Episodio 15: Partners – parte 2
Adela regresó a la casa pasada una hora y media, sudando de pies a cabeza y respirando pesadamente, con el cabello húmedo tras haberse detenido a refrescarse en una de las fuentes.
- ¡Hola, hija! Vas a darte una ducha ¿No?
Sonrió al ver la expresión orgullosa de su madre, recibiéndola en el umbral. Lentamente, se quitó los guantes y las tobilleras y se las entregó, sintiéndose mucho más ligera después de un total de veinte kilómetros de carrera con ellos.
- Sí… ¡Dios, casi octubre y todavía hace un calor asesino!
- Has vuelto a bajar a la costa ¿Verdad?
- Claro… Sabes que me encanta correr por el paseo marítimo.
- También es donde el clima es más húmedo, así que es normal que sudes tanto. Te he preparado ropa limpia en tu cuarto ¿Puedes hacerme los recados después de remojarte?
- ¡Claro! Una ducha fría y estoy como nueva.
Canturreando, la muchacha se dirigió directamente al cuarto de baño, sudada como estaba no quería dar a su madre el clásico beso en la mejilla. Antes de ello echó un vistazo al salón ¿Y Juan? ¿Dónde estaba?
Bueno, Roberta no había dicho nada al respecto, así que seguramente estuviera en la habitación, leyendo o escuchando la radio. Despreocupada, se desnudó hasta quedar meramente en bragas, colgando la ropa sudada en la manilla de la puerta de su habitación. Le pareció oír a su madre llamarla, pero estaba tan desesperada por ponerse bajo el chorro de agua fría que la ignoró, abriendo la puerta del baño para encontrarse algo que no esperaba.
Juan José Belnades, como su madre lo trajo al mundo, secándose con una toalla.
Los dos se quedaron atónitos por unos instantes, mirándose el uno al otro, hasta que se desató el pandemónium.
- ¿¡PERO QUÉ DEMONIOS ESTÁS HACIENDO!?
- ¿Cómo que qué estoy haciendo? ¡Cierra la puerta!
- ¡ESTÁS EN PELOTAS! ¡SE TE VE TODO!
- ¡Tú también! ¡Te lo estoy viendo…! - En pánico, Juan se tapó los ojos al tiempo que giraba la cabeza para evitar mirarla - ¡La puerta, la puerta! ¡CIERRA LA PUERTA!
- ¿¡PERO POR QUÉ ESTÁS DESNUDO!?
- ¡Me estaba duchando! ¡CIERRA LA MALDITA PUERTA!
- ¡PERO QUE TE TAPES!
- ¡QUE CIERRES LA PUERTA!
- Te estoy viendo la… la… ¡PONTE UNA TOALLA EN LA CINTURA!
- ¡SAL Y DEJA QUE TERMINE DE SECARME, JODER!
Azorada, avergonzada y frenética, Adela no sabía dónde poner los ojos, mientras Juan José se había quedado paralizado y hacía todo lo posible por no mirar al torso desnudo de su compañera. Los dos siguieron diciéndose el uno al otro que se taparan hasta que, de repente, el hechicero se puso rojo como un tomate, se volvió a meter en la ducha y corrió la cortina.
- ¡S-sal de una vez! ¡Estaba todo sudado y necesitaba una ducha! P-por favor ¡E-espera fuera!
Esta acción pareció devolver a la luchadora más o menos a sus cabales, ya que se terminó disculpando con un hilo de voz y saliendo del cuarto de baño para cerrar la puerta tras de sí.
Al hacerlo, se apoyó en ella y acompasó su respiración mientras trataba de calmarse ¡Acababa de verlo como dios lo trajo al mundo! Sólo pensar en ello la hizo sentir cómo todo su rostro ardía como si fuera una tea.
Lo peor del asunto es que lo que había visto… no le había desagradado en absoluto.
Finalmente, tomó la ropa de la puerta de su habitación y se la calzó de nuevo, al menos provisionalmente, hasta poder darse su deseada ducha. Fue al salón a esperar, y al salir a este se encontró a su madre con la boca tapada y haciendo un esfuerzo titánico por reírse tan discretamente como fuera posible.
