RELOJES ROTOS por HYPAROVA
.:*TRADUCCION AUTORIZADA*:.
Nota de la Traductora: Quiero dar las GRACIAS a la autora de este fanfic: "Hyparova", quien me ha concedido el honor de traducir su historia a nuestro idioma.
Mi traducción no será "literal", como ya saben (aquellos que han leído alguna de mis traducciones anteriores entenderán este aspecto propio de mi trabajo) ya que las diferencias de idiosincrasia de nuestras lenguas, en ocasiones, modifican la fuerza del argumento o la esencia del relato, así que, traduciré esa esencia por encima de todo, aunque ello no provenga de un traslado idiomático "palabra por palabra"
UA ubicado entre la XIV Temporada y/o el inicio de la Temporada Final (XV)
Más notas al final
Capítulo I: 11.42 pm
Si ella no lo hubiera dicho allí, mientras estaban atrapados en una joyería barata, sin más testigos que un psicópata y su peón (apuntando hacia ellos con una 9 milímetros), además de una empleada traumatizada y tendida en el suelo con una herida de bala. A veces pensaba en ella, y esperaba que –por lo menos- le hubiese dado un aumento por ese turno extra. Si no hubiera sido por eso, quizá no estarían jugando, meses después, este juego de mierda. Así que, bueno, sería un eufemismo decir que –definitivamente- también se habría reído de ella y «su asustada» pero aún encantadora cara. Pero, seamos honestos: Esbozar una sonrisa no era exactamente el estado de ánimo en el que se hallaba en ese mismo momento.
Esa es la verdad.
Nunca hubiera pensado que este juego se convertiría en un hecho tan regular entre los dos, y menos aún, en el factor estresante que la empujó a engañar -con él- a su esposo por siete años.
Tal vez ella solo lo llamó, y adiós. Le hablaría de cómo estaban todos agotados por este lamentable caso en Filadelfia que parecía no darles nada más que un montón de incidentes al azar. "Estaba llamando para decirte que estoy pensando en ti, y para disculparme si no respondo a tus mensajes de texto, siempre. No es que no quiera hacerlo, solo que hemos estado muy ocupados, ya sabes." Sí, ella ciertamente diría algo en esa línea.
Eso no lo sorprendería, en este punto. A pesar de que era más de la 1 de la madrugada.
Tampoco se sorprendió cuando su teléfono vibró en el bolsillo de su pantalón. A estas alturas, no necesitaba mirar para saber que se trataba de ella y que estaba a punto de hacerle -por enésima vez- esa maldita pregunta. Tan puntual como un reloj.
"Sabía que estarías despierto", comienza ella, su voz cansada vibrando a través del teléfono.
Él se sienta al borde de la cama, con las piernas abiertas y los codos apoyados en las rodillas, esperando a que vaya directo al grano. Participar en algún tipo de pequeña-charla, simplemente, no parece lo correcto, en cierta manera.
"Entonces, Spence... ¿Verdad o reto?"
"Reto."
"Hmph, veo un gran patrón formándose por estos días", se burla de él
"Solo suéltalo, JJ", dice con un suspiro, sus ojos comienzan a arder por falta de sueño
"Ven a mi habitación. Y ven equipado", enfatiza en la última palabra
Cuelga al instante, ya que no hay necesidad de esperar por una respuesta. Él es un participante dispuesto en este juego y, como lo ha hecho desde su primer turno, irá tan lejos como ella se lo permita. Incluso, si la adrenalina que corría por sus venas, en las primeras ocasiones, había comenzado a desvanecerse. Incluso, si él, el genio, que ha sabido la respuesta correcta desde el principio, sigue escogiendo la respuesta equivocada.
Él ha estado considerando -durante algunas semanas- detener su relación, o cualquiera que sea la palabra: "La etiqueta" que puede usar para describirla. Ya no son mejores amigos, mucho menos hermanos o familia. Ha estado considerando volver a lo que eran antes del juego, cuando nadie estaba sufriendo, excepto él. Cuando se sentía más fácil relacionarse con la idea romántica del «amante maldito», condenado a mantener todo dentro de sí mismo, en lugar de verse como un egoísta-destructor-de-hogares.
Bueno, eso fue un poco exagerado.
