Hola, antes que todo, una disculpa por la demora en esta entrega, pero ya al fin puedo publicar este final. Fue muy emotivo para mí escribirlo.
Y como mencioné en mi página de FB hace una o dos semanas; este capítulo viene con una bella SORPRESA al final. Así que, les daré más detalles en las N/A :3
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Capítulo IV
Trascender; dos almas un sólo ser.
—¿Madre…?
—Inu-Yasha… —Fue todo lo que pudo pronunciar.
Su nerviosismo se presentó cual niña acababa de ser descubierta haciendo algo indebido. Izayoi no sabía cómo reaccionar ante la presencia de su hijo en aquella situación. Miró hacia atrás y vio a su esposo con semblante tranquilo y una leve sonrisa que parecía de orgullo al ver por primera vez a su pequeño cachorro.
InuYasha clavó la vista a lo que estaba tras la espalda de su madre, frunció el ceño y caminó con lentitud hacia allá. El silencio sepulcral que se produjo en la habitación, fue truncado por las pisadas del pequeño hanyō. Aunque el único ruido que Izayoi oía, era el sonoro percutir de su propio corazón.
—Inu-InuYasha… Yo puedo expli…
—No te preocupes, Izayoi. Él no puede verme… tampoco puede oírme —interrumpió su esposo sin perder de vista a su cachorro que se acercaba hacia su ubicación a paso seguro. Se hizo a un lado y lo dejó pasar.
»Sólo tu mujer te podrá ver, oír y sentir, porque el incienso también está conectado a ella. En cuanto a otras personas: sólo podrás verlas y percibir la energía espiritual, más no podrás sentir su tacto.« Recordó la advertencia de Haruko.
InuYasha se detuvo frente a la mesita y señalando con su dedo el incensario que seguía humeando en una débil línea vertical, dijo:
—Esta es la esencia con la que estaba soñando... viene justo desde aquí.
Tōga fue junto a él y se puso en cuclillas para quedar a igual altura. Observaba y admiraba con presunción el perfil de su hijo al comprobar la similitud con él: ojos dorados, cabello plateado y sus orejas, pese a ser casi lo único diferente; las miró con fascinación.
—¿Te… molesta, hijo? —preguntó temerosa, pues no podía por ningún motivo apagar aquel incienso.
—No —respondió el pequeño mirando a su madre, dedicándole una tierna sonrisa—: De hecho me agrada —añadió.
Izayoi esbozó un intento de sonrisa emocionada, pero en seguida la conmoción la superó: se llevó las manos a la boca y a sus ojos, asomaron unas lágrimas que sin permiso descendieron rápidamente por sus mejillas.
—¿Estás bien, madre?
Izayoi asintió con la cabeza. El nudo en la garganta le impedía hablar y el peso de todos los sentimientos que surgían en su interior la hicieron llevar inconscientemente sus rodillas al suelo. Porque, cargar con ese impactante momento no era para nada fácil. Es decir, tenía frente a ella a las dos personas que amaba más que a su propia vida pero… aún así, no podía gritar de emoción porque su esposo logró conocer a su hijo; y tampoco podía llorar de dolor porque su pequeño no se podía enterar de la presencia de su padre junto a él.
¡Por Dios!... Era una escena tan hermosa y tan despiadada a la vez, que sólo podía igualarlo a renacer y enseguida morir desangrada.
InuYasha no pasó por alto el actuar de su madre, así que, fue hacia donde ella, y la observó unos breves instantes ahí: hincada en el suelo, con los ojos aguados como muchas mañanas. Intentó dilucidar lo que sucedía, pues desde hace unos días, él olía en ella la fragancia salada de sus lágrimas. Y cuando por la mañana él preguntó acerca de su padre y ella lo abrazó; pudo notar un leve temblor en el cuerpo de su progenitora. Aquello le hizo comprender la razón de esa tristeza y pensó que pese a sus cinco años, él era el hombre de la casa y debía proteger a su madre.
—Sé por qué lloras… —dijo limpiando con sus pequeños dedos las lágrimas de la única mujer que le daba todo el amor, el cariño y cuidado que él necesitaba—. Pero yo puedo protegerte, madre. No necesitas a papá.
Las palabras de InuYasha fueron como el acero frío de una katana atravesando el pecho de Tōga. Como si su propio hijo lo mandara de regreso al inframundo de un solo aventón. Pero sobre la misma, emergió un sentimiento mayor en el ofendido padre, pues la valentía y determinación que demostraba su cachorro para proteger a la mujer que ambos amaban: era digno de admirar.
Tōga sonrió… Porque no esperaba menos de él. Porque esa era la actitud correcta frente a la situación y en su lugar: él habría hecho lo mismo.
Orgullo… Ese era el sentimiento de mayor envergadura... no podía sentir algo más grande que orgullo y amor por su pequeño hanyō. Por su hijo: InuYasha.
Izayoi con sus ojos temblando, miraba a su hijo y comprendió que hizo mal en haberlo subestimado todo este tiempo. InuYasha no era un niño ordinario y ella ya tenía que entender eso. No podía pretender que él no se enterase de nada con respecto a su tormento, sobretodo si ella resultaba ser tan evidente. Sí, su hijo acababa de estampar esa realidad frente a ella, demostrándole que su absurdo intento de ocultar su sufrimiento había sido en vano.
—Mi valiente niño —dijo acariciando el rostro de su hijo—. Estoy segura de que, si tu padre estuviera aquí y viera lo maravilloso que eres, se sentiría orgulloso de ti y te amaría tanto como yo… Sé que me proteges, cariño; me hace feliz que quieras hacerlo, pero... quiero que sepas esto: tu padre es parte nuestra, es parte de este hogar también, y siempre vivirá en nuestros corazones. Aunque no tengas recuerdos con él —apoyó una mano en el pecho del pequeño y continuó—: Él está en ti y también vive en mí.
El pequeño que mantenía su semblante serio, asintió a las palabras de su madre y esta, le dio un fuerte abrazo. Más en ese abrazo, Izayoi se prometió no volver a ocultar su sentir frente a su hijo y buscaría en realidad un apoyo en él. Después de todo, mañana sería otro día y ellos volverían a tenerse sólo el uno al otro.
Pronto el pequeño protector, sintió mucho sueño. Se restregó con su puño un ojo, bostezó y pidió a su madre que lo acompañase a su habitación. A lo que Izayoi accedió sin dudar.
...
Su pequeño cuerpo se acurrucaba junto al pecho de su madre. No había nada más reconfortante que ese cálido lugar; ese espacio que lo conectaba al cariño devoto de la mujer que le dio la vida. Nada lo hacía más feliz que estar a su lado y por eso él, siendo tan pequeño aún, se exigía a sí mismo protegerla.
La canción de cuna que cantaba Izayoi casi todas las noches, comenzaba a provocar los efectos en InuYasha; sus párpados cedían a cerrarse para dar paso a un profundo sueño...
