero de hombros anchos en los que se podía adivinar cierto tono muscular incipiente.
Sonrió, recordando el cortijo del fraile, aquella batalla que compartieron juntos.
- Juan…
- ¿Sí?
Giró el torso para mirar a la pared por si él volteaba para hablarle, así de camino ocultaba su rostro, tenía la sensación de estar poniendo una cara muy rara en ese momento.
- Creo que aún no te he dado las gracias… por la batalla en Níjar.
Juan José, que en ese momento se estaba poniendo la camiseta de su pijama, se detuvo en seco.
- Las… ¿Gracias?
- Sí…
Se produjo el silencio, Adela se sintió avergonzada por alguna razón, durante un par de segundos notó cómo sus mejillas y orejas se calentaban.
- Entonces… creo que yo también tengo que dártelas a ti.
- ¿Eh?
Juan suspiró mientras terminaba de calzarse la prenda.
- No pudimos empezar con peor pie, nuestra primera conversación acabó conmigo despreciándote por lo que eres, y a pesar de todo confiaste en mí.
- Eso es porque… Te disculpaste – repuso ella.
Juan se quedó paralizado por unos instantes, la voz de Adela había sonado inusualmente gentil, y… ¿Le había parecido distinguir una pequeña nota de cariño? Nah, imposible.
- Tú misma lo has dicho antes. Las disculpas… son baratas.
- Sí, pero sé que esa disculpa no lo fue.
No quiso incidir en ello por miedo a sonar ridícula, pero lo que la convenció de que aquella disculpa era genuina fue la expresión en su rostro: Seria, decidida, con una voz cargada de culpa y honestidad. La misma razón por la que había aceptado la explicación que el hechicero le dio respecto al falso parte.
- Pues por eso precisamente – insistió él – quiero darte las gracias ¡Listo! Ya he terminado.
Adela se dio la vuelta, y Juan simplemente se sentó en su lecho. Por unos minutos permanecieron en silencio, dejando que la pequeña conversación que acababan de tener penetrara en sus mentes, y en sus corazones.
Al final, ella terminó por romper el hielo preguntando a su compañero por algo que no había podido evitar notar: Juan siempre vestía de azul, o llevaba alguna prenda de este color.
- Es el color de los Belnades – explicó – Al parecer la comunidad de oradores a la que pertenecía nuestra fundadora usaba túnicas azules, y se ha expandido hasta hoy. Los que pertenecemos a la rama principal del clan debemos vestir siempre de azul… ¡Aunque yo soy el único que lo hace! – rio.
- La fundadora… ¿Sypha Belnades?
El hechicero asintió. Sypha Belnades, la primera hechicera de su nombre que se enfrentó a Drácula junto al legendario Trevor Belmont. El apellido Belnades nunca fue absorbido en la familia Belmont y, al parecer, gracias a esto ambos nombres crecieron para convertirse en paradigmas de los cazadores de vampiros.
Él admiraba la figura de Sypha, que según las crónicas se dedicó su vida a defender a las gentes de Valaquia junto a Trevor Belmont, y cuya magia provenía única y exclusivamente de su pacto con los espíritus de la naturaleza.
Adela no esperaba que la respuesta a una simple pregunta se alargara tanto, pero aún así lo escuchó con atención, observando el casi infantil entusiasmo de su compañero mientras le hablaba tanto de su hermana como de su antepasada, a las que comparaba favorablemente y a quienes quería parecerse, tanto en poder como en espíritu.
Cuando terminó, y se dio cuenta de todo lo que había hablado él solo – casi media hora sin parar – se disculpó profusamente, pero ella no le dio la más mínima importancia, al contrario, no sólo lo había encontrado interesante, si no que ahora parecía estar bastante más relajado.
- Si te hace sentir mejor – terminó respondiendo la luchadora - ¿Por qué no me haces alguna pregunta tú a mí? ¡Así te doy la brasa yo también y estamos en paz!
Aquello arrancó una carcajada al muchacho, y por supuesto que formuló una pregunta. Tenía mucha curiosidad por la vida de su compañera, tanta que tuvo que ordenar sus pensamientos antes de continuar.
- Muy bien – decidió finalmente - ¿Cómo fue tu entrenamiento con Kraus Van Helsing?
No podía evitarlo, si bien nunca había sentido especial interés por los luchadores de la hermandad debido, en gran parte, a su educación como hechicero, no había dejado de hacerse preguntas sobre Adela después de su reunión en la hermandad, incluyendo su formación.
Y ella no escatimó detalle tampoco, partiendo de cómo fue encontrada por su maestro mientras se iniciaba en las artes marciales en el primer – y por aquel entonces – y único dojo de la pequeña Almería a la tierna edad de ocho años.
Pasó su infancia y pubertad entre Holanda y Almería, por un lado adquiriendo la disciplina y capacidades necesarias para convertirse en una cazadora de pro, y por otro estudiando frenéticamente a fin de mantener el nivel necesario para pasar de curso cada año en España, sometiéndose a exámenes finales en lugar de invertir nueve meses en el colegio.
Como Juan, ella también se explayó, contando una anécdota tras otra, recordando el frío clima y los eternos inviernos nevados, los severos entrenamientos que más de una vez pensó en abandonar…
Y él escuchaba con atención, disfrutando de su sonrisa y la nostalgia y entusiasmo con los que parecía narrar algunas anécdotas.
