Episodio 14: Partners – parte 1

Cuando Juan José despertó, lo hizo lentamente. Se encontró a sí mismo cómodo, tumbado sobre la improvisada cama que Adela, insistente, había preparado para él. La radio aún estaba encendida, y pudo escuchar el anuncio horario que la emisora realizaba a cada hora punta.

Eran las seis de la mañana.

Mientras se espabilaba trató de moverse, estaba boca arriba, y algo lo paralizaba. Poco a poco, mientras recuperaba el control de sus sentidos, empezó a percibir cosas con mayor detalle, como el extraño peso que aprisionaba la mitad de su cuerpo o el suave bufido que, rítmicamente, acariciaba su oído, acompañado de lo que parecía ser un leve ronquido.

Un momento…

¿Ronquido?

Abrió los ojos, estando aún medio dormido no recordaba del todo las circunstancias en las que se había acostado la noche anterior, y al girar la cabeza para ver quién resoplaba dulcemente en su oído casi le da un infarto.

¡Adela Fernández!

Su compañera estaba ahí, tirada de cualquiera manera, con uno de sus fibrosos brazos cruzado directamente sobre su pecho y acostada de lado, echándose directamente sobre él. Con una sonrisa que parecía antinatural en ella, dormía con la cara casi pegada a su oído y con un hilillo de saliva escapando de entre sus labios.

La radio seguía sonando, con el noticiario de la mañana llegando tenuemente a sus oídos. Aquella era una situación interesante, y no sabía exactamente como reaccionar ¿Qué hacía? ¿La despertaba? ¿Debía avisarla de que se había caído de la cama? ¿Podría levantarse sin sacarla de su sueño?

Finalmente decidió por intentar esto último. Fue extremadamente difícil, pues aunque parecía que el brazo de la muchacha simplemente descansaba sobre su pecho, en cuanto empezó a moverse esta lo agarró del hombro sujetándolo con una fuerza titánica, mientras balbuceaba a saber qué sin salir de su profundo sueño.

Cuando por fin salió de la habitación, lo hizo agotado y sudoroso, Adela lo había agarrado de tal forma en sueños que tuvo que deshacerse de la camiseta de su pijama contorsionándose como buenamente pudo. Había aprendido algo nuevo aquella mañana: Nunca subestimes la fuerza de un luchador.

- Pero hombre ¿¡Qué haces de pie tan temprano!?

La voz de Antonio lo sobresaltó, el padre de Adela le hablaba desde el baño, situado un poco más allá de la habitación de su hija. La tijera en una de sus manos, el pequeño peine en el lavabo y su cara húmeda con restos de espuma blanca evidenciaban que acababa de afeitarse, y ahora mismo recortaba y acicalaba su pulcro bigote.

-¡Oh! Eh… Estoy acostumbrado a levantarme a esta hora – se justificó rápidamente – Siempre me levanto temprano para estudiar.

- Estudiar ¿Eh? Es verdad, eres hechicero. Para vosotros es parte del entrenamiento.

Curioso, no había ni una pizca de desdén en su voz.

- ¿Quieres afeitarte? - propuso el hombre – Empieza a asomarte la pelusilla en la cara.

Juan se llevó instintivamente la mano al rostro y la pasó por donde solía crecer su escasa pero incipiente barba. Sí, era verdad, estaba empezando a crecer otra vez, no se había afeitado desde la mañana posterior a su regreso a Barcelona.

- Pues… debería – admitió – pero no me he echado ni espuma ni cuchilla. No esperaba dormir en casa de nadie, la verdad.

- ¡Bah! Ya ves tú. Ven, anda, te presto una de mis cuchillas ¡No pensarás andar así por ahí!

- No… eh… Creo que eso sería abusar demasiado – respondió el muchacho a esto, avergonzado.

- ¡Cuidar tu higiene en casa de alguien no es abusar! Ven, anda.

Obediente, Juan se dirigió junto a Antonio quien, con premura, tomó una extraña barra blanca y la frotó contra una brocha de afeitado, generando espuma.

- Yo no uso espuma de bote, si no jabón de afeitado – explicó, mientras usaba la brocha para distribuir la sustancia sobre la cara del adolescente – Lo vas a notar algo diferente, pero sirve de todas formas.

