Hola, queridos lectores!
Sí, les debemos unas ENORMES disculpas por llevar dos domingos sin actualizar. Pero de nuevo, las prioridades literarias nos alcanzaron (Yo, PriestessNahuel, he estado funcionando como jurado en dos concursos literarios... y hay que leer y debatir mucho!).
Pero aquí está el siguiente capítulo! Mejor no adelantamos nada... ¡pasen y lean!
Capítulo 21: Las visitas sin avisar no son buenas
—Al inicio tenía mis dudas, pero ya mi mente se aclaró: esta es la peor trampa del mundo.
Ginny frunció el ceño, genuinamente confundida.
—¿De qué hablas, Snape? Esto no es un juego…
—No, no es un juego que quien-tú-sabes te enviara a probarme, a provocarme… lo que sea… ¿qué esperabas escuchar de mí? ¿Qué tengo miedo, que dudo, que no quiero estar aquí…?
—Estás comportándote como un idiota —lo regañó ella—. La verdadera trampa está en cuanto te asignen a un pobre diablo para que lo tortures, y seas incapaz de levantar la varita. Después de eso, serás la mascota de James Potter. Después no digas que no te lo advertí.
Ginny giró sobre sus talones y se marchó de la habitación con un portazo. Harry se apresuró en colocarse al lado de las cortinas, por si a algún mortífago le llamaba la atención el ruido. Pero todo se mantuvo en silencio durante al menos diez minutos, así que procuró regresar al recinto de la actividad informativa. Un mortífago sombrío lo recibió en cuanto traspasó el umbral. En realidad, Harry casi lo confunde con un oso disecado. Hasta que recordó que las piezas de taxidermia no hablaban.
—¿Dónde estabas, mocoso? —preguntó con un gruñido.
—En el baño —respondió Harry con rapidez.
El mortífago, aburrido, sacó su varita y la agitó un instante en el aire. Harry se dio cuenta de que llevaba un pergamino escondido entre las ropas.
—Sí, la cabecita faltante en este caldo de hormonas —preguntó el mortífago—. Harry Snape… —le echó un vistazo—. Hum. Suertudo. No tienes su nariz ridícula. Toma. Esto es para ti.
Del abrigo peludo emergió un sobre. Harry lo recogió y el hombre le pasó de lado para salir del lugar. El muchacho se quedó quieto un instante, sin romper el sello. La actitud de los reclutas había cambiado: ahora se movían de forma perezosa de un lado a otro, formaban grupos, cuchicheaban en voz muy baja. Algunos presentaban rostros congestionados, como si les hubieran dado una mala noticia, o tuvieran dolor de estómago.
Harry se decidió a romper el sello y sacar el sobre. Era una carta escrita con caligrafía irregular. Supuso que pertenecía a James. Sintió cómo los pies y las manos se le congelaban. Era lo mismo que Ginny le había dicho, minutos atrás: muchos adolescentes no habían acudido a la cita del Señor Oscuro y debían ser castigados. Visitarlos. Lanzarles Crucio, hasta que la mente se les quebrase. Nada de trucos. Al final del texto, había una dirección.
Sin nombres.
—¡Hey!
Harry levantó la cabeza y tropezó con Draco, quien lucía agitado. Pero no igual que los demás reclutas. Era otro tipo de preocupación.
—Te perdiste una buena, amigo —susurró.
—No me digas —dijo Harry mientras guardaba la carta de regreso en el sobre.
Dio un respingo cuando una mano se apoyó en su hombro. Se tranquilizó al escuchar la voz de Snape:
—Vamos a casa, hijo.
—Sí, papá… —aceptó, sumiso. No deseaba pensar en ese momento. Quería que todo se detuviese—. Después te llamo, Draco.
—No hay problema —el otro muchacho movió la cabeza de un lado a otro con simpatías.
Harry sintió un tirón y apenas le dio tiempo a contener el aire cuando desapareció de la fiesta de los cachorros de mortífago.
No le dijo a Snape sobre la carta. El hombre tampoco le preguntó sobre la reunión. Parecía concentrado, como si pensara en serio cómo resolver los más grandes enigmas del universo. Harry intentó actuar de la mejor manera posible ante Lily. Si algo debía reconocerle a Snape, era el absoluto dominio de sus emociones y sus dotes histriónicas. Nadie podía asegurar que estaba consternado. Cosa que no sucedió con Harry. Por más que se esforzó en aparentar normalidad, Lily se mostraba suspicaz cada vez que interactuaban.
