¡Hola, queridos lectores!
Un capítulo bastante corto, lo sabemos... pero creemos que es muy intenso.
¡Lean y...! ¿Disfruten? No sé si sea la palabra correcta... solo, lean.
Capítulo 22: Desesperación
Harry no reaccionó al momento. Un pitido en sus oídos lo taladraba. El tiempo estaba congelado. Su mente se negaba a procesar el escenario: Neville inmóvil bajo el efecto de un hechizo, el televisor con el volumen al máximo se tragaba los gritos de Hermione, y Hermione devoraba los sonidos de la película de acción. Y otro Harry con ropas diferentes, fuera de su talla, vestido a toda prisa, le apuntaba con la varita para mantener un hechizo de tortura.
En la película ocurrió una explosión espectacular, el otro Harry retiró la varita, y Hermione dejó de retorcerse, agarrándose la cabeza como si temiera perderla. Harry, el verdadero (porque en medio del caos llegó a dudar de sí mismo), sintió que alguien presionaba de nuevo el botón de "play" de su vida y el tiempo volvió a la normalidad.
—¡Crucio!
Hermione volvió a agitarse en convulsiones violentas.
Harry se lanzó sobre su doble, pero este lo esquivó con agilidad. El otro intentó alejarse con tanta prisa que atropelló a Neville. Le pisoteó la cara y se escuchó el "crack" de la nariz partida. El falso Harry rio encantado al ver la sangre y la mirada de desesperación del muchacho paralizado. Luego, volvió a apuntarle a Hermione:
—¡Crucio!
—¡Basta! —ordenó Harry—. ¡Expelliarmus…!
—¡Protego! —se adelantó el clon y la varita de Harry escapó de sus manos a causa del rebote del hechizo.
Ambos se sostuvieron la mirada. Harry tenía la esperanza lejana de que se tratara de Sirius o Snape bajo la multijugos. Pero ellos no hubieran actuado con sadismo. La identidad de su doble no era otra que Ginny Weasley, cumpliendo su palabra de tomar su lugar en la prueba de fuego impuesta por James Potter. El otro Harry sonrió, apuntó de nuevo a Hermione y repitió con voz ronca:
—¡Crucio!
Era como caer en un bucle de pesadillas. Hermione aulló. Se golpeó a sí misma, se arrancó cabellos, sollozó. Harry se lanzó al suelo para recoger su varita bajo el butacón. A través de una ventana, vio cómo las casas de los vecinos se iluminaban. Escuchó la puerta principal quedar abierta de golpe, pasos que corrieron a la sala de estar. Vio a Snape, con una lata escachada en la mano, más pálido de lo habitual bajo las cortinas de cabello negro, con Draco a su lado. Atónitos, observaban al Harry que torturaba a Hermione sin piedad.
—¡Papá! —llamó Harry mientras lograba ponerse de pie—. ¡Deteng…!
—Viene la policía —dijo Snape en voz baja. Se acercó en dos pasos a agarrarlo por un brazo y tirar de él—. Vamos…
—¡No! —Harry luchó para liberarse, alzar la varita contra su doble—. ¡Deténganla…!
—Es tarde —susurró Malfoy con tristeza.
Lo último que vio del salón, fue el mechón pelirrojo que comenzaba a crecer entre el cabello negro y rebelde del falso Harry.
Reaparecieron los tres en un acantilado. El batir de las olas contra las piedras se mezclaba con el silbar del viento. Hacía frío, la sal se incrustaba en la piel como dardos diminutos. Snape soltó a Draco y Harry. Este último cayó de rodillas, con la vista fija en la hierba amarillenta.
—Lo siento, hijo…
—Perdí mucho tiempo —murmuró Harry para sí mismo—. ¡Pude explicarles que pronto les llevaría un traslador no autorizado para salvarlos! Pero me enfadé tanto, me dejé llevar, ¡estaba furioso cuando los vi! Ellos nos metieron en este problema, pero aun así… ¿por qué nadie me dijo que era la casa de Hermione?
—A Black le costó mucho trabajo conseguir parte de la lista —dijo Snape—, y no nos pudimos acercar a las casas. Las vigilaban.
Harry levantó la cabeza. Entornó los ojos tras las gafas empañadas. Comenzaba a temblar.
—Además de chequearlos a través de sus insignias, colocaron a mortífagos jóvenes en cada uno de los hogares marcados para asegurarse de que no existían trucos. James Potter espera que muchos fallen.
—Apuesto a que Ginny Weasley se brindó a vigilar a Granger —opinó Draco y se arrodilló junto a Harry—. Aunque pudo tratarse de su hermano…
—No, Ron no hubiera tomado la multijugos para cubrirme —dijo Harry y trató de limpiar las gafas con el bajo de la camisa. Gotas de lluvia habían comenzado a salpicar mezcladas con el agua salada que levantaba el viento—. Él me odia. Era ella. Vi cómo su cabello cambiaba justo antes de irnos… está loca. Completamente fuera de sí… me recordó a…
—¿Mi tía Bella? —sugirió Draco con amargura. Harry asintió—. Entonces, deberás cuidarte de no beber ni comer nada que te brinde.
—Debemos volver —dijo Snape y extendió las manos hacia los muchachos—. O pescaremos un resfriado…
—Señor, ¿dónde está el traslador? —preguntó Draco de repente.
Snape se quedó un momento muy quieto. Registró los bolsillos del pantalón, del abrigo. Apretó los dientes.
—Con la prisa, debí dejarlo caer en la casa de Granger —musitó—. Vamos: los dejo en casa y trataré de recuperarlo antes de que alguien más lo encuentre. Con suerte, ni muggles ni magos le prestan atención.
Harry y Draco aceptaron las manos del hombre y desaparecieron del acantilado.
Cuando Snape, con ropas de policía muggle, llegó a casa de Hermione, reconoció a Aurores del Ministerio de Magia encubiertos que también habían acudido a la escena. Detectó a un mortífago en la calle como parte del corro de curiosos. Vio cómo se llevaban a Hermione en una camilla, pálida e inmóvil, encontró a Neville sedado en una ambulancia mientras un médico le recomponía la nariz partida y le limpiaba la sangre del rostro.
Sin embargo, lo más espectacular de la escena, era el relato boca a boca de un par de vecinos que habían acudido a ayudar en cuanto identificaron los gritos de la muchacha: los había acompañado un tercer hombre, el cual desapareció de repente. Como tragado por la tierra.
O por una inofensiva lata aplastada.