Tras esto, le tendió una cuchilla y Juan José, tras dudar unos instantes, empezó a afeitarse meticulosamente, con la vista puesta en el espejo.

- ¿Por qué está usted levantado tan temprano, por cierto? - preguntó, tratando en parte de romper el hielo - ¿Trabajo?

- ¡Pues sí! - Antonio siguió acicalando su mostacho cuidadosamente, usando el peine para igualar los pelos mientras usaba las tijeras para recortar los que sobresalían – Hoy empiezo el turno un poco más tarde, así que puedo permitirme cuidarme un poco. ¿Os levantáis todos a estas hora en vuestra casa?

Juan dudó.

- No… - respondió, al cabo de unos segundos, mientras limpiaba la cuchilla bajo el grifo antes de seguir – Yo soy el único que tiene una hora para levantarse, los demás paran por casa a dormir cuando pueden.

- No es por meterme donde no me llaman, pero eso no suena muy bien – opinó el hombre, tratando de reprimir su sorpresa – la vida en un clan tiene que ser bastante dura.

- No sé en los demás, pero en el mío… Es frenética.

- ¿Tus padres no dicen nada al respecto?

- Mis padres ni siquiera aparecen por casa.

Antonio detuvo el chack chack de las tijeras sin darse cuenta siquiera. La última frase del muchacho había estado teñida de tal tristeza, tal frustración, que casi se podía palpar.

La expresión de su rostro en el espejo sólo fortalecía esta impresión.

- Don Antonio… ¿Es usted también cazador, por un casual?

La pregunta llegó de repente, justo cuando Antonio estaba dispuesto a cambiar de tema. Al parecer, Juan era el primero que no quería hablar de ello.

- Estoy retirado – respondió, volviendo a su bigote – Pero sí, lo era ¿Cómo lo has sabido?

- Puedo sentir su aura… Es potente, tanto como la de su esposa.

- Será igual de potente ¡Pero sigue pudiendo tumbarme de una guantazo, la condenada! - rio.

- Entoces los dos fueron cazadores… ¿Por qué se retiraron?

Antonio suspiró, dibujando en su rostro una sonrisa resignada.

- No hay mucho ahí fuera para una familia pequeña, chico. Las misiones bien pagadas se asignan a los grandes clanes, y el desplazamiento, los preparativos… Todo es demasiado caro para el volumen de trabajo asignado. Gano más partiéndome el lomo cada día en la obra.

Aquello hizo torcer el gesto al muchacho. Era una realidad de la que ya era consciente, pero dolía escucharla directamente.

- Si sigues poniendo esa cara te echo a la calle.

- ¿Eh?

- No te lo he dicho para que te sientas mal. Me has hecho una pregunta y te he respondido. Personalmente estoy mejor así, puedo darle a mi mujer y mi hija lo que necesiten, tengo un horario fijo y vacaciones pagadas.

- ¡Parece un buen intercambio! - repuso el joven, recuperando la sonrisa.

- Lo es – respondió el adulto de inmediato – Una familia a la que cuidar y amar es uno de los mejores regalos que puede recibir un ser humano – Detuvo las tijeras, después de comprobar meticulosamente su mostacho con el peine – Si aceptas un consejo, cuando te llegue el momento, atesoralo.

- Sí – Juan dibujó una tierna sonrisa mientras limpiaba la cuchilla, después de haber rasurado las patillas bajo su lacia melena – Eso haré.

Terminado el afeitado, Antonio prestó su after shave al muchacho y ambos salieron al salón, dispuestos a desayunar juntos y seguir hablando, encontrando allí a Roberta junto con dos vasos pequeños, tapados con dos platillos de postre.

- Roberta, cielo – comentó él al instante – No tenías que levantarte. Yo me tomo un café rápido, y la niña no se va a poner de pie hasta las tantas.

- ¡Chorradas! - respondió ella – No pasa nada por levantarme un poco antes. Juan, hijo – se dirigió al adolescente – No esperaba que te levantaras tan pronto ¿Te preparo algo?

Aquello lo pilló desprevenido, tanto que no pudo evitar azorarse.