En el suelo, junto a la espalda de InuYasha donde Tōga se sentó, sus curiosos ojos observaban con atención aquella íntima y significativa escena. Por primera vez, el Inu daiyōkai presenciaba el sagrado momento en que un cachorro era arrullado por su madre para hacer que conciliara el sueño bajo sus caricias, aunado a un canto de cuna tan hechizante y tranquilizador como la voz de una Ninfa celestial. Oír el canto de Izayoi y observar ese momento… Era simplemente energía revitalizante para su alma.
Era mágico...
Palabras tan hermosas… Frases tan significativas y profundas que se expresaban perfectas en el fluir de esa bella canción... Realmente no podía sentir más admiración por su mujer; ella era impresionante.
—¿Puedo? —preguntó estirando su brazo, posando su mano sobre la de su mujer, pues aunque solo pudiese percibir la energía, en su interior surgió la necesidad de continuar él con esas caricias en la cabeza de su pequeño cachorro. Izayoi asintió levemente y con suavidad quitó su mano permitiendo que su esposo lo acariciara.
Mientras hacía la labor, Tōga recordó ese momento del pasado que pudo haber sido sublime ante el nacimiento de su hijo, pero que fue pisoteado por la tragedia y el dolor. Conocer a InuYasha se volvió algo fugaz; no tuvo siquiera tiempo de apreciarlo o de felicitar a su esposa por su ardua labor de traer un hijo al mundo; debía protegerlos a toda costa y esa era la única prioridad en ese momento. Por eso es que sólo pudo darle su nombre y nada más.
Pero ahora que tenía esa única oportunidad, lo miraba como a una obra de arte. Y es que para él, InuYasha lo era. Era un ser híbrido creado con el amor más real y sincero entre esa bella humana y él: un demonio. Ese pequeño portaba su sangre en las venas, podía distinguir la esencia demoníaca que fluía dentro de él. Pero lo que más llamaba su atención, era el gran espíritu que percibía en su hijo al acariciarlo, aquel espíritu guerrero que tendría que fortalecer por sus propios méritos para lograr sobrevivir y luchar frente a cualquier adversidad.
Ineludible era la conmoción de aquel momento para Izayoi. Pese a que las circunstancias no lo hacían un momento perfecto. Aún así; daba gracias por vivir aquel instante, porque lo atesoraría eternamente en su corazón. Y en un futuro cuando InuYasha creciera y pudiera comprender mejor las cosas, tal vez ella tendría la oportunidad de contarle acerca de este bello momento con su padre.
…
De regreso en su habitación Izayoi se dirigió hacia el incensario. Erguida frente a este, miró con desazón el polvillo que se consumía en el interior.
«Aún queda tiempo», pensó para sí misma.
Tenía la tortuosa inquietud respecto al acotado tiempo, pero... No lograba formular la pregunta porque en realidad; no quería oír la respuesta.
Y es que... Definitivamente no se sentía preparada para decirle adiós.
Simplemente… no podía.
Y justo cuando sus miedos regresaban, sintió en su espalda el calor de su esposo apegándose a su cuerpo. Las manos de Tōga acariciaron sus brazos en forma ascendente hasta los hombros. Le deslizó su largo cabello hacia un solo lado para despejar su cuello y besar con suavidad aquella delicada y sensible zona.
—Eso que acabo de ver entre tú e InuYasha, fue increíble —habló con voz ronca, casi sin separar sus labios del cuello de su mujer y volvió a depositar otro beso, esta vez más cerca de la oreja, mientras con la otra mano rodeaba la cintura, avanzó medio paso para pegar más su torso a la espalda de ella. —Esa fue la canción más hermosa que escuché en toda mi existencia… es perfecta para él.
Izayoi esbozó una leve sonrisa al oír tal elogio.
—Es una canción que escribí cuando InuYasha era un bebé, pensando en las posibilidades de lo que el destino le depara; cuando él ya sea un guerrero; como tú.
—Lo será, se que será un gran guerrero y tiene la misma necesidad que yo de protegerte y mantenerte a su lado —dijo suspirando y la rodeó en un abrazo.
Se hizo un silencio…
Izayoi cerró sus ojos, atesorando ese abrazo tan protector de su esposo, ese abrazo que decía tantas cosas sin necesidad de emitir palabras… Las manos de Tōga envolvían la angosta cintura mientras descansaba su barbilla en el hombro de su mujer. No obstante, dicha cercanía, le provocó deseos de acariciarla con mayor detalle…
Incursionó una de sus manos desde el abdomen... ascendió con lentitud pasando sobre el relieve de los senos por encima del yukata, para luego detenerse en el óvalo del rostro.
Izayoi podía sentir las filosas garras que en una caricia rozaban su sien, causando hormigueos en su cabeza, mientras el dedo más ancho le acariciaba los labios.
Inclinó su cabeza hacia atrás apoyando la nuca en el lado izquierdo del pecho de Tōga e inconscientemente abrió los labios entregándose a esa caricia que tan bien se sintió…
—Izayoi… —le habló Tōga en el oído manteniendo su tono ronco y bajo en la voz— Pensé tanto en ti...
La sensación de sentir su cuerpo... Las caricias tan sigilosas que él le proporcionaba… ¡Dios! La hacía estremecer y su calor corporal aumentaba considerablemente.
Se dejó hacer por él manteniendo sus ojos cerrados.
—Te imaginé tantas veces conmigo…
Esa voz tan profunda y varonil… Ese tacto ansioso que ella volvía a sentir... Todo aquello podía disipar esos pensamientos que hasta hace unos minutos la torturaban.
Lo necesitaba…
Lo quería... a él...
—Izayoi… —Nuevamente él empleó esa voz profunda y gruesa que la seducía— Sé que puedes sentirme —dijo marcando más su tacto en la piel de la mujer, presionando con sus dedos sobre la entallada cintura—. Yo... te siento, Izayoi y te sigo deseando, como siempre lo hice —añadió secundando un beso tras la oreja de su hembra.
Los deseos febriles volvían a ella... Su pecho subía y bajaba en respiraciones más profundas que Tōga apreciaba como un erótico compás desde su posición.
—Por favor… —logró decir ella— No quiero que te vayas… —suplicó y abrió los ojos cuando sintió que él la giraba desde sus hombros para hablar ahora de frente.
—Amor… —intentó hablar, pero el resto de las palabras de Tōga se quedaron sin salida debido al impetuoso y sorpresivo beso de su mujer que le devoró la boca y su rostro fue tomado por los finos y ansiosos dedos que se aventuraban hacia su cabeza en una desesperada caricia.
Sin enterarse cómo, la coleta de Tōga se desató haciendo caer su cabello sobre sus hombros e inmediatamente, los mismos finos dedos perdieron el rumbo entre las hebras plateadas. Izayoi atraía contra sí la cabeza de Tōga, estrechando más el beso.
