Los personajes de Saint Seiya no me pertenecen, son propiedad de Masami Kurumada y Toei Animation.

"Somos fácilmente engañados por aquellos a quienes amamos" - Molière.


Andreas era un hombre sencillo, no solía guardarle rencor a nadie ni se metía en problemas, era demasiado respetuoso de la ley, un sentimiento que trataba de transmitirle a sus alumnos. Sin embargo, podía sentir la ira burbujeando dentro de él, esparciéndose en todo su torrente sanguíneo como si fuera parte de él; estaba molesto y odiaba a todas y cada una de las personas que había conocido en ese lugar con una única excepción, Hilda.

Querida Hilda, inocente Hilda, problemática Hilda.

A pesar de su profundo e inmenso amor, hacer algo como lo que ella había pedido no era sencillo. Andreas lo pensó más tarde, esa noche, con Hilda durmiendo entre sus brazos, mientras trataba de alisar el cabello de ella con los dedos.

"Muerte". Repetía su cabeza como si esa palabra se hubiera guardado en lo más profundo del subconsciente; todo se reduciría a eso, ¿se arriesgaría a darlo todo por amor?

Muerte. Silencioso fin que llegaría antes de lo esperado, ¿pero a quien? ¿quién pagaría todo el dolor contra Hilda?

Andreas se levantó de la cama antes del amanecer. Sentía que debía hablar con Shion, liberar cualquier peso de culpa que pudiera sentir antes del gran final, tal vez pedir perdón, pero cuando se estaba colocando su camisa sintió los suaves brazos de Hilda rodear su cintura.

— ¿Qué haces? — preguntó en un suave susurró que derritió el corazón de Andreas.

— Necesito caminar un momento.

— No estás dudando ahora, ¿verdad?

Había un ligero tono de alerta y molestia en Hilda que lo hizo voltearse rápidamente para poder abrazarla.

— No — sentenció.

— Bien, porque es la única salida, la única forma en la que nos dejaran estar juntos, por la eternidad.

— La eternidad…

— Sí, sólo debes encargarte de todos ellos — Hilda pasó sus manos por el pecho de Andreas, subiendo las lentamente hasta dejarlas en su nuca — lo harás por mi, ¿verdad?

— Por ti.

Por ella, todo era por y para ella. Todas las dudas o miedos que tenía se desvanecieron, como si todo lo que quedaba de su cordura desapareciera en las profundidades de lo que el amor de Hilda significaba para él.

Al final, sólo se quedaría con ella, y eso era todo lo que importaba.

— Debes de quedarte aquí — dijo más tarde, volviendo a colocarse su ropa que había sido gentilmente retirada por Hilda, cuando le mostraba lo feliz que estaba con él por dejar atrás las dudas.

— ¿No quieres que te acompañe? — preguntó Hilda acercándose, mirándolo confundida.

— Preferiría que no lo hicieras.

— En ese caso, tal vez esto te sea de ayuda.

Hilda le mostró la pequeña navaja que siempre traía consigo, con la que cortaba sus flores, la que había usado contra Hyoga esa fría noche.

Andreas asintió en silencio, recibió la navaja como si fuera lo más sagrado que tenía y salió de la escuela, dejando de lado todo lo que era, sintiendo que nacía una nueva versión de él, diferente, más fuerte, alimentada por su amor ciego a Hilda.

El amor ciego lo llevó a la casa de Hilda. Las luces estaban encendidas y en la puerta estaba su padre, cargando una linterna mientras trataba de ponerse su abrigo.

— Profesor Rize — dijo el hombre cuando Andreas se acercó — ¿de casualidad no ha visto a Hilda? Fue al pueblo anoche pero no ha regresado.

Andreas agarró la navaja con fuerza, era pequeña, por un momento se preguntó si el arma iba a poder cumplir su finalidad, pero cuando terminó de acercarse y la empuñó en lo alto las preguntas desaparecieron de su mente.

Su expresión mostraba determinación, era el momento. Lo hacía por Hilda, por la supervivencia de su amor.

El padre de la querida Hilda miró el brillo de la navaja gracias a la luz de la Luna antes de que esta bajara a gran velocidad, entrando de lleno en su hombro izquierdo. Un grito agudo salió desde el fondo de su garganta, dejando caer la lámpara trató de sostener su herida, sin contar el nuevo ataque, que terminó en su mejilla derecha.

Andreas empujó al hombre hasta que éste cayó al suelo. No debía detenerse, debía de atacar sin piedad, y así lo hizo, arrodillándose para continuar atacando, pese a los pobres intentos del hombre para defenderse.

