Los personajes de Saint Seiya no me pertenecen, son propiedad de Masami Kurumada y Toei Animation.
La mañana se sentía mágica, había algo flotando en el ambiente que lo hacía todo mejor, más luminoso, etéreo.
Andreas despertó sintiendo que había encontrado su paz, su razón para continuar viviendo en un mundo que amenazaba con caerse a pedazos. Encontró todo lo que no sabía que necesitaba en Hilda.
Hilda, Hilda, Hilda.
Amada Hilda, perfecta, pura, cariñosa, ángel enviado desde el cielo para estar con él, para ser de él. Ella era suya, ahora estaba seguro, de la misma manera que él le perteneció desde el primer instante en que se encontraron en esa oscura noche.
Quiso quedarse en la cama un momento más, sólo un par de minutos o tal vez por toda la eternidad. Quería verla continuar durmiendo, presenciar su despertar cómo aquel que presencia la abertura de la más fina de las rosas, pero el mundo no se detiene a esperar a los jóvenes amantes, sigue avanzando sin detenerse.
Andreas se levantó de la cama con cuidado y se vistió en silencio, sin dejar de mirar a la bella durmiente que estaba en su cama. Salió tratando de hacer el mínimo ruido y caminó hacia el pueblo; las clases comenzarían en un hora, por lo que había planeado comprar algo de pan y prepararle un buen desayuno a Hilda. Primero sería el desayuno, después daría clases y al atardecer hablaría con los Polaris, pediría la mano de Hilda en matrimonio, tal vez por la situación con Freya y el ruso no era el mejor momento, pero a él no le molestaba atrasar el compromiso hasta que las cosas se calmaran, podría ser que para ese entonces la familia olvidara a la mala hermana menor.
Alguna vez uno de los compañeros de estudio de Andreas dijo que pensar demasiado en una persona podría provocar que la persona en cuestión sea llamada, el pelirrojo siempre rió de eso, pero cuando desvió la mirada hacia dónde se encontraba la casa del boticario las dudas se sembraron por un momento.
Afuera de la misma se encontraba Freya, un parche cubría su ojo lastimado; la chica asentía de vez en cuando ante las palabras que Fafner y Aiacos le daban mientras a sus espaldas Hyoga subía una pequeña maleta al carruaje de Dohko, quien estaba amarrando sus caballos. Andreas se quedó sorprendido al ver el movimiento, si bien sabía que el rubio tenía planes de llevarse a Freya no esperaba que fuera tan rápido y menos que se fueran sin despedirse de Hilda.
Al ver la situación Andreas apenas y reparó en el hecho de que uno de los brazos de Hyoga estaba vendado, estaba ocupado sintiéndose ofendido por la mujer que amaba. La peli plateada se la vivía preocupada por su hermana mientras esta no dudaba en darle la espalda e irse para siempre sin decir ni siquiera adiós. Respiró profundo, sus manos estaban cerradas en puños tan fuertes que las venas de las manos casi podían resaltar; estaba por dar la vuelta e ignorar todo el momento que le causaba repulsión cuando se percató de que Aiacos lo miraba, cuando sus miradas se encontraron el jefe lo saludó con una leve inclinación de cabeza que a Andreas le pareció una muestra de la más fina hipocresía.
Desvió la mirada del pelinegro y se concentró en Freya, quien también lo estaba mirando, con una expresión de pena y tristeza que Andreas pensó se debía a lo que estaba sucediendo. Tal vez Freya sólo estaba siendo manipulada por el ruso y en realidad no quería abandonar a su familia.
Lentamente dio un par de pasos hacia adelante pero se detuvo antes de avanzar más, Hyoga había terminado de cargar las pocas maletas que tenían y se estaba despidiendo de los hombres mientras ponía una mano en la cintura de Freya. Se irían, era un hecho y él no podía hacer nada para cambiarlo.
Mirando al suelo Andreas se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia el lugar dónde se preparaba el pan, pero sus pasos fueron detenidos cuando escuchó que alguien a sus espaldas lo llamaba; al voltear, Freya estaba corriendo hacia donde estaba él, se había levantado el vestido para correr mejor. Se detuvo justo cuando estuvieron frente a frente; él quiso pedirle que se quedara, quiso explicarle las preocupaciones de Hilda, contarle lo que había sucedido y que él se encargaría de cuidar a toda su familia pero la joven sólo lo agarró de las manos, poniendo una hoja de papel en ellas.
— Cuídese profesor, cuídese mucho y tenga cuidado, mucho cuidado.
Sin decir nada más regresó al lado de Hyoga, quien había visto el intercambio con seriedad. La pareja subió al carro y Dohko no tardó en comenzar a mover al caballo, despidiéndose de Andreas con la mano.