Se estaba descojonando la muy cabrona.
- ¿P-por qué no me has avisado? - preguntó mientras se sentaba, tratando de mantener la calma - ¡Podías haberme dicho que estaba en el baño!
- Hija… lo he intentado – respondió Roberta, sofocando el ataque de risa como buenamenta podía - ¡Pero no me oías!
- ¡Ha-haberme detenido!
- Oh ¿Quieres más de esto? - flexionó uno de sus brazos, socarrona, tensándolo para lucir músculo.
Mientras madre e hija hablaban, Juan salía finalmente del baño y se metía en la habitación, para salir de esta con una sencilla camiseta de tirantas y unos pantalones pesqueros. Cuando se cruzó en el salón con Adela, los dos se quedaron paralizados, rojos como tomates, antes de que la muchacha finalmente se metiera a la ducha como una exhalación.
- ¿Mejor ya? - preguntó Roberta al muchacho amablemente, mientras éste se sentaba en el sofá – Este calor puede ser bastante duro para los del norte.
- Sí, mucho más cómodo… - fue lo único que alcanzó a articular antes de quedar completamente en silencio. Resopló, la imagen de su compañera prácticamente desnuda se había grabado a fuego en su cabeza. Era… inusualmente atractiva, y le avergonzaba pensar en ello.
- ¿Dándole vueltas?
La voz de la mujer rompió el silencio creado, al punto de sobresaltarlo.
- ¿¡Eh!? N-no sé a qué se… refiere.
Roberta estalló en carcajadas.
- ¡Venga hombre, que ha sido un accidente! ¡No lo has hecho a posta, así que no te voy a comer!
- ...Me sigue dando vergüenza
Roberta sonrió. Sí, había sido un accidente, pero también la prueba perfecta para saber cuan digno de confianza era aquel muchacho. No podía negarlo, le agradaba.
- Pues vas a tener que acostumbrarte – repuso - Si vais a hacer misiones conjuntas tendréis más de un accidente como este. Poco a poco os soltaréis.
Juan no supo qué responder, hundiéndose de nuevo en sus pensamientos y tratando de espantar de su mente aquella visión. Sólo habían compartido una misión, pero si había algo que tenía claro es que su compañera era algo más que un cuerpo desnudo.
Finalmente, Adela también se duchó y vistió, y Roberta les encomendó un monedero y la lista de la compra. La mujer había decidido sacar pecho de su tierra natal y deleitar al visitante con una especialidad almeriense: Migas, un plato sencillo preparado con harina de sémola, agua, aceite, sal y ajo, acompañado con tocino, longaniza y pimientos fritos.
Es un plato que tradicionalmente se prepara en días de lluvia, así que Adela expresó su descontento, teniendo especialmente en cuenta el calor todavía reinante, pero tampoco protestó demasiado porque, a fin de cuentas, nunca decía que no a una buena ración de aquella especialidad.
De modo que los dos adolescentes partieron a hacer el recado, concretamente al barrio contiguo, Nueva Andalucía, donde estaba el colmado favorito de Roberta, más caro de lo normal, pero la calidad se paga, y a los Fernández no les gustaba escatimar con la calidad de la comida.
El camino de ida fue bastante incómodo, los dos adolescentes, tímidos, intercambiaban miradas constantemente y parecían querer hablar, pero ninguno de los dos se atrevía. No existía animosidad alguna, pero la vergüenza los embargaba después de haberse visto mutuamente desnudos.
Cuando ya había hecho la compra y, bolsas en mano, volvían a casa de los Fernández, Juan reparó en una cafetería que estaba colocando mesas en el exterior y la señaló con la cabeza.
- ¿Te apetece algo fresquito? - propuso – Un batido o algo. Pago yo.
- Eh… ¡Claro! ¡Así descansamos un rato también!
Después de la torpe invitación y no menos incómoda respuesta, acudieron a una de las mesas y se sentaron, pidiendo cada uno un batido – vainilla ella, fresa él – y no abriendo la boca de nuevo hasta que estuvieron servidos.