Después de la cena, Harry realizó una llamada telefónica a Draco y ambos conversaron en susurros. Quedaron en encontrarse al día siguiente en un parque lo bastante grande para que nadie les respirase en la nuca y escuchara la conversación. En cuanto colgó, Harry se sobresaltó al notar que Lily estaba allí y lo vigilaba con estrechez.
—Hola, mamá —saludó, como si no se hubieran visto en milenios—. ¿Quieres algo? Si buscas a papá, está otra vez en el invernadero.
—Tu padre es un profesional en eso de hacerme creer que no hay problemas… tú, en cambio… —dijo Lily de repente y Harry pudo sentir cómo el sudor rezumaba de su frente—. Eres un libro abierto, cielo. ¿Qué sucedió en el callejón?
Harry agradeció haber conversado con Snape antes de llegar a la casa.
—Nada, mamá: quise pasar el día con mi novia y…
—Acabo de dejar claro de que no me engañas —Lily colocó las manos en jarras y alzó una ceja—. Ayer, cuando vino Pansy…
—No estamos bien —dijo Harry antes de que ella continuara. Lily pareció relajarse un tanto—. Pansy y yo discutimos antes de las vacaciones de Navidad… Estamos tensos. Queremos… sanar de las cosas que nos dijimos. Así que vamos despacio otra vez. Draco se brindó a acompañarnos para evitar que… que vuelvan los sentimientos negativos.
Harry leyó una vez que los mentirosos solían mirar al suelo mientras exponían sus mentiras, así que intentó hablar sin apartar los ojos de su madre. Por fortuna, funcionó, porque la mujer cedió.
—Entiendo que quieras tratar esos temas con tu padre —dijo—, pero también estoy aquí, ¿sí? Y cuando quieras conversar, no te guardes nada en el tintero. Si hiciste algo mal con Pansy, debes reconocerlo, o no vas a solucionar el problema.
—Gracias, mamá. ¡Ah! Mañana saldré con Draco. Quiere enseñarme una tienda de motocicletas muggles…
—No —advirtió Lily al apuntarle con un dedo—. Haz todos los pucheros que quieras, pero no vamos a comprarte ningún cacharro ruidoso… ¡no insistas! —regañó cuando el muchacho abrió la boca—. Cuando seas mayor de edad y trabajes, haces lo que quieras. Ahora mismo, eso solo va a traerte problemas.
Lily lo amonestó con la mirada durante algunos segundos más, agitó el dedo y se marchó al segundo piso. Harry soltó aire.
—Las madres sí dan miedo —dijo en voz alta.
Decidió irse a su habitación para intentar leer y despejar la mente. Pero encontró a Hedwig II, como la llamaba en su mente, cara a cara con Bigotes. Aunque en realidad, era difícil saber a dónde miraba exactamente el gato. Ambos estaban junto a la jaula abierta. Pelusa negra y plumas blancas se entretejían en la portezuela, como una extraña declaración de territorio. El muchacho fue capaz de percibir la tensión entre los animales. Temió que Bigotes hiriese a la lechuza de un zarpazo, o esta le sacara los ojos disparejos con las garras y el pico.
Se adelantó con la intención de apartarlos, pero el sonido ronco de Bigotes y el ulular de advertencia del ave lo detuvieron en seco. Descubrió el ojo azul, bulboso, del gato, clavado en él. Hedwig II chasqueó el pico.
—Ya entendí —dijo y levantó las manos—. Lo solucionan entre ustedes. Mientras no se maten, todo estará bien.
Y se contentó con bajar a ver televisión hasta quedarse dormido en el sofá.
Al día siguiente, mientras caminaba por el parque junto a Draco, ninguno encontró gracioso que Bigotes y Hedwig II, de una extraña forma, amanecieran dentro de la jaula como sardinas en lata.
Tenían otros asuntos más graves de los cuales preocuparse.
