LA JOYA DE LA CORONA, pt 3
UA: donde Leia es usuario de la Fuerza y Luke el primer rey de Naboo.
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Luke Amidala siempre había sido un niño mimado y sobreprotegido por todos.
Escuchaba al primer ministro y a la maestra Jedi, Ahsoka Tano, hacer un plan para protegerlo de los opositores que amenazan con asesinarle, mientras sus ojos viajaban hacia el ventanal de la habitación.
En algún punto entre las voces y el viento de verano, que golpeaba fuertemente su rostro, se perdió en sus pensamientos, dejando de prestar atención totalmente.
¿Cuándo las cosas habían tomado ese rumbo?
Se recordaba corriendo los pasillos de la abadía, cargando pilas de libros sobre historia y política, entusiasmado ante la meta que se había propuesto desde sus años mas tiernos; claro, él sabía que no iba a ser fácil, pues aunque su planeta natal gozaba de muchos privilegios que otros no tenían, su gobierno era meramente matriarcal.
Pero él se esforzó por que su nombre fuese reconocido mas allá de su apellido, y cuando finalmente pasó, cuando se convirtió en el primer político que logró abolir la esclavitud en toda la galaxia... Le nombraron rey de Naboo.
Cualquiera estaría feliz, y él lo estaba al principio de todo, pero así como llegaron las buenas noticias, también lo hicieron los problemas, y es que al mismo tiempo que su nombre era conocido mas allá del Borde Exterior, de la misma manera comenzaron a llover las amenazas de muerte y los atentados; el número de veces que su vida corría peligro volvieron paranoico al primer ministro, quien en menos de dos años redujo el número de personas que le rodeaban y aumentó su seguridad, al nivel de que Luke no podía estar ni un momento solo.
Y eso comenzaba a afectar no solo la vida de todos en el palacio, sino la suya también, pues había acordado junto al ministro que, por primera vez en su vida, debían mentirle a su madre, la actual Suprema Canciller.
Todo aquella situación solo provocó un fuerte malestar en el rey, quien se levantó de su asiento y todos le miraron:
—¿Majestad?— le llamó el ministro.
—Lo siento, pero he de retirarme por hoy a mis aposentos.— anunció.— Le dejo a cargo, y mas tarde en la cena puede ponerme al tanto.
—¿Le ocurre algo, majestad?
—Tengo un ligero dolor de cabeza, es todo.— dijo. — Envíe un droide médico a mis aposentos, por favor.
—A la orden, majestad.— y levantándose todos de sus lugares despidieron al joven rey, quien se alejó con su séquito de dobles detrás suyo; Ahsoka se quedó mas tiempo del que debía mirando hacia la puerta cerrada, pensando: ¿por qué tenía un mal presentimiento de todo lo que estaba ocurriendo? En esos momentos se preguntaba qué haría su maestro, Anakin.
Pero no tuvo un respuesta muy clara.
Luke caminaba lentamente en dirección a sus aposentos, cuando se encontró frente al jardín de entrenamientos de la guardia real.
De todos los lugares del palacio real, ese era de sus preferidos, pues lo consideraba el mas tranquilo de todo el palacio, muy a pesar de ser un campo de entrenamiento.
Además, daba directamente a un acantilado que tenía una de las vistas mas preciosas al atardecer.
Antes de seguir con su camino se detuvo de golpe, provocando que sus fieles compañeros lo imitaran.
—¿Mi señor?— le llamó Emir, su fiel amigo.
—Estoy bien.
—¿Esta seguro? ¿Quiere que llame al ministro?
—No, no. Solo quiero sentarme.
—Estamos cerca de sus aposentos, mi señor, podemos...
—No. Quiero ir allá.— dijo, apuntando al acantilado, sin esperar alguna negativa caminó hasta el lugar y se sentó.
Sus seis compañeros le miraron sin saber qué hacer, preocupados por la actitud del rey. Se preguntaron si estaría bien quedarse ahí o pedir por ayuda, quizas realmente le pasaba algo al rey y él no lo sabía aun.
Emir se volvió a los otros:
—Que alguno vaya a buscar el droide médico y otro por el ministro, los demas busquen a la guardia real.
—¿Te quedarás con su majestad?
—Así es. Aquí los espero.— y todos se fueron, dejando a Emir a cargo del rey.
Se quedó parado solo unos minutos, cuando vio una figura femenina caminar, desde el otro extremo, hacia el rey. Antes de reaccionar de manera protectora, la reconoció, y solamente se dio la vuelta, para darles privacidad y un poco de tiempo antes de que los demas llegaran.