Apuñaló sin detenerse, como le había dicho Hilda, sin darle oportunidad al otro de hacer algo. La sangre saltaba en pequeñas gotas que lo manchaban, pero no se detuvo.

El padre de Hilda gritaba, pero tampoco eso lo detuvo; no lo hizo hasta que escuchó un grito diferente, más agudo, horrorizado, justo a la derecha. Cuando levantó la mirada vio a la madre de Hilda, tan parecida a ella, con las manos en la boca, y una expresión despavorida.

La mujer dio un paso hacia atrás cuando Andreas se enderezó. Lentamente comenzó a retroceder mientras él se acercaba, sin quitarle la mirada.

Por más que intentó correr, él logró alcanzarla en el jardín, a un lado de las rosas blancas de Hilda, la sostuvo del cabello y la tiró al suelo. El pelirrojo se subió arriba de ella, sosteniendo con una mano las dos de la señora Polaris.

Por un momento vio a Hilda en ella, eran tan parecidas. Soltó la navaja y pasó su mano libre desde su vientre hasta la altura del corazón de la mujer, mirándola al rostro. Era tan parecida, pero algo en sus ojos le hizo saber que esa mujer no era su Hilda, esa mujer lo miraba con miedo, rogando en voz baja por su vida; su Hilda lo miraba diferente, a veces su mirada parecía inexpresiva, era difícil de leer, era lo que lo obligaba a permanecer cerca, queriendo saber lo que pensaba o lo que sentía.

Despertó de su letargo cuando sintió el jaloneo de la mujer, agarró su navaja y la alzó en lo alto antes de comenzar a apuñalar, una y otra vez.

Una y otra vez, al igual que con el padre de ella, salvaje, rápido, fuerte.

La sangre salpicaba en pequeñas gotas que manchaba débilmente la flora a su alrededor. Andreas se detuvo, agotado, viendo cómo el rosal blanco más cercano estaba manchado de rojo. Con cuidado se incorporó y arrancó una de las flores más cercanas, estaba rojiza en sus pétalos más grandes, pero había logrado salvarse en los del centro; mientras miraba la rosa sintió que esa imagen representaba lo que sentía hacia su querida Hilda, lo que era; pasión y desenfreno en el exterior pero en el interior había pureza, tranquilidad.

Aún con la flor entre los dedos caminó hacia dentro de la casa, donde escuchó el llanto del hermano menor de Hilda. Se detuvo justo frente a las escaleras, las dudas volvieron a asaltarlo, pensando en lo que estaba por hacer; a pesar de sus acciones pasadas existía una delgada línea sobre lo que había hecho y lo que sucedería después.

— Por Hilda...

Se susurró, en un efímero intento por darse valor que fue suficiente para que subiera las escaleras y se detuviera justo frente a la puerta de la que provenían los sollozos. La abrió con cuidado, escuchando de lleno los llantos del pequeño hermano de Hilda.

Una parte de él quiso levantarlo y arrullarlo, como varias veces lo había hecho en el pasado, imaginando que así lo haría cuando él y Hilda tuvieran sus propios hijos, pero no lo hizo, en su lugar lo arropó aún más, poniendo dos cobijas sobre su rostro húmedo y rojo por sus alaridos exigiendo atención. El pequeño movió las cobijas, enredándose más en ellas. Andreas afirmó con la cabeza y salió con paso presuroso de la habitación.

Mientras caminaba hacia la casa de los Heinstein pensaba en lo sencillo que fue deshacerse de la familia Polaris; tan rápido y sin una pizca de culpa, tal vez porque ya había sucumbido a Hilda, a lo que ella representaba, belleza pero también muerte.

De hecho, lo había hecho. Había caído tan profundo, abandonó su raciocinio, todo lo que creía y pensaba por ella, para ella .

Dominado por sus pasiones llegó pronto con los Heinstein. La casa estaba tenuemente iluminada, un escenario que le recordó al primer día que llegó al pueblo.

Andreas caminó hasta la entrada y se detuvo para mirar la navaja de Hilda; aunque le había funcionado bien en el pasado, sabía que Aiacos era un hombre fuerte que intentaría defenderse, en el pasado lo vio trabajar en el campo o trabajar con alguno de los habitantes del pueblo en algún trabajo pesado, el pelirrojo sabía que se defendería de cualquier ataque.