- Parece que llevas todo el rato queriendo decir algo – articuló el hechicero finalmente, harto del incómodo silencio – Va, no te cortes.
- N-no… - titubeó Adela – Creo que prefiero dejarlo, no sería muy…
Juan suspiró.
- Mira… lo siento. Tenía que haber dicho algo desde dentro antes de que se abriera puerta, o me tenía que haber metido corriendo a la ducha o algo así… - suspiró - Te he visto casi desnuda, así que te debo eso, al menos.
Guardaron silencio de nuevo mientras daban un sorbo a sus bebidas a través de las pajitas. Los dos estaban todavía ruborizados, pero el bochorno desaparecía poco a poco. Adela, a quien le costaba incluso mirarlo a la cara, no pudo evitar pensar que Juan no parecía tan impactado como ella, y se lo hizo saber.
- Bueno, eh… Como en el piso normalmente sólo estoy yo, mi hermana no se corta mucho que digamos, así que más o menos estoy acostumbrado.
Mentira.
Estaba acostumbrado a ver a Luisa semidesnuda, sí, pero Adela era un caso muy distinto. Simplemente estaba intentando no pensar en ello.
- Y bueno… - repuso - ¿Qué me querías decir?
La luchadora dio otro sorbo, apartó la mirada por unos instantes y, apocada, lo volvió a mirar a los ojos.
- Eh… bueno… es que… N-no sabía que la… la cosa se… - según hablaba, el volumen de su voz caía más y más mientras, al mismo tiempo, alzaba el dedo índice de una de sus manos hasta dejarlo completamente vertical – se… levantaba…
Juan, que en ese momento daba otro sorbo, se atragantó al punto de echar batido por la nariz ¡Eso había sido justo lo que lo había hecho esconderse en la ducha! ¿Lo había visto? ¿¡Había visto su erección!? Dios ¿¡Donde había una alcantarilla abierta para meterse dentro!?
Cuando por fin dejó de toser y recuperó el aliento, procedió a explicar todo el proceso, cómo crecía la presión sanguínea y la sangre llenaba el cuerpo cavernoso, aumentando el tamaño y la solidez del órgano y provocando la erección. Se apresuró a añadir que todo aquello era un proceso fisiológico y que ocurría de forma totalmente aleatoria, cosa que no era mentira pero que, en este caso en particular, no era aplicable.
Extrañado, no pudo evitar preguntarle cómo era posible que una luchadora no supiera cómo funcionaba un órgano esencial de la fisionomía masculina, y resulta que Van Helsing le había dado una educación un poco recatada de más.
Tras esto, terminaron sus bebidas, pagaron y retomaron el camino de vuelta, nuevamente en silencio. Si había algo que ninguno de los dos esperaba era hablar de sexualidad, y este pequeño intercambio había bastado para azorarlos significativamente.
Cuando ya se adentraron de nuevo en el barrio de Los molinos, Juan no pudo evitar hacer una pregunta que llevaba un rato reconcomiéndole:
- Oye… Te he visto antes desnuda y no me has dicho nada ¿No te molesta?
- No… bueno… - Adela dudó – Me da vergüenza… ¡Y claro que me molesta! Pero no es que lo hayas hecho a posta, y has apartado la vista rápido…
- Pero… aun así te he visto. No sé, no me siento bien si no me dices nada por… ¡AY!
Sin dejarle terminar la frase, Adela le sacudió tal colleja que casi lo hace caer de morros contra el suelo, prosiguiendo después su camino como si nada.
- Hala ¿Mejor?
Después de equilibrarse, Juan José se quedó atónito unos instantes, para acto seguido echarse a reír, para extrañeza de su compañera.
- ¡Sí, ahora me siento mejor! - respondió finalmente, echando a andar de nuevo para alcanzarla – Vamos, igual tu madre se mosquea si tardamos demasiado.
Desde ese momento y hasta la tarde, el día trascurrió en la más absoluta de las calmas, dejando a un lado las bromas y chascarrillos de Roberta a su hija – Juan tuvo el acierto de esconderse en la habitación -. A la hora de cocinar, ambas tuvieron que rechazar el persistente ofrecimiento de ayuda por parte del adolescente y, durante el almuerzo, con un cansado Antonio recién llegado de trabajar, comieron todos reunidos en el salón.
