DISCLAIMER: LOS PERSONAJES DE KUNG FU PANDA Y PAWS OF DESTINY NO ME PERTENECEN
SINOPSIS: Años después de la derrota de los Inmortales, el Chi ha cambiado, las Constelaciones a aparecido y se ha desatado una guerra que parece perderán. Po y Tigresa son los maestros que lideran el último bastión de China contra la inexpugnable conquista de Khan, una animal que se rumorea tiene habilidades propias de un dios. Intentan resistir el avance de Khan, sobrevivir y proteger a toda costa a las Constelaciones, quienes parecen tener un importante papel en el resultado de la guerra.
Prólogo
Percepción
Bai Hu, maestra del Palacio de Zafiro de China y Guerrera Tigre Blanco, se levantó del suelo, dejando de lado su meditación. Su Chi estaba revuelto, tanto que casi podía sentir la incomodidad viniendo de su Bestia. Después de todos estos años desde la derrota de los Inmortales, había mejorado tanto su control de su Potencia, la Forjación, que había logrado formar un vínculo directo con su Bestia.
«¿Qué sucede, señor Byakko?».
El Tigre Blanco se tomó su tiempo para responder, más de lo normal. El señor Byakko no era una divinidad que pusiera pegas a las preguntas. Todo lo contrario, alentaba el conocimiento porque sólo a través de éste y de su aplicación a base de normas, se conseguía el honor.
No lo sé, dijo.
«¿No lo sabe?», se sorprendió la gacela. «Debo decirle que no lo esperaba».
A mí también me sorprende, dijo. Bai Hu no terminaba de comprender del todo cómo podía comunicarse con su Bestia, o cómo su voz sonaba como un trueno a la lejanía, dentro de su cabeza. Creo que debería saberlo, Bai Hu. Lo siento en mi ser.
Bai esbozo una mínima sonrisa, ¿los dioses se consideraban como un ser, tal cual los mortales, en lugar de un ente?
Es algo peligroso, mantente alerta. Algo que es de antes de yo ser.
«¿Como con los alumnos del maestro Po y la maestra Tigresa?».
Similar. Byakko rugió, para sorpresa de ella, quedito. ¿Su Bestia tenía miedo? Con los jóvenes maestros, pude recordarlo cuando accedieron a los poderes. Yo procedo de ellos, al menos en parte. Los Inmortales nos oprimían con su poder ajeno, no era de madre Orden, eran lo opuesto. Esto... es similar.
Bai escuchó susurros ahogados, gemidos apretados, sonidos de locura. Por reflejo, estiró una pezuña a un lado e invocó una espada de metal. Usando su poder, forjó del metal el arma, hecha por completo del mineral, desde el mango hasta la punta de la hoja. La vaina tenía motivos nipones, de su padre.
Con paso cuidadoso, se acercó a las ventanas, constando que era pasada la media noche, pues la luna estaba apenas un poco más baja de su punto más álgido. Cerró una por una, con todo y postigos. Con una postura de ataque ágil, fue yendo hacia las puertas dobles del salón de meditación.
De repente, una sensación de mareo la envolvió por unos instantes; por instinto cambió la postura. Aquello era un efecto de los saltadores y su poder. Pelear con altos maestros le molestaba, pues le recordaba a su batalla con los Inmortales.
Suspiró, despacio.
«Señor Byakko, le pido que envíe una alerta a los maestros Po, Tigresa y Tai-Lung».
Sabrán que algo andará mal, pero no comprenderán. Mis hermanos Seiryu y Suzaku no tienen un vínculo como el nuestro. Sentirán pulsaciones, nada más. Puedo hacerla con... con mi Astilla.
«En honor a la verdad, dudo que Jing no se arroje aquí de inmediato».
Es lo único que puedo hacer. La Vinculadora podría oírme, pero me tomaría mucho tiempo, Bai Hu. Ya perdió su Potencia del Yin, ya no es de Caos, así como el Contenedor de Seiryu no es de Orden. Todos somos de Equilibrio.
Bai Hu no replicó, el señor Byakko nunca daba respuestas claras cuando le preguntaba qué o quién era Equilibrio. Siempre decía que era un dios mayor, dos Aspectos en uno. El Equilibrio que había llegado un año después de la victoria sobre los Inmortales. «La libertad del Orden y la contención del Caos», según sus palabras.