Y hablando de ello. No es como si no lo entendiera, como si jamás hubiese usado a su familia rota o su atormentada juventud para normalizar cualquier cosa. De lo contrario, podría haber hallado un pretexto, o algo así, pero, ni siquiera podía alegar ignorancia (¿sería posible, quiero decir, no es el punto si uno tiene un recuerdo eidético?). Y solo porque sus sinapsis nunca le dan un descanso (maldición, ¿podrías callarte por una vez?) imaginó a su madre, de la nada, sus rasgos maduros tallados con la preocupación (y conmoción). Un escalofrío recorrió su columna por un segundo cuando se dio cuenta, en ese justo momento, que agradecía al cielo por su condición. Es lo mejor, su Alzheimer. Él no se reconoce a sí mismo, ¿cómo podría ella?
¡Maldita sea! Su garganta se tensó y siguió tensando hasta que no pudo soportarlo más. ¡Joder!, creyó estar a punto de colapsar, en esa habitación -mínimamente amoblada- en el noreste de Filadelfia y para cuando los paramédicos recuperaran su cuerpo inerte, sus colegas se preguntarán por qué su Spencer tenía una caja de condones a medio acabar, escondida en las profundidades de su mochila de mensajero. ¡No!, esto no puede estar sucediendo, tenía que hacer algo (cualquier cosa) para detener la sensación de asfixia. Gracias a Dios, sus manos finalmente reaccionaron a las señales de advertencia que su cerebro había estado enviando durante minutos y, antes de rendirse, su corbata se aflojó alrededor de su cuello. Mejor, mucho mejor.
Se inclinó sobre el lavabo, todavía jadeando y observó su reflejo por unos segundos hasta que se quedó atrapado en esta visión: El hombre en el espejo es el mismo que recordaba de hace trece años atrás, en el baño de la estación de policía de Groton. Por supuesto, ha cambiado mucho, físicamente hablando. La mayoría de esos cambios han sido para mejor, como a sus amigos les encanta recordarle. Pero algunas cosas no varían (pese a los años) y esos temblorosos párpados que intentan ocultar el desastre en el que se están hundiendo sus ojos, son tan solo un ejemplo. Él puede estar limpio ahora, pero esta mujer, ella es otro tipo de droga. Tan dulce e intoxicante como el Dilaudid, cada dosis corresponde a la cantidad máxima administrable.
Y como salta la pregunta a su cabeza, también llega su respuesta: Es inútil tratar de parar, Gideon ya no está aquí para devolverlo al buen camino.
Así que toma una de esas envolturas brillantes y cuadradas, la entierra en el fondo del bolsillo delantero de su pantalón y se dirige directamente a su habitación.
Él ha tenido -todo el tiempo- la respuesta correcta para esta pregunta pero, elige arruinarlo una vez más.
No necesita llamar a la puerta, ni susurrar su nombre. Ella la dejó entreabierta para él. Eso lo hace suspirar en su interior, debía suponerlo, la conoce muy bien. Él solo tiene que empujar un poco para abalanzarse sobre ella, acariciarle el rostro angelical con ambas manos y dejar que su boca en llamas recorra los cremosos labios de ella… Su piel.
Podía darse una bofetada en el rostro cada vez que hacen esto, por razones encontradas. Una, por acariciarla, de una manera que su conciencia ya no se lo permite. La otra, por dejarla volver con su esposo cada vez que regresan a la capital.
Solo duermen juntos cuando están lejos, en un caso. Ni una sola vez en su departamento, y menos en casa de ella: ¿Dónde harían el amor, en su cama matrimonial? En el sofá en el que sus hijos acostumbran ver los dibujos animados, con un tazón de Honey Nut Cheerios en sus pequeñas manos; ¿el mismo en el que su marido saborea una Budweiser mientras culpa, alienta o abuchea a los Pelícanos de Nueva Orleans? Seguro que a algunos hombres los excitaría la sola idea de quebrar las reglas, y también es cierto que, entre su droga-adicción, la prisión y ahora el adulterio, sus posibilidades de llegar al cielo están considerablemente amenazadas, pero Dios no permitas que lleguemos tan lejos.
Por ahora, la habitación de un motel cualquiera, reservada para los ejecutivos de la UAC, funcionan bien para él.
Por ahora.