El profesor por su parte se quedó congelado en su lugar, con el pedazo de papel en la mano, sin saber qué hacer. Decidió guardarlo en el bolsillo de su pantalón y continuar con sus planes, agregando el hablar con Hilda, tratar de consolar el corazón que sabía se rompería.
Cuando regresó Hilda ya estaba vestida y miraba las cosas que él tenía por todo el salón de clases.
— Hilda — dijo acercándose para abrazarla, la había extrañado en el breve tiempo que habían padado separados.
— ¿Ocurrió algo?
Preguntó ella, inocente, mientras le agarraba las manos y lo miraba directamente.
— Tengo malas noticias amor mío, no sé cómo decírtelo, temo herirte después de todo lo que ha pasado.
— Puedes decírmelo, por favor.
Andreas mordió su labio inferior, acarició con delicadeza uno de los mechones del cabello de ella y la miró a los ojos, no le mentiría, jamás lo haría.
— Freya acaba de irse.
Hilda se separó de él, primero lo miró seria, después le dio la espalda y siguió con su inspección sobre las cosas que Andreas tenía en su escritorio.
— Entonces lo hizo — dijo sin ninguna expresión en su voz.
— Lo siento, sé que las cosas no están bien ahora, pero yo estoy aquí, contigo y te amo.
Al escuchar sus palabras ella levantó la mirada; el pelirrojo se sintió expuesto, con el corazón afuera, entregando todo de sí en esa frase. La amaba, eternamente y sabía que no podía ocultarlo, no debía ocultarlo; un amor y devoción como la que él sentía debía de mostrarse ante el mundo, todos debían de conocerlo, saber la forma del amor.
— Ella me dio una carta — continuó — tal vez era para tí…
— Dámela.
Ella extendió la mano y él no tardó en sacar la carta y dársela. Hilda leyó la carta frente a él, sin tapujos o secretos, su ceño se frunció mientras leía y para cuando terminó arrugó la hoja de papel hasta el punto de convertirla en una bolita que mantuvo en su mano derecha.
— Debo de irme.
Dijo, acercándose levemente para besarlo en los labios, apenas un toque, como si en ese momento recordara que debía de hacerlo, y salió de la escuela sin mirar atrás.
Andreas pasó el día preocupado, distraído, confundido. Contó los minutos que le faltaban para ver a su ángel platinado y averiguar qué era lo que estaba sucediendo en su casa. Sentía una gran opresión en su pecho, necesitaba ver a Hilda, saber de ella, escuchar sus ideas y tormentos, y mientras esperaba rezaba para que todo estuviera bien, para que ella estuviera bien.
No la vio ese día, ni el siguiente, ni el siguiente. Pasó dos semanas en un lento desangrar por no saber nada de ella, temerosos de que a pesar de todo, a pesar de haber conocido a la perfección su suave cuerpo ella lo hubiera rechazado, que hubiera apuñalado su pobre corazón con la más fina de las dagas y ahora le diera la fría indiferencia.
Trató de visitarla en varias ocasiones, pero la presencia de los padres de ella lo atemorizaban, sentía el peso de la deuda de honor con ellos al haber pasado la noche con ella, además de que no quería causar problemas dentro de los Polaris, que debían de tener suficiente con el escándalo de Freya.
El joven profesor pasaba casi todos los días completos en la escuela, pensando en sus alumnos, distrayendo su mente; por un tiempo tuvo una leve sospecha, miedo de que algo le hubiera pasado puesto que en los días posteriores a la partida de Freya surgió el rumor de que alguien había atacado al ruso.
"Apuñalaron al pobre chico, seguramente fue un ladrón que venía siguiéndolo desde la ciudad, con todas las coronas que cargaba…". Escuchaba que decían en el pueblo y eso lo había alertado tanto que terminó por visitar a Shion para tratar de averiguar lo que sabía.
El hombre lo había recibido con una expresión de tristeza, mostrando que sabía detalles de todo lo que sucedía, pero no diría nada, no se metería al menos al inicio. Shion se había sentado en el confesionario y lo había escuchado, en silencio, asintiendo de vez en cuando y mirándolo cuando confesaba algo importante. El profesor le dijo todo lo que sabía, sus miedos, sus sueños, su profundo amor y devoción.
— ¿Usted sabe que sucedió con Hilda? ¿Por qué no la he visto? ¿Tiene que ver algo con ese sujeto que atacó al ruso hace días? — preguntó, desesperado, ansioso ante la posibilidad de obtener la mínima información.
— No desespere joven Rize — Shion había mirado al suelo y ahí, en el confesionario, decidió decirlo todo — no existió ningún ladrón joven Rize, creí que Freya se lo había dicho.
— ¿Freya? Ni siquiera hablé con ella…
— Pero le escribió una carta, yo lo vi, mientras le vendaban el brazo a su prometido.
— Se la di a Hilda, creí que era para ella.