Aún con el inminente peligro cruzando por su mente decidió continuar adelante y tocar la puerta, pensaba en Hilda, en lo feliz que ella estaría cuando viera que él cumplió con su pedido al pie de la letra, que no dejó que nadie evitara que estuvieran juntos, que luchó hasta el final.

Aiacos abrió la puerta con el ceño fruncido, era entrada la madrugada y naturalmente no esperaba visitas. Cuando el pelinegro vio a Andreas su rostro rápidamente se transformó en una mueca de preocupación y susto.

— ¡Profesor Rize! ¡¿Eso a todo bien?! ¡¿Qué le sucedió?!

Andreas no entendió la preocupación del pelinegro hasta que se miró. Su ropa y rostro estaban manchados de sangre, además de sus manos, las cuales evidenciaban su crimen.

Aiacos se hizo a un lado y suavemente lo empujó dentro de su casa. Parecía que el profesor estaba en shock por su falta de reacción, pero necesitaba saber.

— ¿Qué sucedió profesor? — preguntó en voz baja, un tenue susurro apenas audible — ¿De quien es…? — no pudo continuar, un escalofrío lo recorrió por completo.

Andreas volvió a mirarse las manos, no había notado lo sucias que estaban hasta ese momento. Quiso hablar con el jefe, decirle cómo se sentía pero había algo que le molestaba en su pecho, al lado izquierdo.

Al abrir su saco recordó la rosa que había arrancado del jardín de Hilda; estaba maltrecha debido al lugar donde la había guardado, pero aún conservaba la belleza que la caracterizaba y la mezcla de colores que tanto le habían atraído.

La pequeña navaja de Hilda no servía, no para ese caso. Aiacos era un hombre joven que no dudaría en defenderse y defender a su familia.

Mirando por la habitación su vista se detuvo en el pequeño marco con atizadores a un lado de la chimenea. No estaban tan lejos; se levantó lentamente y comenzó a caminar hacia él, sin quitarle la mirada.

Aiacos miró preocupado su comportamiento. La forma en la que había aparecido, cómo se veía, todo era un claro indicio de que algo terrible había sucedido, pero la falta de reacción no lo ayudaban a comprender la gravedad de los hechos. Solo le quedaba esperar a que Andreas se recuperará de su estado y le contara los hechos pasados.

Sin embargo, sus ideas eran erradas, lo supo en el momento en que el profesor se acercó a la chimenea apagada y se agachó para tomar un atizador. Un señal de alarma se encendió en el subconsciente de Aiacos, pero aún así no fue lo suficientemente rápido para reaccionar a tiempo.

Andreas corrió los escasos metros que lo separaban de Aiacos e intentó clavarle el atizador en el vientre pero este logró mover la mano lo suficiente como para que la punta apenas le rozara, rasgando un poco la tela de su camisa.

Con las dos pares de manos de los hombres en el instrumento, se enfrascaron en una contienda por ver quién lograba aplicar más fuerza al atizador. Aiacos estaba sorprendido, trató de externar sus dudas, pero no lograba formular algo coherente que estuviera acorde con lo que pasaba por su cabeza.

Mientras forcejeaban, Andreas logró moverse lo suficiente para hacer retroceder al pelinegro, que terminó en el suelo con el atizador clavándose justo a su lado. A pesar de su fallo, Andreas no perdió tiempo en subirse arriba de Aiacos y comenzar a golpearlo, recordando las palabras de Hilda, sabiendo que si ella lo viera estaría feliz porque él siguió sus órdenes con la obediencia ciega que caracterizaba a su amor.

Pero aún no podía cantar victoria.

Aiacos era fuerte, se recuperó al cuarto golpe, lo suficiente como para lograr rodar e invertir los papeles. Por un momento dudó, cuando su puño se alzó en lo alto se detuvo por unos segundos. No era la primera vez que peleaba a puño limpio con un hombre, antes había tenido un duelo con Minos, la opción más razonable en lugar de un duelo con armas, y en sus años mozos se había enfrascado en varias peleas por razones que ya había olvidado; sabía defenderse, sin duda lo haría.

En medio del forcejeo, Andreas logró sacar la navaja de Hilda y rasguñó el cuello de su contrincante.

La sangre comenzar a borrar, roja, brillosa, destacable por la camisa blanca que lucía su contrincante.

Aiacos terminó con la espalda en el suelo, adolorido, tratando de respirar porque aunque el corte no fue profundo, si fue preciso para lastimarlo.

Andreas a su lado se quedó en su lugar, tratando de regular los latidos de su corazón. Todavía debía de moverse y dar el golpe final, pero estaba cansado. Comenzó a arrastrarse con la navaja en su mano, dispuesto a dar el golpe final.