Había pasado otra media hora larga cuando Antonio y Roberta se asomaron a dar las buenas noches a los dos adolescentes, dibujando ambos una cálida sonrisa al sorprender a los adolescentes poniendo a prueba el conocimiento en los idiomas del otro, habiendo entrado en un juego de preguntas y respuestas en lenguas como el rumano, el gaélico o el sueco. Por supuesto, Juan encontró la horma de su zapato en el neerlandés de Adela, mientras que ella se quedó en blanco cuando él atacó con su catalán nativo.
Aprender lenguas extranjeras había sido una de las partes más duras del adiestramiento de ambos, destinados a cumplir misiones a lo largo y ancho del continente, quizá por ello encontraron interesante jugar con aquel pesado conocimiento.
Aún pasaron un rato más con este juego, hasta que ella alargó la mano a uno de los cajones, sacando un barato reloj de pulsera marca Casio para después sonreír, dirigiéndose a su compañero.
- Juan ¿Tú escuchas la radio?
- ¿La radio? – aquello lo cogió desprevenido – Sí, me gusta, suelo ponérmela de fondo mientras estudio.
- ¡Bien!
Con entusiasmo, abrió otro cajón y sacó un transistor cuyo dial estaba retroiluminado. No tenía cable, por lo que el hechicero dedujo acertadamente que funcionaba a pilas.
- Por cierto – prosiguió Adela mientras preparaba el aparato – antes has dicho que es normal pasar varios días en la carretera con tu hermana ¿De qué iba eso?
- ¡Oh! Bueno, desde que se sacó el carné de conducir – explicó – le gusta mucho perderse por ahí, y a veces nos agarra a uno de nosotros y nos lleva a sitios que ya ha visitado, o tira un dardo a un mapa de España y viajamos a ese punto completamente a ciegas.
Adela ahogó una carcajada.
- ¡Venga ya! – rio - ¿Así, de la nada?
- Bueno – repuso él – es bonito. Me gusta viajar y conocer el país.
- Qué envidia… - musitó ella, con un ligero toque de amargura en su voz – algún día me gustaría poder hacer algo así.
- ¿Y por qué no lo hacemos?
La muchacha giró la cabeza para mirarlo directamente.
- Tú ya te has sacado la General Básica ¿No? Y yo terminé el año pasado ¿Por qué no cogemos de vez en cuando y usamos el dinero de nuestras misiones para irnos por ahí en tren?
La sonrisa de Adela, que se había apagado un poco, creció sobremanera a pesar de sus intentos por disimularla.
- Podríamos hacer un fondo común y poner un poco de nuestra recompensa en cada misión – dijo, volviendo al transistor - ¡Ah! ¿Te gustan los programas de misterio?
Juan inclinó levemente la cabeza.
- ¿Programas de misterio?
- Sí… Echan uno cada domingo en la radio local ¿Te apetece?
- ¡Claro!
En el mundo de los cazadores de vampiros, resultaba extraño que alguien se aficionara a las publicaciones y emisiones sobre lo sobrenatural. Desde su más tierna infancia, los cazadores de vampiros eran educados para enfrentarse a lo que el común de los mortales teme, se les hacía conocedores de lo que los expertos consideraban mera criptozoología, y eran enseñados a combatir a criaturas y entidades cuya existencia los investigadores perseguían constantemente en busca de confirmación.
Pero ellos lo disfrutaban. Juan, ávido lector, aprovechaba sus compras mensuales para arrasar con las revistas del género, y Adela se quedaba despierta hasta horas intempestivas viendo programas en la televisión, o bien recorría las ondas en busca de nuevo material de escucha.
Ninguno dijo nada al otro de ello, por supuesto, simplemente ella se levantó a apagar la luz y quedaron tumbados cada uno en su cama, con la pequeña bombilla que hacía visible el dial como única iluminación.
Ambos se llevaron una sorpresa mayúscula cuando en aquel pequeño programa de cobertura local aparecieron tanto el investigador parapsicólogo Germán de Argumosa como el psiquiatra Fernando Jiménez del Oso, este último con objecto de promocionar su último libro, El síndrome OVNI.
Mientras este último hablaba del tema con aquella rigurosa profesionalidad que hacía imposible no tomárselo en serio, Adela sorprendió al hechicero con una pregunta.
- Juan… ¿Tú que opinas? ¿Crees que hay vida más allá de la tierra?
Su voz era relajada, apagada, casi soñadora.
- Cada mes encontramos varias especies nuevas dentro de nuestro propio planeta – respondió él, con seguridad, con una voz igualmente somnolienta – Si tenemos eso en cuenta, creo que la idea de estar solos en el universo es bastante corta de miras, y… - suspiró – muy triste.
- Sí… Ser los únicos en este universo sería… demasiado triste y… solitario…
Su voz se apagó, siendo reemplazada por una lenta y acompasada respiración. Juan miró hacia arriba para ver su expresión relajada, con los ojos cerrados y una tímida sonrisa. Uno de los brazos caía también, rozando con los dedos el improvisado lecho del hechicero.
La débil luz del transistor se reflejaba en su rostro. Mirándola, Juan José no pudo evitar pensar que era el ser más hermoso que jamás había visto.
Sonrió. Pensó en empujarla un poco para evitar que se cayera de la cama, pero no quería despertarla.
Finalmente cerró los ojos. Tenía sueño, las últimas horas habían sido agotadoras.
- Buenas noches, Adela… Dulces sueños.
No tardó mucho en dormirse, uniéndose a ella en el cálido abrazo del sueño, iluminados por aquella tenue luz, escuchando el mismo programa, compartiendo el mismo espacio.
