Capítulo 25: Salto de Fe
Cuando Harry logró controlarse, se dio cuenta de que estaba de regreso a la entrada del Gran Comedor. Estiró el cuello por si veía a Pansy, pero solo quedaban un par de estudiantes rezagados que guardaban panecillos en la mochila. Sintió un golpe en el hombro y se volteó preparado para abatir a Ron, pero era Draco con cara de enfado.
—Gracias, "amigo", por dejarme en la guarida de la arpía.
—No te iba a comer —dijo Harry para restarle importancia.
—Casi. Me repitió el discurso que te dio a ti, como si yo no hubiera estado presente. Y agregó que, si no le resultaba útil, me "eliminaba".
Harry adoptó una expresión seria.
—Eso no suena nada bien…
—Que se atreva a levantarme la varita. Saldrá de Hogwarts con una patada en el cu…
—¡Chicos!
Los dos se voltearon hacia Pansy, que los alcanzaba casi sin aliento.
—Los esperé cerca del despacho de Umbridge, pero, ¡caramba! Sí que corren rápido —explicó—. Vamos, tenemos Pociones.
—Cuando terminemos, puedes decirle a Snape lo del disfraz —sugirió Draco.
—¿Qué disfraz? —inquirió Pansy con el ceño fruncido.
Entre los dos le explicaron el problema: James Potter no podía ver a Harry con su verdadera apariencia, o sabría de inmediato que era su hijo biológico, fruto de su violación a Lily. Y a saber qué resortes se dispararían en su cabeza loca. Así que habían improvisado una apariencia: Harry pelirrojo con nariz prominente.
—Pero los Weasley te conocen —apuntó Pansy—. Te delatarán…
—Estamos trabajando en eso —suspiró Harry.
No dijo que Ginny le guardaba el secreto, así que no contaba. El verdadero problema era Ron. Cuando llegaron al aula de pociones, encontraron a Snape al frente de la clase a punto de comenzar. Sobre su escritorio estaba Bigotes, quien, al ver a Harry, sacó la lengua, puso los ojos en blanco, emitió un sonido de quien se ahoga por una fracción de segundo, y giró para mostrarle su trasero esplendoroso.
—Oh… —dijo Harry con suavidad—. Olvidé completamente a Bigotes…
—Eso te saldrá caro, colega —dijo Draco mientras ocupaban sillas frente a un caldero.
Harry pensó en sugerirle a su amigo que tomara la carrera de Adivinación, porque en medio de la arenga más didáctica de Snape, Bigotes se deslizó del escritorio del profesor y llegó junto a Harry para, de manera indolente, clavarle las garras en las piernas a través del pantalón. El muchacho se agarraba a la mesa con tanta fuerza que temía volcarlo. Las lágrimas se le escapaban de los ojos, y no lograba despejarlas por mucho que parpadeara. No se atrevía a interrumpir a Snape por varios motivos: instinto de supervivencia latente de su línea de tiempo original; a un maestro no se le corta el discurso; y porque se iba a ver feo que el hombre detuviera la clase por demanda de su hijo, a quien su propio gato le hacía acupuntura no solicitada en las piernas.
En una pausa, pudo espantar a Bigotes y el gato le dio un respiro. Pero volvió a la carga cuando debía elaborar una poción olvidadiza. Harry podía asegurar que Bigotes era más efectivo que cualquier poción para hacer olvidar cosas, porque él no recordaba nada de la explicación. Snape debió notarlo perdido, así que se acercó al caldero del muchacho y se inclinó hacia él.
—¿Estás bien? —preguntó.
—No —Harry apartó al gato con un pie debajo de la mesa, pero el animal le clavó los colmillos en el tobillo—. ¡Ay! ¡Es… Bigotes! Lo olvidé por completo y ¡ay! Ahora me tortura…
—Lo siento, debí dejarlo en mi oficina y que cobrara venganza después.
—¡Papá! —reprochó Harry con los dientes apretados.
—La poción de hoy está en la página ciento treinta y nueve —indicó Snape—. Suerte.
Harry iba a protestar, pero el hombre se dirigió a un estudiante cercano para reprenderlo por la forma en que revolvía su caldero (Felicidades, señor Flatter, siga así y todos explotaremos en cinco minutos). Al muchacho no le quedó remedio que echar mano al libro y adivinar de qué iba la teoría que explicara Snape en clases.
—… es horrible… nuestra edad y… muerto…
Harry dejó de cortar raíces de valeriana para no hacer ruido y escuchar a dos estudiantes de Ravenclaw que cuchicheaban.