En ese mismo momento, JJ cierne sus dedos -de forma habilidosa- sobre el dobladillo de su camisa abotonada, casi arrancándosela. Una profunda sensación de deseo se cuela en su voz cuando le dice: "Te extrañé, te extrañé tanto, no imaginas cuánto te extrañé"
"Lo sé" respira él. "Lo sé"
Por supuesto que lo sabe. Él ha vivido con ese sentimiento, enterrado dentro de su pecho, durante quince años.
La realización de este hecho le baja los ánimos, y le pesa tomarse su tiempo, solo por unos segundos. Él sostiene su mano, la deja suspendida a medio camino entre sus caras, entonces ella la acerca a su mejilla. Nada es más simple y, sin embargo, este gesto es lo que lo devuelve un poco a la calma. Dura solo unos instantes, dándole tiempo suficiente para ralentizar los latidos de su corazón, y en un abrir y cerrar de ojos, su angustia desaparece.
Y como si ella hubiera recibido algún tipo de señal, cierra la brecha entre ambos, se enreda en su abrazo y empuja sus cuerpos sobre la cama.
"¿Crees que no me fijé en la forma en que me mirabas durante el día? ¿Todos los días que estuvimos en Quántico? ¡Rayos, Spence!, no puedo esperar más. Por favor, no me hagas esperar más", le ruega, sus piernas presionando contra sus costados.
Él no puede negarle nada, ella lo sabe. Sabe -a ciencia cierta- que no puede resistirse a sus gemidos, a sus ojos vidriosos. A la forma en que inclina su cabeza hacia atrás y sus ojos hacia arriba, mechones de cabello dorado pegados a su rostro, destacando sus rasgos más hermosos.
La loca teoría de la habituación no podía aplicarse a esto.
Había leído toneladas de investigación sobre la misma cuestión. Incluso lo invitaron a un simposio en la Universidad de Columbia Británica para discutir el concepto. Resulta que los psicólogos y neurobiólogos llegaron a un consenso: Cuanto más largo y frecuente se presenta un estímulo, es más probable que se produzca la habituación. Era un hecho científico, empíricamente observado, infalible. Y teniendo en cuenta el hecho de que había estado expuesto a su rostro -de manera más o menos continua durante los últimos dieciséis años, cuatro meses y trece días- sus receptores sensoriales deberían haber regulado su respuesta al estímulo hace mucho, mucho tiempo. Y aun así, cada vez que veía esos grandes (y brillantes) ojos azules, reluctantes sobre él, sentía el mismo hormigueo invariable en la parte inferior de su abdomen.
Sí, la habituación puede irse a la mierda.
Ella se inclina sobre su pecho, el cabello sedoso haciéndole cosquillas en la nariz. Sonríe contra sus labios cuando siente el bulto que crece en los pantalones de él, su virilidad se endurece a medida que la lengua de JJ se adentra en su boca. Él toma su cara, esta maldita cara de la que nunca se cansará, presiona sus dedos contra su cuero cabelludo y cuando ella torpemente trata de deshacerse de su blusa, él jadea un: "no, déjame hacerlo", y de seguro que cuando él le habla así ella no puede hacer más que complacerlo. La camisa de ella cae al suelo y su sujetador la sigue en un instante.
Como de costumbre, él no puede resistirse a seguir los sinuosos senderos trazados por las ligeras estrías que cubren su estómago, deambula de un lado a otro, se detiene y comienza de nuevo. Cuando ninguno de ellos puede soportarlo más, la toma por la cintura e invierte sus posiciones y contempla a su amante en esta nueva vista: Su pecho desnudo iluminado por las esporádicas luces rojas que salen del reloj en la mesita de noche. No debería parpadear de esta manera, podría apostar a que ella lo apagó para cargar su teléfono y al volver a conectarlo, se olvidó de configurarlo. Esto no debía distraerlo, la idea -ni siquiera- debió haber cruzado por su mente en primer lugar, aún así lo molesta y no puede evitar preguntarse por qué esos números rojos, destellantes, al fondo de sus globos oculares, parecen advertirle de una catástrofe inminente.
Definitivamente algo sucederá mañana, a las 11:42, de lo contrario, ¿por qué tanto problema?
Está a punto de moverse hacia el reloj y preguntarle qué piensa que podría ocurrir, pero en lugar de eso, se enfoca en unos ojos suplicantes (y un ceño fruncido) que lo observan, y él –sencillamente- no puede resistirlos. Cada uno se ocupa en deshacer su propio pantalón, casi parece una competencia, o una coreografía. ¡No!, definitivamente una pelea en la que JJ vence a su oponente con algunos movimientos apresurados y febriles. Una vez que se completa su misión, ella solo acepta exponerse a él en la misma medida que lo hace, nivelar sus muslos desnudos, comparar el grado de su excitación. ¡Ugh!, no tanto como ella pensaba.