El ambiente fue radicalmente distinto al de la noche anterior, el hechicero estaba ahora mucho más relajado y conversaba con naturalidad tanto con los padres como con su compañera, no faltaron los elogios a las migas – que Roberta aderezó con un poquito de pimentón picante – e incluso Juan llegó a pedir la receta con entusiasmo.
Tras un helado y una larga siesta, los dos adolescentes se dedicaron simplemente a gandulear en la habitación, con la radio puesta y compartiendo una bolsa de patatas fritas, hasta que sobre a las siete de la tarde, con el sol ya casi oculto en el horizonte, Adela se levantó de golpe y conminó a Juan a que la acompañara.
- ¡Te voy a enseñar donde estoy entrenando ahora! - le dijo con entusiasmo mientras se calzaba unos pantalones de chándal y unos mitones rojos.
Llegaron al gimnasio con la última clase de karate tocando a su fin, y entraron los dos juntos a la sala-dojo tras descalzarse, una vez hubo salido el último de los alumnos.
- ¡Adela! ¿Ya has vuelto de tus vacaciones?
Don Jesús, el sensei, recibió a la muchacha con una sonrisa, y no reprimió su expresión de sorpresa cuando la vio acompañada de aquel chico enjuto de cabello lacio.
- Volvimos ayer – respondió ella de inmediato – pero estaba demasiado cansada para venir a entrenar. Hoy quería presentarle a un amigo que ha venido de visita – señaló a Juan que, una vez más, se mostró cohibido – mi compañero, Juan José Belnades. Juan, él es Jesús, mi actual entrenador.
Los presentados se dieron la mano, y en ese mismo instante toda impresión que pudo tener el maestro acerca de la posible debilidad del hechicero desapareció, percibiendo en él una presencia tan poderosa e imponente como la de su pupila.
- ¿Eres el compañero de Adela? - preguntó Jesús, interesado – Supongo que también eres cazador de vampiros… Y dime ¿Cuál es tu disciplina? ¿Aikido, judo…?
Para él, aquella fue una pregunta extraña, pero dedujo rápidamente que aquellas eran artes marciales que no requerían mucha fuerza física. No podía culparlo por hacer aquella suposición, ya que era más que consciente de su delgada y, en apariencia, débil constitución.
- No, no – respondió con una sonrisa cordial– Mi deber es proporcionar apoyo a Adela desde la retaguardia. Soy hechicero.
- ¿…Eh? - el sensei quedó atónito ante la respuesta, buscó a su alumna con la mirada persiguiendo algún indicio de que aquello fuera alguna clase de broma, pero lo único que encontró fue una sonrisa cargada de orgullo.
Por su parte, Juan José identificó rápidamente su expresión de incredulidad y se preguntó qué hacer. Llegó a la conclusión de que una explicación sería demasiado larga y compleja, por lo que sólo le quedaba una salida.
- Don Jesús – se dirigió a él – usted está a cargo del entrenamiento de Adela, así que supongo que es un maestro federado, por lo que no creo que pase nada si se lo enseño directamente.
- ¿Enseñar? ¿Enseñarme el qué?
Con elegancia, Juan alzó una mano a la altura de su pecho y convocó en ella una pequeña llamita, se alejó un par de pasos para permitir a su interlocutor contemplarla con atención y, tras unos segundos, aumentó la intensidad de la misma hasta hacerla doblar su tamaño.
Entonces, la pequeña luminaria empezó a danzar.
Primero se agitó como mecida por el viento, después cambió su posición sobre la mano del hechicero e inició una graciosa coreografía que se detuvo cuando, con la otra mano, el chico la tocó el dedo índice.
Al separar el dedo la llama pareció estirarse, pero en lugar de eso lo que estaba haciendo era crecer, siguiendo la retorcida trayectoria que Juan estaba trazando, tomando una forma completamente antinatural que, una vez ubicó ambas manos para contenerla entre ellas, continuó prolongándose, dibujando una estela flamígera que poco a poco los rodeó a los tres.