—Te lo digo: repartieron sobres a todos, menos a mí. Moría de curiosidad y tú ni siquiera me contaste por teléfono… pero es bueno que me dijeras ahora y no allí, en medio de esa horrible reunión —dijo Draco y pateó una piedra—. Al final… Ginny Weasley tenía razón… comienzo a creer que de verdad le gustas.
—Eso es un farol. Quiere que falle, es todo —dijo Harry y espantó la idea con una mano—. Lo peor es, que las indicaciones vienen sin nombres. Tenemos cinco días para visitar la casa, y atacar a los adolescentes y jóvenes… ¿qué clase de mente…? —se detuvo al recordar que, en efecto, James Potter estaba loco—. No sé cómo voy a salir de esta…
—Oh, Canuto…
—No, él no tiene problemas, ¡soy yo!
—Digo, que está allí, en la calle. ¡Vaya! ¡Mira esa motocicleta!
Harry entornó los ojos tras las gafas y distinguió a un hombre al lado de una Triumph del 1951 color negro. Envidió la buena vista de Malfoy, porque a él le costó trabajo identificar a su padrino, quien usaba una sudadera con capucha. Se reunieron con él, y mientras Draco no dejaba de admirar el vehículo, Harry notó la expresión seria de Sirius. No necesitaba confirmar nada.
—Síganme —ordenó el hombre.
—¿Puedo montarla? —pidió Malfoy con esperanzas.
—No. No quiero que eches a volar por accidente o te estrelles contra los muggles.
Malfoy hizo una mueca de insatisfacción. Mientras se dirigían a un café cercano, Harry recordó que Sirius también tenía una motocicleta encantada en su línea temporal. Al menos, había conservado ese gusto. En la terraza de la cafetería, los esperaba Snape. Harry se estremeció cuando tocó su silla. Seguro estaba bajo la influencia de hechizos guarda-secretos. Nadie fuera de la mesa escucharía la conversación.
—¿Cuándo pensabas decirme de la prueba? —preguntó Snape.
—Cuando lo asimilara, papá… pero estaba seguro de que Canuto te lo iba a comentar.
—Y esta vez, no fue mi culpa: se supone que tú le echarías un ojo a James mientras estuvieran reunidos con el Señor Oscuro —dijo Sirius y reclinó la silla a dos patas.
—Por supuesto, sacas la sábana sucia justo cuando fallas tu tarea principal de mantener a ese loco alejado de los reclutas —replicó Snape con ironía—. ¡Qué gran trabajo!
—Deberíamos pensar cómo sacar a Harry de esta, no buscar culpables de… de algo que no se puede cambiar —interrumpió Draco, y aunque los adultos le dedicaron una mirada terrible, continuó hablando—. Tiene cinco días para… bueno. Ir a una casa al azar y torturar a posibles compañeros de clase.
—Malfoy, ¿a ti no te asignaron nada? —preguntó Sirius con curiosidad.
—No. Sospecho que mi tía Bella convenció a James de dejarme en paz.
—Podría usar la multijugos para...
—¡No! —exclamó Harry y Snape se quedó con la palabra en la boca—. Eso no… quizás… podamos advertirles. ¡A todos!
—Eso sería arriesgado —dijo Snape—. El Señor Oscuro sabrá que tiene un espía en sus filas… entre sus reclutas…
—Podríamos pensar la forma de sacar del país a esa familia —dijo Draco y se encogió de hombros—. Mi padre tiene acceso a varias áreas del Ministerio de Magia… conoce a mucha gente importante… puede conseguir un traslador no autorizado.
—No, ni hablar, ¿qué sucederá con todos los demás…? —insistió Harry.
—Chico, sé que es duro, pero no podemos hacer eso —explicó Sirius en tono amable—. Causaría una conmoción que decenas de familias mágicas se vayan del país en trasladores no autorizados, y como dijo Snape, advertirles a todos haría sospechar al Señor Oscuro…
—Entonces… a una parte… ¿a la mitad? ¿A un cuarto…? —pidió Harry.
Los adultos intercambiaron una mirada de preocupación.
