¡Hola, queridos lectores!
Lamento mucho este lapso de tiempo sin actualizar. La culpa fue de algunos problemas personales, falta de tiempo y cumplimiento de horarios laborales. Espero ahora que se pueda retomar el ritmo que llevábamos con la historia.
Esperamos que todos estén bien al igual que sus seres amados.
Un abrazo grande, y aquí va otro capítulo.
Capítulo 24: Espinas
Harry debía admitir que no contó con el ataque de Neville en el carruaje, pero sí estaba seguro de que su regreso a Hogwarts se pondría peor.
—¿Cuándo crees que darán la segunda señal? —murmuró Draco cuando desempacaban en la habitación. Crabbe y Goyle habían dejado sus maletas y habían expresado sus oportunos deseos de golosear en las cocinas—. Yo apuesto por el miércoles. Es mitad de semana… sirve para los recordatorios.
—No, será el viernes en la noche —aseguró Harry mientras sacaba un par de calcetines nuevos para el día siguiente—. Recuerda que en el Callejón Diagon nos citaron de inmediato… aquí no pueden hacerlo, así que darán cerca de veinticuatro horas para que canceles todos los planes que puedas tener y quedar disponible para el Señor Oscuro… pero no entiendo por qué te llamaron a ti. Tú no tuviste que…
Harry estuvo a punto de decir: "no tuviste que torturar a nadie", hasta que recordó que él no lo hizo, sino Ginny con la multijugos.
—Ni idea —Draco se encogió de hombros—. Pero tampoco pensaba quedarme atrás. Tendrás que perfeccionar tu disfraz. James Potter no puede verte como eres.
—Tengo que buscar una excusa para Ron… Ronald Weasley… o arruinará todo.
—Es fácil: dile que no eres un idiota como él que comete crímenes con su verdadera identidad. Decidiste cambiar tu apariencia para que los Aurores no den contigo ni tu familia… eso te hará ver un poco más inteligente que el resto… —sugirió Draco y se tumbó en su cama—. Yo estoy condenado: los Malfoy no se esconden detrás de ningún disfraz. Debemos enfrentar todo con honor, ¡todos deben ver la cabellera platinada de los Malfoy mientras torturan a un muggle!
—Ya pensaré en algo —murmuró Harry, quien no encontraba muy ingeniosa la excusa—. Ahora… no sé si quiera dormir… o dar una vuelta…
—O extrañes a Pansy…
—¡Hey! —exclamó Harry con una sonrisa—. No me dará tiempo a extrañarla: ella estará aquí mañana, estoy seguro de que convencerá a sus padres de que Hogwarts es seguro…
—Claro, tiene un novio intrépido, doble agente…
—¡Basta! —chilló Harry y le lanzó una almohada a Draco quien recibió el golpe con una carcajada—. ¡No puedes decir eso tan tranquilo! ¿O no recuerdas lo que advirtió Sirius…?
—¿Lo de los oídos, los muertos, y las bocas…? Sí… pero hablamos de Pansy-pú…
—¡Ahora sí la hiciste…!
La pelea entre ambos muchachos se prolongó hasta que Crabbe y Goyle llegaron con montones de dulces en los bolsillos. A regañadientes tuvieron que compartirlo con sus otros compañeros de habitación y todos se fueron a la cama cerca de las doce.
Al día siguiente, Harry y Draco montaban guardia fuera del Gran Comedor, debido a una lechuza que les enviara Pansy al amanecer. Estaba en camino en el Expreso.
—No le des más vueltas —aconsejó Draco a Harry en voz baja—. Te hará mal pensar y pensar en la invitación de quién-tú-sabes. Basta consultarlo con Snape, él le avisará a Canuto y podremos prepararnos…
—¿Prepararse…? Hum, no esperaba ese tipo de recibimientos.
Harry se dio cuenta de que sonreía. Fue un gesto involuntario. Pansy estaba frente a ellos, con su uniforme de Slytherin impecable.
—Parece que descubrí una futura sorpresa —dijo ella y colocó las manos en las caderas.
—De verdad lamento destruirte las ilusiones, pero no se trata de nada agradable —dijo Harry, que se le hacía mal engañar a la muchacha—. Es… el otro asunto, el más turbio.
La expresión de Pansy se volvió severa.
—Tengo noticias de Granger —dijo—. No son alentadoras… Ella… está perdiendo la cabeza.
—Deberían enviarla a San Mungo —sugirió Draco—. A fin de cuentas, ella está a así a causa de un hechizo.
—No sé qué harán sus padres más adelante, pero por ahora, la enviaron a un psiquiátrico…
—¡Hola! ¿Harry Snape?