—Con que aquí estas.— dijo Leia, tocando la cabeza rubia de Luke. Este le dio una sonrisa dulce y le brindó un espacio a su lado.
—Leia.
—¿Qué haces aquí? ¿No deberías estar en una reunión o algo así?
—Debería.
—¿Qué ocurre? ¿Te aburriste ya de se rey?
—...
—Te lo dije: debiste seguirme cuando te lo pedí.— ella se encogió de hombros.— Tendrías mas diversión de este lado de la galaxia, que sentado en un trono incómodo.
—...
—¿Luke?— preguntó, ya seria, pero lo único que recibió fue una expresión desolada y llena de ansiedad.
Eso la alarmó.
Leia y Luke tenían un tipo de lazo único en el mundo, no solamente porque se criaron prácticamente juntos (aunque separados), sino porque también tenían un secreto que nadie debía revelar nunca: eran mellizos.
Años atrás, durante las guerras clon, sus padres se enamoraron y, apenas unos años después, habían sido concebidos en gran secreto; solamente Ahsoka y Obi Wan lo sabían, pues se les había hecho jurar tanto al maestro Jedi Anakin como a la en ese entonces senadora Padmé, que no solo ese amor no podía continuar, sino que los niños debían ser separados.
Con mucho dolor en sus almas, pero con toda la seguridad de que iban a seguir viéndose en secreto, ambos jóvenes aceptaron al trato, llevándose cada uno, a los niños: La Fuerza era mas intensa en la pequeña niña, por lo que Anakin la tomó consigo para llevarla como alguna niña abandonada de Naboo, mientras que Padmé se quedó con el pequeño niño que lloraba demasiado y parecía más frágil. Les tomó muchos años volverse a encontrar sin que nadie sospechara, con la excusa de que los Jedi habían sentido La Fuerza en Luke (aunque realmente solo había sido idea de Obi Wan para mantener vigilado al niño sin que nadie sospechara).
Pero al final de las pruebas, no había nada.
—Equivocarse extraño es en ti, Obi Wan.— apuntó el maestro Yoda aquella ocasión. Sin embargo, Obi Wan nunca dejó de sentir que algo muy extraño ocurría con el pequeño y enfermizo Luke.
Pero se lo guardó para si mismo.
—Estas preocupándome, Luke.— dijo Leia. — Iré a llamar a mi maestra...
—Espera... — le pidió, tomando su mano. — Solo un poco. — ante la suplica, ella obedeció, y se quedaron tomados de las manos, mirando el sol ponerse.
Mientras los rayos del sol, rojizos, se posaban sobre el semblante de su hermano, Leia lo encontró realmente hermoso: tenía un perfil envidiable y una finura en sus facciones que ella misma no poseía, e incluso con sus manos unidas se sintió apenada de que las suyas estuvieran sucias, sudadas y llenas de cayos a causa de tanto empuñar el sable.
Siendo honesta consigo misma, Leia siempre se consideró inferior ante su hermano: había tan poco de su madre en ella, y siempre se recriminó el no haber sido criada en una familia normal, con una figura femenina que la guiara por el camino de la feminidad.
Claro que esos pensamientos nunca los compartía con nadie mas que consigo misma, pues conocía muy bien las leyes Jedi.
Y ellos se habían jurado, cuando se enteraron de toda la historia de su concepción, que nunca cometerían los errores de sus padres. Pero ante los pocos segundos que quedaban del sol y la vulnerabilidad de la situacion, los hermanos se preguntaba cuánto mas iban a poder ocultar sus sentimientos.
Claro que antes de que alguno pudiese decir algo, los pensamientos murieron con lo pasos que se acercaron detrás de ellos:
—Luke.— dijo una voz varonil, que hizo a Leia soltar la mano del rey y volverse.— Es hora de irnos.— le oyó decir.
No fue solamente el hecho de que el hombre se estuviera mostrando tan irrespetuoso con quien se supone era su rey, sino que la vibra que emanaba de él no era nada buena, y mucho menos le conocía. Pero antes de que se lanzara a su yugular para defenderme a su hermano menor, se encontró con que este estaba obedeciendo al hombre.
Le vio sacudirse los ropajes y luego caminar, muy lento, hasta él, quien solo tenía un brazo extendido para tocar la espalda del rey, algo que, tenía entendido, nadie podía hacer.
Antes de emprender la caminata hacia su destino inicial, Leia vio cómo el hombre, mucho mas alto que su hermano, le acunaba la mejilla con una ternura que ella solo había visto en sus padres en las ocasiones que se escapaban para verse.
Y aquella la aterró, pues pensaba que alguien mas estaba robándole el amor de su hermano.
Un sentimiento que no le gustó para nada.