—Pero… ¿no decían que hablaba mucho sobre los mortífagos? —susurró una chica con el cabello recogido en una coleta—. ¿Cómo pudo morir a manos de ellos?
—Quién sabe —dijo el segundo dialogante—. Pero debió ser espantoso. Solo piensa: justo antes de regresar a la escuela, todos en casa se van a dormir… y al día siguiente, encuentras la habitación de tu hijo destrozada con la Marca Tenebrosa en el techo y al chico en una esquina, muerto…
—¡Para, Fabián! No quiero escuchar nada más…
—¿Ángela, Fabián? ¿Desean compartir algo con el resto de la clase?
Los alumnos de Ravenclaw enrojecieron hasta las orejas y bajaron la mirada. Snape estaba entre ellos, cruzado de brazos.
—¿Y bien? —insistió el hombre.
—Señor… hablábamos de… la muerte… el asesinato de Klaus Thunderbach —susurró Fabián.
El rostro de Snape no se relajó un ápice, pero un brillo extraño apareció en su mirada. Harry sabía que, como él, lamentaba no haber pasado la lista completa de los objetivos de los mortífagos.
—Continúen con sus pociones —ordenó el hombre y se dirigió al caldero de Draco.
El resto del tiempo de la lección le fue fatal a Harry. No solo por malograr su poción, sino porque no paraba de pensar en que pudo salvar a Klaus. Se preguntaba quién fue su asesino. Quizás el propio James, que estaba ansioso por castigar a los jóvenes que no cumplieron su promesa con Voldemort. Luego se dijo que, si él no fue capaz de salvar a Hermione, ¿cómo pensaba arreglárselas para adelantarse a los mortífagos? Cuando concluyó la clase, se acercó al escritorio de Snape antes de que este lo llamara. Bigotes le dio la espalda con un espasmo. Draco y Pansy le hicieron señas de que lo esperaban afuera, adivinando que él necesitaba un momento a solas con su familiar.
Snape se reunió con él y puso una mano en su hombro.
—Lo siento, no quería decirte del suceso tan rápido. Nadie debería despertar con esas malas noticias —dijo el hombre.
—Umbridge nos citó antes del desayuno —el estómago de Harry gruñó como testigo—, estaba vestida de negro, con hierba en los zapatos… ¿venía de…?
—Sí. El funeral de Klaus —dijo Snape y le palmeó un hombro.
—¿Quién… quién lo asesinó? —preguntó Harry, con temor a saber la respuesta.
—Ronald Weasley.
Harry se quedó un instante sin asimilar el nombre.
—Ron… yo pensaba que fue James… ¡Pero, Ron…! Santo Merlín…
—No es tu culpa.
—Pudimos dar la lista completa, papá.
—Eso ya se discutió. No era buena idea: comprometeríamos a Canuto, a ti, a mí, a Malfoy…
—¿Tú también apoyas la idea de que, excepto tú, los demás somos piezas de madera en un tablero de guerra? —se enfadó Harry.
—Quieto —advirtió Snape con severidad. El muchacho lo miraba de mala forma—. Supongo que Umbridge te dijo eso… por desgracia… tiene algo de razón.
—Pero…
—No siempre podemos salvar a todos, Harry. Y si estamos muertos, menos podremos hacer por los que quedan vivos —dijo Snape suavizando el tono de voz—. Ahora… ¿algo para decirme? Que no sea que tu poción fue la peor de la clase, porque es algo obvio.
Harry quiso responderle algo ingenioso, quizás hasta desafiante, pero respiró profundo y se centró. Le habló a Snape de la convocatoria que hiciera James a través de la insignia, de la urgencia de perfeccionar el disfraz que Draco y él habían improvisado.
—Eso ya está seguro —dijo Snape muy ufano—. Un verdadero hechizo de modificación de apariencia y otro para colorear tu pelo harán el trabajo. Lo que me preocupa es que estés solo delante del Señor Oscuro…
—Draco y yo imaginamos las preguntas que nos hará y ya estamos planeando algunas respuestas que puedan resultar adecuadas.
—Después debatimos eso —lo cortó Snape—, les avisarán el viernes…
—Debí apostar con Draco —farfulló el muchacho.
—… saldrán a través de la Torre de Astronomía.
—¿Qué?