Mientras hacía esto, Juan mantenía una sonrisa de satisfacción, por su parte, Jesús estaba anonadado, y Adela completamente fascinada.
- No me habías dicho que pudieras hacer esto – comentó ella con un hilo de voz.
- ¿Manipulación elemental? - respondió él – no podía, es una de las cosas que he aprendido este mes. Por ahora, sólo puedo manipular el fuego sin problemas.
Dichas estas palabras dio una suave palmada, y la llama elongada se esfumó en el aire sin dejar rastro.
- Vale… - Jesús dejó escapar un silbido – ¡Venir a Almería a montar este dojo ha sido todo acierto! Eres hechicero… ¿Y has venido a mirar? Porque no te ofendas, chico, pero dudo mucho que puedas seguir el ritmo de esta – señaló a su alumna con la cabeza – cuando entrenamos.
- No, Don Jesús – intervino ella, antes de que Juan tuviera tiempo de decir nada – Juan ha venido conmigo porque quien va a mirar es usted.
La sorpresa ante aquella respuesta fue mayúscula particularmente para Juan José, que la interrogó con la mirada.
- ¿Creías que iba a pasar por alto esa mención de que has estado entrenando? Ha pasado todo un mes, Juan ¡Quiero ver de qué eres capaz ahora!
Mientras pronunciaba estas palabras, la expresión de Adela mutaba progresivamente, pasando a una sonrisa excitada, acompañada de una mirada expectante y fiera.
Estaba deseando entrar en combate.
Aquella expresión, aquel rostro, aquella realización, encendieron una llama en el pecho del Belnades.
- Claro – aceptó, dibujando una expresión casi idéntica a la de su compañera – ¡No puedo decir que no a eso!
- ¡E-eh, un momento! – intervino rápidamente Jesús - ¡Hace un minuto has hecho aparecer fuego de la nada! ¡No me vayáis a quemar el gimnasio!
- No se preocupe, no pienso usar ninguna magia elemental. De hecho, hay algo que quiero probar.
El sensei quiso responder a aquello de alguna forma, pero no pudo. Antes de darse cuenta, los dos adolescentes estaban posicionándose en el centro de la estancia, y el aire a su alrededor había cambiado por completo, de repente tuvo la impresión de que se había creado un espacio que los envolvía, los embargaba, un espacio sólo para ellos.
- Don Jesús ¿Podría establecer las reglas? – preguntó Adela – El lugar es suyo, así que no se preocupe, las respetaremos.
Antes incluso de que el hombre hablara, los dos cazadores empezaron a adoptar su pose de combate, aunque había cierta variación respecto su duelo en el Cortijo del Fraile: Adela había adoptado una postura flexionada hacia delante, ladeada, con el brazo adelantado caído y tenso y el atrasado flexionado en su costado, manos tensas, dedos crispados, lista para combatir; por su parte, Juan la encaraba directamente, pose erguida, pies paralelos a los hombros, brazos ligeramente separados del torso, lo único que lo distinguía de estar simplemente de pie eran los dedos inquietos en ambas manos.
- Bien… - articuló Jesús finalmente, tras observarlos – Dos minutos, golpes marcados con margen de error de un impacto profundo, nada de ataques a puntos vitales… Va especialmente por ti, Adela – añadió, mirándola directamente – tienes la costumbre de lanzarte siempre al plexo solar.
Sin pronunciar palabra, ambos asintieron a lo que el maestro, bajando una de sus manos con un gesto seco, indicó el comienzo del combate.
El arranque de Adela fue explosivo, abalanzándose contra Juan como una exhalación y lanzando un directo al rostro que sólo encontró aire, ya que el hechicero se teletransportó a su espalda en el momento justo, obligándola a frenar bruscamente.
La reacción de la luchadora a esto fue instantánea, en un ágil movimiento volteó, lanzando una patada en arco a su contrincante que este evitó transportándose de nuevo, esta vez a su derecha, viéndose obligado a levantar una pequeña barrera para detener el siguiente envite de su adversaria, que había reaccionado atacando con el dorso de su puño en un movimiento circular.