Justo cuando estaba por levantar la mano sintió un profundo dolor en su costado derecho que provocó que soltara la navaja. Soltó una maldición y miró hacia arriba.

Pandora le había clavado el atizador. El ruido de la pelea la había levantado de la cama, preocupada, había bajado las escaleras para terminar en shock al ver la pelea entre su marido y Andreas. Sin embargo, el ataque y posterior sangrado la habían hecho reaccionar lo suficiente para tomar el atizador y herir al profesor.

Temblando, se acercó a su marido y trató de ayudarlo, susurrando entre lágrimas que todo estaría bien.

Andreas miró la escena desde el suelo, podía verlo, eso era amor, lo sentía dentro de la atmósfera oscura en la que estaban. Pensó en Hilda, se repitió el "por ella" imaginando que ella lo abrazaría de esa manera cuando regresaran a la escuela, que curaría sus heridas y se mancharía con la sangre de aquellos que la dejaron de lado, como él lo había hecho.

Pandora había dejado el atizador a su lado, Andreas no dudó en agarrarlo y levantarse, aún adolorido, sabiendo que sangraba menos que Aiacos. Se acercó a la pareja y ella no tardó en notarlo.

— Por favor… no — susurró Pandora tratando de alejarse, jalando a su marido en el proceso, las lágrimas inundaban sus ojos, nublándole la vista.

Andreas le apuntó con el atizador, siguiendo la lenta huida de Pandora hasta que chocó contra una pared.

Viéndose atrapada, la mujer abrazó a su marido. Pensó en su pequeño dormido en la parte de arriba, palideciendo aún más al imaginar lo que le pasaría con él; se llevó una mano al vientre, pensando en el pequeño que aún no nacía.

Andreas lo notó, el sutil movimiento de la mano, la expresión asustada de la mujer.

— Podemos hacerlo rápido, te prometo que no lo tocaré, no puedo hacer nada por el otro, pero Queen estará bien.

Pandora negó con la cabeza, abrazando aún más a Aiacos, cuya respiración era lenta. No quería soltar a su marido, dejarlo a merced del pelirrojo, pero tampoco quería abandonar a sus hijos.

Andreas miró su indecisión, debía de aprovechar el momento.

Por Hilda.

Con el atizador en la mano derecha, se acercó a la pareja. Con fuerza agarró a Pandora por el cabello y la alejó de Aiacos mientras clavaba la punta del atizador en el pecho del pelinegro, una y otra vez.

La señora Heinstein comenzó a gritar y llorar, tratando de que la soltaran, razgando la mano que la sujetaba.

El forcejeo le provocaba dolor a Andreas en su costado herido y eso logró molestarlo. Esperaba resistencia de Heinstein, pero no de ese miembro, imagino que con Aiacos muerto la única razón por la que Pandora seguía molestando era por sus hijos.

Remordimiento. La palabra se le vino a la mente cuando golpeó a Pandora con el atizador y la vio cubrir instintivamente su vientre.

Tratando de olvidar esa palabra pensó en Hilda, eso era lo que ella quería, sólo estaba cumpliendo los deseos de su amor, no podía estar haciendo algo malo si era por amor, para hacerla feliz. Por la pobre e inocente Hilda que era incomprendida, tratada mal por todas esas personas que sólo buscaban dañarla o burlarse de ella.

No era justo, debían de pagar.

Molesto, Andreas comenzó a golpear a Pandora con el atizador, una y otra vez, cada una más fuerte que la anterior, llenando todo de sangre, ya no sabía si era de Aiacos o de ella, o tal vez de los padres de Hilda.

Todo era rojo, rojo intenso, vivo, como las rosas que ella le había llevado la noche anterior; rojo pasión, amor. Ahora sabía que esa era la manera de demostrar el amor, ese era su color.

Se detuvo después de que Pandora dejara de moverse, mucho después. Se había quedado con las manos sobre el vientre, encorvada, protegiendo lo que amaba hasta el final, tal vez por eso Andreas no la dejó hasta mucho después de que ella soltara su último grito.

Soltó el atizador y se dirigió a la parte de arriba en un silencio espectral, guardó la navaja de Hilda en el interior del bolsillo de su pantalón y abrió la puerta de la habitación de Queen, quien seguía dormido, como si nada hubiera pasado.

A pesar de todo, Pandora no había hecho tabto escándalo así que el pelirrojo cumplió con su palabra y con cuidado, manchándolo de sangre, cargó al niño y salió de la habitación procurando no despertarlo.