Electrizante…
Un beso que se profundizó e intensificó el anhelo de ambos y sin detener esa acción en su boca, las manos de Izayoi abandonaron la cascada de cabellos para ella misma desatar en su espalda el nudo de su obi y dejarlo caer.
Tōga se percató de aquel movimiento y solo pudo imaginar los deliciosos senos de su mujer sujetos a la nada bajo ese yukata semiabierto; la apretó más contra él para sentirlos en su torso…
¡Qué exquisitez!
Izayoi sintió que respirar era cada vez más dificultoso ante tantas sensaciones mezcladas y ese beso que ella inició, se volvió más férvido ante la respuesta enérgica de su amado, quien ya colaba las manos por la abertura del yukata para recorrer ese cuerpo que tanto extrañó. Incursionó a palma abierta desde las caderas, ascendiendo por la pronunciada curva de la cintura, para dirigir el curso hacia la espalda...
Deseo…
Desesperación y anhelo…
Con los pies en puntillas y con su cuerpo semidesnudo, prisionero entre esos fuertes y gruesos brazos masculinos; las manos de su esposo se paseaban por su espalda ejerciendo una deliciosa presión con las yemas que masajeaban su piel. Pues en efecto, Tōga sentía que necesitaba regresar la memoria táctil a sus manos; deseaba recuperar en su epidermis las remembranzas de cuando estas, exploraban en cada curva y relieve de esa deseable silueta.
Sus infernales sentidos demoníacos imploraban hacer ese cuerpo suyo otra vez, pues ese beso tan espontáneo y enérgico de Izayoi, había despertado los instintos más desgobernados en su interior.
Una de sus manos descendió por la base de la espalda femenina y apretó con tanto deseo uno de esos firmes glúteos que ella solo pudo gemir; pero él se robó ese gemido, pues aún le tenía prisionera la boca.
Las manos de su mujer… sus exquisitas y finas manos, no paraban de deslizarse entre su cabello, su fuerte espalda y su torso, donde ahora intentaba infiltrarse para despojarlo de su ropa… lo hacía delirar. Tōga sintió el fuego encendiéndose en su núcleo y su mirada destellaba el brillo ardiente del oro fundido.
Izayoi tomó una tregua en los labios de su amado intentando recuperar el aliento, pues sentía que ella misma quemaba su propio oxígeno. Su mano ejerció una caricia detenida en la parte de atrás de ese ancho cuello. Lo miró con desespero y dejando de lado su timidez, dijo:
—Si no puedes quedarte… Si pronto esto acabará y será el último momento que tendré junto a ti, entonces… —un exquisito color carmín resaltó sus pómulos, mientras una solitaria lágrima rodó en su mejilla— Entonces, quiero tatuarlo en mi piel, quiero sentir que respiras mi propia vida. Quiero… —tocó con la punta de dos dedos los gruesos labios— Quiero saborear este momento y no olvidarlo jamás.
El aludido se quedó mirando a los ojos de la única mujer que amó en su extensa vida y que seguiría amando hasta que su conciencia y su esencia se desvanecieran de ese mundo.
¿Saborear este momento…?
No necesitaba decírselo… Él también lo deseaba.
¿Respirar… su vida?
Pero si… ¡Ella siempre fue su razón para respirar! Ella lo sacó de esa monótona soledad, le quitó la ignorancia respecto al amor, le enseñó a vivir y a apreciar las cosas que realmente importaban.
¡Ella siempre le dio VIDA y sentido a todo!
Y ahora… ese aroma…
¡Infiernos! Esa esencia que le secaba la boca y le cortaba la respiración en el pasado; azotaba nuevamente sus fosas nasales como un embiste mortal: el dulce y delicioso aroma de sus feromonas lo llamaban a despertar y sintió que todo su ser demoníaco respondía ante ese embriagante olor…
—Hazme el amor, Tōga —suplicó apoyando sus palmas en el torso desnudo de su hombre, mirando con deseo ese cuerpo masculino. Luego sus manos ascendieron para aprisionar el rostro de él entre ambas y exigió hablándole sobre los labios—: Hazme el amor como antes lo hacías.
¡Sed!...
Sentía tanta sed de ella, que tragar saliva se volvía todo un sacrificio. Su lengua reclamaba saborear esos labios perfectamente definidos; exigían incluso lamer cada parte de su deliciosa piel.
No dudó un solo instante en liberar a su mujer del yukata exponiendo toda su desnudez para él…
Desde su altura y con lascividad en su mirada; observó y admiró completamente su deslumbrante figura… Era evidente que su esposa seguía manteniendo toda su belleza y atributos que la describen como una mujer hermosa; su silueta perfecta; sus bellos y redondos senos... y esos exquisitos pezones que definían un maravilloso color canela ¡Demonios! Izayoi desbordaba pasión en todo su esplendor… ella lo hacía delirar y salivar de tentación…
¡Claro que le haría el amor! ¡Lo deseaba más que nunca!
Cumpliendo a las exigencias de su esposa y las de su propio deseo; fue a por esos labios. Con una caricia de sus dedos que subió desde el cuello hacia el mentón, alzó el rostro de su mujer, lamió con parsimonia el labio inferior de su boca e incursionó la otra mano a un recorrido vertical y en descenso por el estrecho espacio entre sus senos, pasando lentamente por su abdomen hasta llegar a su cálido sexo.
¡Cielos! Aquel tacto y esos ardientes besos que recibía de su hombre, la tenían al borde de la ansiedad. Luchaba contra su ansiedad e impulso pero le resultaba muy difícil. Intentaba dilatar este momento, intentaba disfrutar cada sensación que él le provocaba haciéndola lo más extensa posible. Sin embargo, el suave masaje en su intimidad aumentaba su excitación a niveles insospechados. Y sentía que en cualquier momento perdería la cordura.
«Deliciosa… Sigue siendo tan deliciosa...» pensó él, mientras tocaba esa húmeda zona.
Como seres opuestos en su naturaleza «humana y demoníaca» sus almas se atraían con una fuerza descomunal y sus bocas volvieron a unirse en un enlace de deseo que sólo los podía llevar a un frenesí sin contención…
Tōga guió a su mujer hasta el futón, sin dejar de tocarla y besarla en el camino, pues de modo conveniente o inconveniente: mientras más caricias conseguía el uno del otro, más exigentes y ansiosos se volvían.
Esa mano gruesa que apretaba su seno con posesión reclamando lo que seguía siendo de él; esos besos sonando en su cuello, los colmillos rozando su piel y esa suave lengua que dejaba rastros de saliva en su pronunciada clavícula… aah… enloquecía. La excitación le quemaba los poros al punto de sentir que sus venas podrían incinerarse bajo la pasión de ser demoníaco.