Shion lo había mirado con asombro y dolor, preguntándose que tanto sus sentimientos habían cegado al hombre frente a él que era incapaz de ver la verdad; estaba vendado por el amor y en su ceguera se dejaba guiar por un espectro peor que el mismísimo Satanás.
— ¿Hilda está bien? — preguntó el pelirrojo asustado — ¿qué está sucediendo?
— Hilda atacó al prometido de su hermana — dijo Shion, en voz media, queriendo arrancar la venda — intentó asesinarlo de la misma manera que lo hizo con su hermana, primero enfermandola y después atacándola con esas tijeras.
— No… eso no es verdad… — susurró él, mirando a los ojos al hombre que se atrevía a calumniar de esa manera a la persona más pura que había conocido en toda su existencia, se levantó y alejó del confesionario perturbado — ¡está mintiendo! ¡Usted la odia! ¡Lo sé!
Todos hablaban de Hilda, de la hermana menos bella, de la hermana hermética que parecía tener secretos, pero nadie la entendía, nadie se había molestado en escucharla.
Hilda, dulce Hilda, pobre Hilda a la que parecían odiar sin razón; Pandora con sus chismes, Aiacos con sus insinuaciones, Freya inyectando su veneno y ahora Shion manchando su nombre con mentiras que debían de ser consideradas blasfemias.
— No miento señor Rize, y no la odio, me preocupo por ella y su alma al igual que me preocupo por usted — Shion se había levantado de su lugar también y había salido del confesionario para encararlo — la señorita Polaris no está bien y usted tiene que verlo, hay maldad en su corazón.
— ¡Mentira!
Andreas no recordaba lo que había sucedido después de eso; se había encerrado en la escuela pensando en Hilda por cinco días más. Llorando ante las injusticias que se cometían contra ella, sintiendo su amor desbordarse en el dolor de la separación.
En ese tiempo, encerrado en completa oscuridad, llegó a la conclusión de que tal vez no la había vuelto a ver porque algo le había sucedido; todos conspiraban contra ellos, contra su amor. Fue ingenuo pensar que todo se calmaría, que las cosas marcharon en la dirección correcta.
En la noche, cuando estaba en el patio, sentado entre el lodo y las plantas marchitas regresó. La vio como una aparición en medio de la noche, su cabello platinado estaba iluminado por la luz de la Luna, su vestido ajustado era negro, como si estuviera de luto, y frente a ella llevaba su canasta llena de las más bellas rosas rojas.
Andreas se levantó apenas la divisó, primero pensó que era un sueño, pero en cuanto ella más se acercaba más comprobaba que era la realidad. Antes de que ella llegara a la mitad del patio escolar él había corrido hacia ella y no había dudado en arrodillarse, abrazando sus piernas.
— ¡Amor mío! — dijo con el rostro entre los pliegues del vestido, bañado en lágrimas de felicidad.
Hilda no se movió, lo dejó expresarse sin decir ni una palabra hasta que con cuidado tomó una de sus rosas de la canasta y la pasó por la cabeza del pelirrojo, haciendo que alzara el rostro.
— Sucedió algo terrible — dijo aún jugando con la flor entre sus dedos — mi padre se mostró receloso por todo lo que sucedió con Freya, ella me culpó por su huída y luego el señor Heinstein apareció diciendo cosas de mi, envenenando la mente de mis padres, temí que hiciera lo mismo contigo.
— No lo he visto — contestó, rebosante de felicidad, tenía días desde la última vez que había tenido contacto con otra persona — ¿qué sucedió? Puedes decírmelo amor.
— Quien alejarme de ti — Hilda puso ambas manos en el rostro de Andreas y lo miró directo a los ojos — el señor Heinstein no quiere que estemos juntos, debe ser una reprimenda por tratar de decirle a su esposa la clase de hombre que es.
— ¡Entonces huyamos! Lejos, donde nadie nos encuentre.
— No — ella le sostuvo el rostro con un poco más de fuerza, frunciendo su ceño y sonrojándose por el odio y enojo acumulado — tiene amigos en todo el continente y mi padre no se detendrá hasta encontrarnos, jamás nos dejarán estar libres y juntos, no nos dejarán como dejaron a mi hermana, ¿no lo ves? Me odian, todos y cada uno de ellos.
— Entonces… ¿qué es lo que quieres? — preguntó Andreas servicial, dispuesto a hacer cualquier cosa por ella.
— Muerte — Hilda lo soltó para rozar con los pétalos de su rosa los labios secos del pelirrojo — quiero que deshagas de ellos.
Andreas abrió los ojos, sorprendido por la declaración y miró la rosa que Hilda tenía en las manos, era amor pasional, amor real.
En la oscuridad de la noche, arrodillado frente a ella, Andreas le prometió que haría cualquier cosa para que su amor venciera, para que pudieran estar juntos, para resolver el caos que había causado la traición de Freya.