—No soy un gran fanático del Señor Oscuro, pero debo admitir que esta vez se lució para sacar a tantos estudiantes de Hogwarts en un día. También, porque Umbridge y McGonagall mirarán a otro lado… El traslado será escalonado, con un horario estricto. Debes estar atento a las instrucciones este viernes. Mantente atento a tu insignia… y me avisas de inmediato. Eso es todo… ve, tienes Transformaciones, ¿cierto?
Snape despeinó al muchacho con cariño y este abandonó el aula de Pociones con aspecto de haber sido atropellado por un camión. O arañado hasta rozar las convulsiones por su propio gato, quien también se deslizó fuera y caminó delante de él con su cola desgreñada en alto. Draco y Pansy lo esperaban en la próxima esquina. Ambos con caras de circunstancias.
—Por Merlín…Klaus Thunderbach, muerto… —dijo Draco en voz baja.
—Es espantoso —murmuró Pansy.
—Lo sé —suspiró Harry—. El culpable es…
Miró alrededor para asegurarse de que estaban solos. Aunque recordó el consejo de Sirius y buscó un pedazo de pergamino, una pluma, y escribió el nombre. Los otros dos lucieron tan o más conmocionados como él cuando supo la noticia.
—Despreciable —Pansy hizo una mueca—, ratas pelirrojas, ¡todos ellos! Ten cuidado en especial con la menor, Harry.
El muchacho no pudo defender a Ginny. Le resultaba tarea imposible después de verla torturar a Hermione a sangre fría.
—No pienso acercarme a ella —declaró Harry—. Ni a cien metros.
Pansy asintió, satisfecha. Tomó una mano del muchacho y lo guió hacia los pisos superiores. Harry esperaba que el gesto significara una pronta reconciliación más que mantener apariencias.
Ninguno de los tres habló demasiado en las clases siguientes. Harry se moría de ganas de explicarle a Draco lo que Snape le había comentado acerca de cómo abandonarían Hogwarts (a través de la Torre de Astronomía), y que él tuvo razón al decir que les iban a enviar indicaciones el viernes. Pero no quería involucrar a Pansy más de lo que ya estaba. Si le pasaban ese tipo de información, ella intentaría ayudarlos y se pondría en peligro. Así que lo debatió con Draco ya en la noche, cuando se preparaban para dormir, con ayuda de un pergamino, pluma, tinta y tachaduras. Después del intercambio (ahora eran dos los intrigados acerca de cómo Voldemort iba a sacarlos a través de la torre), quemaron toda la evidencia.
En el transcurso de la semana, evitaron a los Weasley lo mejor que pudieron. Quizás el único interés de Harry en acercarse a Ginny, sería saber qué había sucedido con el resto de la familia de pelirrojos. Deseaba pensar que estaban a salvo en otro país, pero una voz interna le recriminaba ser tan ingenuo. Con mucha suerte estarían vivos, sí. Entre las filas de mortífagos. Lo que significaba que él no iba a encontrar ningún amigo en la familia Weasley que pudiera ponerles frenos a las locuras de Ginny y Ron.
El viernes en la tarde, Harry pasaba tiempo con Pansy en lo alto de las gradas del campo de Quidditch. Habían practicado hasta el agotamiento, pero se sentía satisfactorio. Era agradable conversar y reír con la muchacha, despreocupado del mundo que giraba vertiginoso a su alrededor. Ella comenzaba a bajar la guardia, a tratarlo igual que antes de la confesión. Como si nunca se hubiesen separado. Él sentía las manos palpitantes dentro de los guantes.
—¿Ya hablaste con Draco?
El muchacho dio un respingo.
—No, tampoco lo haré —dijo y Pansy arqueó una ceja—. No es buena idea que le quite el puesto a mi mejor amigo.
—No es quitárselo. Harían un intercambio: tú, buscador, él…
—Bien, ¡bien! Si veo la oportunidad, se lo comentaré.
—Solo pienso en lo mejor para el equipo.
—¿Y no tiene que ver que yo sea tu novio y tenga la posibilidad de volverme famoso? —preguntó Harry, coqueto.
Por un instante, creyó que Pansy iba a seguir el juego. Pero la muchacha se puso seria como si hubiera recordado algo ofensivo.
—No te confundas: el que aparentemos en la escuela y frente a tu familia, no significa nada —le espetó ella.
Recogió la escoba y se dispuso a bajar al campo.
—¡Pansy! —llamó él y la muchacha se detuvo a pocos centímetros del suelo—. Perdón... voy muy rápido.