Harry estuvo a punto de decir: "¡Hola, Luna!", pero se quedó en silencio. Su alter ego nunca había interactuado antes con Luna Lovegood. No llevaba sus gafas de colores, ni rábanos colgados de las orejas, ni una copia del Quisquilloso bajo el brazo. Allí, parada con su uniforme de Ravenclaw y el cabello rubio platino desparramado sobre los hombros, era una chica más que se perdía en la marea de rostros de Hogwarts.
—Sí, soy yo.
—La subdirectora Umbridge solicita que vayas a su despacho… tú también, Malfoy.
Luna miró con pocas simpatías a Pansy y se marchó al Gran Comedor.
—¿A qué vino eso? —indagó Draco, intrigado.
—Es normal que Umbridge los llame después de todo lo que pasó —opinó Pansy.
—No, me refiero a las malas pulgas de esa chiquilla contigo —aclaró Draco.
—Ah, eso. A ella le gusta Harry. Nos batimos en un duelo por él el año pasado detrás del estadio de Quidditch.
—Bueno, bueno, señor popular —dijo Draco con malicia y le dio un codazo a su amigo—. Primero, la pelirroja Weasley, ahora, una Ravenclaw…
—¡Nunca me enteré de eso! Digo, el Harry de aquí… yo… ¡no tengo recuerdos de eso!
—Porque nunca te… se lo dije —Pansy, incómoda, se cruzó de brazos—. ¿Van a quedarse ahí plantados como idiotas? Yo ustedes no hago esperar a Umbridge.
La muchacha emitió un resoplido de impaciencia y fue tras los pasos de Luna hacia el Gran Comedor.
—No quiero estar en tus zapatos ahora, colega —dijo Draco con una mueca y palmeó la espalda de Harry—. Pero sí te acompañaré al despacho de la arpía…
—También te citó, tonto.
—¡Nimiedades!
Las bromas cesaron en cuanto echaron a andar. Se convirtieron en dos sombras silenciosas que se deslizaban por los pasillos, evitando las armaduras encantadas y a los estudiantes rezagados que corrían al comedor. Harry esperaba que Snape se preocupara de no verlo aparecer y lo localizara dentro del castillo a la velocidad de la luz, salvándolo de un futuro interrogatorio. Llegaron ante el despacho de la subdirectora antes de que se dieran cuenta. En realidad, casi tropezaron con la pared. Llamaron a la puerta y escucharon el "¡pase!". Los amigos intercambiaron una mirada de circunstancias, empujaron la puerta juntos y se adentraron en la habitación de un agobiante color rosa y aparentemente, vacía.
Draco cerró la puerta tras de sí y buscó con la mirada para detectar una tercera presencia humana, pero se rindió al encogerse de hombros. Harry miraba al escritorio. Allí estaba el gato blanco de pelaje lustroso. Justo a las patas del felino había un objeto: una varita dorada incrustada en una placa. A cada lado, estaban dibujados dos magos de rasgos andróginos que se preparaban para combatir.
El muchacho sintió un deseo insano de apropiarse del trofeo. Usar la varita para cambiar el momento en que decidió ir al Bosque Prohibido a encontrarse con Sirius. O, al menos, se habría asegurado de no aliarse a Hermione, que ella no lo espiara ni tuviera oportunidad de desatar toda la locura en la que estaba inmerso. Dio un respingo al darse cuenta de que pensaba en cómo arreglar esa línea temporal, y no regresar a la suya. Hundió una mano en el cabello alborotado. Era un sentimiento extraño.
—¿Le duele la cabeza, Snape?
Se sobresaltó. Y por la cara de Draco, él también estaba sorprendido. Umbridge llevaba un vestido negro con escote en V. Demasiado pronunciado. Sus pechos asomaban como dos globos de agua. No era normal en ella (el color de las vestimentas, no el escote). Estaba junto a la chimenea y había restos de pasto verde y cenizas sobre sus tacones oscuros. Antes de que alguno de los muchachos pudiera hablar, la profesora, con los labios apretados, lanzó algo dorado contra ellos.
Harry logró atraparlo en el aire y al mirar su mano, encontró un galeón.
—Se supone que debía usarlo siempre —dijo en un tono frío—. Y, también, avisarle a la infeliz de Hermione Granger que le habían ordenado atacarla… qué pena que su dirección no estaba en la lista que nos pasó su padre, ¿o la eliminó a propósito? Sé que le guardaba rencor a la chica, pero parece que su verdadera naturaleza salió a la luz, ¿cierto, señorito?
—¿Usted… me acusa…? —Harry dejó el galeón sobre el escritorio con un manotazo tan fuerte, que el gato blanco maulló de enfado—. No tenía idea de a quién debía visitar. Las casas estaban vigiladas para que nadie se hiciera el listo. Y créame: no fui yo quien dejó a Hermione en ese estado. Mi intención era salvarla, no dejarla loca.