Un brazo rodeó su cadera y pronto sintió el goce de la endurecida virilidad de su esposo abordándola con toda su longitud, hasta lo más profundo de su intimidad. Dejó escapar el aliento con un suave gemido que acallado en su garganta: gritaba de absoluto placer.
Volver a sentir a su hombre dentro de ella, volver a sentir el calor de su miembro quemando esa zona tan guardada siempre para él; nubló su visión como los efectos de un alucinógeno prohibido. Como un éxtasis en potencia que se liberaba de interior a exterior.
En todo su cuerpo…
En toda su alma… para llevarla junto a él, en un camino vehemente que culminaría en su máximo placer.
Sí, ellos se correspondían, se pertenecían por completo, desde el alma hasta la misma piel; eran dueños el uno del otro. Tōga lo transmitía con toda ese empeño y esa pasión que gustosamente empleaba en cada empuje de caderas contra ella; una y otra vez, ondeaba su pelvis para apretarse más en ese estrecho y delirante interior y con ese movimiento que él ejercía tan ardoroso entre sus piernas; hacía danzar los preciosos senos de su mujer como un vaivén erótico y excitante.
Jadeaban sofocados… pues se hallaban envueltos en una atmósfera que materializaba el placer...
Se miraban fijamente mientras las profundas acometidas se intensificaban y él la tomaba entera para él…
La disfrutaba…
Y su libido aumentaba desenfrenado al clavar su mirada en esos profundos ojos tan oscuros como la noche, con un brillo exquisito en las pupilas como claros destellos de amor y excitación.
—Eres tan bella, Izayoi.
Y ella… No dejaría de ver a esos orbes dorados, porque sabía cuánto eso a él le gustaba. Y así, cual oso disfruta de la más perfecta y pura miel; ambos disfrutaban de hacerse el amor; de entregarse el uno al otro liberando los deseos que sentían por el otro.
Uniéndose como dos almas que se vuelven un solo ser.
Tōga le sostuvo la parte posterior del cuello para besarla, para devorarle la boca cuantas veces él sentía que lo necesitaba. Quería llevarse el sabor de esos besos con él, se robaría la esencia de aquella suave piel junto a su calidez… o mejor… quería quedarse con ella.
Los senos de su amada, cobraban el sabor más delicioso de todo lo que alguna vez pudo probar… los disfrutaba con su boca, los calibraba con sus manos; los deleitó como un fruto prohibido. Y tal como ella lo exigió, ahí estaba él: respirando de su vida. Aferrándose a su cuerpo y tomándola enteramente para él cual fuente proveedora de vitalidad fuese.
Mientras la penetraba lenta y exquisitamente, apoyó su oreja en el pecho de ella y pese a la fricción que se creaba, escuchó el enérgico compás de ese corazón que aún le correspondía en amor y que él debía sanar; porque por eso también estaba ahí y no podía olvidar tan importante detalle.
—Ahh…—soltó Izayoi, absolutamente entregada— Ámame, Tōga.
—Te amo, amor mío —respondió agitado, alzando su rostro para verla nuevamente y añadió—: Siempre lo he hecho.
—Ámame hasta que te vayas. —dijo con voz débil y agitada tomando con su mano el rostro de su hombre, abriendo más sus piernas para él y sintiendo el hinchado miembro entrar y salir exquisitamente de su interior. Acompañando las embestidas con el ritmo propio de sus caderas.
Más que palabras, Tōga respondió con un ferviente beso… se apoderó de la boca de Izayoi, y se bebió los siguientes gemidos que él mismo le arrancó. Entrelazó los dedos de ambas manos con los de ella y las llevó sobre la cabeza de la mujer. Con más profundidad y la impotencia de no poder quedarse junto a ella; la penetró, hundiendo y apretando ambas manos contra la almohada; haciéndola temblar y vibrar de placer.
¡Claro que la amaba! De todas las formas y maneras posibles, él la amaba. Al punto de sentir que la palabra «te amo» se quedaba corta, porque no lograba siquiera abarcar el infinito amor que sentía por ella. La amaba con su vida y lo que le quedaba de existencia de su alma ¡Demonios! Quería amarla más allá incluso; si aquello fuera permitido, él lo haría.
Las lágrimas involuntarias de Izayoi bañaban sus sienes arrastrando con ellas una condenada mezcla de dolor y placer.
Y comenzaba a comprender...
«Este es mi destino, esto es lo que he grabado en mi alma y mi corazón: tú Tōga, no sólo eres mi amor, también eres mi pena, mi placer y mi dolor.»
Pensó mirándolo a los ojos mientras él liberaba una de sus manos para acariciarle el rostro. Tōga ralentizó sus movimientos, y las piernas de Izayoi temblaron levemente, pues esos movimientos circulares dentro de su sexo la desesperaban tanto que con sus piernas apretó las caderas de su hombre para gozar aún más de esa exquisita forma en que él le hacía el amor.
Lento… apretándose más contra ella…
Tōga mantuvo ese ritmo suave e intenso… Aprovechó y besó también las rojas y calientes mejillas de su amada donde se encontró con el salado sabor de tantas lágrimas derramadas.
Le dolía...
Por un demonio que eso le estrujaba el alma.
Casi sin despegarse de los labios de Tōga, manteniendo el choque de sus alientos a una mínima distancia, Izayoi se incorporó muy lentamente y cambió su posición para montarse sobre él.
La sensación de esa suave mano guiando su erección hacia donde debía entrar…
¡Infiernos, qué delicia!
—Aah, Izayoi… —dijo antecediendo sus jadeos— ¿Cómo…? ¿Cómo diablos haces para…? Aah...
—Es mi deseo —interrumpió ella—. No hay otra respuesta —dijo con una voz cargada de sensualidad y apremiante necesidad por tomar todo lo que quería de él, y enseguida lo besó en medio del marcado pecho.
Paseó su lengua por ese duro torso, pues ella también quería saborearlo; necesitaba grabar en sus papilas gustativas el sabor de su hombre. Ralentizó sus movimientos de cadera y se enderezó para observarlo con detalle, mientras las manos de Toga subían por su abdomen hasta tomar sus dos senos.
—Aah… tócame así, mi amor. habló totalmente excitada e inclinó su cabeza a un lado cerrando los ojos, gozando de esas caricias, dejándose hacer. Deseaba tanto que esas manos la tocaran sin decoro.
Abrió sus ojos y sus manos viajaron por aquella fornida anatomía que resaltaba toda su masculinidad. Era imposible no admirar ese fuerte y fibroso cuerpo. Sus palmas abarcaban cuanto más podían mientras se deleitaba con toda esa hombría que estaba condenada a extrañar y anhelar hasta su propia muerte. Con las yemas de sus dedos, aplicó un tacto suave sobre las líneas en color azul índigo que resaltaban en algunas partes de aquella piel morena; líneas que caracterizaban su innegable naturaleza sobrenatural.
Tōga siempre fue hermoso y esa belleza también a ella la hechizaba.