Pasaron de largo el escenario grotesco y salieron de la casa rumbo a la escuela. La noche era fría y solo se escuchaba la suave respiración del niño y los pasos de Andreas.

Había cumplido, lo había hecho. Una sonrisa se dibujó en su rostro y una leve carcajada salió entre sus labios; ya nada podía evitar que estuvieran juntos, esa noche era el inicio del resto de sus vidas.

Pronto llegó a la escuela, ansioso por ver a Hilda, besar a Hilda, abrazarla, estar con ella. Queen se removió entre sus brazos, buscando más calor, provocando que el profesor recordara ese pequeño detalle.

Con cuidado lo envolvió bien entre sus cobijas y lo dejó a un lado de la puerta del jardín trasero, debía de hablar primero con Hilda, explicarle.

Encontró a Hilda en su habitación, sentada en la cama, mirando aburrida la rosa que tenía en su mano derecha. Ella alzó la cabeza cuando escuchó la puerta abrirse y miró sorprendida a Andreas cubierto de sangre pero con una enorme sonrisa de satisfacción.

— ¿Lo hiciste? — preguntó levantándose.

— Sí.

— ¿A todos? ¿Mataste a todos? — su tono de voz denotaba emoción al ver su sueño cumplido.

— Bueno… Sí.

Andreas trató de explicar lo que le había dicho a Pandora, pero Hilda lo interrumpió al arrojarse a sus brazos, besándolo con pasión, sin importarle mancharse con la sangre de todos los que odiaba. La recibió con gusto, dejando que ella lo manejara a su antojo.

— ¿Estás herido? — preguntó en un susurro, tocando justo donde Pandora lo había lastimado.

— Creo que sólo es una herida superficial, estoy bien.

— Necesitas descansar, has hecho mucho por nosotros esta noche.

Hilda lo llevó de vuelta a la cama, dejando que él se acostara antes de abrazarlo.

Estaba en casa, podía sentirlo, esa calidez no la obtendría en ningún otro lugar y ahora podría quedarse ahí para siempre, dejando que ella asustara el remordimiento que lo había atacado en casa de los Heinstein.

Quiso decirle a Hilda de Queen, pero comenzó a sentir todo el cansancio por su aventura nocturna. Sus ojos se cerraban mientras olvidaba al niño y comenzaba a imaginar su nueva vida al lado de la mujer que amaba.

Cuando se quedó dormido Hilda quitó su sonrisa, estaba feliz, pero también la consumía la envidia, envidia por no acompañarlo, por no ser ella quien viera a los ojos a todas esas personas mientras la llama de la vida se apagaba. Pero ya no importaba, ni siquiera podría verlo a él por completo pero no era relevante.

Con cuidado buscó su navaja entre la ropa endurecida por la sangre. Su instrumento también estaba manchado, de un rojo brillante, igual que su rosa que había dejado abandonada en la cama, la que tomó con cuidado para dejarla en una de las manos de Andreas.

A pesar de todo había sido divertido y él era bueno, un buen chico que la obedecía ciegamente, eso le había gustado. Pero las cosas habían terminado y ella no podría cargar con un idiota enamorado si quería seguir a si hermana. Porque todavía no había terminado, no, todavía no pagaban todos, faltaba sangre por derramar, sólo dos personas más.

Hilda miró el rostro sereno de Andreas, sintiendo la envidia envenenando todo su cuerpo, sabiendo que eso era lo único que él provocaba en ella.

Sin dudarlo clavó su navaja justo en el corazón del pelirrojo ciego de amor, lo hizo dos veces más, sonriendo al sentir la sangre caliente en su mano.

Después de eso, se apresuró a agarrar la pequeña maleta con cosas que le había robado al profesor y su canasta de flores rojas, saliendo de la escuela hacia una de las casas vecinas, donde Hagen la esperaba, el antiguo enamorado de Freya al que había convencido de que ella había sido raptada por el ruso y esperaba el rescate de su valiente príncipe. Hilda ahora sería la compañera de ese príncipe, lo necesitaba para encontrar a su hermana.

Se fue dejando todo un desastre atrás, un pueblo conmocionado que no entendió que había pasado esa madrugada, a excepción de una sola persona que sólo pudo culparse por no hacer nada, llorando por no salvar a nadie mientras abrazaba a un pequeño que había sobrevivido a una madrugada a la intemperie, entre las flores.


Comentarios:

¡Gracias por leer!

Este fue el final de está pequeña historia, espero que fuera de su agrado.