Juan respondió a esto con celeridad y decisión. Antes incluso de que Adela llegara a retirar el puño, la apuntó directamente con la mano libre y le lanzó un conjuro de rechazo, proyectándola, cayendo ágilmente de pie.
Aquello la aturdió por unos instantes, pero volvió a ponerse en guardia casi enseguida, e hizo bien, pues el hechicero se apareció justo delante suya moviendo el brazo para azuzarle otro ataque, a lo que ella respondió con un nuevo puñetazo, un gancho, que vio su trayectoria detenida ante lo que parecía ser un extraño colchón de aire convocado con su otra mano, cruzado el brazo sobre el torso, a modo de defensa.
Aquello la cogió por sorpresa, recordando fugazmente cómo, en su duelo, casi todos sus golpes habían pulverizado las defensas de su compañero con facilidad ¿Había encontrado Juan José Belnades una alternativa para detener golpes contundentes?
¡Interesante!
Inmediatamente recogió ambos brazos y se deslizó hacia su costado, intentando rodearle, pero él respondió a esto retrocediendo de un salto, alejándose de ella. Adela reconoció la estrategia de inmediato: Le estaba tendiendo una trampa, atrayéndola para que embistiera y, así, contraatacar. Rememoró de nuevo el duelo, no lo recordaba tan osado aquella mañana.
Cruzaron miradas durante un instante, y entonces los vio.
Unos ojos desafiantes, excitados, serios.
Por un momento, su corazón latió con fuerza.
Decidió responder a aquello ¿Le estaba tendiendo una trampa? ¡La desmontaría! Con una extraña sensación bullendo en su pecho embistió directamente al hechicero, excitada.
Pero no se abalanzó contra él con una de sus poderosas cargas, en lugar de eso simplemente corrió, recorriendo el espacio que los separaba en dos zancadas y saltando hacia él mientras giraba sobre sí misma, terminando el movimiento con una patada aérea impresa con toda la potencia que el giro y el impulso le proporcionaban.
Sintió de nuevo el colchón de aire detener su ataque y cómo su pierna se hundía este. Con curiosidad, giró la cabeza para mirarlo, y vio cómo la imagen frente a sus ojos – su pierna estirada, Juan, el suelo debajo de él – se distorsionaba, y entonces comprendió.
No estaba usando aire para crear colchones defensivos, era su propio conjuro de rechazo, contenido, manipulado, moldeado. No tenía ni idea de magia, pero aquello parecía ser muy complejo.
Cruzaron miradas otra vez, el hechicero había extendido ambos brazos y mantenía la burbuja mágica sujeta entre ambas manos, conteniéndola con una magia de intensidad equivalente a la potencia de su patada.
Se sonrieron el uno al otro, la burbuja se expandió, y Adela fue mandada a volar con tal fuerza que tuvo que dar una voltereta en el aire y usar sus pies para evitar impactar contra la pared. Cuando aterrizó, Juan estaba de nuevo delante suya, preparando un nuevo ataque.
No le dejaría.
Lanzó un uppercut, que él evitó teletransportándose a su costado derecho, a lo que respondió con un gancho con el mismo brazo, obligándolo a moverse de nuevo frente a ella, pero materializándose a un par de zancadas, y lo persiguió.
Un directo. Lo esquivó con un torpe movimiento de cabeza.
Una patada giratoria. Rompió la pequeña barrera sólida, rozando su templo.
Tal cual su pie aterrizó lanzó una nueva patada, frontal en esta ocasión. Juan trató de reducir el impacto retrocediendo un paso, pero aún así lo empujó, desequilibrándolo.
Cuando el hechicero recuperó la estabilidad era demasiado tarde, Adela se había posicionado justo frente a él, a apenas centímetros, y en un brusco movimiento le propinó un potente puñetazo con tal fuerza que, dejándolo sin respiración, lo dobló, no cayendo únicamente porque se apoyó en ella con ambas manos.
- ¡Joder, Adela, lo has hecho otra vez! – Jesús se acercó a ellos dando zancadas, con la intención de separarlos y echarle una buena bronca a su pupila, pero se detuvo al darse cuenta de que la atmósfera entre los dos había cambiado una vez más.