Todo ese cuidadoso y suave tacto, ese vaivén de femeninas caderas sobre él: lento y torturador a la vez, tan ardiente como una cadena a fuego perpetuo… Lo volvían loco, nublaban su razón y sólo aumentaban sus deseos por no querer marcharse, por quedarse ahí para siempre con ella. Pero...
¡Maldita sea! ¡No podía!... No podía.
Izayoi aumentó el ritmo en sus movimientos...
—¡Aah! —soltaron ambos al unísono. Los gemidos y jadeos secuenciaron la excitante sensación. Desesperado y sin poder controlar sus impulsos: Tōga se sentó y acomodó mejor a Izayoi sobre él, despejó su cuello y con prisa se lanzó a besarlo.
Aferrada con dedos y uñas a la espalda de su esposo, sintió la mano rodeando su cintura para moverla en un solo ritmo acoplado al de él.
Ambos abrazados con fuerza, se apretaron aprisionando sus cuerpos bajo los brazos del otro… Ninguno quería que esto acabara, ninguno quería dejar de sentir…
No obstante, el ritmo de cada uno se conectó de modo perfecto; encontrando ambos el punto álgido de su placer e inevitablemente se dejaron llevar…
El raciocinio de ambos quedó abandonado a la mitad del camino y así, tras una sonora exhalación, profunda y errada, Izayoi sintió que vació sus pulmones casi al punto de la inconsciencia, las mejillas le ardieron y enseguida logró liberar de su centro toda esa energía de satisfacción y placer que fue inmediatamente aunada al rugido gutural de Tōga en un exclusivo momento donde tocar la cima le fue tan intenso que creyó alcanzar el nirvana antes de tiempo...
… Fue mágico, fue hermoso…
Fue… amor.
Izayoi se dejó caer sobre el torso de su esposo y ahí se quedó, fatigada, exhausta y gobernada por toda una mezcla de sentimientos.
…
Los silencios suelen ser incómodos, pero lejos; el silencio que se provocó entre ellos, fue lo más reconfortante para ambos. Fue un silencio que hablaba por sí solo, que brindaba reflexión de los hechos de sus distintas y a la vez unidas situaciones.
Ella fue la primera en hablar:
—Jamás… amaré a alguien más —dijo aún sostenida sobre el cuerpo de su esposo, acariciando el duro pecho. Sin saber por qué, necesitó dejarle claro que él era su único amor—. Jamás podría entregarme a otro hombre, aunque ya no estés. Yo siempre seré tuya.
Al oír aquello, Tōga pensó en que eso era bálsamo para sus oídos. Era algo que celosamente deseaba. Sí, la quería solo para él, aunque él ya no existiera en este mundo, porque lo cierto era que no soportaba la idea de imaginarla con esa entrega total hacia otro hombre que no fuera él.
¡Demonios! Eso le carcomía por dentro… ¿Podía ser tan egoísta?
No… no podía… o más bien: no debía. Porque no era justo. Porque para ellos, no existía un mañana; sólo había un ahora y nada más. No podía dejar que Izayoi siguiera sufriendo, pues ese también era el propósito de volver a verla, tenía el deber de calmar su corazón sin atarla a un amor que no iba a poder sostenerse en lo terrenal, aunque mantuviese la esperanza de que podían encontrarse en otra vida. Pero mientras, debía dejarla continuar.
Ayudó con delicadeza a su mujer para que se recostara de costado junto a él. La cubrió con la sábana hasta la costilla y mientras le acomodaba un mechón de cabello tras la oreja, mirándola a los ojos respondió:
—Hay tanto que quisiera decirte, Izayoi… Pero solo quiero detenerme en lo importante: te amé desde el momento en que te conocí y sé que podré amarte si en otra vida te vuelvo a ver. Pero, mientras eso no suceda… debes vivir el ahora, Izayoi. Debes vivir junto a InuYasha y ser feliz. Tu vida humana es corta y debes aprovechar todo lo que este mundo pueda ofrecerte para disfrutar día a día.
Luego de limpiarle unas cuantas lágrimas que caían gruesas e instantáneas, Tōga continuó:
—No imaginas lo feliz que me siento. Porque, nada, absolutamente nada se compara al hecho de poder volver a oler el aroma de tu cabello —inhaló profundamente sobre un largo mechón negro que él mismo llevó a su nariz—, volver a sentir el roce de tu piel —acarició la palma de su mano y luego entrelazó sus dedos con los de ella en el aire—, sentir una vez más, un beso de tu boca —la besó suavemente en los labios quedandose ahí y deseando desde lo más profundo de su alma: detener el tiempo y cuando se obligó a apartarse de su boca agregó—: Yo… te amo con toda mi alma.
—¿Te estás despidiendo? —preguntó con un hilo tembloroso de voz y lágrimas que solo seguían cayendo sin detención.
Tōga solo asintió con la cabeza. Le dio un largo abrazo en donde ella soltó sus últimos sollozos y él solo podía tensar su mandíbula por la impotencia de verla sufrir.
—Izayoi… Deja que este encuentro te llene de vitalidad, como a mí me ha llenado el alma de amor y de felicidad. Siento paz y tranquilidad al haberte visto, también agradezco haber podido ver a InuYasha. Y quisiera pedirte un favor —Su esposa lo miraba con ojos temblorosos, sintiendo la presión en su pecho por la inevitable despedida. Tōga continuó—: Amor, por favor, ve donde Haruko y dale mis agradecimientos. Ella hizo algo que en ninguna vida por muchas que vengan; jamás podré pagar. El haberle dado un poco de mi sangre, ni siquiera alcanza para agradecer lo invaluable que es esto para mí.
Izayoi asintió, pero de pronto sus ojos le pesaron con excesivo cansancio y un enorme agotamiento se apoderó de su cuerpo.
Luchó por no dormir… Se aferró con las pocas fuerzas que le quedaban al cuerpo de su amado. Sabía que estaba por marcharse, pero no quería dormirse antes… No quería perder un solo segundo de su presencia ahí. Sin embargo, ya casi no podía articular palabras, pues el cansancio era demasiado aplastante.
Y lo cierto era, que Tōga tampoco quería que ella se durmiera, de hecho luchaba por no intentar despertarla. Sabía que esto era así; ya la anciana se lo había advertido y él lo recordaba muy bien.
»El sueño profundo de Izayoi será la señal que pronto abandonarás este mundo«
Sí... Ya era momento de partir. Aunque todo su ser gritaba:
«Despiértala»
¡Demonios! Quería gritarle que no se durmiera, que lo mirara a los ojos otra vez y suplicarle que lo acariciara, que lo abrazara, que no lo soltara jamás… que no lo dejara irse de su lado.
Pero, eso era imposible...
Era consciente de su situación. Era consciente de que sus pendientes se habían cumplido en ese lugar y ya debía partir, debía dejar al amor de su vida, debía dejarla vivir y continuar sin él.