Él está en llamas por ella, no lo malinterpreten. Si no fuera por ese maldito reloj roto, ya la habría hecho suya, estaría dentro de ella, ¡carajo!, estarían sudando juntos, maldiciendo juntos. Amándola. Él sacude la cabeza, toma un condón de sus pantalones, lo desenrolla sobre su miembro. Y falla.
"Mierda. ¿Podrías, uhm... Podrías ocuparte de esto?"
Su cara se siente increíblemente roja, nunca pensó que alguna vez sucedería con JJ, ahora ella debe resentirse con él por ser tan débil. Seguro lamentará su decisión de poner en peligro su vida familiar tan perfecta, la misma que ha pasado años construyendo, por alguien que ni siquiera puede ofrecerle esta parte de sí mismo.
Pero luego se acerca a él, una sonrisa socarrona creciendo en su rostro, y la forma en que le dice: "lo que sea por ti, Spence", hace temblar ligeramente su barbilla. No debía haber dudado de ella.
Ella comenzó besándolo suavemente en los labios, luego fue descendiendo en dirección a su virilidad. Se tomó todo el tiempo del mundo cuando llegó a su clavícula, su punto débil, lo había aprendido rápidamente. Esto se siente fantástico. Ella siguió bajando hasta tocarle el sexo con sus labios, él sintió su sonrisa cuando lo tomó en su suave boca. Él podía jurar que estaba al límite, una vez más. Su sangre concentrándose en un solo punto de su anatomía al verla mover su miembro, golpes de lengua aquí y allá, y ¡oh Dios!, ella lo iba a hacer acabar, pronto, eso es seguro, algo en lo que la habituación nunca podría entrometerse. Él pasa su mano derecha por el cabello arenoso de ella, ese amado cabello dorado, y al hacerlo se vuelve a un tono rosado, otra vez rubio, de nuevo rosado. La cabeza le da vueltas, ¡maldita sea!, ¿11: 42 pm de qué? Él va y viene a través de su memoria eidética, buscando cualquier hecho que pueda referirse a esa hora de la noche.
Busca, selecciona, verifica. Y vuelve a hacerlo, todo de nuevo.
¡Oh, era eso! ¿Cómo pude olvidarlo? Estaban rodeados de relojes y relojes allí. Ahora se ve a sí mismo en sus recuerdos, controlando la hora, cada pocos minutos. Se trató de ese día. Eran las 11:42 pm cuando disparó a matar a Casey en esa joyería.
Pensó que había terminado. Esa noche, a las 11:42, estaba seguro que se hallaban fuera de peligro. Se había acabado el miedo constante de ser testigo de cómo podrían volar los sesos de ella hasta incrustarse en la alfombra gris. Se había acabado el mórbido juego de verdad o reto.
Pero, ¿quiénes juegan ahora?
Su respiración profunda lo devolvió al momento, de regreso a esta realidad en la que su miembro perdió vigor entre las manos de su amante. ¡Mierda!
"¿Hice algo mal?" Le preguntó ella, un atisbo de culpabilidad en su voz
"¿Qué? ¡No! Es una tontería, ni siquiera me creerías, si te digo que... Es solo esa luz que me sigue fastidiando, lo siento"
Ella considera su respuesta por un segundo antes de sonreír, "¿Entonces, me estás diciendo, que puedo hacerte acabar en el asiento de un todoterreno, mientras estamos de servicio, pero una luz intermitente te saca de concentración?"
¡Ah!, eso es correcto. Se sonroja un poco al recordar (y encuentra una manera de torcer sus labios, cerrar los ojos y dejar los dientes visibles).