—¿Disculpa? —ella miró por encima del hombro, enfadada—. ¿Que vas rápido? No, impostor. Ni siquiera tienes que "ir" a algún lugar, lento o rápido.
Ella se elevó en el aire y descendió en picada hacia la salida del edificio. Harry emitió un suspiro que le estremeció el pecho y la siguió. En la habitación, después de la comida, Draco se encargó de darle un coscorrón.
—¿Acaso eres idiota? Estabas bien sin mencionarle el noviazgo. ¡Así debiste mantenerte! Recuerda lo que hablamos: ¡ella es la que tiene que asimilarlo y dar ese paso, no tú!
—¡Me desesperé! —exclamó Harry con aspavientos—. Pensé que las cosas se habían arreglado lo suficiente…
—¿En dos semanas…? ¡Iluso! —se burló Draco.
—No soy perfecto, ¿está bien? ¿Y tú? ¿Eres tan bueno en tus relaciones que duran para toda la vida…?
—Ya veremos —dijo Draco con picardía.
—¿Qué significa eso?
—Que estoy saliendo con una chica. Bueno, salir, lo que se dice salir, todavía… en realidad, nos dábamos vueltecitas antes de las vacaciones de Navidad, pero…
—¿Y por qué no sé nada de eso?
—Estabas en tu propio drama, al cual me arrastraste y por desgracia, olvidé atenderla un tiempo —respondió Draco—. Pero prometo ponerte al…
Se quedó en silencio de forma tan abrupta, que Harry se preocupó. Hasta que sintió algo tibio en su bolsillo. Sacó la insignia de los mortífagos y la llevó al oído, al igual que Draco que lo miraba con expresión pasmada. La voz descontrolada de James dictaba instrucciones solo para él.
"… tendrás el honor, hijo de Snape, de presentarte ante el Señor Oscuro mañana. ¡O para que tu cabecita lo entienda, dentro de algunas horas! A las doce y diez minutos de la madrugada los espera uno de nuestros cachorritos más divertidos en lo alto de la Torre de Astronomía. No acudir se castiga con la muerte, ¡la muerte, hijito de Snape...!".
Harry escuchó el mensaje una vez más. Y otra vez. Hasta que la voz de James se apagó y pudo bajar la insignia, fría y vulgar, como si no fuese una marca de los mortífagos.
—A las doce y diez… —comenzó Harry.
—… en la Torre de Astronomía —completó Draco—. Me habló mi tía Bella.
—A mí, James. No me gustó su tono.
Los dos se quedaron en silencio algunos minutos.
—Tienes que cambiar de apariencia —le recordó Draco—. ¿Y qué decimos si nos preguntan…?
—Lo que acordamos —Harry caminó de un lado a otro en la habitación—. Lo ensayamos bastante, ¿cierto? Entonces, saldrá bien. Vamos con mi padre. Apuesto a que tiene más instrucciones.
—O un plan B, por si falla el nuestro.
Harry le dedicó a Draco una mirada de reproche y se apresuraron en abandonar la habitación sin siquiera quitarse los uniformes de Slytherin. Con discreción, se deslizaron hacia las mazmorras. Aunque todo el que hubiera visto la poción de Harry en la mañana no les cuestionaría el por qué iban voluntariamente al despacho del profesor Snape. Por fortuna, el hombre estaba despierto. Sentado en su escritorio, revisaba una montaña de pergaminos. Bigotes descansaba sobre una de las estanterías. Al ver a Harry, emitió un ruido extraño, movió la cola con furia y le dio la espalda.
Snape alzó la vista y suspiró.
—Hijo, sabes que Bigotes es complicado. Solo se acercará a ti cuando te perdone… cosa que puede ocurrir mañana o dentro de quince años.
—Espero que sea mañana… o ahora mismo —murmuró Harry y se adentró en el despacho seguido de Draco—. Papá… nos citaron.
Snape dejó de escribir para escudriñarlos con la mirada.
—¿A los dos…? ¿Cuándo?
—A las doce y diez. En la Torre de Astronomía.
Snape no parecía sorprendido. Harry esperó que se volviera loco, corriendo de un lado a otro del despacho, gritándoles planes y más planes. Pero no sucedió nada similar. El hombre se levantó con calma, sacó a Bigotes de la estantería para regresar con dos pequeños recipientes de poción y mostrarlo a los adolescentes.
—Beban esto. Les dará un estado mental adecuado para… enfrentarse al interrogatorio.
—A mi padre no le gustará saber que acepté drogas —murmuró Draco con una mueca, pero agarró el frasquito.