—Sólo descansa, mi amor. Ya debes dormir —dijo él y ella sintió un cálido beso en su frente.
—Te amo, Tōga. Nunca aprenderé... a dejarte ir… —logró susurrar antes de ser vencida por el sueño inconsciente.
—Te amo, Izayoi… Te amo como no amé a nada ni a nadie en este mundo...
…
Los cabellos plateados de su hijo se mantenían perfectamente ordenados mientras dormía. Su energía era estable y cálida. Sabía que no lo oiría, pero, aún le quedaba algo de tiempo y no podía irse sin antes…
Puso una mano sobre el cuerpo del pequeño y habló:
—InuYasha… Has cuidado muy bien de tu madre… deberás seguir haciéndolo; sólo tú la puedes proteger. No dejes que las veces que pierdas la batalla te desvíen del camino del bien. Tu sangre demoníaca intentará dominarte en las peores situaciones; algún día lo descubrirás… Y espero que para ese momento, todo lo que dejé listo para tí y tu hermano Sesshōmaru, se cumpla como lo planeé. Porque conozco a mi linaje y sé lo que puede llegar a suceder… En el futuro, tu hermano y tú tendrán que enfrentarse y sé que Sesshōmaru no hará las cosas fáciles. Perdóname por dejarte tanta labor, InuYasha. Una labor que yo debía cumplir con Sesshōmaru y ahora tendrás que hacerla tú. Sólo tú, podrás enfrentarlo y contener la ira de tu hermano. Pero cuídate, hijo. Si en el futuro te encuentras solo en este mundo tendrás que ser reticente, porque en tu naturaleza, no tendrás más opción y siempre habrá enemigos acechándote. No dudo que serás un hanyō fuerte y poderoso, InuYasha. Sé que podrás con todo y demostrarás la sangre que fluye en tus venas. Estoy seguro que puedes cambiar muchas cosas entre humanos y demonios… mis esperanzas están puestas en ti y que ese cambio se cumpla: es mi mayor anhelo. Posees un gran espíritu; puedo sentirlo. Así que, equilibra aquello junto a tu mente y tu corazón. Y si algún día amas, InuYasha... espero que sea con todas tus fuerzas y luches por ello… tal como yo lo hice. Eso me haría muy orgulloso, más de lo que ya estoy.
—Padre… —soltó el pequeño en un débil susurro.
Tōga dio un respingo al oír aquello, pero InuYasha sólo balbuceaba dormido y vio que el pequeño se acomodó para continuar durmiendo. Sorprendido, se preguntó si tal vez soñaba con él…
Quiso suponer que sí y sonrió secundando un suspiro.
—Suerte hijo y cuidate siempre en el camino. El guerrero suele tropezar también.
En la habitación donde la princesa dormía profundamente, se consumía el último gramo de incienso, la línea de humo se cortó; la esencia quedó suspendida en el aire y pronto se disipó. Mientras que en la habitación de InuYasha, la mano que Tōga apoyaba sobre el brazo de su hijo; poco a poco se desvaneció junto con todo su ser, abandonando por completo ese mundo, para poder al fin descansar y trascender.
Y así; Tōga se despidió, cumpliendo a cabalidad todas las expectativas que lo llevaron hasta ahí.
InuYasha despertó…
Cuando abrió sus ojos somnolientos, creyó ver un halo de luz junto a su futón que en seguida desapareció. Se sentó extrañado y olfateó el ambiente: aún podía sentir ese aroma que aparecía en sus sueños, pero lo percibió débil y alejándose de allí.
Notó que seguía siendo de noche, así que, se acomodó en su futón y volvió a dormir.
…
Un bello sol reinaba el amanecer. Las aves bebían algunas gotas de agua rezagada en las hojas, que dejó la lluvia del día anterior, y que culminó antes del anochecer.
Izayoi pestañeó somnolienta intentando enfocar su visión y para cuando logró visualizar bien, las memorias aún frescas de hace solo horas volvieron como un oleaje en potencia a su cabeza. Se sentó de golpe en el futón y miró buscando a su alrededor…
Olió sus sábanas… Aún quedaba un leve vestigio de su esencia.
Su corazón dio fuertes golpes en su pecho que retumbaron hasta sus sienes…
«No…»
«¡No…!»
Pero antes de que la desesperación la abordara, el shoji de su habitación se deslizó y como ángel caído del cielo, su pequeño se asomó restregándose los ojos de manera habitual.
—Buenos días, madre…
Sí… Definitivamente Tōga se había ido...
…
Golpeó por segunda vez la puerta, pero nadie respondía.
—Madre, creo que la anciana no está.
—Aguarda un momento, InuYasha. Tal vez está ocupada.
—¡Oh, el gato! —InuYasha soltó la mano de su madre y fue a perseguir al regordete felino que huyó hacia la parte trasera de la choza, mientras su madre siguió de pie frente a la puerta esperando que la anciana le abriera…
—Izayoi —habló una joven voz femenina. La aludida se volteó y tras ella a unos metros, estaba una hermosa mujer de cabello largo e intenso color azabache; como el de ella. Era alta, curvilínea y vestía un bonito kimono color turquesa que combinaba armonioso con sus celestes ojos—. Sabía que hoy vendrían, así que conseguí algunas cosas para el almuerzo —dijo la mujer señalando el canasto que llevaba en su brazo derecho.
Izayoi no pudo evitar sorprenderse. Sin embargo, sabía que esto era el resultado del hechizo de juventud con la sangre que su esposo proporcionó.
—El hechizo de sangre se activó porque la voluntad de Tōga se ha cumplido... Creo que era un trato justo para ambos —dijo la joven mujer alzando sus hombros, esbozando una cálida sonrisa.
Sí… sin duda aquella hermosa mujer era Haruko.
Izayoi sin pronunciar palabra aún, se acercó lentamente y se detuvo frente a ella. La miró por un instante impresionada con el renovado aspecto físico que la hechicera lucía, pero a la vez, un calorcito surgió dentro de su corazón y no pudo controlar sus nobles impulsos: avanzó dos pasos rápidos y espontáneamente la abrazó.
—¡Oh!... Cariño, ¿estás bien? —preguntó la hechicera con ojos de asombro.
A lo que Izayoi, emocionada, asintió con la cabeza y sin deshacer el abrazo respondió:
—Gracias, muchas… muchas gracias.
…
De regreso en su casa junto a su hijo, decidieron pasar la cena por alto; habían comido variados alimentos donde Haruko y ya no sentían ni una pizca de hambre, aunado a que era algo tarde y habían pasado casi día entero allá.
Izayoi le preparó el baño a InuYasha quien protestó para bañarse solo esta vez y su madre claudicó. Se dirigió a la habitación de su hijo para esperarlo ahí y aprovechó el momento a solas. Sacó de entre los pliegues de su kimono, lo que Haruko le entregó ese día cuando se tomaban un té.