Habían sido llamados a un caso en Orlando, hace un mes, su sospechoso –intencionalmente-les estaba dejando "migas de pan" tras cada asesinato. Una cosa condujo a otra y dedujeron la ubicación de su próximo objetivo, basándose en esas pistas. Excepto que, la costa sureste del lago Louisa era tan amplia que tuvieron que dividirlos en tres autos diferentes para abarcar toda el área y, por supuesto, Emily lo asoció con JJ. Y, bueno, no habían podido jugar por un tiempo y era su turno. Entonces, quiso ir por algo realmente loco: El repentino desarrollo en su vida amorosa le estaba dando algunas alas y, esta vez, él no quería esperar a despertarse en el medio de la noche para poder consumar ese repentino-desarrollo, así que, cuando ella había ido por un "reto", le dijo: "Apuesto a que no eres capaz de hacerme correr aquí mismo y ahora". Y ese día, en las afueras del lago Louisa, supo (en un estallido pirotécnico) que era inútil apostar contra ella.
"Supongo que me atrapaste" Él tomó un mechón de su cabello y lo metió detrás de su oreja. "Por favor, recuéstate, déjame compensarte"
No hay necesidad de volverlo a pedir. Los dedos de los pies de ella se encogieron con la anticipación, como si reviviera la sensación de pura de felicidad que su lengua y sus manos (e incluso sus respiraciones) le daban cada vez que se posa sobre ella. Se situó al final de la cama matrimonial, mientras él rozaba las yemas de sus dedos –suavemente- contra las piernas de ella, su piel se erizó al contacto, inmediatamente. Bueno. Cuando los labios de él encontraron las caras internas de sus rodillas y vagó aquí y allá, y ¡oh, sí!, aquí nuevamente, ella se quedó sin aliento, dividida entre lo que ya estaba allí y lo que podría venir.
De repente, las cejas de JJ se contrajeron un instante ante una idea incómoda que ocupó su mente, el paralelismo absurdo entre los besos que su amante le estaba dando y, digamos, el desastre que es su relación actual. Un segundo después, cuando la boca de él sube y sube, mordiendo cada fragmento de piel en su ascenso, su visión se nubló hasta el punto de preguntarse por qué el cielo siempre era tan brillante: Y mandó al diablo toda su confusión interna.
Abajo, Spencer siente una mano correr firmemente por sus cabellos rizados, acariciando mechones aquí y agarrando otros allá. Él se aferra aún más a sus muslos: Piensa en ella con deseo y la siente humedecerse por él cuando hunde su pulgar entre sus labios y encuentra su clítoris hinchado. Ella gime más fuerte con cada avance, tan fuerte ahora que él duda si convendría frenar el ritmo; deberían ser más cuidadosos, cualquiera podría escucharlos, hacerles saber lo errado de todo esto. Convencerlos de que se detengan. Sí, deberían hacerlo. Sabe que deberían; ambos lo saben. No importa cuánto quiera seguir, esto está mal. Espera, ¿seguro que esto está realmente mal?
Pero, se siente tan bien tocarla, chupar y lamer como si su cordura dependiera de ello. Es tan correcto mirar cómo le tiemblan las piernas, escucharla decirle, como una canción repetida: No pares bebé, esto es tan bueno, por favor, no pares. Sí, así, nunca pares. No puede evitar que un gemido ahogado escape de sus labios, ¡Oh, sí!, eso puede estar mal, pero ¿cómo podría detenerse? Su pelvis se eleva bajo su agarre, él empuja el sexo de ella más profundamente en su boca, contra su lengua, mientras la oye gritar su nombre en staccato y cuando cinco, no, seis segundos después su trasero cae nuevamente sobre el colchón, él sabe –satisfecho- que hizo que se viniera.
Se toma unos minutos para recobrar la compostura (inhalar, exhalar), se limpia la boca con un solo movimiento sobre las sábanas blancas y, finalmente, se une a ella en la cabecera de la cama.
Lucía tan pacífica, con su cuerpo desnudo y estirada como un gatito. Si no fuera por sus mejillas sonrosadas y los mechones de cabello pegados por el sudor, podría pensarse que estaba dormida. Él también se siente cansado. Desearía poder mandar todo a la mierda y dormir entre sus brazos, solo por una vez Estaría soñando, eso es seguro. Su mente no se molestaría en inventar algún guión loco en el que atraparía con éxito al Camaleón o, en un género completamente diferente, donde evadiría el tráfico de la I-95 para llegar a tiempo a su propia boda o presenciar el nacimiento de su primer hijo o hija. No, él –simplemente- estaría soñando con una realidad alternativa en la que estaría durmiendo en sus brazos, esta vez en DC, en una casa compartida. Su frente se arruga: De alguna manera, el escenario Camaleón suena más plausible.