—¿Interrogatorio? —Harry destapó su contenedor y asomó un ojo. Parecía agua—. ¿Qué sabes de esto, papá?
—Canuto y yo estábamos seguros de que los llamarían de primeros. El Señor Oscuro está muy interesado en el desempeño de ambos —explicó Snape e hizo un gesto de premura para que se bebieran las pociones, cosa que los amigos hicieron de golpe—. Malfoy, debido a que su familia financia muchas operaciones, el Señor Oscuro quiere estar seguro de que no existen fisuras. Y tú, Harry… acabo de entrar en las filas de mortífagos. Quiere saber si puede usarte en mi contra llegado el momento.
—Nunca me pondría en tu contra —dijo Harry y puso con fuerza el frasco vacío sobre la mesa. Su contenido no solo carecía de color, sino que también le faltaba olor y sabor.
Snape sonrió con tristeza.
—Tendré que entrenarte para que aprendas a resistir la Imperio —dijo, aunque el muchacho estaba seguro de que iba a comentar algo diferente. A su mente acudieron los señores Weasley y no quiso continuar pensando en ellos.
—¿Tiene espacio para un alumno más, profesor? —preguntó Draco.
—¿Brindarle drogas a un Malfoy y luego lanzarle una maldición imperdonable hasta que la resista…? —respondió Snape y el muchacho bajó la cabeza—. Sí, por supuesto. Puedo hacer eso.
Draco se vio más animado. No parecía hacerle gracia que Voldemort lo controlara con la Imperio para lastimar a sus propios padres.
—El plan que me contaste, Harry, es bueno. Mantengan eso, pase lo que pase, y superarán la entrevista. No deben flaquear por ningún motivo. Un agujero en el lugar equivocado, por más minúsculo que sea, puede romper una presa.
Snape agitó la varita y el cabello de Harry se volvió rojo, como el de Lily. Luego le alzó la cabeza.
—Este hechizo es sencillo, pero pierde efecto a las doce horas. Debes aprenderlo. Tienes que concentrarte en el aspecto de lo que quieres cambiar. Ahora, escucha bien el hechizo: ¡mutāre!
Harry arrugó la cara al sentir un pinchazo. Después, sintió un hormigueo sobre los labios. Snape se apartó para que pudiera verse reflejado en los cristales de las estanterías. El resultado era mucho mejor que el que lograra Draco a toda prisa en la reunión de cachorros de mortífagos. Al menos, no le lloraban los ojos y la nariz, ahora ligeramente curva, no le punzaba de dolor. Era suficiente para cambiarlo.
—Gracias, papá —agradeció con una sonrisa. Sintió algo peludo incrustado en las piernas y supo que Bigotes lo había perdonado.
—También, avísale a Umbridge —pidió Snape—. Usa el galeón.
—¿Qué? —Harry mostró los dientes—. ¡No tengo nada que decirle a esa mujer! Además, si le envío un mensaje a ella, también lo verá Ginny Weasley.
—Entonces, escríbelo para las dos. Diles de la citación, el lugar, la hora, y que posiblemente todos los demás reclutas utilicen la misma vía de escape. Ginny Weasley pensará que confías en ella, y Umbridge y McGonagall tomarán medidas aquí —como Harry se mostraba renuente, Snape apoyó una mano en su hombro—. Escucha, hijo: cuando se juega a dos bandos, la información debe entregarse, o seremos eliminados. ¿Comprendes? Un peón que no es útil, desaparecerá en las primeras casillas del juego.
De mala gana, Harry sacó el galeón encantado de un bolsillo. Lo tocó con su varita y murmuró el mensaje. Para Ginny. Para Umbridge.
—Perfecto, ahora, ¿a qué esperan? —exclamó Snape—. Esto no es un salón vacacional, ¡corran al punto que les indicaron! Mejor llegar temprano, que tarde.
—Él tiene razón —dijo Draco—. Además, esas escaleras son asesinas.
Harry se despidió de Snape con un abrazo breve y corrió fuera del despacho. En pocos minutos, los amigos subían la escalera interminable de la Torre de Astronomía. Cuando ya llevaban diez minutos de escalada, Draco maldecía con cada paso al arquitecto de Hogwarts y su familia.
—¿Por qué… existes… Torre… infernal…? —jadeaba el muchacho con falta de aire—. Hoy… ha… sido… peor… ¡peor!