Deshizo el nudo de la delgada tira de yute; abrió con suma delicadeza el papel muy bien conservado, enrollado como un papiro y por segunda vez en ese día, se dispuso a leer esas palabras escritas únicamente para ella.
Mi amada Izayoi:
Mi bella mujer y esposa… Eres la única persona entre humanos y demonios a quien pude amar tan sinceramente con cada parte de mi ser.
Si estás leyendo esto, significa que pudimos encontrarnos y todo salió como debía ser.
Lamento mucho tener que volver a marcharme… honestamente, no sé si pueda decirte adiós mirándote a los ojos, porque de todos los temores que pude sentir durante mi basta existencia; este es sin duda el peor de todos y por eso te escribo esto, mi amor…
Necesito pedirte… Por favor…
No permitas que tu corazón se marchite pensando en mí; no pido que me olvides… pero, pido que mi recuerdo sólo sea lo suficiente para luego continuar.
Debes ser fuerte por ti y por InuYasha, Izayoi. No te escondas de la gente, no decaigas; levanta siempre tu frente con orgullo, amor mío y muéstrate al mundo tal como eres: amando lo que amas, amando lo que amaste, pero nunca pienses que tienes que demostrarle algo a los demás. Porque, la bondad y el amor que tienes por naturaleza en tu interior habla por sí sólo y eso iluminará el andar de tu camino.
Yo… Fui el demonio más feliz y enamorado de todos mientras me permitiste conocerte y amarte. No me arrepiento ni me arrepentiré jamás de todo lo que hice junto a ti. Pero, quiero que seas feliz.
Y por eso… Una vez que yo me haya ido, promete a ti misma que vas a renacer… Por muy duro que sea, amor mío… debes intentarlo.
Estoy seguro que nuestro amor trascenderá todos los mundos, todas las barreras. Y yo, Izayoi … donde sea que esté: te amaré hasta la eternidad...
Me voy… Pero mi esencia se quedará contigo.
Hasta siempre...
Tōga
Llevó el papel contra su pecho con el cuidado de no romperlo y lo abrazó, mientras dos lágrimas se dejaron caer por sus mejillas.
Dolía…
Dolía demasiado... Pero al menos, ahora veía todo con más claridad.
Recordó las palabras de Haruko:
»—Cariño... Este dolor se incrusta en el ser igual que espinas en el cuerpo. Te atraviesan hasta el alma y a donde quiera que vayas dejas un rastro de sangre, como una huella de sufrimiento y dolor. Pero esas espinas se sacan de a poco. Y este incienso, cumplió con sacar la primera de muchas que con el tiempo tú misma arrancarás; cada una de ellas va a doler como un desgarro en la piel, Izayoi. Pero sé que sanarás y las cicatrices se convertirán en los bellos recuerdos que atesorarás hasta la muerte.
—¿Crees que él esté bien?
—Claro que sí, querida. Tōga te amaba deliberadamente y puso en sacrificio su alma por ti. Un acto de amor como tal, remueve cualquier halo de oscuridad, hasta puede purgar el alma. Y Tōga, sin saberlo, no sólo consiguió descansar en paz, estoy segura que pudo trascender al lugar correcto y ¿quién sabe?… Tal vez sí lo vuelvas a ver«
Sí, Haruko tenía toda la razón; ese incienso fue como una luz que abrió paso en su propia penumbra, y pese a que el dolor seguía, ahora sentía que su desdicha había menguado. No iba a poder luchar contra las lágrimas que vendrían; no podía simplemente arrancarse todo ese amor del corazón ¡imposible! Porque ese amor por él, era único, irremplazable e inamovible. Y ella quería vivir con eso, quería llevar ese destino con la felicidad y el orgullo de haber amado con tanta intensidad a alguien. Desde ahora, no solo tenía todo lo que vivió con él en el pasado, también tenía un hermoso reencuentro de amor, la dicha de que su esposo conoció a su hijo y aquella carta que leería cuantas veces fuera necesario para recordar ese amor e ir quitando esas espinas de su cuerpo.
—Estoy listo madre —avisó InuYasha, asomando medio cuerpo por la entrada de la habitación.
Y no podía olvidarse de lo más importante de su vida: ese pequeño hanyō con ojos de miel que le daba las fuerzas para levantarse.
—Bien, vamos a tu futón, ya es hora de dormir.
No obstante. Hoy sentía que tenía más amor que nunca para darle. Porque él lo merecía, él era también parte de ese inmenso amor entre ella y Tōga. InuYasha era también parte fundamental de su sanación.
Ya acostados en el futón, el pequeño hanyō habló:
—Madre, esa mujer dijo que era familiar de la anciana Haruko, pero olía igual a ella y tenía el mismo nombre ¿No crees que es extraño?
—Bueno, tal vez un poco… pero ella es una muy buena persona.
—Aajá... Lo sé.
—Que bien, hijo… Bueno, a dormir.
—Aún no tengo sueño —dijo bostezando—. ¿Puedo contarte algo? Pero si te da por llorar, no te preocupes. Puedes dormir conmigo.
Por alguna razón Izayoi sintió ganas de llorar antes de tiempo, un presentimiento la embargó en el pecho e intentó mantener la calma para que su hijo se comunicara con ella.
—Claro, sabes que puedes confiar en mí.
—Anoche soñé algo extraño… No recuerdo bien todo, pero sí recuerdo que yo estaba en el mismo río del sueño anterior. Esta vez, era yo quien intentaba cazar un pez y una voz muy ronca me llamaba desde lejos. Seguí la voz y de pronto me encontré en un bosque, la voz volvió a decir mi nombre y cuando volteé a ver, un gran yōkai estaba ahí.
Los ojos de Izayoi temblaron y goterones de agua salada comenzaron a brotar sin contención. InuYasha continuó:
—Él me habló… me dijo que yo debía protegerte. No me acuerdo de todo, pero dijo estar orgulloso de mis acciones… mencionó algo de que los guerreros también se caían y que yo tenía que ser fuerte y cuidarme… Luego se despidió y se fue volando hasta desaparecer en el cielo.
—¿C-cómo era… ese yōkai? —preguntó con la voz casi quebrada, aunque sabía la respuesta.
—Mmm… creo que era un perro de pelaje plateado y muy, muy grande, pero no sentí miedo de él aunque sus ojos eran muy rojos... no recuerdo nada más… pero sí recordé después que una vez me golpeé y aguanté el dolor, entonces tú me felicitaste diciéndome que yo era un niño valiente y hacía honor a mi sangre de Inu yōkai.
Izayoi apenas recordaba ese momento, pues en ese entonces aún evitaba hablar de Tōga y seguro había dicho aquello como un pensamiento hablado. Oír esto, le apretaba su corazón dolorosamente en el pecho, pero a la vez la emoción la embargó al punto de no lograr pronunciar una sola palabra. Abrazó con fuerza a su hijo y dejó que el resto de las lágrimas cayeran entre los sollozos.