—Consigue lo que puedas de esa lista, Black —pidió Snape—, y se la haré llegar a Umbridge y McGonagall…
—¿Qué? ¿A ellas? —casi gritó Harry. Pero al momento recordó que no existía la Orden del Fénix—. Dumbledore hubiera sabido qué hacer…
—Amigo, Dumbledore desapareció hace bastantes años —le recordó Draco—. Y no creo que lo encontremos escondido en la próxima esquina. Ellos tienen razón: darle una parte de la lista a Umbridge y McGonagall para que adviertan a esas familias, es lo mejor.
—No siempre se puede salvar a todos —agregó Sirius.
Harry cerró las manos en puños, pero no replicó. No tenía sentido.
—Los vigilarán —dijo Sirius de repente—, o al menos, seguirán sus movimientos en un mapa mágico. Están enlazados a sus insignias, las cuales también tienen un hechizo de ocultamiento: la magia que hagan no será detectada por el Ministerio…
—Qué cositas más útiles —murmuró Draco, encantado—. ¡Podemos hacer magia fuera del colegio!
—Así que les sugiero que las lleven encima —siguió Sirius—. Además, si permanecen inmóviles demasiado tiempo, Bellatrix enviará a un mortífago a comprobarlos…
—Déjame adivinar: James vendrá a confirmar que soy un gran fan de… quién-ustedes-saben —lo cortó Harry, hastiado.
—No lo sé. Pero es posible. Está eufórico desde que Snape se unió a nuestras filas —dijo Sirius con un gesto de restarle importancia—. Escucha: sabrán si no cumples la tarea en el plazo de cinco días. Así que, en cuanto tengamos ese traslador no autorizado, Harry, tendrás que llevarlo a esa dirección y convencer a esa familia de huir.
—Te acompañaré… —se apresuró en decir Draco.
—No. A ti no te hicieron ninguna asignación… no rompas las reglas —le advirtió Sirius.
—Lo siento, amigo, pero parece que estás solo —dijo Draco con una mueca.
—Sí. Eso parece —suspiró Harry.
Cuando llegó el pedido que Snape hiciera con antelación en la cafetería, Harry apenas pudo comer. La dirección le resultaba desconocida. ¿A quién tendría que visitar para decirle que dejara todo atrás y huyera a otro país? ¿Sería un compañero de estudios? ¿Un desconocido? ¿Cómo podría convencerlo, en uno u otro caso?
Desde ese instante, ensayó en su mente todos los escenarios posibles. Habló con el espejo mágico del baño (asegurándose de que no existía ninguna mancha misteriosa), con Bigotes y Hedwig II, quienes parecían mantener una tregua con posibilidad de convivencia en un futuro cercano. Sin embargo, Harry sentía que fallaba con cada palabra que formulaba. Bigotes tampoco ayudaba, porque insistía en meterle una pata en la boca.
Al cuarto día del plazo, y como estaban próximos a regresar a Hogwarts, Lily y Snape habían cocinado un banquete por todo lo alto. Harry se dejó llevar por el ambiente festivo, porque necesitaba que su mente desconectara del caos. Hasta que sonó el teléfono. Era Draco.
—Tengo el traslador —susurró—. Mañana te lo llevo a casa… se activará en veinticuatro horas… así que, por la noche, deberás ir…
—Sí. Lo sé —Harry trató de tragar. No pudo. Tenía la garganta seca.
—¿Canuto te servirá como apoyo?
—No. No es bueno que se vaya tan seguido de… su casa. Papá me acompañará.
—Bien. Buena suerte, amigo.
Harry sintió cómo el estómago, las risas compartidas minutos atrás con su familia, la alegría, desaparecían en un agujero negro.
Ayudó a Lily a recoger la mesa, se brindó a fregar. Snape se quedó retrasado y le preguntó por la comisura de la boca:
—¿Era la llamada que esperábamos?
—Sí. Me siento fatal.
—Te daré algo para que puedas dormir. No es bueno que mañana estés en malas condiciones.
Harry odió la forma en que lo dijo. Como si fuese un examen escolar, participar en una clase práctica. "Duerme bien, y aprobarás mañana". Pero no replicó. Si separaba los labios, iba a vomitar.
Al día siguiente, Harry no tenía deseos de ver a nadie. Se encerró en su habitación, con la excusa de que deseaba terminar unas tareas extra antes de regresar a Hogwarts. Lily respetó su privacidad, asociándolo también a que estaba reconciliándose con Pansy y el proceso era complicado. Snape se apareció directamente en la habitación, sobresaltando a Harry, quien en ese momento sostenía la insignia de iniciado mortífago.