Tal vez sus pensamientos eran demasiado fuertes y eso la hizo despabilarse. Se estiró un poco más hacia él, aplacándolo; cubrió su pecho con su brazo izquierdo, sus pezones rozándole las costillas.
"¿Te dije que te extrañé?" Ella pregunta con una risita simple y genuina
"Lo hiciste. Cuatro veces, en realidad"
"¿Ah sí? Sabes que nunca recuerdo mucho después. De todos modos, una semana entera sin esa lengua tuya. Se sintió como una eternidad. Gracias a Dios que reservaron habitaciones individuales esta vez"
Estuvo de acuerdo con una suave sonrisa, todavía preocupado por la disfunción eréctil que experimentó minutos antes, pero agradecido de que no hayan discutido el tema. Y antes de poder contenerlo, un bostezo profundo y largo se liberó de su boca. Sí, realmente estaba agotado. Tal vez sean ya más de las 2 de la madrugada. Se sintió tentado -por un segundo- a verificar esta afirmación en el despertador, pero la luz parpadeante en su visión periférica le impidió hacerlo, y realmente debería ponerse en marcha, si no quieren levantar ninguna sospecha. Él se enderezó, se liberó de su agarre y levantó su ropa esparcida por el suelo. Los ganchos más externo del sujetador de ella se enredaron en el dobladillo de su camisa. Después de algunos torpes intentos, finalmente logró desatarlos sin desgarrarlos o estropearlos.
Cuando terminó de vestirse, listo para volver a su habitación, la oyó decir: "Quédate conmigo"
No era una pregunta. Ella también se había incorporado, sus ojos claros, lejos de la nube de endorfinas de antes. Lo que le resultó inquietante. Ella nunca le había pedido que se quedara con ella. Nunca.
Él tomó un respiro. "Sabes que no podemos, podría haber un avance en cualquier momento". Ella todavía no se inmuta. "Mira, me encantaría, de verdad. Pero imagina si Emily aparece en la puerta y nos ve así... Esto. Ya no sería un juego"
Las cejas de JJ se fruncen ligeramente ante la palabra 'juego' y él se pregunta si, tal vez, la lastimó al decirlo. Sin embargo, esa es la verdad. Llamarlo un juego ha sido lo único que los mantiene separados de la realidad de lo que hacen. Es una forma de distorsionar los hechos; digamos que, si alguien está a punto de gritarles sobre su adulterio, entonces, simplemente, tendrían que parecer ofendidos y replicar que solo habían estado jugando un juego. Un juego terrible y perverso. Pero un juego al fin.
"Muy bien, hiciste un punto. Como siempre", dice ella, finalmente.
Se hundió de nuevo en las sábanas y abrazó la almohada. Era hora de irse. Una última mirada a su deslumbrante figura y él caminaría directamente hacia la puerta, con la cabeza baja.
"Espera, no tomaste tu turno"
Él la enfrenta de nuevo. "¿Disculpa?"
"Tu turno, ya sabes, te toca preguntar: 'Verdad o Reto'. Por lo general estás muy ansioso por hacerme la pregunta. Así que… Adelante, pregunta".
Era como si su estómago se hubiera abierto en dos, absorbiendo todas las bacterias de un ambiente contaminado. Podría repetirle que lo ama, la verdad es que solo lo ha dicho a puerta cerrada, ya sea en la humedad de sus habitaciones de hotel o en el calor de la acción, mientras estaban en el campo. No importa lo que ella quisiera decirle, siempre había sido un juego para ella. Ni más, ni menos.
"No estoy realmente inspirado ahora. Quizás en otro momento".
Y salió de la habitación: Lejos de su olor reconfortante, su reloj inquietante. Tal vez en otro momento.
Nota de Traducción II: Al culminar este primer capítulo debo expresar que es un reto para mí hacer esta traducción. La narración original contiene un lenguaje bastante fuerte, al cual no estoy acostumbrada. Sin embargo, he tratado de mantenerme fiel al original aunque, confieso, existirán sutiles cambios ya que no estoy cómoda con la narración de sexo explicito.
Si tienes alguna sugerencia u observación para mejorar la traducción (sin alterar el propósito de la autora), estaré contenta de recibir sus Mensajes Privados y editar (en caso que sea pertinente)… Gracias y feliz lectura.
LOS COMENTARIOS SIEMPRE SON BIENVENIDOS.