—Sabía que llorarías… —dijo InuYasha acariciando la cabeza de su madre.
—L-lo siento… —se disculpó con voz entrecortada.
—Crees que ese era mi padre ¿verdad?
Izayoi asintió sollozando y a InuYasha se le hizo un nudo en la garganta. Era rara la sensación de soñar con su padre con quien no logró tener un mínimo vínculo. Pero ver a su madre así: le apretaba su pequeño corazón. Definitivamente no le gustaba verla triste.
Para Izayoi, otra espina acababa de salir. Otro dolor se liberaba. Y la hacía sentir un poco mejor. No sabía si Tōga se había despedido de su hijo al trascender, no sabía si InuYasha lo soñó porque ella le habló de él. Pero, esa descripción tan exacta; era de su amado esposo en su forma original y no podía sentirse más dichosa, aunque haya sido sólo un sueño, aunque no supiera cuánto tiempo permanecería esa imagen en la memoria de su pequeño hijo. Pero al menos ellos, padre e hijo, de un modo u otro: sí se encontraron.
Inhaló y exhaló el aire para componerse.
—Bueno, hijo. Ahora sí debes dormir… ¿Quieres que cante tu canción?
InuYasha asintió con una pequeña sonrisa y enseguida se acurrucó en el pecho de su madre e instantáneamente sintió las suaves caricias de una cálida mano en su cabeza. Escuchar esa bonita canción que su madre le dedicó desde que él era un bebé, le llenaba profundamente su inocente alma.
Era su canción favorita, era... la canción de InuYasha.
Uh uuh uuh… uh uuh uh uuh uuuuuh…
Deja atrás tus miedos mi amor, que mañana saldrá el sol.
A tu lado siempre estaré, en tus sueños te cuidaré.
Recuesta tu cabeza en mi, todo mi amor es para ti.
Óyeme guerrero del bien, tu destino la cima es.
Aunque el mundo es cruel, una luz brillará, siempre nos acompañará.
Cuando la esperanza creas olvidar, mira el cielo allí voy a estar.
Hijo mío pronto serás un guerrero fuerte y tenaz.
Cuando haya oscuridad, el mundo tu nombre sabrá.
Uuuh uuh uuh, uuh uh uh uh uuh, uh uh uh uh uh, uuh uuh uuuuuh…
—Estaremos bien —susurró Izayoi al terminar la canción e InuYasha, cerró los ojos pensando en que tal vez, algún día; ese gran Inu daiyōkai que aparentemente era su padre, volvería a visitar sus sueños…
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N/A: ¡Hola!… No sé cómo empezar estas notas… Es que este capítulo final me ha dejado con mucho sentimiento y estoy igual o peor que Izayoi.
La SORPRESA:
La canción que Izayoi canta a InuYasha en este fic, está basada en la melodía «Setsunai Omoi» que como se sabe es sólo melodía. Pero… la letra escrita en este fic es absolutamente real y NO la inventé yo. Después de leer este capítulo, los invito a dirigirse a mi página de FB: Phanyzu, donde estará publicado un video con imágenes y esta hermosa canción de cuna interpretada en español por la maravillosa voz de Ally Gómez, a quien le agradezco con el alma que me haya autorizado a usar esta bellísima canción con toda su letra, en mi fic.
Existe una versión en inglés llamada Inuyasha's Lullaby "canción de cuna de InuYasha". Aquella la pueden encontrar en YouTube y utiliza la misma melodía de fondo.
Así que, bueno... Espero que de verdad no se pierdan este video y verán cómo le dará más sentido a esa escena especial entre InuYasha e Izayoi que leyeron. Porque no es lo mismo leer una canción, que escucharla… Les prometo que será muy emotivo, pues la letra y la voz de Ally hacen estremecer el corazón.
Sé que muchos esperaban que Inu se reencontrara con su padre, me lo dijeron mucho en sus reviews. Pero no podía ser posible más que de un modo efímero y de dudosa realidad. Ya que me basé mucho en el universo original de InuYasha, en el cual en efecto, él no tiene recuerdos de su padre. Y también debía ser consecuente con el hecho de que el incienso solo conectaba con el amor absoluto entre sus padres, más no con él. Espero me perdonen la vida por eso u.u: *une sus palmas implorando*. Y también porque pese a ser para una dinámica lemon, intenté darle una connotación más romántica. Pues sé que muchos adoran leer el lemon más salvaje (es rico, también me gusta jajja) pero esta trama no daba para algo tan juertón y desbocado, *nuevamente une sus palmas implorando el perdón*.
Quiero agradecer el apoyo incondicional de mi amiga y beta Yury Rocha de mi corazón, amiga: eres tan linda conmigo… infinitas gracias por la paciencia y por la ayuda que siempre me brindas, por ese tiempo tan valioso que pones en revisar mis escritos… eres única.
Gabriela Cordón, amiga… tus valiosas opiniones también guiaron a este fic por un camino más real y de mucho sentimiento. Me emocionó tanto que pensaras en este fic cuando recordaste esa canción e hiciste posible que yo la pudiera usar con el permiso de Ally. Tu apoyo ha sido muy importante para mi, mil gracias :3
Muchas gracias a todos por sus Reviews, algunos me han hecho aguar el ojo de lo hermosos que han sido. he contestado a todos creo y los que me dejen después también los voy a contestar, porque es algo que me encanta hacer.
A los usuarios no registrados: muchas gracias también por darse el tiempo de dejar su comentario o su apreciación respecto a esta historia. Rosy llegaste como "guest" ahora… jajajaj gracias por tu apoyo amiga, y por leerme siempre.
manu: Te invito a hablarme directo al messenger, para poder contestar en detalle a todas tus preguntas y planteamientos. Gracias.
A TODOS: ¡NO OLVIDEN IR A VER EL VIDEO!
A mi Gaby O… Estoy tan emocionada que no me salen las palabras amiga, ha sido tan significativo este fic para mí y dedicártelo a tí en estos momentos en que sé como van las cosas por allá… me agua el ojo. Sólo espero haber logrado transmitirte toda el sentimiento y emoción que puse en cada palabra escrita en aquí. Espero podamos hablar pronto y comentar. Aquí termina este regalo, con mucho cariño de mí, para ti. Pd: Banky dijo que éramos lloronas T.T
DATOS CURIOSOS:
-No creo que se hayan dado cuenta que en el capítulo I, Haruko protege a InuYasha del incienso para ahuyentar perros que en el pasado afectó la nariz de Tōga (Capítulo III). Sólo por si no lo notaron XD.
-Para el lemon y la despedida de Tōga , me inspiré en la canción «Iris» - Goo Goo Dolls. (De la película "Un ángel enamorado") ¿Ya entienden mi conmoción? T.T
Hasta una próxima historia, abrazos...
~Phanyzu~