- Qu… ¡No! ¡No hace falta, de verdad! Ustedes desayunen tranquilos, yo estoy acostumbrado a hacerlo un rato después de levantarme ¿Puedo coger un libro mientras tanto?

Ambos adultos asintieron, y el muchacho echó un vistazo a la pequeña biblioteca con interés. Su contenido era muy variado: Tratados de artes marciales, manuales de entrenamiento, bestiarios, compendios de fauna y flora… Entre todo el material disponible, destacó para él un sencillo libro sobre la periferia almeriense.

Algún día me gustaría poder hacer algo así

No sabía por qué, pero la voz de Adela resonó en su cabeza con fuerza al ver el lomo de aquel libro, así que, decidido, apuntó a él con su mano y lo sacó de la estantería moviéndolo con su mente, ya que estaba demasiado alto y no quería molestar a los Fernández.

- ¿Telequinesia? - preguntó Roberta de repente, observando el fenómeno.

- Sí. Estoy acostumbrado a coger libros así – respondió él con naturalidad – Ustedes han sido cazadores, así que no creo que pase nada por usarla en su presencia. Si no les importa – les mostró el libro – voy a leerlo hasta que me de hambre.

El matrimonio aceptó sin problemas, y él se sentó en el sillón mientras que ellos, en sendas sillas, disfrutaban de su vaso de café y conversaban.

Juan José ignoró completamente la conversación – no quería fisgonear en asuntos ajenos – pero no tardó mucho en empaparse en el ambiente que los dos adultos habían creado: Tranquilo, armónico, podía sentir la amistad y confianza en sus voces.

Tuvo la sensación de que aquella pareja había pasado por muchas experiencias, y lo habían hecho juntos.

Ya se había llevado aquella impresión la noche anterior, pero aquella casa era un lugar cálido y lleno de vida. Un hogar.

Se sumergió tanto en la lectura mientras se dejaba envolver por aquel ambiente que, de no ser porque Antonio se despidió animadamente antes de salir por la puerta, ni se habría enterado de su ausencia.

- Bueno… ¿Qué quieres que te ponga para desayunar?

La pregunta de Roberta lo pilló completamente desprevenido, sacándolo de su lectura.

- ¿E-eh? ¡No hace falta! ¡Ahora me preparo yo algo con lo que hay en la cocina!

La mujer dejó escapar un suspiro.

- Mira, eres un invitado en esta casa, no sé cómo serán las cosas en la tuya, pero aquí no somos así ¡Déjate mimar un poco, hombre!

Aquello le arrancó una pequeña sonrisa. Luisa solía decir cosas así de vez en cuando "Deja que te mime un poco" "Date algún capricho de vez en cuando" "Si quieres algo, tú pidelo"

- Muy bien… - aceptó - ¿Tienen batido de chocolate? O un vaso de leche con cacao mismo me iría bien.

- Batido sólo tenemos de vainilla, que le encanta a mi hija – respondió ella, mientras se levantaba con una cálida sonrisa – Pero te puedo hacer un cacao fresquito ¿Quieres galletas también?

- Sí, por favor.

Dicho y hecho, después de un poquito de cacharreo Roberta salió de la cocina con un gran vaso de leche con cacao y un plato cargado de galletas.

Al ver los dulces el hechicero dudó, pero la voz de Roberta, tajante a la vez que cálida, finalmente lo convenció de extender la mano.

- ¡No te cortes, hombre! Come tanto como quieras, seguro que tienes hambre.

Y en efecto así era, a pesar del festín de la noche anterior no podía negar que estaba hambriento, de modo que tomó una de las obleas y la remojó en leche antes de llevársela a la boca. Ella tampoco se cortó, y atacó el plato una vez él se hubo comido la primera galleta.

Guardaron silencio durante unos minutos, hasta que la mujer habló de nuevo.

- Y dime ¿Qué tal tu primera noche? ¿has estado cómodo?

- ¡Oh, si! – respondió Juan sin dudar – No se me había ocurrido lo de usar mantas como colchón ¡De verdad que pensaba dormir en el suelo! Estuvimos escuchando la radio hasta que nos dormimos, fue muy agradable.