Adela, alarmada, sujetaba a su compañero y le pedía perdón una y otra vez mientras le preguntaba si estaba bien, a lo que él respondía simplemente asintiendo con la cabeza, luchando por tomar aire.
Pasó casi un minuto hasta que Juan José pudo finalmente respirar con normalidad, para entonces ambos se habían sentado juntos, y ella le daba instrucciones para ayudarlo a acompasar su respiración y oxigenarse de nuevo.
- ¿Te encuentras mejor, chaval? – dijo al hechicero mientras le tendía una botella de agua – toma, bebe, te ayudará a relajar el diafragma.
- S-sí, gracias – aceptó el ofrecimiento y, antes de que nadie le diera ninguna instrucción, abrió la botella y empezó a beber lentamente. Aparentemente, ya sabía cómo tratar con ese tipo de vicisitudes.
- Lo siento… - a su lado, Adela lo miraba, arrepentida y apesumbrada – Se supone que debía limitarme a marcar los golpes, me he dejado llevar.
Juan dejó de beber y negó inmediatamente con la cabeza.
- No, menos de esto habría sido decepcionante – por un segundo, sus ojos brillaron con entusiasmo - ¡Ha sido impresionante! ¡He intentado moverme a tu alrededor y confundirte, pero eres más rápida y precisa que antes! ¡No me he sentido a salvo en ningún momento!
Suspiró aliviada. Juan no estaba molesto con ella, menos mal…
- Tú también – respondió ella – te movías mejor y más rápido, y esa magia ¿Qué era? – según se relajaba, su expresión se teñía de curiosidad – Ni los golpes más potentes que he lanzado han podido traspasarla.
Jesús los observó mientras hablaban, sintiendo que había perdido la oportunidad de regañar a su pupila por su irresponsabilidad ¡Cualquiera se metía en medio ahora!
No pudo hacer otra cosa que observarlos mientras compartían sonrisas, miradas e impresiones. Habían creado un espacio para ellos solos otra vez, y ni de coña podía irrumpir en él.
Las horas posteriores fueron caóticas. Recién llegados del gimnasio se acordaron de llamar a la hermandad y, a toda prisa, lo hicieron, confirmando lo que Luisa, Antonio y Roberta ya sabían: El auténtico parte había sido recibido y la restricción sobre el pago de Adela había sido levantada, aun así, tomaron testimonio jurado a ambos adolescentes.
Durante la llamada, Juan trató de protestar por la diferencia en el trato que había recibido respecto a su compañera, ya que a él no le había sido remitida ninguna carta de aviso, no se le había retenido el pago por la misión y no había sido amenazado con la inhabilitación, pero Adela lo detuvo rápidamente, aduciendo que no merecía la pena llevar el asunto más allá.
Él aceptó, pero sólo sirvió para frustrarlo aún más, por suerte, aquello quedó olvidado cuando los padres pasaron por la habitación para dar las buenas noches a ambos y descubrieron el tremendo cardenal que se había formado en el torso del Belnades, que trató por todos los medios de aplacarlos cuando empezaron a reñir a su hija, escandalizados ante el hecho de que Adela hubiera plantado su puño - de una forma impecable, todo había que decirlo - sobre el plexo solar de su compañero.
Todo este barullo minó las pocas energías que les quedaban y cayeron rendidos apenas se tumbaron en sus respectivos lechos, sin darles tiempo a escuchar la radio, leer o siquiera conversar, más allá de intercambiar un somnoliento buenas noches.
Cuando Luisa llegó a la mañana siguiente ya estaban los dos duchados, vestidos y desayunados, preparados para partir apenas llegara el momento.
Cruzaron la puerta de la casa con decisión, y cuando Adela se dio la vuelta para dar un beso de despedida a su madre Juan lo hizo también, abrazándola y agradeciéndole los cuidados que le habían brindado durante aquellos dos días.
Cuando el Jeep arrancó sus expresiones cambiaron por completo. Ya no había marcha atrás.
Su segunda misión les esperaba.