Bai Hu no era de quedarse con la duda de algo, y estuvo investigando, encontrando datos sin sentido pero que todos congeniaban en el mismo punto: la aparición de las Constelaciones. Y poco después los maestros medios y los altos maestros.
Sacudió la cabeza, centrándose. Le pidió al señor Byakko que le enviase un mensaje a Jing, con datos cifrados mediante el código de la maestra Lei-Lei, así evitaría que la joven panda hiciera una locura. Si los dioses sonreían, saldría viva. Si no..., vivió una vida con honor.
Estiró la pezuña que no sostenía la espada y se concentró, la elevó en el aire y visualizó el carácter chino para fuerza. Lo trazó, causando que el aire vibrase allí por donde pasaba la pata, dibujando con Chi el ideograma. Éste se movió en el aire como una hoja al caer y se posó sobre el pelaje, fundiéndose a su cuerpo y marcándola como el fuego marca los cultivos, con líneas doradas negruzcas. Acto seguido, sintió el aumento en su musculatura. En pocos segundos, dibujó los caracteres para agilidad, claridad, astucia, velocidad. Por si acaso.
Las puertas del salón de meditación se abrieron con estrépito, golpeando las paredes. En el linde entre el salón y el jardín interno, estaba una leona de no más de veinte años, con los ojos avellana y desenfocados de la euforia. Tras ella, atisbó, los cuerpos sin vida de muchos animales. Casi todos sus alumnos, con los cuellos degollados, tendidos en el suelo con las ropas de dormir desgarradas, y los que dormían desnudos, como ella, con sendos tajos en el cuerpo.
Gracias a los dioses que se marcó con el símbolo de claridad, pues si no hubiera sido consumida por la ira y la sorpresa de cómo los mató a todos, un único animal, sin hacer ruido.
La leona atacó, con una velocidad descomunal, tal que no podía ser animal, mucho menos con alguna marca. Bai paró el golpe por pura suerte, reaccionando por reflejo, interponiendo la espada. Un dedo de la leona salió volando, cercenado, pero ella ni se inmutó. De hecho, su cuerpo se iluminó con una luz oscura, como si en lugar de emanar, absorbiera, y el dedo se reconstruyó. Le recordó al poder de Visión, aquel Inmortal cocodrilo. Sólo que más... perfecto.
«Esto no es normal».
¡Es de Odio! ¡Es de Odio! ¡Es el poder de Odio! ¡Oh, Equilibrio!
—¿Quién es Odio?
Byakko no le respondió, sino que siguió repitiendo aquella letanía, murmurando.
La leona se movió como si sufriera un ataque de extasis, sonrió y la miró. Bai condensó tanto Chi que los pliegues al Reino Espiritual se difuminaron a sus ojos. Una sombra se proyectaba sobre la leona: otra leona, más regia y antigua, como si le susurrara al oído, atada a la leona real mediante una cadena púrpura. Toda la luz venía de esa leona fantasma.
—Sí, señora —murmuró—. Se me ha dado la paz, porque no es mi culpa. Se me obligó. Y se me ha concedido la paz y la tranquilidad. —Fijó la vista en Bai—. ¡Tú! ¿Dónde están las Astillas? ¿Dónde están los rescoldos de Orden? ¡Tú lo sabes!
Bai Hu apretó la espada con ambas pezuñas. Un corte vertical debería servir de buen ataque y le daría chance para una defensa.
—No sé de qué hablas, leona.
La animal rugió con una ira furiosa y después sus ojos perdieron emoción, se vació como un odre. Lo siguiente que Bai supo, fue que una cuchilla le salía por el muslo, desde atrás. Cayó sobre una rodilla, dando un tajo circular.
¿Cómo demonios pasó de estar delante a estar detrás?
La leona a su espalda tembló. Titiló. Titiló como un tormentoso relámpago y despareció, emanando relampagos purpuras y negros por menos de un instante, para reaparecer donde había estado antes, cerca de la puerta y...
Y ahora eran dos.
Bai Hu parpadeó, insegura de lo que veía, pues la segunda leona, la que no había desenvainado una daga tan larga que podía considerarse una wakizashi, se disolvió en luz oscura que la leona con la wakizashi absorbió.