Roberta lo observó con atención, tenía una expresión muy distinta a la que llevaba la noche anterior, apareciendo ahora relajado ante ella, con una leve sonrisa involuntaria.

- ¿Te ha dado algún problema la bruta de mi hija?

- ¿Eh? No, ninguno en absoluto.

- Entonces – sonrió divertida - ¿Cómo es que has salido sin camiseta?

Juan pegó un respingo ¡Se había olvidado! ¡Todavía iba a pecho descubierto!

- Se cayó de la cama – continuó, sonriendo todavía más – Te agarró en sueños y has sudado tinta para soltarte ¿Me equivoco?

El hechicero se quedó atónito. Había sido así, punto por punto.

- Pues… sí

- ¡Lo sabía! – rio - ¡Cuánto más cansada está, peor duerme! ¡Esta niña es un caso!

- Me dijo que se fueron de vacaciones – respondió él a esto, tras dar un sorbo a su leche con cacao – Han sido movidas ¿No?

- Nos fuimos a un pueblecito de Níjar, Rodalquilar. Queríamos pasar un par de semanas de playa y montaña, pero ella se empeñó en entrenar en sus ratos libres.

Aquello le hizo alzar una ceja, impresionado. Ya le había dado la impresión de que su compañera era una chica seria y trabajadora, pero ¿Entrenar durante unas vacaciones?

Cada vez sentía más curiosidad por aquella familia.

- Doña Roberta, si no es mucho preguntar… - articuló al cabo de un par de minutos de silencio - ¿Cómo era usted… en sus años como cazadora?

- Oh ¿Sabes que fui cazadora? ¿Ya ha estado mi marido presumiendo otra vez?

- No… Bueno, sí – admitió – pero más que eso, puedo sentir su aura. En la sede del clan he conocido a hechiceros retirados cuyas auras están inactivas, durmientes… La suya y la de su marido no, así que tengo curiosidad…

- Mis años de juventud… - suspiró – Pertenezco a una familia pequeña, creo que estoy emparentada con… ¿los Lecarde? La cuestión es… que yo ya era consciente desde muy joven de que los de nuestra ralea no reciben muchos encargos, así que hice todo lo posible por subir el chaché de mi familia… ¡No es por echarme flores, pero era MUY trabajadora!

Juan sonrió, podía ver eso, aquella mujer tenía una fuerza interior que estaba seguro de que no podía ser natural. Veía en ella el poderío de alguien que había llevado desde años una pesada carga a su espalda, y lo había hecho con orgullo.

La conversación se alargó durante casi una hora, mientras las galletas se agotaban poco a poco y el vaso de leche se calentaba un poquito más entre sorbo y sorbo, hasta quedar a temperatura ambiente.

Durante la charla, Roberta contó al muchacho, a petición suya, las vicisitudes que solían atravesar las pequeñas familias de cazadores: Mientras que los clanes tenían acceso a misiones con una frecuencia que variaba entre dos semanas y un mes, una familia podía recibir misiones trimestrales con mucha suerte, y estas nunca eran de gran dificultad por el asumido poco poder de sus miembros, por lo que las pagas distaban de ser cuantiosas.

La mujer manifestó su frustración ante esto, pero para sorpresa de Juan José la razón de su frustración no era el dinero, si no que sentía que su potencial había quedado desaprovechado, y ahora sólo le sacaba partido cuando Adela decía querer entrenar con ella.

El desayuno se vio perlado de pequeños detallitos, Roberta no dejaba de sonreír, su tono de voz no se endureció en ningún momento, y cuando el vaso de leche se vació inmediatamente lo rellenó de nuevo hasta la mitad, sin necesidad de que él dijera nada. En todo momento, su calidez maternal lo hizo sentir como si se encontrara en casa.

La plática se interrumpió bruscamente cuando la puerta de la habitación de Adela se abrió lentamente y ella salió de la misma roja como un tomate y con un trapo azul en la mano. Juan José levantó una ceja, extrañado, mientras que Roberta apoyó la cara en una de sus manos y dibujó una sonrisa de oreja a oreja, entre tierna y divertida.

- Buenos días, hija – la saludó, socarrona, casi burlona - ¿Has dormido bien?

