Capítulo 23: Encuentros desagradables

El final de las vacaciones de Navidad le sabía agria a Harry. Y no era porque estuviera comiendo caramelos ácidos en el Expreso de Hogwarts junto a Draco. El muchacho tenía una bolsa inmensa de dulces en la mochila. Según comentó, la ansiedad convertía su estómago en un agujero negro.

—Vas a reventar —comentó Harry cuando vio que Draco, después de un minuto de indecisión, volvía a llenarse la boca de regaliz—. O te dará un coma diabético.

—No han llamado a mi padre, eso es bueno —murmuró Malfoy—, significa que no han encontrado el origen del traslador no autorizado… maldito muggle, ¿por qué se interesaría en una lata escachada?

—Quizás la pisó.

Draco suspiró y miró al paisaje que pasaba veloz del otro lado del tren. Harry recordó la noticia que alcanzara a leer en el Profeta esa mañana: un muggle había aparecido inexplicablemente en un callejón de San Francisco, Estados Unidos. El infeliz, más confundido que un topo bajo el agua, declaró que había ido a socorrer a una joven vecina cuyos gritos se escucharon de repente por encima de la película de acción que veía con su novio. Y de repente, estaba en medio de la calle, en un país que no era el suyo.

Culpa de un traslador no autorizado. Una lata aplastada.

Por fortuna, los Ministerios de Magia de ambos países se encargaron de regresar al hombre a su casa y modificarle la memoria a todos los implicados.

Restaba saber por qué estaba allí el traslador. Y quién lo había creado.

—Esperemos que la investigación se enfríe —opinó Harry cuando vio que Draco volvía al ataque con los dulces—. Si tu padre movió bien los hilos… nadie lo asociará con el incidente.

—Eso espero —Draco pescó una gragea, la puso en su boca y arrugó la cara—. Argh… limón… fuerte, fuerte… mmm, ¿sabes algo de Granger…?

—No —Harry hizo una mueca—. Tampoco sé nada de Neville… creo que Pansy iba a averiguarlo…

—No entiendo por qué no vino con nosotros en el Expreso…

—Quizás tarde un par de días en volver. Sus padres quieren enviarla a estudiar al extranjero, temen que en Hogwarts no esté segura. Ella está intentando convencerlos de lo contrario.

—¿Qué? —se sobresaltó Draco—. ¿Por qué siempre soy el último que se entera de estas cosas?

—No eres su novio —se burló Harry.

—Tú tampoco, chico listo —apuntó Draco. Harry refunfuñó y se cruzó de brazos—. Todavía estás en la fase de la reconquista. No te hace su novio… aunque es un logro que te comentara de su problema. Quizás pueda decirles a mis padres que hablen con los de ella, para convencerlos de que aquí están bien…

—Siempre y cuando no se enteren de que nosotros somos cachorros de mortífagos —agregó Harry con nerviosismo.

Draco arqueó una ceja con interés, pero no comentó al respecto. En su lugar, señaló a las ventanillas.

—Reconozco ese paisaje… está al sonar el aviso de que estamos cerca de Hogwarts. Mejor nos ponemos los uniformes…

—Y que Merlín nos ayude con Umbridge —agregó Harry mientras alcanzaba su maleta de mano donde guardaba la túnica de Slytherin.

—Y con Ginny y Ronald Weasley, y con la profesora McGonagall, y con todos los mortífagos ocultos en la escuela… tenemos que cuidarnos las espaldas, colega.

Harry dio un respingo. Recordaba su cuarto curso en su línea temporal, donde el falso Ojoloco Moody se agenciaba su propia comida, además de tener un montón de chismes mágicos en su despacho para detectar enemigos. Harry se preguntó hasta qué punto tendría que contagiarse con esos hábitos. Si era sano comenzar a dudar de su propia sombra, y si lograría sobrevivir a la locura en que estaba inmerso.

Cuando ya estaban con las túnicas del colegio, sonó el silbato del tren. Faltaba poco para llegar a Hogwarts. Harry se mantuvo varios minutos frente a la ventanilla, perdido en el reflejo del cristal. Por primera vez, no quería regresar a la escuela. Por un segundo contempló la idea de esconderse bajo los asientos, donde nadie pudiera encontrarlo.

Regresar a casa, con su madre. Suplicarle a Snape y Sirius que dejaran de espiar, y huir a otro país. Con otros nombres. Iniciar otra vida. Justo lo que pensaba ofrecerle a Hermione y Neville, si lo hubieran escuchado. Si él no se hubiera dejado arrastrar por la furia. Si Ginny Weasley no hubiera tomado su lugar para torturarlos. Si pudiera, robaría la varita dorada para abrir una puerta al pasado y reparar… ¿qué? Harry no tenía idea de dónde estaba la raíz de las malas decisiones que tomara en ese universo.

—Quizás Pansy tiene razón… —murmuró a su reflejo—. Debí robar esa desgraciada varita dorada y largarme a mi mundo… no he hecho más que destruir este desde que llegué…

—¿Qué murmuras como un loco? —preguntó Draco, quien ya estaba en la puerta del compartimento. Los frenos del tren emitían un chirrido molesto.

—Nada. No te preocupes —dijo Harry y se apresuró en recoger su equipaje de mano para salir al pasillo.

Cuando el expreso se detuvo en la estación, el río de estudiantes que habían pasado las vacaciones de Navidad en casa se desperdigó por el andén.

—¿Dónde está Bigotes? —preguntó Draco cuando abordaban un carruaje. Un tercer chico corpulento abordó, cubierto por una capucha. Llevaba el uniforme de Gryffindor.