—Puedo dar fe de eso —se apresuró Draco ante la pausa de Harry—. Si leyó el Profeta, se encontró un traslador no autorizado en la casa de Granger… nosotros se lo llevamos para que huyera. Pero alguien se nos adelantó y la torturó usando el aspecto de Harry mediante poción multijugos. Neville Longbottom puede confirmarle que vio a dos Harrys esa noche.
Umbridge estrechó los ojos y los estudió de arriba abajo.
—Eso es reconfortante… pero sostengo que debieron avisarle a Hermione. Así ella se preparaba para el sacrificio… o… no, así fue mejor. Si ella sabía de antemano lo que podría sucederle, habría hecho algo para evitarlo y lo habría arruinado todo. La lealtad es frágil cuando peligra la vida o, en este caso, la cordura. Gran trabajo, muchachos. Ahora son cachorros con honores en las filas de el-que-no-debe-ser-nombrado.
Harry no daba crédito a sus oídos. Primero, Umbridge se enfadaba por el estado de Hermione, algo comprensible. Dos diálogos después, ella los felicitaba por dejar a la muchacha trastornada si eso suponía que ellos se ganaran la confianza de los mortífagos. Sintió asco. De sí mismo, por caer en la trampa, de Umbridge, por estar tan podrida. Encima, era de suponer que McGonagall también tuviera pensamientos similares. No evitó pensar que, si Dumbledore estuviera al mando, las cosas serían diferentes.
—Ahora, mencionaron algo interesante: tienen un aliado entre los mortífagos —la mujer dejó la cartera sobre el escritorio y le rascó la cabeza a su gato, que ronroneó de placer—. ¿Quién te cubrió la espalda, Snape? ¿Tu padre? ¿Alguien más…?
Harry quiso dar una respuesta rápida. Aguda. Pero vaciló tanto que el rostro de Umbridge se iluminó y lo dijo antes de que él hiciera algo:
—Ginny Weasley… fue ella, ¿cierto?
—¿Cómo puede estar segura? —inquirió Draco.
Umbridge esbozó una sonrisa que a Harry le hubiese encantado borrarla con un hechizo.
—Simplemente, lo sé, señor Malfoy. Eso explica muchas cosas… y abre algunas puertas. Ya enviaré instrucciones al respecto.
—¿Qué…? ¡No soy un gigoló!
—Eso es otro dato interesante… Ahora, no te pediré esto de favor, Snape: sigue usándolo —ordenó Umbridge y dio unos toquecitos con el dedo al galeón sobre la mesa—. Todo lo que intercambies con tu contacto se reflejará en ese. Si aparece información importante, McGonagall y yo sabremos actuar.
Harry quiso gritarle que la única actuación que esperaba de ella era que se ahogara en un pantano, pero se mordió la lengua.
—Buscaremos otro galeón para Malfoy si es necesario, porque hasta el momento, el señor ha sido más inútil que Granger…
—Pare de hablar de ella como si fuese un objeto —estalló Harry con los puños apretados—. Y Draco ha sido más leal y valiente de lo que usted cree…
—Querido… —Umbridge se inclinó al frente y habló como si él fuera un niño de cinco años—, cuando se dirige a soldados en medio de una guerra, no puedes guardarles cariño. Por desgracia, tienen que convertirse en piezas de madera sobre un tablero, donde no duela cuando caigan en combate y puedan ser reemplazados de inmediato. Hermione Granger era una chica muy inteligente y valiosa, ¡solo mira cómo tenía atado en corto a ese explosivo de Neville Longbottom! Pero ella falló, y ahora tenemos un agujero que deberá ser llenado rápido, o Longbottom se descontrolará —Harry abrió la boca con indignación, pero la mujer no le permitió expresarse—. Tu amigo Malfoy es leal a ti y lo aplaudo. Encontrar buenos amigos en estos tiempos oscuros es realmente valioso. Pero por más hermoso que se escuche, no me sirve. No participamos en un juego de amistad y amor, sino que estamos en una la guerra donde mueren personas si damos un paso en falso. Necesito que Malfoy se comprometa, que sea leal a la resistencia. Leal a mí, a McGonagall. Y también espero lo mismo de ti. ¿Comprendes?
Harry observó las ropas negras de la mujer y se preguntó de dónde vendría. Parecía cansada, y tenía una sombra oscura bajo los ojos. Supuso que regresaba de un funeral. Se concentró en eso para no sentir más odio por ella después de tal discurso, pero el enfado fue más fuerte.
—No. No lo entiendo —dijo.
Dio media vuelta y salió del despacho como un vendaval.