- Eeeehhh… Sí, sí, he dormido… - se aproximó al hechicero lentamente, roja de vergüenza, y le tendió el trapo, que no era otra cosa que la camiseta de su pijama – Juan… creo que esto es tuyo.

Roberta ahogó una carcajada mientras Juan, atónito – y algo embelesado – ante la expresión tímida y avergonzada de la muchacha, tomaba la prenda y se la calzaba.

Era obvio que ella también se había dado cuenta de lo que había pasado y de por qué se había despertado con la parte superior del pijama de su compañero en la mano, y se moría de vergüenza.

- ¿Te pongo algo de desayunar, hija? – preguntó la madre mientras Juan José se calzaba la prenda.

- Eh… No – Adela se dio la vuelta, regresando a la habitación – Voy a salir a hacer mi rutina, cuando vuelva me ducho y desayuno.

- ¿Rutina? – preguntó el adolescente una vez la muchacha hubo cerrado la puerta tras de sí.

- Diez km de marcha y footing, sombra cuando llegue a su destino, y otros diez km de vuelta, con pesas en las muñecas y tobillos – explicó Roberta – yo mismo se lo puse, la mantiene en forma y le ayuda a quemar energía cuando no tiene nada que hacer.

- ¿Sombra?

- Sí, como en el boxeo – encogió los hombros y fingió dar unos pocos puñetazos rápidos – veinte minutos contra un adversario invisible, mantiene sus sentidos alerta y le permite visualizar posibles situaciones, y cómo escapar de ellas.

- También va bien para soltar las articulaciones – intervino Adela, saliendo de nuevo de su cuarto, habiendo recuperado la compostura – si no hago sombra me paso todo el día rígida como una tabla.

- Quizá deberías pasar tu entrenamiento diario a la sobremesa.

- ¿Con la comida todavía en la boca? ¡Ni hablar! Además, no creo que le siente bien al sensei.

Durante aquel pequeño intercambio la atmósfera había cambiado por completo. Roberta se mostraba seria, casi profesional, y nuevamente Juan podía sentir en ella un inmenso poderío. En cuando a Adela, vestida con sus pantaloncitos de atletismo, su camiseta de tirantas cruzadas y las tobilleras y guantes de aspecto pesado, parecía mucho más cercana a la chica taciturna y gallarda que era su compañera.

Pensaba que aquella seriedad, aquella hosquedad, sería algo heredado de su imponente mentor, pero resultaba que quien había implantado aquella semilla en ella, de quien había heredado aquel comportamiento, era su madre.

Incluyendo esa fascinante cara oculta, esa personalidad risueña, despreocupada y, en ocasiones, dulce y tierna.

Cuando abandonó la vivienda, Juan se quedó mirando a la puerta casi sin darse cuenta, siendo la voz de Roberta la que lo sacó de su ensimismamiento.

- Interesantes los ojos que le estabas echando a mi hija.

- ¿¡EH!? ¡N-n-no la estaba mirando de ninguna forma! ¡Yo no…! ¡Yo…!

Casi le da un ataque de pánico, ante lo que la mujer no pudo hacer otra cosa que echarse a reír.

- ¡Cálmate, hombre! ¡No la estabas mirando de mala manera! ¡Si hubiera visto algo raro ya estarías de patitas en la calle!

Respiró aliviado, aunque el susto no se lo quitaba nadie.

- Lo siento… si le digo la verdad, no me he dado ni cuenta, simplemente se me ha ido la vista detrás.

- Hmmm… Interesante – con parsimonia, Roberta tomó el vaso, de nuevo vacío, y el plato, y se los llevó a la cocina – Bueno, no te preocupes, pareces buen chico, no creo que la estuvieras mirando de esa forma.

Mientras fregaba los platos y vasos del desayuno – Juan se ofreció, pero ella se negó en rotundo – Roberta no pudo evitar sonreír con una mezcla de ternura y orgullo. El hechicero había sido tan descarado siguiendo a su hija con la mirada que la intensa emoción que sus ojos encerraban era tan clara y cristalina como el despejado cielo almeriense.

Fascinación.

"Hija, como los matas" Pensó mientras reía para sus adentros, orgullosa de su primogénita.