Harry debía admitir que el ambiente estaba pesado. Como si de verdad hubieran puesto un hechizo. ¿Acaso alguien pretendía retrasarlos? Tragó en seco al recordar que James había puntualizado que la no asistencia significaba la muerte. ¿O pretendían volverlos locos en una escalera que no tenía fin? ¿Hacerlos rendirse al ver que no llegaban a algún lugar? Apretó los dientes y continuó el ascenso. Comenzaron a sudar de forma copiosa. Las piernas les dolían horrores, pero se animaban para no dejarse caer.
De repente, vieron un resplandor al final. Como si les hubiesen inyectado fuerzas, casi corrieron a cuatro patas hasta alcanzar la trampilla abierta y salir a la intemperie. Draco cayó sentado, sofocado, mientras Harry se apoyaba en un muro.
—Aposté con Ginny que no vendrían —dijo una voz conocida—. Y ahora le debo a esa enana un galeón. La vida es injusta.
Harry se enderezó de golpe. Ron, con su uniforme Hufflepuff, los miraba como quien descubre mierda en el zapato. Harry estuvo a punto de acribillarlo a hechizos, pero se contuvo a duras penas.
—Ya estamos aquí, en tiempo —dijo cuando escuchó las campanadas de medianoche. Lo cual confirmó sus sospechas de que la escalera tenía un hechizo para retrasarlos o hacerlos desistir.
—Sí, por desgracia… ah… espera, espera… ¿tú…? Sí, eres Snape, ¿no? Mmm, ¿qué haces con esa peluca roja y la nariz torcida? —dijo Ron con recelo.
—Resulta que no me apetece ir por ahí cumpliendo los encargos de Vol… Señor Oscuro con mi rostro verdadero. ¿Para dejarle un camino de migas de pan a los mortífagos? ¿Convertirme en carne de Dementor en Azkaban? Menudo idiota eres, Weasley —soltó Harry antes de que pudiera recordar que él mismo rechazó ese argumento—. Los mortífagos adultos tienen máscaras, nosotros, no.
Ron compuso expresión de sorpresa, pero no dijo nada. Recuperó la sonrisa odiosa e hizo una reverencia hacia el borde de la Torre.
—Pasen, excelencias. Salten y reúnanse con el Señor Oscuro.
Harry creyó escuchar mal, pero fue Draco quien exclamó:
—¿Perdón? ¿Lanzarnos desde la Torre? ¿Acaso terminaste de perder la cabeza?
—No, no. El Señor Oscuro exige un salto de fe. ¡Es la forma más fácil de saber si confían en él o no!
Harry no podía moverse. Ron estaba loco. Todos lo estaban. ¿Cómo se suponía que suicidarse era la vía correcta de reunirse con Voldemort? Draco estaba igual de asustado que él. Se había quedado junto a la trampilla abierta, agazapado.
—¿A qué esperan? —se enfadó Ron—. ¡El tiempo corre! Si pasan de las doce y diez y todavía están aquí, me temo que mañana tendrán un bonito funeral.
Harry reunió valor, pasó de lado a Ron y se acercó al borde. Se asomó. Era una caída terrible. No iba a quedar nada de él. Draco pronto se le unió, pálido a la luz de la luna.
—No me gusta nada, colega —susurró.
—¡Les tendrá que gustar si quieren ser mortífagos!
Ron los empujó. Lo hizo con tanta fuerza que los otros dos se precipitaron de cabeza Torre abajo. Harry gritó. Gritó, gritó. Esperaba que Pansy estuviera practicando con la escoba y lo salvara. Que alguna criatura voladora lo considerase comida y lo pescara en el aire. Pero no sucedió nada. Draco y él caían.
Hasta que sintió un tirón en el ombligo. Algo lo jaló hacia adentro de sí mismo y dio vueltas y más vueltas.
Cayó sobre un suelo de piedra, frío y húmedo. El fuego de las antorchas bailaba en las paredes. Harry recogió sus gafas y se las caló en la nariz. Escuchó un quejido y vio a Draco tirado junto a él, bocabajo. Pegado a la espalda con cinta adhesiva muggle, tenía una latita de aceitunas. Harry tanteó en su propia espalda hasta arrancarse una lata de minidosis de mermelada de naranja amarga. Tenía escrito: "soy idiota" con tinta mágica.
—Trasladores —murmuró—. Ellas debieron bajar las defensas del castillo para permitirlo… si yo no hubiera…
Se quedó en silencio. Una puerta se abrió frente a él y aunque no tuviera cicatriz que lo confirmara, sabía que Voldemort estaba a pocos metros, esperándolo.