—¡Papá! Tocar a la puerta no te va a matar —le gruñó.
—No ibas a abrirme —dijo el hombre. Hurgó en su bolsillo y sacó una lata de refresco aplastada—. Draco acaba de traerlo… cuando le dije que estabas aquí, encerrado, comprendió que no era buena idea molestarte. De todas formas, tu madre lo retuvo en la cocina. Deberías bajar a saludarlo.
—Ahora mismo, papá… solo quiero…
—¿Que la tierra te trague? Conozco un hechizo que te haría el favor… —el muchacho miró con reproche al hombre y este se echó a reír—. Pero no es correcto. Draco es tu amigo, está preocupado, quiere ayudar… ve con él. Llamen a Pansy. Pasen un buen día…
—¿Cómo puedo divertirme si en la noche, debo…?
—No vas a torturar a nadie, ¿recuerdas? Les ofrecerás una salida… siempre se puede declarar que cuando llegaste a la casa, estaba vacía. Que encontraste los armarios despejados, polvo en el suelo…
—¿Cómo puedo convencerlos de que se vayan? —preguntó Harry y miró a Snape a los ojos—. ¿Cómo?
—Sabrán por qué estás allí —dijo Snape—, de alguna forma, esas cosas siempre se saben. Y háblales con sinceridad. Aunque las palabras parezcan tropezar unas con otras, ellos sabrán que las dices desde el corazón. Además, yo estaré afuera para ayudarte si tienes problemas. Convocar chispas rojas, ¿recuerdas?
Harry asintió. Se guardó la insignia de mortífago novato en un bolsillo y se dirigió a la puerta.
—Gracias, papá.
Snape alzó una mano, dudó un segundo y la dejó caer sobre un hombro del muchacho.
—Todo saldrá bien.
Harry quiso decirle que no era cierto. Siempre existía algo que lo arruinaba todo. Pero intentó relajarse, tal y como Snape se lo pedía. Tenso no iba a lograr nada. Lo único que iba a suceder, era que la lengua se le enredara más, que balbuceara, y la familia lo atacara antes de comprender qué estaba sucediendo.
Por fortuna, Pansy acudió en cuanto la llamaron. Harry había acordado con Draco no contarle nada acerca de la prueba de fuego de los mortífagos. Solo le dijeron que la reunión había resultado muy aburrida, con comida sosa, como si con eso fuera suficiente para terminar de convencer a un puñado de adolescentes de ser fieles al Señor Oscuro. Pansy preguntó por Hedwig II, y se alivió al saber que la insignia no le había quemado las patas.
El momento de la despedida llegó al comenzar a caer la noche. En cuestión de pocas horas, el traslador no autorizado se activaría. Harry tenía ese tiempo para llegar a la casa designada, o sería él quien terminaría fuera del país. Idea que comenzaba a antojársele fantástica: huir, con Lily y Snape, cambiarse de nombres, esconderse entre los muggles. Y rezar para que James Potter los olvidara. Harry insistió en acompañar a Pansy a su casa, a pesar de que Draco se brindara para la tarea.
—¿Piensas ganarte puntos de reconciliación con esto? —preguntó ella, cuando estaban en el portal.
—No, eso lo dejaremos para Hogwarts —dijo Harry y suspiró—. Mira, Pans, de verdad quiero enmendar las cosas…
—Lo sé. Y me alegra —dijo ella y besó su mejilla con rapidez—. Nos vemos en la escuela…
Antes de que Harry tuviera tiempo de idealizar que estaba ruborizado, ella entró a su casa. Caminó hacia la acera, atontado. Draco sonreía con malicia.
—Los vi —dijo—. Te besó, ¿eh?
—En la cara —murmuró Harry y se tocó la zona—. ¿Eso cuenta?
—¡Y tanto! —dijo Draco y se echó a reír—. Significa que estás haciendo progresos… ah, llegamos a la esquina. Sabes volver a casa, ¿no? ¿O tienes problemas con las memorias de mi amigo…? O sea, tú… ya olvídalo… ¿por qué la cara?
Harry miraba la saeta de direcciones. El nombre de la calle.