—Papá lo trae, también a Hedwig II.

—¿Sobrevivió la lechuza? Suertuda…

—Creo que tiene una tregua con Bigotes. Lo malo, son los ratones muertos.

—¿A qué te refieres?

—Compiten a ver quién caza más… para mí. Hoy tenía cuatro ratas desmembradas sobre mi cama.

—Sí que eres el amo de los bichos raros, colega.

Harry no evitó reírse y se sintió bien de poder hacerlo. El carruaje se detuvo a las puertas de Hogwarts. Draco bajó primero y recogió su maleta. Cuando Harry intentó seguirlo, una mano se cerró en torno a su cuello y lo apretó hasta cortarle la respiración. Medio asfixiado, y sin que el carruaje se moviera del lugar, Harry se esforzó por enfocar el rostro congestionado que asomaba bajo la capucha. Era Neville Longbottom.

—Escucha bien, escoria… —susurró. El aire escapaba por entre sus dientes de modo que siseaba y escupía de rabia—, no sé a qué jugaste ese día, ni me interesa. Solo sé que debías responder a nuestro bando, ¡el nuestro! Traidor, ¡traidor!

—Yo… solo… —Harry intentó apartarlo, pedir ayuda, gritarle a Draco que ya estaba en las puertas del castillo junto con otros estudiantes—. Intenté… detenerlos…

—Te gusta interpretar teatro, ¿eh? —dijo Neville y pegó más a él su rostro encarnado. Harry vio en la frente del otro, bajo las hebras de cabello oscuro, la marca del rayo—. Claro, eso se ve… tienes madera de actor… Y trajiste a un amigo… para jugar a los gemelos… ¡a la casita de los espejos!

—No seas… idiota… Neville… —Harry logró aflojar el agarre del muchacho, pero no lograba sacárselo de encima. Le tenía una rodilla clavada en el estómago—. Alguien… tomó mi… lugar… ¡lo enfrenté… yo les iba a… ofrecer… una salida…! ¿O no leíste… sobre el… traslador…?

Neville vaciló un instante. Cosa que aprovechó Harry para empujarlo contra los asientos en paralelo. Se apresuró en bajar del carruaje y se quedó junto a la escalerilla, jadeante. Necesitaba recobrar el aliento.

—No podía avisarles sin que me espiaran y, quizás, malinterpretaran mis acciones. De ambos lados —susurró con urgencia—. Todos, por algún motivo, quieren saber qué hago…

—Porque eres un traidor cuya palabra no vale nada —espetó Neville y se puso de pie. Harry admitió que era totalmente opuesto al de su mundo: este Neville era más fuerte, más impulsivo. Más de temer—. ¡Mira lo que sucedió!

—Deseo ayudarlos… pero necesito hacerlo a mi manera. No eres el único que quiere proteger a los suyos.

Neville saltó del carruaje y le apuntó con un dedo.

—Si Hermione no sale de esta, yo mismo te saco las tripas y te ahorco con ellas, ¿comprendes?

Sin decir nada más, recogió su maleta y se marchó en dirección al castillo. Harry alcanzó la suya y tropezó con Draco, que obviamente había regresado sobre sus pasos al notar la demora de su amigo.

—¿Qué me perdí? —preguntó al notar a Harry tan desarreglado.

—Todo —resopló el otro—. Neville casi me estrangula en el carruaje y tú, viendo la hierba crecer…

—¡No es justo! —se quejó Draco—. Es de noche, las antorchas no son las mismas de antes, ¡no se ve nada desde la entrada!

—¡Tú hablaste de proteger espaldas! —espetó Harry, aunque de inmediato reflexionó que se estaba comportando de forma muy injusta—. Lo siento, no debí hablarte así… solo… rayos, Neville tiene mucha fuerza.

Ambos muchachos se sobresaltaron cuando sintieron una vibración en los bolsillos de la camisa. Con cautela, y sin mezclarse con el resto de los estudiantes, sacaron las insignias de mortífago. De las piezas provenía un zumbido. Intercambiaron una mirada.

—¿Qué se supone que hagamos? —susurró Draco—. ¿Salir corriendo justo el día en que debemos entrar a la escuela? No es buena idea que, de repente, un montón de estudiantes se escapen de sus salas comunes para ir en masa hacia el Bosque Prohibido o La Casa de los Gritos.

—Pudieron llamarnos antes, en las vacaciones —dijo Harry. Sentía el calor que despedía el objeto mágico. Vibraba—. Salvo que tomaran una decisión tardía…

—Espera… escucho algo… —Draco se acercó al oído la pieza—. Una voz… es Potter…

—¿Qué? —Harry se sobresaltó de escuchar su apellido verdadero e imitó a Draco.

Entonces, pudieron escuchar la voz desequilibrada de James, que repetía el mismo mensaje una y otra vez:

"… grande, queridos novatos, un espectáculo digno de los ojos de nuestro Señor. Fue tan magnífico, que el próximo fin de semana tendrán el honor, ¡el privilegio!, de reunirse con el Señor Oscuro. ¡Está ansioso por hacerles algunas preguntas! Y todos deseamos escuchar respuestas… ¡Recibirán un segundo aviso! ¡Atentos, atentos, novatos! Porque el Señor Oscuro los espera…"

La voz de James se fue extinguiendo hasta desaparecer. Las insignias se quedaron quietas, se enfriaron, y quedaron como vulgares chapillas.

Draco y Harry intercambiaron una mirada de circunstancias. Porque cuando Lord Voldemort citaba a alguno de sus mortífagos, no era para organizarle una fiesta sorpresa.