Con decisión, Bai cuadró la mandíbula y atacó, ignorando el dolor de la pierna. El tajo estuvo imbuido de tanto Chi que no sólo cortó, sino que rebanó la puertas, las columnas y parte de la pared del salón. Entre el caos, Bai aprovechó para dibujar con Chi el caracter de insensibilidad, que le eliminaba el dolor de la pierna.
Miró a ambos lados, buscando a la leona, que saltó durante su ataque, pero no la vio. Por (instinto alzó la mirada, conteniendo la sorpresa por ver a su enemiga de pie en el techo, como si nada. Caminó sin inmutarse, murmurando para sí misma. «¿Cómo camina al revés?». Era como si el suelo no tirase de ella y su arriba fuese el abajo.
La leona titiló de nuevo, relampagos morados negruzcos salieron de su cuerpo, dejando entrever un mundo con un cielo negro y un sol blanco, tan fugaz que parecía una ilusión. Un instante después, apareció delante de Bai, blandiendo su wakizashi de jade.
Bai hizo un bloqueo con su espada, pero antes de que chocasen las arma, la wakizashi de jade brilló de rojo, o más bien, venas rojizas dentro de la piedra, como vetas, brillaron, dándole al jade un aspecto rojizo. Cuando las armas chocaron, la espada de Bai se quebró y le atravesó el pecho.
Escupió sangre, sin inmutarse. Muchas veces la habían apuñalado.
Gimió y cayó al suelo, con espasmos de dolor. La herida en su pecho no sangraba como debía, sino que de su pecho líneas rojas se extendían a su cuerpo como telarañas, quemándola. Se revolvió en el suelo, conteniendo el dolor que por alguna razón le afectaba, pese al sou de insensibilidad.
La leona le puso un pie en la cabeza. Con furia, Bai concentró todo el Chi en sus ojos, con la esperanza de que lo que viera le diera una pista a Byakko que pudiera comunicar a Jing. Al menos algo. Ya de por sí la situación era mala con la amenaza de los Mong, como para agregarle a esta... cosa.
—Emisaria de nuestro dios —murmuró—, ¿no podemos usar su Chi? Es mayor al de las Astillas, mi señora. —La sombra de la leona a su espalda se acrecentó, represiva—. Sí, lo entiendo. Las Bestias están manchadas por los Inmortales y Qilin. Entiendo, mi señora. Sí, sí. —La leona colocó la wakizashi en la sien de Bai—. ¿Dónde están las Astillas? Tu... —La sombra menguó—. Mi señora dice que ya sabe dónde están, y que le des las gracias a tu Bestia por enseñárselo.
Bai gritó, antes de que la leona la ejecutase. De un salto se abrazó a ella, haciendo que el Chi las consumiera a ambas, abriendo a su espalda un portal directo a Las Puertas de la Muerte. Los señores Ma Mian y Niu Tou le ayudarían por una vez, recibiéndola en el Inframundo. La leona gritó e intentó escapar titilando, pero Bai la imbuyó con tanto de su Chi que la luz oscura no funcionó.
La sombra unida a la leona cortó la cadena justo cuando Bai se dejaba caer al portal, llevándose a la leona con ella. La sombra sonrió, con una tranquilidad inaudita, y se encogió de hombros ante la inevitabilidad de la muerte de la leona de carne y hueso. Su voz sonó dentro de la cabeza de Bai.
El tiempo que ganaste retrasa lo inevitable, Contenedor. Era clara, femenina y burda; de paria. Odio siempre logra lo que se propone. Visitaré a esos Mong y me encargaré yo misma de destruir a los Contenedores, ellos deben saber dónde están las Astillas. —La sombra alzó la cabeza, como si oyera algo más allá de ella—. Parece que el panda y la tigresa siempre están en meollo del asunto. Perfecto. Esta vez Equilibrio no podrá detener a mi señor. Gracias, Contenedor de Byakko.
Bai, débil, rompió el vínculo con Byakko, sobrellevándole un agotamiento y vaciado de Chi abismales.
Por suerte, el frío de la muerte apaciguó el brutal dolor que explotó en su cuerpo. Lo último que pensó fue que había muerto con honor y dignidad, protegiendo a quien podía. «Jing, no hagas una locura», pensó. Moría en paz.
No como su enemiga, que se revolvía cada vez más lento en las heladas sombras del camino al Inframundo, repitiendo la misma frase.
—No me quites la paz, mi señor, yo no tengo la culpa de haber fallado.