—No… —susurró y guardó una mano en un bolsillo para sacar un pergamino—. No quiero pensar…
Draco palideció.
—¿Cuál es la dirección que te asignaron? —preguntó con un temblor en la voz.
—Es… por aquí… —Harry se volteó y miró los números de las casas—. Es en esta calle, pero…
—Sabemos que Pansy no se alistó como recluta —se tranquilizó Draco—. ¿O nos lo ocultó…?
—No, no es Pansy —Harry comprobó tener su varita con él—. Draco, encuentra un teléfono, llama a mi papá, dile que encontré la dirección, ¡que venga de inmediato con el traslador!
Draco tardó un par de segundos en acatar la orden, pero corrió en sentido contrario a Harry, quien ya buscaba el número de la casa. La encontró en la acera frontal, casi al final de la calle. Una luz brillaba en lo que supuestamente era la sala de estar. Pensó en llamar, pero quizás no le permitieran el paso y lo atacaran en el umbral, sin importar que los vecinos lo viesen.
Se acercó a la puerta frontal, sacó la varita y, a escondidas, susurró contra el cerrojo: "¡alohomora!". Escuchó el clic, empujó la puerta y entró. La vivienda, al igual que la suya, no presentaba rastro alguno de magia. A su derecha, estaba un clavijero para abrigos y sombrillas. Una alfombrilla con el letrero "BIENVENIDOS". Las paredes, pintadas de suave melocotón. Harry avanzó hasta asomarse en una acogedora salita de estar con las luces bajas. Una mesita contenía una variedad de figuritas de porcelana y fotografías familiares. La televisión estaba encendida. Pasaban una película de acción. Por encima del respaldar del sofá, vio dos cabezas muy juntas: cabello negro, cabello castaño.
Harry supo quién se ausentó a la reunión de reclutas antes de aclararse la garganta. Supo a quién, en teoría, debía torturar, antes de ver cómo la pareja se sobresaltaba y se ponían de pie, justo cuando en la película estallaba un tiroteo.
Hermione lució genuinamente sorprendida, mientras que Neville se apresuraba en esconder la cicatriz en forma de rayo de su frente.
—Ah, hola, Harry —dijo Hermione, como si todo fuese una fiesta del té planificada con antelación—. De verdad siento mucho que no pudieras encontrar tu varita dorada… pero Umbridge la tomó antes de que…
—Tú le dijiste —dijo Harry. Estaba furioso. Comenzaba a olvidarse de por qué estaba allí—. Tú me empujaste a esto… me usaste. Me traicionaste…
—Ella solo hizo lo mejor para el Mundo Mágico. Incluso tuvo que dar su nombre, por si tú y esa rata de Malfoy se acobardaban. Ella iba a entrar a los mortífagos como espía… —la defendió Neville, y esbozó una sonrisa extraña—. Pero por suerte, cumpliste tu papel. Estás bastante tocado de la cabeza, ¿sabías?
Harry tuvo pensamientos terribles. Involucraban aplicarles, a los dos, lo que pedían los mortífagos. Ellos se habían encargado de arruinar su regreso a su línea temporal. De arruinar su vida allí. Merecían un buen castigo. Por instinto, sacó la varita y les apuntó. Neville y Hermione se tensaron. Se tomaron de manos.
—No puedes hacer magia fuera de la escuela —le recordó Hermione—. Tendrás encima al Ministerio de Magia antes de que te des cuenta…
—Si hubieras asistido a la reunión de los reclutas mortífagos, hubieras adquirido algunas ventajas interesantes respecto a eso… —murmuró Harry.
Y su voz, su propia voz, gritó en algún punto detrás de él:
—¡Petrificus totalus!
Neville no tuvo tiempo de sorprenderse cuando quedó congelado y cayó como una piedra del otro lado del sofá. Hermione registró en sus ropas con desesperación antes de palidecer, porque ningún adolescente pensaba ser atacado en su propia casa, ningún menor de edad pensaba en hacer magia antes de los diecisiete. Harry vio con horror cómo otro Harry le pasaba de lado, con la varita alzada, sin titubear, y pareció disfrutar cuando dijo:
—¡Crucio!
Y los gritos de Hermione se fundieron con los alaridos de la película de acción.
